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sábado, 24 de octubre de 2020

Sobre la Asamblea Constituyente: (Eduardo Sartelli)

Hace unos días alertaba (*) sobre la consigna "Asamblea Constituyente" como formalismo peligroso. Bien. En Chile tenemos un ejemplo. El Partido Comunista de Chile, uno de los puntales de la democracia burguesa chilena, la fuerza dominante en la Mesa de Unidad Social armada con el Frente Amplio de Chile, la tercera fuerza política del país, acaba de proponer el llamado a una Asamblea Constituyente. Sí, el PC estalinista de Chile. ¿El trotskismo planteando una demanda imposible de cumplir por la burguesía? No. El PC estalinista. Y parece que la Nueva Mayoría, de la que el PC es parte, la ex Concertación, de Bachelet, no estaría en contra. Cuando se ve de qué se trata, es sencillo: desarmar la constitución pinochetista con reformas puramente formales. Es decir, se intenta contener la energía popular que ha desbordado al pinochetismo oficial (Piñera) y al extra-oficial (la Concertación) creando una nueva ilusión en la democracia burguesa. Es decir, lo que ya sabemos, Mujica y compañía. Ni siquiera se plantea un programa de nacionalizaciones al estilo FIT, no llega ni al chavismo. Incluso, no alcanza al kirchnerismo, que eliminó las AFJP, un pilar del capitalismo chileno que actúa como extractor de renovadas masas de plusvalía. Sin organismos de poder proletario que actúen como canal de desarrollo de la oposición obrera a la reconstrucción capitalista, las masas irán de cabeza a esa nueva ilusión. La tarea de la izquierda chilena (de la argentina y de la latinoamericana en general), es la conformación de organismos de poder popular, en lugar de alentar la confianza en supuestas medidas "transicionales". Se me dirá que tales cosas están lejanas. Sin embargo, en Chile funcionan lo que aquí llamamos "asambleas populares", los "cabildos abiertos". Es por allí donde tenemos que empezar. Lo demás es ser cómplices de una restauración que se limita a cambiarle el collar al perro. Para eso sirve la consigna "Asamblea constituyente" en ausencia de soviets, como señala Lenin en las Tesis de Abril. La religión se revela como lo que es: el reemplazo del análisis concreto de la situación concreta por la ideología. No importa que se le agregue "con poder". Sin soviets, no hay poder.

(*)Por Eduardo Sartelli
https://www.facebook.com/permalink.php?story_fbid=2458392927762071&id=100007741637045

martes, 3 de diciembre de 2019

Vivir al límite. Las condiciones de vida y trabajo de la clase obrera chilena


Publicado el 29/11/201901/12/2019  en Aromo/El Aromo n° 108/Novedades
Nicolás Villanova - OES – CEICS

A esta altura de los hechos, ya son varios países de América Latina los que están demostrando que sus “modelos” se encuentran virtualmente agotados. La clase obrera comenzó a expresar una ruptura con el personal político burgués, lo que ha dado lugar a diversos levantamientos e insurrecciones. Chile y Bolivia son los casos más cercanos en el tiempo, pero las manifestaciones en Ecuador, Haití, Nicaragua, Venezuela, Brasil también expresan esa ruptura. En Chile, el elemento disruptivo, en lo inmediato, fue el aumento de la tarifa del transporte. Esto provocó la manifestación de los estudiantes secundarios primero, seguida por una escalada cada vez mayor de acciones directas de masas de obreros empobrecidos. La pregunta que cabe al respecto es por qué en un país que aparentemente es modelo de crecimiento, como algunos intelectuales burgueses señalan, estalla una gigantesca batalla en las calles como consecuencia del aumento en el precio del subte. Es evidente, por el contrario, que los obreros chilenos no gozan de buena salud y que el capitalismo lleva a enormes masas de la población a vivir en la miseria. En este sentido, una de las consignas en el seno de las manifestaciones expresa una situación más cercana a la realidad que viven los chilenos: “No son 30 pesos, son 30 años”. Está claro. La clase obrera protagoniza una insurrección sobre la base de décadas de ajuste y descontento social. Una población cuyos niveles de pobreza son mucho más elevados de lo que las estadísticas oficiales nos indican (ver Con la lupa…, en este mismo número). En este artículo describimos el punto de llegada de una situación de miseria que somete al conjunto de la clase obrera chilena desde hace décadas.

Fragmentados y superexplotados

La idea de que el capitalismo chileno goza (o gozaba) de buena salud es completamente falsa. La reproducción de la fuerza de trabajo se encuentra al límite de sus posibilidades. Por empezar, la tasa de desempleo va en aumento desde al año 2015 a esta parte: de un 6,5% pasó a un 7% en 2019. Aunque parece un porcentaje bajo, lo cierto es que otras capas de la clase obrera que aparecen como “ocupadas” se encuentran con serios problemas de empleo. Por ejemplo, la tasa de subempleo, es decir, personas que trabajan entre 1 y 30 horas por semana, se mantuvo en el orden del 20% promedio entre 2010 y 2019. Bajo esta forma de empleo se oculta una enorme cantidad de desocupados encubiertos en empleos superfluos no registrados por las estadísticas. Por su parte, la población ocupada que supera las 45 horas semanales de trabajo tiende a disminuir en los últimos 9 años, aunque se consolida en un 20% desde el año 2018 a esta parte (ver gráfico 1). Esto podría estar mostrando la necesidad imperiosa de incrementar los ingresos. Además, el porcentaje de desocupados relevados por el organismo oficial de estadísticas encubre a una masa gigantesca de población sin ocupación que no busca trabajo y que requiere de la asistencia directa del Estado para poder subsistir. Es decir, una masa de sobrepoblación relativa no es contabilizada como tal (como veremos más adelante).

Por otra parte, el nivel de informalidad es elevado en Chile. Según el organismo oficial de estadísticas, la informalidad se define para los asalariados como aquellos que “no cuentan con cotizaciones de salud (Isapre o Fonasa) y previsión social (AFP u otro sistema de previsión) por concepto de su vínculo o relación laboral con un empleador”. En el caso de los trabajadores por cuenta propia, la informalidad se contabiliza en base al no registro de la unidad económica en el Sistema de Impuestos Internos. En los últimos años, la tasa promedio de informalidad no baja del 30%, en particular afecta más al cuentapropismo (65%) que a los asalariados (20%).

La fragmentación en el seno de los trabajadores también se evidencia en la disparidad entre los salarios obtenidos por las diversas fracciones de clase. Por empezar, el salario promedio de los ocupados durante el año 2018 fue de 574 mil pesos chilenos. La disparidad salarial se expresa en que el 70% de los ocupados percibieron ingresos menores o iguales al promedio y la mitad de ellos sólo obtuvo un ingreso igual o menor a los 400 mil pesos chilenos. Para poner en contexto estos montos, vale la pena destacar que el valor de la canasta de pobreza para una familia tipo en ese entonces era de 430 mil pesos (un valor que se encuentra por encima del promedio de lo que obtiene la mitad de la población ocupada), mientras que, el salario mínimo legal establecido en Chile era, en el mismo año, equivalente a 288 mil pesos.

Otro elemento que expresa esta disparidad es el salario por género, en detrimento de las mujeres: entre los años 2014 y 2018 las mujeres ocupadas percibieron casi un 30% menos respecto de los hombres.1 Situación que ha dado lugar a planes y programas estatales para complementar los ingresos de las mujeres, como el “Bono al Trabajo de la Mujer”. Luego, en el seno de los ocupados existen diferencias notables. Los asalariados públicos obtuvieron en el año 2018 un salario de 824.883 pesos chilenos, mientras que los asalariados privados, tan sólo unos 586.791. Es decir, un 29% menos. Por su parte, los trabajadores cuentapropistas (mayoritariamente informales), obtuvieron unos 328.781 pesos chilenos promedio de ingresos laborales. O sea, un 44% menos que los asalariados privados y un 60% menos que los asalariados del sector público. Entre asalariados formales e informales, la diferencia salarial es notable: los últimos obtuvieron un salario mensual promedio de 366.655 pesos chilenos el cual representó en relación con los formales un ingreso de un 46% menor.

