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sábado, 14 de septiembre de 2013

Las grandes alamedas

Por José Pablo Feinmann
Ni que se haya convertido en la fecha de la caída de las Torres Gemelas evitará que –para nosotros, para los hombres y mujeres de América latina– el 11 de septiembre sea la fecha del golpe de Estado más detestable de los tantos que padecimos. Se trataba de un gobierno elegido democráticamente. Se trataba de un país con un ejército que –a diferencia de los de nuestro continente– había sido guardián del orden constitucional. Se trataba de un presidente que era un hombre noble, con ideas e ideales, un hombre honesto y un hombre valiente. Había tenido un gran apoyo de las masas obreras. Y una queja constante, un repudio sin tregua, del MIR, el principal grupo armado de Chile. Finalmente, todos los sectores de la sociedad –menos los obreros– se unificaron para voltearlo: el ejército, los medios de comunicación, los gremios, las clases altas, las clases medias y –con un empeño criminal, furibundo– los Estados Unidos de Nixon y Kissinger. Las clases medias inauguraron la modalidad de salir a la calle con cacerolas y atronar el país pidiendo la renuncia de Allende.
Allende fue el más original, el más creativo de los líderes socialistas del siglo XX. Descreyó de la célebre dictadura del proletariado y eligió el camino democrático, pacífico al socialismo. Si ese camino fracasó, no menos fracasaron los otros. Con una enorme diferencia. Allende no dejó decenas o decenas de miles o millones de cadáveres tras de sí. Ni presos políticos tuvo. Confiaba en solucionar la antinomia entre socialismo y democracia, que el mandato de la dictadura del proletariado (que viene de las páginas de Marx y que éste asume como su mayor aporte a la teoría política) obliteraba. La derecha –beneficiada por los errores y por las muertes de los socialismos triunfantes y luego derrotados– no tiene rédito alguno para sacar de la experiencia de la Unidad Popular. Salvo que digan que nacionalizar el cobre equivale a fusilar enemigos políticos, o peor aún.
En su último mensaje, don Salvador Allende dijo a su pueblo y a todos los pueblos de América: ¡Trabajadores de mi Patria!: Tengo fe en Chile y en su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán de nuevo las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!
La historia es nuestra y la hacen los pueblos.
Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que por lo menos será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.
El criminal de guerra Richard Nixon y su secretario de Estado, Henry Kissinger, peor criminal de guerra aún, odiaban a Allende con una pasión enfermiza. En octubre de 1970, Nixon dijo sobre él palabras injuriosas: “That son of a bitch, that bastard…”
Pero esa imagen de este hombre sereno –aunque capaz de encarnar la fuerza de un tornado–, que lo único que nos dejó, como pertenencia, fue el pedazo ensangrentado de uno de los vidrios de sus anteojos, este hombre maduro, con canas, que sale de La Moneda con casco de guerra y metralleta, para morir peleando, tal vez insensatamente, pero como él lo sentía, es, para mí, el símbolo más puro de la rebeldía, porque trató de cambiar el mundo por los caminos de la democracia y de la paz, y porque no pudo, porque los asesinos del poder internacional no lo dejaron, agarró una metralleta, se puso un casco de guerra y decidió (como esos bravos, legendarios marinos con sus barcos) hundirse con su causa. ¡Ah, don Salvador Allende, ojalá hubiera yo tenido alguna vez en mi patria un líder como usted! Simple, duro, pero sensible, amigo y compañero de la gente de su pueblo, sin sinuosidades, con una sola palabra, la misma de siempre, la que marcó la coherencia de sus días y, por si fuera poco, con ese coraje, don Salvador, que le hizo decir: De aquí no me voy, que sigan otros, no van a faltar, y van a llevarme en sus corazones como a un hombre puro, como a un guerrero y como a un demócrata que les va a henchir el pecho de orgullo y de exigencias perentorias. Porque, de ahora en más, todo chileno que sepa que tiene detrás la figura de Salvador Allende, sabe que no se viene a la vida a jugar, a gozar de las liviandades y las tentaciones, sino a meterle el alma y el cuerpo a las causas duras, las de la injusticia, las del hambre, las de la tortura y la muerte. Es mi legado.
Lo es. Tenía la cara de un hombre bueno. Vestía de civil. No andaba ostentando armas ni uniformes bélicos. Se metía entre los obreros. Hablaba en sus asambleas. Les pidió, al final, que se cuidaran. Que no se dejaran sacrificar fácilmente por los carniceros que se cernían sobre Chile. Cuando Castro lo visitó le dijo que tenía que recurrir a la violencia si quería sostenerse. Allende no lo hizo. De la violencia se ocupaban los guerrilleros del MIR que, desde luego, lo acusaban de burgués conciliador. ¿Por qué se habrán preocupado tanto los de la CIA y Nixon y Kissinger por un burgués conciliador? ¿Por qué el ejército habrá bombardeado La Moneda? ¿Por qué el diario El Mercurio (al que Nixon le dio dos millones de dólares para desestabilizar su gobierno) lo atacó sin piedad ni vergüenza? ¿Por qué las conchetas chilenas, que son terribles, salieron con sus cacerolas para injuriarlo? ¿Sólo porque era un burgués conciliador? Los del MIR fueron funcionales a los golpistas que, salvo los que se fugaron, murieron todos, en el Estadio Nacional o en las más siniestras mazmorras, tan cruelmente como los líderes de la Unidad Popular. No, Allende no era un burgués conciliador. Era un socialista temible. Porque había elegido la democracia (el arma ideológica que la derecha cree suya) para ir hacia el socialismo. Pero, luego, hizo algo peor. Murió con su causa. Dejó, para el socialismo, un ejemplo moral incuestionable. Y murió sin perder sus esperanzas. El hombre libre volverá. Las altas alamedas lo esperan. Bajo ellas se fue Allende de este mundo.
Sobre el Autor: José Pablo Feinmann es filósofo, docente, escritor, ensayista, guionista y conductor de radio y televisión argentino.

