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viernes, 23 de agosto de 2013

Misterioso médico de Neruda es Michael Townley

SANTIAGO DE CHILE, 2 (ANSA) – El misterioso médico que inoculó al poeta Pablo Neruda provocándole la muerte "es Michael Townley", el doble agente estadounidense procesado por las muertes del general Carlos Prats y el ex canciller Orlando Letelier.
    Así lo anticipó a ANSA Manuel Araya, el chofer del vate, querellante en el proceso que busca establecer la causa de muerte del Premio Nobel de Literatura 1971.
    Townley, casado con la escritora chilena Mariana Callejas, militaba para 1973 en el ultranacionalista movimiento de derecha Patria y Libertad, opositor al gobierno de Salvador Allende. Tras el golpe militar pasó a formar parte de los servicios de inteligencia y en su casa se experimentaba con el gas sarín y otras sustancias químicas que se inocularon a opositores a la dictadura. Araya dijo que en dos semanas más se conocerán además los nombres de otros dos médicos vinculados con el deceso del autor de "Canto general". "El doctor Sergio Drapper acusa a Price y por las características físicas que da (1,80 de estatura, delgado rubio), seria Michael Townley quien hizo la maldad contra Neruda, y otros dos mas que ya están identificados en la investigación que lleva el juez Mario Carroza", precisó Araya.
    El hombre que trasladó a Neruda desde Isla Negra hasta la Clínica Santa María para que al día siguiente emprendiera viaje a México se mostró confiado en que "estamos en el camino correcto" y dijo que han aparecido "más cosas raras" sobre ese 23 de septiembre cuando murió el poeta. Recalcó que hay que esperar los peritajes que se están haciendo en Carolina del Norte y que ellos esperan que se haga estudio de ADN, incluso con María Malvina, la hija fallecida de Neruda. (ANSA). MBA-DS/MRZ 


02/06/2013 17:35 

http://www.ansa.it/ansalatina/notizie/notiziari/chile/20130602173535570037.html


Was Pablo Neruda Murdered by the Pinochet Regime?

By Justin Peters

Posted Monday, June 3, 2013, at 1:52 PM

Crime is Slate’s crime blog. Like us on Facebook, and follow us on Twitter @slatecrime.
In September 1973, 12 days after Augusto Pinochet overthrew the Chilean government in a military coup, poet Pablo Neruda died in a hospital, ostensibly of cancer. Now, 40 years later, a Chilean court is investigating the possibility that Neruda might have been murdered by government agents hoping to silence his dissident voice.
Although Bart Simpson is familiar with the works of Pablo Neruda, you may not be. Briefly, Neruda was a prolific poet and ardent communist whose works addressed themes of love and liberation. He won the Nobel Prize for Literature in 1971, right around the time he became close to Salvador Allende, Chile’s socialist president. Allende was deposed (and possibly killed) by Pinochet on Sept. 11, 1973. Neruda was shocked and saddened by the coup, and, according to the Independent, was planning to move to Mexico, where he could write against Pinochet in relative safety. He never got the chance. Here’s the Independent:
The enquiries started after Neruda’s former driver, Manuel Araya, alleged the poet was poisoned by agents working for Pinochet. He said an unscheduled injection was given to the poet just hours before his death and Neruda rang him from the hospital saying he was feeling sick afterwards. The Chilean Communist Party said he had not displayed symptoms associated with the advanced stage of the cancer.
A doctor from the hospital where Neruda died claims that the injection may have been ordered by a blond, blue-eyed man calling himself “Dr. Price,” who vanished from the hospital soon after Neruda died, never to be seen again. Price’s description matches that of Michael Townley, a CIA agent who pulled double duty as an assassin for Pinochet’s secret police.
Neruda’s body was exhumed in April and is currently being tested for traces of poison. On Saturday a judge issued an order for the Chilean police to track down the mysterious Dr. Price. (If Price and Townley are the same person, then the police have their work cut out for them: Townley has been in the federal witness protection program for 30 years.)
This is a hell of a story, if true. But, at this point, there is no real reason to assume that it’s true. Forty-year-old memories and suspicious resemblances might count as smoking-gun evidence in the movies, but they ought to be treated with extreme caution in real life. And, yes, the Pinochet regime killed a lot of dissidents. But multiple sources have said that Pinochet’s agents didn’t start killing people with poison until the 1980s. One of these sources is Neruda’s own nephew, Bernardo Reyes, who told CNN that the investigation into his uncle’s death “is a circus in which I want no part.”
At the beginning of May, Nature reported that the first round of tests on Neruda’s exhumed corpse found no poison but did confirm that the poet had advanced prostate cancer. The tests are continuing, and poison may still be found—but until it is, we should refrain from jumping to conclusions about Neruda’s death.

http://www.slate.com/blogs/crime/2013/06/03/pablo_neruda_poisoned_did_pinochet_agents_and_michael_townley_murder_the.html


Los expertos afirman que Michael Townley no pudo haber matado a Pablo Neruda

04/06/2013 

Aunque Manuel Araya, chofer de Pablo Neruda, dijo reconocer y acusó este domingo al agente de la DINA y supuesto agente de la CIA Michael Townley de haber envenenado al Premio Nobel de Literatura, expertos en la materia aseguran disponer de pruebas que lo exculpan.

Pablo Neruda

Manuel Araya, quien fuera chofer de Pablo Neruda y actual querellante en el juicio que busca establecer la causa de la muerte del escritor, acusó el pasado domingo al estadounidense Michael Townley de haber envenenado al Premio Nobel de Literatura.

"El doctor Sergio Drapper acusa a Price y por las características físicas que da (1,80 de estatura, rubio), seria Michael Townley quien hizo la maldad contra Neruda, y otros dos más que ya están identificados en la investigación que lleva el juez Mario Carroza", dijo Araya en una entrevista con la agencia de noticias italiana ANSA.

El 19 de septiembre de 1973, ocho días después del golpe de estado que derrocó al gobierno del presidente socialista Salvador Allende, Neruda, que padecía cáncer de próstata, fue internado de urgencia en la clínica privada Santa María, de Santiago, donde falleció cuatro días más tarde.

Oficialmente, la causa de su muerte fue el cáncer, pero hace dos años Araya afirmó que el poeta fue asesinado mediante una inyección letal y junto a algunos familiares del escritor solicitaron una investigación judicial que está en curso y para la cual se exhumaron los restos el 8 de abril pasado.

Michael Townley era un violento militante de extrema derecha que creció en Chile en los años ’60 y difundía propaganda contra el presidente Salvador Allende, gran amigo de Neruda, a principios de 1973. Pero los expertos dicen que Townley estaba en Florida en el momento de la muerte de Neruda, el 23 de septiembre de 1973, apenas 12 días después de Golpe de Estado con que el general Augusto Pinochet derrocó a Allende. Y, contrariamente a la historia difundida por Manuel Contreras, jefe de la DINA, Townley nunca fue un agente de la CIA, dijeron.

Existen evidencias: la licencia de conducir de la Florida, un nuevo pasaporte de EE.UU. y recibos de sueldo de un garaje donde Townley trabajó como mecánico que prueba que estaba en Florida en septiembre de 1973, asegura John Dinges, periodista que cubrió Chile para The Washington Post y escribió acerca de Townley en dos libros, "Operación Cóndor" y "Asesinato en Embassy Row".

Por su parte, Peter Kornbluh, autor de "El archivo Pinochet, un expediente desclasificado sobre Atrocidad y Rendición de Cuentas", también descartó la idea de que la de Townley fuera una pista que valga la pena analizar.

Townley, que comenzó a trabajar en la Dirección de Inteligencia Nacional de Chile (DINA) en junio de 1974 y procesado por las muertes del excanciller Orlando Letelier y el general Carlos Prats, así como por el atentado en Roma al exvicepresidente Bernardo Leighton, vive en Estados Unidos como testigo protegido, luego de haber reconocido su participación en el primer crimen, cometido en Washington en 1976.

http://www.cancioneros.com/co/5181/2/los-expertos-afirman-que-michael-townley-no-pudo-haber-matado-a-pablo-neruda

Michael Townley “no pudo haber matado a Neruda”, afirman expertos

4 de junio de 2013 - 12:07 | Por:  

El ex colaborador de la DINA no habría estado en Chile a la fecha en que falleció el poeta. “Todos queremos ver este caso resuelto, pero las pistas falsas no nos acercan a la verdad” dice el periodista Peter Kornbluh.

