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lunes, 14 de noviembre de 2011

Juan Manuel Guillermo Contreras Sepúlveda

Jefe de la DINA

 

Fecha de nacimiento: 4 de mayo de 1929. Hijo de Manuel contreras Morales y de Aída Sepúlveda Cubillos
Nacionalidad: chilena
Cedula de Identidad: 2.334.882-9
Domicilio: Fundo "El Viejo Roble" Comuna de Fresia, X Región
Estado Civil: Casado, separado de hecho, convive con la ex agente de la DINA, su ex secretaria Nélida Gutiérrez.
Grado y Rama: General ® de Ejercito
Especialidades: Egresó como oficial del arma de ingenieros, se desempeñó como profesor de Inteligencia en la Academia de Guerra, se graduó en el curso de "Lucha antiguerrillera" en la escuela de Fort Benning, Virginia, EEUU.
Prontuario: Condenado el 12 de Nov. de 1993 a 7 años de prisión, causa 30.174 por homicidio y uso de pasaportes falsos
Documentos:
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Chile25-01
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Chile25-02
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Chile25-03
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http://www.elcorreo.eu.org/?Juan-Manuel-Guillermo-Contreras&lang=es

René Largo Farías


El Folclorista René Largo Farías  fue golpeado salvajemente la madrugada del 12 de octubre de 1992 

Por ximenateillier
16 de Octubre, 2007 07:10

Hasta hoy sigue impune el crimen de René Largo Farías ya que la jueza Patricia González, del entonces 17º Juzgado, a cargo de la investigación, dictó sentencia en 2005 –trece años después del homicidio- condenando a 10 años y un día de prisión a Luís Bahamondes Allende, como “autor único”. 
Pese a ello, Bahamondes se encuentra en libertad. No ha sido detenido y a la fecha ni siquiera se le ha notificado de la sentencia dictada. 
Existen muchos antecedentes que no dejan claro como fue asesinado. Su hermana Iris Largo Farías asevera que, esta situación es inaceptable y atroz y que constituye una evidente denegación de justicia. Agrega que: “ el caso no fue investigado en su totalidad y no se aclararon varias contradicciones. La magistrada hizo suya la versión entregada Carabineros, pese a sus incongruencias. El homicidio no pudo ser cometido por un solo individuo de baja estatura, como el inculpado, y es imposible que haya podido llevar en peso o arrastrar más de 200 metros a una persona cuyo peso superaba los 100 kilos.” 
La jueza no investigó actos de encubrimiento de los hechos por parte de funcionarios de la entidad policial. Tampoco tomó en cuenta declaraciones de testigos, que constan en el expediente, sobre la presencia de carabineros dentro y fuera del local de la peña folclórica donde, supuestamente, estuvo René Largo Farías la noche del crimen”. 
Para conocer quien era René Largo Farías nada mejor que saber de su vida a través de sus propias palabras: 
En 1985 sostuvo una conversación autobiográfica con su amigo Carlos Valladares, cantor y colaborador de Chile Ríe y Canta. Carlos Valladares, exiliado en aquel tiempo en Montreal, Canadá, registró en cinta magnética ese valioso relato personal y así ha podido ser preservado hasta hoy. 
Palabras textuales de René Largo Farías en esa grabación: “Yo nací en Puerto Huasco, junto a la desembocadura del río Huasco, en el segundo de los valles transversales de Chile. Nací en un lugar llamado La Conchería, un poco al sur del puerto mismo. Muchas conchas, muchas rocas, mucha sal, mucha agua. Fue el 2 de febrero de 1928. 
Qué puedo decir de esa primera etapa de la vida. Es ya muy difícil anudar recuerdos que sean coherentes. Hay visiones, imágenes. Algunas imborrables. Esa cosa terrible de la Pascua Trágica, por ejemplo, justamente en la víspera de una Navidad. Fue una persecución a los comunistas. Se habló de un complot en Copiapó y llegaron a Vallenar buscando comunistas para matarlos, como liquidaron a mucha gente en ese tiempo. Yo tenía tres años. Mi padre era un viejo radical de la zona. 
Y recuerdo… Esa es la visión más atrás en el tiempo que tengo todavía metida en la cabeza. Y es la imagen de dos carabineros que llegaron a nuestra casa de La Conchería, montados en sendas cabalgaduras. Mi padre se metió en un rincón de la casa. No tenía escapatoria si es que iban a buscarlo a él. (…) No se bajaron los policías y no pasó nada más. Pero yo guardo ese momento de terrible tensión como una de las cosas que marcó mi vida. Creo que desde entonces empecé a sentir que había persecuciones, que había justicia e injusticia, que había represión”.
Después de estudios primarios en una escuela pública de Vallenar postuló a la Escuela Normal de Copiapó. Fue aceptado con el más alto puntaje entre los postulantes. Siempre había querido ser profesor. En la Normal de Copiapó despertó su inquietud por la historia oculta de Chile, la historia del pueblo, y por la creación popular en todas sus formas. 
A los 15 años fue elegido presidente del Centro de Alumnos. Y le tocó dirigir la primera huelga de los estudiantes normalistas con toma del recinto. Motivo de la huelga: a mediados de 1943 fue expulsado de la escuela, por comunista, el profesor de Agricultura José Zuleta. Los estudiantes se levantaron para defenderlo, por afán de justicia y porque lo consideraban un gran maestro y un amigo.En verdad, no tenían idea de lo que era el comunismo. 
El movimiento no fue victorioso. Y una de sus consecuencia fue la expulsión de René. Pudo continuar sus estudios en la Normal de Chillán, de donde egresó en 1947. Al año siguiente comenzó a trabajar como maestro en la Escuela Nº1 de la Población Oriente de Antofagasta y dio sus primeros pasos como locutor y libretista de la Radio Libertad. Semanas más tarde fue nombrado director y jefe de programas. Casi al mismo tiempo se le designó director de la filial Antofagasta de Radio-Escuela Experimental, una productora de programas radiales educativos, dependiente del ministerio de Educación. 
En 1949 se casó con la bella actriz uruguaya María Cristina Zayr. En 1950 fue contratado como locutor y libretista de Radio Minería de Santiago. Entre 1952 y 1959 dirigió el famoso Club del Tío Alejandro que llegó a tener en sus registros 73 mil “sobrinos”. En la televisión hizo el memorable programa Tribunal Infantil, en el que un jurado de niños examinaba los problemas infantiles, a menudo en la relación con los grandes, y daba su veredicto. 
En 1958 fue elegido presidente de la Asociación Interamericana de Locutores en un congreso celebrado en Santiago. Al año siguiente viajó a México y fue invitado a quedarse en ese país, dirigiendo una cadena de radioemisoras en Baja California, a lo largo de la frontera con Estados Unidos. 
De regreso en Chile realizó el programa Chile Ríe y Canta en Radio Minería. Luego fue contratado por la Corporación de la Reforma Agraria (era el gobierno de Eduardo Frei), para organizar espectáculos de música, canción y baile popular en localidades campesinas y promover solistas y conjuntos que cultivaran el canto tradicional. En el cumplimiento de esta tarea René se convirtió en un gran conocedor del territorio. Llevó a grupos artísticos hasta los más apartados rincones del país. 
En 1965 fundó la famosa Peña Chile Ríe y Canta de Alonso Ovalle 755. Cursos de cueca, de guitarra, de artesanías, espectáculos. Empezaron a llegar visitantes de provincia, sin otro caudal que sus canciones y sus guitarras. René los recibía, los escuchaba, les daba consejos. A los mejores los presentaba en el escenario de la Peña, por donde desfilaban todas las noches artistas consagrados y principiantes. Estos visitantes solían quedarse a alojar, dormían en el suelo sobre diarios viejos o, a lo más, sobre una colchoneta en alguna de las numerosas habitaciones de la casa. Muchos también comían allí por largos períodos, sin costo para ellos. Además aparecían por la Peña cantores peruanos, argentinos, bolivianos, ecuatorianos y todos recibían la misma hospitalidad, generosa y prodigiosa. Y también ruinosa. 
En torno de la Peña se fue constituyendo un núcleo de autores e intérpretes innovadores, que querían expresar nuevos contenidos a través de la canción, sin perder lo más valioso de las formas autóctonas. 
Actuaron muchas veces Víctor Jara, Patricio Manns, el Indio Héctor Pavez, Rolando Alarcón, Margot Loyola, la gran familia de los Parra, Silvia Urbina, Gabriela Pizarro, el dúo Rey-Silva, el Piojo Salinas, conjuntos como Quilapayún, Inti Illimani, las Voces Andinas, Mira y Poncho, Quelentaro, Aucamán, Manka Saya…

