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martes, 17 de septiembre de 2013

El año que EEUU quiso eliminar a Augusto Pinochet

Martes 22 De Enero 2013
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Un alto funcionario de la Inteligencia argentina durante el gobierno de Raúl Alfonsín, revela los planes norteamericanos para deshaacerse del general chileno en los 80.

Por Claudio Mardones (desde Buenos Aires)

Aunque cueste creerlo, Estados Unidos, el mismo país que apoyó e incentivó abiertamente el derrocamiento de Salvador Allende en 1973 y urdió una de las redes de terrorismo de Estado más feroces de la historia, conocida como Plan Cóndor, implementó a partir de 1983 el debilitamiento de la dictadura de Augusto Pinochet y de su par paraguayo Alfredo Stroessner.
La fecha del giro de las operaciones posiblemente haya sido el 10 de diciembre de 1983, cuando el argentino Raúl Alfonsín asumió la presidencia de su país luego de una dictadura de 7 años que había dejado cerca de 30 mil desaparecidos. Pero lo cierto es que mientras Buenos Aires comenzaba a transformarse en una de las pocas sedes de un gobierno democrático en el Cono Sur, los hombres enviados por Washington hicieron saber la decisión del gobierno republicano de Ronald Reagan.
A continuación la trama secreta de una discreta ofensiva diplomática, donde la CIA no ahorró agentes para cerrar el cerco. Luego de las primeras señales el nuevo presidente argentino comunicó la decisión a su equipo: “ustedes díganles que sí, vayan más allá y hagan todo lo que puedan”.
Sin embargo, este nuevo capítulo de una historia bilateral cargada de crímenes políticos aun impunes, posiblemente no haya llegado a su fin. Los historiadores registran que en las relaciones argentinas con Chile, entre 1983 y 1989, “existieron tres temas generadores de fricciones: la violación a los derechos humanos, la continuidad de la posición pro-británica adoptada por el régimen de Pinochet respecto de la cuestión de las islas Malvinas y, finalmente, la persistencia del diferendo limítrofe en torno al canal de Beagle”.
A las letras de bronce, se ha sumado un nuevo descubrimiento que posiblemente haya sido el potenciador de la discreta virulencia entre La Moneda, aún manchada de sangre, y el recién nacido gobierno democrático en Buenos Aires.
La punta del ovillo se conoció gracias al periodista argentino Gerardo Young, autor de la primera investigación íntegra que cuenta la historia de la Secretaría de Inteligencia del Estado, más conocida como SIDE y célebre por configurar una verdadera catacumba del Estado argentino que, según este periodista del diario Clarín de Buenos Aires, funciona “para lo que guste servir” a cada presidente.
Con un pasado inocultablemente criminal antes, durante y después de la última dictadura argentina, este organismo depende de la Presidencia de la Nación y encierra buena parte de la historia no contada del país trasandino. Quizás por eso, el libro se llame “SIDE, la Argentina Secreta”.
Más allá de demostrar la subordinación de este organismo a la CIA y al Mossad y aportar datos muy importantes sobre la historia reciente, la obra de Young ha revelado en sus páginas, desde el segundo semestre de 2006, un dato que pasó inadvertido para la prensa chilena y que El Periodista ha procurado desarrollar e indagar entrecruzando datos, contrastando versiones con fuentes diplomáticas que han elegido el anonimato y procurando reconstruir los hechos gracias al testimonio de uno de los testigos directos de aquellos hechos que ya llevan 20 años guardados en la historia.
En uno de sus capítulos la investigación recorre 1986 y dispara: “En Chile seguía gobernando Augusto Pinochet y la SIDE se ocupaba de abrirle los pasos fronterizos a los opositores, en especial a los miembros del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, y de darles cobijo de este lado de la cordillera a cambio de información sobre el régimen vecino. La CIA buscaba por aquellos años a un general que pudiera suceder a Pinochet para encarar la transición con las botas puestas. A Alfonsín, que seguía estas operaciones con mucha atención, le alcanzaba con saber que Estados Unidos estaba dispuesto a prescindir de Pinochet”.
Según relata el libro, inconseguible ya en cualquier librería, las operaciones estaban a cargo del embajador Oscar Eduardo Torres Ávalos, que apenas asumió Alfonsín en 1983, fue subsecretario en la Cancillería Argentina hasta 1986, cuando pasó a ser Subsecretario de Medios en la oscura SIDE.
Tras los rastros de semejante revelación, El Periodista pudo analizar estos datos con este diplomático de carrera, que en la actualidad preside el Consejo Superior de Embajadores del ministerio de Relaciones Exteriores argentino y que hasta el 4 de mayo de 2001 fue el primer y último embajador en La Habana del gobierno de Fernando de la Rúa.
Su misión concluyó luego de que el presidente cubano Fidel Castro, acusara al gobierno de de la Rúa de “lamer la bota yanqui” en vísperas de un nuevo voto de condena contra Cuba en la extinta Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, en Ginebra.
En diálogo exclusivo con El Periodista, Torres Ávalos consideró que: “En la parte primera, no es cierto que el gobierno le abrió las puertas al Frente Manuel Rodríguez, al contrario, a nosotros nos preocupaba su presencia y la influencia que pudieran llegar a tener en nuestro país. Lo cierto es que fue al contrario, a nosotros nos preocupaba la presencia por los contactos que pudieran tener acá. Pero en cuanto a que el gobierno de los Estados Unidos se había interesado en la suerte de Pinochet, es cierto, y estamos hablando de la presidencia de Ronald Reagan. Yo diría que hasta les fastidiaba la presencia de Pinochet. También es cierto que Estados Unidos estaba interesado en dar una salida democrática y buscar un general, dos o tres o un conjunto de oficiales que pudieran facilitar esa salida, prescindiendo de la presencia del por entonces presidente de facto Pinochet. Pero en esos momentos, yo creo, y por lo que pudimos advertir en conversaciones reservadísimas que hubo, que ni ese grupo ni ningún militar eran la vía o el acceso posible para salir de Pinochet. La dictadura en Chile era un régimen monolítico en donde había algún general disidente, pero que no alcanzaba a tener suficiente poderío como para poder derrocarlo. Así es que el régimen, en cuanto a la consolidación respecto a su columna vertebral, que eran las fuerzas armadas, para mi eran, casi inexpugnables”.
La delicadeza del lenguaje diplomático de este hombre, muy cercano al ex presidente Raúl Alfonsín, no ocultan que los contactos comenzaron a partir de 1984 y se fueron extendiendo en el tiempo. “Los intercambios fueron informales, salvo un caso en especial que prefiero no nombrar y que no fue una visita a la cancillería, sino una visita al gobierno argentino, que sí venía con proyectos en mano. Esos contactos se intensificaron a partir del 87, en el segundo semestre de 1987″.