Para sintetizar, la mitad de la población ocupada obtiene salarios por debajo de la línea de pobreza, el 30% trabaja en la informalidad y el 20% supera las 45 horas semanales. Todo un síntoma de lo que genera el capitalismo: una elevada tasa de explotación por salarios de miseria.

Vida cara, vida hipotecada

Aun cuando los ingresos que obtiene la población puedan mostrar un leve ascenso en los últimos años, lo cierto es que vivir en Chile resulta muy caro. Por este motivo, un aumento en el transporte público genera un descalabro en la economía familiar. En efecto, el elemento inmediato que desencadena las manifestaciones de estudiantes secundarios en Chile es el aumento a la tarifa del subte en Santiago. El precio del boleto subió de manera sostenida entre el año 2007, momento en el que su costo era de 420 pesos chilenos (aproximadamente, unos 0,6 dólares) hasta este año cuyo aumento lo llevó a 830 pesos chilenos (unos 1,15 dólares). Según algunos analistas, el precio del boleto del subte es uno de los más caros de toda América Latina. Desde esta perspectiva, en la Argentina de hoy, ese valor en dólares sería equivalente a unos 70 pesos argentinos por pasaje.

La primera característica para destacar es el aumento tendencial del gasto en transporte para el conjunto de los hogares. Si bien es cierto que para los hogares más pobres el transporte representa en términos relativos un menor porcentaje del gasto en relación con los hogares de mayores ingresos, el hecho de que los más pobres destinen de un 8% y 9% a mediados de los años ’90 a un 12% y 13% en los años 2016 y 2017 nos muestra que un elevado porcentaje de los ingresos se destina a dicho consumo.2

Por otra parte, para las fracciones más pobres de la población el gasto destinado a bienes y servicios esenciales representa un elevado porcentaje de los ingresos. En este sentido, si agrupamos los gastos destinados a “alimentos”, “vestimenta y calzado”, “vivienda” y “servicios públicos”, los quintiles 1, 2 y 3 de la población (familias cuyos ingresos son de la mitad para abajo) destinan más de un 50% de sus gastos. Si a este conjunto de bienes y servicios de primera necesidad le incorporamos el gasto destinado a transporte, el resultado es que estas mismas familias destinan casi el 70% de sus gastos a estos rubros. De este modo, el mayor porcentaje de dinero que gastan los hogares más precarios va dirigido a los bienes y servicios de primera necesidad y más elementales de la clase obrera. Un incremento en el boleto del transporte, en este contexto, crea mayores situaciones de precarización y pobreza.

Como el salario no alcanza, la población chilena está prácticamente obligada a endeudarse. Buena parte de la población contrae créditos de todo tipo para poder vivir, sobre todo destinados al consumo, a la vivienda y a la educación (superior). Incluso para realizarse un tratamiento con un dentista u otros servicios médicos. Para un universitario, por ejemplo, el crédito supone la posibilidad de estudiar; sin embargo, una vez que egresa debe obtener rápidamente un empleo para poder costear su deuda. Uno de los sistemas de crédito para estudiantes universitarios es el Crédito con Aval del Estado, el cual tiene más de 800 mil beneficiarios. Algunas carreras como Odontología presuponen un pago mensual del crédito de más de 200 mil pesos mensuales, por un plazo de 20 años. Si a eso se le suma el aporte a la jubilación, todo obrero aún con estudios universitarios tiene una vida hipotecada a futuro.

En efecto, el Banco Central de Chile elabora una encuesta sobre los créditos que contraen los hogares de mayores y menores ingresos. En todos los casos, la deuda se incrementa en la medida en que los hogares perciben mayores ingresos. Sin embargo, el porcentaje del monto adeudado sobre el total de los ingresos familiares es sustantivamente más elevado en los hogares más pobres. En los últimos años, la cantidad total de hogares que se hallaba endeudado superó los dos tercios: en 2011, un 68%; en 2014, un 72,6%; y, en 2017, un 66,4%. Si dividimos por estratos de ingresos, los hogares con menores recursos (estrato 1) pasaron de un 61,7% en 2011, a un 64,8% en 2014, para llegar a un 58,3% en 2017. Si bien disminuyó su cantidad entre 2014 y 2017, lo cierto es que más de la mitad de los hogares con menores ingresos se encuentra con alguna deuda.

Específicamente, en el año 2017 la mayor cantidad de hogares de bajos recursos se endeudó en consumo de bienes y servicios (49,2% de los hogares), seguido por deuda hipotecaria (9,5%) y educación (9,2%). Por su parte, la mayor carga financiera en materia de deuda mensual sobre el total de los ingresos monetarios familiares mensuales recae en las fracciones más pobres de la población. Si bien para el estrato de menores ingresos la carga financiera mensual disminuyó entre 2011 y 2014, para el año 2017 se había incrementado respecto del período anterior. Lo que quiere decir que, en los últimos años, la población más pauperizada se vio en la necesidad de endeudarse aún más (ver gráfico 2).

Otro elemento que abona en el sentido de la carestía de la vida en relación con los bajos salarios percibidos es la eternización laboral, es decir, las personas en edad de jubilarse que retrasan su retiro. En efecto, en Chile el sistema previsional se encuentra privatizado y se rige por el método del ahorro: durante la edad activa, el trabajador deposita un monto de dinero (un 10% de su sueldo) en las cajas aseguradoras que luego es retribuido mensualmente una vez que se jubila a partir de los 65 años. Sin embargo, los haberes son paupérrimos. Se estima que el 80% de los jubilados perciben ingresos muy por debajo del salario mínimo legal chileno. Por este motivo, las personas en edad de jubilarse suelen retrasar su retiro y trabajan en ocupaciones precarias hasta edades avanzadas. Según el Censo Nacional del año 2017, un 21% de personas por encima de los 65 años aún se hallaba con algún empleo o changa.

En consecuencia, los miserables salarios que se les paga tanto a los obreros ocupados como a los jubilados se conjugan con una vida carísima para la cual el mayor porcentaje de la población debe endeudarse, ya no para comprarse una TV, un auto o irse de vacaciones, sino para alimentarse, comprar medicamentos o poder estudiar.

El asistencialismo estatal

Los bajos salarios percibidos por la población ocupada, los haberes jubilatorios de miseria, la carestía de la vida y, consecuentemente, los elevados niveles de pobreza de los chilenos ponen en evidencia los límites en la reproducción normal de sus vidas. Es decir, el capitalismo chileno no abastece al conjunto de la población y la somete a la pauperización. Esto se expresa en la asistencia estatal a la que debe recurrir un porcentaje elevado de la población. Contra lo que muchos creen, Chile mantiene, aunque a niveles muy bajos (como en el resto de los países de América Latina), un presupuesto estatal para contener mayores niveles de pobreza y miseria.

En efecto, el gasto social3 como porcentaje del PBI tiende a crecer al menos desde el año 2011 hasta el 2018. Ese aumento, a su vez, se ve reflejado en el incremento per cápita del gasto social. Por otra parte, las mayores partidas presupuestarias van dirigidas a protección social, seguida por educación y salud. Entre los años 2009 y 2018, los tres rubros muestran un crecimiento, aunque el gasto en salud y educación lo hacen a un ritmo mayor que protección social. Los dos primeros aumentaron por año un 8 y un 7% anual, mientras que, protección social sólo se incrementó un 2,2% anual, promedio. No obstante, al comparar esta última partida en relación con el PBI se observa un descenso en términos porcentuales (ver gráficos 3 y 4).

En concreto, la población asistida por el Estado es gigantesca, tanto como la diversidad de programas existentes. Para el año 2018, el Ministerio de Desarrollo Social y Familia del Gobierno de Chile registró un total de 85 programas dirigidos a la reducción de la pobreza por ingresos, de los que un total de 43 se ejecutaron con transferencias de ingresos directos a la población.4 El total de beneficiarios fueron unos 7,6 millones, sumado a unos 1,7 millones de familias. Estos programas incluyen las partidas dirigidas a la población jubilada por la vía del sistema previsional, tanto como aquellas personas que trabajaron en la informalidad y ahora obtienen un haber del Estado (un subsidio). Incorpora las asignaciones familiares que perciben los asalariados en relación de dependencia, tanto como los subsidios que entrega el Estado a los obreros informales.

