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miércoles, 15 de enero de 2020

Así la CIA derrocó a Salvador Allende – Documentos secretos

El golpe de estado en Chile del 11 de septiembre de 1973 en que es derrocado el presidente democráticamente electo Salvador Allende nos brinda una cantidad de información para conocer cómo la CIA se encarga de destruir a aquellos gobiernos que no se alinean con las políticas norteamericanas.

Básicamente los pasos que se instrumentaron para derrocar a Allende fueron estos:

  1. Desgaste del gobierno desde los medios masivos de comunicación (diarios El Mercurio, La Segunda, La Tercera de la Hora, Las Últimas Noticias, La Prensa, La Tarde y Tribuna).
  2. Desestabilización de la economía: desabastecimiento de productos esenciales (frente a los aumentos de salario que da el gobierno, el sector empresario sube los precios para evitar que disminuya su ganancia lo que genera inflación, el gobierno aplica un control a los precios y la respuesta de las corporaciones empresarias es quitar los productos de las góndolas).
  3. Cacerolazos por parte de la clase media y alta de Santiago, fogoneados por los medios ante el desabastecimiento de productos.
  4. Huelga de camioneros que paraliza el transporte.
  5. Frente a la conflictiva situación, grupos de ultraizquierda califican al gobierno de «reformista» y «capitalista» por no avanzar con medidas más radicales. Se realiza un paro de 70 días en el sector minero, disminuyendo el principal ingreso del país que es la exportación de cobre.
  6. La oposición en el congreso declara al gobierno «ilegítimo» por «apartarse de lo que marca la constitución».
  7. Alzamiento militar y derrocamiento del gobierno.


Documentos desclasificados muestran que la CIA gastó $3 millones de dólares en propaganda anti allendista para asustar a los electores en contra de la coalición de Allende previo a las elecciones.

«Además de financiar a los partidos políticos [opositores a Allende], el Comité 40 [organismo de los servicios secretos estadounidenses] aprobó grandes sumas para sostener a los medios de oposición y para mantener así una campaña oposicionista implacable. La CIA gastó un millón y medio de dólares para apoyar a El Mercurio, el principal periódico del país y el canal más importante de propaganda contra Allende. Según documentos de la CIA, estas gestiones significaron un papel significativo en la preparación del escenario para el golpe del 11 de septiembre de 1973″.
-Comité Church y Pike del Senado de Estados Unidos

*25 de marzo de 1970: El Comité de los 40 aprueba entregar 125. 000 dólares para «operación de descrédito de la Unidad Popular» (el partido de Allende).
*27 de junio de 1970: se aprueba entregar 300.000 dólares adicionales.
*9 de septiembre de 1970: se aprueba la entrega de 700.000 dólares para el diario El Mercurio.
*11 de abril de 1972: se envían otros 965.000 dólares para el diario El Mercurio.
*15 de mayo de 1972: la empresa estadounidense ITT deposita 100. 000 dólares en Suiza.
*11 de abril de 1973: se envían 300.000 dólares adicionales para El Mercurio.

Philip Agee, un espía desertor de la CIA publicó un libro sobre la agencia de inteligencia con el título «Inside the Company», describiendo su manera de actuar, comprando a todos los actores posibles del sistema político chileno. Así muchos “dirigentes comunistas” estaban pagados por la CIA. Muchos crímenes realizados con el fin de desestabilizar el país fueron atentados de bandera falsa, operados por la CIA con el fin de culpar a otros sectores políticos.

Así como la CIA utilizó los medios masivos de comunicación de Chile y controló a distintos agentes políticos de ultraderecha y ultraizquierda para crear el clima favorable a un golpe de estado, la inteligencia naval norteamericana bajo la Operación UNITAS organizó a la Armada de Chile para dar el golpe de estado al que Pinochet y el Ejército se sumaron a último momento.

-El presidente norteamericano Nixon ordena derrocar a Allende a través del proyecto secreto de la CIA hoy conocido como FUBELT a través de documentos desclasificados y publicados por el National Security Archive el 11 de septiembre de 1998.

Estos memorandos de la CIA y los informes sobre el Proyecto FUBELT incluyen reuniones entre el secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger y funcionarios de la CIA, los cables de la CIA a su estación de Santiago, y resúmenes de las medidas secretas que detallan decisiones y acciones destinadas a socavar la elección de Salvador Allende en septiembre de 1970, promover el golpe de Estado militar que llevó a Augusto Pinochet al poder, y el posterior apoyo a la junta militar en los primeros años de su gobierno.



La élite chilena en contacto con la élite del poder financiero global fueron los titiriteros detrás del campo de operaciones.

El mismo David Rockefeller patriarca de la dinastía de banqueros dueños del JP Morgan Chase Mannhattan Bank, Exxon Mobil y dueño de una parte importante de las minas de cobre chilenas reconoce esta trama.

David Rockefeller

Sus minas de cobre fueron nacionalizadas en 1971 por Salvador Allende. Dos años después, la Junta Militar de Gobierno pagó una indemnización de US$250.000.000 a la empresa Anaconda Copper Mining Company, propiedad de las familias Rockefeller y Rothschild. Así relata Rockefeller en sus Memorias el gobierno de Allende:

«Lo más emblemático de esos años sombríos en América Latina fue Chile durante la presidencia de Salvador Allende a comienzos de los ‘70. La historia se ha vuelto bien conocida y bastante controvertida. Allende, un marxista confeso y líder del Partido Socialista de Chile, hizo campaña en 1970 sobre la plataforma de una reforma agraria radical, la expropiación de todas las corporaciones extranjeras, la nacionalización de la banca, y otras medidas que hubiesen puesto a su país directamente en la senda del socialismo. En marzo de 1970, mucho antes de la elección, mi amigo Agustín (Doonie) Edwards, propietario de El Mercurio, el principal diario de Chile, me dijo que Allende era un embaucador soviético que destruiría la frágil economía chilena y extendería la influencia comunista a la región. Si Allende ganaba, advertía Doonie, Chile se convertiría en otra Cuba, un satélite de la Unión Soviética. Insistió en que los Estados Unidos debían impedir la elección de Allende. Las preocupaciones de Doonie eran tan intensas que lo puse en contacto con Henry Kissinger. Más tarde me enteré que los informes de Doonie confirmaron la [información de] inteligencia ya recibida de fuentes de inteligencia oficiales, lo que llevó a que el gobierno de Nixon aumentara sus subsidios financieros clandestinos a grupos opositores a Allende. Pese a esta intervención, Allende ganó la elección por un estrecho margen… Una vez en el cargo, el nuevo Presidente, fiel a sus promesas electorales, expropió las propiedades norteamericanas y apuró el paso en la confiscación de tierras de la élite y su redistribución al campesinado. La mayor parte de las propiedades de Doonie Edwards fueron tomadas, y él y su familia huyeron a EEUU, donde Donald Kendall, alto ejecutivo de Pepsico, contrató a Doonie como vicepresidente, y Peggy [esposa de Rockefeller] y yo los ayudamos a instalarse».

Con Pinochet como instrumentador del gobierno posterior al golpe se inauguraría la etapa más oscura de la historia chilena y latinoamericana con miles de muertos, secuestrados y torturados.

Así trabaja la CIA en América Latina. En el pasado la desestabilización de los gobiernos populares culminaba en un golpe militar, en el presente en un «golpe blando». Los objetivos son los mismos: devolver el poder político a las grandes corporaciones para aplicar sus proyectos de economía neoliberal. Aprendamos de la historia.

Anexo: Documentos secretos desclasificados:



Henry Kissinger, Thomas Karamessines y Alexander Haig (asistente militar de Henry Kissinger y de la Operación 40), en una reunión del 15 de octubre de 1970, hablaron de la promoción de operaciones encubiertas para un golpe de Estado en Chile, conocido como «Track II». Las órdenes de Kissinger a la CIA fueron «continuar manteniendo la presión sobre cada punto débil de Allende a la vista»
(«continue keeping the pressure on every Allende weak spot in sight»)


La nota manuscrita tomada por el director de la CIA Richard Helms, que registran las órdenes del presidente norteamericano Richard Nixon, para fomentar un golpe de estado en Chile.

«15 de Septiembre de 1970: Chances de 1 a 10 quizá, pero salven a Chile!;  vale la pena el gasto, no preocuparse; sin involucrar a la embajada; $10.000.00 disponibles, más si es necesario; trabajo a tiempo completo con los mejores hombres que tengamos; plan de operaciones;
hagan que grite la economía; 48hs para un plan de acción».