EL HOMBRE DE LANGLEY

Dos fuentes diplomáticas que reclamaron el anonimato, corroboraron los dichos de Torres Ávalos y confirmaron que el contacto oficioso de la CIA ocurrió en ese año. El Departamento de Estado y la Central de Inteligencia norteamericana habían resuelto intensificar las presiones y nadie duda que hubo anteriores, pero todos los consultados coinciden en señalar que luego del fallido atentado al dictador y la Operación Carrizal Bajo, consistente en la internación ilegal de armas más grande en la historia de Chile, Washington había resuelto intensificar las presiones sobre Buenos Aires.
En septiembre de 1987, aterrizó en la capital argentina el agente de la CIA Néstor Pérez, posiblemente el nombre de fantasía de un ciudadano que las fuentes consideraron puertorriqueño o cubano residente en Miami. El hombre, según revelan dos distintos ex funcionarios alfonsinistas, llegó a la Casa Rosada para pedirle al gobierno argentino que contuviera al Frente Patriótico Manuel Rodríguez, que controlara la frontera con Chile y les informara si había contactos concretos con militares chilenos disidentes.
Según supo esta revista, la respuesta oficial fue: “Si ustedes no pueden controlar la frontera con México que es mucho más chica, ¿cómo hacemos para controlar nosotros los más de 4 mil kilómetros que tenemos con Chile?”. A lo que el hombre de Langley reconoció que intensificaban los contactos porque “ya habían chequeado generales sin éxito y aunque hubieran tenido las fuentes y los recursos desde Argentina no habrían logrado cambiar el panorama, ya que también habían concluido que el grueso de las fuerzas frentistas estaban en Chile”.
Es que luego de la operación Siglo XX, los funcionarios norteamericanos mostraban una mayor preocupación sobre la suerte de Pinochet y el futuro de Chile. “Lo ideal para Estados Unidos era que ganara la derecha, pero democráticamente, lo que pasa –acota Torres Ávalos– es que algunos se preocupaban de que esa derecha no tuviera vestigios de Pinochet. A lo que recuerdo una conversación con un funcionario norteamericano donde le dije “eso es muy difícil, por no ser imposible, porque la derecha es Pinochet. No puede haber derecha sin Pinochet, es inescindible la derecha de Pinochet. No se puede esperar, así es que si ustedes piensan que puede haber una salida democrática sin las huellas digitales de Pinochet están equivocados, esto no es así”.

LAS MISIONES

Lo cierto es que Estados Unidos dedicó a “unos 30 o 40″ funcionarios y agentes secretos que desde 1983 hasta 1989 “mostraban un particular interés, sobre qué hacer con Chile, qué va a pasar con Pinochet, si está fuerte, si está débil, si hay puntos vulnerables. “Sin duda –acota Torres Ávalos– creo que tiene que haber habido una fortísima presión de Estados Unidos para la salida electoral e incluso me da la sensación que el propio Pinochet no se lo imaginó y pensó que ganaba el candidato del gobierno.”

 ¿Cual era la visión del gobierno de Alfonsín respecto a la dictadura de Pinochet?

 La peor. En el análisis concreto teníamos vigente que por más que tuviéramos la peor impresión ideológica lo teníamos que aceptar, teníamos que convivir y convivimos bien. Una democracia como la nuestra recién nacida tenía que convivir con una dictadura fuerte que llevaba años en el poder. Pero debo decir que el mérito fue específicamente de Alfonsín.