Su lucha por la Democracia

La victoria de Salvador Allende fue una de las mayores alegrías de su vida. René había participado en las cuatro campañas de Allende. En la última, movilizó a gran número de artistas y organizó grandes espectáculos de masas. Cuando el compañero Presidente lo llamó y le pidió hacerse cargo de  la jefatura de radio de la OIR (Oficina de Informaciones y Radiodifusión de la Presidencia de la República) asumió el cargo con decisión, con orgullo y con ese hiper sentido de la responsabilidad que fue siempre su sello. Fue un duro trabajo. Luchó por elevar el porcentaje de música chilena en los programas radiales, desarrolló en gran escala la difusión cultural.

René Largo Farías estuvo en  La Moneda el 11 de septiembre de 1973. El Presidente Allende le ordenó salir de la casa de gobierno, porque decidió que sólo debían permanecer aquellos que estuvieran dispuestos a usar las armas para defender el gobierno constitucional. René tuvo que reconocer que nunca había disparado un arma de fuego. 
Después vino el exilio en México donde María Cristina, su esposa, iba a fallecer pocos meses después. Trabajó intensamente. Creó programas radiales y de televisión. Participó en las más variadas formas en las acciones de solidaridad con Chile. Encontró en Kira Díaz a su nueva compañera. 
Invitado a trabajar en Escucha Chile de Radio Moscú lanzó el programa rebautizado por él Chile Lucha y Canta. Creó otro espacio de diálogo y comunicación, La Carta, y pronto comenzó a recibir centenares de cartas de los chilenos esparcidos por el mundo. Y también llegaban cartas desde Chile, directa o indirectamente. La voz de René informaba y, sobre todo, animaba. Le hacía volver el alma al cuerpo a tanto chileno náufrago por el mundo y en su propia patria. 
En 1988, René festejó sus 60 años en la Peña Chile Ríe y Canta, que había vuelto a abrir en 1985 en el caserón de la calle San Isidro 266. Como cumplía 60 años, tuvo 60 invitados. Era el 2 de febrero y todavía faltaban nueve meses para el triunfo del NO en el plebiscito. Pero ya se sentía en el aire el cambio que todos soñaban. Aquella noche estuvo muy presente en el recuerdo y en el comentario de todos la famosa odisea de las expulsiones y los retornos. 
En 1984, René y el ingeniero Ociel Núñez, en ese entonces presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad Técnica del Estado, fueron detenidos y puestos a bordo de un avión. Expulsados del país. Destino: Buenos Aires. 
Al llegar, los expulsados dejaron con la boca abierta a los funcionarios argentinos, que estaban dispuestos a aceptarlos como asilados. Tal como lo habían acordado, dijeron que no aceptaban el asilo. Lo que querían era regresar a Chile asumiendo todos los riesgos del caso. Después de largas discusiones y consultas, los pusieron en otro avión y los mandaron de vuelta a Chile. La dictadura ordenó detenerlos y de nuevo expulsarlos del país. Fueron fletados a Colombia. Al llegar a Bogotá repitieron su planteamiento: se negaban a ingresar como asilados, pedían que se les devolviera a Chile. 
Pasaron varios días, en una especie de limbo administrativo, sin ingresar al país como turistas ni como viajeros en tránsito. A estas alturas, la curiosa historia de los expulsados que querían regresar a su país sometido a una dictadura estaba dando la vuelta al mundo. Fueron entrevistados una y otra vez por los corresponsales y expusieron su caso en el ministerio de Relaciones Exteriores y en el Congreso de Colombia. Finalmente regresaron a Chile y ya el régimen de Pinochet no pudo expulsarlos, porque sabía que iban a volver una y otra vez. 
La dictadura había sido derrotada por ese par de chilenos que no tenían otra arma que la conciencia y la decisión de luchar por sus derechos. En democracia, esta democracia endeble que tenemos, donde persisten aún hoy las amarras de la dictadura, René siguió trabajando como siempre en su Peña. 
Y esta misma democracia por la que el luchó aún no le hace justicia.
Es inadmisible aceptar que se mantenga en la impunidad este alevoso crimen cometido contra un hombre y un ciudadano como René Largo Farías quien dedicó su vida a la difusión de nuestra música folklórica, ayudando al surgimiento de tantos valores de nuestra cultura popular y quien fue, sobre todo, un defensor inclaudicable de los derechos humanos.
A 15 años del asesinato, sus familiares, amigos y en general los folcloristas y cultores de la música popular reclaman que el caso sea reabierto y examinado por la Corte Suprema para que, en definitiva, se haga justicia. 
Como un homenaje y para recordar al querido hombre de radio y comunicador social, asesinado hace 15 años, familiares y amigos fueron en romería el lunes 15 de octubre al cementerio Parque del Recuerdo. La cita fue a las 12.00 a la entrada del Parque del Recuerdo


Fuente:www.nuestrocanto.cl/www.elclarin.cl/renealarcon.cl


Piloto de Augusto Pinochet confesó haber lanzado al mar a cinco frentistas en 1987

Las víctimas fueron inyectadas con un veneno que les quitó la vida, por un enfermero de la CNI apodado "el Quincy", quien se suicidó hace cuatro años.
Lunes 17 de julio de 2006
Jorge Molina Sanhueza


Un hombre al que Augusto Pinochet siempre le confió su vida fue quien rompió el silencio en el proceso por la desaparición de los cinco militantes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR), ocurrido en 1987, sustanciado por el ministro Hugo Dolmestch.
Apodado el "Chino Campos" por sus camaradas en el Comando de Aviación del Ejército -y uno de los pilotos de confianza del ex dictador- contó hace algunas semanas al magistrado cómo en septiembre de 1987, su jefe, el coronel Mario Navarrete, le ordenó usar uno de los helicópteros institucionales para viajar junto a un subalterno hasta la zona de Peldehue a buscar unos paquetes. Estos últimos eran nada menos que los cuerpos de los frentistas Gonzalo Fuenzalida Navarrete, Julio Muñoz Otárola, José Peña Maltés, Alejandro Pinochet Arenas y Manuel Sepúlveda Sánchez, quienes habían sido detenidos días antes por agentes de la desaparecida Central Nacional de Informaciones (CNI), para canjearlos por el coronel Carlos Carreño, secuestrado por el grupo paramilitar de izquierda.