(1 in 10 chance perhaps, but save Chile!; worth spending; not concerned; no involvement of embassy; $10,000,00 available, more if necessary; full-time job–best men we have; game plan; make the economy scream; 48 hours for plan of action.)

https://nsarchive2.gwu.edu//news/20040925/index.htm
https://kontrainfo.com/asi-la-cia-derroco-a-salvador-allende-documentos-secretos/

lunes, 23 de septiembre de 2013

Pinochet intentó derrocar a Allende en 1972


Mario Amorós
Cambio 16
Augusto Pinochet estuvo involucrado en la preparación de un golpe de estado para derrocar al presidente Salvador Allende en 1972, un año antes del bombardeo de La Moneda que puso fin a la experiencia revolucionaria chilena y que le situó al frente de la junta militar. Según revela uno de los más de 16.000 documentos desclasificados por distintos organismos de Estados Unidos el 13 de noviembre, Pinochet consideraba ya entonces que las "únicas alternativas" para Allende eran o su renuncia forzada a la jefatura del Estado o su "eliminación". Hasta ahora se creía que el ex dictador sólo se había unido a las filas de la conspiración a partir de la tarde del 9 de septiembre de 1973, dos días antes de la sublevación militar.
Este documento de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) está fechado el 27 de septiembre de 1972 y asegura que "Pinochet, antes un estricto constitucionalista, admitió renuentemente que ha variado su forma de pensar: que Allende debe ser forzado a abandonar el poder o ser eliminado ('únicas alternativas')".
A continuación señala que a principios de aquel mes Pinochet, entonces jefe del Estado Mayor General del Ejército, viajó a Panamá para negociar la compra de tanques a Estados Unidos. Allí se reunió con oficiales del ejército norteamericano que conocía, dice la CIA, "desde sus días en la Escuela de las Américas y se le dijo que Estados Unidos apoyaría un golpe en contra de Allende 'con todos los medios necesarios' cuando llegara la hora", según publica el periódico electrónico El Mostrador.
La posición de Washington no era nueva porque sólo once días después de la victoria del candidato de la Unidad Popular en las elecciones presidenciales del 4 de septiembre de 1970 el presidente Richard Nixon había autorizado a la CIA a involucrarse en un golpe de estado en Chile. Desde entonces el derrocamiento de Allende se convirtió en una auténtica obsesión para Nixon y para Henry Kissinger, asesor del Consejo de Seguridad Nacional y futuro secretario de Estado.
De aquel viaje a Panamá el propio Pinochet recuerda en su Camino recorrido que "en lo profesional, lo más interesante fueron mis conversaciones con el Comandante de la zona del Canal, General Underwood, de cuatro estrellas, que me recibió en su Cuartel General con honores de Jefe de Estado". Sus anfitriones no escatimaron medios para agasajarle pues "los oficiales norteamericanos y sus esposas del Comando nos ofrecieron una comida de gala, que fue muy placentera para mi esposa y para mí y nos permitió estrechar mayores lazos con estos oficiales y sus esposas".
Sin embargo, en sus memorias el ex dictador elude referirse a un episodio recogido por otro de los documentos de los servicios de inteligencia norteamericanos, que revela, sin que aparezcan más detalles en la versión desclasificada, que en 1972 Pinochet estuvo "involucrado en la preparación de un golpe del general Alfredo Canales". Canales era un militar conocido por "sus notorios contactos derechistas ( El Macho Canales es Padre del general Canales taricco ahora convertido en funcionario de ONU) ", según explicó en sus memorias el general constitucionalista Carlos Prats, comandante en jefe del ejército, quien le llamó a retiro el 21 de septiembre de aquel año. Desde entonces este compañero de armas de Pinochet utilizó los medios de comunicación de la oposición para exponer sus ideas fascistas. Después del golpe de estado la junta militar le nombró su embajador en Líbano, donde en un confuso incidente fue ametrallado en un ascensor quedando paralitico y con mayor odio que antes
Sin embargo, la cobardía mantuvo siempre al ex dictador chileno en una posición ambigua, incluso durante las primeras horas del 11 de septiembre de 1973, ya que, como asegura el entonces embajador norteamericano Nathaniel Davis en su libro Los dos últimos años de Salvador Allende, "parece que fue el último de los actores principales en ocupar su lugar". Davis también recuerda queel 22 de agosto de aquel año, un día antes de ser nombrado comandante en jefe del ejército por Allende tras la dimisión de Prats, Pinochet le había dicho: "Señor Presidente, sepa por favor que yo estoy dispuesto a dar mi vida en defensa del Gobierno constitucional que usted encarna".
La "cambiante actitud de Pinochet", en palabras de los agentes de la CIA, ya había asomado el 24 de marzo de 1972. "Recibo un llamado telefónico desde Santiago del general Augusto Pinochet..., quien me informa del descubrimiento de un complot, presuntamente dirigido por el ex-Mayor Arturo Marshall y en el que aparecerían implicados algunos oficiales del Batallón Blindado 2 y de la Escuela de Paracaidistas", recuerda Prats, asesinado junto a su esposa por la DINA en Buenos Aires el 30 de septiembre de 1974.
Más aún, el 5 de diciembre de 1971 el periódico comunistaPuro Chile tituló "En Chile no habrá golpe de estado, notificó el general Augusto Pinochet a los momiossediciosos de la derecha", según narra Pablo Azócar enPinochet. Epitafio para un tirano. Además, el "enano maldito", un personaje característico de aquel popular diario, proclamaba: "A su orden, mi general Pinochet. Usted lo dijo claramente: ¡En Chile no habrá golpe de estado!".
Aquellos días el General Pinochet se querelló contra eltabloide derechista Tribuna ( el preferido del general canales , y de su hijo "Fito" Canales , el que paseaba por los pasillode la escuela Militar con el bajo el brazo) y en declaraciones a los medios de comunicación afirmó: "He pedido en todos los tonos que los diarios no titulen incitando a la violencia. Les solicito nuevamente que asuman sus serias responsabilidades con un mayor nivel de conciencia pública frente a los problemas que estamos viviendo. ¿Qué quieren? ¿Una guerra civil? Porque golpes de estado no ocurren en Chile". (¡¡¡¡¡¡¡¡¡)
Hasta ahora se creía que Pinochet había mantenido una absoluta lealtad al Gobierno de Salvador Allende hasta la tarde del 9 de septiembre de 1973, cuando Gustavo Leigh, comandante en jefe de la Fuerza Aérea, le visitó en su domicilio y le hizo firmar un mensaje redactado por el vicealmirante José Toribio Merino que anunciaba que "el día H será el 11 y la hora H las 06.00". Antes de firmar Pinochet espetó a Leigh: "Pero, ¿te has dado cuenta que todo esto nos puede costar la vida?", según explica Ignacio González Camus en El día en que murió Allende.
Todavía en las primeras horas de aquel trágico 11 de septiembre de 1973 Allende confió en la lealtad que le había prometido Pinochet. La traición de los militares golpistas segó la vida del presidente de la República y de miles de personas y abocó a su país a una dramática noche de 17 años.
La CIA y el golpe de estado
Un cable de inteligencia enviado por los agentes de la CIA en Chile a Washigton el 8 de septiembre de 1973, desclasificado también el 13 de noviembre, deja en evidencia la posición mantenida por Estados Unidos durante 27 años sobre su supuesto desconocimiento de la conspiración militar contra Allende y su aparente neutralidad en el quiebre de la democracia chilena.
Este documento, recogido por el diario chileno La Tercera,detalló 72 horas antes todos los pasos que siguieron los sublevados el 11 de septiembre de 1973. "De acuerdo con [tachado], la Marina tiene como fecha de inicio del movimiento para derrocar al gobierno de Salvador Allende en Valparaíso a las 8:30 el 10 de septiembre. La Fuerza Aérea (Fach) apoyaría esta iniciativa después que la Armada inicie las acciones de tomar la provincia de Valparaíso, dirigir un ultimátum exigiendo la renuncia de Allende o amenazando con tomarse Santiago".(MilGroup Chile en Valparaiso Ray Davis , cuyo conocimiento le costo la vida a Charles Horman, y que muchos en este periodo acusaron conspiranoia esta relacion)
"Después que la Armada emprenda esta acción contra el Gobierno –prosigue el cable de la CIA- la Fach silenciaría las radios gubernamentales. Al mismo tiempo, planea establecer una cadena nacional usando las estaciones radiales existentes de la oposición tales como las emisoras Balmaceda, Minería y Agricultura". Este informe de la Agencia también confirma que, pese a ser un "opositor" al Gobierno de Allende, Pinochet sólo se sumó al golpe de estado en los días previos.
Era tal el conocimiento de los servicios de inteligencia norteamericanos sobre la conspiración que el 9 de septiembre sus agentes enviaron un nuevo mensaje donde anunciaban que "las acciones de la Armada del día 10 se han pospuesto probablemente para el 11 de septiembre"( En relacion a la llegada de los Barcos de Unitas ,con su barco de Comado USS Jesse L brown y en forma encubierta el Glomar explorer ). La CIA concluía que "Allende enfrenta la más seria amenaza para continuar en su cargo desde que fue electo hace tres años".
http://es.groups.yahoo.com/group/testimonios-chile/message/1281

lunes, 16 de septiembre de 2013

10 documentos claves que implican a Kissinger en el derrocamiento de Allende

Por Verdad Ahora | 15-09-2013 - 20:44 | 

En el marco del aniversario número 40 del golpe de Estado pinochetista, el “National Security Archive” recopiló diez documentos de invaluable importancia para entender el papel de Henry Kissinger en el quiebre de la democracia chilena.