Un porcentaje elevadísimo de estos programas va dirigido a fracciones de la sobrepoblación relativa abierta (desocupados y pobres) u otras encubiertas (subsidios a jóvenes o mujeres “inactivas”, niños y adolescentes en situación de vulnerabilidad). Por ejemplo, para las personas de avanzada edad jubiladas que perciben haberes bajísimos o que trabajaron en la informalidad sin cotizar van dirigidos los programas “Aporte Previsional Solidario” (883 mil personas) y la “Pensión Básica Solidaria de Vejez (400 mil ancianos). Por su parte, los niños y adolescentes escolarizados de bajos recursos son beneficiarios por el Programa de Alimentación Escolar, el cual garantiza desayuno y almuerzo (1,7 millones de niños). Para adultos o tutores de familiares vulnerables, el Estado ejecuta programas como “Subsidio Familiar” (llega a 2 millones de personas), “Chile Solidario” y “Seguridades y Oportunidades” (105 mil familias). O bien, subsidios para complementar salarios bajos de jóvenes y mujeres trabajadores, como el “Bono al Trabajo de la Mujer” (363 mil), “Jefas de hogar” (28 mil), “Empleo Joven” (312 mil), entre otros.

Ahora bien, ¿cuántas personas reciben asistencia del Estado sobre el total de la población? Conocer esa cifra se dificulta toda vez que las fuentes suelen registrar la cantidad de “beneficiarios” en lugar de “personas”. Y un individuo puede percibir más de un beneficio. No obstante, podemos estimar a grandes rasgos (y probablemente de manera conservadora) la cantidad de personas que perciben algún tipo de asistencia social al contabilizar sólo aquellos programas que van dirigidos a poblaciones objetivo claramente diferenciables. El resultado es contundente: la cantidad de personas que perciben algún tipo de subsidio del Estado chileno suman casi 6 millones. Es decir, más de un 30% de la población (ver tabla 1).

Por otra parte, la encuesta de hogares (CASEN) que releva el Instituto Nacional de Estadísticas de Chile permite contabilizar la cantidad de hogares que perciben subsidios bajo la forma de transferencia de ingresos por parte del Estado. En base a estimaciones del año 2017, los hogares que percibieron transferencias por la vía del Programa de Alimentación Escolar representaron un 58,2% sobre el total de hogares potenciales (es decir, aquellos con hijos en edad escolar). Es decir que el Estado garantiza alimentación para más de la mitad de las familias con niños escolarizados.

Luego, la misma encuesta releva los hogares vulnerables y pobres (tanto como el monto de los ingresos) que percibieron algunos de los siguientes subsidios: “Asignación Familiar”, “Subsidio Familiar”, “Chile Solidario”, “Seguridades y Oportunidades”, “Bono Protección”, “Bono Base Familiar”, “Subsidio de Agua Potable”, “Aporte Familiar Permanente”. El resultado es contundente: en 2017, el 50,8% del total de los hogares chilenos percibió alguno de los subsidios o transferencias señaladas.5 Esta situación nos muestra que, más allá de las cifras de pobreza por ingreso elaboradas de manera oficial, la mitad de la población chilena requiere de algún tipo de transferencia del Estado para poder subsistir. Dicho de otra manera, la mitad de los chilenos depende de la estructura del Estado para reproducir sus condiciones de existencia.

En este sentido, si desagregamos los hogares en base a la situación de empleo del jefe observamos lo siguiente: entre los hogares con jefe asalariado ocupado, el ingreso familiar promedio de quienes perciben un subsidio estatal representa un 25% menos respecto de aquellos que no reciben transferencias. En el caso de los hogares con jefes por cuenta propia, la brecha representa un 19%. Y en el caso de los desocupados, un 17%. En promedio, los hogares que se benefician con el asistencialismo estatal obtienen un ingreso familiar promedio que representa un 24,2% menos respecto de quienes no perciben subsidios. Es decir que, la mitad de la población chilena recibe transferencias del Estado y obtienen un ingreso familiar marcadamente más bajo.

Ahora bien, ¿cuánto cubre el Estado en la reproducción de la fuerza de trabajo chilena? En el caso de los hogares con jefe asalariado ocupado, el porcentaje de cobertura por transferencias del Estado representa casi un 5% del total de ingresos familiares; mientras que, en los hogares con jefe cuentapropista, un 8,6%. En el caso de los hogares con jefe desocupado, el porcentaje de cobertura supera el 10%. Para el conjunto de los hogares, las transferencias estatales representan un 9%, promedio.

Que se vayan todos

Muchos intelectuales señalan que la desigualdad sería el problema del modelo chileno. Desde esta perspectiva, el capitalismo funcionaría bien, sólo habría que mejorarlo un poco, o sea, “repartir” un poco más la riqueza. Más allá de que la idea de “repartir” la riqueza ya supone una toma de posición a favor del ideal burgués (porque la riqueza es creada en su totalidad por la clase obrera, por lo tanto, la burguesía no “reparte” nada, sino que se apropia de la misma), o bien, supone un planteo mezquino propio de reformistas (incrementar impuestos a los obreros mejor pagos para transferir a los obreros desocupados e informales), lo cierto es que el problema en Chile es el capitalismo mismo. Es el capitalismo el que lleva a las masas obreras a empobrecerse cada vez más, a que se torne cada vez más dificultosa la reproducción de las condiciones de vida, a endeudarse hasta el cuello para poder sortear el día a día.

En efecto, más de la mitad de los obreros chilenos obtienen un salario inferior al promedio. Un 30% se emplea informalmente, por lo tanto, no cotiza al sistema previsional y tampoco goza de cobertura médica. Mientras que un 20% de los ocupados trabaja menos que la jornada normal de 40 horas semanales, el mismo porcentaje se emplea por jornadas que superan las 45 horas. Un 7% de la población económicamente activa se encuentra desocupada, aunque el porcentaje de desempleo encubierto resulta mucho más elevado si se contabilizaran los beneficiarios de programas de empleo estatal. La vida es carísima y el transporte impagable. Como la vida es cara, un porcentaje elevado de la población se ve obligado a endeudarse y tomar créditos para el consumo, para medicamentos, tratamientos o para educarse. Además, deben cotizar un 10% de su sueldo al sistema de ahorro jubilatorio, al cual muchas veces dejan de pagar o pagan menos para utilizar esa plata para otras cosas, como, por ejemplo, costear los estudios terciarios de sus hijos. Lo estudiantes que no pueden pagar en el momento, también piden créditos, por lo tanto, una vez recibidos y al momento de obtener un empleo ya se encuentran endeudados por varios años. Por su parte, la mitad de los hogares con niños escolarizados reciben subsidios estatales para que sus hijos desayunen y almuercen en la escuela, constituyéndose esta última en un lugar de contención más que de educación. A su vez, la mitad de los hogares perciben algún tipo de transferencia monetaria directa del Estado bajo la forma de subsidios a la pobreza. Las personas mayores que no cotizaron al sistema previsional perciben subsidios y pensiones paupérrimas, al igual que quienes tributaron a las cajas jubilatorias durante su vida activa. Razón por la cual llegados a los 65 años continúan trabajando porque el haber jubilatorio no alcanza para vivir.

No se trata meramente de un sistema “desigual”, sino de un capitalismo en descomposición. Un sistema que no abastece al conjunto de la población y que, por lo tanto, sólo somete a la clase obrera a una vida miserable. Ha llegado el momento de echar a todo el personal político que gobierna actualmente, cambiar el régimen y tomar la senda del Socialismo.



