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lunes, 16 de septiembre de 2013

10 documentos claves que implican a Kissinger en el derrocamiento de Allende

Por Verdad Ahora | 15-09-2013 - 20:44 | 

En el marco del aniversario número 40 del golpe de Estado pinochetista, el “National Security Archive” recopiló diez documentos de invaluable importancia para entender el papel de Henry Kissinger en el quiebre de la democracia chilena.

Los registros demuestran que Kissinger, como asesor de Seguridad Nacional y Secretario de Estados Unidos, fue el principal arquitecto de los planes para derrocar al presidente Salvador Allende y consolidar la dictadura de Augusto Pinochet.

Los documentos que se adjuntan a continuación incluyen transcripciones de conversaciones telefónicas que nunca fueron mostradas al comité especial del Senado encabezado por Frank Church a mediados de los setenta, y proveen detalles de los argumentos, decisiones y operaciones que Kissinger emprendió y supervisó desde sus cargos en el gobierno estadounidense.

En la primera conversación telefónica mantenida entre Kissinger y Nixon luego del golpe, el primero reconoce al presidente que Estados Unidos “ayudó” en su ejecución. Cuando Nixon se quejó sobre la “mierda liberal” que la prensa difundía sobre el derrocamiento de Allende, Kissinger le acosejó: “En la época de Eisenhower, habríamos sido héroes”.

Este registro en específica es publicado por primera vez en la nueva edición del libro de Peter Kornbluh, encargado del Departamento Chile del National Security Archive, “The Pinochet File: A Declassified Dossier on Atrocity and Accountability”, (The New Press, 2013).

Otras revelaciones presentes en los documentos que se adjuntan:

-El 12 de septiembre de 1970, sólo después de la elección de Allende, Kissinger inició una discusión telefónica con el director de la CIA, Richard Helms, sobre la realización de un golpe preventivo en Chile. "No dejaremos que Chile se vaya por el desagüe”, declaró. “Estoy contigo”, respondió Helms. Su conversación tomó lugar tres días antes de que el presidente Nixon, en una reunión de 15 minutos, ordenó a la CIA “hacer chillar la economía (chilena)”, nombrando a Kissinger como supervisor de las acciones encubiertas para impedir que Allende asumiera la presidencia. Ya que este registro no fue conocido por el Comité Church, el reporte del Senado asegura que los esfuerzos de desestabilización comenzaron recién el 15 de septiembre.

-Kissinger ignoró una recomendación de un alto representante del Consejo de Seguridad Nacional (NSC), Viron Vaky, quien se mostró en contra de socavar a Allende con acciones encubiertas. El 14 de septiembre, Vaky escribió un memorándum a Kissinger argumentando que el complot de un golpe llevaría a una “violencia generalizada e incluso insurrección”. También señaló que semejante política era inmoral. “Lo que proponemos es una violación de nuestros propios principios… ¿Es Allende una amenaza mortal para Estados Unidos? Es difícil argumentar esto”.

-Despues de las acciones encubiertas estadounidenses, que llevaron al asesinato del comandante en Jefe del Ejército, general René Schneider, fracasaran en su afán de detener el nombramiento de Allende el 4 de noviembre de 1970, Kissinger presionó al presidente Nixon para rechazar una recomendación del Departamento de Estado para que Estados Unidos buscara una reconciliación con Allende.

En un documento secreto de ocho páginas que provee el razonamiento más claro de Kissinger sobre un cambio de régimen en Chile, éste enfatiza a Nixon que “la elección de Allende como presidente de Chile representa para nosotros uno de los desafíos más serios enfrentados jamás en este hemisferio”. No sólo existían mil millones de dólares de inversiones estadounidenses en juego, aseguró Kissinger, sino que un peligroso efecto de su elección democrática para otras naciones.

No había forma de que Estados Unidos negara la legitimidad de Allende, indicó Kissinger, y si éste tenía éxito en redistribuir los recursos de Chile por la vía del socialismo, otros países podrían seguirle. “El ejemplo de un gobierno marxista exitosamente elegido en Chile seguramente tendrá un impacto sobre – e incluso un valor precedente para – otras partes del mundo, especialmente Italia; la difusión imitativa de un fenómeno similar en otros lugares podría afectar significativamente el equilibrio del mundo y nuestra misma posición en él”.

Al día siguiente, Nixon dejó en claro a todo el Consejo de Seguridad Nacional que su política sería derribar a Allende. “Nuestra principal preocupación”, dijo, “es la posibilidad de que él pueda consolidarse”.

-Días después del golpe, Kissinger ignoró la preocupación de altos funcionarios del Departamento de Estado sobre la masiva represión ejercida por el nuevo régimen militar. Kissinger ordenó que el embajador manifestara a Pinochet sus deseos de “cooperar estrechamente y establecer una base firme para la relación más constructiva y cordial”. Cuando el subsecretario de Estado para asuntos inter-americanos le preguntó qué decir al Congreso sobre los reportes de cientos de personas asesinadas luego del golpe, Kissinger emitió las siguientes instrucciones: “Creo que debemos entender nuestra política de que por muy desagradable que actúen, este gobierno es mejor de lo que Allende hubiera sido para nosotros”. Estados Unidos ayudó al régimen de Pinochet a consolidarse a través de la asistencia económica y militar, apoyo diplomático y colaboración de la CIA en la creación de la infame policía secreta, DINA.

-En los albores de la represión pinochetista de 1975, el secretario Kissinger se reunió con el ministro chileno de Relaciones Exteriores, el almirante Patricio Carvajal. En vez de aprovechar la oportunidad para presionar al régimen de mejorar sus antecedentes sobre derechos humanos, Kissinger abrió la reunión menospreciando a su propio personal por poner el tema en la agenda.

-Cuando Kissinger se preparaba para reunirse con el general Augusto Pinochet en junio de 1976 en Santiago, su alto representante para América Latina, William D. Rogers, le aconsejó presionar al dictador para “mejorar las prácticas sobre derechos humanos” y convertirlo en un tema central de las relaciones chileno-estadounidenses. En su lugar, una transcripción desclasificada de la conversación revela que Kissinger le dijo a Pinochet que su régimen estaba siendo víctima de una “propaganda de izquierda” sobre los derechos humanos. “En Estados Unidos, como ya sabes, somos simpatizantes de lo que estás tratando de hacer aquí”, aseguró a Pinochet. “Queremos ayudar, no socavarte. Hiciste un gran servicio a Occidente al derrocar a Allende”.

Los documentos

DOCUMENTO 1: Conversación telefónica Helms – Kissinger, 12 de septiembre de 1970, 12:00 horas.

DOCUMENTO 2: Viron Vaky a Kissinger “Chile – Reunión del Comité 40”, lunes, 14 de septiembre de 1970.

DOCUMENTO 3: Notas manuscritas, Richard Helms, “Reuniéndose con el presidente”, 15 de septiembre de 1970.

DOCUMENTO 4: Casa Blanca, Kissinger, Memorándum para el Presidente, “Asunto. Reunión del NSC, 6 de Noviembre-Chile”, 5 de noviembre de 1970.