Los registros demuestran que Kissinger, como asesor de Seguridad Nacional y Secretario de Estados Unidos, fue el principal arquitecto de los planes para derrocar al presidente Salvador Allende y consolidar la dictadura de Augusto Pinochet.

Los documentos que se adjuntan a continuación incluyen transcripciones de conversaciones telefónicas que nunca fueron mostradas al comité especial del Senado encabezado por Frank Church a mediados de los setenta, y proveen detalles de los argumentos, decisiones y operaciones que Kissinger emprendió y supervisó desde sus cargos en el gobierno estadounidense.

En la primera conversación telefónica mantenida entre Kissinger y Nixon luego del golpe, el primero reconoce al presidente que Estados Unidos “ayudó” en su ejecución. Cuando Nixon se quejó sobre la “mierda liberal” que la prensa difundía sobre el derrocamiento de Allende, Kissinger le acosejó: “En la época de Eisenhower, habríamos sido héroes”.

Este registro en específica es publicado por primera vez en la nueva edición del libro de Peter Kornbluh, encargado del Departamento Chile del National Security Archive, “The Pinochet File: A Declassified Dossier on Atrocity and Accountability”, (The New Press, 2013).

Otras revelaciones presentes en los documentos que se adjuntan:

-El 12 de septiembre de 1970, sólo después de la elección de Allende, Kissinger inició una discusión telefónica con el director de la CIA, Richard Helms, sobre la realización de un golpe preventivo en Chile. "No dejaremos que Chile se vaya por el desagüe”, declaró. “Estoy contigo”, respondió Helms. Su conversación tomó lugar tres días antes de que el presidente Nixon, en una reunión de 15 minutos, ordenó a la CIA “hacer chillar la economía (chilena)”, nombrando a Kissinger como supervisor de las acciones encubiertas para impedir que Allende asumiera la presidencia. Ya que este registro no fue conocido por el Comité Church, el reporte del Senado asegura que los esfuerzos de desestabilización comenzaron recién el 15 de septiembre.

-Kissinger ignoró una recomendación de un alto representante del Consejo de Seguridad Nacional (NSC), Viron Vaky, quien se mostró en contra de socavar a Allende con acciones encubiertas. El 14 de septiembre, Vaky escribió un memorándum a Kissinger argumentando que el complot de un golpe llevaría a una “violencia generalizada e incluso insurrección”. También señaló que semejante política era inmoral. “Lo que proponemos es una violación de nuestros propios principios… ¿Es Allende una amenaza mortal para Estados Unidos? Es difícil argumentar esto”.

-Despues de las acciones encubiertas estadounidenses, que llevaron al asesinato del comandante en Jefe del Ejército, general René Schneider, fracasaran en su afán de detener el nombramiento de Allende el 4 de noviembre de 1970, Kissinger presionó al presidente Nixon para rechazar una recomendación del Departamento de Estado para que Estados Unidos buscara una reconciliación con Allende.

En un documento secreto de ocho páginas que provee el razonamiento más claro de Kissinger sobre un cambio de régimen en Chile, éste enfatiza a Nixon que “la elección de Allende como presidente de Chile representa para nosotros uno de los desafíos más serios enfrentados jamás en este hemisferio”. No sólo existían mil millones de dólares de inversiones estadounidenses en juego, aseguró Kissinger, sino que un peligroso efecto de su elección democrática para otras naciones.

No había forma de que Estados Unidos negara la legitimidad de Allende, indicó Kissinger, y si éste tenía éxito en redistribuir los recursos de Chile por la vía del socialismo, otros países podrían seguirle. “El ejemplo de un gobierno marxista exitosamente elegido en Chile seguramente tendrá un impacto sobre – e incluso un valor precedente para – otras partes del mundo, especialmente Italia; la difusión imitativa de un fenómeno similar en otros lugares podría afectar significativamente el equilibrio del mundo y nuestra misma posición en él”.

Al día siguiente, Nixon dejó en claro a todo el Consejo de Seguridad Nacional que su política sería derribar a Allende. “Nuestra principal preocupación”, dijo, “es la posibilidad de que él pueda consolidarse”.

-Días después del golpe, Kissinger ignoró la preocupación de altos funcionarios del Departamento de Estado sobre la masiva represión ejercida por el nuevo régimen militar. Kissinger ordenó que el embajador manifestara a Pinochet sus deseos de “cooperar estrechamente y establecer una base firme para la relación más constructiva y cordial”. Cuando el subsecretario de Estado para asuntos inter-americanos le preguntó qué decir al Congreso sobre los reportes de cientos de personas asesinadas luego del golpe, Kissinger emitió las siguientes instrucciones: “Creo que debemos entender nuestra política de que por muy desagradable que actúen, este gobierno es mejor de lo que Allende hubiera sido para nosotros”. Estados Unidos ayudó al régimen de Pinochet a consolidarse a través de la asistencia económica y militar, apoyo diplomático y colaboración de la CIA en la creación de la infame policía secreta, DINA.

-En los albores de la represión pinochetista de 1975, el secretario Kissinger se reunió con el ministro chileno de Relaciones Exteriores, el almirante Patricio Carvajal. En vez de aprovechar la oportunidad para presionar al régimen de mejorar sus antecedentes sobre derechos humanos, Kissinger abrió la reunión menospreciando a su propio personal por poner el tema en la agenda.

-Cuando Kissinger se preparaba para reunirse con el general Augusto Pinochet en junio de 1976 en Santiago, su alto representante para América Latina, William D. Rogers, le aconsejó presionar al dictador para “mejorar las prácticas sobre derechos humanos” y convertirlo en un tema central de las relaciones chileno-estadounidenses. En su lugar, una transcripción desclasificada de la conversación revela que Kissinger le dijo a Pinochet que su régimen estaba siendo víctima de una “propaganda de izquierda” sobre los derechos humanos. “En Estados Unidos, como ya sabes, somos simpatizantes de lo que estás tratando de hacer aquí”, aseguró a Pinochet. “Queremos ayudar, no socavarte. Hiciste un gran servicio a Occidente al derrocar a Allende”.

Los documentos

DOCUMENTO 1: Conversación telefónica Helms – Kissinger, 12 de septiembre de 1970, 12:00 horas.

DOCUMENTO 2: Viron Vaky a Kissinger “Chile – Reunión del Comité 40”, lunes, 14 de septiembre de 1970.

DOCUMENTO 3: Notas manuscritas, Richard Helms, “Reuniéndose con el presidente”, 15 de septiembre de 1970.

DOCUMENTO 4: Casa Blanca, Kissinger, Memorándum para el Presidente, “Asunto. Reunión del NSC, 6 de Noviembre-Chile”, 5 de noviembre de 1970.

DOCUMENTO 5: Kissinger, Memorándum para el Presidente, “Programa de Acción Encubierta – Chile”, 25 de noviembre de 1970.

DOCUMENTO 6: Consejo de Seguridad Nacional, Memorándum, Jeanne W. Davis a Kissinger, “Minutas de la Reunión WSAG del 12 de septiembre de 2973”, 13 de septiembre de 1973.

DOCUMENTO 7: Conversación telefónica Kissinger – Nixon, 16 de septiembre de 1973, 11:50 horas.

DOCUMENTO 8: Departamento de Estado, Memorándum, “Reunión del Gabinete del Secretario, 1 de octubre de 1973: Resumen de decisiones”, 4 de octubre de 1973 (extracto).

DOCUMENTO 9: Departamento de Estado, Memorándum de Conversación, “Reunión del Secretario con el Ministro de Relaciones Exteriores Carvajal”, 29 de septiembre de 1975.