Notas

1Fuente: Encuesta Suplementaria de Ingresos, 2018. INE, Chile.
2Fuente: Encuesta de Presupuestos Familiares (años 1996-1997, 2006-2007, 2011-2012, 2016-2017). INE.
3El gasto social incluye: protección social, salud, educación, vivienda, cultura y recreación y medio ambiente.
4Fuente: “Informe: Desarrollo Social, 2019”, Ministerio de Desarrollo Social y Familia. Gobierno de Chile.
5Elaboración propia en base a CASEN 2017. Excluimos a los hogares cuyo jefe de hogar era un “patrón”. No obstante, resulta una cantidad ínfima, aunque si se contabilizan sus ingresos se podría sobredimensionar el dato.

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https://razonyrevolucion.org/vivir-al-limite-las-condiciones-de-vida-y-trabajo-de-la-clase-obrera-chilena/

jueves, 7 de noviembre de 2019

La insoportable ignorancia e hipocresia de la pequeña burguesía pacifista, la necesidad de la lucha en las calles y el camino hacia un cambio revolucionario

(texto modificado del articulo "La insoportable ignorancia de la pequeña burguesía pacifista " escrito por Eduardo Sartelli; "La humanidad del revolucionario", escrito por Fabian Harari y "La contra. Los enemigos de la Revolución de Mayo, ayer y hoy," del mismo autor; "Nota de Ianina Harari sobre el Cordobazo y su vigencia", escrito por Ianina Harari. Se utilizan escritos y citas del muro de Eduardo Sartelli. Eluso de los textos declarados se ha realizado sin el concentimiento de los/as mencionados/as intelectuales).

Para los ignorantes todo pasa por una “conducta”, un “comportamiento” y un “método”. El buen idealista cree que si cambiamos nuestras “conductas”, “comportamientos” y “métodos”, podremos evitar ese fenómeno histórico, de la misma manera que el liberal ingenuo cree que “si cada uno cambia, el mundo cambia”.
Los procesos históricos complejos, ligados a una determinada constelación de fuerzas sociales, en medio de una dinámica política específica, producto de una etapa concreta de la lucha de clases no puedem reproducirse a voluntad, sostener lo contrario es una estupidez, tan grande como creer que salió de la “conducta”, el “comportamiento” o los “métodos” de un solo individuo, incluso de un conjunto de individuos.
No se puede pensar la historia, ni la política, ni la cultura, ni la revolución, sin hacer pleitesía a la vulgata liberal por la cual cualquier alusión a la violencia lleva necesariamente a la dictadura. Se trata de un verdadero obstáculo epistemológico que impide pensar con libertad.
Quiemes analiza asi los hechos son censores y sus declamaciones son instrumento de censura; pretenden que cualquier análisis o accion que escape al pacifismo burgués deba ser reprimido pronunciando la palabra mágica: "violentistas" (e incluso con las fuerzas de seguridad).
Frente a problemas muy complejos, resulta muy difícil tomar decisiones simples. Y cada una de esas decisiones portaba consecuencias que entrañaban graves peligros. Nadie es ignorante de esas cosas. Pero la realidad se encapricha en no ceder a la voluntad de los individuos fácilmente. Podemos ser críticos frente a algunas situaciones, pero reconocemos la necesidad de ciertas medidas. Dicho de otra manera, es discutible que existan muchas posibilidades “libertarias” en determiados contextos como cuando el pueblo es reprimido y sometido desde el Estado y con los organsmos de segurdad del aparato represivo estatal.
Muchas veces, el ataque del pueblo no solo se encamina hacia el ejecutor de la violencia estatal (la policia, por ejemplo), tambien afecta a monumentos, objetos, lugares (estatuas de proceres nacionales, semaforos o torniqueres del metro, oficinas de en)que suelen representar iconografiastidades estatales o partidos polticisos, negocios como supemercados o empresas que poseen los servicios basicos como la energia electrica o el agua para su distribucion y usufructo comercial); es decir, simbolos dela opresion, del adoctrinamiento patriotico-naconalista y simbolos de su sometimeintoeconomico y representantes de la burgesia en general.
POdran argumentar que "dañan propiedad privada", "rompen patrimnio historico-cultural", "ocasionan pedidas y daños a negocios que dan trabajo", etc, etc.
Solo los tontos pacifistas ponen estos argumentos sobre la mesa. Pensemos por un momneto, ¿Qué hace la burguesia (empresarios de todo tipo, la clase politica dirigente que gobierna para esos sectores burgueses, etc), contra el proletariado que se moviliza, protesta y se organiza? ¿Cómo creen estos tontos pacifistas que resuelven los problemas los burgueses asustados que ven en riesgo sus privilegios? ¿Con la “democracia”? ¿Oponiendo a la movilización obrera contra la miseria resultante el poder de las palabras? La sociedad humana está atravesada, lamentablemente, por la violencia, y el cambio social, hasta ahora, no ha resultado la excepción. Quien sostiene lo contrario es un criminal: prepara a la vanguardia para el suicidio cuando se desencadene la venganza de clase.
Como estos pacifistas usan bonete, no se dan cuenta de otra cuestión metodológica elemental: ¿explicar un proceso histórico equivale a defenderlo? ¿Decir que hay razones que permiten comprender la violencia del poueblo equivale a ser violentista, terrorista o delincuente? Por otra parte, entender por qué las cosas toman determinados rumbos y suceden las cosas que pasan , tiene cierto valor para evitar cometer los mismos errores. Pero un valor limitado. Porque vamos a estar expuestos a otra situación, con otros problemas y, evidentemente, vamos a cometer otros errores. La historia no se repite. Hay que pensar la situación actual y razonar sin prejuicios sobre los problemas que nos plantea. Está claro que eso no es fácil para un religioso cuya única función es cuidar el dogma. En este caso, un dogma liberal.
En un momento en el que domina una extraordinaria violencia en los enfrentamientos sociales, en los que la "contrarrevolución" está a la orden del día, en el que los enemigos utilizan métodos aún más horrendos, en el que la estructura social conspira contra la acción revolucionaria del proletariado porque la masa de la población es burguesa o pequeño burguesa, el llamado a ofrecer la otra mejilla es, como ya dijimos, un acto criminal contra los propios compañeros. En esos momentos, lo único que no está en la agenda es el fracaso, porque si fracasamos, nos matan a todos. Que los pacifistas demuestren lo contrario. En ese momento y lugar, ¿estamos a favor de la violncia? Estamos a favor de la violencia de los enemigos de la revolución que se encarna en la lucha popular y lo smismo sucedera con la censura que puede llegar incluso a compañeros (como aquellos que frente a determiadas situaciones critican el avance y fortalecimiento de la lucha) pero siempre criticando a quienes pretendan impedir el desarrollo de fracciones internas, relegado a los sindicatos como si fueran solo meros apéndices del Estado. Criticar a quienes aprovechan la situacion. Pero en relación a los enemigos, somos partidarios de la censura y de cosas mucho peores. Porque no somos pacifistas. Y no somos pacifistas porque no somos idiotas.
Los pequeños burgueses, los pacifistas, los liberales deben creer que se puede hacer una revolución sin violencia. Que no vamos a matar a nadie por defenderla. Porque si estuviera de acuerdo en que una revolución requiere violencia, entonces deberá disponerse a ejercerla, si fuera un revolucionario real, no un charlatán que espera que otro haga el trabajo sucio. Y si está dispuesto a matar a alguien, en nombre de la revolución, ¿en qué sentido se niega a “censurarlo”? Esta gente no se plantea estos problemas, simplemente porque son charlatanes.
Justifican su inactividad pretendiendo ser “crítico” y rechazar la “barbarie”. Para ese tipo de personajes, “barbarie” es todo lo que no encaja en el liberalismo burgués: la censura está mal porque ahoga la “creatividad”, porque es “inútil”, porque expresa “ignorancia”. Por empezar, la censura ya existe. Solo un tontolín liberal puede creer que en la sociedad en la que vivimos Mozart no está prohibido por lo menos para ocho décimas partes de la población. Está prohibido y censurado por las condiciones miserables de vida, que ordenan una educación basura que incapacita a la masa de la población para poder disfrutar productos culturales de cierta complejidad. El mundo capitalista es una dictadura de clase y esa dictadura tiene consecuencias terribles sobre el desarrollo intelectual del proletariado. Hasta los kirchneristas entendían mejor el problema cuando hablaban del poder de los medios. Por otra parte, en toda sociedad existe la censura, incluso en las más revolucionarias, porque toda sociedad proscribe conductas simplemente por el acto de habilitar otras. ¿Astarita daría libertad de expresión a los artistas pederastas? ¿A los asesinos? Toda sociedad reprime conductas, ¿hay que citar a Freud? Se trata de una idea ingenua de la naturaleza humana, que no supera las candideces rousseaunianas de los anarquistas más ingenuos.
Por otra parte, preguntarse si hemos de censurar a alguien, es decir, si luego de la victoria asegurada y de las transformaciones realizadas con éxito, aplicaremos la censura, es otra tontería, porque no hay forma de saber qué problemas enfrentaremos y, por lo tanto, que instrumentos necesitaremos. Es más, es muy probable que haya que aplicar la censura a todos los valores burgueses remanentes y que sea la misma población la que ejerza esa censura negándose siquiera a escuchar hablar de ellos. De todos modos, es un problema abstracto. Lo que sí es cierto es que el socialismo no es un mundo en que cada uno hace lo que quiere, porque eso es el fascismo, el punto de llegada del liberalismo.
Por último, preguntarse si debemos censurar ahora a los artistas e intelectuales burgueses, es otra tontería, sencillamente porque no podemos hacerlo. Cuando ofrecen “toda la libertad a los artistas”, ofrecen algo que no tienen ni pueden ofrecer. ¿Porque alguno diga que los artistas son libres, eso evitará que la maquinaria capitalista los someta material, política e intelectualmente? Si tienen semejante poder, que no sean mezquinos y lo extiendan al proletariado, así, de paso, nos evitamos la revolución. Lo que hacen, en realidad, es censurar a los artistas. La censura consiste en negarles el apoyo necesario que tienen que realizar en su campo. Cuando se declara toda libertad al arte, lo que se está diciendo es que no tiene importancia lo que el artista diga y que no se tiene derecho a cuestionarlo. Para el artista revolucionario eso significa quitarle todo sentido a su tarea; es más, pesa sobre él la acusación implícita de “violentista”, por atreverse a cuestionar el orden cultural de clase. Es más, ese compañero se verá postergado por la política del “figurón”, por la cual el se prefiere a artistas e intelectuales burgueses que, por razones de su conveniencia, conceden ofrecer su figura en un debate o un spot publicitario. Así, el partido “liberal”, en lugar de liberar a sus artistas a la crítica de la sociedad burguesa, se libera a sí mismo para todas las componendas posibles, componendas que no hacen más que reprimir a sus propios intelectuales.
Los pacifistas, burgueses y liberales defienden eso, claro que, sin las virtudes de quienes actúan. Bien o mal, pero actúan. Porque son simples charlatán.