http://www.claves.cl/2013/09/14/las-grandes-alamedas/

jueves, 12 de septiembre de 2013

El derrocamiento de Allende, contado por Washington


Publicado el 9/09/13 


HERNANDO CALVO OSPINA – Desde 1961, apenas posesionado, el presidente John F. Kennedy nombró un comité encargado de las elecciones que se desarrollarían en Chile tres años después. Según la investigación de la Comisión Church del Senado estadounidense[1], estuvo compuesto de altos responsable del Departamento de Estado, la Casa Blanca y la CIA. Este Comité fue reproducido en la embajada estadounidense en Santiago, capital chilena. El objetivo era impedir que el candidato socialista, Salvador Allende, ganara los comicios [2].

Allende era un marxista convencido de que por la vía pacífica se podía llegar al gobierno, y, desde ahí, darle un vuelco a las estructuras del Estado en beneficio de las mayorías empobrecidas. Expresaba que para lograr tal objetivo se debía nacionalizar las grandes industrias, priorizando las que estaban en manos estadounidenses, al ser éstas las que explotaban los recursos estratégicos. Estos, y otros ideales sociales, lo convirtieron en un indeseable para Washington: podría servir de ejemplo para los pueblos de otras naciones latinoamericanas.

Para hacerle oposición, varios millones de dólares fueron distribuidos entre los partidos políticos de centro y de la derecha para que realizaran su propaganda. Al momento de elegir el candidato a la presidencia, Washington decidió apoyar a Eduardo Frei, del partido Demócrata Cristiano, un personaje que impuso a sus otros financiados.

En total, la operación costó unos veinte millones de dólares, una suma inmensa para la época, al punto de sólo poderse comparar con lo gastado en las elecciones presidenciales estadounidenses. Es que Washington no tanto invirtió en el candidato Frey, sino que realizó toda una campaña de propaganda anticomunista a largo plazo.

La Comisión del Senado dijo: “Se explotaron todos los medios posibles: prensa, radio, películas, volantes, folletos, correos, banderolas, pinturas murales.” La Comisión reconoció que la CIA realizó, por intermedio de sus partidos comprados y varias organizaciones sociales, una “campaña alarmista” donde el objetivo principal fueron las mujeres, a las cuales se les aseguraba que los soviéticos y los cubanos llegarían para arrebatarle a sus hijos si ganaba Allende. Afiches distribuidos masivamente mostraban a niños llevando en la frente un tatuaje con la hoz y el martillo. La tradición religiosa también fue manipulada al máximo para que se temiera al “comunismo ateo e impío.”

La operación psicológica funcionó por encima de las expectativas: Frei logró el 56% de votos, mientras que Allende el 39%. La CIA, según la Comisión del Senado, aseguró que “la campaña de inculcar miedo anticomunista había sido la más eficaz de todas las actividades adelantadas.”

Fue una operación psicológica, con carácter de guerra, cuya base eran los planes aplicados en Guatemala que terminaron derrocando al presidente Jacobo Arbenz, en junio de 1954 [3]. Una operación que en Chile no se desmanteló con el triunfo de Frei, porque, a pesar de todo, la cantidad de votos logrados por Allende fue alta. Y el vencido tenía todas las intenciones de presentarse a las futuras elecciones.

En sus Memorias William “Bill” Colby, jefe de la CIA entre 1973 y1976, cuenta que durante las elecciones presidenciales de 1970, “la CIA debió dirigir todos los esfuerzos contra el marxista Allende. Ella se encargó de organizar una vasta campaña de propaganda contra su candidatura.” [4] La operación se llamó “Segunda Vía”. Todo por orden directa del presidente Richard Nixon.

Henry Kissinger, el consejero para la Seguridad Nacional del presidente, expresaría durante una reunión del Consejo de Seguridad sobre Chile, el 27 de junio de 1970: “Yo no veo por qué debemos quedarnos indiferentes, mientras un país cae en el comunismo por culpa de la irresponsabilidad de su pueblo.” [5] O sea, la soberana decisión de los ciudadanos no podía ser válida si no estaba en concordancia con los intereses estadounidenses. Durante esta reunión se decidió sumar trescientos mil dólares a la operación de propaganda que ya se adelantaba.

Según la Comisión Church del senado, Richard Helms, jefe de la CIA desde 1966, envió a dos oficiales de la CIA, a los que conocía desde los primeros preparativos de invasión a Cuba, como responsables; ambos especialistas de la guerra psicológica y la desinformación; con importante participación en el golpe de Estado en Guatemala, y acababan de desembarcar de la guerra en Indochina: David Atlee Phillips y David Sánchez Morales. La Comisión del Senado dijo que una de las consignas que englobaba la campaña era: “La victoria de Allende significa la violencia y la represión estalinista.”

Pero el 4 de septiembre de 1970 Allende ganó las elecciones. Escribe Colby que “Nixon entró en cólera. Él estaba convencido de que la victoria de Allende haría pasar a Chile al campo de la revolución castrista y anti-americana, y que el resto de América Latina no tardaría en seguirle los pasos.” Prosigue el ex patrón de la CIA: Nixon convocó a Helms “y le impuso muy claramente la responsabilidad de evitar que Allende asumiera sus funciones.” En la misma reunión Nixon encargó a Kissinger darle un seguimiento estricto al complot.