DOCUMENTO 5: Kissinger, Memorándum para el Presidente, “Programa de Acción Encubierta – Chile”, 25 de noviembre de 1970.

DOCUMENTO 6: Consejo de Seguridad Nacional, Memorándum, Jeanne W. Davis a Kissinger, “Minutas de la Reunión WSAG del 12 de septiembre de 2973”, 13 de septiembre de 1973.

DOCUMENTO 7: Conversación telefónica Kissinger – Nixon, 16 de septiembre de 1973, 11:50 horas.

DOCUMENTO 8: Departamento de Estado, Memorándum, “Reunión del Gabinete del Secretario, 1 de octubre de 1973: Resumen de decisiones”, 4 de octubre de 1973 (extracto).

DOCUMENTO 9: Departamento de Estado, Memorándum de Conversación, “Reunión del Secretario con el Ministro de Relaciones Exteriores Carvajal”, 29 de septiembre de 1975.

DOCUMENTO 10: Departamento de Estado, Memorándum de Conversación, “Relaciones Estados Unidos – Chile” (Kissinger – Pinochet), 8 de junio de 1976.

http://verdadahora.cl/10_documentos_claves_que_implican_a_kissinger_en_el_derrocamiento_de_allende.html

sábado, 14 de septiembre de 2013

Las grandes alamedas

Por José Pablo Feinmann
Ni que se haya convertido en la fecha de la caída de las Torres Gemelas evitará que –para nosotros, para los hombres y mujeres de América latina– el 11 de septiembre sea la fecha del golpe de Estado más detestable de los tantos que padecimos. Se trataba de un gobierno elegido democráticamente. Se trataba de un país con un ejército que –a diferencia de los de nuestro continente– había sido guardián del orden constitucional. Se trataba de un presidente que era un hombre noble, con ideas e ideales, un hombre honesto y un hombre valiente. Había tenido un gran apoyo de las masas obreras. Y una queja constante, un repudio sin tregua, del MIR, el principal grupo armado de Chile. Finalmente, todos los sectores de la sociedad –menos los obreros– se unificaron para voltearlo: el ejército, los medios de comunicación, los gremios, las clases altas, las clases medias y –con un empeño criminal, furibundo– los Estados Unidos de Nixon y Kissinger. Las clases medias inauguraron la modalidad de salir a la calle con cacerolas y atronar el país pidiendo la renuncia de Allende.
Allende fue el más original, el más creativo de los líderes socialistas del siglo XX. Descreyó de la célebre dictadura del proletariado y eligió el camino democrático, pacífico al socialismo. Si ese camino fracasó, no menos fracasaron los otros. Con una enorme diferencia. Allende no dejó decenas o decenas de miles o millones de cadáveres tras de sí. Ni presos políticos tuvo. Confiaba en solucionar la antinomia entre socialismo y democracia, que el mandato de la dictadura del proletariado (que viene de las páginas de Marx y que éste asume como su mayor aporte a la teoría política) obliteraba. La derecha –beneficiada por los errores y por las muertes de los socialismos triunfantes y luego derrotados– no tiene rédito alguno para sacar de la experiencia de la Unidad Popular. Salvo que digan que nacionalizar el cobre equivale a fusilar enemigos políticos, o peor aún.
En su último mensaje, don Salvador Allende dijo a su pueblo y a todos los pueblos de América: ¡Trabajadores de mi Patria!: Tengo fe en Chile y en su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán de nuevo las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!
La historia es nuestra y la hacen los pueblos.
Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que por lo menos será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.
El criminal de guerra Richard Nixon y su secretario de Estado, Henry Kissinger, peor criminal de guerra aún, odiaban a Allende con una pasión enfermiza. En octubre de 1970, Nixon dijo sobre él palabras injuriosas: “That son of a bitch, that bastard…”
Pero esa imagen de este hombre sereno –aunque capaz de encarnar la fuerza de un tornado–, que lo único que nos dejó, como pertenencia, fue el pedazo ensangrentado de uno de los vidrios de sus anteojos, este hombre maduro, con canas, que sale de La Moneda con casco de guerra y metralleta, para morir peleando, tal vez insensatamente, pero como él lo sentía, es, para mí, el símbolo más puro de la rebeldía, porque trató de cambiar el mundo por los caminos de la democracia y de la paz, y porque no pudo, porque los asesinos del poder internacional no lo dejaron, agarró una metralleta, se puso un casco de guerra y decidió (como esos bravos, legendarios marinos con sus barcos) hundirse con su causa. ¡Ah, don Salvador Allende, ojalá hubiera yo tenido alguna vez en mi patria un líder como usted! Simple, duro, pero sensible, amigo y compañero de la gente de su pueblo, sin sinuosidades, con una sola palabra, la misma de siempre, la que marcó la coherencia de sus días y, por si fuera poco, con ese coraje, don Salvador, que le hizo decir: De aquí no me voy, que sigan otros, no van a faltar, y van a llevarme en sus corazones como a un hombre puro, como a un guerrero y como a un demócrata que les va a henchir el pecho de orgullo y de exigencias perentorias. Porque, de ahora en más, todo chileno que sepa que tiene detrás la figura de Salvador Allende, sabe que no se viene a la vida a jugar, a gozar de las liviandades y las tentaciones, sino a meterle el alma y el cuerpo a las causas duras, las de la injusticia, las del hambre, las de la tortura y la muerte. Es mi legado.
Lo es. Tenía la cara de un hombre bueno. Vestía de civil. No andaba ostentando armas ni uniformes bélicos. Se metía entre los obreros. Hablaba en sus asambleas. Les pidió, al final, que se cuidaran. Que no se dejaran sacrificar fácilmente por los carniceros que se cernían sobre Chile. Cuando Castro lo visitó le dijo que tenía que recurrir a la violencia si quería sostenerse. Allende no lo hizo. De la violencia se ocupaban los guerrilleros del MIR que, desde luego, lo acusaban de burgués conciliador. ¿Por qué se habrán preocupado tanto los de la CIA y Nixon y Kissinger por un burgués conciliador? ¿Por qué el ejército habrá bombardeado La Moneda? ¿Por qué el diario El Mercurio (al que Nixon le dio dos millones de dólares para desestabilizar su gobierno) lo atacó sin piedad ni vergüenza? ¿Por qué las conchetas chilenas, que son terribles, salieron con sus cacerolas para injuriarlo? ¿Sólo porque era un burgués conciliador? Los del MIR fueron funcionales a los golpistas que, salvo los que se fugaron, murieron todos, en el Estadio Nacional o en las más siniestras mazmorras, tan cruelmente como los líderes de la Unidad Popular. No, Allende no era un burgués conciliador. Era un socialista temible. Porque había elegido la democracia (el arma ideológica que la derecha cree suya) para ir hacia el socialismo. Pero, luego, hizo algo peor. Murió con su causa. Dejó, para el socialismo, un ejemplo moral incuestionable. Y murió sin perder sus esperanzas. El hombre libre volverá. Las altas alamedas lo esperan. Bajo ellas se fue Allende de este mundo.
Sobre el Autor: José Pablo Feinmann es filósofo, docente, escritor, ensayista, guionista y conductor de radio y televisión argentino.