¿Qué es nuestro pais? ¿Cuándo nació? ¿Fue hecha por todos y para todos, como nos dicen? Todos recordamos los actos escolares y nos dicen que esa patria es nuestra. De todos. Todo fue tan lindo, tan en paz. ¿Fue así?
La revolucion independentista fue un proceso en el cual la clase que hoy gobierna nuestro pais se rebeló contra los antiguos dueños, se organizó, tomó el poder y cambió la sociedad. También, nuestro no fue creada por todos ni para todos, sino por y para la burguesía. Una clase que, desde hace 200 años, dirige el país y es la verdadera responsable de que estemos como estamos.

"El campo de batalla está cubierto de 2 mil cadáveres. Su artillería toda, sus parques, sus hospitales con facultativos, su casa militar con todos sus dependientes, en una palabra: todo, todo cuanto componía el ejército real es muerto, prisionero o está en nuestro poder. Nuestra pérdida la regulo en unos mil hombres entre muertos y heridos.” Estas palabras no fueron escritas por Hitler ni por Videla, sino por quien estamos homenajeando. El Comandante de Granaderos a Caballo no sólo fue terminante con sus enemigos: todo subordinado que mostró cobardía, que huyó o que retrocedió sin orden fue inmediatamente ultrajado y luego fusilado, sin mediar proceso ni derecho a la defensa.
Presentamos estos datos a raíz de ciertas voces que suelen exigir una especie de “humanización” de los próceres y de las luchas. Para esta corriente, “humanizar” consiste en mostrar el lado privado, particular, del personaje en cuestión: si llora, si está enamorado, si tenía alguna mascota, si tenía aventuras indiscretas o si era mal hablado… La violencia, obviamente, no constituye una cualidad humana, por lo que suele ser negada o minimizada. El problema es que lo que constituye a un ser humano particular no es tener sentimientos (todos los tienen), ni haber cometido bajezas (quién no lo ha hecho), sino la capacidad de portar ciertas relaciones sociales. Ciertos individuos logran, en determinadas coyunturas, anudar una cantidad y calidad de lazos que le dan una alta responsabilidad y lo colocan en un lugar importante en la historia. Decimos “en determinadas coyunturas”, porque cada cualidad requiere su momento y lugar de aplicación. Por lo tanto, para comprender a un prócer, no hay que hurgar en su vida privada, sino que hay que comprender a su sociedad.
San Martín vivió en una época en que las relaciones que unían a los seres humanos, las feudales, comenzaron a quebrarse. Otras, las capitalistas, pugnaban por nacer. Esos choques estallaron en una guerra que recorrió el mundo. En España, poco podía hacer un oficial de línea, encima criollo, en un conflicto de dinámica irregular y prácticamente perdido. La revolución en América, en cambio, se presentaba como toda una oportunidad para el talento. Así, se ligó con la naciente burguesía rioplatense. Ante todo, se casó con la hija del hacendado más importante (y más radical) de su época: Antonio Escalada. Luego, ingresó en la política, formando la Logia Lautaro, y provocó un levantamiento en octubre 1812, que puso en el poder a un gobierno adicto a sus planes. Él no fue un prócer por haber llorado, por no estar en el funeral de su mujer, ni por ninguno de sus gestos de ternura, sino por haber derrotado al mayor ejército del continente. Eso no lo consiguió por ser más o menos simpático, sino porque supo analizar la estructura militar del dominio peninsular y logró trazar una estrategia de guerra victoriosa. Utilizó la violencia organizada no porque fuera cruel, sino porque tenía que forjar un mundo nuevo. Fue más humano porque supo corporizar, en su persona, las aspiraciones de la burguesía, que entonces emprendía el asalto al cielo. Que quienes veneran a este dirigente se escandalicen por la acción de los nuevos revolucionarios es una muestra de hipocresía o mediocridad intelectual.

Si de algo nos tiene que servir la historia es para pensar nuestro presente. Por ello, hablar de las luchas independentista o de las revueltas sociales, el combate a las dictaduras, etc no implica realizar un ejercicio de memoria, sino de reflexión sobre la actualidad. Hoy en día, cuando sectores crecientes de los trabajadores se manifiestan por sus pesares económicos, sus acciones suelen ser desacreditadas. Se los critica por «aliarse» con burócratas sindicales o se los tilda de estar «haciendo política». Quienes realizan la primera crítica deberían reflexionar qué hubieran hecho en la ultima protesta popular o en plena revolucion contra los españoles o frente al dictador: seguramente quedarse en sus casas. Quienes realizan la segunda, deberían aprender de la historia. La clase obrera tiene derecho a hacer política y manifestarse en las calles, porque esta es la única forma con la que puede transformar la historia.


¿Qué es lo que constituye un fenómeno revolucionario? Comencemos por el principio. Acordamos que se trata de un proceso de transformación, hay algo de la sociedad que varía. Pero no se trata de un simple cambio de gobierno ni de formas culturales, ni de aspectos de la economía. Es la misma naturaleza de la sociedad la que cambia.