DOCUMENTO 10: Departamento de Estado, Memorándum de Conversación, “Relaciones Estados Unidos – Chile” (Kissinger – Pinochet), 8 de junio de 1976.

http://verdadahora.cl/10_documentos_claves_que_implican_a_kissinger_en_el_derrocamiento_de_allende.html

domingo, 15 de septiembre de 2013

Chile en el exterior: Hace 40 años se instalaba en Chile la atroz dictadura de Augusto Pinochet

Los más destacados medios de información internacional cubrieron durante toda la semana en primera plana, el  40 Aniversario del momento más dramático de su historia reciente, es así como entregaron su visión sobre el golpe de Estado y el ataque a La Moneda el 11 de septiembre de 1973.
Este hecho supuso, según ellos,  la muerte de su primer presidente socialista y la instauración de 17 años de una atroz dictadura que marcó de manera definitiva al país.
La idea de que Salvador Allende no gobernara Chile se gestó en los escasos días entre su victoria con la Unidad Popular (UP), el 4 de septiembre de 1970, y el 24 de octubre de ese año, cuando el Congreso, que tuvo que definir la elección por la escasa ventaja que le dieron los votos, decidió que fuera el presidente por los siguientes seis años.
La derecha chilena y el gobierno de Estados Unidos, en plena Guerra Fría, con alguna participación de la Democracia Cristiana, dedicaron en esos tres años esfuerzos y recursos en planes y acciones desestabilizadores que socavaron la política, la sociedad y la economía del país, al margen de los errores de gestión cometidos por el gobierno de la UP.
Allende y su gobierno realizó obras de carácter nacional indispensable en un país pobre, como la Nacionalización del Cobre aprobada por amplia mayoría el parlamento chileno, además de implementar un programa inmediato de las 40 medidas más urgente, que tuvieron un apoyo mayoritario en la población, lo que obligó a la derecha chilena financiada por EEUU, a implementar un programa para desestabilizar a Allende, escondiendo y eliminando los productos alimenticios de primera necesidad, saboteando la producción nacional, desarrollando atentados dinamiteros a las torres de alta tensión, explotando las redes de suministro de agua, gas y petróleo, para culminar con el paro nacional de camioneros, a lo que sumarían otras fuerzas, conocido como el “Gran paro de los patrones”.
Es así como crearon las condiciones para propiciar la participación de las fuerzas armadas que hasta ese momento se mantenían como una institución no deliberante, apolítica, profesional y de firme respaldo a la Constitución y a los gobiernos elegidos democráticamente por sus ciudadanos, hecho que permitía que Chile fuera visto a nivel internacional como un país democrático con un Estado respetado como un ejemplo en América Latina y el mundo.
Es así como encabezados por generales como Pinochet y Mendoza, que horas antes le habían reiterado a Allende su apego irrestricto a la constitución y lealtad al gobierno legalmente constituido, se ponen a la cabeza del más cruento y atroz  golpe que impactó a la comunidad internacional, que veían en el Gobierno de Chile un ejemplo inédito, que tenía el interés principalmente en Francia e Italia y otros países, porque consideraban mediante una vía constitucional, se podía efectuar cambios estructurales en sus países,  provocando el inmediato aislamiento internacional y el repudio de todas las fuerzas democráticas del mundo como nunca se había visto.
Ese 11 de septiembre comenzó bien temprano la actividad: Allende y sus asesores en La Moneda, los chilenos en sus fuentes laborales y la Armada en el puerto de Valparaíso, desde donde irradió la acción militar para derrocar al mandatario.
“Qué será del pobre Pinochet”, se preguntaba preocupado el presidente, cuando aún no sabía que al levantamiento se habían sumado los Carabineros, la Fuerza Aérea y el Ejército, al frente del cual Allende había puesto pocos días antes al general, quien tras jurarle lealtad terminó siendo uno de sus principales traidores y verdugos de los chilenos y extranjeros que se encontraban en Chile en esa época.
El líder socialista, acompañado por sus principales asesores y amigos, ordenó evacuar la sede del gobierno y esperó a los sediciosos en La Moneda, con casco militar y fusil.
Después de horas de ataques con tanques y ametralladoras al palacio gubernamental, los sublevados exigieron la renuncia de Allende con el compromiso de enviarlo junto a su familia al exterior.
“Pero qué se han creído. ¡Traidores de mierda!”, les contestó Allende, lo que desencadenó el ataque final hacia el mediodía con el fuego aéreo de unos Hawker Hunter.
“Tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano; será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”, había proclamado el presidente a los chilenos momentos antes, a sabiendas de que resistiría hasta morir el golpe cívico militar.
Tras dos horas de bombardeos, Allende ordenó la salida de sus asesores y, en su oficina, se disparó en el mentón con su fusil.
“Misión cumplida. Presidente muerto”, fue la comunicación que envío a sus superiores el general Javier Palacios, a cargo del ataque, cuando al entrar a La Moneda encontró al jefe del Estado.
El golpe echó a perder la ilusión del socialismo chileno de una “revolución” que se identificaba como inédita, sin violencia, en medio de las entonces volátiles democracias de América latina, y, al mismo tiempo inauguró una de las dictaduras más atroces de la región.
Pinochet fue, además, uno de los autores intelectuales e impulsores del Plan Cóndor, el esquema de colaboración represiva del que tomaron parte las dictaduras en la región para perseguir y asesinar a militantes políticos.
El régimen, liderado por Pinochet, dejó al menos 38.000 víctimas que sufrieron en carne propia tortura, secuestro, despojo o muerte.
La represión pinochetista, que llegó a nutrirse de policía e inteligencia propias, entre ellas la célebre Dirección de Inteligencia Nacional (Dina), ex Gestapo de Pinochet como se le conocía en el exterior,  se practicó incluso con el uso de armas químicas, como gas sarín y toxinas botulínicas, según una reciente revelación de funcionarios de entonces, y hasta con atentados terroristas en Washington, Buenos Aires y Roma para terminar con opositores que habían logrado exiliarse.
El plan de exterminio interno fue sistemático y planificado, tal como evidencian los entrenamientos de miles de represores desde 1974 en el campo de concentración de Tejas Verdes, en el puerto de San Antonio, bajo el mando del capitán Manuel Contreras, el primer jefe de la Dina.
Pero la profundidad de la represión, que incluyó el exilio de miles de personas y allanamientos masivos en los barrios pobres e industrias y lugares de trabajo, sólo fue posible porque existieron amplios sectores civiles que respaldaron las acciones y que incluso fueron educados en esas lógicas.
Los propios archivos secretos del régimen revelan que cientos de funcionarios de ministerios políticos o sociales asistieron a cursos sobre guerra psicológica, poder naval o guerra nuclear en la Academia para las Américas de USA, donde más de 2.000 oficiales chilenos se preparaban para actuar.
Esta complicidad civil, en algunos casos, y la pasividad de líderes y sociedad en general, es la que encuentra aún hoy, en el 40mo. aniversario del golpe, divididos a los chilenos, que en lo fundamental exigen saber el paraderos de sus familiares desaparecidos y asesinados, verdad sobre aquellos ilícitos y justicia para un pueblo que creyó posible avanzar con cambios dirigidos a resolver sus más apremiantes necesidades. Creen que la reconciliación es posible con actitudes claras de verdad y justicia y el Estado muestre que no es posible que los que hasta ahora han sido condenados por crímenes de lesa humanidad, perduren con la condición de Generales y recluidos en lugares de enorme lujo.
Chile que tuvo la más grande de la solidaridad internacional que se conoce, a 40 años de aquello, le queda camino que recorrer para que los chilenos se reencuentren definitivamente.
Extraído de las  Agencias de Información Internacional.

http://www.claves.cl/2013/09/15/chile-en-el-exterior-hace-40-anos-se-instalaba-en-chile-la-atroz-dictadura-de-augusto-pinochet/