Es que quedaba una posibilidad para evitar que Allende asumiera la presidencia: había triunfado pero con una mayoría relativa, debido a que las fuerzas de izquierda se habían dividido, carcomidas por la campaña mediática y/o el dinero que la CIA logró inyectar a ciertos grupos. Por tanto el Congreso chileno se debía reunir el 24 de octubre para decidir entre Allende y Jorge Alessandri, candidato del partido conservador y quien obtuviera la segunda votación. El plan de Washington era, entonces, comprar el voto de congresistas para que no confirmaran el triunfo del socialista. Helms envió a un “grupo de trabajo” que mantuvo una “actividad frenética” durante seis semanas”, según relata Colby. Esto tampoco funcionó y Allende sería declarado ganador de las elecciones.

Los operarios especiales de la CIA tomaron contacto con responsables políticos y militares para seleccionar aquellos que podrían estar listos para actuar contra Allende, “y determinar con ellos la ayuda financiera, las armas y el material que fuera necesario para barrerlo de la ruta hacia la presidencia”, según Colby.

La mayor esperanza se centró en las Fuerzas Armadas, pero todo dependía de su comandante, el general René Schneider. El problema que encontró la CIA es que este militar había expresado claramente que su institución respetaría la Constitución. Y Colby, en sus Memorias, reconoce con una naturalidad espeluznante: “Entonces era un hombre a matar. Se organiza contra él una tentativa de secuestro que termina mal: fue herido al oponer resistencia y muere poco después debido a las heridas.”

Según la Comisión Church el 22 de octubre, muy temprano en la mañana, la CIA entregó a conspiradores chilenos metralletas y municiones “esterilizadas”, denominadas así porque en caso de investigación no es posible determinar su origen. Horas después se produjo el atentado. Tres días después moriría Schneider, “el hombre a matar”. Inmediatamente el presidente Nixon envió un cínico mensaje a su homólogo chileno: “Yo quisiera hacerle parte de mi dolor ante este repugnante acto.” El sucesor de Schneider sería un tal general Pinochet.

El 3 de noviembre de 1970 Allende se posesionó como presidente: Nixon no le envió el regular mensaje de felicitación que exige el protocolo diplomático, ni el embajador estadounidense asistió a la investidura.

Ahora correspondía preparar la desestabilización del nuevo gobierno, lo cual se encargaría a la Dirección del Hemisferio Occidental de la Agencia. Una dependencia que desde 1972 tuvo como director a un oficial con gran experiencia en operaciones clandestinas: Ted Shackley. Y éste nombró a su hombre-sombra, Tom Clines, para que se concentrara en el “caso Allende”, teniendo bajo su responsabilidad a los viejos colegas Sánchez Morales y Atlee Phillips.

En marzo del siguiente año Bill Colby vuelve a ser el superior de Shackley y Clines como subdirector de Operaciones Especiales. Este trío regresaba de estar al frente de la guerra sucia en Indochina, muy particularmente en Vietnam.

Desde 1972 este equipo de la CIA, en Washington y Chile, fue desarrollando la operación más perfeccionada de desinformación y sabotaje económico que hasta ese momento se conociera en el mundo. Colby confesó que fue una “experiencia de laboratorio que demostró la eficacia de la inversión financiera para desacreditar y derrocar a un gobierno.” [6]

No fue todo. Según la Comisión del Senado estadounidense, la estación de la CIA en Santiago se dedicó a recoger toda la información necesaria para un eventual golpe de Estado. “Listas de personas a detener; infraestructuras y personal civil que debían ser protegidos con prioridad; instalaciones gubernamentales a ocupar; planes de urgencia previstos por el gobierno si se diera un levantamiento militar.” [7]

Según el ex funcionario del Departamento de Estado, William Blum, esta información sensible de Estado fue obtenida a partir de la “compra” de altos funcionarios y de dirigentes políticos de la coalición partidaria de Allende, La Unidad Popular [8] . Mientras que en Washington los empleados de la embajada chilena se quejaban de la desaparición de documentos, no sólo de la sede diplomática sino de sus propios domicilios. Sus comunicaciones fueron sometidas a escucha. Un trabajo realizado por el mismo equipo que muy poco después se involucraría en el Watergate. [9]

La acción contra Allende necesitó de una campaña internacional de difamación e intrigas. Buena parte de ella fue encargada a un inexperto en política exterior y casi desconocido político, aunque viejo conocido del presidente Nixon y de los hombres que adelantaban la operación: George H.W. Bush. Esa tarea la realizó como embajador en la ONU, función que ocupaba desde febrero de 1971. Cuando fue nombrado para el cargo nadie quiso recordar que pocos meses antes había logrado, como representante a la Cámara de Texas, que se restableciera en ese Estado la pena de muerte para los “homosexuales reincidentes”.