Tamaña mutación es el producto de la reformulación de las relaciones que sostienen a la sociedad como tal. Se trata de los lazos que reproducen la vida misma: las relaciones sociales de producción. Estas afirmaciones suponen otras dos: que la sociedad es una estructura jerarquizada donde ciertos vínculos determinan a otros y que las relaciones que rigen la producción son las que condicionan al resto de las manifestaciones de la vida social. Explicar esto nos llevaría un largo capítulo. Se han escrito libros sobre este problema. Vamos aquí a soslayar el debate. El caso es que las revoluciones han construido nuevas relaciones en todas las esferas sociales, desde la política hasta la cultural. Pero una revolución sólo merece ese nombre si altera las relaciones económicas. Volviendo entonces, podemos decir que la revolución implica una transformación en las relaciones de producción. Una revolución es una transformación social consciente. Es decir, mediada por el elemento político. Eso quiere decir que una revolución no surge espontáneamente. Toma décadas de preparación. Quien quiera tomar el poder debe prepararse para hacerlo. Es así que una revolución, para triunfar, debe tomar no el poder sino el Estado. Poder hay (como bien decía Michel Foucault) en todos lados. Desde un padre sobre el hijo hasta el de un perro con su dueño, pasando por la relación maestro-alumno. Pero el problema no es el poder sino el Estado (como bien se equivocaba Foucault), el instrumento de dominación social por excelencia, la reserva más sensible de la clase dominante y la herramienta para la transformación social. Porque el poder no es algo que siempre nos será ajeno (como también erraba Foucault) y de lo que nos conviene mantenernos alejados, sino algo de lo que hay que apoderarse si no queremos que el mundo permanezca tal y como está. Una revolución tiene, como premisa, una clase interesada en transformar la organización social a fin de poder dar rienda suelta a su desarrollo. No basta con que se halle constreñida en el viejo armazón. Hace falta que comprenda sus tareas y se disponga a realizarlas. Una revolución supone la existencia de un Sujeto histórico: una clase cuyo avance se opone a la constitución misma de la sociedad (el elemento estructural), consciente de su situación y dispuesta al enfrentamiento (el elemento político). El sujeto, entonces, resume en sí los atributos objetivos y subjetivos. Es sujeto porque comprende y transforma. Pero una clase revolucionaria no opera en el vacío. La existencia de una sociedad de clases presupone que hay alguien que custodia su funcionamiento en detrimento de otros. Por lo tanto, la transformación implica un enfrentamiento. Como lo que está en juego es la vida misma de las clases (de eso se trata una revolución) es lógico que cada uno de los términos apele al resto de las clases y fracciones de clase. El resultado es la formación de alianzas que recorren y desgarran todo el tejido social.

En tiempos normales los enfrentamientos tienen como protagonistas a elementos reducidos, ya sea del personal político de la clase dominante o de elementos de clases antagónicas. Lo que se debate, inmediatamente, no es el funcionamiento mismo de la sociedad, sino sus aspectos parciales. Pero la revolución implica que, en algún momento, la convulsión sacuda a toda la población, porque lo que se está poniendo en juego es cómo será la vida futura. Los enfrentamientos revolucionarios suponen un alto nivel de violencia. No obstante, un episodio de suma violencia no garantiza que estemos en presencia de un fenómeno revolucionario. Puede haber conspiraciones, guerras y disputas entre fracciones de la clase dominante, cada cual más sangrienta, sin que esté en juego el sistema mismo. Las guerras mundiales, por ejemplo, constituyen la mayor sangría que presenció la humanidad y, sin embargo, ninguna de las fuerzas combatientes apelaba al cambio social. Es más, luego de la Segunda se reunieron en Yalta para garantizar la estabilidad del sistema. Nos queda, todavía, develar el primer problema: ¿cómo situar cronológicamente una revolución? ¿En el instante de la toma del poder? ¿Al término de la guerra civil? Se trata de una cuestión compleja. Una revolución es un fenómeno que esconde varios procesos. En primer lugar, no sucede en cualquier momento y/o en cualquier lugar. Una sociedad que goza de buena salud es poco accesible a impugnaciones a su funcionamiento. Mientras la organización económica sea una condición para el desarrollo de las fuerzas productivas, las embestidas difícilmente logren su objetivo. Así es como en 1848, en Francia, la clase obrera integra una alianza revolucionaria cuyo destino será el fracaso. El resultado fue, efectivamente, un feroz retroceso de la clase obrera. Marx, agudo observador de los acontecimientos, concluye que no era el momento de una revolución proletaria, ya que el capitalismo francés aún no había dado todo de sí. En términos semejantes, había desaconsejado la insurrección de 1871, la que dio origen a la Comuna de Paris. Aunque, una vez lanzada, la apoyó hasta el final. Pero llega un momento en el que las fuerzas productivas presionan sobre las relaciones en las que se asienta la humanidad. En el siglo XVIII, el desarrollo del mercado mundial y de la producción en masa chocaba con relaciones de servidumbre, impuestos al tráfico y el trabajo gremial. Hoy día, la meteórica socialización de las relaciones sociales presiona sobre la propiedad privada de los medios de producción y de vida. La aparición de esa contradicción es el inicio de una época revolucionaria. Es la tierra donde va a florecer el cambio. No quiere decir que se haya desatado una crisis terminal, sino que el sistema ya no puede asegurar el desarrollo de las clases enfrentadas y, por lo tanto, toda estrategia que tienda a la reforma tiene pocas posibilidades de éxito. La sociedad comienza a excluir a una parte de sí misma. Se trata de una tendencia de conjunto. En Europa, la decadencia del feudalismo puede datarse a partir de finales del siglo XVI y principios del XVII, que dieron origen a fuertes convulsiones. Dos de ellas derivaron en una revolución. En Inglaterra (1640) y en los Países bajos (1572). Hoy día, asistimos a un fenómeno similar a partir de la crisis capitalista mundial. Esta época tiene una duración de décadas y suele variar su intensidad. Muchas veces puede cerrarse momentáneamente a partir de la destrucción de fuerzas productivas, lo que vuelve a darle aire a las relaciones sociales de producción. ¿Cuándo se cierra esa época? Cuando la revolución cumple con sus tareas. Cuando se vuelve innecesaria. La época de la revolución burguesa se cierra cuando la expansión de las relaciones capitalistas despliega toda su potencia, lo que supone la aparición histórica de la clase obrera. La época de la revolución socialista se cierra con la desaparición de las clases sociales. Por eso, una revolución no puede juzgarse por los resultados más inmediatos (la guerra, la dictadura) sino por los logros históricos que le deja a la humanidad.