sábado, 14 de septiembre de 2013

Las grandes alamedas

Por José Pablo Feinmann
Ni que se haya convertido en la fecha de la caída de las Torres Gemelas evitará que –para nosotros, para los hombres y mujeres de América latina– el 11 de septiembre sea la fecha del golpe de Estado más detestable de los tantos que padecimos. Se trataba de un gobierno elegido democráticamente. Se trataba de un país con un ejército que –a diferencia de los de nuestro continente– había sido guardián del orden constitucional. Se trataba de un presidente que era un hombre noble, con ideas e ideales, un hombre honesto y un hombre valiente. Había tenido un gran apoyo de las masas obreras. Y una queja constante, un repudio sin tregua, del MIR, el principal grupo armado de Chile. Finalmente, todos los sectores de la sociedad –menos los obreros– se unificaron para voltearlo: el ejército, los medios de comunicación, los gremios, las clases altas, las clases medias y –con un empeño criminal, furibundo– los Estados Unidos de Nixon y Kissinger. Las clases medias inauguraron la modalidad de salir a la calle con cacerolas y atronar el país pidiendo la renuncia de Allende.
Allende fue el más original, el más creativo de los líderes socialistas del siglo XX. Descreyó de la célebre dictadura del proletariado y eligió el camino democrático, pacífico al socialismo. Si ese camino fracasó, no menos fracasaron los otros. Con una enorme diferencia. Allende no dejó decenas o decenas de miles o millones de cadáveres tras de sí. Ni presos políticos tuvo. Confiaba en solucionar la antinomia entre socialismo y democracia, que el mandato de la dictadura del proletariado (que viene de las páginas de Marx y que éste asume como su mayor aporte a la teoría política) obliteraba. La derecha –beneficiada por los errores y por las muertes de los socialismos triunfantes y luego derrotados– no tiene rédito alguno para sacar de la experiencia de la Unidad Popular. Salvo que digan que nacionalizar el cobre equivale a fusilar enemigos políticos, o peor aún.
En su último mensaje, don Salvador Allende dijo a su pueblo y a todos los pueblos de América: ¡Trabajadores de mi Patria!: Tengo fe en Chile y en su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán de nuevo las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!
La historia es nuestra y la hacen los pueblos.
Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que por lo menos será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.
El criminal de guerra Richard Nixon y su secretario de Estado, Henry Kissinger, peor criminal de guerra aún, odiaban a Allende con una pasión enfermiza. En octubre de 1970, Nixon dijo sobre él palabras injuriosas: “That son of a bitch, that bastard…”
Pero esa imagen de este hombre sereno –aunque capaz de encarnar la fuerza de un tornado–, que lo único que nos dejó, como pertenencia, fue el pedazo ensangrentado de uno de los vidrios de sus anteojos, este hombre maduro, con canas, que sale de La Moneda con casco de guerra y metralleta, para morir peleando, tal vez insensatamente, pero como él lo sentía, es, para mí, el símbolo más puro de la rebeldía, porque trató de cambiar el mundo por los caminos de la democracia y de la paz, y porque no pudo, porque los asesinos del poder internacional no lo dejaron, agarró una metralleta, se puso un casco de guerra y decidió (como esos bravos, legendarios marinos con sus barcos) hundirse con su causa. ¡Ah, don Salvador Allende, ojalá hubiera yo tenido alguna vez en mi patria un líder como usted! Simple, duro, pero sensible, amigo y compañero de la gente de su pueblo, sin sinuosidades, con una sola palabra, la misma de siempre, la que marcó la coherencia de sus días y, por si fuera poco, con ese coraje, don Salvador, que le hizo decir: De aquí no me voy, que sigan otros, no van a faltar, y van a llevarme en sus corazones como a un hombre puro, como a un guerrero y como a un demócrata que les va a henchir el pecho de orgullo y de exigencias perentorias. Porque, de ahora en más, todo chileno que sepa que tiene detrás la figura de Salvador Allende, sabe que no se viene a la vida a jugar, a gozar de las liviandades y las tentaciones, sino a meterle el alma y el cuerpo a las causas duras, las de la injusticia, las del hambre, las de la tortura y la muerte. Es mi legado.
Lo es. Tenía la cara de un hombre bueno. Vestía de civil. No andaba ostentando armas ni uniformes bélicos. Se metía entre los obreros. Hablaba en sus asambleas. Les pidió, al final, que se cuidaran. Que no se dejaran sacrificar fácilmente por los carniceros que se cernían sobre Chile. Cuando Castro lo visitó le dijo que tenía que recurrir a la violencia si quería sostenerse. Allende no lo hizo. De la violencia se ocupaban los guerrilleros del MIR que, desde luego, lo acusaban de burgués conciliador. ¿Por qué se habrán preocupado tanto los de la CIA y Nixon y Kissinger por un burgués conciliador? ¿Por qué el ejército habrá bombardeado La Moneda? ¿Por qué el diario El Mercurio (al que Nixon le dio dos millones de dólares para desestabilizar su gobierno) lo atacó sin piedad ni vergüenza? ¿Por qué las conchetas chilenas, que son terribles, salieron con sus cacerolas para injuriarlo? ¿Sólo porque era un burgués conciliador? Los del MIR fueron funcionales a los golpistas que, salvo los que se fugaron, murieron todos, en el Estadio Nacional o en las más siniestras mazmorras, tan cruelmente como los líderes de la Unidad Popular. No, Allende no era un burgués conciliador. Era un socialista temible. Porque había elegido la democracia (el arma ideológica que la derecha cree suya) para ir hacia el socialismo. Pero, luego, hizo algo peor. Murió con su causa. Dejó, para el socialismo, un ejemplo moral incuestionable. Y murió sin perder sus esperanzas. El hombre libre volverá. Las altas alamedas lo esperan. Bajo ellas se fue Allende de este mundo.
Sobre el Autor: José Pablo Feinmann es filósofo, docente, escritor, ensayista, guionista y conductor de radio y televisión argentino.

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jueves, 12 de septiembre de 2013

Hace 40 años se instalaba en Chile la atroz dictadura de Augusto Pinochet




TELAM -La idea de que Salvador Allende no gobernara Chile se gestó en los escasos días entre su victoria con la Unidad Popular (UP), el 4 de septiembre de 1970, y el 24 de octubre de ese año, cuando el Congreso, que tuvo que definir la elección por la escasa ventaja que le dieron los votos, decidió que fuera el presidente por los siguientes seis años.

La derecha chilena, que nunca digirió la derrota ni a la izquierda en el poder, y el gobierno de Estados Unidos, en plena Guerra Fría, con alguna participación de la Democracia Cristiana, dedicaron en esos tres años esfuerzos y recursos en planes y acciones desestabilizadores que socavaron la política, la sociedad y la economía del país, al margen de los errores de gestión cometidos por el gobierno de la UP

Cada bando comenzó bien temprano la actividad ese 11 de septiembre: Allende y sus asesores en La Moneda, y la Armada en el puerto de Valparaíso, desde donde irradió la acción militar para derrocar al mandatario.

“Qué será del pobre (Augusto) Pinochet”, se preguntaba preocupado el presidente, cuando aún no sabía que al levantamiento se habían sumado los Carabineros, la Fuerza Aérea y el Ejército, al frente del cual Allende había puesto pocos días antes al general, quien tras jurarle lealtad terminó siendo uno de sus principales verdugos.

El líder socialista, acompañado por sus principales asesores y amigos, ordenó evacuar la sede del gobierno y esperó a los sediciosos en La Moneda, con casco militar y fusil.

Después de horas de ataques con tanques y ametralladoras al palacio gubernamental, los sublevados exigieron la renuncia de Allende con el compromiso de enviarlo junto a su familia al exterior.





“Pero qué se han creído. ¡Traidores de mierda!”, les contestó, lo que desencadenó el ataque final hacia el mediodía con el fuego aéreo de unos Hawker Hunter.

“Tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano; será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”, había proclamado el presidente a los chilenos momentos antes, a sabiendas de que resistiría hasta morir el golpe cívico militar.

Tras dos horas de bombardeos, Allende ordenó la salida de sus asesores y, en su oficina, se disparó en el mentón con su fusil.

“Misión cumplida. Presidente muerto”, fue la comunicación que envío a sus superiores el general Javier Palacios, a cargo del ataque, cuando al entrar a La Moneda encontró al jefe del Estado.

El golpe echó a perder la ilusión del socialismo chileno de una “revolución” que se identificaba como inédita, sin violencia, en medio de las entonces volátiles democracias de América latina, y, al mismo tiempo inauguró una de las dictaduras más atroces de la región.

Pinochet fue, además, uno de los autores intelecuales e impulsores del Plan Cóndor, el esquema de colaboración represiva del que tomaron parte las dictaduras en la región para perseguir y asesinar a militantes políticos.



El régimen, liderado por Pinochet, dejó al menos 38.000 víctimas que sufrieron en carne propia tortura, secuestro, despojo o muerte.

La represión pinochetista, que llegó a nutrirse de policía e inteligencia propias, entre ellas la célebre Dirección de Inteligencia Nacional (Dina), se practicó incluso con el uso de armas químicas, como gas sarín y toxinas botulínicas, según una reciente revelación de funcionarios de entonces, y hasta con atentados terroristas en Washington, Buenos Aires y Roma para terminar con opositores que habían logrado exiliarse.

El plan de exterminio interno fue sistemático y planificado, tal como evidencian los entrenamientos de miles de represores desde 1974 en el campo de concentración de Tejas Verdes, en el puerto de San Antonio, bajo el mando del capitán Manuel Contreras, el primer jefe de la Dina.

Pero la profundidad de la represión, que incluyó el exilio de miles de personas y allanamientos masivos en los barrios pobres, sólo fue posible porque existieron amplios sectores civiles que respaldaron las acciones y que incluso fueron educados en esas lógicas.

Los propios archivos secretos del régimen revelan que cientos de funcionarios de ministerios políticos o sociales asistieron a cursos sobre guerra psicológica, poder naval o guerra nuclear en la Academia Nacional de Estudios Políticos Estratégicos.

Esta complicidad civil, en algunos casos, y la pasividad de líderes y sociedad en general, es la que encuentra aún hoy, en el 40mo. aniversario del golpe, divididos a los chilenos.


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El derrocamiento de Allende, contado por Washington


Publicado el 9/09/13 


HERNANDO CALVO OSPINA – Desde 1961, apenas posesionado, el presidente John F. Kennedy nombró un comité encargado de las elecciones que se desarrollarían en Chile tres años después. Según la investigación de la Comisión Church del Senado estadounidense[1], estuvo compuesto de altos responsable del Departamento de Estado, la Casa Blanca y la CIA. Este Comité fue reproducido en la embajada estadounidense en Santiago, capital chilena. El objetivo era impedir que el candidato socialista, Salvador Allende, ganara los comicios [2].

Allende era un marxista convencido de que por la vía pacífica se podía llegar al gobierno, y, desde ahí, darle un vuelco a las estructuras del Estado en beneficio de las mayorías empobrecidas. Expresaba que para lograr tal objetivo se debía nacionalizar las grandes industrias, priorizando las que estaban en manos estadounidenses, al ser éstas las que explotaban los recursos estratégicos. Estos, y otros ideales sociales, lo convirtieron en un indeseable para Washington: podría servir de ejemplo para los pueblos de otras naciones latinoamericanas.