Viaje secreto


El ministro Dolmestch hizo un verdadero trabajo de joyería junto con la Policía de Investigaciones en este caso. Y ello, porque el círculo estaba completamente cerrado y compartimentado en torno al manejo de la información sobre estos hechos. Pero el tiempo pudo más.
El "Chino Campos" relató que para dicha operación viajó junto a su copiloto, un oficial que aún está en servicio activo en la institución, en una agregaduría militar en Europa, cuya identidad este medio se la reserva hasta que, posiblemente, el ministro lo procese en los próximos días.
De hecho el jefe de la Brigada de Asuntos Especiales y Derechos Humanos, Rafael Castillo y su colega Mario Zelada, recorrieron el viejo continente buscando precisamente a un testigo clave para el proceso.
Para el caso del oficial activo, y como ha sido la tendencia en el Ejército con los funcionarios que estén involucrados en casos de violaciones de los derechos humanos, será alejado de la institución.
Pero el hecho de que se haya ocupado uno de los helicópteros de Pinochet no era una prueba suficiente, salvo porque el "Chino Campos" aseguró en su testimonio que la orden provino del ex dictador.

Pasos macabros


¿Pero cómo se configuró la operación? El ministro Dolmestch acreditó que la misma estuvo separada en tres etapas. La primera de ellas fue la detención de los frentistas. Por ese hecho -que sirvió en primera instancia para que fueran luego asesinados- están sometidos a proceso desde el 2002, el jefe de la CNI, general (R) Hugo Salas Wenzel, el comandante (R) Krantz Bauer Donoso, mayor (R) Álvaro Corbalán, capitán (R) Luis Sanhueza Ros; los suboficiales (R) Manuel Ramírez y René Valdovinos y los empleados civiles de Ejército César Acuña, Manuel Morales, Luis Santibáñez y Víctor Ruiz Godoy.
Ahora bien, el ministro tiene una segunda convicción. Una vez detenidos los frentistas la orden venida desde el alto mando fue que el régimen no negociaba con terroristas. La sentencia de muerte entonces estaba firmada.
Fue así como en la CNI se designó a Francisco "Gurka" Zúñiga para que coordinara con el Ejército esta operación. El magistrado confirmó entonces cómo se consiguieron los fierros para amarrarlos a los cuerpos y lanzarlos al mar frente a San Antonio.

Rieles de la muerte


A fojas 1.655 del proceso declaran Romilio Lavín, por entonces jefe del cuartel Loyola, donde se arreglaban los autos de la CNI y su subordinado el oficial (R) Adrián Herrera Espinoza. El primero aseguró que Zúñiga le pidió "unos rieles que serían la base de un box de estacionamientos" que se construía, pero no se los entregó.
Sin embargo, una vez que abandonó el cuartel, supo que Zúñiga había vuelto a sus andanzas y, a través de una orden de Salas Wenzel, logró que Herrera Espinoza entregara los "materiales".
"Fui informado, no recuerdo por quien, que retiraban unos trozos de rieles para un operativo que se iba a realizar en la noche por agentes operativos de la CNI", dijo en su testimonio a fojas 1.723.
Pero el detalle más escalofriante vendría en la segunda etapa. Los frentistas, estando detenidos en el cuartel Borgoño de la CNI, fueron inyectados por un enfermero apodado "El Qüincy" con un veneno que los mató. Este verdadero doctor de la muerte se suicidó hace aproximadamente tres años en su casa.
Una tercera etapa fue el traslado hasta la zona de Peldehue, donde el rastro de los frentistas se perdió para siempre.

http://www.lanacion.cl/prontus_noticias/site/artic/20060716/pags/20060716221924.html

ALGUNAS CONSIDERACIONES A PARTIR DEL MANIFIESTO DE HISTORIADORES


Por Sergio Grez Toso

La “Carta a los chilenos” firmada a fines de 1998 por el ex dictador Pinochet detenido en Londres y las manipulaciones de la historia nacional realizadas contemporáneamente por sus partidarios políticos e intelectuales, suscitaron encontradas reacciones dentro y fuera del país. Para quienes nos hemos consagrado profesionalmente a la labor de reconstruir la historia de Chile desde una clara perspectiva de compromiso con sus grandes mayorías y con la defensa de la soberanía popular, ambos hechos constituyeron un desafío que no podíamos eludir.

Por ello, once historiadores dimos a conocer, a fines de enero de 1999, un Manifiesto de refutación a las interpretaciones sobre las últimas décadas de la historia nacional contenidas en la misiva del ex dictador y en los Fascículos de Historia de Chile publicados en el vespertino capitalino La Segunda por uno de los ex colaboradores de la dictadura, el historiador Gonzalo Vial.

El Manifiesto logró la adhesión de numerosos académicos en Chile y en el extranjero y marcó una discusión sobre la historia del tiempo reciente (y también sobre el pasado más lejano) que se ha entrecruzado con otros debates historiográficos y políticos.

En esta oportunidad quisiera resituar brevemente la iniciativa del Manifiesto de Historiadores en la disputa por la memoria que se libra aún en Chile respecto de las últimas décadas de la historia nacional.

Los contenidos fundamentales del Manifiesto Junto con responder a las manipulaciones y tergiversaciones más significativas de la historia de nuestro tiempo contenidas en los textos de ambos exégetas de la dictadura, al difundir el Manifiesto quisimos también referirnos, aunque fuese de paso, a otras tentativas manipulatorias de la realidad histórica que emanan recurrentemente –y con particular fuerza desde el estallido del “caso Pinochet”- desde distintos círculos del poder político, mediático y económico.

Existen múltiples maneras de manipular y acomodar la historia. Se suelen ocultar o acallar ciertos hechos y magnificar otros. Igualmente, se pueden mistificar determinadas acciones, focalizar la atención en algunos actores relegando voluntariamente al olvido a otros e introducir cortes de tiempo y periodificaciones hermenéuticas o políticas destinadas a descontextualizar ciertos hechos o procesos.

