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martes, 17 de septiembre de 2013
Fragmentos de una dictadura: Jenny Barra ha vuelto
Jenny Barra Rosales: Joven mujer militante del MIR detenida desaparecida en el año 1977, quién fuera identificada el año 2012. Su familia y amigos nos entregan testimonios de sus años cuando fue detenida por la criminal dictadura, particularmente en su actividad de resistencia en la comuna de San Bernardo.
El Sábado 10 de Noviembre de 2012 en su funeral se vieron múltiples muestras de afecto y emoción entre quienes asistieron. Los restos de Jenny fueron depositados en el memorial de detenidos desaparecidos y ejecutados políticos de la dictadura.
sábado, 14 de septiembre de 2013
EL ASESINATO DE VÍCTOR JARA FUE SIMPLEMENTE MONSTRUOSO
EL ASESINATO DE VÍCTOR JARA FUE SIMPLEMENTE MONSTRUOSO
Este domingo 15 de septiembre se cumplen 40 años del bestial crimen cometido en el Estadio Chile, donde el cantautor fue torturado y acribillado por los militares. Le machacaron los dedos a culatazos para que no volviera a tocar la guitarra y después jugaron a la ruleta rusa con él.
Sábado 14 de septiembre de 2013
El asesinato de Víctor Jara es simplemente monstruoso, uno de los más crueles de los cometidos en los días siguientes al golpe, cuando la represión de las tropas era salvaje y desorganizada. Ya llegaría la DINA en 1974 a organizarla y sistematizarla, pero por el momento el terror estaba a cargo fundamentalmente de los efectivos del Ejército.
En su fallo de diciembre pasado, el ministro en visita Miguel Vásquez Plaza fijó el 16 de septiembre de 1973 como la fecha del homicidio de Víctor Jara en el entonces Estadio Chile, pero los detenidos que fueron trasladados al Nacional el 15 reconocieron el cadáver acribillado del artista cuando los sacaban del recinto a punta de culatazos.
Estaba en una pila de entre 30 a 40 víctimas fusiladas, todas cubiertas de polvo blanco, al parecer cal.Lo concreto es que el cuerpo de Jara fue retirado del primer campo de concentración del golpe en la madrugada del 16 y arrojado en un sitio eriazo aledaño al Cementerio Metropolitano, donde unas pobladoras lo encontraron el 18.
CANTARÍA EN ACTO TRASCENDENTAL DE ALLENDE
En la mañana del 11 de septiembre de 1973, Víctor Lidio Jara Martínez tenía planificado cantar en un acto de Salvador Allende en el campus de la Universidad Técnica del Estado (UTE), donde el Presidente pensaba llamar a un plebiscito para que el pueblo decidiera si seguía o no en el poder. El acto estaba fijado para las 12 horas.
Víctor Jara llegó a las 11 con su guitarra y los organizadores del acto de Allende le preguntaron si no sabía lo que estaba pasando. “Claro que sé, pero oí por la radio Magallanes que había que ir a sus puestos de trabajo. Bueno, yo trabajo acá y acá estoy”, respondió el cantautor, que también era director teatral de la UTE. Tenía 40 años.
Tras el toque de queda de las 2 de la tarde, cerca de 600 académicos, estudiantes y funcionarios –incluido Jara-decidieron quedarse. En la madrugada del 12, los militares asaltaron a balazos la UTE y a punta de metralletas sacaron del campus a los detenidos. Los subieron a golpes a buses de la locomoción colectiva y los llevaron al Estadio Chile.
Foto: Fundación Víctor Jara.
LO RECONOCIERON Y SE ENSAÑARON CON ÉL
De acuerdo a un artículo publicado por La Nación, sobre la base de los expedientes del caso, un oficial de lentes oscuros y en tenida de guerra, cara pintada, metralleta terciada, granadas colgando en su pecho, pistola y cuchillo corvo en el cinturón, reconoció al cantante popular y se ensañó con él.Lo llamaban “El Príncipe” por sus ademanes soberbios.
Según el relato del abogado Boris Navia, también detenido, el oficial que lo reconoció “lo golpeaba una y otra vez. En el cuerpo, la cabeza, descargando con furia las patadas. Casi le estalla un ojo. Nunca olvidaré el ruido de esa bota en las costillas. Víctor sonreía. Él siempre sonreía, tenía un rostro sonriente, y eso descomponía al facho. De repente, el oficial desenfundó la pistola. Pensé que lo iba a matar. Siguió golpeándolo con el cañón del arma. Le rompió la cabeza y el rostro de Víctor quedó cubierto por la sangre que bajaba desde su frente”.
Otro de los detenidos, el periodista Sergio Gutiérrez, contó que el artista “tenía numerosos hematomas en los pómulos, se notaba pálido, muy débil. Su mirada estaba perdida”. Apenas pudo reconocerlo, lo saludó y le preguntó cómo estaba, a lo que Víctor Jara le respondió: “Mira mis manos… mira mis manos… me las machacaron para que nunca volviera a tocar la guitarra…”.
Gutiérrez recordó que “sus manos, esas milagrosas manos cuyos dedos deleitaban a millares de trabajadores e intelectuales al pulsar las cuerdas de la guitarra para acompañar sus canciones de protesta y esperanza, ya no eran tales. Estaban hinchadas y parecían tener un solo dedo, gordo y recubierto de sangre. Las pocas uñas que le quedaban estaban negras en su totalidad. Eran las manos más golpeadas que había visto en mi vida”.
ULTIMOS MOMENTOS ANTES DE SER ACRIBILLADO
Cuando Víctor Jara se encontraba en una celda recibiendo ánimo de los otros detenidos, repentinamente llegaron dos soldados que lo arrastraron violentamente hasta un sector alto del Estadio, donde comenzó una nueva golpiza más brutal que las anteriores, a culatazos. El oficial apodado “El Príncipe” había recibido la visita de unos oficiales de la Armada.
El abogado Navia recordó que “desde lejos vemos cómo uno de ellos comienza a insultar a Víctor, le grita histérico y le da golpes de puño. La tranquilidad que emana de los ojos de Víctor descompone a sus cancerberos. Los soldados reciben orden de golpearlo y comienzan con furia a descargar las culatas de sus fusiles en el cuerpo de Víctor. Dos veces alcanza a levantarse, herido, ensangrentado. Luego no vuelve a levantarse”. Es la última vez que ven con vida al cantante popular.
José Paredes, ex conscripto procesado en 2009 como integrante del grupo de militares que fusiló al cantautor, declaró que “cuando fueron trasladados alrededor de 15 detenidos a un camarín del subterráneo, entre ellos Víctor Jara y Litre Quiroga (ex director de Gendarmería), detrás de ellos llegó el teniente Nelson Haase y un subteniente a cargo de los conscriptos”. El subteniente comenzó a jugar a la ruleta rusa con su revólver apoyado en la sien del cantautor, hasta que salió el primer tiro mortal que impactó en la cabeza del cantautor.
El ex conscripto, ya fallecido, añadió que el cuerpo de Víctor Jara cayó al suelo de costado y comenzó a convulsionar. Enseguida el subteniente ordenó a los conscriptos que se encontraban en el lugar que descargaran ráfagas de fusiles en el cuerpo del artista. En total, recibió 44 impactos de bala.