/ Agencia UnoExpertos estadounidenses sobre violaciones a los derechos humanos durante la dictadura de Augusto Pinochet, en Chile, aseguraron que la investigación judicial sobre la muerte del poeta Pablo Neruda corre el riesgo de “perder el foco” de perseguir la tesis de que Michael Townley, el ex colaborador de la Dirección de Inteligencia Nacional, (DINA) sería el responsable del fallecimiento.
Townley era un violento militante de extrema derecha que creció en Chile en los años ’60 y difundía propaganda contra el presidente Salvador Allende,  gran amigo de Neruda, a principios de 1973. Pero los expertos dicen que Townley estaba en Florida en el momento de la muerte de Neruda, el 23 de septiembre de 1973, apenas 12 días después de Golpe de Estado con que el general Augusto Pinochet derrocó a Allenda. Y, contrariamente a la historia difundida por Manuel Contreras,  jefe de la DINA, Townley nunca fue un agente de la CIA, dijeron.
Existen evidencias: la licencia de conducir de la Florida, un nuevo pasaporte de EE.UU. y recibos de sueldode un garaje donde Townley trabajó como mecánico que prueba que estaba en Florida en septiembre de 1973, asegura John Dinges, periodista que cubrió Chile para The Washington Post y escribió acerca de Townley en dos libros, “Operación Cóndor” y “Asesinato en Embassy Row”.
Por su parte, Peter Kornbluh, autor de “El archivo Pinochet, un expediente desclasificado sobre Atrocidad y Rendición de Cuentas”, también descartó la idea de que la de Townley fuera una pista que valga la pena analizar.
“Todos queremos ver este caso resuelto, pero las pistas falsas no van a llevarnos más cerca de llegar a la verdad de la prematura muerte de Pablo Neruda”, dijo Kornbluh.
Tanto Dinges como Kornbluh afirman que la CIA rechazó dos veces los esfuerzos de Townley de unirse a la agencia, agregando que  Contreras trató de desviar la culpa de sus crímenes difundiendo la falsa historia de que la CIA había plantado a Townley en el interior de la policía secreta de Chile.
“Esta es una historia que Manuel Contreras ha estado repitiendo sistemáticamente desde la muerte de Letelier: que Townley no estaba trabajando para la DINA sino para la CIA, y la izquierda cae en la trampauna y otra vez, porque quieren enlodar a la CIA “, sostuvo Dinges.

http://www.eldinamo.cl/2013/06/04/michael-townley-no-pudo-haber-matado-a-neruda-afirman-expertos/

jueves, 22 de agosto de 2013

El chofer de Neruda identificó al agente Michael Townley como supuesto asesino del poeta

Manuel Araya, quien fue chofer de Pablo Neruda, es querellante en el juicio que busca establecer la causa de la muerte del escritor y sostiene que éste fue asesinado, acusó hoy al agente estadounidense Michael Townley de haber envenenado al Premio Nobel de Literatura.


“El doctor Sergio Drapper acusa a Price y por las características físicas que da (1,80 de estatura, rubio), seria Michael Townley quien hizo la maldad contra Neruda, y otros dos más que ya están identificados en la investigación que lleva el juez Mario Carroza”, dijo Araya en una entrevista con la agencia noticiosa italiana ANSA.

El 19 de septiembre de 1973, ocho días después del golpe de estado que derrocó al gobierno del presidente socialista Salvador Allende, Neruda, que padecía cáncer de próstata, fue internado de urgencia en la clínica privada Santa María, de Santiago, donde falleció cuatro días más tarde.

Oficialmente, la causa de su muerte fue el cáncer, pero hace dos años Araya afirmó que el poeta fue asesinado mediante una inyección letal y junto a algunos familiares del escritor solicitaron una investigación judicial que está en curso y para la cual se exhumaron los restos el 8 de abril pasado.

Otros parientes, en cambio, sostienen que Neruda murió como consecuencia de la enfermedad que sufría.

En la misma clínica Santa María falleció en 1982 -todavía durante la dictadura que sucedió al gobierno de Allende- el expresidente Eduardo Frei Montalva, cuyo deceso se atribuyó entonces a motivos de salud, hasta que en 2006 se probó que fue asesinado con gas mostaza y talio.

Townley, casado con la escritora chilena Mariana Callejas, militaba en 1973 en el movimiento ultranacionalista de derecha Patria y Libertad, opositor al gobierno de Allende.

Tras el golpe militar pasó a formar parte de los servicios de inteligencia y en su casa se experimentaba con gas sarín y otras sustancias químicas que se inocularon a opositores a la dictadura.

Townley, procesado por las muertes del excanciller Orlando Letelier y el general Carlos Prats, así como por el atentado en Roma al exvicepresidente Bernardo Leighton, vive en Estados Unidos como testigo protegido, luego de haber reconocido su participación en el primer crimen, cometido en Washington en 1976.

http://www.telam.com.ar/notas/201306/19776-el-chofer-de-neruda-identifico-al-agente-michael-townley-como-supuesto-asesino-del-poeta.html

jueves, 8 de noviembre de 2012

"La muerte de Neruda no pueder permanecer envuelta en el misterio”


05-11-2012


Entrevsita a Mario Amorós, autor del libro "Sombras sobre Isla Negra. La misteriosa muerte de Pablo Neruda"

Salvador López Arnal
El Viejo Topo


Mario Amorós (Novelda, 1973), periodista y doctor en Historia por la Universidad de Barcelona, es uno de los grandes especialistas españoles en la historia reciente de Chile, con amplio reconocimiento internacional. Su último libro, Sombras sobre Isla Negra. La misteriosa muerte de Pablo Neruda, publicado por Ediciones B-Chile, circula desde mayo y se volverá a presentar en la Feria del Libro de Santiago de Chile el 8 de noviembre a las 7 de la tarde.



- ¿Por qué un libro ahora sobre la muerte de Pablo Neruda?

- En mayo de 2011, la revista mexicana Proceso publicó un reportaje con el testimonio del último chofer de Neruda, Manuel Araya, quien denunció que el Poeta fue asesinado por agentes de Pinochet a través de una inyección en la Clínica Santa María de Santiago de Chile, donde estaba ingresado. De inmediato, el Partido Comunista presentó una querella criminal para que se investigara aquella impactante denuncia y el juez chileno Mario Carroza la aceptó a trámite e inició las indagaciones.

Muy pronto preparé y publiqué un extenso reportaje en el que presenté algunas revelaciones sorprendentes, principalmente que la viuda de Neruda, Matilde Urrutia, siempre negó (desde fechas tan tempranas como febrero de 1974 hasta sus últimos días) la versión oficial de su fallecimiento: un cáncer de próstata en fase terminal.

En septiembre de 2011, el abogado del Partido Comunista, Eduardo Contreras, me envió un texto que me dejó perplejo y puso fin a mi escepticismo: la entrevista a la enfermera que atendió en Isla Negra al Poeta durante los últimos años de su vida publicada en el diario La Nación el 18 de septiembre de 2005. Esta señora explicó entonces que en 1975 Matilde Urrutia le confesó que sospechaba que Neruda había sido asesinado en aquel hospital … a través de una inyección. Fue entonces cuando decidí viajar a Chile para recoger testimonios, documentación primaria y bibliografía para escribir este libro, que intenta reconstruir el último año y los días postreros de la vida del Poeta. Por cierto, esta enfermera, con casi 80 años, no ha querido volver a hablar con ningún periodista, aunque sí ha declarado ante el juez Carroza. El miedo que propagó el Terror de la dictadura persiste en Chile.



- ¿Con qué nuevos materiales has trabajado en tu investigación?

- El libro se apoya en la prensa de la época, en la correspondencia privada del Poeta y de su última esposa, que pude consultar en el archivo de la Fundación Pablo Neruda, en una amplia bibliografía y en testimonios de personas que vieron o acompañaron al creador del Canto general en la última época de su vida, como el chofer Manuel Araya, el diplomático sueco Ulf Hjertonsson o Gonzalo Martínez Corbalá, embajador de México en Chile en 1973. La prensa, en concreto, ha sido muy importante para reconstruir los últimos días, las horas finales, el velatorio y el inolvidable funeral del vate en aquel Chile convertido en un inmenso campo de concentración por los militares golpistas. Además, también he podido acceder al sumario del juicio abierto en aquel país y he incluido declaraciones de algunas de las enfermeras y médicos que atendieron a Neruda en sus últimos días.



- Neruda falleció el 23 de septiembre de 1973, doce días después del golpe de Pinochet y sus amigos fascistas e imperiales… ¿Cómo vivió el Poeta aquella jornada?

- El 11 de septiembre el Poeta estaba en su hermosa casa de Isla Negra, frente al Pacífico, y allí muy temprano conoció las noticias y el desarrollo fulminante del golpe de estado. La dolorosa derrota del proyecto popular, el bombardeo de La Moneda y la muerte de su amigo el Presidente Allende fueron unos golpes demoledores para su salud y le sumieron en una intensa agonía física y emocional que le abocó al umbral de la muerte. La mañana del 19 de septiembre su esposa le trasladó en ambulancia a la Clínica Santa María de Santiago, donde fue ingresado en la habitación 406.

Al día siguiente, recibió la visita del embajador mexicano, quien le comunicó a través de una nota la invitación del presidente Luis Echeverría para trasladarse a su país. Sólo cuando conoció la devastación de La Chascona, su casa santiaguina, el Poeta aceptó partir al exilio. En aquellas horas, Matilde Urrutia explicó a Martínez Corbalá que temía por la seguridad del Poeta, ya que también su casa de Valparaíso, La Sebastiana, había sido brutalmente destruida por la dictadura.



- ¿La Junta Militar vigiló a Neruda a lo largo de aquellos días?

- Sí, Pinochet siempre estuvo al corriente de la situación del vate. Ante los rumores que recorrían el mundo sobre su supuesta muerte o detención, el 16 de septiembre, en una entrevista con una radio luxemburguesa, el tirano aseguró lo siguiente: “ Neruda no ha muerto. Está vivo y puede desplazarse libremente a donde quiere, igual que toda persona que, como él, tiene muchos años y está enferma ” . Y, además, no tuvo reparos en añadir cínicamente: “ Nosotros no matamos a nadie y, si Neruda muere, será de muerte natural ” . Al día siguiente, el embajador español se reunió con Pinochet y le hizo saber que una agresión contra el Premio Nobel de Literatura de 1971 sería muy mal vista en el exterior. En su respuesta, el dictador volvió a evidenciar que conocía muy bien dónde estaba y cómo se encontraba el Poeta.



Entre el 20 y el 21 de septiembre, la Junta Militar concedió a la Embajada de México los pasaportes para que Neruda y su esposa pudieran abandonar el país. No me cabe ninguna duda de que esta decisión pasó por el escritorio de Pinochet, quien ya el 11 de septiembre había ofrecido a Allende un avión para salir del país, un avión – que según comentó chistosamente por radio a un oficial aquella negra mañana- después se caería .