También se acostumbra a describir consecuencias y manifestaciones visibles de ciertos fenómenos sin indagar en sus causas profundas y, en versiones más extremas y descaradas de la manipulación del pasado (como es la contenida en la carta del ex tirano), se llega lisa y llanamente a mentir y atribuir a designios de la divinidad las responsabilidades políticas y criminales de ciertos grupos y personas.

Pinochet y Vial incurrieron –cual más, cual menos- en todos estos vicios, trampas y artimañas. Así, por ejemplo, la violenta acción faccionalista de los golpistas de septiembre de 1973 en defensa de los intereses más retardatarios, fue calificada por el ex dictador de “gesta nacional”. La crisis de comienzos de los años 70 fue atribuida de manera maniqueísta en esas y otras visiones de la historia a las “planificaciones globales”, a la “sobreideologización” a la “prédica de odios”, a la acción del “guevarismo” y a otros fenómenos de tipo ideológico y subjetivo sin que se insinuara la existencia de fenómenos materiales en la conformación de la sociedad chilena que hicieron posible el desarrollo de las ideologías y tentativas de cambio social que la dictadura intentó condenar y borrar del alma nacional.

En su versión más docta y académica, la del historiador Gonzalo Vial, la esencia de esta manipulación consiste en reducir el proceso histórico al período corto 1964-1973, a fin de justificar el golpe de Estado. Vial, al igual que Pinochet y todos los que apoyaron el golpe, silencian los procesos históricos estructurales y la acumulación de las responsabilidades de la oligarquía y del imperialismo.

En nuestra perspectiva la crisis de comienzos de los 70, o si se quiere, la responsabilidad y el rol histórico de la Unidad Popular, consistió básicamente en administrar y precipitar la crisis del sistema capitalista dependiente nacional. Sostuvimos que en un análisis lúcido y verídico no es posible –como insistentemente se sigue haciendo- “contextualizar” (y en el fondo justificar) los horrores de la dictadura, remitiéndose exclusivamente al período 1964-1973; que no se puede olvidar la historia plurisecular de pobreza, marginación, opresión y explotación de las grandes mayorías; que no es posible ocultar el estado de permanente desgarramiento de la nación, la profunda escisión entre sus componentes sociales, étnicos y culturales; que no se puede evacuar del análisis la reiterada historia de frustraciones populares, promesas no cumplidas y esperanzas siempre postergadas que llevaron a muchos a tratar de “tomarse el cielo por asalto” a fines de los 60 y comienzos de los 70.

No es lícito, planteábamos en síntesis, hacer historia política prescindiendo de la historia económica y social y de las miradas a los procesos soterrados y de larga duración.

Contra estas y otras manipulaciones del pasado se alzó nuestro Manifiesto.

El eco del Manifiesto o la relación entre historiografía y memoria

Dicen que una característica de la postmodernidad liberal que nos toca vivir es la ausencia de memoria colectiva, esto es, la carencia de conciencia acerca de las raíces históricas de los grupos humanos; la sensación de estar viviendo un presente de tiempo muy corto, fugaz e inmediatista, y, correlativamente con ello, una incapacidad casi patológica de los individuos por proyectarse hacia el futuro más allá de su rol como consumidores.

De ser rigurosamente cierta esta visión e incontrarestable esta situación, la labor, el rol y la importancia social de los historiadores estaría en franca decadencia, y lo que es más grave, la humanidad habría quedado atrapada en un “fin de la historia” representado por el capitalismo globalizado, el “pensamiento único” y la posmodernidad neoliberal.

Sin embargo, día a día se acumulan más evidencias de resistencia a este orden de cosas, como también de una necesidad social de recordar y redescubrir el pasado colectivo, una exigencia de conocimiento histórico que se manifiesta en numerosos grupos de la sociedad chilena.

Pero tal vez, la historia que requiere el ciudadano de nuestros días, o más exactamente, la historia que precisan las personas para acceder efectivamente a la categoría de ciudadanos, no puede ser el relato de un pasado muerto que ya no guarda relación alguna con las preocupaciones actuales, sino una trama donde la relación entre el presente y el pasado es muy activa, una historia puesta al servicio de las preguntas que el presente le plantea al pasado a través de la labor de los historiadores.

Afortunadamente, la evidente dimensión política de la historia hace de esta disciplina un tema de constante actualidad, ya que el conocimiento histórico es un ámbito donde también están presentes las luchas por la hegemonía y el poder.

Resulta casi obvio afirmar que quienes impongan su visión del pasado tendrán mayores posibilidades de modelar los comportamientos del presente y diseñar las vías de desarrollo futuro. Por lo mismo, esta “capacidad operativa” del conocimiento histórico jugará su rol de distintas maneras según las circunstancias: a veces de manera directamente inducida, premeditadamente instrumental, como opera el saber en las “historias oficiales”, pero en otras ocasiones, de manera más sutil porque el conocimiento “vulgar”, esto es, los saberes comunes sobre el pasado de una nación, un pueblo, una clase social o de cualquier grupo humano, inevitablemente, suelen inspirar el sentido común de las personas, su vida colectiva, su ser social.

Estos saberes –atesorados a través del tiempo- se traducen en constitución de identidades, tradiciones y comportamientos colectivos e individuales, lo que no hace aventurado sostener que aquellos grupos carentes de una sólida memoria colectiva corren peligro de des-construirse, perder su fisonomía, diluir sus identidades en modelos propuestos por actores más fuertes y pujantes.

El combate por la historia (o por el conocimiento histórico) es un combate político ya que si bien la memoria colectiva de un pueblo no está constituída en lo fundamental por el saber “histórico científico” producido por los historiadores, no cabe duda que este influye en la formación de identidades y tradiciones. A modo de ejemplo, basta señalar el peso que tienen en la formación de la conciencia ciudadana las visiones hegemónicas de la historia nacional expresadas a través de los textos escolares para entender la trascendencia cultural y política de esta lucha, más allá del plano estrictamente académico e historiográfico.

Es cierto que si analizamos más finamente la realidad de cualquier sociedad relativamente compleja, descubriremos una pluralidad de memorias “emblemáticas” o colectivas, siendo algunas de ellas antagónicas entre sí. Pero no es menos cierto que en la memoria colectiva de los pueblos queda un sedimento común que, en definitiva, constituye su memoria histórica.

Existe, pues, un vasto campo de disputa entre distintas miradas y maneras de concebir la sociedad respecto de la o de las memorias colectivas hegemónicas que se constituirán como conciencia histórica o sentido común historiográfico desde los niveles más simples hasta los más elaborados.

Creo no traicionar el pensamiento de mis amigos y colegas firmantes del Manifiesto de Historiadores al plantear que esta motivación “política”, fue el principal incentivo para salir al paso a lo afirmado en la “Carta a los chilenos” de Pinochet y los Fascículos de Historia de Chile de su ex Ministro de Educación, el historiador Gonzalo Vial.