Después de ser hallado a un costado del Cementerio Metropolitano, el cuerpo de Víctor Jara fue llevado al entonces Instituto Médico Legal, donde un trabajador de militancia comunista lo reconoció y avisó a su esposa Joan Turner, antes de que lo sepultaran en una fosa común. Su compañera y sus dos hijas pequeñas lo enterraron silenciosamente en un humilde nicho del Cementerio General.
Recién en diciembre de 2004, a 31 años de su muerte, el magistrado de 5° Juzgado del Crimen de Santiago, Juan Carlos Urrutia emitió una resolución, donde por primera vez los tribunales se acercaban a la esquiva verdad y esbozaban parte de lo ocurrido con el cantautor popular. El magistrado sometió a proceso al teniente coronel en retiro Mario Manríquez Bravo como autor intelectual del homicidio calificado de Víctor Jara.
Pese al optimismo por alcanzar nuevos avances en el proceso judicial, el caso tuvo un nuevo revés. En mayo de 2008, el ministro de fuero Juan Belmar, integrante de la Corte de Apelaciones de Santiago que había asumido el caso, cerró el sumario (fase indagatoria) con sólo un procesado, el ya señalado comandante Manríquez.
A comienzos de enero de 2012 la Corte Suprema redistribuyó diversas causas de violaciones a los derechos humanos y el caso quedó en manos del ministro de Corte de Apelaciones de Santiago, Miguel Vásquez Plaza. El 28 de diciembre pasado, el juez sometió a proceso a los militares en retiro Hugo Sánchez Marmonti y Pedro Barrientos Núñez como autores materiales del homicidio calificado.
Junto con ellos, encausó a los también ex miembros de Ejército Roberto Souper Onfray, Raúl Jofré González, Edwin Dimter Bianchi, Nelson Hasse Mazzei, Luis Bethke Wulf y Jorge Eduardo Smith Gumucio como cómplices del brutal crimen. Finalmente, el ministro emitió orden de captura internacional contra Barrientos, quien actualmente vive en Miami. La Corte Suprema aprobó la solicitud de extradición,que está en curso.
viernes, 13 de septiembre de 2013
Querido papito: Carta de niños a sus padres desaparecidos
En la desesperación de la ausencia, muchos niños escribieron a sus padres emotivas cartas, mientras éstos se encontraban desaparecidos. Algunos regresaron, otros no. Acá, dos relatos sobrecogedores pertenecientes al Museo de la Memoria.
Alejandra Holzapfel: Yo sobreviví a Venda Sexy
Alejandra tenía 19 años cuando fue tomada prisionera por la DINA. Desde 1974 a 1975 estuvo detenida en Villa Grimaldi, Venda Sexy, Tres Álamos y Cuatro Álamos. Fue violada por el guatón Romo y violentada sexualmente con un perro pastor alemán al que los agentes de la dictadura llamaban Volodia. Pese a todo, no lograron doblegarla: “Pasamos atrocidades, pero somos capaces de ser felices porque somos personas dignas. Nuestros torturadores, no”, declara.
Primavera de 1976: Alejandra Holzapfel Picarte (21) entra corriendo -los puños apretados, la respiración entrecortada, los ojos enrojecidos- a su departamento en el block Karl Marx 34 en Potsdam, Alemania, donde vive su exilio desde 1975. Casi rompe su polera y pantalón mientras, llorando, se desnuda. Tropieza al empujar la puerta del baño y, aún sin recuperar el equilibrio, entra a la ducha y abre la llave del agua. Toma una esponja y comienza a refregarse el cuerpo con tanta vehemencia que se le irrita la piel, pero sigue tratando de quitarse la suciedad imaginaria. De golpe, llegan los recuerdos: ella vendada, sin ropa, sobre un camastro, violada por Osvaldo Romo; ella en el suelo, sujetada por agentes de la DINA, mientras una mayor de carabineros dirige a un perro amaestrado para ultrajarla. Sale a su dormitorio, aún estilando, cubierta sólo por una toalla. Se sienta en la cama frente a un espejo y se observa.
Ese día, por vez primera desde su paso por los centros de tortura pinochetista, Alejandra tuvo un contacto romántico con un hombre y fue un desastre. Su amigo Pepe Fuica -un militante socialista a quien conoce hace un par de meses, cuando la convenció de entregar su testimonio como torturada política a Naciones Unidas-, la besó de improviso mientras caminaban por su barrio en Am Stern. Para él, se trató de un arrebato amoroso. Para ella, el que la tomara por sorpresa fue arrastrarla, otra vez, a los días en que fue violentada sexualmente: cayó al suelo, lo golpeó una y otra vez, y luego huyó.
Ese día, por vez primera desde su paso por los centros de tortura pinochetista, Alejandra tuvo un contacto romántico con un hombre y fue un desastre. Su amigo Pepe Fuica -un militante socialista a quien conoce hace un par de meses, cuando la convenció de entregar su testimonio como torturada política a Naciones Unidas-, la besó de improviso mientras caminaban por su barrio en Am Stern. Para él, se trató de un arrebato amoroso. Para ella, el que la tomara por sorpresa fue arrastrarla, otra vez, a los días en que fue violentada sexualmente: cayó al suelo, lo golpeó una y otra vez, y luego huyó.
Encerrada en su habitación, Alejandra ya ni siquiera llora. Sólo mira, en silencio, su reflejo. Afuera de su edificio, Fuica termina de fumar un cigarrillo y enciende de inmediato otro con las manos temblorosas. Está descolocado y se cree responsable de la reacción de Holzapfel, por lo que decide quedarse un par de horas ahí, a la espera de que ella salga de su guarida. Como ello no ocurre, se marcha a Berlín y un mes después le envía una carta, disculpándose. Ella le contesta y le sugiere encontrarse y conversar: He decidido, le dice, vivir la vida que soñaba antes del Golpe de Estado.
“Recuperar la alegría era también una decisión política, una forma de ganarle a la dictadura”, explica hoy, a sus 60 años, Alejandra.
Esta convicción la lleva a casarse con Fuica, a ser madre con él y a volver a sonreír pese a haber sido brutalmente torturada por más de tres meses desde que fue tomada prisionera a fines de 1974.
LA CAÍDA
El 11 de diciembre de 1974, en las horas previas al inicio de su calvario por los centros de tortura, Alejandra, estudiante de Veterinaria, recibió en su departamento en Santiago Centro a una de sus amigas más cercanas, Beatriz Bataszew, quien, como ella, militaba el en MIR.
Bataszew estaba siendo buscada por los organismos represivos. La información que se manejaba entre los miristas es que todas las casas de seguridad de la organización habían sido allanadas o estaban bajo vigilancia y que algunos de sus compañeros estaban presos. De otros, nada se sabía. Necesitaba esconderse por unos días.
En silencio, ambas cenaron esa noche y luego durmieron a sobresaltos. A las cinco de la madrugada, un fuerte ruido las despertó. Aún no amanecía. La oscuridad era casi absoluta y en la puerta un hombre exigía que le abriera. Las dos sabían lo que eso significaba. O creían saberlo. La magnitud de la crueldad de los organismos de represión no era conocida hasta eses entonces.
Mientras la mamá de Alejandra se levantaba a atender, Beatriz advirtió que portaba un documento estratégico que no podía caer en manos del Régimen. Entre las dos, rompieron los papeles y los masticaron mientras tomaban agua para no atorarse. Una tía abuela de Holzapfel, que también vivía con ellas, estaba inquieta con el inusual movimiento. Tan tarde o tan temprano no es hora de llegar a los hogares decentes, decía.