Después de los contactos informales, ¿qué análisis hacía el gobierno de Alfonsín sobre el gobierno de Reagan que mientras estaba desatando una ofensiva contra el sandinismo y soportaba un escándalo como el caso Irán-Contras, resolvía deshacerse de una dictadura como la de Pinochet?

En ese momento Estados Unidos tenía una política de Estado. Si bien es cierto que no tuvo la misma intensidad con Jimmy Carter que con Reagan, era la política de Estado y estaba basada en los derechos humanos. Quizás con Reagan estaba más alivianada, menos enérgica, pero la estrategia fundamental sobre el fin de la guerra fría era que sabía perfectamente que el mundo socialista era un régimen inadmisible. La nueva arma para ir socavándolos era la política de derechos humanos, pero para que esa política fuera eficaz tenía que desprenderse de los lastres. Es decir que Estados Unidos no tendría autoridad si condenaba las violaciones a los derechos humanos en otras partes del mundo sin tomar medidas con Pinochet y Stroessner. Es una hipocresía total. Pero para evitarlo, Estados Unidos comenzó a decir que estaban contra las violaciones a los derechos humanos en todas partes del mundo. Así abrieron el abanico para tener autoridad e ir contra la Unión Soviética. Tenían que sacarse el lastre de tener regímenes bancados como el de Pinochet para poder tener autoridad en América Latina.

¿Y cuál fue la lectura cuando estalla el caso Irán- Contras?

Se trata de un caso de la torpeza de los manejos de la CIA y del manejo de la inteligencia de los Estados Unidos que ya es un clásico. Pero bueno, así como les salió mal, les podría haber salido bien.

Bush padre, juicio y DDHH

Ninguno de los consultados duda que el gobierno de Alfonsín fuera más allá de los mandatos de Washington contra Pinochet. La relación que se había desarrollado con Buenos Aires era buena e incluso, según reconoció el entrevistado, “sectores del partido republicano comandado por George Bush padre, aplaudieron el juicio a las juntas (que encarceló en Argentina a la Junta Militar por delitos de lesa humanidad) e incluso fueron de inmediato a prestar su apoyo con el levantamiento carapintada del 20 de abril de 1987 que intentó derrocar al gobierno de Raúl Alfonsín.
De hecho, Bush padre, por entonces vicepresidente, fue espontáneamente solidario. Es cierto, el propio vicepresidente Bush, estaba abiertamente en contra de los carapintadas y abiertamente a favor del juicio a las juntas. Me consta en vivo y en directo porque conversé con ellos”, admite el embajador.

¿Pero cuál era la visión argentina sobre la salida de la dictadura chilena?

Alfonsín sostenía que era necesario salir a la democracia como las condiciones lo permitieran. En función de las condiciones políticas que tenga cada sistema, saldrá como pueda, pero hay que salir de esta. Si era por izquierda o por derecha, por arriba o por abajo, había que salir de las dictaduras. En la medida que pudiéramos incidir lo íbamos a hacer ya que las condiciones no se daban para nosotros. El Frente Patriótico no era amigo nuestro, el proyecto no era un proyecto democrático.

¿Y en qué se diferenciaba el régimen de Pinochet del de Stroessner?

Eran dos dictaduras distintas. La dictadura de Pinochet era de última generación, la otra era de una generación primitiva, torpe, con una corrupción tosca y burda. De modo que era más fácil trabajar contra Stroessner porque era tal el primitivismo que todo se hacía más fácil. Estados Unidos jugó un papel total: dijo este señor se cae y lo vamos a hacer caer nosotros, y la Argentina colaboró hasta económicamente incluso con el exilio que estaba acá. Se les daba trabajo, se les conseguía un nivel de vida para que tuvieran una vida digna y pudieran hacer sus cosas. Acá (por Buenos Aires) se les dio una actitud permisiva: la Argentina no corrió a los exiliados paraguayos. Incluso acomodó a algunos en reparticiones públicas. Pero además lo estábamos haciendo a pedido de Estados Unidos, no era una cuestión descolgada. Washington nos dijo “este tipo tiene que desaparecer”.

¿Y con el exilio chileno que hicieron?

El exilio chileno no es lo mismo que el exilio paraguayo. Lo cierto es que hubo varios casos de exiliados chilenos en Buenos Aires, pero no eran del Frente.

SANTIAGO-BUENOS AIRES

Lo cierto es que además de las posibles presiones, el gobierno de Alfonsín recibía “muy buena información” procedente de la Estación Chile de la SIDE que le remitía a la Casa Rosada detalles sobre las violaciones a los derechos humanos.
Cuenta el diplomático, que “sabíamos cómo Pinochet apretaba, ablandaba, volvía a apretar y volvía a ablandar. Más apretaba que ablandaba y alguna información se suministraba sobre el ex comandante en Jefe de la Fuerza Aérea, Gustavo Leigh. Sabíamos qué capacidad podía tener para derrocar a Pinochet y luego de algunos contactos constatamos que ninguna. Los norteamericanos estaban interesados en Leigh y se dieron cuenta que no alcanzaba. A lo mejor tenía la voluntad, pero no podía. Recibíamos información todos los días sobre las violaciones a los derechos humanos y teníamos en cuenta la información sobre posibles ataques a la dictadura, pero sabíamos que las Fuerzas Armadas de Chile eran fuerzas muy eficientes, con armamento muy sofisticado”.