El proceso revolucionario es algo más específico. Más local o regional. Implica la incapacidad de la clase dominante para mantener su dominación y el surgimiento de una estrategia revolucionaria en el seno de la clase destinada a dirigir la transformación. Los lazos sociales que sustentan la sociedad se quiebran y quienes dominan no pueden mantener una unidad. La clase dominante pierde su hegemonía, esa capacidad para gobernar con el consentimiento de toda la población y para imponer disciplina en sus filas. Es decir, la constitución misma de la sociedad es la que está en discusión. Se abre la oportunidad para la transformación social. Se trata del salto de la crisis de cantidad en calidad. En el fondo de la crisis económica irrumpe la crisis político-ideológica. Esta crisis hegemónica se abre, generalmente, con la bancarrota del Estado y con conspiraciones de las distintas fracciones de la clase dominante contra el gobierno de turno, en un desesperado intento por acaudillar una salida. En este período, la clase revolucionaria, o una parte de ella, abandona las esperanzas en las reformas. Un proceso revolucionario puede durar años, hasta que el poder cambie de manos o hasta que la clase dominante restablezca su hegemonía. Ese proceso puede sufrir retrocesos, sin llegar a cerrarse, en el caso de que la clase dominante logre detener el desbarranque y estabilizar la situación. Como dijimos más arriba, los procesos no se detonan en todos lados (lo que no quiere decir que no afecte al sistema en su conjunto), sino en los ámbitos más sensibles. Sin embargo, aunque su aparición sea muy desigual, una victoria de magnitud provoca la aparición de crisis de dominación en lugares que parecían más resguardados. Basta observar las repercusiones de la revolución francesa y de la revolución rusa, que provocaron conmociones alrededor del globo. A su vez, una derrota histórica puede provocar serias heridas allí donde la revolución parecía afianzarse. El fracaso de la revolución en Alemania y en Francia en la década del ’20 proporcionó las condiciones para el triunfo del Termidor soviético. Bien, pero hay un momento en el cual toda esta acumulación de tensiones encuentran cauce en el terreno militar: la toma del poder. Allí, cuando las clases van al enfrentamiento final, decimos que estamos ante una situación revolucionaria. Se trata de días. Para llegar a esa instancia la clase revolucionaria, previamente, debió: a) tomar la dirección de una vasta alianza y b) haber logrado concentrar todas sus fuerzas en un núcleo capaz de hacerle frente a la fuerza organizada del Estado. Ese poder centralizado de la clase se expresa en la autoridad de su partido. Y la autoridad de su partido se expresa en la confianza depositada en una dirección visible (Cromwell, Robespierre, Lenin). La situación revolucionaria se conforma con la constitución de una aceitada maquinaria y la máxima debilidad de la clase en el poder. Un error de cálculo en esta instancia puede tirar por la borda años de preparación. Por eso, muchas veces suele aludirse a la actividad decisiva de tal o cual dirigente. Porque, justamente, la gran mayoría de la sociedad puso en sus manos, por unos momentos, los destinos de sus vidas. La revolución es, entonces, un fenómeno necesario y no contingente. De la época a la situación, el centro del problema se va desplazando de la economía a la política y, de allí, hacia las acciones individuales. Eso no quiere decir que, en el momento más álgido, la economía esté ausente. Sucede que se halla incorporada en la acción política. Contrariamente a lo que se piensa, en la situación la totalidad social se resume en un núcleo para poder transformarse. Vemos así que las estructuras económicas, políticas e ideológicas no siempre caminan por senderos separados, ni ostentan una tendencia innata a la confluencia. La distinción de estos momentos es sumamente importante, no sólo para el análisis sino también para la acción. La confusión de estos términos ha llevado a más de un descalabro.

La la crisis chilena no se parece a la Primavera árabe. En la Primavera árabe se expresa una descomposición general de los estados que brotaron de la experiencia del nacionalismo árabe. Chile tampoco se parece a la Argentina, en medio de una crisis económica y social galopante. Se parece más bien a los "chalecos amarillos", con menos integración política, al menos por ahora. Es el estallido del hartazgo de una clase obrera exitosamente reducida al lecho de Procusto de los límites de una economía más simple que la Argentina, con una estructura social más limitada. El capitalismo chileno "funciona" en el sentido de que es capaz de adaptarse a las exigencias de la productividad que impera a nivel mundial, no porque aumente sistemáticamente la productividad del trabajo local, sino porque no tiene mucho para desarmar. Es decir, alcanza con presionar sistemáticamente sobre la tasa de explotación vía plusvalía absoluta y renta minera. En la Argentina la cuestión es mucho más compleja, porque este es un capitalismo que alcanzó un nivel de complejidad mayor. Para "adaptar" la Argentina a la productividad mundial sin salir de la estructura productiva actual, es necesario cercenar porciones enteras de la sociedad. De allí que el "espertismo" no tenga posibilidades aquí ni siquiera con un Pinochet detrás. Dicho de otro modo, tanto la Argentina como Chile siguen la evolución (con trayectorias generales comunes) de la crisis mundial del capital, pero la expresan a partir de sus particularidades. Por eso es difícil saber si Piñera caerá. Macron no cayó, el movimiento se agotó luego de un tiempo de agitación. El panorama en Chile no es tampoco el de De la Rúa, porque no hay allí oposición burguesa intentando hacer caer a Piñera. Toda la clase política, modelada por el pinochetismo, está en cuestión. En sentido estricto, esto es la primera impugnación social al orden pinochetista, organizado por Pinochet y continuado por todos los gobiernos posteriores.

La consigna "Asamblea Constituyente" que se viene escuchando y proclamando en Chile durante los días finales del mes de Octubre y principio de Noviembre (2019) durante la rebelión popular al gobierno burgues y  policial de Sebastian Piñera, es un formalismo peligroso. Bien. En Chile tenemos un ejemplo. El Partido Comunista de Chile, uno de los puntales de la democracia burguesa chilena, la fuerza dominante en la Mesa de Unidad Social armada con el Frente Amplio de Chile, la tercera fuerza política del país, acaba de proponer el llamado a una Asamblea Constituyente. Sí, el PC estalinista de Chile. ¿El trotskismo planteando una demanda imposible de cumplir por la burguesía? No. El PC estalinista. Y parece que la Nueva Mayoría, de la que el PC es parte, la ex Concertación, de Bachelet, no estaría en contra. Cuando se ve de qué se trata, es sencillo: desarmar la constitución pinochetista con reformas puramente formales. Es decir, se intenta contener la energía popular que ha desbordado al pinochetismo oficial (Piñera) y al extra-oficial (la Concertación) creando una nueva ilusión en la democracia burguesa. Es decir, lo que ya sabemos, Mujica y compañía. Ni siquiera se plantea un programa de nacionalizaciones al estilo FIT, no llega ni al chavismo. Incluso, no alcanza al kirchnerismo, que eliminó las AFJP, un pilar del capitalismo chileno que actúa como extractor de renovadas masas de plusvalía. Sin organismos de poder proletario que actúen como canal de desarrollo de la oposición obrera a la reconstrucción capitalista, las masas irán de cabeza a esa nueva ilusión. La tarea de la izquierda chilena (de la Argentina y de la Latinoamericana en general), es la conformación de organismos de poder popular, en lugar de alentar la confianza en supuestas medidas "transicionales". Se me dirá que tales cosas están lejanas. Sin embargo, en Chile funcionan lo que aquí llamamos "asambleas populares", los "cabildos abiertos". Es por allí donde tenemos que empezar. Lo demás es ser cómplices de una restauración que se limita a cambiarle el collar al perro. Para eso sirve la consigna "Asamblea constituyente" en ausencia de soviets, como señala Lenin en las Tesis de Abril. La religión se revela como lo que es: el reemplazo del análisis concreto de la situación concreta por la ideología. No importa que se le agregue "con poder". Sin soviets, no hay poder.
Mucha gente cree que mañana Chile amanece socialista con solo mediar una AC.
Los bolcheviques conquistaron el poder desarrollando soviets. Después una constitución lo sancionó, no antes.
La clave de toda revolución es la construcción del poder proletario, que nace como "segundo poder".
Los bolcheviques dieron el primer paso hacia el Estado soviético al disolver la asamblea constituyente.
Someter el poder soviético a una elección universal es entregar la vanguardia revolucionaria a las masas atrasadas.
La consigna "asamblea constituyente" en ausencia de poder soviético es un formalismo vacío y peligroso.
La única instancia constituyente es el poder mismo. El poder proletario se construye soviéticamente. Primero, la ANT.
Cuando la ANT destruye el poder burgués, se constituye a sí misma, es auto-constituyente.
La "constituyente" rusa era una imposición de las circunstancias porque acababa de caer un régimen feudal.
Una constituyente hoy solo puede ser socialista y eso es imposible sin soviets. ¿Se entiende? 
Cada vez que la burguesía tiene problemas con masas movilizadas, llama a elecciones. De Gaulle terminó así con Mayo del '68. 



es preciso (...) explicarles la ligazón indisoluble del capital con la guerra imperialista y demostrarles que sin derrocar el capital es imposible poner fin a la guerra con una paz verdaderamente democrática y no con una paz impuesta por la violencia. (Lenin, Tesis de Abril,1917)


viernes, 25 de octubre de 2019

¿Esta Chile bajo una dictadura?, ¿Es Piñera un dictador?; ¿Cual es la salida a esta situacion que vive Chile?

Se hizo rico y creció con la dictadura, es parte de esos políticos moldeados por el pinochetismo.
Es la burguesía reprimiendo
Estrictamente el gobierno de Piñera no es una dictadura, ni él es dictador; de forma irrefutable, es hijo putativo de la dictadura, es la burguesía que creció con y gracias a ella pero ademas es parte de la clase política moldeada por el pinochetismo. Solo en ese sentido figurado y transitivo, Piñera es la dictadura; Piñera es, estrictamente: la burguesía reprimiendo.