En la puerta de entrada, la mamá de Alejandra intentaba convencer al joven oficial Fernando Lauriani Maturana, a cargo del operativo, de que esa noche sólo ella estaba en casa. La misión no le era difícil. Aunque se haría conocido como uno de los criminales más crueles del Régimen, Lauriani no era precisamente una lumbrera. El militar estaba decidido a retirarse, pero Alejandra no lo sabía y, temiendo que pudieran arrestar a su madre, se asomó al living justo cuando Lauriani se estaba yendo. La alcanzó a ver.
- ¡Esta es la señorita que buscamos!, exclamó el agente.
Entonces allanó la casa y encontró a Beatriz.
- ¿Y esta rucia suelta quién es?
- Es compañera de Universidad, estábamos estudiando.
Lauriani se esforzó en corroborar que le estaban diciendo la verdad, exigiéndole a Beatriz que le diera un número de teléfono para verificar la información. La joven alumna de Agronomía le dio el de sus padres. Al otro lado de la línea, ellos le dijeron al agente que la niña se encontraba preparando un examen donde una amiga. Esa noche, Bataszew se salvó.
Holzapfel, en cambio, quedó detenida por la delación de Humberto Menantaux, uno de los integrante del Comité Central del MIR que había caído en las garras de la Dirección Nacional de Inteligencia (DINA) en noviembre de ese año y que fue asesinado en 1975 después de haber sido obligado a entregar toda la información que poseía y a dar, junto a otros tres integrantes de la organización, una conferencia de prensa en que llamó a sus compañeros a deponer las armas tras leer la nómina de muertos del MIR. Hoy figura en la lista de desaparecidos.
ESE MUERTO NO LO CARGO YO
- “Le traigo a la niña a las 8.30. Le vamos a hacer un par de preguntitas nomás. Téngale desayuno”, vociferó Lauriani antes de partir.
La mamá de Alejandra no volvió a dormir. Preparó la mesa confiada en la palabra del militar.
Afuera de su hogar en Valentín Letelier, a pasos de La Moneda, Holzapfel fue subida, con los ojos vendados, a un vehículo conducido por Basclay Zapata. Cerca de las seis de la madrugada, sus captores la ingresaron a Villa Grimaldi, en medio de murmullos, y llamaron a dos mujeres de la DINA, que precedieron a escudriñarla en búsqueda de algún texto secreto o microfilme. Tras tocarle hasta la vagina, la dejaron sentada con los ojos aún cubiertos.
Entonces oyó una voz.
- ¿Quién eres?
Sin saber quién preguntaba, decidió responder:
- Soy Alejandra Holzapfel.
- ¡Coneja, estás acá!
En ese minuto, reconoció la voz de Laura Ramsay y luego, cuando se deslizó la venda, pudo ver a Carmen Bueno.
A las ocho de la mañana Lauriani le hizo una breve visita.
- Que se levante inmediatamente la que está sin la venda.
- Soy yo-, respondió Alejandra.
Lauriani había hecho uso varias veces de la misma táctica para burlarse de las recién detenidas. Se acercó a Alejandra y la abofeteó tan fuerte que ella cayó al suelo.
- ¡Te dije que no te sacaras la venda! ¡Aprende a obedecer, huevona!
Alejandra recuerda que aún no se le había quitado el ardor en la cara cuando comenzó a sonar una cumbia: “A ese muerto no lo cargo yo, que lo cargue el que lo mató”.
En ese minuto, la llevaron a otro cuarto, la desnudaron, la mojaron y le aplicaron electricidad sobre un catre metálico. Le pidieron nombres de otros dirigentes del MIR. “Tarde o temprano todos hablan”, le aseguraron. Ella calló. Luego, Osvaldo Romo, viéndola débil por la tortura, se bajó el pantalón y la violó por primera vez. Ella siguió en silencio.
- ¿Tu chapa es Mauro?
- No.
- ¿Quién es Mauro?
- No sé.
- ¿Qué sabes?
- Nada.
Los torturadores se pusieron a hacer comentarios sobre el calor de diciembre y lo lindas que eran las comunistas recién llegadas. La volvieron a poner sobre la parrilla y el Guatón Romo la violó otra vez.
- ¿Tu chapa es Mauro?
- No.
El mismo ritual se repitió por cinco días.
“Sentí que mi dignidad dependía de no hablar, por lo mismo me costó mucho perdonar a quienes se quebraron. Con los años, he aprendido que existen distintos tipos de delación, que es diferente quien se vuelve colaborador a quien, ante una situación que no puede soportar, delata. Hoy si ponen frente a mí a uno de mis nietos, tal vez entrego todo lo que sé. Uno de verdad no sabe qué puede o no aguantar. A mí me hicieron cosas terribles, y callé, pero he conocido a gente maravillosa que entregó a un compañero que es detenido desaparecido y sufre hasta hoy por eso”.
El 16 de diciembre de 1974, luego de cinco días en Villa Grimaldi, Holzapfel fue trasladada a un casa de dos pisos en calle Irán 3037, en Macul. Allí se reencontró con Beatriz, maltrecha y herida. Bataszew había caído el 12 de diciembre, un día después que Alejandra, interceptada en un fallido encuentro con otro militante, Mario Peña, y fue llevada de inmediato a Venda Sexy. La fantasía de burlar a la DINA sólo fue eso: una ilusión. Su novio, Dagoberto San Martín, también perseguido, fue cazado por la represión el 17 de diciembre. Hasta hoy se desconoce su paradero.
Alejandra intuyó, al ver a Beatriz, que le esperaban otros espantos. La residencia estaba llena de miristas, algunos con heridas visibles y la mayoría en extremo delgados.
“Estaba también Laura Ramsay, que había sido sacada hace unos días de Villa Grimaldi. Me extrañó no ver a Carmen Bueno, porque no había vuelto a saber de ella. Después me enteré que ella, que era cineasta, fue asesinada bajo el cargo de haberle regalado una mascota a Miguel Enríquez”.
La cumbia que atormentaba a Alejandra en Villa Grimaldi, fue reemplazada en la Discoteque por música anglo que sonaba durante todo el día para esconder los gritos de quienes eran torturados en el subterráneo. Quienes llegaron ahí fueron vulnerados sexualmente de forma continúa. La brutalidad llegó al extremo de que la mayor de Carabineros Ingrid Olderock entrenó a un pastor alemán ovejero, a quien llamó “Volodia”, para violar a los prisioneros.
- Contra todo lo que se pueda creer ella le había enseñado a violar. Estaba completamente amaestrado por ella, que le daba las órdenes.
¿Es cierta la historia del “perro Volodia”?
-Es cierta, a mí me tocó ser violada así, con ese animal, por eso te lo puedo decir. Es una de las historias más terribles y dolorosas que yo sólo he podido enfrentar hace muy pocos años. Por mucho tiempo no pude sacarlo, me daba una vergüenza terrible.