Y la tarde del 22 de septiembre, mientras Neruda se encontraba en su lecho de la Clínica Santa María, los informativos radiofónicos controlados por la Junta anticiparon que era probable que falleciera en las próximas horas.



- En el libro relatas y contrastas todos los testimonios y versiones sobre la causa última de su fallecimiento. ¿Cuál es tu opinión en estos momentos tras tu exhaustiva investigación?

- En los tres capítulos centrales contrasto la denuncia del chofer Manuel Araya y el relato de aquellos días que dejó Matilde Urrutia con todas las fuentes históricas que he podido consultar o descubrir. Creo que la muerte de Pablo Neruda está a día de hoy envuelta en el misterio por las contradicciones en los relatos de los dos testigos principales. Por ejemplo, en una entrevista concedida en 1976 a TVE, la viuda del Poeta aseguró que cuando éste se quedó dormido la noche del 22 de septiembre de 1973, después de que una enfermera le inyectara un calmante y tras sufrir enormemente al conocer el cruel asesinato de Víctor Jara y la magnitud de la persecución contra sus compañeros, ya no despertó jamás y falleció a las diez y media de la noche del día siguiente. “ Su muerte fue muy hermosa, porque pasó del sueño a la muerte, él no sufrió ” , aseguró entonces Matilde Urrutia. En cambio, en el sumario del juicio hay declaraciones que atestiguan que Neruda sí padeció mucho en el último día de su vida y he encontrado una entrevista de 1975 al médico que lo atendió en aquellas horas en la que declaró que sí estaba consciente o al menos semiinconsciente en aquellos momentos.

En cuanto al relato del chofer Manuel Araya, también he detectado algunas contradicciones importantes utilizando por ejemplo el libro autobiográfico que dejó el entonces embajador francés en Chile, Pierre De Menthon, o algunas de las declaraciones prestadas ante el juez Mario Carroza.

Por último, el certificado de defunción de Neruda (firmado por el doctor Roberto Vargas Zalazar, el urólogo chileno más importante de entonces), reproducido en el interior del libro, expone, sin conceder espacio a la duda, la causa de muerte: un cáncer de próstata con metástasis y caquexia. Pero Matilde Urrutia siempre negó, en infinidad de entrevistas que he consultado, esta tesis y lo hizo de manera muy tajante: “ No lo mató el cáncer ” , aseguró en febrero de 1974 a la Agencia Efe en Isla Negra. “ Los médicos, a los que habíamos visto unos días antes, le dijeron que lo habían atajado y que podría vivir unos años más ” . Esta misma opinión la expresó a lo largo de la década siguiente, hasta sus últimas entrevistas, como la publicada por la revista Análisis el 27 de septiembre de1983.

Veinte años después de su muerte, el 23 de septiembre de 1993, Hortensia Bussi ( la viuda del Presidente Allende) manifestó también que, en su opinión, Neruda habría podido vivir varios años más, a pesar de su enfermedad: “ Siempre diré y acusaré que la muerte de Pablo Neruda se adelantó por todos los sucesos políticos tras el golpe militar…”.



- Afirmas que Neruda fue una víctima de la dictadura de Pinochet, del sufrimiento que le causó el bombardeo del Palacio de la Moneda y la represión que padecieron sus compañeros y amigos. ¿Esa es la tesis de tu libro?



- Así es. La izquierda siempre expresó que la muerte de Neruda no podía disociarse de la tragedia que golpeó a su pueblo desde el 11 de septiembre de 1973. Sin embargo, en Sombras sobre Isla Negra reconstruyo con detalle aquellos últimos días de su vida y describo la agonía física y moral que le llevó al umbral de la muerte. Próximamente, el juez Mario Carroza deberá decidir si atiende la solicitud de exhumación de los restos del Poeta, que desde diciembre de 1992 descansan en Isla Negra, presentada por el Partido Comunista en diciembre. Carroza está intentando recopilar todos los antecedentes posibles sobre el estado de su enfermedad en 1973 para tomar su decisión. Sería la primera ocasión que se realiza una autopsia a los restos del Poeta, ya que jamás se habían investigado los motivos de su muerte.



Desde mi punto de vista, las contradicciones en el relato de la única persona que ha denunciado públicamente el asesinato de Neruda, su último chofer, son demasiado importantes como para defender claramente la tesis del asesinato. Al menos hasta el momento. Pero es imprescindible llevar la investigación hasta donde sea posible porque Chile y la humanidad no pueden permitir que la muerte del Poeta permanezca eternamente envuelta en el misterio, atrapada en las sombras del terror de la dictadura de Pinochet, que hoy planean sobre Isla Negra. Hay indicios para no descartar la posibilidad de que Neruda fuera asesinado. Horas antes de su muerte los militares allanaban un amplio perímetro del centro de Santiago y arrojaban varias obras suyas a las hogueras de libros donde ardían las ideas revolucionarias. Eran días en los que la prensa chilena llevaba con grandes caracteres a sus primeras páginas sentencias como la siguiente: “No habrá piedad con los extremistas”.



- Hay un argumento que parece contravenir la conjetura del asesinato: Neruda y su exilio a México. Todo estaba preparado, incluso el avión. Desde allí, más allá de algunas declaraciones, poco mal podía hacer a la Junta militar. ¿Para qué arriesgarse entonces, para qué asesinarlo teniendo en cuenta que podía desprestigiar aún más a la Junta?

- Creo justo lo contrario. La voz de Pablo Neruda en el exilio pudo haber causado un enorme daño a la dictadura militar. Tengamos en cuenta que es uno de los poetas más universales del siglo XX, leído, admirado y querido por millones de personas … y que la Junta de Pinochet en los años siguientes atentó en el exterior contra tres personalidades tan relevantes como el general Carlos Prats (antecesor de Pinochet en la jefatura del ejército), Bernardo Leighton (dirigente de la Democracia Cristiana, ex vicepresidente de la República y partidario de la unidad entre la izquierda y la DC para luchar contra la tiranía) y Orlando Letelier (dirigente socialista, ministro de Relaciones Exteriores con Allende y una persona con notable influencia en el Partido Demócrata estadounidense).



Prats y su esposa (en Buenos Aires) y Letelier y su secretaria (en Washington) fueron asesinados con un coche bomba, mientras que Leighton y su mujer fueron ametrallados por fascistas italianos al servicio de la DINA, pero lograron sobrevivir. En los tres casos, como relaté extensamente en Después de la lluvia. Chile, la memoria herida (disponible en rebelion.org) y cito brevemente ahora, la Junta Militar condenó aquellos crímenes a través de sendos comunicados, del mismo modo que declaró tres días de luto nacional por la muerte del Poeta y lamentó su muerte con una retórica insufrible. Además, en 1976 la dictadura de Pinochet intentó asesinar en México al destacado dirigente comunista Volodia Teitelboim.



- Otro de los aspectos que apuntan a la tesis del asesinato es la “escena del crimen”: la Clínica Santa María…

- Efectivamente, en los últimos años la justicia chilena ha podido probar que en ese mismo hospital privado de Santiago de Chile, pegado al cauce del río Mapocho, fue asesinado en enero de 1982 el ex presidente Eduardo Frei Montalva. Y esto, por otra parte, es muy llamativo e indicativo de que el fascismo – a veces- no paga a los traidores. Frei fue el verdadero líder de la Democracia Chilena entre 1971 y 1973, quien con su acendrado anticomunismo logró que la DC virara desde la simpatía inicial hacia el fascismo en el combate de masas contra el Gobierno de la Unidad Popular. En octubre de 1973, en una entrevista concedida al diario madrileño Abc aseguró que los militares habían “salvado” a Chile y un mes después, en una extensísima carta al presidente de la Internacional Demócrata Cristiana (localizable en Internet), justificó el golpe de estado y el exterminio del movimiento popular.

Ocho años después, la CNI (sucesora de la DINA) organizó de manera concienzuda su asesinato. Las huellas del crimen permanecieron ocultas durante un cuarto de siglo. La dictadura ordenó su muerte porque se había opuesto públicamente a la Constitución que Pinochet impuso en 1980 y que, aunque reformada, aún permanece vigente en Chile. Por cierto, en la investigación judicial sobre el caso Frei existen pruebas de que el vínculo entre la Clínica Santa María, donde falleció Neruda el 23 de septiembre de 1973 y fue asesinado Frei en 1982, y los aparatos represivos de la dictadura se remontan a la fase más temprana de ésta. Esta es una veta que el juez Carroza debiera profundizar.



- En el libro hablas varias veces del impacto que causó en Neruda la guerra civil española. ¿Estableció algún paralelismo entre lo que estaba sucediendo en Chile en 1973 y lo que pasó en España en 1936?

- Creo que éste es uno de los aspectos más conmovedores: descubrir que la memoria de la España republicana acompañó siempre a Neruda. Recordemos que en 1938 publicó su conmovedor libro España en el corazón.

El 5 de diciembre de 1972 el pueblo chileno rindió un homenaje a su gran Poeta en el Estadio Nacional. En su discurso, para referirse a la situación política de su país, Neruda aludió a la II República Española: “ Yo asistí a una guerra civil y fue una lucha tan cruel y dolorosa que marcó para siempre mi vida y mi poesía …” . Y advirtió: “ Las heridas de Chile, del cuerpo de Chile, harían desangrarse mi poesía”.