(Sobre este concepto me parecen particularmente esclarecedoras las reflexiones de Steve J. Stern, “De la memoria suelta a la memoria emblemática: hacia el recordar y el olvido como proceso histórico (Chile, 1973-1998)”, en Mario Garcés y otros (compiladores), Memoria para un nuevo siglo. Chile: miradas a la segunda mitad del siglo XX, Santiago, Lom Ediciones, 2000, págs. 11-33.)

Quisimos responder desde la disciplina de la historia, pero también desde nuestra posición de ciudadanos comprometidos con la defensa de los Derechos Humanos y la soberanía popular.

Era necesario, porque así lo exigía nuestro rol social y nuestro compromiso ético, refutar con todo el peso de nuestro saber y quehacer profesional las manipulaciones y tergiversaciones de la historia de las últimas décadas de la vida de la nación expresadas en esos documentos y por otros medios ligados al poder hegemónico en Chile.

Así surgió el Manifiesto de Historiadores durante el verano de 1999, iniciativa que fue apoyada tanto en Chile como en el extranjero con un entusiasmo que en un comienzo no podíamos prever. Varios periódicos, radios, revistas y páginas web reprodujeron el texto o entrevistaron a algunos de los signatarios; un grupo de connotados historiadores norteamericanos especialistas en historia de América Latina publicó una Carta de Adhesión a nuestra proclama y la lista de adherentes aumentó considerablemente en Chile y en el extranjero.

El Manifiesto fue difundido en universidades argentinas, brasileñas, mexicanas, estadounidenses, danesas, inglesas y francesas. En Chile el texto circuló en universidades,lugares de trabajo y en algunas asambleas como la realizada en Santiago a fines de marzo del mismo año por los ex prisioneros políticos y en la que organizó, para presentar el Manifiesto y dialogar con algunos de sus autores, a mediados de abril, la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica (FEUC). La respuesta descalificatoria y destemplada de Vial, la censura del diario La Segunda a nuestra réplica y el mutismo de los historiadores conservadores que optaron por no tomar partido públicamente, se sumaron al activo de la iniciativa. En septiembre de 1999 el Manifiesto y los principales pronunciamientos que surgieron a su alrededor fueron publicados bajo la forma de un libro de bolsillo cuya presentación se realizó en la sede de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECH), y fue difundido poco después en Argentina en las Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia realizadas en Neuquén y en el Seminario de Estudios Históricos argentino-chileno que tiene lugar cada año en Mendoza. El documento fue traducido al inglés por una organización de defensa de los Derechos Humanos en Inglaterra para su difusión en la red de Internet y hasta ahora –a tres años de su aparición-los primeros firmantes de este texto seguimos siendo invitados a hablar de él en colegios y organizaciones sociales.

(Sergio Grez y Gabriel Salazar (Compiladores), Manifiesto de historiadores, Santiago, Lom Ediciones, 1999.)


El futuro

Los peligros y dificultades que se ciernen en la lucha por restablecer la verdad histórica sobre lo ocurrido en Chile durante la segunda mitad del siglo XX son numerosos.

En los últimos años se han redoblado las maniobras políticas para lograr una “verdad mínima” en la que pretendidamente puedan reconocerse todos los sectores del país. Con ese fin se intentó juntar en una “mesa de diálogo” a víctimas y victimarios del período dictatorial para que de común acuerdo hicieran emerger una verdad puramente arqueológica y forense, que calmara las ansias de verdad y justicia de la población. La operación –aparte sus objetivos políticos inmediatos- pretendía cooptar la memoria pública a través de una memoria unificada, una suerte de “historia oficial” que limara los desgarramientos de la nación y que entregara una visión aceptable para lograr la ansiada unidad nacional, saldando cuentas, “de una vez por todas”, con los aspectos más ariscos del enfrentamiento social y político de las últimas décadas.

No es extraño que para legitimar esta operación los poderes políticos, económicos, militares y religiosos involucrados en ella recurrieran a algunos intelectuales “de partido”, que calificaron a los intelectuales críticos de “científicos de izquierda [que] vagan en el liviano aire de las generalidades”, y a la visión de aquellos colegas que persisten en su labor crítica de “mirada enojada, rabiosa, ácida, dolorida y llena de frustración”.


Pero la maniobra no logró los frutos esperados por sus mentores. De la llamada “mesa de diálogo” no emanó –porque era imposible que eso ocurriera- una historia oficial o suerte de mínimo común denominador historiográfico, ni tampoco logró con sus magros resultados sobre el paradero de los detenidos desaparecidos frenar o desviar por un callejón sin salida el reclamo de verdad y de justicia presente en la sociedad chilena. Los complejos juegos políticos entre bambalinas se han encaminado más bien a ceder una cuota mínima de justicia y a cumplir el rito del enjuiciamiento a Pinochet exigido por la comunidad internacional, pero tratando de sobreseerlo finalmente por “razones de salud”.


Los “enojados, rabiosos, ácidos, doloridos y llenos de frustración”, tenemos pues, mucha tarea por delante junto a todos los que desean una verdad verdadera, plena, y también justicia, sin las condicionantes y acomodos de la “razón de Estado” de la clase política (civil y militar) y de sus intelectuales.

A pesar de las dificultades podemos sentirnos optimistas ya que el tiempo ha venido ratificando lo que sostuviéramos en el segundo documento de la polémica con el historiador Vial: “Los debates públicos, la política y la justicia oficial podrán relativizarlo todo -hasta pretender transformar en héroes a los que han cometido crímenes contra la humanidad -, pero no engañarán a la memoria social y popular. Hay allí una verdad que, al emanar de la experiencia y la propia realidad, no necesita recurrir a juegos retóricos ni artificios de publicidad. Lo que sí necesita es que la investigación académica -si se propone ser directa, empírica y socialmente interactiva- confluya con ella y potencie el contenido cognitivo y la conducta histórica de la mayoría popular de Chile. Pues solo esta mayoría podrá impedir a futuro que la manipulación de la 'memoria pública' continúe alienando y escamoteando el ejercicio social de la soberanía. Que es lo único que confiere verdadera legitimidad histórica”.

Prueba de ello ha sido el vasto movimiento de opinión ciudadana en pro de la verdad y la justicia que desde 1998 ha cobrado más fuerza y se ha manifestado en una proliferación de Nuestro artículo fue redactado un par de meses antes del sobreseimiento del ex dictador.

(Gonzalo Vial, “Reflexiones sobre un manifiesto”, La Segunda, Santiago, 12 de febrero de 1999.
Sol Serrano, “Valores y cultura democrática: un largo laberinto”, El Mercurio, Santiago, 5 de septiembre de
1999.

Nuestro artículo fue redactado un par de meses antes del sobreseimiento del ex dictador.

“Réplica a las ‘Reflexiones sobre un manifiesto”. Este texto fue censurado por el vespertino La Segunda, quien no respetó el derecho de réplica. Fue publicado por La Nación en su edición del 7 de abril de 1999 y en la edición del 9 de abril de 1999 del semanario El Siglo. Se encuentra reproducido en Grez y Salazar, op. cit.,págs. 29-37.)