Ingrid dirigía al animal, mientras los otros torturadores obligaban a los detenidos a adoptar posiciones que facilitaran el abuso. Hombres y mujeres que pasaron por Venda Sexy fueron víctimas de esta atrocidad. Nadie hablaba del tema en la casona, pero tras las sesiones de tortura, las compañeras recibían a sus amigas con más ternura que de costumbre y las acurrucaban para que durmieran un rato. Con los días, se dieron cuenta de que quienes estaban a cargo del centro de detención disminuían las violaciones cuando las prisioneras estaban menstruando, así es que idearon un plan: Las que estaban con el periodo o con una herida sangrante dejaban un paño manchado en el baño, así la que ingresaba se lo ponía. La estrategia irritó a los agentes:
- ¡Otra vez están todas estas huevonas con la regla, hasta cuándo!, se quejaba el general en retiro, Raúl Iturriaga Neumann, que actualmente cumple condena en Punta Peuco.
La resistencia consistía en eso: en no rendirse en medio de la miseria.
“Uno pierde noción del tiempo con la tortura, del día de la noche, de si comíamos o no. Recuerdo que una vez comí una sopa de huesos de pollo y que otra vez nos dieron lentejas con caca y una compañera dijo fuerte: ‘Nos están dando lentejas con caca. Nos las vamos a comer igual, pero ni crean que no lo sabemos’. Era una forma de hacerles saber que no nos estaban engañando. El Venda Sexy fue terrible. Varios compañeros desaparecieron desde ahí también”.
De la Discoteque, Alejandra pasó a Cuatro Álamos, recinto que los militares usaban para que a los detenidos se les borraran las huellas visibles de la tortura. “Desde ahí también desaparecieron gente, pero las condiciones eran menos duras: tuvimos acceso a duchas, por ejemplo”.
Luego de unas semanas, fue llevada a Tres Álamos, donde Nieves Ayrees, quien también había sufrido todos los horrores del aparato represivo pinochetista, le dio un sentido al dolor.
- Había un grupo de detenidas que daba como la bienvenida. Me encuentro con Nieves Ayrees, que es hermana de la Rosita, mi actual socia en la productora, y dice “Oh, la Holzapfel, ¡chiquillas, llegó otra del Liceo 1” y empiezan a cantar, “Eleceí, ceí, ceí”. Y yo pienso “qué está pasando aquí, están todas las locas”. Después entendí la importancia del temple de esas mujeres. Nieves vive ahora en Nueva York, y estoy demasiado agradecida de ella, porque con ella al lado uno no puede caerse. En Cuatro Álamos me llevó a su celda. La llamó “la cueva mágica”, hacía dibujos, siempre nos dibujaba sonriendo. Nos obligaba a conversar sobre lo que nos había pasado. “Ah, a ti también te violaron”. Al final, era raro porque ella lo entendía todo. Y nos hacía hacer obras de teatro, sociabilizar el dolor. Yo, que me sentía sucia, logré ver que a todas nos pasaba eso. Estoy convencida de que ella me enseñó a sobrevivir.
Estando en Tres Álamos, Holzapfel pudo recibir visitas. Su primer encuentro fue con su madre, a quien no había visto en tres meses.
- Mamá, necesito que me traigas antibióticos. Es muy importante.
- ¿Estás enferma?
- Es que…me violaron.
Al escuchar por vez primera esta confesión, su madre se puso pálida, pero entre gemidos, le aseguró a su pequeña de 19 años que todo estaría bien porque que estaban vivas y eso era lo único importante. También le comunicó que pronto podría partir al exilio en Alemania y terminar sus estudios de veterinaria, profesión que, tras las aberraciones sexuales que le infringió Olderock con el perro Volodia, Alejandra nunca más quiso ejercer:
- Debes seguir tus estudios de veterinaria.
- No quiero.
- Ale, debes hacerlo. Es lo que amas y te faltan dos años nomás.
Alejandra la miró sin sacar la voz. Ahora odiaba el contacto con los animales, pero no se atrevió a decírselo. ¿Qué podría haberle dicho sobre lo que vivió en Venda Sexy si no quería ni siquiera recordarlo?
A mediados de 1975, Alejandra fue enviada a la RDA. El arribo fue difícil. Eran tiempos de sospechas. No hablaba el idioma y Berlín estaba lleno de militantes del PC y el PS. Ella era del MIR y el rumor era que los militantes del MIR eran agentes de la CIA que habían propiciado el Golpe.
“Fue súper doloroso. Llegó un momento en que le dije al alemán a cargo que me mandara de vuelta a Tres Álamos. El tipo se espantó y al día siguiente aclaró la situación con todos los chilenos y les dijo ‘Alejandra es una persona de confianza, entonces ella puede hacer lo que quiera’. Ese fue el espaldarazo que necesitaba. Ahí me enviaron a vivir a Potsdam”.
En Potsdam, Holzapfel llegó al edificio en el residían Ángela Jeria -viuda del general Alberto Bachelet- y su hija Michelle. Por más de un año fue vecina de piso de ambas. Ángela la acogió y la acompañó. Fue la dulzura que Alejandra requería para recuperarse y una de las personas que la instó a aceptar los cortejos de Pepe Fuica, con quien se casó y a quien abandonó en 1979 luego de que él frustrara su plan de regresar a combatir al país.
- Me metí en la política de retorno del MIR y él consideraba que era un suicidio. Quise volver el ’79, me estaba preparando para eso, y él fue al consulado de Chile a entregar esta información para impedir que yo retornara.
Alejandra no pudo soportar la traición. Falsificó los pasaportes de sus hijos, con ayuda de una amiga alemana, y huyó con ellos desde Leipzig, donde estaba residiendo desde que había contraído matrimonio. Tomó el tren y llegó hasta la casa de Carlos Liberona en Frankfurt, quien la derivó con Cristián Schmidt, quien sólo le pidió, a cambio de estar en su hogar seis meses con los niños, que le enseñara a manejar.
Recién en 1987, pudo volver con sus hijos al país. Fuica, en tanto, murió en un accidente de tránsito en Alemania sin haber logrado el perdón de Alejandra.
Cuando Holzapfel llegó a Chile comenzó a colaborar con la justicia en los procesos contra quienes la violentaron estando en prisión. Se ha careado con Basclay Zapata, Miguel Krassnoff Martchenko, Lauriani Maturana y Osvaldo Romo.
Ninguno, nunca, le ha pedido perdón.
- Lauriani quiso darme lástima. ‘Tengo familia’, me dijo. Krassnoff fue más prepotente. El guatón Romo se hizo pipí, literalmente. Olderock no pasó un día en la cárcel. Murió en libertad, pero por azar un día, creo que el 88 o el 89, entró a comprar a un minimarket que yo tenía en Valentín Letelier. Afortunadamente no estaba sola y pude echarla y decirle lo que pensaba. Es sanador decirle a alguien ‘aquí estoy, aunque me hiciste esto o lo otro’. Aún así, tengo una gran frustración de saber que los torturadores no reciben el castigo merecido por cada persona a la que hicieron sufrir, que hay que acumular condenas para que pasen tiempo en la cárcel y sobre todo me duele no saber qué pasó con los compañeros que están detenidos desaparecidos. Que aún hoy, a cuarenta años, nos nieguen la verdad es una nueva forma de torturarnos.
Pese a todo, Alejandra sabe que le dobló la mano a la dictadura. Hoy tiene un par de nietos “maravillosos, preciosos y todos los adjetivos lindos que se te puedan ocurrir” y la dignidad, que la DINA trató de quebrantar, intacta.