El 11 de septiembre de 1973 se da el sangriento golpe de Estado contra el gobierno de Allende, encabezado por el general Augusto Pinochet, y se desata una terrible represión. Aunque Shackley había dejado su cargo poco antes de aquel fatídico día, fue la figura clave en el operativo. Su biógrafo afirma: “Salvador Allende murió durante el golpe. Cuando el humo se disipó, el General Augusto Pinochet, dirigente de la Junta Militar, estaba en el poder dictatorial, debido en parte al arduo trabajo de Shackley [...]” [10]

Casi un mes después, el 16 de octubre, Henry Kissinger recibiría el Premio Nobel de la Paz… Al año siguiente del golpe, mientras la dictadura seguía ensangrentando a la nación, el presidente Gerald Ford declaraba que los estadounidenses habían actuado “por los mejores intereses de los chilenos y, obviamente, para los de Estados Unidos.” [11]

Mientras que en 1980 el ex presidente Nixon escribiría: “Los detractores se preocupan únicamente por la represión política en Chile, e ignoran las libertades fruto de una economía libre […] Más que reclamar la perfección inmediata en Chile, deberíamos apoyar los progresos realizados.” [12]

(* Con algunos pocos cambios, este es un capitulo tomado del libro “El Equipo de Choque de la CIA”. El Viejo Topo, Barcelona, 2010.)

Notas:

1- Comisión especial presidida por el senador Frank Church: “Alleged Assassination Plots Involving foreign Leaders.” November, 1975. U.S. Government printing office 61-985, Washington, 1975.

2- Cover Action in Chile, 1963-1973. The Select Committe to Study Governmental Operations with Respect to Intelligence Activities, US Senate. Washington, 18 décembre 1975.

3- El presidente estadounidense Dwight David Eisenhower autorizó a la CIA el derrocamiento de Arbenz, aplicando un plan integral, inédito hasta ese momento en el continente, que contenía acciones de guerra sicológica, mercenaria y paramilitar, cuyo nombre en clave fue PBSUCCESS. Ver: Cullather, Nick. “Secret History: the CIA Classified Accounts of its Operations in Guatemala, 1952-1954″. Stanford University. 1999.

4- Colby, William. “30 ans de C.I.A.” Presses de la Renaissance. París, 1978.

5- Newsweek. Washington, 23 septembre 1974.

6- New York Times. 8 septembre 1974.

7- Cover Action in Chile, 1963-1973. Ob. Cit.

8- Blum, William. “Les guerres scélérates”. Parangon, París 2004.

9- Watergate se llamaba el edificio donde ese encontraban las oficinas del Partido Demócrata. Ilegalmente, en 1972 el presidente Nixon ordenó que fueran puestas bajo escucha. Ante las pruebas y el escándalo el presidente debió renunciar en agosto de 1974. Ver: Marchetti, Victor y Marks, John. “La CIA et le culte du renseignement”. Ed. Robert Laffont. París, 1975.

10- Corn, David. Blond Ghost, “Ted Shackley and the CIA’s Crusades”. Simon & Schuster. New York, 1994.

11- New York Times. 17 septembre 1974.

12- Nixon, Richard. “La vraie guerre”. Albin Michel. París, 1980.


http://www.contrainjerencia.com/?p=74311

martes, 3 de septiembre de 2013

El Golpe de Estado de Pinochet

5 de marzo de 2007

PinochetNació en Valparaíso (Chile) el 25 de noviembre de 1915, siendo bautizado con el nombre de Augusto José Ramón Pinochet Ugarte. Inició sus estudios militares a lo 17 años. En 1970 fue designado General de División.
Fue mano derecha del General Carlos Prats, Comandante en Jefe del Ejército, partidario del gobierno constitucional de Allende, que representaba al partido Unidad Popular y representante de las fuerzas armadas ante Fidel Castro, el Presidente comunista cubano, durante su visita a Chile.
Allende era un gobernante de ideas de izquierda que había puesto en manos del estado muchas empresas, sobre todo mineras, y había establecido una política de redistribución de la riqueza, lo que afectaba a los intereses de la derecha y de Estados Unidos, que impuso una especie de bloqueo, al congelar la exportación de cobre. Durante su gobierno se expropiaron tierras para hacer efectiva la reforma agraria, se nacionalizaron los Bancos privados, hubo control de precios y una política de acercamiento hacia otros gobiernos socialistas, restableciéndose las relaciones con Cuba, lo que motivó la visita de su Presidente, antes mencionada.