El 28 de mayo de 1973, en un discurso al país por televisión, en su última aparición pública, Neruda volvió a recordar con dramatismo la guerra civil y la derrota de la República. Lo hizo en un momento en el que el Partido Comunista de Chile centraba su discurso político en la consigna “ No a la guerra civil ” , en buscar una salida democrática y “pacífica” al conflicto político que dividía abruptamente el país. Pero la derecha y la DC, sectores importantes de las Fuerzas Armadas y el imperialismo apostaban ya, sin retorno posible, por la vía golpista después del notable avance de la Unidad Popular en las elecciones parlamentarias de marzo de aquel año.

Así lo expresó de manera clarividente Pablo Neruda en la última entrevista que concedió (publicada por su gran amiga Margarita Aguirre en la revista argentina Crisis en agosto de 1973) cuando se refirió al objetivo de aquella Santa Alianza: “Se trata de instaurar un régimen fascista en Chile”.



- Uno de los momentos más emotivos de tu imprescindible libro – otro más sobre la historia de Chile- es la descripción del funeral de Neruda …

- Aquel fue “un día inmenso” , como le gustaba decir al Poeta. Entre 500 y 2.500 personas ( según los periodistas extranjeros presentes) tuvieron el coraje de acompañar el féretro del vate a lo largo de los dos kilómetros que separan La Chascona del Cementerio General. Y lo hicieron amenazados por un fuerte dispositivo militar, pero protegidos por la presencia de los embajadores de Francia, Suecia o México. Además, tuvieron el valor de convertir, en una bella metáfora de la vida del vate, aquel funeral en la primera manifestación contra la dictadura en Chile, porque corearon consignas en homenaje al Presidente Allende y a Víctor Jara (con su viuda, Joan, presente) y recitaron los versos imperecederos de España en el corazón o del Canto General . Y sobre todo, cuando entraban en el Cementerio General, tuvieron la valentía de cantar como tributo al Poeta, entre voces que se apagaban y renacían, entre susurros y exclamaciones, entre lágrimas y sollozos, La Internacional .



- ¿Fue Neruda un poeta comunista? ¿Qué significa para ti ser un poeta comunista?

- En su libro autobiográfico Confieso que he vivido, cuyo manuscrito original sacó de Chile el embajador Martínez Corbalá en aquellos días de septiembre de 1973, Neruda nos dejó dicho que se hizo comunista durante la guerra civil española. En su bella biografía, Neruda , Volodia Teitelboim (uno de sus grandes amigos y camaradas) lo explicó de manera maravillosa. Pero además nos lo recuerdan una buena parte de sus versos y también su compromiso militante de 28 años con el Partido Comunista de Chile, del que fue senador por las provincias del Norte Grande, miembro de su Comité Central y candidato presidencial en 1969 .



En su Discurso de Estocolmo, al recibir el Premio Nobel en diciembre de 1971, Pablo Neruda, hijo de un modesto obrero ferroviario, criado entre la lluvia incesante y los frondosos bosques del sur de Chile, proclamó que llegaba allí “con mi poesía y con mi bandera”. Fue un tenaz militante comunista que acompañó a Salvador Allende en sus cuatro campañas como candidato presidencial, que intervino en un sinfín de actos políticos de la izquierda, que participaba en las interminables reuniones del Comité Central siempre que podía, que –ya postrado en su cama- en aquel triste invierno de 1973 seguía de manera obsesiva la coyuntura política nacional, que convocó a los intelectuales de Chile y del mundo a evitar la guerra civil en su patria.



Como tantos y tantos poetas, creadores e intelectuales, Neruda abrazó las ideas del socialismo y hoy sus versos y su memoria son un estímulo para no desistir, porque –como dijo en Estocolmo citando a Rimbaud- “solo con un ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia, dignidad a todos los hombres. Así la poesía no habrá cantado en vano”.



- Una pregunta de filosofía (estúpida) de la historia. ¿Y qué importa lo que pasó? ¿Para qué preocuparnos de lo sucedido hace casi 40 años?

- ¡Claro que importa! El recuerdo de la lucha y del sacrificio, de la tenacidad, de la fraternidad y del valor de tantos camaradas y compañeros en todos los rincones del planeta es tan necesario y valioso como el aire que respiramos. Recordemos que en 1939 Neruda llevó a más de dos mil republicanos desde aquella Francia cobarde y hostil a Chile en el Winnipeg . Recordemos también que en octubre de 1998 la Secretaría de Derechos Humanos de Izquierda Unida contribuyó de manera decisiva a la detención de Pinochet en Londres. Recordemos que el pueblo chileno se movilizó masivamente y por la libertad de Marcos Ana y que le acogió como a un hermano, que en 1939 el Comité Central del PC chileno rompió a llorar cuando conocieron la derrota de la República, que nosotros fuimos solidarios con el exilio chileno, que Rafael Alberti escribió en septiembre de 1973 su poema “Con Pablo Neruda en el corazón”…

En este caso concreto, debemos exigir que haya una investigación profunda para esclarecer si Neruda fue asesinado por la dictadura militar o si su fallecimiento obedeció a causas naturales después de la terrible agonía que sufrió a partir del golpe de estado.



- Mientras en Chile se investigan los crímenes del fascismo, en España perdura la losa de la impunidad y el ignominioso silencio oficial…

- Esta es una de las grandes lecciones que nos dan Chile o, más aún por las ejemplares políticas públicas en este terreno, Argentina, y es mérito de los movimientos de derechos humanos de estos países y en el caso chileno también del Partido Comunista y del conjunto de la izquierda. La reivindicación de la Memoria Democrática y el fin de la impunidad de los crímenes fascistas no socavan, sino que fortalecen la democracia.



Además, la investigación judicial, periodística e historiográfica de tanto en tanto ofrece descubrimientos tan impactantes como lo sucedido en Chile en 2007, cuando conocimos la existencia de la Brigada Lautaro de la DINA, responsable del secuestro, tortura, asesinato y desaparición de las dos direcciones clandestinas del Partido Comunista que cayeron en 1976. En 2007 aquel descubrimiento golpeó a los familiares y compañeros de aquellos camaradas … pero también les llenó de orgullo porque conocieron aún mejor su inmenso valor.



Por ejemplo, Víctor Díaz, un dirigente obrero muy querido por Neruda, fue capaz de decirle a Pinochet cara a cara que intentar destruir el Partido Comunista era lo mismo que tratar de vaciar el mar con un vaso. Tenía razón Víctor Díaz: este año el PC chileno conmemora el centenario de su fundación volviendo a estar en el centro de la política nacional, con una propuesta de gobierno de nuevo tipo que supere el modelo neoliberal impuesto por la dictadura a sangre y fuego y permita avanzar hacia una sociedad más democrática y con mayor justicia social.



- Entrevista publicada en el número de septiembre de 2012 de la revista El Viejo Topo. www.elviejotopo.com



http://www.rebelion.org/noticia.php?id=158224&titular=%22la-muerte-de-neruda-no-pueder-permanecer-envuelta-en-el-misterio%94-

jueves, 1 de noviembre de 2012

EL 11

Año 2, N.43, Domingo 31 de agosto de 2003

( Escribe Marta Blanco )"Chile ya estaba marcado por la violencia y el asesinato político. Habíamos juntado demasiado odio, como decían los incautos, y olvidamos cuán sordos fuimos"