- Aquí instalaron una política de destrucción de nosotros como seres humanos, y aún así no pudieron conseguirlo. Entonces, cuando somos capaces de reír, de disfrutar la vida, demostramos que no pudieron destruirnos. Pasamos atrocidades, pero somos capaces de ser felices porque somos personas dignas. Nuestros torturadores, no.
http://www.theclinic.cl/2013/09/11/alejandra-holzapfel-y-la-vida-tras-las-torturas-y-las-aberraciones-sexuales-de-la-dictadura/
A 40 años del golpe: testigos desentierran la otra cara de la historia oficial de Pirque
Viernes, 13 de Septiembre 2013
ESCRITO POR GALY CHÁVEZ
http://www.elclarin.cl/web/index.php?option=com_content&view=article&id=9178%3Aa-40-anos-del-golpe-testigos-desentierran-la-otra-cara-de-la-historia-oficial-de-pirque&catid=7%3Aentrevista&Itemid=8
ESCRITO POR GALY CHÁVEZ
Por años le han hecho creer a la comunidad de Pirque que durante la dictadura militar aquí, poco y nada pasó. A 40 años del golpe, los testimonios de Marcia Scantlebury, periodista, miembro del directorio de TVN y del pircano, ex dirigente sindical, Ricardo Sánchez derriban este mito, construido para arrancar de las mentes pircanas la verdad de lo sucedido en la Comuna. “Después de los horrores sufridos en Villa Grimaldi y Cuatro Álamos, llegar al Campo de Prisioneras Pirque, fue una suerte de alivio”, relata Marcia. Por su parte, Ricardo, jamás olvidará que el 18 de septiembre de 1973, lo pasó en un baño de la Municipalidad, habilitado como calabozo.
Año 1975, pleno invierno. Una Comisión de Naciones Unidas llegaría a Santiago con el fin de investigar el atropello a los derechos humanos. La Junta Militar implementa una operación lavado de imagen. Ordena sacar desde Cuatro Alamos a cerca de 120 prisioneras. Todas habían sido brutalmente torturadas. El destino sería el centro de vacaciones de SOQUIMICH, denominando El Salitre, ubicado en San Juan de Pirque.
El traslado de las mujeres fue puesto en conocimiento del Alcalde de ese entonces, José Manuel Balmaceda Valdés, a quien la Junta Militar había reafirmado como tal. En tanto, a Carabineros se le asignó la vigilancia del “inaugurado” campo de concentración de mujeres.
Septiembre de 2013, inicios de la primavera. Marcia recorre la otrora prisión donde hoy funciona el centro recreacional perteneciente a la Asociación Cristiana de Jóvenes (YMCA).
“Casi no se habla de este campamento de prisioneras… es como un sitio olvidado” reflexiona a manera de iniciar su propio recordatorio.
“Nos sacaron vendadas desde Cuatro Alamos. No sabíamos a dónde nos traían. Pero a mi me pasó algo impresionante. Mi madre estaba afuera cuando salíamos y comenzó a llorar. Y lloró tanto, tanto, tanto que la dejaron subir al bus y sentarse a mi lado. Antes de llegar aquí, la tiraron abajo a la entrada de Pirque. Después se volvió a dedo a Santiago”.
“Es muy lindo el paisaje. Al igual que en esos tétrico días, la naturaleza, las montañas, el verdor, el aire puro…me conmueven. Aquí en esta cabaña, la número 5 estuve yo, dormíamos apiñadas en este diminuto espacio”
“Pero, en fin… después de los horrores sufridos en los otros centros, el haber llegado a esta prisión y poder mirar la cordillera fue una especie de alivio.”
“Se cuidaron de propinarnos torturas físicas, porque una comisión de Naciones Unidas llegaría al país. Lo que si recuerdo patente, es el miedo que todas las noches se apoderaba de nosotras, porque lo disparos iban y venían y cavaban hoyos. Sentíamos un incesante “paleo”; pensábamos que nos iban a enterrar. Era tortura sicológica, creo…”
¿Y les permitían pasear por el lugar?
“No. Jamás. Todos los días la ruta era la misma. De las cabañas al comedor. No nos podíamos mover más allá del radio acotado por los guardias. Para este lado de la piscina no nos dejaban caminar”.
“”Ahí está la copa de agua. En ese tiempo había solo un estanque. Todas nos enfermamos del estomago, diarrea, dolores feroces de guata. El agua estaba contaminada.”
¿Alguna vez las visitó el alcalde de la Comuna, la Cruz Roja, las monjitas, médicos, alguien?
Nunca. A mi me vino a ver un amigo, Javier Larraín, él vivía por aquí, además de mi mamá y mis hijos. Nunca llegó ninguna autoridad local o nacional. Solo recibimos visitas de nuestros familiares.
“Bueno siempre será doloroso, pero es importante hablar, conversar intercambiar opiniones sobre la historia del país. La idea es que nada de esto pase al olvido. Hay que desenterrar de este lugar la historia de vida de muchas mujeres, hombres y niños chilenos, de familias enteras. No habrá nunca reconciliación si se continúa con esa política de hacer borrón y cuenta nueva. No se le puede dar la espalda a lo sucedido. Hay que enfrentarlo para no repetirlo. Me alegra aportar con mi testimonio a la recuperación de la memoria de Pirque”, señala Marcia al salir del recinto que fuera su cautiverio.
DEL CALABOZO MUNICIPAL AL REGIMIENTO DE PUENTE ALTO
“El 18 de septiembre de 1973 lo pasé preso en un baño de la Municipalidad de Pirque habilitado como celda. Ahí habíamos 12 compañeros. Estuvimos tres días de pie y sin comer nada, recuerda Ricardo Sánchez Aguilera, ex dirigente del Sindicato Luis Emilio Recabarren. A la fecha trabajaba en la Granja Progreso y además pertenecía al Centro de Abastecimiento Rural, CAR
Previo a detallar las circunstancias de su detención, Ricardo reconstruye situaciones grabadas a fuego en su memoria. “El 11 de septiembre una vecina me avisó- llorando- lo del golpe militar. Me dijo: derrocaron a Salvador Allende”.
Me pongo a escuchar la radio y altiro me doy cuenta que van a empezar a perseguir a dirigentes. Entonces, no fui a la pega y tampoco me quedé en casa. El día 12 de septiembre ya se veían pasar los camiones militares y las camionetas C-10 con Carabineros, por Ramón Subercaseaux . Ese día allanaron varias casas, la de la señora Elena Maturana y también la mía. Iban bien dateados porque le preguntaron a mi hermana qué a dónde estaba yo. La dieron unos charchazos para que dijera, pero ella no sabía nada.
¿Y cuándo lo tomaron detenido?
El día 18 volví a mi casa. Me lavé, afeité, me cambie de ropa. Recuerdo que me puse un chaleco delgado. De ahí fui a conversar con mi vecina Carmelita. La conversa duró poco así es que me devolví. Iba caminando cuando me doy cuenta que viene la patrulla de Carabineros, hacia La Puntilla.
Los ojos vidriosos de Ricardo delatan la emoción que le provoca el reconstruir la escena y el posterior desenlace.
“En la patrulla venía el Sargento Astudillo… en una camioneta C-10 y se me atravesó. Ricardo Sánchez, gritó. Sí, soy yo, le respondí. Ya…arriba no más, me ordenó. Eran como las 11 de la mañana.
¿El policía lo conocía?