Memoria viva

MANIFIESTO DE HISTORIADORES

Santiago de Chile, Enero de 1999

_______________________

I

De un tiempo a esta parte hemos percibido un recrudecimiento notorio de la tendencia de algunos sectores de la sociedad nacional a manipular y acomodar la verdad pública sobre el último medio siglo de la historia de Chile, a objeto de justificar determinados hechos, magnificar ciertos esultados y acallar otros; casi siempre, con el afán de legitimar algo que difícilmente es legitimable y tornar
verdadero u objetivo lo que no lo es, o es sólo la autoimagen de algunos grupos.
Esta tendencia se ve facilitada por el acceso que esos sectores y grupos tienen, de modo casi monopólico, a los medios masivos de comunicación, lo que les permite, por la vía de una extensa e impositiva difusión, dar una apariencia de verdad pública a lo que es, en el fondo, sólo expresión históricamente distorsionada de un interés privado.
La profusa difusión de verdades históricas manipuladas respecto a temas que inciden  estratégicamente en la articulación de la memoria histórica de la nación y por ende en el desarrollo de la soberanía civil, nos mueve, a los historiadores que abajo firman, a hacer valer el peso de nuestra parecer profesional y la soberanía de nuestra opinión ciudadana sobre el abuso que la difusión de esas supuestas verdades implica.
En gran medida, la manipulación se observa en el juicio histórico sobre: a) el proceso democrático anterior al golpe militar de 1973; b) el proceso político bajo condiciones de dictadura que le siguió (1973-1990) y c) sobre los problemas de derechos humanos y soberanìa suscitados durante y después del advenimiento del último proceso. Estimamos que esa manipulación se observa, en su versión más extrema y simple, en la difundida "Carta a los Chilenos" del ex-general Augusto Pinochet; en su versión más historiográfica y profesional, en los "Fascículos" publicados por el historiador Gonzalo Vial en el diario La Segunda, y en su forma más coyuntural y pragmática, en los alegatos, explicaciones y justificaciones esgrimidas 'ante las cámaras' por miembros de la clase política civil y de la clase política militar respecto a las graves cuestiones de derechos humanos y soberanía que se están ventilando, sobre todo, en la Cámara de los Lores, de Inglaterra. Tres formas y manifestaciones distintas de un mismo tipo de manipulación de la Historia, que intentan legitimar y justificar un tipo de situación y un conjunto de intereses privados que, objetivamente, no representan ni la situación ni los intereses de la mayoría de los chilenos.
Ante esto, nos sentimos obligados a plantear lo que sigue:

II

En su "Carta a los Chilenos", el ex-general Pinochet plantea, entre otras, tres 'verdades históricas': a) que la intervención dictatorial de los militares entre 1973 y 1990 fue una "gesta, hazaña o epopeya" de carácter nacional; b) que la crisis política de la anterior democracia fue obra exclusiva del gobierno de la Unidad Popular, cuyo programa se proponía, con la "prédica del odio, la venganza y la división" y la "siniestra ideología del socialismo marxista", imponer una "visión atea y materialista... con un sistema implacablemente opresor de sus libertades y derechos...; el imperio de la mentira y el odio", y c) que "los hombres de armas" actuaron como "reserva moral de la nación" para reimplantar la "unidad del país...no para un sector o para un partido", el "respeto a la dignidad humana", la "libertad de los chilenos", y dar "verdaderas oportunidades a los pobres y postergados".
Respecto a la primera afirmación, queremos decir que en Historia se asigna la expresión "gesta, hazaña o epopeya nacional" sólo a las acciones decididas y realizadas mancomunadamente por todo un pueblo, nación o comunidad nacional, actuando en ejercicio de su soberanía. Tal como, durante siglos, el pueblo mapuche luchó contra los invasores, o como se movilizó el pueblo chileno, después de 1879, en la Guerra del Pacífico. Es por eso que llamar "gesta, hazaña o epopeya nacional" a la acción armada que 'un' sector de chilenos emprendió contra 'otro' sector de chilenos, implica un uso particularista, abusivo y coyuntural de un término que tiene un significado más trascendente. En rigor, ese tipo de acción no es una gesta nacional, sino una acción faccionalista (independientemente de que triunfe o no). Si la 'facción' de chilenos que dio y apoyó el golpe militar de 1973 considera que esa (su) acción fue una "gesta nacional", entonces también debería
llamarse "gesta" al intento realizado, entre 1932 y 1973, por la 'facción' de chilenos derrotada por ese golpe, puesto que durante ese período procuró alcanzar el desarrollo económico y social del país luchando legalmente 'contra' la facción opositora que, durante todo ese tiempo, estorbó sus planes. Es necesario diferenciar entre el 'faccionalismo' que opera a través de la ley (caso de los derrotados en 1973) y el que opera a través de las armas (caso de los vencedores en 1973), pues un movimiento faccional democrático y legalista está más cerca de ser una 'gesta nacional' que un movimiento armado.
Respecto a la segunda afirmación, cabe decir que la crisis de 1973 no se debió sólo a la conducta gubernamental de la Unidad Popular (en verdad, ningún historiador serio caricaturizaría esa conducta reduciéndola a "prédica del odio", a implementación de ideologías "siniestras", a la "opresión" que sus reformas ejercieron sobre ciertos intereses y derechos, o al "imperio de la mentira" que habría primado en el fundamento de sus reformas) sino también - y no poco - a procesos históricos de larga duración, cuyo origen puede rastrearse en el siglo XIX,
o antes. De hecho, la Unidad Popular administró (y precipitó) una crisis que tenía no sólo carácter político sino también, y sobre todo, económico y social, la cual se había larvado cuando menos un siglo antes, lapso en el que la responsabilidad histórica no cabe imputarla ni al marxismo ni a los partidos de centro - izquierda, sino a la longeva rotación e inepcia gubernamental de las élites oligárquicas de este país. Es preciso considerar que las crisis 'pre-populistas' de 1851, 1859, 1890-
1891, 1907-1908, 1924, 1930-1932 y las crisis 'desarrollistas' de 1943, 1947, 1955, 1962 y 1967-1969 revelan, en conjunto, que el daño estructural causado por un siglo de gobiernos oligárquicos y neo-oligárquicos era de difícil remonte por vías democráticas (como el economista Tom Davis, de Chicago, señaló en 1957). Por esto, el intento de 'reducir' la crisis estructural de la sociedad chilena a la crisis 'política' del período 1970-1973, y la responsabilidad histórica estratégica al programa reformista de la Unidad Popular, no tiene cabida en la lógica del análisis científico, por más que la tenga en la lógica del alegato faccional. Ni la tiene en la visión de los verdaderos estadistas, que miran la situación del conjunto de los chilenos en el conjunto de su historia. Es lamentable que ni la lógica de la ciencia histórica ni la lógica del verdadero estadista aparezcan en la "Carta a los Chilenos" del ex-general Pinochet, pues los términos derogatorios que usa para referirse a las
opciones y acciones soberanas de la facción de chilenos que, en marzo de 1973, copaban 43,3 % del electorado nacional (sin considerar los votantes de la Democracia Cristiana) revelan que su lógica no es más que la de un cabecilla faccional y no la de un estadista nacional.) Por qué condenar derogatoriamente las opciones soberanas de casi la mitad de los chilenos?) Es esa derogación necesaria para desplazar y cargar sobre ellos no sólo la responsabilidad de sus errores propios, sino también la que corresponde a todos los errores oligárquicos del pasado y a todos los excesos de la facción triunfalista en el presente? Para inculpar a otros de las responsabilidades propias) es necesario denostar? 
Respecto a la tercera afirmación (que los "hombres de armas", actuando como "reserva moral", lucharon por la unidad del país, y la dignidad humana de los chilenos, etc.), cabe decir que no se lucha por la unidad de la nación cuando se usan las 'armas de la nación' contra casi la mitad de los connacionales; no se lucha por la dignidad de los chilenos cuando se violan los derechos humanos de miles de desaparecidos, centenas de miles de torturados, prisioneros, exonerados, etc. Ni se aseguran "verdaderas oportunidades para pobres y postergados" cuando se instala autoritariamente un régimen laboral que descansa en la masiva precarización del empleo y en un hipermercantilizado sistema de educación superior. Ni, por último, podemos llamar "reserva moral de la nación" a los que, faccionalmente, declaran la 'guerra sucia' a la mitad de la nación, a los que violan la dignidad humana de sus connacionales e incurren en asesinatos de opositores políticos dentro y fuera del país, y a los que invocan el principio superior de la 'soberanía' para intentar justificar e inmunizar los atentados que perpetraron contra ella. Las 'armas de la nación' no deben usarse faccionalmente, ni en
beneficio exclusivo de minorías, ni para usurpar la soberanía de todos. Si se usan de ese modo, se incurre en un delito de lesa soberanía.
El que no puede taparse con pueriles mantos de piedad y públicas confesiones de que se cuenta con la asistencia personal de Dios y la Santísima Virgen.