http://www.claves.cl/2013/09/14/las-grandes-alamedas/

martes, 3 de septiembre de 2013

El Golpe de Estado de Pinochet

5 de marzo de 2007

PinochetNació en Valparaíso (Chile) el 25 de noviembre de 1915, siendo bautizado con el nombre de Augusto José Ramón Pinochet Ugarte. Inició sus estudios militares a lo 17 años. En 1970 fue designado General de División.
Fue mano derecha del General Carlos Prats, Comandante en Jefe del Ejército, partidario del gobierno constitucional de Allende, que representaba al partido Unidad Popular y representante de las fuerzas armadas ante Fidel Castro, el Presidente comunista cubano, durante su visita a Chile.
Allende era un gobernante de ideas de izquierda que había puesto en manos del estado muchas empresas, sobre todo mineras, y había establecido una política de redistribución de la riqueza, lo que afectaba a los intereses de la derecha y de Estados Unidos, que impuso una especie de bloqueo, al congelar la exportación de cobre. Durante su gobierno se expropiaron tierras para hacer efectiva la reforma agraria, se nacionalizaron los Bancos privados, hubo control de precios y una política de acercamiento hacia otros gobiernos socialistas, restableciéndose las relaciones con Cuba, lo que motivó la visita de su Presidente, antes mencionada.


Aunque Allende no se opuso directamente a los militares, que ocuparon cargos durante su gestión de gobierno, el 29 de junio de 1973 se produjo una sublevación del ejército comandada por el coronel Roberto Souper, conocida como el “tanquetazo”, que fue reprimida por Prats y sus hombres, entre los que se hallaba Pinochet.
El cargo de Comandante en Jefe del Ejército pronto sería desempeñado por Pinochet, tras la renuncia de Prats, que no contaba con el apoyo de las Fuerzas Armadas, que se manifestaron en su contra. Fue el propio Prats quien recomendó a Pinochet para el desempeño de esa función, cuya designación se hizo efectiva el día 23 de agosto de 1973, en el Palacio de la Moneda.
La situación política era de tensión. Por el acuerdo de la Cámara de Diputados del día 22 de agosto de 1973, se reconocía que el orden constitucional de la república se hallaba roto, y comenzaba a gestarse un golpe de estado, respaldado por la CIA y el gobierno estadounidense, a cargo del comandante de la Fuerza Aérea, Gustavo Leigh, y del vicealmirante José Toribio Merino. La incorporación de Pinochet al golpe de estado se realizó en forma tardía, y luego de una reunión mantenida con Allende quien le había informado su decisión de recurrir a un plebiscito.
El coordinador del golpe fue Patricio Carvajal, estando comunicados todos los golpistas mediante redes organizadas desde el Comando de Telecomunicaciones del Ejército, lugar donde se instaló Pinochet, aunque la dirección general de la ofensiva contó con el apoyo de Estados Unidos, a través de Richard M. Nixon y deHenry Kissinger.
Las luchas fraticidas, durante ese fatídico 11 de septiembre, se extendieron durante varias horas, en las que fueron frecuentes las detonaciones de bombas. Cuando finalmente se produjo la toma de la casa de la Moneda, Allende se suicidó, luego de haber pronunciado un sentido discurso a su pueblo a través de Radio Magallanes y de rechazar el ofrecimiento de abordar un avión que lo llevaría hacia el exilio.
En la tarde de ese mismo día comenzó la dictadura militar en Chile, jurando los protagonistas en la Escuela Militar, pasando a desempeñar el Poder Ejecutivo, la Junta Militar, integrada por el General Pinochet, Comandante en Jefe del Ejército, el Almirante José Toribio Merino, Comandante en Jefe de la Armada, el General Gustavo Leigh, Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea y César Mendoza, Director General de Carabineros.
Durante su gobierno el Congreso fue disuelto y los más sagrados derechos humanos fueron aniquilados. Los partidos políticos debieron actuar desde la clandestinidad y los dirigentes del partido Unidad Popular fueron detenidos.
Las violaciones a los derechos humanos recién estaban comenzando, pues tras ser designado Presidente de la República por la Junta Militar, el 17 de diciembre de 1974, Pinochet, admirador del represor español Francisco Franco, creó la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), instrumento que usaría para destruir toda manifestación contraria a su despótico gobierno. Este brazo armado del gobierno se encargó de sembrar el terror desde el seno mismo del estado persiguiendo a sus opositores políticos mediante secuestros, torturas y asesinatos. Esta institución perduró hasta 1977, en que fue reemplazada por un organismo un poco menos cruel, aunque no alejado de la represión y la tortura: la Central Nacional de Informaciones (CNI).
Un lugar destacado en el gobierno del dictador lo ocupó su esposa, Lucía Hiriart Rodríguez de Pinochet, que creó la agrupación Damas de Color, destinada a realizar obras de caridad.
A partir de las 21 horas, la vida social y pública de Chile estuvo fuera de las calles, al establecerse el toque de queda.
En el aspecto económico aplicó políticas de corte neoliberal reduciendo el gasto público con el despido de un 30 % de empleados estatales, aumentó el valor del impuesto al valor agregado (IVA), privatizó las empresas del estado, retiró los subsidios sociales, devaluó la moneda reemplazándose el escudo por el peso, y se produjo una generalizada baja de salarios.
La tasa de desempleo creció a cifras alarmantes y debieron crearse planes de empleos para contener a la masa desocupada.
Proliferaron los robos a camiones de supermercados para palear el hambre, y se organizaron clandestinamente apagones y cacerolazos en señal de protesta.
Como saldo positivo, a partir de 1977 se eliminó la hiperinflación, al establecerse una tasa de cambio fija de treinta y nueve pesos por dólar.
Este período de mejora subsistió hasta el año 1982, en que se produjo la caída del sistema financiero. El estado intervino en la economía devaluando el peso.
En 1985, se logró sanear la economía chilena, por la intervención del ministro de Hacienda, Hernán Büchi, quien tomó medidas drásticas.
Fijó un dólar alto para favorecer las exportaciones, redujo las jubilaciones, y los planes sociales y privatizó los Bancos y las empresas que aún continuaban en la órbita estatal.
