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lunes, 7 de noviembre de 2011

Una maniobra contra los actores secundarios


No hay dudas. A pesar de la contaminación y los gases lacrimógenos, el aire parece más respirable por estos días. La movilización que los estudiantes secundarios han puesto en marcha, ha permitido que miles recuperen la esperanza en la viabilidad del horizonte de un país más vivible, con ciudadanos y con derechos, con una democracia que no sea una mera palabra vacía de contenido.

Tengo la impresión de que es una percepción compartida por los que fuimos estudiantes secundarios en los 80 e integramos el Comité Pro FESES y la FESES.

Lo comentamos con Javiera Parada frente a los vetustos muros del Liceo de Aplicación. Me lo señaló Juan Azócar, presidente del Centro de Alumnos del Liceo Barros Borgoño en 1985, mientras caminábamos hacia la “Universidad del Matadero”. Lo compartimos también con mis ex compañeros del Insuco Nº 2, cuando recorrimos sus viejas aulas. Se lo he dicho a los “pingüinos” en movimiento con los que he tenido ocasión de dialogar, desde el Liceo 4 de Niñas hasta el Colegio San Ignacio.

La capacidad organizativa demostrada por los estudiantes secundarios, su horizontalidad y carácter democrático, la calidad de su dirigencia, la contundencia de sus demandas, el coraje que han demostrado, logró seducir a una sociedad cansada.

Por cierto, no ha sido fácil. Desde el primer momento han estado sometidos al acoso del poder. Y en la medida que el movimiento ha persistido y se ha desarrollado, también se han multiplicado las maniobras tendientes a fracturarlo y debilitarlo, o escamotear parte de su contenido básico. Algunas han sido evidentes y desenfadadas, y otras subrepticias y sutiles, pasando casi desapercibidas.

Una de esas últimas es una curiosa “operación mediática”, los medios de comunicación del establishment introdujeron una idea–fuerza –en apariencia irrelevante– pero cargada de significados subyacentes, posicionándola en el imaginario colectivo.

Tuvo su expresión más acabada en “La Tercera” del pasado 29 de mayo, el mismo día que se realizaría el primer fracasado intento de diálogo entre el Ministerio de Educación y los estudiantes, y cuando era inminente la convocatoria al paro nacional.

La nota principal sobre este tema, a página completa, tenía el titular: “Escolares definen hoy mayor paro nacional de educación desde 1972”.

Esa idea–fuerza fue inmediatamente recogida y repetida una y otra vez en los despachos informativos de los más diversos medios informativos, incluso por “Crónica Digital”, los cuales sostuvieron que la movilización de los estudiantes secundarios es “la mayor que se ha producido desde hace 34 años”.

Una semana más tarde, y cuando era inminente la cristalización del “paro social” al que convocaba la Asamblea de Estudiantes Secundarios, “La Tercera” publicó el 4 de junio un reportaje que sostenía que “el único precedente de un movimiento emblemático de estudiantes secundarios en Chile data de 1972”.

HACE 34 AÑOS

A comienzos de 1972, la Federación de Estudiantes Secundarios de Santiago (FESES) se encontraba presidida por un joven de la Democracia Cristiana, Guillermo Yunge, que el año anterior arrebató la conducción a la izquierda, en el primer triunfo opositor en el mundo juvenil tras la elección de Salvador Allende como Presidente de la República.

Yunge otorgó a esta Federación una orientación de enfrentamiento a la Unidad Popular, con movilizaciones en las calles y tomas de liceos, transformándose en una pieza clave de la primera etapa de la ofensiva desestabilizadora. En este panorama, los estudiantes de izquierda pusieron en marcha una táctica de contención de los opositores y de cerrar filas con el Gobierno.