Mire, Me acuerdo clarito. Astudillo andaba con una lista. Yo conozco a quien me delató”.
“De ahí me llevaron a San Juan. Yo iba atrás en la parte de atrás del vehículo, custodiado por un carabinero con ametralladora, de apellido Saillo. Era muy malo. Llegamos a San Juan a la casa de un Ministro del gobierno de Allende. Mientras hacían el operativo, el carabinero Saillo le pasó una pistola a este cabro, Nicolás Carrasco – alias El Rábano- que era informante. Toma, le dijo, si se arranca le disparas”
“El “Rábano” cumplió la orden y ahí me tuvo, con pistola en mano.
¿Esa persona era de Pirque, usted lo conocía?
Claro, es de aquí. Todavía vive en la Comuna
¿Se han encontrado alguna vez?
“Si”.
¿Han hablado del asunto?
“No, nunca”.
¿Qué pasó después del operativo en San Juan?
“Me llevaron a la Municipalidad y ahí quedé encerrado en un baño junto a otros 12 hombres. Me recuerdo que estaban, Pablito Acuña, otro del Cruceral, Julio Palacios. Nos tuvieron tres días, sin comer y tomar agua, hasta que un carabinero se apiadó y nos convido restos de sopa de pollo. El Alcalde, don José Manuel Balmaceda habló con nosotros y dijo que nos iba ayudar. Eso dijo…”
“Al cuarto día fuimos notificados. A mi, el sargento Astudillo me mostró una papeleta en la que decía que me habían encontrado armas, explosivos, que yo iba a volar el puente San Ramón. O sea me cargaron todo eso. Y entonces, nos llevaron al Regimiento de Puente Alto. Nos recibieron a patadas, culatazos y también nos amenazaron con matarnos. Fueron 20 terribles días de mi vida. Me libre de la muerte gracias a la mano que me tendió mi patrón, Don Adolfo Dujolde, que en paz descansa”.
Las vivencias de este trabajador contrastan con lo que ocurría en el seno de la elite latifundista de Pirque.
Ese 11 de septiembre, la alegría reinaba en las casas patronales de los Undurraga, Mackenna, Valdés, Balmaceda, Chadwick, entre otras empingorotadas familias. Con buen vino y champaña celebraban la “epopeya” librada por el tata Pinochet.
A partir de entonces, se comenzó a construir – a través de diversas estrategias- el mito de que esta Comuna se había librado de la represión militar porque sus autoridades “cuidaron de que esto no pasara”.
Vecinos recuerdan una reunión ampliada, convocada por el Alcalde, José Manuel Balmaceda, en donde ofreció ayudar a quienes pudieran tener “problemas” Pero, “en esa reunión participaron unos cuantos sapos que después andaban delatando a comunistas, y upelientos. O sea, eso fue un puro anzuelo, no más”, señala doña Marta.
Por su parte, Ricardo y Marcia dan a conocer – con sus testimonios- la otra cara de la historia oficial de esta Comuna rural.
http://www.elclarin.cl/web/index.php?option=com_content&view=article&id=9178%3Aa-40-anos-del-golpe-testigos-desentierran-la-otra-cara-de-la-historia-oficial-de-pirque&catid=7%3Aentrevista&Itemid=8
jueves, 12 de septiembre de 2013
Desentierran las fotografías escondidas del Chile de Allende
Para no exponer a la cárcel, torturas y muerte a quienes aparecían en sus fotos y salvaguardarlas de la sangrienta represión, el periodista Fernando Velo, tras cubrir las primeras horas del golpe militar en las afueras del palacio presidencial,por la noche, el 11 de septiembre de 1973, sin decir nada a nadie, ni siquiera a su familia, escondió todos sus archivos fotográficos dentro de unos tambores de aceite, enterrándolos en unos hoyos que cavó con sus propias manos en el patio de su casa. Después de varios años, a punta de sudor y lágrimas, las rescata y las hace viajar a Estados Unidos, donde reside desde 1976.
Era una colección de alrededor de 23 mil negativos,mayoritariamente inéditos, que empieza a recuperar poco a poco, tras revelar el secreto de los tambores clandestinos a su hermano menor, pero desafortunadamente sus esfuerzos no prosperan según lo planificado. Los archivos que habían logrado sobrevivir, venciendo al paso de los años, la humedad y las lluvias no superan las barreras policiales que se suceden en los aeropuertos. En México, le requisan cerca de 20 mil negativos a una persona de su máxima confianza que se los llevaba a Los Angeles, Estados Unidos, donde llega en 1976 como refugiado político, después de permanecer un año y medio exiliado en Perú. En vano hizo lo posible e imposible para encontrarlos. Nunca supo dónde fueron a parar.
Las fotos registraban los mil días del gobierno de la Unidad Popular, lo que sucedió en Chile entre 1970 y 1973, el pueblo movilizado a su sueño por un país sin explotadores, ni explotados; la temperatura psicológica de una utopía; un registro logradadesde el corazón mismo de la revolución puesta en marcha fruto de su trabajo como integrante del pool del equipo gráfico de la editorial Quimantú, fotógrafo oficial de las brigadas muralistas, Ramona Parra, de la Organización Nacional del Servicio Voluntario (ONSEV) de la Secretaría Nacional de la Juventud y colaborador de la revista, “Claridad” de la Federación de Estudiantesde Chile, FECH.
En la primera fila de la noticia
La mañana del 11 de septiembre de 1973, Fernando Velo, se levantó temprano, pero no fue como lo hacía de costumbre a la universidad, donde estudiaba Historia y Geografía y realizaba su tesis de grado en Periodismo, dos carrerassimultáneas ya que un año antes había dejado de cursar Derecho por falta de tiempo. Por entonces la educación era pública y gratuita.
A primera hora, escuchando la radioemisora Corporación en un equipo portátil que tenía bajo su almohada, oyó decir que algo sucedía en La Moneda, y que Carabineros había establecido un cerco en torno a ella. Presintiendo, pues recuerda había una cierta clave que sería propalada al aire en caso de un levantamiento militar, se puso su terno y camisa blanca, que por lo general no solía vestir, prepara su credencial de periodista, sus dos cámaras; una vieja Nikon de visión directa y una Zenith rusa réflex, y se dirige al palacio presidencial.
Ese día, el tránsito estaba disminuido, pero logra subirse a una liebre, encontrándose allí con un amigo, quién le informa el alzamiento de la Armada, la sublevación de un sector de la marinería, y que algunos barcos de la Operación Unitas, habían regresado a Valparaíso. Esta alerta no fueimpedimento para que siguiera hacia donde pensaba y creía tenía que estar.
Bajándose del vehículo, una cuadra antes de llegar, caminando, desde el paradero más cercano,Carabineros impedía el paso de los transeúntes hacia las calles aledañas al barrio cívico. A él lo dejan pasar, luego que constatan su maletín lleno de rollos fotográficos y sus dos cámaras de fotos. Eran las ocho de la mañana con apenas un par de minutos.
Al llegar a la Plaza de la Constitución, se suma de inmediato a los casi 20 periodistas, reporteros gráficos, entre ellos camarógrafos de canal 13, Televisión Nacional, y un grupo de corresponsales extranjeros. Poco antes, el Presidente Allende, había salido a uno de los balcones a ver el ambiente exterior.