La reacción ocurrió el 11 de mayo de 1983, cuando los trabajadores nucleados en la CTC (Confederación de Trabajadores del Cobre) iniciaron una movilización de protesta. Ese mismo año, el 22 de agosto, se creó a Alianza Democrática donde se produjo la unión de la mayoría de los partidos políticos para formar un bloque opositor contra el gobierno de facto, llegando en 1985 a un Acuerdo Nacional para la Transición de la Plena Democracia.
Paralelamente en este período la economía mejoró y las clases bajas y medias obtuvieron mejoras en sus ingresos.
En septiembre de 1980, se realizó un cuestionado plebiscito, tras el cuál se sancionó un mes más tarde una Constitución que estableció entre otras disposiciones un mandato presidencial de ocho años para Pinochet a partir del 11 de marzo de 1981.
En 1986, se produjo un atentado frustrado contra la vida del dictador por parte del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, donde murieron cinco guardaespaldas. Hubo represión de parte del gobierno contra este movimiento poco tiempo después, donde se asesinaron 12 de sus miembros, que dudosamente estuvieron implicados en el atentado.
Al realizarse el nuevo plebiscito que llevaría a Pinochet a consolidarse en el poder por un nuevo período de ocho años (1989-1997), la oposición en los pocos minutos permitidos en la franja horaria de publicidad, realizó una campaña de desprestigio hacia el gobierno que se proclamaba, con publicidad masiva, como garantía de estabilidad y orden contra el marxismo subversivo, para levantar la bandera de la democracia y el respeto de los valores y de la dignidad humana. La apuesta fue fuerte, no sólo desde la campaña electoral sino también en el control para evitar el fraude electoral. Las desventajas eran muchas para la oposición, que debía luchar contra el autoritarismo de un aparato estatal represor, que no otorgaba ventajas, sino, por el contrario, utilizaba los medios más engañosos y coactivos para sostenerse en el poder.
La derrota fue elocuente. El 52 % del electorado se pronunció en contra de la continuidad del dictador en el mando de Chile.
El 14 de diciembre de 1989, Chile celebraba la vuelta a la democracia, con el triunfo de la alianza opositora Concertación de Partidos por la Democracia, que llevó a Patricio Aylwin del partido Demócrata Cristiano al ejercicio de la presidencia, que comenzó a ejercer el 11 de marzo de 1990. Pinochet, aún no estaba acabado, la Constitución de 1980, en sus disposiciones transitorias le daban una nueva posibilidad. Continuaba como Comandante en Jefe del Ejército por ocho años más.
El 25 de abril de 1990, el presidente de Chile, Patricio Aylwin Azócar ( 1990-1994) creó la Comisión Rettig, por ser el nombre de quien la presidía, cuya denominación formal era Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, para investigar lo sucedido en el período de la dictadura de Pinochet, documentándose miles de muertos y de detenidos desaparecidos, denominación que se les otorgaba a aquellos que habían sido privados de su libertad y cuyo paradero nunca se supo, ya que los cadáveres eran arrojados al mar y nunca aparecieron.
Este informe fue una prueba contundente para llevar al banquillo de los acusados a aquellos que otrora se sintieran impunes. Los miembros de la DINA, fueron acusados y sometidos a juicio, impidiéndose a la Corte conceder amnistía por la índole de los delitos cometidos.
El retiro de Pinochet de su cargo en el Ejército se produjo el 10 de marzo de 1998, pasando a desempeñarse como Senador Vitalicio, según lo establecían las normas constitucionales, ante una oposición que se manifestó en su contra, al considerar que se estaba dando un premio al jefe supremo del terrorismo de estado.
Cuando en el mes de septiembre Pinochet viajó a Londres, por razones de salud, debió enfrentarse a una orden de detención cursada por el juez español Baltasar Garzón, con los cargos de asesinato a ciudadanos españoles residentes en Chile durante la dictadura. Inglaterra hizo lugar al pedido. La defensa de Pinochet argumentó la inmunidad diplomática para apelar el arresto, lo que fue aceptado en una primera instancia. Luego de que varios comités se pronunciaran en contra o a favor de la inmunidad diplomática, la decisión definitiva se tomó el 24 de marzo de 1999, juzgándoselo por los hechos cometidos a partir del 8 de diciembre de 1988, permaneciendo por razones de edad y de salud bajo arresto domiciliario.
Luego de exámenes médicos que determinaron la gravedad de su estado de salud, por razones humanitarias, fue liberado y regresó a Chile, donde varias causas se habían abierto para juzgarlo sobre su actuación en el ejercicio del poder. Habiendo sido desaforado en Chile por la Corte Suprema de Justicia, fue sobreseído al “comprobarse” que no comprendía por razones psiquiátricas, los cargos en su contra, en julio de 2002.
Luego de renunciar a su cargo como Senador, se confinó en su domicilio particular, hasta que dos años más tarde la Corte Suprema confirmó la revocación del sobreseimiento por demencia, reabriéndose la causa, que fue dejada sin efecto el 7 de junio de 2005.
En noviembre de ese año nuevas causas enfrentarían a Pinochet con la justicia, esta vez por enriquecimiento ilícito y falsificación de documentos.
El cuarto desafuero se realizó el 20 de enero de 2006 por la Corte de Apelaciones de Santiago, acusado de torturador.
El 10 de diciembre de 2006 falleció, una semana después de sufrir un infarto de miocardio, eludiendo así la justicia de los hombres. En este mundo sólo lo condenará la historia y la memoria colectiva. En su funeral, el Jefe del Ejército y un nieto de Pinochet, el Capitán del Ejército Augusto Pinochet Molina, reivindicaron el golpe de Estado, mientras la Ministra de defensa era abucheada por los partidarios del represor fallecido.
El 24 de diciembre de 2006 se dio a conocer una carta póstuma de Pinochet, titulada “Mensaje a mis compatriotas” donde declara que volvería a hacer lo mismo “aunque con mayor sabiduría”, justificando el golpe para impedir una guerra civil que se avizoraba en el gobierno de Salvador Allende, remarcando su profundo amor a la Patria y a los chilenos.