III

En la serie de fascículos que está publicando en el diario La Segunda, el historiador Gonzalo Vial postula las siguientes tesis históricas: a) la polarización de la política chilena se produjo a partir de los años 60, al implementarse las "planificaciones globales" de la Democracia Cristiana y la Unidad Popular, de preferencia 'contra' los agricultores y otros sectores patronales vinculados a la Derecha; b) la "violencia" se introdujo en Chile por la vía del "guevarismo" y tuvo como objetivo "la división de las Fuerzas Armadas", la "colonización" del Centro Político y la profundización del ataque 'contra' los patrones; c) ante todo eso, la Derecha se polarizó, entrando también en el juego de la violencia, dada la "horrible perspectiva" del triunfo de Allende; d) las Fuerzas Armadas eran legalistas, pero debieron intervenir cuando la "ilegalidad se usó como sistema" y diversos sectores,
ante la crisis, buscaron soluciones de fuerza ("guerra civil") y, e) por omisión - dado que sus fascículos abarcan sólo el período 1964-1973 - el historiador Vial excluye todo juicio histórico sobre el 'terrorismo de Estado' que la Junta Militar desplegó durante y después que logró controlar militarmente la situación (o sea, una semana después del 11 de septiembre).
En conjunto, las tesis históricas de Gonzalo Vial se refieren al período que permite explicar (y justificar) el Golpe de Estado de 1973, y están arregladas de modo de atribuir, a los afectados por ese golpe (las facciones que implementaban "planificaciones globales" y las que desestimaron la vía electoral-parlamentaria), la responsabilidad 'provocativa' de la crisis, por haber creado las condiciones de inestabilidad, ilegalidad y violencia que hicieron ineludible y necesaria la acción
militar. Las tesis no están diseñadas, pues, para explicar o justificar por qué se llegó al 'exceso' de implementar "planificaciones globales" desde 1964, ni para explicar o justificar por qué el gobierno militar perpetró una impresionante cantidad de 'excesos' después de 1973. El estudio se aplica a un período parcial, para configurar una verdad también parcial, que se liga, según todo lo indica, a un
interés faccional.
Frente a este enfoque, queremos señalar:
a) la polarización de la política no se debió tanto al carácter "intransigente" de las planificaciones globales introducidas desde 1964, sino más bien al efecto acumulado de la estagnación económica y la crisis social, que se arrastraban de, cuando menos, comienzos de siglo (la polarización antagónica de la política la inició el estallido de la "cuestión social", que la Encíclica Rerum
Novarum percibió ya en 1891);
b) el incremento de la violencia social-popular y la radicalización política de una parte de la Izquierda y de un sector relevante de la juventud chilena no se debió sólo al 'embrujo' del guevarismo - que fue posterior a 1960 -, sino a la reiterada 'constatación' del fracaso de los gobiernos radicales, del de Carlos Ibáñez y del empresario Jorge Alessandri, todos los cuales reprimieron con violencia la protesta social y explicaron su fracaso por haber gobernado maniatados por el rígido texto (liberal) de la Constitución de 1925 y el célebre obstruccionismo intransigente de la mayoría senatorial;
c) la implementación de reformas estructurales 'contra' los agricultores y otros grandes propietarios no fue "intransigente" sólo por faccionalismo, sino también por la necesidad de remover los dañinos intereses que se habían enquistado en la estructura económica, social y política del agro, provocando allí el subdesarrollo del capitalismo y la explotación laboral - longeva de siglo y medio- de los peones y trabajadores de la tierra; reformas que no tenían otro fin que incorporar esos "muertos económicos" a la economía 'viva' del mercado nacional;
d) la resistencia patronal a las reformas estructurales de tipo económico y social había surgido con anterioridad a las "planificaciones" (los gobiernos radicales y el del propio Jorge Alessandri fueron afectados por esa oposición), de modo que, después de 1965 y de 1970, lo que hubo no fue el 'surgimiento' de esa resistencia sino su 'escalada' política, ya que los patrones pasaron, de la simple
protesta escrita y la no colaboración, a plantear frontalmente - en progresiva asociación con una potencia extranjera - la desestabilización de la economía y del gobierno, a cuyo efecto lanzaron, primero, la "acusación constitucional";
e) dada la sólida votación lograda por la Unidad Popular en marzo de 1973 (43,3 %), las fuerzas de Derecha desecharon el trámite parlamentario para impulsar el golpe militar (se arrojó maíz al paso de los soldados, acusándolos de "gallinas"), y f) tensado al máximo el orden constitucional (con riesgo, según Vial, de "guerra civil"), las Fuerzas Armadas no intervinieron, sin embargo, para reimponer
la Constitución, ni convocar la ciudadanía a un Asamblea Nacional que acordara soberanamente una nueva Constitución, ni para impulsar la reunificación nacional (que era pertinente para 'pacificar' el país), sino para destruir el poder político de la Izquierda y aun (si se analiza finamente) del Centro, a cuyo efecto consumaron una masacre y una violación de derechos humanos y civiles sin parangón en la historia de Chile.
Como se aprecia, la lógica de la manipulación histórica es la misma en el caso de la "Carta" del ex-general Pinochet y en el caso de los "Fascículos" del historiador Vial, pues coinciden plenamente en: la reducción del proceso histórico al período en que es posible justificar el Golpe de 1973; el silenciamiento de los procesos históricos estructurales y de la correspondiente responsabilidad oligárquica acumulada; la atribución de la crisis política de 1973 a la implementación de las
reformas económicas y sociales; la ineludible y moralista intervención armada de los militares, y el acallamiento de los excesos faccionales cometidos por el gobierno militar después de 1973. La mayor riqueza factual y contextual de los fascículos de Vial en nada disminuye ni disimula su ostensible identidad discursiva y 'faccional' con la arenga del citado ex-general.