La confusión de lo que acontecía era tan grandeque algunos periodistas decían maliciosamente que los detenían por intentar robar en las tiendas del comercio. Hasta este momento nadie dimensionaba la tragedia.
Estando allí, uno de los camarógrafos filma a un tanque que se detuvo frente a la entrada del SIAT para informar un incendio en uno de los pisos superiores del Hotel Carrera. Fue el detonante para que el oficial les impidiera seguir laborando, decomisándoles sus cámaras, grabadoras y filmadoras. Fernando dice, que a raíz de esto, le aconsejó no destruir el material gráfico porque “pasara lo que pasara, todo eso era parte de la historiade Chile”.
Más o menos, a las 10:45 horas, alrededor de cuarenta carabineros ingresan al subterráneo. Era el contingente de la guardia presidencial a cargo de la seguridad y defensa del palacio. Medía hora después, como a las 11:15, una vez que se sabía con certeza que el bombardeo aéreo se iniciaría al mediodía, un oficial les comunica a viva voz a los periodistas que pueden irse, aprovechando una tregua previa a los ataques por aire y tierra.
Al salir les devuelven los equipos, y escoltados por los uniformados armados con fusiles, SIC, los llevan a las puertas del edificio delCongreso, donde los dejan libres, y a su propia suerte.
Cada momento, una historia
Fernando Velo llega al periodismo atraído por el mundo de las fotografías y las circunstancias fortuitas que le permitieron situarse propiamente en la primera fila de la noticia. En 1971, en la universidad, su profesor de fotografía, Domingo Ulloa, fotógrafo y docente que había sido asistente de Antonio Quintana, y en más de una ocasión trabajó junto a Sergio Larraín, lo expulsó de la sala de clases, argumentando que “un profesor no podía enseñar a otro profesor”. “O se va usted o me voy yo”, le dijo.
Puestas así las cosas, sin nada más que hacer, abandonó la sala con sus ojos llenos de lágrimas, sellando la promesa de meterse de lleno al arte de la fotografía, sus técnicas de iluminación, encuadres, y procesos de revelados.
Negativos originales.
Había finalizado el primer curso con muy buenas notas y a modo de premio, un profesor de ingles, que recuerda como el famoso “Pito” y otro de Historia, lo contactaron para que dictara clases gratuitas de fotografía en el Instituto Chileno Checoslovaco de Cultura. Pese a que sentía que aún no contaba con las “credenciales propias” acepta el desafío porque le explicaron era un trabajo de índole político.
Constatando su tesón, Mario Planet, decano de la Facultad de Comunicación y Periodismo de la Universidad de Chile, lo envía a realizar su práctica profesional en la Editorial Quimantú, (Sol de sabiduría, en lengua mapuche), recién nacionalizada por el presidente Allende, en el marco de sus lineamientos programáticos que consideraban a la cultura y la información como una herramienta de cambio social y concientización de sujetos sociales libres, críticos y autónomos.
Tras el golpe militar, se quedó en Chile. Trabajaba como profesor de Historia y Geografía en el Liceo 18 de Niñas, en el Liceo Nocturno “Federico Hansen”, y en el Colegio Compañía de María. Entre octubre de 1973 y mediados de 1974, los militares lo apresaron en tres oportunidades. La primera vez fue delatado por una alumna y después por un grupo de padres y apoderados que anónimamente lo acusaron de hacer proselitismo político y pronunciarse públicamente en contra de la Junta Militar.
Emprendiendo por la memoria histórica
Desde 1980 trabaja como editor en el diario Azteca News”, que se publica en California dirigido a la comunidad latinoamericana. Su gran sueño y proyecto personal es montar una muestra fotográfica a nivel masivo a lo largo de Chile. Mientras tanto, digitaliza sus archivos, y sumándose a los innumerables esfuerzos por recuperar la memoria colectiva, ha decidido sacarlas a la luz, y ponerlas paulatinamente a disposición de quienes quieran verlas en Youtube, en las redes sociales, e invitaciones que realiza de manera más selectiva.
Las fotografías de la Unidad Popular no mueren ni moriran. El escrutinio ya es público. Las fotografías que la noche del 11 de septiembre de 1973 fueron ocultas bajo tierra, a 40 años de la tragedia resignifican un testimonio viviente de una hazaña revolucionaria reconocida internacionalmente. En Chile, esperan con los brazos abiertos el arribo de esta colección, y con ella dos nuevos ojos observadores.
Fotografías Fernando Velo en Los Angeles, Estados Unidos.
http://jarashott.wordpress.com/2013/09/12/desentierran-las-fotografas-escondidas-del-chile-de-allende/
miércoles, 11 de septiembre de 2013
lunes, 9 de septiembre de 2013
El ojo dividido
miércoles 04 de septiembre de 2013
© Marcelo Montecino
En Romería y querencias -libro que reunió sus fotografías tomadas durante la dictadura-, Montecino ya demostró no ser literal. En esas imágenes, el registro del funeral de Neruda convivía con postales más cotidianas del horror, como aquellas tomadas en las afueras de la morgue, donde vemos dos ataúdes amarrados en el techo de una camioneta. En las fotos de los años 80, están las imágenes de las tanquetas y de las protestas, pero también se vislumbra otro país, adormilado bajo la neblina en el barrio Vivaceta o escondido en los rostros sombríos de los pasajeros de un tren en Puerto Montt.
En Marcelo Montecino: 50 años -libro que publicó este año con Pehuén y que resume su trayectoria-, el fotógrafo muestra a sus parientes simbólicos. En una foto vemos a Orlando Letelier celebrando un 18 junto a otros exiliados chilenos, tres días antes de su asesinato. Su relación nació a través de su madre, Lilian Slaughter, quien fue secretaria del ex canciller en el Instituto de Estudios Políticos en Washington. Se hicieron amigos y le escribió algunos discursos.
“Un crítico una vez dijo que la fotografía está dividida en dos: en espejos y ventanas. Yo ya hice bastantes espejos, ahora quiero hacer una ventana hacia adentro”, dice.
Marcelo Montecino es uno de los pocos fotógrafos que tienen un registro completo de la dictadura, desde 1973 a 1990. En el camino, perdió a un hermano y a dos cercanos: el ex canciller Orlando Letelier y el fotógrafo Rodrigo Rojas. Ahora, por primera vez prepara una exposición de ese periodo en el MAC.
Montecino conoció a Rodrigo Rojas como parte de la comunidad de chilenos exiliados en Washington. Su relación con Orlando Letelier fue a través de su madre, quien fue su secretaria en el Instituto de Estudios Políticos en los años 70. Se hicieron amigos y le escribió algunos discursos.
-Saque fotos, para que el mundo sepa lo que han hecho estos bárbaros.
La frase la escuchó el jueves 13 de septiembre de 1973, dos días después del bombardeo a La Moneda. Marcelo Montecino estaba sacando fotos a los restos humeantes del histórico edificio y un hombre se le acercó y le dijo eso.
Nunca olvidó la frase, como nunca olvidó el sol de ese día.
En las imágenes que Montecino tomó ese día, el sol de septiembre se refleja en las paredes de una Moneda agujereada. En una de las fotos, vemos a una pareja abrazada. La mujer mira a la cámara, mientras al fondo se divisan los escombros. Es una imagen distinta de las fotos más conocidas de La Moneda bombardeada. Es una foto de la vida cotidiana después del golpe.