Aunque Allende no se opuso directamente a los militares, que ocuparon cargos durante su gestión de gobierno, el 29 de junio de 1973 se produjo una sublevación del ejército comandada por el coronel Roberto Souper, conocida como el “tanquetazo”, que fue reprimida por Prats y sus hombres, entre los que se hallaba Pinochet.
El cargo de Comandante en Jefe del Ejército pronto sería desempeñado por Pinochet, tras la renuncia de Prats, que no contaba con el apoyo de las Fuerzas Armadas, que se manifestaron en su contra. Fue el propio Prats quien recomendó a Pinochet para el desempeño de esa función, cuya designación se hizo efectiva el día 23 de agosto de 1973, en el Palacio de la Moneda.
La situación política era de tensión. Por el acuerdo de la Cámara de Diputados del día 22 de agosto de 1973, se reconocía que el orden constitucional de la república se hallaba roto, y comenzaba a gestarse un golpe de estado, respaldado por la CIA y el gobierno estadounidense, a cargo del comandante de la Fuerza Aérea, Gustavo Leigh, y del vicealmirante José Toribio Merino. La incorporación de Pinochet al golpe de estado se realizó en forma tardía, y luego de una reunión mantenida con Allende quien le había informado su decisión de recurrir a un plebiscito.
El coordinador del golpe fue Patricio Carvajal, estando comunicados todos los golpistas mediante redes organizadas desde el Comando de Telecomunicaciones del Ejército, lugar donde se instaló Pinochet, aunque la dirección general de la ofensiva contó con el apoyo de Estados Unidos, a través de Richard M. Nixon y deHenry Kissinger.
Las luchas fraticidas, durante ese fatídico 11 de septiembre, se extendieron durante varias horas, en las que fueron frecuentes las detonaciones de bombas. Cuando finalmente se produjo la toma de la casa de la Moneda, Allende se suicidó, luego de haber pronunciado un sentido discurso a su pueblo a través de Radio Magallanes y de rechazar el ofrecimiento de abordar un avión que lo llevaría hacia el exilio.
En la tarde de ese mismo día comenzó la dictadura militar en Chile, jurando los protagonistas en la Escuela Militar, pasando a desempeñar el Poder Ejecutivo, la Junta Militar, integrada por el General Pinochet, Comandante en Jefe del Ejército, el Almirante José Toribio Merino, Comandante en Jefe de la Armada, el General Gustavo Leigh, Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea y César Mendoza, Director General de Carabineros.
Durante su gobierno el Congreso fue disuelto y los más sagrados derechos humanos fueron aniquilados. Los partidos políticos debieron actuar desde la clandestinidad y los dirigentes del partido Unidad Popular fueron detenidos.
Las violaciones a los derechos humanos recién estaban comenzando, pues tras ser designado Presidente de la República por la Junta Militar, el 17 de diciembre de 1974, Pinochet, admirador del represor español Francisco Franco, creó la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), instrumento que usaría para destruir toda manifestación contraria a su despótico gobierno. Este brazo armado del gobierno se encargó de sembrar el terror desde el seno mismo del estado persiguiendo a sus opositores políticos mediante secuestros, torturas y asesinatos. Esta institución perduró hasta 1977, en que fue reemplazada por un organismo un poco menos cruel, aunque no alejado de la represión y la tortura: la Central Nacional de Informaciones (CNI).
Un lugar destacado en el gobierno del dictador lo ocupó su esposa, Lucía Hiriart Rodríguez de Pinochet, que creó la agrupación Damas de Color, destinada a realizar obras de caridad.
A partir de las 21 horas, la vida social y pública de Chile estuvo fuera de las calles, al establecerse el toque de queda.
En el aspecto económico aplicó políticas de corte neoliberal reduciendo el gasto público con el despido de un 30 % de empleados estatales, aumentó el valor del impuesto al valor agregado (IVA), privatizó las empresas del estado, retiró los subsidios sociales, devaluó la moneda reemplazándose el escudo por el peso, y se produjo una generalizada baja de salarios.
La tasa de desempleo creció a cifras alarmantes y debieron crearse planes de empleos para contener a la masa desocupada.
Proliferaron los robos a camiones de supermercados para palear el hambre, y se organizaron clandestinamente apagones y cacerolazos en señal de protesta.
Como saldo positivo, a partir de 1977 se eliminó la hiperinflación, al establecerse una tasa de cambio fija de treinta y nueve pesos por dólar.
Este período de mejora subsistió hasta el año 1982, en que se produjo la caída del sistema financiero. El estado intervino en la economía devaluando el peso.
En 1985, se logró sanear la economía chilena, por la intervención del ministro de Hacienda, Hernán Büchi, quien tomó medidas drásticas.
Fijó un dólar alto para favorecer las exportaciones, redujo las jubilaciones, y los planes sociales y privatizó los Bancos y las empresas que aún continuaban en la órbita estatal.
La reacción ocurrió el 11 de mayo de 1983, cuando los trabajadores nucleados en la CTC (Confederación de Trabajadores del Cobre) iniciaron una movilización de protesta. Ese mismo año, el 22 de agosto, se creó a Alianza Democrática donde se produjo la unión de la mayoría de los partidos políticos para formar un bloque opositor contra el gobierno de facto, llegando en 1985 a un Acuerdo Nacional para la Transición de la Plena Democracia.
Paralelamente en este período la economía mejoró y las clases bajas y medias obtuvieron mejoras en sus ingresos.
