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miércoles, 9 de enero de 2013

Guerreros Civilizadores: Las Raíces de la Aniquilación del Pueblo Mapuche

Escrito por Rafael Luis Gumucio Rivas

Ninguna persona bien nacida puede restarse a la condenación del asesinato de una pareja de ancianos, consumidos por las llamas. Personalmente, profeso la no violencia activa, por consiguiente, rechazo toda forma de brutalidad. Pero nunca he podido aceptar la aplicación de la ley antiterrorista, verdadero engendro de una dictadura inicua, canallesca y criminal. Esta ley, no sólo atropella los derechos humanos, sino que también es la antítesis de cualquier forma de contención democrática. Nuestro país ostenta el campeonato mundial de leyes liberticidas: responder con terrorismo de Estado a hechos, por cierto, repudiables, me parece inaceptable.


El conflicto mapuche tiene raíces mucho más profundas y se remontan a la llamada “pacificación de la Araucanía”. En Chile, la historia se enseña en base a textos redactados por historiadores racistas, como es el caso, por ejemplo, de Francisco Antonio Encina, exaltando a personajes criminales como Cornelio Saavedra, general responsable, en el siglo XIX, de la aniquilación del pueblo mapuche. Los chilenos “de a pie” ignoran las bestiales torturas que el ejército chileno aplicó a este pueblo originario; sólo podríamos compararlo con aquellas que el ejército francés aplicó en Argelia y, posteriormente, los esbirros de Augusto Pinochet en Chile.

Valdría la pena que se leyera el libro Guerreros civilizadores, de Carmen Mc Evoy, Edit. U. Diego Portales, donde explica, profundamente, la ideología que subyace en la sociedad chilena, en el período de la Guerra del Pacífico, que coincide con la llamada “pacificación de la Araucanía”. La idea era “civilizar” a pueblos que el ejército chileno y su gobierno consideraban inferiores. Por ejemplo, veían a Bolivia como una despreciable nación indígena, a Perú y, sobre todo, a Lima, como una mujer a la cual había que civilizar con métodos como la violación, el estupro y el robo; durante años, Chile ocupó Lima, prolongando el conflicto bélico y haciendo muy difícil la salida pacífica.

El pueblo mapuche era mirado, además, como un objeto de civilización, no muy distinto de peruanos y bolivianos, salvo el hecho de que Alonso de Ercilla y, posteriormente los héroes de la independencia, hayan difundido la idea de la “bravura” de Lautaro, Galvarino y Caupolicán que, en el siglo XIX, para el ejército pacificador, estaba alcoholizado y degenerado.

La deuda de sangre, hasta ahora, no ha sido saldada: ni el Estado, ni el ejército nunca han reconocido la ignominia contra ese pueblo - algo parecido ocurre con los detenidos desaparecidos de la era Pinochet -.

Salvo algunas políticas aplicadas por José Aylwin, durante el primer gobierno de la Concertación, los gestores del duopolio no han dejado estupidez por hacer con respecto al tratamiento de las relaciones entre el Estado de Chile y el pueblo mapuche. Michelle Bachelet, a través de su ministro José Antonio Viera-Gallo, se limitó a comprar tierras a los latifundistas, a un alto precio, y entregárselas a los comuneros mapuches. El gobierno de Sebastián Piñera está eligiendo el peor camino - la represión – que lleva, finalmente, a la militarización de la región – y, para más remate, el candidato de la UDI, Laurence Golborne, pide que se reemplacen las balas de fogueo, por las de plomo, algo así como “cazar indios”.

En Canadá, un país civilizado, ha resuelto correctamente el tema de los pueblos originarios, definiéndose como un país multicultural, multiétnico, y con un federalismo asimétrico – reconociendo tierras bajo la dirección indígena -. Cuando viví en Ottawa, pude comprobar cómo existía hasta una línea aérea Inuit (esquimales).