¿Y cuál era el trabajo de la inteligencia chilena?

Era muy activo. Sabíamos que tenían contactos con personajes de la derecha argentina y contactos que querían tener con nosotros, además de informaciones que pedían y no se la dábamos, o se la dábamos a regañadientes o se la demorábamos. Ellos pedían mucha información sobre el Frente Manuel Rodríguez, que era lo más urticante para ellos. No se la ocultamos, pero tampoco fuimos muy fluidos en lo que les informábamos. Hacíamos los deberes, nada más.

¿Que significa hacer los deberes?

Y bueno, imagínese. Le doy un ejemplo: acá hay un matrimonio de fulano y fulana que están por acá hace dos años. Nosotros sabemos que es gente de extrema izquierda. Y nosotros respondíamos: sí, los tenemos, están bien en Mendoza, los tenemos perfectamente controlados, así es que ustedes no se preocupen, sabemos qué hacen, qué no hacen, con quién se ven y con quién no, de qué trabajan, de qué se ganan la vida, así es que no se preocupen. Ellos querían información: qué es lo que hace, dónde está, con quién se ve, de dónde le llega la plata, o ¿es cierto que tal senador es amigo de tal chileno y colabora con tal comité de solidaridad? Pero la decisión política era administrar la información. O no les dábamos nada, o la poca que le dábamos se la entregábamos un poco cambiada.

El hecho que inclinó la balanza
¿Cuáles fueron las razones que llevaron a Washington a desarrollar en Buenos Aires conspiraciones para eliminar a dos de sus mejores aliados?

Es posible que la presunta y poco creíble razón de Estado sobre los derechos humanos haya servido para justificar giros diplomáticos tan contradictorios, pero varios consultados coinciden la balanza en contra de Pinochet comienza a inclinarse lentamente a partir del 21 de septiembre de 1976, cuando una bomba mató al ex embajador de Chile en los Estados Unidos y su secretaria Ronni Moffitt, de 25 años, en un atentado planificado y ejecutado por Michael Townley, un agente estadounidense al servicio de la DINA Exterior que ahora goza de protección en territorio norteamericano.
“Yo no sé si la inclina o la empieza a inclinar, acota Torres Ávalos, pero siempre analizamos que ahí empezó la curva descendente de la imagen de Pinochet respecto a Estados Unidos. Quizá hubiera venido otro hecho o el tiempo hubiera producido su desgaste, pero este hecho aceleró para que los americanos dijeran basta”.

¿No le pareció que los funcionarios que venían a Buenos Aires tenían un alto nivel de cinismo? Se trataba de una operación sobre los principales aliados del Plan Condor, aparte de Buenos Aires.

Algunos sí, otros no, otros eran muy honestos. Pero del Plan Cóndor de 10 años atrás a esos momentos, Estados Unidos había cambiado. Porque debemos situarnos, Allende fue derrocado en 1973, donde Estados Unidos intervino en forma directa. En 1983/84 Estados Unidos, dijo “esto que hicimos acá hay que borrarlo, esto no nos sirve más”. Todo en función de sus intereses que ahora era recuperar la democracia y tenerla del lado de ellos. No importa si era de derecha, lo importante era que Estados Unidos demostrara que no era cinismo decir que eran los adalides de la democracia, porque no se bancaban ni al comunismo, ni a Stroessner, ni a Somoza ni a Pinochet. Éste era el objetivo final.

http://elperiodistaonline.cl/de_archivo/2013/01/el-ano-que-eeuu-quiso-eliminar-a-augusto-pinochet/