Al respecto, ese primer reporte de “La Tercera”, el 29 de mayo, sostenía enfáticamente que “hasta hoy, la organización de los escolares sólo se puede comparar con la de la Federación de Estudiantes Secundarios (FESES), creada en los años 60 y que en 1972 realizó su primera paralización nacional en repudio al entonces ministro de Educación, Aníbal Palma. Ese paro en octubre tuvo una convocatoria de 400 mil estudiantes entre los escolares de Santiago y 18 federaciones provinciales. Las movilizaciones no fueron simultáneas, pero fueron más violentas, pues la toma del Liceo Nº 12 de Niñas dejó 40 heridos. No hubo vacaciones de invierno y Palma renunció”.

Un poco más adelante, añadió: “La FESES –que tuvo entre sus filas al ex embajador de Chile en Costa Rica, Guillermo Yunge y a Andrés Allamand, entre otros– exigía que se acabara la designación de directores y pudieran formar centros de alumnos, entre otras demandas”.

Resultan impresionantes las impresiones del reporte de “La Tercera”. Así por ejemplo, mezcla movilizaciones diferentes (una realizada en octubre, en que la FESES se sumó al Paro Nacional convocado por la Confederación Nacional de Dueños de Camiones, y un paro realizado un mes antes, en torno al cual se produjeron los incidentes en el Liceo Nº 12 de Conchalí) y atribuye mecánicamente la salida de Aníbal Palma del Ministerio de Educación al conflicto, en circunstancias que dejó la cartera a raíz del reordenamiento del Gabinete realizado por el Presidente Allende para dar salida a la crisis de octubre (luego asumió la Secretaría General de Gobierno).

Es insólito que se sostenga que una de las demandas de la FESES en esos tiempos era que “pudieran formar centros de alumnos”… Hasta el golpe de Estado, los estudiantes secundarios tenían completa libertad para constituir centros de alumnos y federarse. Por tanto, jamás fue una demanda estudiantil en esa época.

Por otro lado, las movilizaciones de mayor envergadura contra el Gobierno de la UP no se registraron en 1972, sino al año siguiente.

En noviembre de 1972 hubo elecciones en la FESES, la que terminó escindida entre la izquierda, representada por el hoy senador socialista Camilo Escalona, y los opositores liderados por el democristiano Miguel Salazar.

La fracción opositora retomó el camino del enfrentamiento con el Gobierno, el que llegó a su mayor nivel de masividad en 1973, a propósito del rechazo al proyecto de Escuela Nacional Unificada (ENU). La batalla contra este proyecto de reforma educacional, a la larga, fue una pieza clave en la creación de condiciones sociales para el golpe. El actual senador de RN, Andrés Allamand, era entonces dirigente estudiantil y recogió parte de esas experiencias en un libro publicado en 1974 con el título “No Virar Izquierda”.

El reportaje de “La Tercera” del 4 de junio se refiere exclusivamente a esas elecciones de la FESES, pero omite toda referencia a las acciones en contra de la ENU.

Un detalle: también recuerda al candidato del MIR, Luis Valenzuela, aunque omite que fue secuestrado por la DINA el 10 de enero de 1975, fecha desde la que se encuentra en las nóminas de detenidos–desaparecidos.

Con todo, aquellas imprecisiones no son el problema de fondo…

La premisa de “La Tercera” es que “el único precedente de un movimiento emblemático de estudiantes secundarios data de 1972”, y que la actual movilización y organización estudiantil “sólo se puede comparar” con la existente ese año en contra del Gobierno de la Unidad Popular.

En definitiva, se posiciona como el antecedente de lo que ocurre en los liceos del país a una movilización de carácter antisocialista, que nunca llegó a representar la totalidad de los estudiantes secundarios y que se vincula con el proceso fundacional de la dictadura.

El problema es que constituyen afirmaciones falsas, que adulteran los hechos históricos.

Y HACE 20 AÑOS

En mayo de 1986 comenzó un proceso de movilización de los estudiantes secundarios en rechazo a una medida clave que entonces resolvió imponer la dictadura: completar el proceso de municipalización de los liceos públicos, que se había iniciado en 1981 como uno de los pilares básicos de su proyecto de “modernización” del sistema de educación. Los establecimientos afectados eran los “emblemáticos”. Al mismo tiempo, se privatizó a los liceos técnico–profesionales.