El 9 de septiembre regresé de Valdivia a Santiago en una caravana de autos que llevaban hojas de palmera frente a los neumáticos para barrer el pavimento de miguelitos. Andábamos a setenta kilómetros. Viajaban el Rector de la Universidad de Valdivia, el obispo y algunos empresarios. No pudimos regresar en tren, los ferrocarriles estaban el huelga. Alojamos a medio camino. Llegamos a Santiago el 10 en la noche. Amanecimos con la noticia de la escuadra de regreso en Valparaíso. Del Presidente Allende en La Moneda. Las radios transmitían el levantamiento militar. En mi casa había una lata de chancho chino, leche y sacarina. No teníamos azúcar hacía muchos días, más o menos desde cuando las mujeres de la población del río se tomaron la carretera sentadas en sus balones vacíos de gas licuado. Reclamaban porque el gobierno les había regalado cocinas modernas pero no les mandaba gas.
Cerca de las 12 subí al cerro de Los Dominicos. Aviones de guerra sobrevolaban la casa de Tomás Moro. Vimos el bombardeo y la caravana de autos del GAP que sacó a la señora Hortensia por las Monjas Inglesas. Bajaron una escala a toda velocidad. Un misil cayó sobre el hospital de la Fach. En ese momento un helicóptero de guerra descendió sobre nosotros con la puerta lateral abierta. Una ametralladora nos apuntaba y un soldado hacía señas amenazantes. Corrimos cerro abajo.
El Presidente Allende habló al país. Tuve la suerte de escuchar ese discurso, mezcla de despedida, historia y dignidad. Jamás creí que se iba a suicidar. Jamás, que iban a bombardear La Moneda.
Comenzaron a escucharse los bandos por la radio. Encendimos la televisión. Yo vivía con mis tres hijos de 15, 14 y 9 años. Vi las noticias y supimos que el presidente había muerto. Que la junta militar había tomado el poder. Comenzaron a sonar los nombres de los buscados.
Tuve una intuición de horror al ver por televisión la casa de Tomás Moro bombardeada. El documental era de una violencia moral indescriptible. El ojo de la cámara recorría rincón tras rincón intentando mostrar los excesos que creía ver. Vi una casa presidencial más bien modesta, un dormitorio, un salón lleno de escombros. Bajaron a la cava e hicieron escarnio de esa bodega como si fuera la cueva de Alí Babá. No había allí cien botellas. Cualquier cava de ejecutivo emergente tiene hoy hartas más. Lo peor fue cuando mostraron el baño y los utensilios de aseo del Presidente, los remedios de su botiquín, sencillos y domésticos. Comprendí que no iban a respetar al presidente muerto.
Comenzamos a escuchar los tableteos de las ametralladoras, los disparos aislados, el ruido sordo de los camiones que iban y venían. No eran automóviles. Ya nadie podía salir a la calle.
Esa noche el MIR cruzó por mi parcela, ubicada entre la avenida Las Condes y el río Mapocho, asaltó la planta telefónica local, en la calle San Francisco, y con mi hijo Jorge vimos las sombras de los guerrilleros desplazándose en el jardín. Intenté llamar a la central telefónica. En ese tiempo no teníamos teléfono directo, se giraba una palanca, respondía la telefonista y pedíamos el número. Era un aparato a la altura del país, sin alardes electrónicos, donde se fabricaban televisores Antú en blanco y negro; un país descabalado por los hechos y las ideologías.
Y es que todo el país quería una revolución. ¿Olvidamos que se aprobó por unanimidad la nacionalización del cobre? Pero cada uno quería su propia revolución. No entiendo cómo ni por qué entraron los militares al gobierno de la Unidad Popular. Vivimos los años de Allende sin tomarle el peso a la llamada de muerte que cada grupo hacía desde su rincón. Habíamos elegido a un presidente socialista en votación popular y democrática, veíamos cómo se desarmaba el tejido social, cómo se perdía el lenguaje y la ponderación, cómo se intentaba gobernar a través de los resquicios legales, mientras la oposición amenazaba con el plan Zeta, y paralizaba el país o acumulaba la producción. Comenzó la escasez de vituallas, el mercado negro hizo su agosto. Las JAP fueron la respuesta del gobierno.
Por otro lado, ¿cómo producir en medio de las expropiaciones, las tomas, los excesos? Pero el ojo tuerto de cada chileno ve sólo lo que quiere ver. Lo que ha ocurrido con una toma inocua aunque algo inicua en Peñalolén es muestra de nuestra hipocresía. Incitada por la codicia de un dueño, entiendo, y la desesperación de los sin casa, que sí es desesperación, aún no hay desenlace para el conflicto. La comunidad ecológica de Peñalolén, toda gente de pensamiento liberal y avanzado, no acepta que los instalen junto a ellos. Bien lindo el cuento de la igualdad que dicen propiciar.
¿Por qué esperar, entonces, que en 1970-73 los dueños de fábricas y tierras e industrias aceptaran la ocupación por la fuerza de sus propiedades, la quiebra del estado de derecho, que aceptaran como si se tratara de una imposición de manos la imposición de una realidad violenta hecha de miguelitos, linchacos, metralletas, bombas molotov y discursos de 1789? La izquierda olvidó que Napoleón Bonaparte siguió a la Revolución Francesa. Olvidó la muerte del Che y hasta sus propios discursos sobre la intervención foránea. En cuanto a la derecha, ¿vería en el ejército a los obsecuentes sacadores de apuro del país durante las huelgas de la chaucha, de los estibadores, de los hospitales, de los basureros? ¿Creerían que les iban a seguir el amén?
El 13 la Junta Militar autorizó a la población para salir a la calle por cuatro horas. Corrimos a comprar víveres. Los supermercados estaban llenos de cosas desaparecidas: arroz, azúcar, papel toilette, aceite, jabón. Los precios habían subido según el canon del libre mercado. Pero aún no existía ni siquiera el concepto, y la población se desesperó con esa abundancia a la que no tenía acceso. No olvidaré a esa mujer de zapatos chuecos y suéter desteñido, de pie frente al mostrador de carnes en un supermercado de Vitacura, abriendo y cerrando una chauchera gastada, contando y recontando sus monedas. No me alcanza, decía. No me alcanza. No compró carne. Yo no compré porque sentí vergüenza.
Pero Chile ya estaba marcado por la violencia y el asesinato político. Habíamos juntado demasiado odio, como decían los incautos, y olvidamos cuán sordos fuimos. A lo largo del siglo XX hubo hombres faro en Chile: Claudio Matte, Gabriela Mistral, el padre Hurtado, los presidentes Alessandri Palma y Aguirre Cerda. Cuánto sufrimiento y crueldad habríamos evitado de haber escuchado esas voces urgidas por la inteligencia, la sensibilidad social y la razón. Pero no amamos la razón sino el romanticismo invertebrado de la pasión. Ya es hora de torcerle el cuello al cisne.
En un extraño vaticinio, a principios del siglo un cisne de cuello negro expiró en brazos de Neftalí Reyes, un adolescente que no se llamaba aún Pablo Neruda. Ese fue un enigma que no supimos descifrar.


http://www.elperiodista.cl/newtenberg/1449/article-37629.html


martes, 11 de septiembre de 2012

Extractos del libro Confieso que he vivido de Pablo Neruda


POÉTICA Y POLÍTICA

[...]La vida política vino como un trueno a sacarme de mis trabajos. Regresé una vez más a la multitud.
 La multitud humana ha sido para mí la lección de mi vida. Puedo llegar a ella con la inherente timidez del poeta, con el temor del tímido, pero, una vez en su seno, me siento transfigurado. Soy parte de la esencial mayoría, soy una hoja más del gran árbol humano.
 Soledad y multitud seguirán siendo deberes elementales del poeta de nuestro tiempo. En la soledad, mi vida se enriqueció con la batalla del oleaje en el litoral chileno. Me intrigaron y me apasionaron las aguas combatientes y los peñascos combatidos, la multiplicación de la vida oceánica, la impecable formación de "los pájaros errantes", el esplendor de la espuma marina.
 Pero aprendí mucho más de la gran marea de las vidas, de la ternura vista en miles de ojos que me miraron al mismo tiempo. Puede este mensaje no ser posible a todos los poetas, pero quien lo haya sentido lo guardará en su corazón, lo desarrollará en su obra.
 Es memorable y desgarrador para el poeta haber encarnado para muchos hombres, durante un minuto, la esperanza.

CANDIDATO PRESIDENCIAL

 Una mañana de 1970 llegaron a mi escondite marinero, a mi casa de Isla Negra, el secretario general de mi partido y otros compañeros. Venían a ofrecerme la candidatura parcial a la presidencia de la república, candidatura que propondrían a los seis o siete partidos de la Unidad Popular. Tenían todo listo: programa, carácter del gobierno, futuras medidas de emergencia, etc. Hasta ese momento todos aquellos partidos tenían su candidato Y cada uno quería mantenerlo. Sólo los comunistas no lo teníamos. Nuestra posición era apoyar al candidato único que los partidos de izquierda designaron y que sería el de la Unidad Popular. Pero no había decisión y las cosas no podían seguir así. Los candidatos de la derecha estaban lanzados y hacían propaganda. Si no nos uníamos en una aspiración electoral común, seríamos abrumados por una derrota espectacular.
 La única manera de precipitar la unidad estaba en que los comunistas designaran su propio candidato. Cuando acepté la candidatura postulada por mi partido, hicimos ostensible la Posición comunista. Nuestro apoyo sería para el candidato que contara con la voluntad de los otros. Si no se lograba tal consenso, mi postulación se mantendría hasta el final.
 Era un medio heroico de obligar a los otros a ponerse de acuerdo. Cuando le dije al camarada Corvalán que aceptaba, lo hice en el entendimiento de que igualmente se aceptaría mi futura renuncia, en la convicción de que mi renuncia sería inevitable. Era harto improbable que la unidad pudiera lograrse alrededor de un comunista. En buenas palabras, todos nos necesitaban para que los apoyáramos a ellos (incluso algunos candidatos de la Democracia Cristiana), pero ninguno nos necesitaba para apoyarnos a nosotros.
 Pero mi candidatura, salida de aquella mañana marina de Isla Negra, agarró fuego. No había sitio de donde no me solicitaran. Llegué a enternecerme ante aquellos centenares o miles de hombres y mujeres del pueblo que me estrujaban, me besaban y lloraban. Pobladores de los suburbios de Santiago, mineros de Coquímbo, hombres del cobre y del desierto, campesinas que me esperaban por horas con sus chiquillos en brazos, gente que vivía su desamparo desde el río Bío Bío hasta más allá del estrecho de Magallanes, a todos ellos les hablaba o les leía mis poemas a plena lluvia, en el barro de calles y caminos, bajo el viento austral que hace tiritar a la gente.
 Me estaba entusiasmando. Cada vez asistía más gente a mis concentraciones, cada vez acudían más mujeres. Con fascinación y terror comencé a pensar qué iba a hacer yo si salía elegido presidente de la república más chúcara, más dramáticamente insoluble, la más endeudada y, posiblemente, la más ingrata. Los, presidentes eran aclamados durante el primer mes y martirizados, con o sin justicia, los cinco años y los once meses restantes.