sábado, 12 de noviembre de 2011

Reagan y Pinochet: El momento en que Estados Unidos rompió con la dictadura

Por : Peter Kornbluh en Reportajes de investigaciónPublicado: 23.11.2010


Mucho se ha escrito sobre el rol de Estados Unidos en la génesis del Golpe de Estado de 1973 en Chile, pero poco se sabía hasta ahora de cómo se decidió en Washington quitarle el apoyo a Pinochet durante el gobierno de Ronald Reagan, en noviembre de 1986. Y tampoco del rol que jugó en ello el salvaje asesinato del fotógrafo Rodrigo Rojas, quien junto a Carmen Gloria Quintana fue quemado por una patrulla militar. El National Security Archive obtuvo documentos desclasificados que ayudan a recrear el momento en que los estadounidenses se dieron cuenta de que Pinochet ya no era funcional para sus intereses y el debate que se provocó para definir la mejor forma de sacarlo del poder y apoyar a la oposición. Aquí, los diálogos en los que Reagan aparece como el más reacio a dejar caer al dictador.
“Este hombre tiene las manos llenas de sangre”, le dijo el secretario de Estado George Shultz al presidente Ronald Reagan mientras discutían sobre el futuro del general Augusto Pinochet. “Ha hecho cosas monstruosas”, concluyó.
Trece años antes, Estados Unidos ayudaba a Pinochet a llegar el poder. En noviembre de 1986, en Washington llegaba el momento en que el gobierno estadounidense decidía que el general había cumplido su propósito y era tiempo de que se fuera.
En una reunión del Consejo de Seguridad Nacional (NSC, por su sigla en inglés) que tuvo lugar el 18 de noviembre de 1986, los principales asesores de Reagan pusieron el asunto en perspectiva: “El gobierno de Estados Unidos y esta administración en particular, quieren que Chile vuelva a su tradición democrática de 150 años. Entonces, la decisión clave no es si queremos o no democracia en Chile. La queremos. La pregunta para nosotros es cómo podemos contribuir más efectivamente a un resultado democrático en Chile”. (ver documento)
La historia de cómo el gobierno estadounidense, desplegando la fuerza de la CIA sobre Chile, ayudó a orquestar el derrocamiento del gobierno del democráticamente electo Salvador Allende y el ascenso al poder del régimen militar de Pinochet es bien conocida en el mundo. Pero la historia de cómo Washington decidió cortar con Pinochet, presionarlo y cautelosamente apoyar a la oposición civil para impedir su intención de ser un presidente vitalicio, nunca ha sido completamente revelada. Y fue en noviembre de 1986.
Veinticuatro años después de que se tomara esa decisión, documentos desclasificados de la Casa Blanca, recientemente obtenidos por el Nacional Security Archive en los archivos de la Biblioteca Presidencial Reagan –los que CIPER da a conocer por primera vez– dan luces sobre las reuniones en que la conservadora administración Reagan concluyó que Pinochet ya no servía a los intereses de Estados Unidos. La conclusión fue que había que forzarlo a dejar el poder.

El deterioro de una relación

En un comienzo, la administración Reagan veía al régimen de Pinochet como un aliado anticomunista que merecía el apoyo de Estados Unidos. No mucho después de asumir la presidencia (enero de 1981), Reagan levantó las sanciones que la administración Carter había impuesto al régimen militar por su responsabilidad en la bomba que hizo explotar el auto en el que viajaban el ex embajador chileno en Washington Orlando Letelier y su colega Ronni Karpen Moffitt. Ambos perdieron la vida. Reagan, en cambio, envió a Chile su embajadora ante Naciones Unidas, Jeane Kirkpatrick, a reunirse con Pinochet y “expresarle el deseo de mi gobierno de normalizar por completo las relaciones con Chile.”
A diferencia del presidente Jimmy Carter, la nueva administración no lo presionaría más por las violaciones a los derechos humanos. Pinochet interpretó el respaldo que le volvía a brindar Washington como una reivindicación y una ratificación de su régimen. En un discurso unos meses después de la elección de Reagan, Pinochet declaró que si antes Chile se hallaba sólo en su firme oposición al imperialismo soviético y su respaldo al sistema de la libre empresa, ahora formaba parte de una clara tendencia mundial. Chile, subrayaba el dictador, no era el que había cambiado.
El colapso de la economía de libre mercado chilena en 1982, seguido de un aumento del descontento popular hacia mediados de 1984, levantó las primeras dudas en las cabezas de los funcionarios de Estados Unidos sobre si seguir o no apoyando al régimen. Ese año 1984, en el que Reagan fue reelegido para un segundo período, un informe de inteligencia de la CIA titulado “Pinochet bajo presión” reportaba que “la política chilena había cambiado de manera irreversible, creemos, durante los últimos años”:
** La actitud del pueblo con respecto a las políticas de libre mercado del gobierno se ha agudizado a causa de la recesión económica.

** El resurgimiento de los sindicatos y los partidos políticos ha propiciado la reactivación de la vida política chilena.

** Los radicales de izquierda se han vuelto más activos en lo político, hasta el punto de organizar mítines y participar en debates informales con partidos moderados, en tanto que el Partido Comunista chileno ha extendido su organización por todo el país de un modo que sólo supera el Partido Demócrata Cristiano.

** La identificación de los militares con Pinochet ha comenzado a resquebrajarse debido a las diferencias sobre cómo actuar ante el disenso político y en torno al programa de restauración del gobierno civil.
Este informe –junto con las acusaciones del Congreso respecto hipocresía de las políticas de la Casa Blanca que apoyaba una contrarrevolución violenta en Nicaragua en nombre de la democracia pero al mismo tiempo no hacía nada respecto a Chile–, llevó al Departamento de Estado a la primera revisión significativa sobre la continuidad del apoyo de la administración Reagan al régimen de Pinochet. El entonces asistente del secretario de Estado para América Latina, Langhorne Motley, recomendó una “intervención activa, aunque gradual, para tratar de propiciar una transición pacífica hacia la democracia en Chile”.
Cuando funcionarios de la embajada de EE.UU. trataron de empujar al régimen y a la oposición no comunista hacia el diálogo para una transición, se encontraron con un Pinochet intransigente ante un cambio político real. En una reunión en el salón Oval con Reagan en septiembre de 1985, el secretario de Estado George Shultz le dijo al presidente que la resistencia de Pinochet estaba llevando a una nación “cada vez más polarizada, lo que no haría sino beneficiar a los comunistas”.