Lee todo en: El Golpe de Estado de Pinochet | La guía de Historia http://www.laguia2000.com/chile/el-golpe-de-estado-de-pinochet#ixzz2dq5lb7kZ


sábado, 4 de mayo de 2013

Agustín Edwards, “El Gobierno de EE.UU. quiere una solución militar”


En su libro “A Legacy of Ashes: The History of the CIA” (“Legado de Cenizas: Historia de la CIA”), cuyo texto resumimos,  el periodista Tim Weiner señala lo siguiente:
En 1970, pocos países de América Latina respetaban los ideales de la democracia y el estado de derecho. Uno de ellos era Chile.
Salvador Allende  iba a ganar las elecciones de 1970. El moderado Radomiro Tomic, respaldado por la Democracia Cristiana, antigua favorita de la CIA, parecía una opción muy poco propicia. El derechista Jorge Alessandri tenía una postura decididamente proestadounidense, pero Edward Korry, embajador de Estados Unidos, lo detestaba.
Antes la CIA ya había derrotado a Allende. El presidente (John) Kennedy había aprobado inicialmente un programa de guerra política más de dos años antes de las elecciones de 1964, destinando alrededor de tres millones de dólares (de esa época) a la campaña del proestadounidense Eduardo Frei, que recibió literalmente maletas llenas de dinero. La CIA financió también iniciativas clandestinas contra Allende impulsadas por la iglesia católica y por algunos sindicatos.
Tras el gobierno de Frei, la cuestión era otra vez cómo detener a Allende. El jefe de la oficina de la CIA en Santiago, Henry Hecksher, aconsejó a la Casa Blanca apoyar a Alessandri.
Kissinger estaba preocupado. En una frase famosa, dijo que Chile (como es un país largo y delgado) era una daga apuntada al corazón de los Estados Unidos. Su opinión era la siguiente: “No veo razón para que dejemos que un país se haga marxista por la irresponsabilidad de sus habitantes”.
En la primavera y el verano (boreales) de 1970 la CIA se puso a trabajar. En Europa, el Vaticano y dirigentes democratacristianos de alto nivel  montaron bajo sus órdenes una campaña para frenar a Allende. Su objetivo era aterrorizar a los votantes y  demostrar que la victoria de Allende significaba la destrucción de la democracia chilena.
Korry consideraba que el trabajo de la CIA era espantosamente poco profesional: “ En ningún lugar del mundo había visto propaganda tan estúpida (…).  Hubiera que haber despedido enseguida a los imbéciles de la CIA que ayudaron a montar la “campaña del terror”, por no comprender a Chile ni a los chilenos…”.
La CIA tenía mucha experiencia en arreglar elecciones antes del voto, pero nunca había arreglado una después de celebrada. Kissinger ordenó a Richard Helms (entonces director de la CIA)  que sopesara las posibilidades de un golpe.
A su vez, Helms ordenó a Hecksher que utilizara sus contactos directos con militares chilenos que pudieran “ocuparse de Allende”. Hecksher no tenía esos contactos.
Pero conocía a Agustín Edwards., entonces dueño de la mayor parte de las minas de cobre, de “El Mercurio”, principal diario de Chile, y de la embotelladora de Pepsi-Cola. Una semana después de las elecciones, Edwards voló a Estados Unidos para reunirse con su amigo Donald Kendall, gerente superior de la Pepsi y uno de los principales financistas de Nixon.
El 14 de septiembre Edwards y Kendall tomaron café con Kissinger. Luego, dice Helms, “Kendall fue a ver a Nixon y le pidió ayuda para impedir que asumiera Allende”.
Helms se reunió con Edwards al mediodía en el Hilton de Washington. Hablaron sobre la posible fecha de un golpe militar contra Allende. Esa tarde, Kissinger aprobó destinar otros 250 mil dólares (de esa época) para la guerra política en Chile.  En total, la CIA entregó mil 950 millones de dólares (de esa época) directamente a Edwards, a “El Mercurio” y a su campaña contra Allende.
Weiner señala que “el Presidente (Nixon) pidió a la Agencia que impidiera que Allende asumiera o que lo derrocara”. La “Agencia” dividió la tarea en dos fases. La primera consistía en guerra política,  presión económica, propaganda y hostilidad diplomática. En caso de que fracasara, Korry debía convencer a Frei de que montara un “golpe constitucional”. A modo de último recurso, dijo el embajador Korry a Kissinger, los Estados Unidos “condenarían a Chile y a los chilenos a las peores privaciones y a la pobreza”.
La segunda fase era un golpe militar.

Marcelo Volpone
El Ciudadano



http://www.elciudadano.cl/2009/01/15/5473/agustin-edwards-%E2%80%9Cel-gobierno-de-eeuu-quiere-una-solucion-militar%E2%80%9D/


viernes, 22 de febrero de 2013

Platas de la CIA financiaban al PDC

¿De qué derechos humanos habla la DC?

Punto Final, Nº774 – Desde el 11 al 24 de enero de 2013.



Seguir la historia chilena contemporánea es como ingresar en un territorio oscuro, cerrado; se repiten los personajes y la trama se acerca a la tragedia. La historia de Chile de los últimos cincuenta años tiene, como las grandes tragedias, un sentido oculto, incluso más duro y cruel que el dolor y la sangre que baña la superficie.
La historia contemporánea, y por extensión la pasada, no responde exclusivamente a la historiografía ortodoxa ni a la agenda política. Eso es la apariencia. Como también lo es el hecho de contar con una historia propia, de nación independiente, soberana. Los grandes acontecimientos políticos de los últimos cincuenta años no fueron gestados sólo en Chile, como sí lo fue el crecimiento del movimiento social en busca de la justicia y libertad. Una fuerza oscura y silente, en la más completa extensión de estas palabras, se orquestó en Washington para impulsar en este rincón del mundo la peor tragedia de su corta historia.
La trama, escrita desde la Casa Blanca a inicios de la década de los 60 del siglo pasado, tuvo como objetivo frenar los procesos sociales en Chile y el ascenso de las fuerzas de Izquierda. Una estrategia puesta en marcha por Estados Unidos a través de diversos mecanismos, desde el adoctrinamiento militar e ideológico en la Escuela de las Américas al financiamiento de gremios empresariales, medios de comunicación y partidos políticos. En este punto, destaca el papel fundamental que jugó la Democracia Cristiana.
Esta es la línea de investigación del último libro del historiador Luis Corvalán Marquez, La secreta obscenidad de la historia de Chile contemporáneo, publicado por Ceibo Editores. El relato se inicia en los albores de los años sesenta, para terminar poco más de una década después.
La investigación de Corvalán Marquez está documentada, entre otros registros, por el informe de la comisión del Senado norteamericano que presidió Frank Church, sobre las actividades de la CIA en Chile. Una trama protagonizada por el mismo presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, el entonces director de la CIA, Richard Helms, y el secretario de Estado, Henry Kissinger. En años de guerra fría, la llegada al poder a través de elecciones de un gobierno de Izquierda anticapitalista en Sudamérica justificó todos los medios para eliminarlo: desde el financiamiento de partidos opositores, medios de comunicación, activistas de derecha, gremios, y claro está, las bien adiestradas fuerzas armadas.
Aun cuando la intervención de la CIA en Latinoamérica ya era muy activa, el caso chileno tiene especial relevancia. Era un proyecto socialista que surgía desde las urnas y se desarrolla acotado a la institucionalidad. Esto es precisamente lo que no tolera Washington: que Allende se convierta en un modelo latinoamericano y mundial. Washington, dice Corvalán Marquez, consideró que el eventual triunfo de la Izquierda en Chile cambiaría la correlación de fuerzas en el continente, estimulando procesos análogos, contribuyendo a que EE.UU. perdiera su hegemonía en la región. Para impedirlo, el gobierno norteamericano redobló su intervención en los asuntos chilenos. Dice el Informe Church que la CIA “financió actividades que cubrían un espectro amplio, desde la simple manipulación propagandística de la prensa hasta el financiamiento en gran escala de partidos políticos chilenos; desde sondeos de la opinión pública hasta intentos directos de fomentar un golpe de Estado”.
El proyecto reformista del PDC fue clave para los intereses estadounidenses, lo que está documentado en los tempranos vínculos entre el partido chileno y la CIA, que se profundizan durante los años siguientes hasta consumarse el plan B, que fue el golpe de Estado.
Aun cuando no está registrada la colaboración directa de la CIA en la salida neoliberal-binominal de la dictadura de Pinochet, hay numerosos antecedentes para afirmar que fue también articulada en Estados Unidos. Si el PDC, con Patricio Aylwin a la cabeza fue crucial para impulsar el golpe de 1973, hacia finales de los 80 el mismo Aylwin, representando al reformismo conservador, dirigió la transición neoliberal que mantuvo el modelo y la Constitución de Pinochet.