LA CAMPAÑA DE ALLENDE

 En un momento afortunado llegó la noticia: Allende surgía como candidato posible de la entera Unidad Popular. Previa la aceptación de mi partido, presenté rápidamente la renuncia a mi candidatura. Ante una inmensa y alegre multitud hablé yo para renunciar y Allende para postularse. El gran mitin era en un parque. La gente llenaba todo el espacio visible y también los árboles. De los ramajes sobresalían piernas y cabezas. No hay nada como estos chilenos aguerridos.
 Conocía al candidato. Lo había acompañado tres veces anteriores, echando versos y discursos por todo el brusco e interminable territorio de Chile. Tres veces consecutivas, cada seis años, había sido aspirante presidencial mi porfiadísimo compañero. Esta sería la cuarta y la vencida.
 Cuenta Arnold Bennet o Somerset Maugham (no recuerdo bien quién de los dos) que una vez le tocó dormir (al que lo cuenta) en el mismo cuarto de Winston Churchill. Lo primero que hizo al despertar aquel político tremendo, junto con abrir los ojos, fue estirar la mano, coger un inmenso cigarro habano del velador y, sin más ni más, comenzar a fumárselo. Esto lo puede hacer solamente un saludable hombre de las cavernas, con esa salud mineral de la edad de piedra.
 La resistencia de Allende dejaba atrás a la de todos sus acompañantes. Tenía un arte digno del mismísimo Churchill: se dormía cuando le daba la gana. A veces íbamos por las infinitas tierras áridas del norte de Chile. Allende dormía profundamente en los rincones del automóvil. De pronto surgía un pequeño punto rojo en el camino: al acercarnos se convertía en un grupo de quince o veinte hombres con sus mujeres, sus niños y sus banderas. Se detenía el coche. Allende se restregaba los ojos para enfrentarse al sol vertical y al pequeño grupo que cantaba. Se les unía y, entonaba con ellos el himno nacional. Después les hablaba, vivo, rápido y elocuente. Regresaba al coche y continuábamos recorriendo los larguísimos caminos de Chile. Allende volvía a sumergirse en el sueño sin el menor esfuerzo. Cada veinticinco minutos se repetía la escena: grupo, banderas, canto, discurso y regreso al sueño.
 Enfrentándose a inmensas manifestaciones de miles y miles de chilenos; cambiando de automóvil a tren, de tren a avión, de avión a barco, de barco a caballo; Allende cumplió sin vacilar las jornadas de aquellos meses agotadores. Atrás se quedaban fatigados casi todos los miembros de su comitiva. Más tarde, ya presidente hecho y derecho de Chile, su implacable eficiencia causó entre sus colaboradores cuatro o cinco infartos.

EMBAJADA EN PARÍS

 Cuando llegué a hacerme cargo de nuestra embajada en París, me di cuenta de que tenía que pagar un pesado tributo a mi vanidad. Había aceptado este puesto sin pensarlo mucho, dejándome ir una vez más por el vaivén de la vida. Me agradaba la idea de representar a un victorioso gobierno popular, alcanzado después de tantos años de gobiernos mediocres y mentirosos. Quizás en el fondo lo que me cautivaba más era entrar con una nueva dignidad a la casa de la embajada chilena, en la que me tragué humillaciones cuando organicé la inmigración de los republicanos españoles hacia mi país. Cada uno de los embajadores anteriores había colaborado en mi persecución; había contribuido a denigrarme y a herirme. El perseguido tomaría asiento en la silla del perseguidor, comería en su mesa, dormiría en su cama y abriría las ventanas para que el aire nuevo del mundo entrara a una vieja embajada.
 Lo más difícil era hacer entrar el aire. El asfixiante estilo salonesco se me metió por las narices y los ojos cuando, en esa noche de marzo de 1971, llegué con Matilde a nuestro dormitorio y nos acostamos en las egregias camas donde murieron, plácidos o atormentados, algunos embajadores y embajadoras.
 Es un dormitorio adecuado para alojar a un guerrero y su caballo; hay espacio suficiente para que se nutra el caballo y duerma el caballero. Los techos son altísimos y suavemente decorados. Los muebles son cosas felpudas, de color vagamente hoja seca, ataviados con espantosos flecos; una parafernalia de estilo que muestra al mismo tiempo signos de la riqueza y huellas de la decadencia. Los tapices pueden haber sido bellos hace sesenta años. Ahora han tomado un invencible color de pisada y un olor apolillado a conversaciones convencionales y difuntas.
 Para complemento, el personal nervioso que nos esperaba había pensado en todo, menos en la calefacción del gigantesco dormitorio. Matilde y yo pasamos entumidos nuestra primera noche diplomática en París. A la segunda noche la calefacción marchó. Tenía sesenta años de uso y ya se habían inutilizado los filtros. El aire caliente del antiguo sistema sólo dejaba pasar el anhídrido carbónico. No teníamos derecho a quejarnos de frío, como la noche anterior, pero sentíamos las palpitaciones y la angustia del envenenamiento. Tuvimos que abrir las ventanas para que entrara el frío invernal. Tal vez los viejos embajadores se estaban vengando de un arribista que llegaba a suplantarlos sin méritos burocráticos ni timbres genealógicos.
 Pensamos: debemos buscarnos una casa donde respirar con las hojas, con el agua, con los pájaros, con el aire. Este pensamiento se convertiría con el tiempo en obsesión. Como prisioneros desvelados por su libertad, buscábamos y buscábamos el aire puro fuera de París.

 Eso de ser embajador era algo nuevo e incómodo para mí. Pero entrañaba un desafío. En Chile había sobrevenido una revolución. Una revolución a la chilena, muy analizada y muy discutida. Los enemigos de adentro y de afuera se afilaban los dientes para destruirla. Por ciento ochenta años se sucedieron en mi país los mismos gobernantes con diferentes etiquetas. Todos hicieron lo mismo. Continuaron los harapos, las viviendas indignas, los niños sin escuelas ni zapatos, las prisiones y los garrotazos contra mi pobre pueblo.
 Ahora podíamos respirar y cantar. Eso era lo que me gustaba de mi nueva situación.
 Los nombramientos diplomáticos requieren en Chile la aprobación del senado. La derecha chilena me había halagado continuamente como poeta; hasta hizo discursos en mi honor. Está claro que estos discursos los habrían pronunciado con más regocijo en mis funerales. En la votación del senado para ratificar mi cargo de embajador, me libré por tres votos de mayoría. Los de la derecha y algunos hipócrita-cristianos votaron en mi contra, bajo el secreto de las bolitas blancas y negras.
 El anterior embajador tenía las paredes tapizadas con las fotografías de sus predecesores en el cargo, sin excepción, además de su propio retrato. Era una impresionante colección de personajes vacíos, salvo dos o tres, entre los cuales estaba el ilustre Blest Gana, nuestro pequeño Balzac chileno. Ordené el descendimiento de los espectrales retratos y los sustituí con figuras más sólidas: cinco efigies grabadas de los héroes que dieron bandera, nacionalidad e independencia a Chile; y tres fotografías contemporáneas: la de Aguirre Cerda, progresista presidente de la república; la de Luis Emilio Recabarren, fundador del partido comunista; y la de Salvador Allende. Las paredes quedaron infinitamente mejor.
 No sé lo que pensarían los secretarios de la embajada, derechistas en su casi totalidad. Los partidos reaccionarios habían copado la administración del país durante cien años. No se nombraba ni a un portero que no fuera conservador o monárquico. Los demócrata-cristianos a su vez, autodenominándose "revolución en libertad", mostraron una voracidad paralela a la de los antiguos reaccionarios. Más tarde las paralelas convergerían hasta volverse casi una misma línea.
 La burocracia, los archipiélagos de los edificios públicos, todo quedó lleno de empleados, inspectores y asesores de la derecha, como si nunca en Chile hubieran triunfado Allende y la Unidad Popular, como si los ministros de gobierno no fueran ahora socialistas y comunistas.
 Por tales circunstancias pedí que se llenara el cargo de consejero de la embajada en París con uno de mis amigos, diplomático de carrera y escritor de relieve. Se trataba de Jorge Edwards. Aunque pertenecía a la familia más oligárquica y reaccionaria de mi país, él era un hombre de izquierda, sin filiación partidista. Lo que yo necesitaba sobre todo era un funcionario inteligente que conociera su oficio y fuera digno de mi confianza. Edwards había sido hasta ese momento encargado de negocios en La Habana. Me habían llegado vagos rumores de algunas dificultades que había tenido en Cuba. Como yo lo conocía por años como un hombre de izquierda, no le di mayor importancia al asunto.
 Mi flamante consejero llegó de Cuba muy nervioso y me refirió su historia. Tuve la impresión de que la razón la tenían los dos lados, y ninguno de ellos, como a veces pasa en la vida. Poco a poco Jorge Edwards repuso sus nervios destrozados, dejó de comerse las uñas y trabajó conmigo con evidente capacidad, inteligencia y lealtad. Durante aquellos dos años de arduo trabajo en la embajada, mi consejero fue mi mejor compañero y un funcionario, tal vez el único en esa gran oficina, políticamente impecable.

 Cuando la compañía norteamericana pretendió el embargo del cobre chileno una ola de emoción recorrió a Europa entera. No sólo los periódicos, las televisoras, las radios, se ocuparon preocupadamente de este asunto, sino que una vez más fuimos defendidos por una conciencia mayoritaria y popular.
 Los estibadores de Francia y de Holanda se negaron a descargar el cobre en sus puertos para significar su repudio a la agresión. Ese maravilloso gesto conmovió al mundo. Tales historias solidarias enseñan más sobre la historia de nuestro tiempo que las cátedras de una universidad.
 Recuerdo también situaciones más humildes, aunque más conmovedoras. Al segundo día del embargo una modesta señora francesa, de una pequeña ciudad de provincia, nos mandó un billete de cien francos, fruto de sus ahorros para ayudar a la defensa del cobre chileno. Y también una carta de adhesión calurosa, firmada por todos los habitantes del pueblo, el alcalde, el cura párroco, los obreros, los deportistas y los estudiantes.
 De Chile me llegaban mensajes de centenares de amigos, conocidos y desconocidos, que me congratulaban por mi enfrentamiento a los piratas internacionales en defensa de nuestro cobre. Enviada por una mujer del pueblo recibí una encomienda que contenía un mate de calabaza, cuatro paltas y media docena de ajíes verdes.
 Al mismo tiempo, el nombre de Chile se había engrandecido en forma extraordinaria. Nos habíamos transformado en un país que existía. Antes pasábamos desapercibidos entre la multitud del subdesarrollo. Ahora por primera vez teníamos fisonomía propia y no había nadie en el mundo que se atreviera a desconocer la magnitud de nuestra lucha en la construcción de un destino nacional.
 Todo lo que acontecía en nuestra patria apasionaba a Francia y a Europa entera. Reuniones populares, asambleas estudiantiles, libros que se editaban en todos los idiomas, nos estudiaban, nos examinaban, nos retrataban. Yo debía contener a los periodistas que cada día querían saberlo todo y mucho más de todo. El presidente Allende era un hombre universal. La disciplina y la firmeza de nuestra clase obrera era admirada y elogiada.
 La ardiente simpatía hacia Chile se multiplicó con motivo de los conflictos derivados de la nacionalización de nuestros yacimientos de cobre. Se comprendió en todas partes que éste era un paso gigantesco en la ruta de la nueva independencia de Chile. Sin subterfugios de ninguna especie, el gobierno popular hacía definitiva nuestra soberanía al reconquistar el cobre para nuestra patria.