IV

Diversas autoridades de gobierno y altos oficiales de las Fuerzas Armadas han defendido "ante las cámaras", con calor inusitado, la tesis de que el enjuiciamiento incoado en Inglaterra y/o EspaZa contra el ex-general Pinochet es un atentado contra la soberanía nacional, por lo que sería un deber patriótico defender al ex- general con todos los recursos del Estado. Que, si ha de ser juzgado, que lo sea por las leyes chilenas. Se ha proclamado y sostenido, a este efecto, la tesis de que el 'principio' de la soberanía nacional (en este caso, según el texto constitucional de 1980) está por encima no sólo de los 'actos delictuales' de cualquier connacional, sino también sobre la red internacional de derechos humanos. El Gobierno ha dado a ese principio una validez suprema, dentro y fuera del país, subordinando o postergando todo otro principio, incluso la demanda de justicia que emana de los miles y miles de chilenos afectados por esas violaciones y de los ciudadanos del mundo que solidarizan con ellos. Aquí cabe la siguiente pregunta: ante los crímenes contra la humanidad )qué vale más? )El 'principio' de soberanía nacional -según se defina en la constitución, leyes y decretos promulgados por el mismo gobierno dictatorial que 'comandó' esos crímenes-, o el 'principio' de justicia que los afectados y la humanidad misma quieren aplicar?) Qué está hoy defendiendo el
Estado chileno?
Nuestro parecer es que la cuestión de la soberanía y de los derechos humanos es la materia última, esencial, de que trata la Historia. La soberanía emana de la libertad individual y colectiva, y los derechos humanos constituyen la consagración jurídica universal de esa dignidad soberana. La historia no es sino el ejercicio de esa soberanía y la revalidación continua de esos derechos. La Constitución y las Leyes, en tanto expresan la voluntad soberana de la comunidad nacional, son
legítimas. Si - y sólo si - la expresan, se puede decir que representan soberanía.
Cuando se respeta la voluntad legisladora de la comunidad ciudadana se respeta también, simultáneamente, el más fundamental de los derechos humanos: la posibilidad de que esa comunidad pueda construir por sí misma la realidad que estime conveniente. Cuando la soberanía ciudadana es usurpada por unos pocos, cuando esos pocos dictan leyes para pocos pero pretenden aplicarla para todos, cuando esas leyes se imponen por la fuerza de las armas y no por la voluntad libre e informada de todos los ciudadanos, no se está en presencia de la soberanía, sino de actos usurpatorios de soberanía. Las leyes que se dictan en estado de usurpación soberana, no son legítimas. Los tribunales, jueces y policías que actúan en función de ellas, no expresan la justicia soberana, sino intereses de usurpación y de los (pocos) beneficiados con ello. No es verdadera justicia. Los dispositivos legales que imponen los usurpantes para protegerse a sí mismos de la
justicia soberana o de la justicia internacional, no son expresión de soberanía.
Son, simplemente, su burla.
Lamentamos que en Chile actual las clases dirigentes están 'deduciendo' la soberanía del texto constitucional de 1980, sin importar si éste fue producto soberano de una informada decisión popular, o de una imposición faccional de los poderes fácticos. Sin importar si se usa 'esa' soberanía para defender los derechos del pueblo, o para defender los intereses de los dictadores que usurparon y violaron los derechos del pueblo. Si, en fin, se usa esa soberanía para hacer justicia a los asesinados y torturados, o para proteger a los que ampararon esos crímenes.
Así, de ese modo, no se hace historia, sino anti-historia. Y por ello, anteponer esos 'principios' a la verdad de los hechos y a los derechos soberanos revela, no una vocación ciudadana de servicio público, sino una burla faccional contra lo público.

V

La historia no es sólo pasado, sino también, y principalmente, presente y futuro.
La historia es proyección. Es la construcción social de la realidad futura. El más importante de los derechos humanos consiste en respetar la capacidad de los ciudadanos para producir por sí mismos la realidad futura que necesitan. No reconocer ese derecho, usurpar o adulterar ese derecho, es imponer, por sobre todo, no la verdad, sino la mentira histórica. Es vaciar la verdadera reserva moral de la humanidad.

Santiago, enero 25 de 1999.
Firmantes:
- Mario Garcés Durán , Doctor en Historia (c). Director de ECO (Educación y Comunicaciones).
- Sergio Grez Toso , Doctor en Historia. Director del Museo Nacional Benjamín Vicuña Mackenna.
- María Eugenia Horvitz , D.E.A., Profesora Departamento de Historia, Universidad de Chile.
- María Angélica Illanes , Doctor en Historia (c). Profesora Instituto Estudios Humanísticos, Universidad de Chile.
- Leonardo León Solís , Doctor en Historia (c). Profesor Departamento de Historia, Universidad de Valparaíso.
- Pedro Milos , Doctor en Historia. Profesor Universidad Academia de Humanismo Cristiano.
- Julionto Vallejos , Doctor en Historia, Director Departamento de Historia, Universidad de Santiago.
- Armando de Ramón Folch , Premio Nacional de Historia, Pontificia Universidad Cat\lica de Chile.
- Jorge Rojas Flores , Licenciado en Historia y Magister en Ciencias Sociales.
Investigador del P.E.T.
- Gabriel Salazar Vergara , Doctor en Historia. Profesor Departamento de Historia, Universidad de Chile.
- Verónica Valdivia Ortiz de Zárate , Magister en Historia. Profesora Universidad de Santiago.

(Esta lista incluye sólo los que han firmado hasta el 27/01/1999).

(*) Nota del CEME: En Diciembre de 1998, Augusto Pinochet, cabecilla de la dictadura militar chilena (1973- 2000), dirigió desde su lugar de detención en el Reino Unido, una "Carta a los Chilenos". Un mes más tarde, un grupo de historiadores y académicos chilenos publicó una respuesta en donde se critica la visión histórica que inspira a esa misiva. Al mismo tiempo, allí se analiza críticamente ciertas tesis de historiador Gonzalo Vial que coinciden con la visión que el pinochetismo y sectores importantes de las clases dominantes sostienen sobre la historia reciente de Chile.
Pte

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