LOS ALBORES DE LOS 60

El paradigma reformista requería de los vínculos con el PDC, los que se inician, según el Informe Church, hacia comienzos de la década de los 60, cuando EE.UU. empezó a hacer importantes aportes financieros al partido chileno. El año 1962, dice el Informe, “el Grupo Especial aprobó 50.000 dólares para fortalecer al PDC”. Agrega que “el 27 de agosto del mismo año, el Grupo Especial aprobó el uso de un canal de financiamiento a través de un tercer país, presupuestando ciento ochenta mil dólares para los democratacristianos chilenos durante 1963 (…) La elección presidencial de 1964 -dice el Informe- fue el principal ejemplo de un proyecto electoral de gran envergadura. La CIA gastó más de dos millones seiscientos mil dólares en apoyar la elección del candidato democratacristiano (Eduardo Frei Montalva, N. de PF), en parte para impedir el ascenso al poder del marxista Salvador Allende”.
Además del apoyo brindado a los partidos políticos -continúa el Informe-, la CIA montó una masiva campaña de propaganda anticomunista. Fue una “campaña del terror, -afirma-, que hizo abundante uso de imágenes de tanques soviéticos y pelotones de fusilamiento cubanos, y que estuvo dirigida especialmente a la mujer”. Durante la tercera semana de junio de 1964, un grupo financiado por la CIA producía diariamente veinte spots radiales para Santiago y 44 para estaciones de provincia, además de programas noticiosos de doce minutos de duración -cinco veces al día- en tres radios de Santiago y 24 de provincia.


DIPUTADOS FINANCIADOS POR LA CIA

El Informe Church es elocuente sobre esta materia. En febrero de 1965 -dice- el Comité 303 aprobó 175.000 dólares “para un proyecto de acción política de corto plazo, orientado a brindar apoyo clandestino a candidatos preseleccionados que participarían en las elecciones parlamentarias chilenas de marzo de 1965. Según la CIA, veintidós candidatos fueron seleccionados por la oficina local de la CIA y el embajador; de ellos, nueve fueron elegidos”. Hacia 1970, agrega el Informe, la CIA había gastado en total casi dos millones de dólares en operaciones secretas en Chile.
La campaña presidencial de 1970 tuvo ciertas diferencias para la CIA. Esta vez decidió no apoyar a ningún candidato en particular, en tanto centró sus esfuerzos en desprestigiar la candidatura de Salvador Allende. Tal cosa debía llevarse a la práctica a través de lo que la Agencia denominó “una campaña de sabotaje”. En total, “la Agencia gastó de ochocientos mil a un millón de dólares en acciones clandestinas para influir en el resultado de la elección presidencial de 1970”.
“La campaña del terror -dice el Informe-, contribuyó a la polarización política y al pánico financiero posterior al 4 de septiembre. Temas que se habían desarrollado para la campaña electoral recién concluida –agrega- fueron explotados por la CIA con más intensidad durante las semanas posteriores al 4 de septiembre, en un esfuerzo por causar pánico financiero e inestabilidad política suficientes para provocar que, en función del golpe, se movilizara el presidente Frei o los militares chilenos”.


EL TRIUNFO DE ALLENDE Y EL PLAN DE NIXON

El 15 de septiembre de 1970 se celebró en la Casa Blanca una reunión en la que participó el presidente Nixon, el asesor para asuntos de Seguridad, Henry Kissinger, el director de la CIA, Richard Helms y el procurador general John Mitchel. En ella el presidente planteó que “un gobierno de Allende en Chile no era aceptable para EE.UU.”. Con este predicamento procedió a ordenar a la CIA que tomara medidas para impedir que Allende accediera al poder. “No importan los riesgos involucrados -dijo-; diez millones de dólares disponibles, más si es necesario; trabajo a tiempo completo de los mejores hombres que tengamos; plan de acción: hacer que la economía chilena aúlle; 48 horas para el plan de acción”, ordenó Nixon.
El plan de Estados Unidos contaba con el apoyo de las ideologizadas fuerzas armadas y de los medios de comunicación, principalmente El Mercurio, al que le entregó más de un millón y medio de dólares. Pero el papel del PDC fue fundamental.
“Este partido, argumenta el historiador Corvalán, podría haber jugado durante la UP el rol de un verdadero centro, como muchos de sus integrantes lo intentaron. No obstante, la colectividad terminaría plegándose a la polarizadora política norteamericana. ¿Debido a qué? En medida importante al gran peso de su sector conservador, que finalmente pasará a controlar el partido, todo ello correlacionado con la radicalización de su base social, en gran parte clases medias, derivada del inducido deterioro económico del país y de la campaña del terror”.
La campaña -señala el Informe Church- fue de enormes proporciones. Ocho millones de dólares se gastaron en los tres años que van desde la elección de 1970 hasta el golpe militar de septiembre de 1973. Se entregó dinero a los medios de comunicación, a partidos políticos de la oposición y, en cantidades más limitadas, a gremios del sector privado.
Los aportes que EE.UU. hiciera a los opositores no se repartieron por igual. Beneficiaron principalmente al Partido Demócrata Cristiano y al Partido Nacional, en ese orden. Los documentos norteamericanos desclasificados, así como también el Informe Church, son categóricos al respecto, dice Corvalán Marquez. Durante el gobierno del presidente Allende, EE.UU. continuó proporcionando enorme apoyo financiero al PDC, que excedía al que entregaba a los otros partidos, respaldo que ahora “ya no buscaba potenciar una alternativa modernizadora frente a la revolución cubana y que impidiera un triunfo electoral de la Izquierda, como en la década anterior, sino el derrocamiento de Salvador Allende”.
Si el PDC llegaba a algún tipo de entendimiento con el presidente Allende sería muy difícil la implementación del golpe que buscaba EE.UU., pues en ese caso las fuerzas golpistas quedarían aisladas, como sucedió luego del 4 de septiembre de 1970 y todavía durante 1971, afirma el historiador. Si el PDC se plegaba al golpe -como a la larga terminó ocurriendo-, todo se allanaría. Esto explica por qué la potencia del norte consideraba que este partido era una de las “fuerzas internas” más importantes a los efectos de provocar el derrocamiento de Allende.
El apoyo financiero que la CIA entregara al PDC, en todo caso, se canalizó hacia su ala más conservadora. El Informe Church lo confirma cuando se refiere a la resolución que el 8 de septiembre de 1970 tomara el Comité 40 aprobando un fondo de 250.000 dólares para que, con el fin de impedir el ascenso de Allende, “Frei y su equipo de confianza lo utilizara”. Bien sabemos que la orientación anticomunista y antiizquierdista que caracterizaba a ese sector no era, sin embargo, compartida por otros segmentos de la colectividad, como la encabezada por Renán Fuentealba.