RETORNO A CHILE

 Al volver a Chile me recibió una vegetación nueva en las calles y en los parques. Nuestra maravillosa primavera se había puesto a pintar de verde los follajes forestales. A nuestra vieja capital gris le hacen falta las hojas verdes como el amor al corazón humano. Respiré la frescura de esta joven primavera. Cuando estamos lejos de la patria nunca la recordamos en sus inviernos. La distancia borra las penas del invierno, las poblaciones desamparadas, los niños descalzos en el frío. El arte del recuerdo sólo nos trae campiñas verdes, flores amarillas y rojas, el cielo azulado del himno nacional. Esta vez encontré la bella estación que había sido tantas veces visión de lejanía.
 Otra vegetación salpicaba los muros de la ciudad. Era el musgo del odio que los tapizaba. Carteles anticomunistas que chorreaban insolencia y mentira; carteles contra Cuba; carteles antisoviéticos; carteles contra la paz y la humanidad; carteles sanguinarios que pronosticaban degollinas y Yakartas. Esta era la nueva vegetación que envilecía los muros de la ciudad.
 Yo conocía por experiencia el tono y el sentido de esa propaganda. Me tocó vivir en la Europa anterior a Hitler. Era justamente ése el espíritu de la propaganda hitleriana; el derroche de la mentira a todo trapo; la cruzada de la amenaza y el miedo; el despliegue de todas las armas del odio contra el porvenir. Sentí que querían cambiar la esencia misma de nuestra vida. No me explicaba cómo podían existir chilenos que ofendieran de esa manera nuestro espíritu nacional.

 Cuando el terrorismo fue necesario para la derecha reaccionaria, ésta lo empleó sin escrúpulos. Al general Schneider, jefe supremo del ejército, hombre respetado y respetable que se opuso a un golpe de estado destinado a impedir el acceso de Allende a la presidencia de la república, lo asesinaron. Una variada colección de malvados lo ametralló por la espalda cerca de su casa. La operación fue dirigida por un ex general expulsado de las filas del ejército. La pandilla estaba compuesta por jóvenes pitucos y delincuentes profesionales.
 Probado el crimen y encarcelado el autor intelectual, éste fue condenado a treinta años de cárcel por la justicia militar. Pero la sentencia fue rebajada a dos años por la Corte Suprema de Justicia. Un pobre diablo que se roba por hambre una gallina, recibe en Chile el doble de la pena que se le asignó al asesino del comandante en jefe del ejército. Es la aplicación clasista de las leyes elaboradas por la clase dominante.
 El triunfo de Allende constituyó para esa clase dominante un sobresalto macabro. Por primera vez pensaron que las leyes tan cuidadosamente fabricadas les pudieran pegar a ellos en la cabeza. Corrieron con sus acciones, sus joyas, sus billetes, sus monedas de oro, a refugiarse en alguna parte. Se fueron a la Argentina, a España, incluso llegaron a Australia. El terror del pueblo los habría hecho llegar fácilmente al Polo Norte.
 Después regresarían.

FREI

 El camino chileno, limitado en todas partes por obstáculos infernales y legales, fue en todo instante estrictamente constitucional. Mientras tanto, la oligarquía recompuso su traje agujereado y se transformó en facción fascista. El bloqueo norteamericano se hizo más implacable a raíz de la nacionalización del cobre. La ITT, de acuerdo con el ex presidente Frei, echó a la Democracia Cristiana en brazos de la nueva derecha fascista.
 Las personalidades recíprocas y antagónicas de Allende y Frei han preocupado a Chile en forma permanente. Tal vez por eso mismo, porque son hombres tan diferentes, caudillos a su manera en un país sin caudillismo, cada uno con sus propósitos y con su camino bien delimitado.
 Creo haber conocido bien a Allende; no tenía nada de enigmático. En cuanto a Frei, me tocó ser colega suyo en el senado de la república. Es un hombre curioso, sumamente premeditado, muy alejado de la espontaneidad allendista. No obstante, estalla a menudo en risas violentas, en carcajadas estridentes. A mí me gusta la gente que se ríe a carcajadas (yo no tengo ese don). Pero hay carcajadas y carcajadas. Las de Frei salen de un rostro preocupado, serio, vigilante de la aguja con que cose su hilo político vital. Es una risa súbita que asusta un poco, como el graznido de ciertas aves nocturnas. Por lo demás, su conducta suele ser parsimonioso y fríamente cordial.
 Su zigzagueo político me deprimió muchas veces antes de que me desilusionara por completo. Recuerdo que una vez me vino a ver a mi casa de Santiago. Flotaba en ese entonces la idea de un entendimiento entre comunistas y demócrata-cristianos. Estos no se llamaban aún así, sino Falange Nacional, un nombre horrendo adoptado bajo la impresión que les había causado el joven fascista Primo de Rivera. Luego, pasada la guerra española, Maritain los influenció y se convirtieron en antifascistas y cambiaron de nombre.
 Mi conversación fue vaga pero cordial. A los comunistas nos interesaba entendernos con todos los hombres y sectores de buena voluntad; aislados no llegaríamos a ninguna parte. Dentro de su natural evasivo, Frei me confirmó su aparente izquierdismo de ese tiempo. Se despidió de mí regalándome una de esas carcajadas que se le caen como piedras de la boca. "Seguiremos hablando", dijo. Pero dos días después comprendí que nuestra conversación había terminado para siempre.
 Después del triunfo de Allende, Frei, un político ambicioso y frío, creyó indispensable una alianza reaccionaria suya para retomar al poder. Era una mera ilusión, el sueño congelado de una araña política. Su tela no sobrevivirá; de nada le valdrá el golpe de estado que ha propiciado. El fascismo no tolera componendas, sino acatamiento. La figura de Frei se hará cada año más sombría. Y su memoria tendrá que encarar algún día la responsabilidad del crimen.

TOMIC

 Me interesó mucho el partido demócrata-cristiano desde su nacimiento, desde que abandonó el nombre inadmisible de Falange. Surgió cuando un grupo reducido de intelectuales católicos formó una élite maritainista y tomista. Este pensamiento filosófico no me preocupó; tengo una indiferencia natural hacia los teorizantes de la poesía, de la política, del sexo. Las consecuencias prácticas de aquel pequeño movimiento se dejaron notar en forma singular, inesperada. Logré que algunos jóvenes dirigentes hablaran en favor de la República española, en los grandes mítines que organicé a mi regreso de Madrid combatiente. Esa participación era insólita; la vieja jerarquía eclesiástica, impulsada por el Partido Conservador, estuvo a punto de disolver el nuevo partido. la intervención de un obispo precursor los salvó del suicidio político. La declaración del prelado de Talca permitió la sobrevivencia del grupo que con el tiempo se transformaría en el partido político más numeroso de Chile. Su ideología cambió totalmente con los años.
 Después de Frei, el hombre más importante entre los demócrata-cristianos ha sido Radomiro Tomic. Lo conocí en mi época de parlamentario, en medio de huelgas y giras electorales por el norte de Chile. Los demócrata-cristianos de entonces nos perseguían (a los comunistas) para tomar parte en nuestros mítines. Nosotros éramos (y seguimos siéndolo) la gente más popular en el desierto del salitre y del cobre, es decir, entre los más sacrificados trabajadores del continente americano. De allí había salido Recabarren, allí habían nacido la prensa obrera y los primeros sindicatos. Nada de ello habría existido sin los comunistas.
 Tomic era por esa época, no sólo la mejor esperanza de los demócrata-cristianos, sino su personalidad más atrayente y su verbo más elocuente.
 Las cosas habían cambiado mucho en 1964, cuando la democracia cristiana ganó las elecciones que llevaron a Frei a la presidencia de la república. La campaña del candidato que triunfó sobre Allende se hizo sobre una base de inaudita violencia anti comunista, orquestada con avisos de prensa y radio que buscaban aterrorizar a la población. Aquella propaganda ponía los pelos de punta: las monjas serían fusiladas; los niños morirían ensartados en bayonetas por barbudos parecidos a Fidel; las niñas serían separadas de sus padres y enviadas a Siberia. Se supo más tarde, por declaraciones hechas ante la comisión especial del senado norteamericano, que la CIA gastó veinte millones de dólares en aquella truculenta campaña de terror.
 Una vez ungido presidente, Frei hizo un presente griego a su único y gran rival en el partido: designó a Radomiro Tomic como embajador de Chile en los Estados Unidos. Frei sabía que su gobierno iba a renegociar con las empresas norteamericanas del cobre. En ese momento todo el país pedía la nacionalización. Como un experto prestidigitador, Frei cambió el término por el de "chilenización" y remachó con nuevos convenios la entrega de nuestra principal riqueza nacional a los poderosos consorcios Kennecot y Anaconda Copper Company. El resultado económico para Chile fue monstruoso. El resultado político para Tomic fue muy triste: Frei lo había borrado del mapa. Un embajador de Chile en los Estados Unidos, que hubiese colaborado en la entrega del cobre, no sería apoyado por el pueblo chileno. En las siguientes elecciones presidenciales, Tomic ocupó penosamente el tercer lugar entre tres candidatos.
 Poco después de renunciar a su cargo de embajador en USA, a comienzos de 1971, Tomic vino a verme en Isla Negra. Estaba recién llegado del Norte y aún no era oficialmente candidato a la presidencia. Nuestra amistad se había mantenido en medio de las marejadas políticas, como se mantiene todavía. Pero difícilmente pudimos entendernos aquella vez. El quería una alianza más amplia de las fuerzas progresistas, sustitutivas de nuestro movimiento de Unidad Popular, bajo el título de Unión del Pueblo. Tal propósito resultaba imposible; su participación en las negociaciones cupríferas inhabilitaba su candidatura ante la izquierda política. Además, los dos grandes partidos básicos del movimiento popular, el comunista y el socialista, eran ya mayores de edad, con capacidad para llevar a la presidencia a un hombre de sus filas.
 Antes de marcharse de mi casa, bastante desilusionado por cierto, Tomic me hizo una revelación. El ministro de Hacienda demócrata-cristiano, Andrés Zaldívar, le había mostrado documentalmente la bancarrota de la realidad económica del país en ese momento. —Vamos a caer en un abismo —me dijo Tomic—La situación no da para cuatro meses más. Esto es una catástrofe. Zaldívar me ha dado todos los detalles de nuestra quiebra inevitable.
 Un mes después de elegido Allende, y antes de que asumiera la presidencia de la república, el mismo ministro Zaldívar anunció públicamente el inminente desastre económico del país; pero esta vez lo atribuyó a las repercusiones internacionales provocadas por la elección de Allende. Así se escribe la historia. Por lo menos así la escriben los políticos torcidos y oportunistas como Zaldívar.