Para hacerle oposición, varios millones de dólares fueron distribuidos entre los partidos políticos de centro y de la derecha para que realizaran su propaganda. Al momento de elegir el candidato a la presidencia, Washington decidió apoyar a Eduardo Frei, del partido Demócrata Cristiano, un personaje que impuso a sus otros financiados.

En total, la operación costó unos veinte millones de dólares, una suma inmensa para la época, al punto de sólo poderse comparar con lo gastado en las elecciones presidenciales estadounidenses. Es que Washington no tanto invirtió en el candidato Frey, sino que realizó toda una campaña de propaganda anticomunista a largo plazo.

La Comisión del Senado dijo: “Se explotaron todos los medios posibles: prensa, radio, películas, volantes, folletos, correos, banderolas, pinturas murales.” La Comisión reconoció que la CIA realizó, por intermedio de sus partidos comprados y varias organizaciones sociales, una “campaña alarmista” donde el objetivo principal fueron las mujeres, a las cuales se les aseguraba que los soviéticos y los cubanos llegarían para arrebatarle a sus hijos si ganaba Allende. Afiches distribuidos masivamente mostraban a niños llevando en la frente un tatuaje con la hoz y el martillo. La tradición religiosa también fue manipulada al máximo para que se temiera al “comunismo ateo e impío.”

La operación psicológica funcionó por encima de las expectativas: Frei logró el 56% de votos, mientras que Allende el 39%. La CIA, según la Comisión del Senado, aseguró que “la campaña de inculcar miedo anticomunista había sido la más eficaz de todas las actividades adelantadas.”

Fue una operación psicológica, con carácter de guerra, cuya base eran los planes aplicados en Guatemala que terminaron derrocando al presidente Jacobo Arbenz, en junio de 1954 [3]. Una operación que en Chile no se desmanteló con el triunfo de Frei, porque, a pesar de todo, la cantidad de votos logrados por Allende fue alta. Y el vencido tenía todas las intenciones de presentarse a las futuras elecciones.

En sus Memorias William “Bill” Colby, jefe de la CIA entre 1973 y1976, cuenta que durante las elecciones presidenciales de 1970, “la CIA debió dirigir todos los esfuerzos contra el marxista Allende. Ella se encargó de organizar una vasta campaña de propaganda contra su candidatura.” [4] La operación se llamó “Segunda Vía”. Todo por orden directa del presidente Richard Nixon.

Henry Kissinger, el consejero para la Seguridad Nacional del presidente, expresaría durante una reunión del Consejo de Seguridad sobre Chile, el 27 de junio de 1970: “Yo no veo por qué debemos quedarnos indiferentes, mientras un país cae en el comunismo por culpa de la irresponsabilidad de su pueblo.” [5] O sea, la soberana decisión de los ciudadanos no podía ser válida si no estaba en concordancia con los intereses estadounidenses. Durante esta reunión se decidió sumar trescientos mil dólares a la operación de propaganda que ya se adelantaba.

Según la Comisión Church del senado, Richard Helms, jefe de la CIA desde 1966, envió a dos oficiales de la CIA, a los que conocía desde los primeros preparativos de invasión a Cuba, como responsables; ambos especialistas de la guerra psicológica y la desinformación; con importante participación en el golpe de Estado en Guatemala, y acababan de desembarcar de la guerra en Indochina: David Atlee Phillips y David Sánchez Morales. La Comisión del Senado dijo que una de las consignas que englobaba la campaña era: “La victoria de Allende significa la violencia y la represión estalinista.”

Pero el 4 de septiembre de 1970 Allende ganó las elecciones. Escribe Colby que “Nixon entró en cólera. Él estaba convencido de que la victoria de Allende haría pasar a Chile al campo de la revolución castrista y anti-americana, y que el resto de América Latina no tardaría en seguirle los pasos.” Prosigue el ex patrón de la CIA: Nixon convocó a Helms “y le impuso muy claramente la responsabilidad de evitar que Allende asumiera sus funciones.” En la misma reunión Nixon encargó a Kissinger darle un seguimiento estricto al complot.

Es que quedaba una posibilidad para evitar que Allende asumiera la presidencia: había triunfado pero con una mayoría relativa, debido a que las fuerzas de izquierda se habían dividido, carcomidas por la campaña mediática y/o el dinero que la CIA logró inyectar a ciertos grupos. Por tanto el Congreso chileno se debía reunir el 24 de octubre para decidir entre Allende y Jorge Alessandri, candidato del partido conservador y quien obtuviera la segunda votación. El plan de Washington era, entonces, comprar el voto de congresistas para que no confirmaran el triunfo del socialista. Helms envió a un “grupo de trabajo” que mantuvo una “actividad frenética” durante seis semanas”, según relata Colby. Esto tampoco funcionó y Allende sería declarado ganador de las elecciones.

Los operarios especiales de la CIA tomaron contacto con responsables políticos y militares para seleccionar aquellos que podrían estar listos para actuar contra Allende, “y determinar con ellos la ayuda financiera, las armas y el material que fuera necesario para barrerlo de la ruta hacia la presidencia”, según Colby.

La mayor esperanza se centró en las Fuerzas Armadas, pero todo dependía de su comandante, el general René Schneider. El problema que encontró la CIA es que este militar había expresado claramente que su institución respetaría la Constitución. Y Colby, en sus Memorias, reconoce con una naturalidad espeluznante: “Entonces era un hombre a matar. Se organiza contra él una tentativa de secuestro que termina mal: fue herido al oponer resistencia y muere poco después debido a las heridas.”

Según la Comisión Church el 22 de octubre, muy temprano en la mañana, la CIA entregó a conspiradores chilenos metralletas y municiones “esterilizadas”, denominadas así porque en caso de investigación no es posible determinar su origen. Horas después se produjo el atentado. Tres días después moriría Schneider, “el hombre a matar”. Inmediatamente el presidente Nixon envió un cínico mensaje a su homólogo chileno: “Yo quisiera hacerle parte de mi dolor ante este repugnante acto.” El sucesor de Schneider sería un tal general Pinochet.

El 3 de noviembre de 1970 Allende se posesionó como presidente: Nixon no le envió el regular mensaje de felicitación que exige el protocolo diplomático, ni el embajador estadounidense asistió a la investidura.

Ahora correspondía preparar la desestabilización del nuevo gobierno, lo cual se encargaría a la Dirección del Hemisferio Occidental de la Agencia. Una dependencia que desde 1972 tuvo como director a un oficial con gran experiencia en operaciones clandestinas: Ted Shackley. Y éste nombró a su hombre-sombra, Tom Clines, para que se concentrara en el “caso Allende”, teniendo bajo su responsabilidad a los viejos colegas Sánchez Morales y Atlee Phillips.

En marzo del siguiente año Bill Colby vuelve a ser el superior de Shackley y Clines como subdirector de Operaciones Especiales. Este trío regresaba de estar al frente de la guerra sucia en Indochina, muy particularmente en Vietnam.

Desde 1972 este equipo de la CIA, en Washington y Chile, fue desarrollando la operación más perfeccionada de desinformación y sabotaje económico que hasta ese momento se conociera en el mundo. Colby confesó que fue una “experiencia de laboratorio que demostró la eficacia de la inversión financiera para desacreditar y derrocar a un gobierno.” [6]

No fue todo. Según la Comisión del Senado estadounidense, la estación de la CIA en Santiago se dedicó a recoger toda la información necesaria para un eventual golpe de Estado. “Listas de personas a detener; infraestructuras y personal civil que debían ser protegidos con prioridad; instalaciones gubernamentales a ocupar; planes de urgencia previstos por el gobierno si se diera un levantamiento militar.” [7]

Según el ex funcionario del Departamento de Estado, William Blum, esta información sensible de Estado fue obtenida a partir de la “compra” de altos funcionarios y de dirigentes políticos de la coalición partidaria de Allende, La Unidad Popular [8] . Mientras que en Washington los empleados de la embajada chilena se quejaban de la desaparición de documentos, no sólo de la sede diplomática sino de sus propios domicilios. Sus comunicaciones fueron sometidas a escucha. Un trabajo realizado por el mismo equipo que muy poco después se involucraría en el Watergate. [9]

La acción contra Allende necesitó de una campaña internacional de difamación e intrigas. Buena parte de ella fue encargada a un inexperto en política exterior y casi desconocido político, aunque viejo conocido del presidente Nixon y de los hombres que adelantaban la operación: George H.W. Bush. Esa tarea la realizó como embajador en la ONU, función que ocupaba desde febrero de 1971. Cuando fue nombrado para el cargo nadie quiso recordar que pocos meses antes había logrado, como representante a la Cámara de Texas, que se restableciera en ese Estado la pena de muerte para los “homosexuales reincidentes”.