En septiembre de 1980, se realizó un cuestionado plebiscito, tras el cuál se sancionó un mes más tarde una Constitución que estableció entre otras disposiciones un mandato presidencial de ocho años para Pinochet a partir del 11 de marzo de 1981.
En 1986, se produjo un atentado frustrado contra la vida del dictador por parte del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, donde murieron cinco guardaespaldas. Hubo represión de parte del gobierno contra este movimiento poco tiempo después, donde se asesinaron 12 de sus miembros, que dudosamente estuvieron implicados en el atentado.
Al realizarse el nuevo plebiscito que llevaría a Pinochet a consolidarse en el poder por un nuevo período de ocho años (1989-1997), la oposición en los pocos minutos permitidos en la franja horaria de publicidad, realizó una campaña de desprestigio hacia el gobierno que se proclamaba, con publicidad masiva, como garantía de estabilidad y orden contra el marxismo subversivo, para levantar la bandera de la democracia y el respeto de los valores y de la dignidad humana. La apuesta fue fuerte, no sólo desde la campaña electoral sino también en el control para evitar el fraude electoral. Las desventajas eran muchas para la oposición, que debía luchar contra el autoritarismo de un aparato estatal represor, que no otorgaba ventajas, sino, por el contrario, utilizaba los medios más engañosos y coactivos para sostenerse en el poder.
La derrota fue elocuente. El 52 % del electorado se pronunció en contra de la continuidad del dictador en el mando de Chile.
El 14 de diciembre de 1989, Chile celebraba la vuelta a la democracia, con el triunfo de la alianza opositora Concertación de Partidos por la Democracia, que llevó a Patricio Aylwin del partido Demócrata Cristiano al ejercicio de la presidencia, que comenzó a ejercer el 11 de marzo de 1990. Pinochet, aún no estaba acabado, la Constitución de 1980, en sus disposiciones transitorias le daban una nueva posibilidad. Continuaba como Comandante en Jefe del Ejército por ocho años más.
El 25 de abril de 1990, el presidente de Chile, Patricio Aylwin Azócar ( 1990-1994) creó la Comisión Rettig, por ser el nombre de quien la presidía, cuya denominación formal era Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, para investigar lo sucedido en el período de la dictadura de Pinochet, documentándose miles de muertos y de detenidos desaparecidos, denominación que se les otorgaba a aquellos que habían sido privados de su libertad y cuyo paradero nunca se supo, ya que los cadáveres eran arrojados al mar y nunca aparecieron.
Este informe fue una prueba contundente para llevar al banquillo de los acusados a aquellos que otrora se sintieran impunes. Los miembros de la DINA, fueron acusados y sometidos a juicio, impidiéndose a la Corte conceder amnistía por la índole de los delitos cometidos.
El retiro de Pinochet de su cargo en el Ejército se produjo el 10 de marzo de 1998, pasando a desempeñarse como Senador Vitalicio, según lo establecían las normas constitucionales, ante una oposición que se manifestó en su contra, al considerar que se estaba dando un premio al jefe supremo del terrorismo de estado.
Cuando en el mes de septiembre Pinochet viajó a Londres, por razones de salud, debió enfrentarse a una orden de detención cursada por el juez español Baltasar Garzón, con los cargos de asesinato a ciudadanos españoles residentes en Chile durante la dictadura. Inglaterra hizo lugar al pedido. La defensa de Pinochet argumentó la inmunidad diplomática para apelar el arresto, lo que fue aceptado en una primera instancia. Luego de que varios comités se pronunciaran en contra o a favor de la inmunidad diplomática, la decisión definitiva se tomó el 24 de marzo de 1999, juzgándoselo por los hechos cometidos a partir del 8 de diciembre de 1988, permaneciendo por razones de edad y de salud bajo arresto domiciliario.
Luego de exámenes médicos que determinaron la gravedad de su estado de salud, por razones humanitarias, fue liberado y regresó a Chile, donde varias causas se habían abierto para juzgarlo sobre su actuación en el ejercicio del poder. Habiendo sido desaforado en Chile por la Corte Suprema de Justicia, fue sobreseído al “comprobarse” que no comprendía por razones psiquiátricas, los cargos en su contra, en julio de 2002.
Luego de renunciar a su cargo como Senador, se confinó en su domicilio particular, hasta que dos años más tarde la Corte Suprema confirmó la revocación del sobreseimiento por demencia, reabriéndose la causa, que fue dejada sin efecto el 7 de junio de 2005.
En noviembre de ese año nuevas causas enfrentarían a Pinochet con la justicia, esta vez por enriquecimiento ilícito y falsificación de documentos.
El cuarto desafuero se realizó el 20 de enero de 2006 por la Corte de Apelaciones de Santiago, acusado de torturador.
El 10 de diciembre de 2006 falleció, una semana después de sufrir un infarto de miocardio, eludiendo así la justicia de los hombres. En este mundo sólo lo condenará la historia y la memoria colectiva. En su funeral, el Jefe del Ejército y un nieto de Pinochet, el Capitán del Ejército Augusto Pinochet Molina, reivindicaron el golpe de Estado, mientras la Ministra de defensa era abucheada por los partidarios del represor fallecido.
El 24 de diciembre de 2006 se dio a conocer una carta póstuma de Pinochet, titulada “Mensaje a mis compatriotas” donde declara que volvería a hacer lo mismo “aunque con mayor sabiduría”, justificando el golpe para impedir una guerra civil que se avizoraba en el gobierno de Salvador Allende, remarcando su profundo amor a la Patria y a los chilenos.