El asesinato de Rodrigo Rojas

El asesinato de un joven fotógrafo chileno que acababa de volver del exilio en Washington puso nuevamente la atención de los altos funcionarios de la administración Reagan en la necesidad de aumentar las presiones para que Pinochet se fuera. Rodrigo Rojas había regresado a Chile en mayo de 1986. El 2 de julio, él y una joven mujer, Carmen Gloria Quintana, fueron detenidos por una patrulla militar durante una protesta callejera, rociados con gasolina, quemados y arrojados a una zanja. Rojas murió unos días después a causa de las quemaduras en el 80 por ciento de su cuerpo.
En una clara señal del rechazo de Washington a las violaciones de derechos humanos de Pinochet, el embajador de Estados Unidos Harry Barnes se unió a miles de chilenos en la procesión del funeral en Santiago. Pinochet le dio la espalda a Estados Unidos desplegando los guanacos sobre la multitud.
La naturaleza salvaje de esa atrocidad y el hecho de que Rojas era residente en Estados Unidos, resonó en Chile y en Washington. La tarde del 14 de julio, la lectura de documentos del Presidente Reagan incluyó un reporte secreto sobre el “probable involucramiento del Ejército chileno en el asesinato de Rojas”. Hombres clave del Congreso estadounidense pidieron que el gobierno repudiara públicamente al régimen de Pinochet. “La onda expansiva que dejó la muerte de Rojas tiene un impacto relevante en las actitudes de los congresistas. El sentimiento por acciones duras seguirá construyéndose particularmente si los responsables de este crimen no son identificados y enjuiciados”, decía al reporte secreto enviado al secretario Shultz por su delegado para América Latina, Elliott Abrams.
Con su informe, Abrams encendió las alarmas sobre Chile: “La última línea es que enfrentamos un empeoramiento de la situación en Chile y necesitamos usar todos los medios disponibles para proteger nuestros intereses”. Y advirtió que una presión efectiva de Estados Unidos requerirá “más que voleos verbales para conseguir que Pinochet acepte irse o persuadir al Ejército de persuadirlo a él”. Abrams recomendó considerar una reunión del Consejo de Seguridad Nacional “para revisar nuestra política hacia Chile”.
Antes de que la reunión del NSC pudiera organizarse, los funcionarios estadounidenses quedaron sorprendidos por un aumento de los militantes de izquierda en Chile. En agosto, un enorme arsenal de armas destinadas al recientemente formado Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR), el brazo armado del Partido Comunista, fue descubierto en Carrizal Bajo. Y el 7 de septiembre, miembros del FPMR intentaron asesinar a Pinochet cerca de su casa de descanso en el Cajón del Maipo. “La extrema izquierda probablemente continuará poniendo bombas, saboteando y realizando otros ataques en búsqueda de aumentar la tensión y crear inestabilidad”, reportó la Agencia de Inteligencia de Defensa de Estados Unidos el 9 de septiembre. En respuesta al ataque, Pinochet declaró Estado de Sitio e inició una nueva fase de represión en Chile.

La reunión del Consejo de Seguridad Nacional del 18 de noviembre

“Existe amplia evidencia que sugiere que Pinochet ha perdido su confianza en la democracia como un sistema que puede contrarrestar exitosamente a los comunistas”, afirmó en un documento secreto el consejero de Seguridad Nacional, John Poindexter, para preparar una reunión del NSC sobre la política estadounidense hacia Pinochet (esa reunión estaba originalmente programada para el 14 de noviembre y luego fue postergada para el 18 de ese mes). “La estrategia de Pinochet de quedarse en el poder parece ser la de polarizar el país, mantener a la oposición débil y dividida, de modo de que pueda presentar al país una elección entre él y los comunistas en 1989 y forzar a la Junta a nombrarlo como candidato (en el plebiscito)…Él cree que ganaría”. ( ver documento)
Dominado por ideólogos de derecha, el Consejo de Seguridad Nacional de Reagan vio la reunión como una forma de adoptar una “estrategia cuidadosamente calibrada” para sacar a Pinochet del poder. Pero los documentos desclasificados de la reunión revelan un conflicto entre el NSC y el Departamento de Estado sobre cómo manejar la “creciente tensión entre nuestro interés nacional en una transición a la democracia ordenada y pacífica en Chile, y el aparente deseo del presidente Pinochet de mantenerse en el cargo indefinidamente”.
El Departamento de Estado buscaba un apoyo de alto perfil para la oposición chilena no comunista y un esfuerzo por distanciar públicamente a Washington del régimen militar votando “no” a los créditos multilaterales y otros préstamos a Chile. El NSC parecía despreciar lo que los funcionarios llamaban “vías indisciplinadas y poco pragmáticas” de la oposición democrática y tener más simpatía por reunirse con los militares para que apoyaran la transición. El NSC creía que un acercamiento más sutil a los miembros de la Junta de Gobierno y el Ejército sería más efectivo para presionar a Pinochet.
Cuando la reunión comenzó a las 11:07 en el salón del gabinete de la Casa Blanca, Poindexter delineó al presidente Reagan y sus principales asesores de seguridad nacional los principios de las políticas del NSC, con un sesgo hacia la mantención de vínculos positivos con los militares chilenos e incluso con Pinochet:
** Primero, la necesidad de mantener el rol positivo de los tres miembros de la Junta pro transición y apoyar sus esfuerzos por lograr que el Ejército se les una en la transición;