Él fue a curiosear y a tomar fotos. Todavía no era fotoperiodista ni trabajaba para ningún medio. Aunque nació en Santiago en 1943, a los 11 años partió a vivir a Estados Unidos junto a su familia. Allá estudió Relaciones Internacionales e hizo un posgrado en Literatura en la George Washington University. En marzo de 1973 viajó a Chile a escribir su tesis de Literatura. Pero en el camino, se le cruzó el golpe de Estado.
El día que Marcelo Montecino se convirtió en fotoperiodista, también brillaba un sol de septiembre en Santiago. Habían pasado un par de semanas después del golpe, y decidió acreditarse con los militares como corresponsal extranjero. “Fui de patudo no más. En la parte del medio puse free lance y pensaron que era una revista, no sé, pero igual me acreditaron”, dice. En la tarde lo llevaron junto a otros periodistas a visitar a los presos en el Estadio Nacional. “También me acuerdo que era un día precioso. Y los presos estaban sentados ahí en las graderías, algunos tomando el sol sin camisa, algunos muy tranquilos, y otros nos empezaron a lanzar preguntas. Fue muy emotivo”.
Ese día, a los 30 años, comenzó una carrera de fotorreportero que lo llevó a Centroamérica y a viajar periódicamente a Chile durante los años 80. Nunca terminó su tesis de Literatura.
Esta otra frase se la dijo un amigo: “Tenís la mala suerte de que te hayan matado un hermano, un padre y un hijo”.
El hermano al que aludía su amigo es efectivamente su hermano, Christian Montecino, fotógrafo y cineasta asesinado por una patrulla militar al llegar al túnel Lo Prado, en 1973. Los otros parentescos son simbólicos, pero no por eso menos fuertes. El padre en esta historia es el ex canciller Orlando Letelier, asesinado por agentes de la DINA en 1976, en Washington; y su hijo, Rodrigo Rojas, el fotógrafo que fue quemado por militares en 1986.
Marcelo Montecino carga con varios muertos. Le complica volver a hablar de ciertos temas. Pide que no le hagamos preguntas difíciles y prefiere no dar muchos detalles de su familia. La conversación es por teléfono desde Kensington, en Maryland. Aunque se vino a Chile en 1988, el año 2000 decidió regresar a Estados Unidos. Ahora planea volver a instalarse en su casa de La Reina, el próximo año.
Eso sí, los 40 años del golpe militar los quiere pasar en Santiago. Llega a Chile el 10 de septiembre. Quiere ir al cementerio, como lo hizo tantas veces, y llevar a su hijo pequeño. En la maleta trae su exposición, que mostrará a partir del 27 de septiembre en el MAC del Parque Forestal.
“No quiero hacer una exposición machetera a ultranza, no la quiero hacer muy militante, estoy haciendo más bien una exposición introspectiva”, adelanta sobre Prueba de vida. Chile, 1973 -1990, muestra que incluye cerca de 70 fotos, con un 30 % de material inédito. “Estoy tratando de hacer una muestra muy personal, melancólica, sin consignas y de múltiples lecturas. Claro que no se puede dejar a un lado la crueldad y el kitsch del gobierno militar, y algunas fotos tendrán que ser más literales. Espero poder encontrar un sano equilibrio”.
En Romería y querencias -libro que reunió sus fotografías tomadas durante la dictadura-, Montecino ya demostró no ser literal. En esas imágenes, el registro del funeral de Neruda convivía con postales más cotidianas del horror, como aquellas tomadas en las afueras de la morgue, donde vemos dos ataúdes amarrados en el techo de una camioneta. En las fotos de los años 80, están las imágenes de las tanquetas y de las protestas, pero también se vislumbra otro país, adormilado bajo la neblina en el barrio Vivaceta o escondido en los rostros sombríos de los pasajeros de un tren en Puerto Montt.
En otra foto vemos a un muchacho con un buzo Adidas, que mira tímidamente a la cámara. Es Rodrigo Rojas, y la imagen fue tomada en 1985, en el subterráneo de la casa de Montecino, en Washington. Cuando lo conoció, como un miembro más de la comunidad de chilenos exiliados, Rodrigo ya estaba interesado en la fotografía. “Era muy buen laboratorista, a veces me hacía copias. Él sabía toda la parte técnica muy bien”, dice Montecino. También recuerda que pasaban largas horas conversando de fotoperiodismo y de fotógrafos contemporáneos.
En paralelo a la muestra de Montecino, en el MAC Quinta Normal y en el Museo de la Memoria se exhibirá una exposición para difundir el trabajo de Rodrigo Rojas. Su curadora, Montserrat Rojas, dice que el objetivo es “mostrar a un Rodrigo curioso, viajero y crítico, con una propuesta estética donde se visualiza a un gran retratista, tanto de personas como del paisaje político del Chile callejero de los 80”.
Montecino también ha participado en el rescate de este archivo, y ha colaborado escaneando parte de las imágenes. Cuando Rodrigo Rojas murió, a los 19 años, Montecino viajó a Santiago, acompañando al periodista David Remnick para un reportaje del Washington Post. Durante ese viaje tomó una foto en la calle donde Rojas fue quemado. En el suelo, se ve el dibujo de una cruz con una leyenda: Paz. Es el retrato de una vocación que para Montecino quedó truncada: “En la fotografía no hay casi ningún niño prodigio. Es parecido al ajedrez, uno aprende rápido, pero para ponerse bueno requiere mucho tiempo. Hay unas fotos muy buenas de Rodrigo, especialmente las últimas en Chile. Pero nadie tiene derecho a calificar su obra. Era un cabro muy joven”.
Así ha pasado su vida Marcelo Montecino. Un ojo dividido entre Chile y Estados Unidos. Mitad gringo y mitad chileno. Con una familia de sangre y otra familia simbólica. Entre el fotoperiodismo y la fotografía de autor. Porque él, que tomó fotos para Newsweek, Washington Post y Financial Times; que estuvo cuando los sandinistas entraron a Managua en 1979; y que fue amenazado con una escopeta en el estómago mientras cubría las protestas en Santiago en 1983, un día se cansó de todo eso.
“Me aburrí de ser espejo”. Después de 1988 dejó el fotoperiodismo, no así la fotografía. En su libro antológico nos sorprendemos con un Montecino que explora el desnudo femenino o que se encanta con los rincones y rarezas del Persa Biobío. Por estos días prepara otro libro sobre Santiago, uno de los hilos conductores de su fotografía.
De esa dualidad hablaba en un pequeño texto de Romería y querencias. Allí cuenta la historia de ese hombre que lo alentó a tomar fotos frente a los restos humeantes de La Moneda. Ahí también cuenta el reverso de esa historia: “Quince años más tarde, en la Alameda, mientras cubría las celebraciones del triunfo del No, se me acercó un joven con corbata y maletín, que el día del golpe debe haber tenido alrededor de seis años; me abrazó y me dijo: ‘Gracias a ustedes estamos celebrando esto’”.
En ese mismo texto, Montecino se preguntaba sobre el valor de sus fotos. Veinte años después de publicar ese libro, se lo preguntamos:
-Al final, ¿sirvieron estas fotos?
-Pasé por una época en que pensé que la fotografía no servía de nada. Pero sí, sirvieron mucho. Las fotos tienen una gracia: son difíciles de olvidar una vez que las has visto. Me sirvieron a mí también.
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