El 11 de septiembre de 1973 se da el sangriento golpe de Estado contra el gobierno de Allende, encabezado por el general Augusto Pinochet, y se desata una terrible represión. Aunque Shackley había dejado su cargo poco antes de aquel fatídico día, fue la figura clave en el operativo. Su biógrafo afirma: “Salvador Allende murió durante el golpe. Cuando el humo se disipó, el General Augusto Pinochet, dirigente de la Junta Militar, estaba en el poder dictatorial, debido en parte al arduo trabajo de Shackley [...]” [10]

Casi un mes después, el 16 de octubre, Henry Kissinger recibiría el Premio Nobel de la Paz… Al año siguiente del golpe, mientras la dictadura seguía ensangrentando a la nación, el presidente Gerald Ford declaraba que los estadounidenses habían actuado “por los mejores intereses de los chilenos y, obviamente, para los de Estados Unidos.” [11]

Mientras que en 1980 el ex presidente Nixon escribiría: “Los detractores se preocupan únicamente por la represión política en Chile, e ignoran las libertades fruto de una economía libre […] Más que reclamar la perfección inmediata en Chile, deberíamos apoyar los progresos realizados.” [12]

(* Con algunos pocos cambios, este es un capitulo tomado del libro “El Equipo de Choque de la CIA”. El Viejo Topo, Barcelona, 2010.)

Notas:

1- Comisión especial presidida por el senador Frank Church: “Alleged Assassination Plots Involving foreign Leaders.” November, 1975. U.S. Government printing office 61-985, Washington, 1975.

2- Cover Action in Chile, 1963-1973. The Select Committe to Study Governmental Operations with Respect to Intelligence Activities, US Senate. Washington, 18 décembre 1975.

3- El presidente estadounidense Dwight David Eisenhower autorizó a la CIA el derrocamiento de Arbenz, aplicando un plan integral, inédito hasta ese momento en el continente, que contenía acciones de guerra sicológica, mercenaria y paramilitar, cuyo nombre en clave fue PBSUCCESS. Ver: Cullather, Nick. “Secret History: the CIA Classified Accounts of its Operations in Guatemala, 1952-1954″. Stanford University. 1999.

4- Colby, William. “30 ans de C.I.A.” Presses de la Renaissance. París, 1978.

5- Newsweek. Washington, 23 septembre 1974.

6- New York Times. 8 septembre 1974.

7- Cover Action in Chile, 1963-1973. Ob. Cit.

8- Blum, William. “Les guerres scélérates”. Parangon, París 2004.

9- Watergate se llamaba el edificio donde ese encontraban las oficinas del Partido Demócrata. Ilegalmente, en 1972 el presidente Nixon ordenó que fueran puestas bajo escucha. Ante las pruebas y el escándalo el presidente debió renunciar en agosto de 1974. Ver: Marchetti, Victor y Marks, John. “La CIA et le culte du renseignement”. Ed. Robert Laffont. París, 1975.

10- Corn, David. Blond Ghost, “Ted Shackley and the CIA’s Crusades”. Simon & Schuster. New York, 1994.

11- New York Times. 17 septembre 1974.

12- Nixon, Richard. “La vraie guerre”. Albin Michel. París, 1980.


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lunes, 9 de septiembre de 2013

Documentos desclasificados: Cómo Jorge Alessandri buscó apoyo clandestino de EE.UU. en 1970

Documentos estadounidenses recientemente desclasificados sugieren que el candidato presidencial de la derecha, Jorge Alessandri, solicitó en 1970 que Anaconda Copper presionara al gobierno de Estados Unidos para que le proporcionara apoyo financiero para derrotar a Salvador Allende y Radomiro Tomic.
Documentos estadounidenses recientemente desclasificados sugieren que el candidato presidencial de la derecha, Jorge Alessandri, solicitó en 1970 que Anaconda Copper presionara al gobierno de Estados Unidos para que le proporcionara apoyo financiero para derrotar a Salvador Allende y Radomiro Tomic. Anaconda era entonces dueña de los principales yacimientos cupríferos, como Chuquicamata. Su inversión peligraba si ganaban los otros dos candidatos ya que ambos proponían nacionalizar el cobre, tal como finalmente sucedió.
Los documentos develan un capítulo hasta ahora desconocido en la historia encubierta de la más reñida campaña electoral del país, que terminó en la elección del socialista Salvador Allende y la intervención de la CIA, y que diseñó el escenario para una dictadura militar que perduró 17 años.
Un memorando de una conversación del 10 de abril de 1970, que resume una reunión entre el presidente del directorio de Anaconda Copper y funcionarios del gobierno de Estados Unidos, dice que Jorge Alessandri, a través de un intermediario, “ha solicitado ayuda de Anaconda” para reunir casi tres millones de dólares de fuentes extranjeras porque su campaña sólo ha logrado recaudar doscientos mil dólares en Chile.
El Ejecutivo de Anaconda, Jay Parkinson, dice en el memo -recientemente desclasificado- que Anaconda y otras compañías podrán proporcionar parte del dinero solicitado por Alessandri, pero que los Estados Unidos “debe hacer una gran contribución financiera”.
El contexto de la afirmación deja claro que Parkinson está hablando a nombre del candidato presidencial. “Parkinson dice que pretende informar a su regreso al grupo de Alessandri que Anaconda ha hecho todo lo posible para obtener ayuda para él del gobierno de Estados Unidos”, dice el documento.
Como es sabido, por la investigación del llamado Comité Church del Congreso de Estados Unidos y por sucesivos documentos oficiales que se han ido desclasificando en estos años, la Anaconda Copper y otras compañías estadounidenses inyectaron en 1970 dinero a la campaña presidencial de Jorge Alessandri con la ayuda de la CIA. Sin embargo, hasta ahora, poco o casi nada se sabía del rol que habría jugado Alessandri en tratar de obtener directamente el dinero, tal como lo sostiene el ejecutivo de Anaconda.
Además, el memo proporciona por primera vez un recuento detallado y personal del lenguaje notoriamente agresivo utilizado por el ejecutivo de Anaconda (Parkinson), para demandar que funcionarios del gobierno de Estados Unidos actúen para defender sus intereses económicos mediante una intervención en las elecciones chilenas.
A Parkinson se le describe interpelando en la reunión “de una manera muy directa y dura” a un alto funcionario del gobierno: Charles A Meyer, secretario de Estado adjunto para Latinoamérica. El memo es uno de los más transparentes testimonios de primera mano en documentos desclasificados nunca publicados acerca de la arrogancia del poder corporativo estadounidense y de los intentos de dictar la política de Estados Unidos a nombre de negocios privados.
Este documento se suma a muchos otros referentes a Chile que el autor ha encontrado entre los 10 mil documentos desclasificados de la biblioteca presidencial del ex presidente Richard Nixon. Esta partida incluye un cable en el que el embajador en Chile, Edward Korry, argumenta enérgicamente en contra de la subvención a Alessandri. Hay además varios dramáticos documentos de la CIA en la evolución de la toma de decisiones de Estados Unidos con anterioridad al 4 de septiembre de 1970.
¿Qué importancia tienen esos documentos después de 37 años? Arrojan luz sobre los motivos y las acciones ocultas de los líderes de Estados Unidos y Chile que condujeron a uno de los más trágicos períodos de la historia de este país. Época en la cual la interferencia encubierta de Estados Unidos dispuso el escenario para el fin de la democracia en Chile impulsando la dictadura de 17 años del general Augusto Pinochet. También son importantes porque proporcionan fuentes primarias para corregir los recuentos muchas veces exagerados de lo que los agentes de Estados Unidos hicieron o no hicieron en Chile.