ALLENDE

 Mi pueblo ha sido el más traicionado de este tiempo. De los desiertos del salitre, de las minas submarinas del carbón, de las alturas terribles donde yace el cobre y lo extraen con trabajos inhumanos las manos de mi pueblo, surgió un movimiento liberador de magnitud grandiosa. Ese movimiento llevó a la presidencia de Chile a un hombre llamado Salvador Allende para que realizara reformas y medidas de justicia inaplazables, para que rescatara nuestras riquezas nacionales de las garras extranjeras.
 Donde estuvo, en los países más lejanos, los pueblos admiraron al presidente Allende y elogiaron el extraordinario pluralismo de nuestro gobierno. jamás en la historia de la sede de las Naciones Unidas, en Nueva York, se escuchó una ovación como la que le brindaron al presidente de Chile los delegados de todo el mundo. Aquí, en Chile, se estaba construyendo, entre inmensas dificultades, una sociedad verdaderamente justa, elevada sobre la base de nuestra soberanía, de nuestro orgullo nacional, del heroísmo de los mejores habitantes de Chile. De nuestro lado, del lado de la revolución chilena, estaban la constitución y la ley, la democracia y la esperanza.
 Del otro lado no faltaba nada. Tenían arlequines y polichinelas, payasos a granel, terroristas de pistola y cadena, monjes falsos y militares degradados. Unos y otros daban vueltas en el carrusel del despacho. Iban tomados de la mano el fascista Jarpa con sus sobrinos de "Patria y Libertad", dispuestos a romperle la cabeza y el alma a cuanto existe, con tal de recuperar la gran hacienda que ellos llamaban Chile. Junto con ellos, para amenizar la farándula, danzaba un gran banquero y bailarín, algo manchado de sangre; era el campeón de rumba González Videla, que rumbeando entregó hace tiempo su partido a los enemigos del pueblo. Ahora era Frei quien ofrecía su partido demócrata-cristiano a los mismos enemigos del pueblo, y bailaba al son que éstos le tocaran, y bailaba además con el ex coronel Viaux, de cuya fechoría fue cómplice. Estos eran los principales artistas de la comedia. Tenían preparados los víveres del acaparamiento, los "miguelitos", los garrotes y las mismas balas que ayer hirieron de muerte a nuestro pueblo en Iquique, en Ranquin, en Salvador, en Puerto Montt, en la José María Caro, en Frutillar, en Puente Alto y en tantos otros lugares. Los asesinos de Hernan Mery bailaban con los que deberían defender su memoria. Bailaban con naturalidad, santurronamente. Se sentían ofendidos de que les reprocharan esos "pequeños detalles".

 Chile tiene una larga historia civil con pocas revoluciones y muchos gobiernos estables, conservadores y mediocres. Muchos presidentes chicos y sólo dos presidentes grandes: Balmaceda y Allende. Es curioso que los dos provinieran del mismo medio, de la burguesía adinerada, que aquí se hace llamar aristocracia.
 Como hombres de principios, empeñados en engrandecer un país empequeñecido por la mediocre oligarquía, los dos fueron conducidos a la muerte de la misma manera. Balmaceda fue llevado al suicidio por resistirse a entregar la riqueza salitrera a las compañías extranjeras.
 Allende fue asesinado por haber nacionalizado la otra riqueza del subsuelo chileno, el cobre. En ambos casos la oligarquía chilena organizó revoluciones sangrientas. En ambos casos los militares hicieron de jauría. Las compañías inglesas en la ocasión de Balmaceda, las norteamericanas en la ocasión de Allende, fomentaron y sufragaron estos movimientos militares.
 En ambos casos las casas de los presidentes fueron desvalijadas por órdenes de nuestros distinguidos "aristócratas". Los salones de Balmaceda fueron destruidos a hachazos. La casa de Allende, gracias al progreso del mundo, fue bombardeada desde el aire por nuestros heroicos aviadores.
 Sin embargo, estos dos hombres fueron muy diferentes. Balmaceda fue un orador cautivante. Tenía una complexión imperiosa que lo acercaba más y más al mando unipersonal. Estaba seguro de la elevación de sus propósitos. En todo instante se vio rodeado de enemigos. Su superioridad sobre el medio en que vivía era tan grande, y tan grande su soledad, que concluyó por reconcentrarse en sí mismo. El pueblo que debía ayudarle no existía como fuerza, es decir, no estaba organizado. Aquel presidente estaba condenado a conducirse como un iluminado, como un soñador: su sueño de grandeza se quedó en sueño. Después de su asesinato, los rapaces mercaderes extranjeros y los parlamentarios criollos entraron en posesión del salitre: para los extranjeros, la propiedad y las concesiones; para los criollos, las coimas. Recibidos los treinta dineros, todo volvió a su normalidad. La sangre de unos cuantos miles de hombres del pueblo se secó pronto en los campos de batalla. Los obreros más explotados del mundo, los de las regiones del norte de Chile, no cesaron de producir inmensas cantidades de libras esterlinas para la city de Londres.
 Allende nunca fue un gran orador. Y como estadista era un gobernante que consultaba todas sus medidas. Fue el antidictador, el demócrata principista hasta en los menores detalles. Le tocó un país que ya no era el pueblo bisoño de Balmaceda; encontró una clase obrera poderosa que sabía de qué se trataba. Allende era un dirigente colectivo; un hombre que, sin salir de las clases populares, era un producto de la lucha de esas clases contra el estancamiento y la corrupción de sus explotadores. Por tales causas y razones, la obra que realizó Allende en tan corto tiempo es superior a la de Balmaceda; más aún, es la más importante en la historia de Chile. Sólo la nacionalización del cobre fue una empresa titánica, y muchos objetivos más que se cumplieron bajo su gobierno de esencia colectiva.
 Las obras y los hechos de Allende, de imborrable valor nacional, enfurecieron a los enemigos de nuestra liberación. El simbolismo trágico de esta crisis se revela en el bombardeo del palacio de gobierno; uno evoca la Blitz krieg de la aviación nazi contra indefensas ciudades extranjeras, españolas, inglesas, rusas; ahora sucedía el mismo crimen en Chile; pilotos chilenos atacaban en picada el palacio que durante dos siglos fue el centro de la vida civil del país.
 Escribo estas rápidas líneas para mis memorias a sólo tres días de los hechos incalificables que llevaron a la muerte a mi gran compañero el presidente Allende. Su asesinato se Mantuvo en silencio; fue enterrado secretamente —sólo a su viuda le fue permitido acompañar aquel inmortal cadáver. La versión de los agresores es que hallaron su cuerpo inerte, con muestras visibles de suicidio. La versión que ha sido publicada en el extranjero es diferente. A renglón seguido del bombardeo aéreo entraron en acción los tanques, muchos tanques, a luchar intrépidamente contra un solo hombre: el presidente de la república de Chile, Salvador Allende, que los esperaba en su gabinete, sin más compañía que su gran corazón envuelto en humo y llamas.
 Tenían que aprovechar una ocasión tan bella. Había que ametrallarlo porque jamás renunciaría a su cargo. Aquel cuerpo fue enterrado secretamente en un sitio cualquiera. Aquel cadáver que marchó a la sepultura acompañado por una sola mujer que llevaba en sí misma todo el dolor del mundo. Aquella gloriosa figura muerta iba acribillada y despedazada por las balas de las ametralladoras de los soldados de Chile, que otra vez habían traicionado a Chile.


Dice la gente, sí. No cabe duda que el más gallo se llama. Pablo Neruda.

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La Historia Oculta del Régimen Militar

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