** Segundo; la necesidad de responder a las preocupaciones de seguridad e institucionales del Ejército y evitar los actos que fomenten actitudes nacionalistas y/o un movimiento en apoyo Pinochet”

** Tercero, la necesidad de evaluar cómo las acciones de Estados Unidos, especialmente aquellas que puedan ser interpretadas como un retiro del apoyo estadounidense al régimen, afectan las acciones y estrategia del Partido Comunista Soviético/Cubano/Chileno.
** Cuarto, la necesidad de mover a la oposición democrática hacia una postura más disciplinada y pragmática de modo de que aumente su credibilidad en el Ejército;

**Quinto, la necesidad de tomar acciones que constituyan una presión efectiva sobre Pinochet y evitar aquellas que sean contraproducentes; y la necesidad de mantener nuestro acceso e influencia sobre Pinochet y su círculo íntimo.
A partir de ahí, el director suplente de la CIA, Robert Gates (actual secretario de Defensa, con quien se reunió el ministro de Defensa de Chile Jaime Ravinet en Santiago la semana pasada) estableció el análisis de la agencia sobre la situación de Chile. El descubrimiento de depósitos de armas “trajo de vuelta para la mayoría de los chilenos la amenaza de una insurrección comunista en los próximos años”, le dijo Gates a Reagan. Y advirtió que “el dominante Partido Comunista, con una fuerza de 30.000 miembros, ha progresivamente girado hacia la violencia como el único medio para polarizar el ambiente y derrocar a Pinochet”.
La evaluación final de la CIA era optimista: “Después de todo, recientes evoluciones en las actitudes de los miembros de la Junta y la reacción de la oposición moderada al intento de asesinato (de Pinochet) de alguna forma han aumentado las esperanzas de que pueda realizarse un proceso de transición pacífica que saque a Pinochet del poder hacia 1990 y permita a los militares entregar el gobierno a una coalición no comunista”.
Sin embargo, Gates identificó también “cuatro importantes obstáculos para dicha transición: (1) La determinación de Pinochet de quedarse en el poder por las próximas décadas; (2) la amenaza de violencia terrorista; (3) la subversión externa y el apoyo de grupos violentos; y (4) la incapacidad de la oposición moderada de cohesionarse en torno a un programa de transición específico aceptable para los militares”.
En la transcripción desclasificada (ver documento) de la reunión queda claro que el Presidente Reagan era el más férreo defensor de Pinochet, aunque reconociera que era el momento de que Pinochet se fuera. “Salvó a su país… Si hubiera alguna forma en que pudiéramos aparecer como no oponiéndonos a él, indicar que respetamos lo que ha hecho, pero al mismo tiempo decir que queremos ayudar a Chile por el bien de Chile”. Cuando Reagan sugirió que podía ir personalmente a Chile en una visita de Estado para hablar con Pinochet, su secretario de Estado, George Shultz le replicó: “De ninguna forma. Este hombre tiene las manos llenas de sangre…”.
Fue el secretario Shultz quien expuso el argumento más convincente para presionar a Pinochet. “No se engañe”, le dijo a Reagan en su cara. Pinochet “ha sido cruel, represivo y lo que ha hecho es simplemente indefendible”. Rechazando la posición del NSC de que de alguna forma Washington podría convencer suavemente a Pinochet de irse, Shultz afirmó: “Lo que estamos tratando de hacer es estar seguros de que estamos en el lado de la transición, pública y privadamente. Es por eso que nuestros actos, como ir al funeral (de Rodrigo Rojas) nos han dado credibilidad. Si sólo hacemos cosas que son agradables para Pinochet, no vamos a ninguna parte. Tenemos que estar dispuestos a rockear con él un poco”.
“No creo que podamos sólo tratar con la persuasión”, hizo ver Shultz en otro momento de la reunión. “Tenemos que mover algún músculo o no va a cambiar. La última línea de Pinochet es quedarse en el poder”.
Esta reunión clave, que pretendía establecer una “nueva dirección” para las políticas de Estados Unidos hacia Chile, tiene un final incierto y surrealista, con el Presidente Reagan alabando los esfuerzos de Pinochet de privatizar la seguridad social en Chile y contando historias de horror sobre el sistema estadounidense. Pero la conclusión fue clara: el gobierno de Estados Unidos, que había ayudado a Pinochet a llegar al poder trece años antes, iniciaría finalmente un esfuerzo concertado para forzarlo a dar un paso al lado.