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Frases del Muro del Profesor e Historiador argentino, Eduardo Sartelli:
  • Leo gente escribiendo que mañana Chile amanece socialista con solo mediar una AC. Caramba 
  • Los bolcheviques conquistaron el poder desarrollando soviets. Después una constitución lo sancionó, no antes.
  • La clave de toda revolución es la construcción del poder proletario, que nace como "segundo poder". 
  • Los bolcheviques dieron el primer paso hacia el Estado soviético al disolver la asamblea constituyente.
  • Someter el poder soviético a una elección universal es entregar la vanguardia revolucionaria a las masas atrasadas. 
  • La consigna "asamblea constituyente" en ausencia de poder soviético es un formalismo vacío y peligroso.
  • La única instancia constituyente es el poder mismo. El poder proletario se construye soviéticamente. Primero, la ANT. 
  • Cuando la ANT destruye el poder burgués, se constituye a sí misma, es auto-constituyente. 
  • La "constituyente" rusa era una imposición de las circunstancias porque acababa de caer un régimen feudal. 
  • Una constituyente en Argentina hoy solo puede ser socialista y eso es imposible sin soviets. ¿Se entiende?  (dejamos planteado: ¿Y en Chile?)
Para los que quieran entender la relación entre los soviets y la constituyente. Lenin: Tesis de abril. https://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1910s/abril.htm

es preciso (...) explicarles la ligazón indisoluble del capital con la guerra imperialista y demostrarles que sin derrocar el capital es imposible poner fin a la guerra con una paz verdaderamente democrática y no con una paz impuesta por la violencia. (Lenin, Tesis de Abril,1917)
  • Cada vez que la burguesía tiene problemas con masas movilizadas, llama a elecciones. De Gaulle terminó así con Mayo del '68. (Eduardo Sartelli)

miércoles, 23 de octubre de 2019

La crisis chilena y su particularidad frente a otras crisis mundiales (*)

Imagen ilustrativa no provista por el autor.
(Eduardo Sartelli) 

Alguien me preguntó si la crisis chilena se parecía a la Primavera árabe. Me parece que no. En la Primavera árabe se expresa una descomposición general de los estados que brotaron de la experiencia del nacionalismo árabe. Chile tampoco se parece a la Argentina, en medio de una crisis económica y social galopante. Se parece más bien a los "chalecos amarillos", con menos integración política, al menos por ahora. Es el estallido del hartazgo de una clase obrera exitosamente reducida al lecho de Procusto de los límites de una economía más simple que la Argentina, con una estructura social más limitada. El capitalismo chileno "funciona" en el sentido de que es capaz de adaptarse a las exigencias de la productividad que impera a nivel mundial, no porque aumente sistemáticamente la productividad del trabajo local, sino porque no tiene mucho para desarmar. Es decir, alcanza con presionar sistemáticamente sobre la tasa de explotación vía plusvalía absoluta y renta minera. En la Argentina la cuestión es mucho más compleja, porque este es un capitalismo que alcanzó un nivel de complejidad mayor. Para "adaptar" la Argentina a la productividad mundial sin salir de la estructura productiva actual, es necesario cercenar porciones enteras de la sociedad. De allí que el "espertismo" no tenga posibilidades aquí ni siquiera con un Pinochet detrás. Dicho de otro modo, tanto la Argentina como Chile siguen la evolución (con trayectorias generales comunes) de la crisis mundial del capital, pero la expresan a partir de sus particularidades. Por eso es difícil saber si Piñera caerá. Macron no cayó, el movimiento se agotó luego de un tiempo de agitación. El panorama en Chile no es tampoco el de De la Rúa, porque no hay allí oposición burguesa intentando hacer caer a Piñera. Toda la clase política, modelada por el pinochetismo, está en cuestión. En sentido estricto, esto es la primera impugnación social al orden pinochetista, organizado por Pinochet y continuado por todos los gobiernos posteriores.

 (*) El titulo no es puesto por el autor de la nota
https://www.facebook.com/permalink.php?story_fbid=2456520191282678&id=100007741637045

lunes, 21 de octubre de 2019

¿Qué pasa con las crisis en el mundo?

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Mientras Argentina define su futuro con las elecciones del próximo domingo, muchos países de la región y del mundo demuestran fracturas con conflictos internos y movilizaciones numerosas, como el caso de Chile, Ecuador y Venezuela en América, e Inglaterra y España en Europa. ¿Por qué suceden estas tensiones? ¿Están relacionadas entre sí?

Resultado de imagen para ECUADOR protestas"Estamos en una situación muy tensa pero todavía no llegamos a lo peor: hay una oleada hacia la izquierda muy pronunciada, y tiene que ver con la crisis del capital a nivel mundial que se expresa de diferentes maneras en diferentes lugares y con diferentes elementos", evaluó Eduardo Sartelli en comunicación con Frecuencia Zero. Según su mirada, existe ese punto en común, pero cada una de las crisis que se sucitaron en las últimas semanas están compuestas por características autóctonas muy específicas.

Ecuador vivió jornadas de máxima tensión cuando el presidente Lenin Moreno decidió eliminar los subsidios a los combustibles y que provocó la represión de las fuerzas policiales contra las organizaciones indígenas que se manifestaban. En este sentido, el historiador explicó que es un caso "parecido al Argentino", al cruzar un paralelismo con lo que puede llegar a significar el potencial mandato de Alberto Fernández. "Es lo que mucha gente pretende que debiera hacer Fernández, salir del populismo desde adentro, pero en este caso fue una carrera contra la deuda que terminó mal", explicó.

El fin de semana pasado, Chile también protagonizó fuertes manifestaciones cuando su mandatario Sebastián Piñera decidió aumentar también el precio del subte de Santiago, lo que significó una revuelta que terminó con represión y, al menos, 11 muertes. "Se ha vendido como una suerte de modelo exitoso el capital chileno, de hecho, uno de los alumnos del modelo que instaló Pinochet es uno alumno modelo de la economía liberal mundial, pero cuando hacés las cuentas, que se atiene a lo que tiene, es como una Argentina remodelada por José Luís Espert", relativizó. En el mismo sentido, Sartelli anticipó que "se está aproximando un 2001 argentino en Chile".

"Lo que está claro es que una de las difrerencias de Chile y Argentina es que el nuestro es un capitalismo mucho más complejo: Chile vive solo del cobre y lo maneja una empresa estatal, todo lo que dicen sobre Chile es falso, por empezar que es el reino de la economía privada: el corazón está manejado por un consorcio estatal", consideró, concluyendo en que estas crisis que se dan en múltiples países al mismo tiempo significan "la gigantezca falacia de las democracias burguesas en la actualidad".
https://pluralnoticias.com.ar/index.php/catopinion/19096-la-sartelli-por-el-mango-que-pasa-con-las-crisis-en-el-mundo

domingo, 20 de octubre de 2019

Captan el río Aconcagua con caudal aún cuando hace un par de días estaba seco

"Pasó la cosa en Santiago y ahora soltaron el agua. Raro que pase esto", dijo un usuario que compartió un video en que se ve cómo nuevamente corre agua por uno de los principales cursos de la región de Valparaíso.

Un usuario compartió en sus redes sociales un video en que se muestra cómo el río Aconcagua recuperó su histórico caudal, tras un largo tiempo en que se mantuvo totalmente seco.

El registro fue captado en San Felipe, donde el flujo de agua avanzaba por el terreno donde hace sólo un par de días atrás no se veía más que tierra.

“Pasó la cosa en Santiago y ahora soltaron el agua. Raro que pase esto. O Codelco está con miedo o fueron órdenes superiores que soltaran el agua al pueblo”, dijo el hombre que captó las imágenes.

Otros registros muestran animales que han llegado a la rivera del río para beber agua, imágenes muy diferentes a las que se han captado, con cadáveres de aquellos que no pudieron sobrevivir a la sequía que afecta la zona centro-norte del país.





https://www.chvnoticias.cl/trending/rio-aconcagua-valparaiso-san-felipe-caudal_20191020/

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