DOLARES Y RADIOS PARA UN PDC GOLPISTA

El PDC distó mucho de jugar el rol de un verdadero centro político, afirma Corvalán, es decir, el rol de fuerza abierta a la negociación y al acuerdo. Por el contrario, convergiendo con una extrema derecha que había retomado sus tradiciones golpistas, cumplió una acentuada función polarizadora. Fue así como en 1971 comenzó a apoyar los paros gremiales. Luego, en diciembre de ese año, participó con el PN y el Frente Nacionalista Patria y Libertad en la llamada “marcha de las cacerolas vacías”.
“A comienzos de 1971 -sostiene el Informe- fondos de la CIA permitieron que el PDC y PN compraran sus propias estaciones de radio y diarios”, precisamente por cuanto serían los mensajes comunicacionales los que debían sembrar un estado de anormalidad sicológica en la población, generando, a través de las campañas del terror, miedos irracionales al “totalitarismo marxista”.
Para el periodo 70-73, el Informe Church registra periódicas entregas de dinero al PDC por parte de la CIA. Un detalle es el siguiente: “13 de noviembre (de 1970): el Comité 40 aprueba 25.000 dólares para apoyar candidatos de la Democracia Cristiana; el 22 de marzo (de 1971): el Comité 40 aprueba 185.000 dólares adicionales para apoyar al Partido Demócrata Cristiano; el 10 de mayo (1971): el Comité 40 aprueba 77.000 dólares para la compra de una imprenta para el diario del Partido Demócrata Cristiano. La imprenta no se compra -añade el Informe- y los fondos son utilizados para apoyar el diario; el 26 de mayo (1971): el Comité 40 aprueba 100.000 dólares para ayuda de emergencia que permita al Partido Demócrata Cristiano pagar deudas de corto plazo”.
Con los compromisos adquiridos por el PDC con la CIA los eventos tomaron una sola dirección. Así, el llamado al diálogo que hiciera Salvador Allende el 1º de mayo cayó en el vacío. Tanto o más cuando el 3 de ese mes el sector conservador de la DC asumiera el control formal del partido, cuya presidencia quedó en manos de Patricio Aylwin, quien se caracterizaba por su incondicionalidad al ex presidente Frei. El 5 de julio cayeron las máscaras, cuando Aylwin hizo una declaración en la que afirmó que “la mejor garantía para el restablecimiento de la normalidad democrática (era) la incorporación institucional de las Fuerzas Armadas al gobierno, con poderes efectivos para realizar las rectificaciones…”.
Luis Corvalán Marquez, en un texto titulado “La crisis de la dictadura y la mano de EE.UU. en la imposición de un recambio neoliberal” retoma, a partir de la mitad de los 80, la presión de Estados Unidos sobre la política chilena. Como el Departamento de Estado negocia el fin de la dictadura, acude a las mismas figuras que usó para sacar a Allende. El PDC vuelve a ser funcional a EE.UU., es el comodín contra la Izquierda y contra una dictadura que ya estaba obstaculizando el desarrollo del modelo neoliberal.
A partir de entonces, la historia es más cercana pero igualmente oscura. Aun cuando hay tantos antecedentes sobre los vínculos entre Estados Unidos y la oposición de entonces, mantenemos nuestra perplejidad al observar el giro que dio la Concertación, al apoyar las privatizaciones, la desregulación de los mercados, al abrazar el modelo neoliberal y la Constitución de 1980. En los múltiples trabajos e investigaciones sobre esa época, aún no hay una respuesta clara de la elite de la Concertación que explique este giro, que tiene características de traición. Al leer el texto de Corvalán, tal vez podamos concluir que las relaciones del PDC con EE.UU. y la CIA hacen de aquella voltereta algo innombrable.


PAUL WALDER

RECUADRO

La DC apoyó el terrorismo de Estado

Los líderes de la Democracia Cristiana han levantado en estos días, como gran bandera moral, su rechazo a la violencia “venga de donde venga”, y su respeto por los derechos humanos. Desde los albores del gobierno de Eduardo Frei Montalva, el doble rasero DC se hizo evidente: en 1966 ese gobierno masacró a los mineros del yacimiento de cobre de El Salvador y poco después, en 1969, a los pobladores de Pampa Irigoin, en Puerto Montt.
El posterior apoyo DC a la conspiración, al golpe militar y al terrorismo de Estado es otra tremenda contradicción. Patricio Aylwin y los líderes de entonces proporcionaron cuadros técnicos a la dictadura, entre ellos Juan Villarzú y Alvaro Bardón, y sólo restaron su apoyo, dice el historiador Corvalán Marquez, cuando fue evidente que Pinochet no convocaría a elecciones.
“Lo que la directiva del PDC intentó luego del golpe, escribe Corvalán Marquez, no fue otra cosa que disputarle a la extrema derecha el ascendiente sobre los uniformados, buscando cooptarlos y hacerlos funcionales a sus propios fines”. Es cierto que este proceso tiene matices, como también lo tiene este partido con líderes no sólo impactados ante las violaciones a los derechos humanos, sino también víctimas del terrorismo de Estado, como Bernardo Leighton y su esposa, Anita Fresno, o valientes defensores de los perseguidos, como Andrés Aylwin.
Otra clara muestra de la insensibilidad democratacristiana ante las violaciones de los derechos humanos fue, más tarde, el apoyo de algunos de sus militantes, como Gutenberg Martínez, al gobierno terrorista de Napoleón Duarte en El Salvador. Hace poco, Ismael Llona escribió que “entre 1984 y 1989, los amigos de Gutenberg apoyaron a este gobierno e incluso lo asesoraron. El gobierno de Napoleón Duarte atropelló sistemáticamente los derechos humanos”.
Un proceso que se remonta hasta hoy. Recientemente, la Democracia Cristiana con los votos de los senadores Soledad Alvear y Patricio Walker aprobó el ascenso del juez Juan Manuel Muñoz a la Corte Suprema. Durante su carrera, este magistrado rechazó investigar crímenes de lesa humanidad cometidos por la dictadura militar. “En política, dijo el presidente del PDC, hay que saber hacer negociaciones”.
Lo más lamentable es la mesura y cortesía del Partido Comunista al referirse a exabruptos anticubanos, antivenezolanos y anticomunistas de la DC y de parlamentarios como Patricio Walker. El pacto Concertación-PC que se está cocinando, debería tener al menos una ética elemental: respetar la historia y la verdad.


PF
(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 774, 11 de enero, 2013)



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miércoles, 30 de enero de 2013

Informe Church: Utilizó Nixon todos los medios a su alcance para derrocar a Allende


"Haremos aullar de dolor a la economía chilena", dijo el mandatario estadunidense


Al mes de su asunción, "todos los esfuerzos de la Casa Blanca estaban orientados al golpe"

XIMENA ORTUZAR
Enviada, La Jornada, México D.F. Miércoles 10 de septiembre de 2003

Santiago, 9 de septiembre. "¡Ese hijo de puta, ese bastardo de Salvador Allende!", gritaba, fuera de sí, Richard Nixon, presidente de Estados Unidos, relató Richard Helms, director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés), al dar cuenta de una reunión en la Casa Blanca, en octubre de 1970, a la que asistieron también Edward Korry, embajador estadunidense en Chile, y el asesor presidencial Henry Kissinger.