El desenlace de un dictador

Un día después de la reunión del NSC sobre Chile, el presidente Reagan dio una conferencia para negar reportes de prensa que indicaban que su administración había vendido secretamente armas a Irán. En semanas, su administración se hundiría en el más grande escándalo político de la década —conocido como el caso Irán-Contra—, que involucraba la venta ilegal de armas a Irán para financiar la insurgencia Contra en oposición a los Sandinistas en Nicaragua. El escándalo casi le costó a Reagan su presidencia; llevó al despido de John Poindexter y otros consejeros de seguridad nacional que habían estado involucrados en actividades ilegales, entre ellas el haber enviado a líderes de los Contra a Santiago para recibir armas de los militares chilenos. En última instancia, el escándalo Irán-Contra distrajo mucho la atención de Washington hacia Chile durante los últimos años de la dictadura militar.
La campaña del “No” que culminó con el plebiscito de 1988 y la victoria a favor de la democracia fue una tremenda hazaña de estrategia política de los chilenos. Que Estados Unidos abandonara su apoyo previo a Pinochet jugó un rol, aunque menor, en el proceso político en Chile. E National Endowment for Democracy (NED), creado para realizar abiertamente las operaciones políticas que antes hacía la CIA de manera encubierta, el que junto a la federación de sindicatos AFL-CIO y el National Democratic Institute (NDI) contribuyó con unos US$ 1,6 millones desde Estados Unidos para apoyar los esfuerzos de la oposición democrática y organizar el registro de votantes y campañas educativas, realizar encuestas de opinión efectivas, contratar consultores de medios y organizar un sistema paralelo de conteo de votos para el día de la elección.
Sin embargo, el rol más significativo de Estados Unidos fue delatar el plan secreto de Pinochet de usar la violencia para anular el plebiscito en caso de que ganara el “No” y así mantenerse en el poder. Ya en mayo de 1988, cuatro meses antes del plebiscito, la CIA obtuvo datos de inteligencia sobre “la creciente determinación de los militares de evitar la subida el poder de un gobierno civil en Chile”. Hacia fines de septiembre, la CIA y la Agencia de Inteligencia de Defensa (DIA, por su sigla en inglés) habían acumulado evidencia significativa de un plan para una matanza y un autogolpe si el voto no se inclinaba hacia Pinochet el 5 de octubre. En un cable secreto al Departamento de Estado, el embajador Harry Barnes reportó:
El plan de Pinochet es sencillo: a) si gana el SI, perfecto; b) si la lucha resulta estar muy reñida, recurrirá al fraude y la coerción, c) si parece que los votantes se decantan claramente por el NO, empleará la violencia y el terror para poner fin al proceso. Para ayudar a crear la atmósfera de represión necesaria, la CNI se encargará de protagonizar ciertos actos violentos antes del 5 de octubre y durante la jornada de elecciones. Sabemos que los consejeros más cercanos a Pinochet se están dando cuenta de que tiene muchas posibilidades de perder, por lo que creemos muy probable que se ponga en práctica la tercera opción, lo que comportaría una pérdida considerable de vidas.
En un informe clasificado “Top Secret” la Agencia de Inteligencia de Defensa, informaba que el plan pudo resultar en un “grave y generalizado derramamiento de sangre”.
La administración Reagan actuó en forma rápida y decisiva para confrontar estas amenazas de Pinochet. Silenciosamente, los funcionarios militares estadounidenses contactaron a otros miembros de la Junta para advertirles que las consecuencias de abortar un plebiscito serían duras para Chile. Washington también compartió información de inteligencia con los británicos, de modo que ellos también pudieran presionar a sus contactos dentro del Ejército para que resistieran el intento de Pinochet de quedarse en el poder.
El 3 de octubre, el Departamento de Estado expuso públicamente el plan de Pinochet para mantenerse en el poder y lo denunció, diciendo que “dañará seriamente las relaciones con Estados Unidos y destruirá la reputación de Chile a nivel mundial”. En un mensaje diplomático dirigido directamente a Pinochet, el gobierno de Reagan afirmó: “Nada podría arruinar de forma tan duradera su imagen en Chile y el mundo entero como el autorizar o permitir actos de extrema violencia o iniciativas ilegales que conviertan en una farsa su promesa solemne de un referéndum libre y justo”.
Esta presión no tuvo impacto en Pinochet, pero pudo haber sido un factor, junto con el ferviente compromiso y deseo de la mayoría de los chilenos, que influenciara a otros miembros de las Fuerzas Armadas a oponerse a una extensión violenta de una dictadura que ya era sangrienta y prolongada. Avanzada la tarde de ese histórico 5 de octubre de 1988, cuando estaba claro que Pinochet había perdido el plebiscito, otros miembros de la Junta se negaron a firmar una orden escrita por Pinochet que le confería poderes de emergencia para anular la votación. Esa noche marcó el fin de su régimen militar infame y el comienzo del regreso de la democracia en Chile.
*Peter Kornbluh es autor de “Pinochet: Los Archivos Secretos” y dirige el “Chile Documentation Project” en el National Security Archive, un organismo no gubernamental dedicado la investigación sobre política exterior basado en Washington D.C. Marian Schlotterbeck es candidata a doctora de la Universidad de Yale y actualmente vive en Santiago. Algunos de los documentos del Departamento de Estado y de la CIA citados en este artículo fueron recientemente donados por National Security Archive al Museo de la Memoria y Derechos Humanos.


http://ciperchile.cl/2010/11/23/reagan-y-pinochet-el-momento-en-que-estados-unidos-rompio-con-la-dictadura/

La Historia Oculta del Régimen Militar

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