Lee todo en: El Golpe de Estado de Pinochet | La guía de Historia http://www.laguia2000.com/chile/el-golpe-de-estado-de-pinochet#ixzz2dq5lb7kZ


sábado, 12 de noviembre de 2011

Las inéditas cintas de Nixon sobre Chile y Allende: El lenguaje del imperio

Por : Peter Kornbluh en Reportajes de investigaciónPublicado: 30.06.2010

Acaba de conocerse el contenido de las grabaciones secretas de las conversaciones sobre Chile entre el ex Presidente Richard Nixon y su consejero de Seguridad Nacional Henry Kissinger. Las cintas dan cuenta del grosero lenguaje con el que tramaban el derrocamiento de Salvador Allende, a quien trataban de “hijo de puta” y decían que querían “patear su trasero”. Aunque impreciso en las fechas, uno de los diálogos podría constituir el primer reconocimiento del rol de la CIA en el asesinato del general René Schneider.



“Es un estado fascista”, declaraba el Presidente Richard Nixon durante una conversación sobre Chile en el Salón Oval de la Casa Blanca. No hablaba sobre el Chile del sangriento régimen del general Augusto Pinochet. Al contrario, él y su consejero de Seguridad Nacional, Henry Kissinger, se estaban quejando por el triunfo de la coalición de Salvador Allende, la Unidad Popular, en las elecciones municipales de abril de 1971. La única forma en la cual parecían capaces de comprender la creciente popularidad de Allende era comparar al Presidente chileno –un socialista de toda la vida– con Adolf Hitler. “Esto es como una estrategia alemana”, le dijo Kissinger a Nixon el 6 de abril de 1971, durante un encuentro de una hora. Algunas semanas más tarde, el sistema secreto de grabación de Nixon registró a Kissinger sugiriendo que los chilenos “están actuando en esto como actuaban los nazis con el Reichstag”.
Casi 40 años después de que fueran subrepticiamente grabadas, las cintas de Nixon siguen siendo un regalo a la espera de ser entregado a historiadores y a estudiantes de historia. El sistema de grabación se hizo conocido por la infame conversación sobre el escándalo de Watergate, cuando fueron descubiertas y llevaron a la renuncia de Richard Nixon, ante un inevitable impeachment (juicio político).
Pero las grabaciones de Nixon, 3.700 horas de conversaciones que mayoritariamente tuvieron lugar en el Salón Oval durante un periodo de 883 días, entre febrero de 1971 y mediados de julio de 1973, también corresponden a la mayor parte del tiempo en que Salvador Allende fue el Presidente de Chile constitucionalmente electo. Y capturaron las voces sin maquillaje, a veces histriónicas, de un presidente imperialista y sus más altos asesores refiriéndose a Allende como “hijo de puta”, discutiendo cómo “patear su trasero” y “remover” a Allende.
Esta semana, en Estados Unidos un grupo de historiadores y ex funcionarios del Departamento de Estado, conocido como nixontapes.org, publicó casi 100 páginas de transcripciones y enlaces a audios reales de Nixon, Kissinger, el secretario del Tesoro John Connally y otros altos funcionarios discutiendo sobre Chile. Las grabaciones y transcripciones nos permiten convertirnos en una mosca en el muro que escucha a los más poderosos funcionarios del país más poderosos del mundo discutir qué hacer con un pequeño país de América Latina que desafiaba la hegemonía política y económica de Estados Unidos. A pesar de que todas las referencias a las intervenciones encubiertas que llevaba a cabo la CIA para desestabilizar a Allende permanecen clasificadas (y borradas de las grabaciones) las discusiones que ahora pueden escucharse son un ejemplo de la mentalidad imperialista del Presidente y sus hombres.

El problema de la expropiación

De acuerdo a las transcripciones de las cintas, nada parece haber molestado tanto a Richard Nixon como la decisión del gobierno de Allende de iniciar la nacionalización de las empresas estadounidenses que habían dominado la economía chilena por décadas. Nixon creía que la respuesta de Estados Unidos debía ser cortar a Chile todos los créditos bilaterales, incluyendo los préstamos bancarios para exportaciones e importaciones, bloquear los créditos multilaterales y evitar que Chile renegociara su deuda externa. “Quiero que sepas”, le dijo Nixon a Kissinger, “que no quiero hacer nada por Chile. Nada”.
El Departamento de Estado, que era más sensible a las leyes internacionales y a las obligaciones de Estados Unidos con los organismos multilaterales, no estuvo de acuerdo. Pero Nixon encontró un fuerte aliado en su conservador secretario del Tesoro John Connally, quien le dijo que si Washington no se paraba frente a Allende, otros países de América Latina empezarían a nacionalizar negocios estadounidenses. La posición de Connally, le dijo Nixon a Kissinger en una reunión del 11 de junio de 1971, era que “el efecto en el resto de Latinoamérica, sin importar lo que escuchemos desde el Departamento de Estado y el resto, va a ser malo para nosotros, dejar de molestar a los chilenos y ser tan delicado con ellos”. Adicionalmente, continuó Nixon, “en lo que a la opinión pública americana concierne, los americanos mueren de ganas de que golpeemos a alguien en el trasero”.
“Mis convicciones sobre esto son muy fuertes”, afirmó Nixon. “Todo lo que hacemos con el gobierno chileno será observado por otros gobiernos y grupos revolucionarios en América Latina como una señal de que lo que pueden hacer y salirse con la suya. Por lo tanto, tiendo a estar en contra de hacer cualquier cosa por ellos”. A medida que la reunión seguía, Nixon dijo a Kissinger y Connally: “quizás deberíamos encontrar un lugar para golpear a alguien en el trasero”.
Luego los tres discutieron sobre Salvador Allende, transformando su esfuerzo por evitar una confrontación con Washington en una suerte de esquema deliberado:
Nixon: Oh, maldita sea, John, [Allende] es inteligente.
Kissinger: …muy inteligente.
Nixon: Es cierto.
Connally: Muy inteligente.
Kissinger: Entonces—
Connally: Incluso muy duro.
Kissinger: —Mirando el registro, él—esto debe servir a su propósito de que no haya enfrentamiento [con EE.UU.].
Nixon: Eso es correcto.
Sólo unos meses más tarde, luego de que Allende decidiera crear un “impuesto al exceso de ganancias” a las compañías mineras Annaconda y Kennecott y no pagar compensaciones por nacionalizar sus minas, el 5 de octubre de 1971 Nixon dijo a Kissinger: “He decidido remover a Allende”. Connally puso entonces el tema de un golpe: “…y lo único que usted puede esperar es tenerlo derrocado y, en el intertanto, usted puede lograr su punto para probar, a través de sus acciones en su contra… que lo que está cuidando son los intereses de Estados Unidos”. Para Nixon, Estados Unidos había finalmente encontrado “un tipo al que podemos golpear”. Urgió a sus asesores a “entregarnos un plan. Los voy a golpear”.
“Todo vale en Chile. Golpeen sus traseros, ¿ok?”, instruyó Nixon a Kissinger al final de la reunión. “De acuerdo”, respondió Kissinger.