En Chile debiéramos tener un porcentaje determinado de parlamentarios de las etnias originales, como también un federalismo asimétrico, que posibilite la existencia de alcaldes, cores e intendentes, procedentes de las comunidades indígenas. La Constitución debe reconocer a los mapuches como una nación, y el Estado debe negociar con ellos como tal.

Fuente: Clarín

Episodios "Gloriosos" de la "Pacificación" de la Araucanía

“Desde entonces los proyectados arreglos pacíficos con los indígenas se convirtieron en una guerra asoladora, en una guerra de exterminio que el ex Ministro Errázuriz no trepidó en aconsejar… Don Cornelio Saavedra, por más que se trate de ocultarlo, es uno de los autores de la guerra actual con los indios…”

Diario El Meteoro, Los Angeles 6 de marzo de 1869. 

Ministro de Guerra Francisco Echaurren, Campamento de Loncochi, al sur del Cautín, 5 de marzo de 1869:

“La hacienda en este territorio es muy abundante, y sin preocuparse mucho del arreo de ganados, tenemos ya reunida una cantidad de más de 500 cabezas de ganado vacuno, más de 2.000 ovejas, y una buena parte de caballos”. 

“Cautín, día 13 de marzo salió el coronel González con 300 infantes, 80 cazadores, 70 lleulles y 25 indios amigos en dirección a los lugares denominados Trustris y Maquegua, de los cuales sacó 400 animales vacunos, 200 caballares y 2.000 ovejas…

El día 22 llegó la división a Angol, trayendo mil cuatrocientos animales vacunos, trescientos caballares y un poco de ganado lanar, y habiendo consumido en el rancho de la tropa de ocho a diez mil ovejas.

Se han incendiado como 500 casas y una gran cantidad de sementeras de trigo y chácras pertenecientes a las tribus enemigas…

Si el gobierno continúa por un año más castigando a estos salvajes ladrones, la tranquilidad de la Araucanía quedaría asegurada para siempre…

El Mercurio de Valparaíso, 5 de abril de 1869.

Horacio Lara, Crónica de Araucanía, 1889:

 “El general Pinto llevó la guerra a las mismas reduccioes de las tribus rebeldes, haciendo cruzar el territorio araucano en todas direcciones por infinitas divisiones en hostilidad abierta, privando al enemigo de todo recurso. Fue así como se comprende que desde noviembre del 68 a mayo del 69, se haya internado por diversos puntos al corazón de la Araucanía más de trece divisiones, arrasando la mayor parte de ellas con cuanto se encontraba al paso. El resultado de estas expediciones fue el incendio de más de dos mil casas de las tribus guerreras, las mayor parte repletas de cereales para la subsistencia; la destrucción de todos sus sembrados y por fin numerosísimos piños de ganado arrebatado a los mismos”. 

“Desde allí regresó (el comandante) Bulnes, capturando en distintas localidades y después de haber explorado los valle y montañas de Licura, Nihualhue, Otrin, Camptra, Taguolva, etc., quinientos animales vacunos, cien caballares y seiscientas ovejas…”

El Mercurio, 6 de mayo de 1869. 

Parte de Guerra de Cornelio Saavedra, Cañete, 29 de noviembre de 1868:

“Veinticinco carabineros de la Guardia Nacional se dirigieron al campamento enemigo la noche del 26, pero no consiguieron sorprenderlos porque ya habían tomado los bosques. Mataron no obstante tres indios que se ocupaban de cuidar las haciendas, a los cuales quitaron doscientos animales vacunos, cuarenta cabalgares y ochocientas cabezas de ganado menor, cuyo número se repartieron entre ellos mismos, regresando en la tarde del día 27 al lugar del campamento”. 

”Estos son los hechos: el general Pinto… ha ordenado el arreo de los animales indígenas y el incendio de las rucas y sementeras araucanas; y en vez de guerra de soldados hemos tenido así en la frontera guerra de pastores y de pillaje desmoralizador”.

Periódico El Ferrocarril, 17 de febrero de 1869.


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