Presiones corporativas

Los nuevos documentos dejan en claro que la preocupación de Estados Unidos por la posibilidad del triunfo de Allende era de larga data. Fue a fines de 1950 que la CIA comenzó su historia de acción encubierta para socavar a la izquierda chilena. Allende ocupó desde entonces uno de los primeros puestos en la lista de los blancos de la agencia. Un reporte confidencial conocido como “Post Mortem on the Chilean Presidential Election” enviado por el entonces director de la CIA, Richard Helms, a la oficina del consejero de seguridad nacional, Henry Kissinger, el 19 de noviembre de 1970, apuntó a que la elección de Allende no podía “cargarse a la falta de advertencia previa”, ya que el “espectro” de su posible victoria “era aparente, en realidad reconocible, incluso ya en 1968”.
El reporte de Helms consigna que en abril de 1969, la CIA informó a Kissinger que “el frente comunista-socialista de Allende tenía quizás una posibilidad de victoria pareja” junto con Alessandri, el candidato del derechista Partido Nacional. Su reporte también revela que entonces Kissinger “preguntó por el papel del gobierno de Estados Unidos en las todavía distantes elecciones presidenciales, sosteniendo que el apoyo a Alessandri ya estaba siendo solicitado por un tercero”.
Ese “tercero” está referido a los intereses comerciales estadounidenses, entre ellos la ITT y Anaconda Copper, compañías que se enfurecieron porque durante el régimen de Eduardo Frei los democratacristianos siguieron una política de lenta nacionalización de las propiedades estadounidenses en Chile. Alessandri, un oligarca de la derecha tradicional, era el único candidato en la elección de 1970 que prometía una salvación para los intereses corporativos de los Estados Unidos.
El documento de abril es una clara indicación de que Alessandri trató de convertir esa promesa de protección de los intereses estadounidenses en un masivo flujo de dinero en efectivo para su campaña.
El memo secreto describe una conversación ocurrida el 10 de abril de 1970 entre el presidente de Anaconda Copper, C. Jay Parkinson, miembros del Consejo para Latinoamérica, una coalición de empresarios de alto nivel dirigida por David Rockefeller, y el secretario de Estado adjunto, Charles Meyer (un antiguo miembro del Consejo). Su lenguaje franco, casi matonesco, carece de la ambigüedad diplomática y las sutilezas habitualmente usadas para discutir temas tan sensibles como la utilización del dinero de los contribuyentes estadounidenses en una elección extranjera.
“El señor Parkinson, de manera muy directa y dura le dijo al señor Meyer que el gobierno de los Estados Unidos tenía que hacer una gran contribución financiera a la campaña presidencial de Alessandri. Él indicó que si tanto (el candidato presidencial de la DC Radomiro) Tomich (sic) como Allende ganaban, la empresa privada en Chile estaría acabada. Alessandri debía tener fondos para su campaña y si los aportes no eran hechos por el gobierno de Estados Unidos, éste (y el señor Meyer) habrían asegurado una situación castrista en Chile con efectos adversos en los países vecinos y a lo largo del hemisferio”, señala el documento.
Parkinson informó al Departamento de Estado que Alessandri había designado “un individuo específico como su intermediario para recibir fondos de compañías privadas foráneas”. Él dijo: “el grupo de Alessandri espera recibir alrededor de 200 mil dólares (de fuentes chilenas), en circunstancias que necesita alrededor de tres millones de dólares para su campaña”. Otros documentos previamente desclasificados nombran al senador Pedro Ibáñez como el representante de Alessandri, quien semanas previas había hecho una fallida insinuación para obtener financiamiento estadounidense.
El memo recientemente conocido sugiere que Ananconda y Alessandri no estaban dispuesto a recibir un no por respuesta. Dice que Parkinson pretendía llevar su caso “a los más altos niveles del gobierno de Estados Unidos”, lo que en ese momento habría sido una referencia al presidente Richard Nixon y a su consejero de seguridad nacional, Henry Kissinger. “Parkinson dice que pretende reportarle a su regreso al grupo Alessandri que Anaconda ha hecho lo que ha podido para obtener ayuda del gobierno de Estados Unidos y que por lo tanto no puede limitar su alcance al señor Meyer”, el funcionario del Departamento de Estado de nivel más bajo con el que se estaba reuniendo.
La presión corporativa de alto rango tuvo su efecto. Provocó un importante debate interno en los primeros meses de 1970 sobre cuál debía ser la forma más efectiva de intervención encubierta en la temporada electoral chilena.

Korry, la neutralidad electoral y la CIA

Otros nuevos documentos desclasificados presentan los contra argumentos en el debate. El más fuerte provino del embajador de Estados Unidos Edward Korry, quien estaba preocupado de que el apoyo a Alessandri significara que Estados Unidos le diera su espalda a su antiguo aliado, el Partido Demócrata Cristiano. “Sigo convencido de que es para nuestro beneficio permanecer al margen de la campaña de cualquier aspirante a la presidencia chilena”, respondió Korry al Departamento de Estado dos semanas después de la petición del ejecutivo de Anaconda a nombre de Alessandri. “Si los Estados Unidos se comprometieran en una posición electoral anti PDC las consecuencias de corto y largo plazo con respecto al que todavía es el mayor partido político en Chile y el gobierno, podría tener muy serias consecuencias aquí”.
En su extenso cable, que el antiguo periodista tituló “Riesgos electorales, la copa y el jinete con el dinero”, argumentó: “Hay un abrumador obstáculo práctico: la imposibilidad de mantener un manto de discreción sobre cualquier acción estadounidense tal como las que se sugieren… Cualquier suma significativa que llegue desde los Estados Unidos será tan discreto como poner un hombre en la luna”. Él pensaba que cualquier atisbo de participación de los Estados Unidos, solo aumentaría la popularidad de Allende.
El embajador instó a la “neutralidad electoral” mientras continuaba la campaña, política que eventualmente prevaleció. Korry también parece haber encarado a Alessandri sobre la información de que Anaconda estaba actuando a su nombre, y recibió una acalorada negativa. El cable añade: “Más aún, Alessandri está enfurecido con Anaconda y con aquellos chilenos que actúan como sus intermediarios”.
La CIA tenía sus propias reservas acerca de apoyar a Alessandri, de acuerdo a lo que reflejan los nuevos documentos. En un memorando secreto a Kissinger, titulado “Elección chilena”, del 16 de junio de 1970, el director de la CIA, Richard Helms, informó que había recibido un llamado de su predecesor y miembro del directorio de la ITT, John McCone (cuyo nombre está borrado en el memorando pero fue confirmado con otras fuentes). Helms reporta que McCone estaba “abogando porque el gobierno de Estados Unidos le diera mucha de ayuda financiera a la campaña de Alessandri”. Pero, Helms apuntó que “nosotros en la Agencia estamos preocupados de derramar dinero en la campaña de Alessandri, porque su organización política parece ser tan difusa que tememos tener poco impacto”.
Para entonces, la estación de la CIA en Santiago estaba convencida de que Alessandri parecía destinado a ganar sin el apoyo de Estados Unidos y que Allende perdería. Un despacho secreto del jefe de la estación de la CIA en Santiago, Henry Hechsher, a comienzos de junio, sostuvo: “Allende está corriendo tercero y es dudoso que sea capaz de remontar lo suficiente para ganar. Él incluso tendrá dificultades para llegar segundo”. Basado en esa información, los cuarteles generales de Langley y la estación focalizaron la mayor parte de su atención en prepararse para influenciar el voto post 4 de septiembre en el Congreso chileno para asegurar que Allende no fuera ratificado como el jinete preferido en una carrera de tres pistas donde ninguno tuviera la mayoría.
“Como recordarás esta elección ha sido riesgosa y difícil de prever por una variedad de razones”, le escribió Helms a Kissinger en su memo del 16 de junio, reflejando la falta de claridad en la estrategia encubierta de Estados Unidos. “La agencia está siguiendo este asunto de cerca, pero hay que admitir que estamos en la incertidumbre sobre cuál es la acción más prudente”.
Con algo de retraso, las fuerzas de la intervención de Estados Unidos llegaron a un acuerdo. La CIA no le proporcionaría fondos propios a Alessandri pero le pasaría 700 mil dólares de manera encubierta en dineros corporativos de Anaconda e ITT para sus cofres de campaña.
Al final fue una estrategia aparatosa: apoyo encubierto para Alessandri, abierta neutralidad en relación con el democratacristiano Tomic, y una encubierta “propaganda negra” (información fabricada) para socavar a Allende. Korry aceptó un plan de la CIA para una campaña perjudicial contra la coalición de la Unidad Popular de Allende. Él la describió como “gastar dinero en una propaganda anticomunista de carácter general —afiches, panfletos y pancartas.
Aún cuando la administración de Nixon tenía vagos planes de contingencia en caso de fallar su estrategia, la Casa Blanca fue fulminada el 4 de septiembre cuando Allende ganó la elección por una estrecha mayoría y fue luego confirmado como presidente con el apoyo del Partido Demócrata Cristiano en el Congreso.
Después de la elección, como ha sido bien documentado, el presidente Nixon soltó la correa de la CIA en Chile para fomentar un golpe militar que evitara la llegada de Allende al poder, operación que incluyó el secuestro y asesinato del comandante en jefe del Ejército, el general René Schneider. Cuando esa operación -conocida como Track II- falló, las recriminaciones burocráticas comenzaron a volar: el Departamento de Estado culpó a la CIA por fallar en predecir la victoria electoral de Allende y la CIA culpó al embajador Korry por oponerse a operaciones más agresivas.
En su post mortem a Henry Kissinger, Helms, el director de la CIA, concluyó que “reservas casi filosóficas” del Departamento de Estado habían “sofocado la consideración de un corte certero, y todo otro esfuerzo para prevenir la elección de Allende”.
En un memo encubierto de carácter extremadamente confidencial (“secret/sensitive/eyes only”) al post mortem de la CIA, desclasificado por primera vez, el asesor de Kissinger, Alexander Haig, apuntó que “todos se están apresurando para esconderse pero el dedo principal sigue apuntando al Departamento de Estado y, en mi opinión, a Korry. Sin embargo, no estoy muy seguro de que las faldas de la CIA estén tan limpias”.
Más de 35 años después de las decisivas elecciones de 1970, continúan emergiendo documentos con nuevos detalles de las bóvedas secretas del Estado, pero aún faltan otros por conocer.
Peter Kornbluh dirige el “Chile Documentation Project” en el National Security Archive, una organización de investigación sin fines de lucro en Washington DC. Kornbluh ha escrito extensamente sobre las actividades encubiertas de Estados Unidos y los documentos secretos relacionados con Chile, incluyendo el aclamado libro “The Pinochet File: A Declassified Dossier on Atrocity and Accountability”.





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