El asesinato de Pérez Zujovic

El 8 de junio de 1971, el ex ministro del Interior Demócrata Cristiano, Edmundo Pérez Zujovic, fue acribillado en un descarado asesinato político. En Chile, su asesinato evocó el reciente recuerdo del golpe respaldado por la CIA en contra del comandante en jefe chileno René Schneider, menos de nueve meses antes, cuando la CIA había intentado bloquear el juramento presidencial de Allende creando un “clima de golpe”. En Washington, la transcripción de las cintas desclasificadas revelan que Nixon, Kissinger y el más alto asesor de la Casa Blanca, H.R. Haldeman, tenían un interés particular en la reacción chilena al asesinato de Pérez Zujovic y se les puede escuchar bromeando sobre la situación:
Kissinger: Los hijos de puta nos están culpando a nosotros.
Haldeman: ¿Culpando a la CIA? [risas]
Kissinger: Están culpando a la CIA
Nixon: ¿Y por qué demonios lo habríamos asesinado?
Kissinger: Bueno, primero, no pudimos. Estamos—
Nixon: Sí.
Kissinger: La CIA es muy incompetente para hacerlo. Recuerde—
Nixon: Seguro, esa es la mejor parte…
Kissinger: —Cuando trataron de asesinar a alguien, tomó tres intentos—
Nixon: Sí.
Kissinger: —y después de eso vivió tres semanas.
Aquí, Kissinger parece estar refiriéndose, y por primera vez realmente admitiendo, al rol de la CIA en el asesinato del general Schneider. Después de varios intentos abortados de un grupo de militares en retiro y oficiales activos que habían recibido armas y fondos de la CIA, Schneider fue interceptado y le dispararon camino al trabajo el 22 de octubre de 1970. Murió tres días más tarde -no tres semanas, como decía Kissinger-, producto de las heridas.
De acuerdo a las grabaciones, la conversación giró luego hacia cómo la administración Nixon podía transformar el asesinato en una oportunidad para golpear a Allende. El gobierno de la Unidad Popular, informó Kissinger al Presidente, había usado el asesinato de Pérez Zujovic para “imponer le ley marcial y para realizar un fuerte ataque contra nosotros”. La respuesta del Presidente: “Entonces vamos a darle—dejémosle que lo sientan”. Como era de esperar, Kissinger estuvo de acuerdo. “Creo que debemos usarlo como un pretexto”. Más adelante en la conversación, Nixon y Kissinger infirieron que la gente de Allende estaba detrás del asesinato como una maniobra política para ayudar a consolidarlo; estuvieron de acuerdo en que “el asesinato prueba” que Allende estaba “avanzando hacia un gobierno de un solo partido lo más rápido posible”
“Creo que este tipo está tomando el dominio completo de ese país”, declara incorrectamente Nixon. “Déjenme decir que en todas las futuras acciones hacia Chile prefiero la línea más dura”.
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Desafortunadamente para el bien de la historia, al momento en que Allende fue derrocado el 11 de septiembre de 1973, Nixon ya había apagado su grabadora del Salón Oval. En julio de ese año, durante las dramáticas audiencias del caso Watergate en el Congreso, un asesor de la Casa Blanca reveló la existencia del sistema de grabación secreto. El Congreso inmediatamente exigió que la Casa Blanca entregara todas las cintas; Nixon reclamó “privilegio ejecutivo” y se negó. Sólo después de que la Corte Suprema sentenciara que no podía esconderlas más de las autoridades legales, el Presidente entregó las cintas. Éstas revelaron que había mentido sobre su rol en el “asalto” a la sede del Partido Demócrata en el edificio Watergate, lo que forzó su posterior renuncia.
Sin embargo, otro sistema de grabación secreto no fue detectado y se mantuvo operativo: el de Henry Kissinger. El 16 de septiembre de 1973, el sistema de grabación de Kissinger registró su primera conversación telefónica con Nixon después del golpe en Chile. Su conversación (desclasificada por petición de mi organización) captura sus actitudes mientras un régimen verdaderamente fascista consolidaba el poder a través del derramamiento de sangre en Chile:
Kissinger: La cosa en Chile se está consolidando y por supuesto los periódico están balando porque un gobierno pro comunista fue derrocado.
Nixon: ¿No es eso algo? ¿No es eso algo?
Kissinger: Quiero decir en vez de estar celebrando—en el periodo de Eisenhower habríamos sido héroes
Nixon: Bueno nosotros no—como sabes—nuestra mano no aparece en ésta siquiera.
Kissinger: Nosotros no lo hicimos. Quiero decir que los ayudamos. [referencia a la CIA borrada] creó las mejores condiciones posibles.
Nixon: Eso es correcto. Y esa es la forma en que se va a jugar. Pero escucha, mientras la gente está preocupada, déjame decir que no se van a comprar esta basura de los liberales esta vez.
Kissinger: Absolutamente no.
Nixon: Ellos saben que es un gobierno pro comunista y así son las cosas.
Kissinger: Y pro Castro.
Nixon: …Olvidémonos de lo pro comunista. Era un gobierno anti americano durante todo el tiempo.
*NOTA: En los diálogos, los guiones largos (—) al final de una frase denotan interrupciones, mientras que cuando aparecen en el medio de una frase significa que uno de los interlocutores recomenzando una frase o una oración incompleta.
Todas las grabaciones pertenecen al sitio nixontapes.org
*Peter Kornbluh es autor Pinochet: Los Archivos Secretos. (Barcelona: 2004) Dirige el “Chile Documentation Project” en la organización sin fines de lucro National Security Archive en Washington D.C.


http://ciperchile.cl/2010/06/30/las-ineditas-cintas-de-nixon-sobre-chile-y-allende-el-lenguaje-del-imperio/

La Historia Oculta del Régimen Militar

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