La furia de Nixon se debía al triunfo electoral del candidato de la Unidad Popular (UP, coalición de izquierda) en la elección presidencial del 4 de septiembre de 1970.

Nixon había ordenado impedir ese triunfo, a cualquier costo, o la asunción del socialista Allende a la presidencia. Un golpe militar era la vía para lograrlo.

"Entre el 5 y el 20 de octubre de 1970 la CIA mantuvo 21 contactos con oficiales clave de los militares y la policía militarizada (carabineros) de Chile. A los chilenos que se sentían inclinados a ejecutar un golpe de Estado se les aseguró que habría apoyo decidido al más alto nivel del gobierno de Estados Unidos, tanto con anterioridad como después de consumarlo", indica el informe de la Comisión Church, designada por el Congreso estadunidense para estudiar las operaciones gubernamentales y actividades de inteligencia realizadas en Chile entre 1963 y 1973.

Un mes después de la elección de Salvador Allende, "todos los esfuerzos de la Casa Blanca estaban orientados al golpe militar", agrega el informe.

Korry intentó convencer a Nixon de que un golpe militar no era viable en Chile en ese momento porque el comandante en jefe del ejército, general René Schneider, no era comprable ni cooptable para tal aventura. A grandes males... En la valija diplomática estadunidense llegaron a Chile, a mediados de octubre, tres subametralladoras y abundante munición que fueron entregadas al comando encargado de retirar ese "escollo" del camino.

Schneider fue secuestrado el 22 de octubre de 1970 y herido de muerte, utilizando esos aportes, indica el informe y lo ratifican documentos desclasificados de la CIA, que agregan que para tal fin se destinaron 250 mil dólares (una fortuna, en el mercado negro).

La vía democrática

"Ocho millones de dólares fueron gastados secretamente entre 1970 y el golpe militar de 1973", dice el informe Church, y agrega que en ese lapso "la CIA y militares estadunidenses establecieron contactos con militares chilenos con el fin de reunir materiales de inteligencia y permitir a Estados Unidos entrar en comunicación con el grupo con más posibilidades de arrebatar el poder al presidente Salvador Allende".

La prensa colaboracionista, encabezada por el diario derechista El Mercurio, fue vocera de la campaña de terror que, según el informe Church, "contribuyó a la polarización política y al pánico financiero de la época, temas desarrollados durante la campaña y que fueron explotados con mayor intensidad en las semanas posteriores a la elección de Allende".

Igualmente, se financiaron huelgas y atentados terroristas y se fomentó el desabastecimiento. La inflación era galopante.

Philip Agee, ex agente de la CIA, confesó años después: "La agencia, al financiar a los camioneros, comerciantes y otros gremios que se organizaron contra Allende (acaparando mercancías y paralizando al país), pudo crear la apariencia de caos y desorganización que siempre resulta atractiva a los líderes militares de derecha que abogan por el orden y la disciplina. Esto haría que intervinieran para restaurar el orden, la paz y la dignidad de la nación".

En materia financiera y económica, el sabotaje a Allende fue gigantesco: la ayuda estadunidense que en 1965 -gobierno de Eduardo Frei Montalba- fue de 35 millones de dólares, bajó a 1.5 millones en 1971. La cifra récord de 234.6 millones de dólares en créditos del Eximbank a Chile en 1967 fue de cero en 1971, a la vez que se ponía a Chile en la peor calificación crediticia.

El Banco Interamericano de Desarrollo, que en 1970 prestó a Chile -cuando aún gobernaba Frei- 45.6 millones de dólares, en 1972 -con Allende- prestó apenas 2.1 millones, en tanto que el Banco Mundial no prestó al Chile de la UP un solo dólar.

El Club de París, presionado por Washington, no renegoció con Allende la deuda ex-terna gigantesca heredada de sus antecesores.

Al asumir la presidencia, Allende reiteró al país: "Chile inicia su marcha hacia el socialismo sin haber sufrido la trágica experiencia de una guerra fraticida. Y este hecho, con toda su grandeza, condiciona la vía que seguirá este gobierno en su obra transformadora. La voluntad popular nos legitima en nuestra tarea. Mi gobierno responderá a esta confianza haciendo real y concreta la tradición democrática de nuestro pueblo".

Los informes de inteligencia ratificaban lo dicho por Allende y no incluían indicio alguno de que la UP pretendiera utilizar la fuerza para neutralizar a la oposición y perpetuarse en el poder político.

El plan era mucho más preocupante para los intereses de Washington: se trataba de cumplir con el programa de gobierno, mejorar la condición de vida de los chilenos mediante una redistribución justa del ingreso y, con votos, ir avanzando hacia etapas posteriores: el socialismo democrático.

Los mismos informes señalaban que ese plan tendría una primera etapa de tres años.

Para marzo de 1973 estaba prevista una elección parlamentaria. La meta de la oposición, mayoritaria en el Congreso -que actuaba como dique de contención a los planes de reforma del Estado del presidente-, era aumentar su representación hasta los tres tercios necesarios para acusar a Allende de violar la Constitución, y destituirlo de su cargo.

Los informes de inteligencia estadunidenses advertían que si Allende cumplía el programa que lo elevó a la presidencia, podría no sólo impedir que la oposición tuviera los tres tercios, sino alcanzar la mayoría.

Todas las luces de alarma se encendieron en la Casa Blanca, el Pentágono y la CIA.

"Hay que hacer aullar de dolor a la economía chilena", ordenó Nixon. Más aún, anunció que haría "todo lo posible para dañar a Allende y hacerlo caer." Así está asentado en los documentos desclasificados de la CIA.

Un memorando de Henry Kissinger, enviado apenas cinco días después de la asunción de Allende, entregaba un completo plan de acción, dentro y fuera de Chile, para aislarlo, hacerlo fracasar y eliminarlo.

Allende, consciente de la conspiración en marcha, adelantó: "Que lo sepan, que lo oi-gan, que se les grabe profundamente: defenderé esta revolución chilena y al gobierno popular porque es el mandato que el pueblo me ha entregado. No tengo alternativa. Sólo acribillándome a balazos podrán impedir la voluntad de cumplir el programa del pueblo."

En marzo de 1973 la UP obtuvo más votos que en la elección presidencial.

Los 8 millones de dólares destinados a sabotear a Allende, que a precio de mercado negro serían mil 600 millones de dólares, no habían bastado para frenar el avance popular.

En Washington afinaban la puntería para el "Día D"; así llamaron al día del golpe. Faltaba definir la fecha y quién lo encabezaría. Fue el 11 de septiembre de 1973. Lo encabezó el general Augusto Pinochet Ugarte.


http://www.aporrea.org/actualidad/a4639.html

La Historia Oculta del Régimen Militar

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