Fue una movilización de enorme envergadura, la que logró involucrar al conjunto de los estudiantes secundarios, más allá del “activo democrático”, y que les dio visibilidad en la confrontación con la dictadura. Se paralizaron las clases por casi dos meses, con los liceos en toma y marchas por las calles de Santiago. Estas acciones fueron respaldadas por los padres y apoderados, y el Magisterio agrupado en la Agrupación de Educadores de Chile (AGECH) y el recién democratizado Colegio de Profesores.

Hubo centenares de estudiantes arrestados, golpeados y vejados, e incluso una víctima fatal: la adolescente Guadalupe Chamorro Leiva.

El ministro de Educación, Sergio Gaete, se reunió con la dirigencia estudiantil, aunque para notificarlos de los detalles de la medida y precisar que su opinión no sería tomada en consideración. A partir de esta premisa y ocupando la represión como la herramienta principal, el régimen apostó a una táctica de desgaste que terminó resultando exitosa: la movilización se agotó a comienzos de julio y la municipalización se impuso.

En curiosa sincronía histórica, ese paro estudiantil comenzó exactamente 20 años antes del inicio de la actual movilización de los estudiantes secundarios.

En abril de 1985 se había constituido el Comité Pro–FESES, con el propósito de lograr la reconstrucción de la Federación disuelta luego del golpe, y de luchar por conquistar demandas que incluían aspectos como la democratización de los Centros de Alumnos y el acceso igualitario al pase escolar y la Prueba de Aptitud Académica (que antecedió a la PSU). Por su rechazo al modelo educativo de la dictadura, asumió también la lucha contra la municipalización.

Su primera movilización de envergadura fue la Toma del Liceo A 12 en julio de 1985, la que terminó resultando en la renuncia del ministro de Educación, Horacio Aránguiz.

En el colmo de la tergiversación histórica, el reporte de “La Tercera” del 29 de mayo señalaba que “la última toma habría sido (sic) en 1985 en el Liceo Arturo Alessandri A–12”, poniendo en duda la realidad de esa movilización y, lo más grave, vinculándola con las acciones emprendidas más de una década antes contra la Unidad Popular.

La lucha de los estudiantes secundarios en la dictadura permaneció invisibilizada para la memoria histórica hasta que fueron recuperados por “Actores Secundarios”, documental que se ha transformado notoriamente en referente de significación para los estudiantes ahora en movimiento (lo que, por cierto, no ocurre en modo alguno con los hechos de hace 34 años atrás).

¿Por qué se intenta velar la existencia de aquellas luchas de los estudiantes secundarios en los 80?

Un dato importante: la irrupción de los intentos de asociar la actual lucha estudiantil con la protesta de un sector de la FESES contra el Gobierno de Allende fue coincidente con la emergencia de la derecha política en la controversia sobre la educación chilena que fue desencadenada por la movilización estudiantil. Desde los elencos dirigentes de la UDI y RN se levantó un discurso con dos componentes básicos: señalar que asumían la legitimidad de las demandas estudiantiles, que “comprendían” su movimiento y que la responsabilidad de lo ocurrido se circunscribía sólo a las políticas de los Gobiernos de la Concertación en esa materia.

Poco más tarde, la UDI se encargaría de precisar los alcances de su postura: no están dispuestos a revisar la Ley Orgánica Constitucional de Educación (LOCE).

La reiteración mediática en ubicar a 1972 como el referente de la actual movilización pretende establecer en la opinión pública una burda falacia: los estudiantes secundarios se alzaron hace 34 años contra un Gobierno encabezado por un Mandatario socialista, al igual que hoy se enfrentan a un Gobierno con una Presidenta socialista… O sea, se trata de resignificar el actual conflicto, para aumentar el costo político del oficialismo.

Sin embargo, no es sólo eso. Pareciera que también se busca escamotear el contenido de la lucha que hoy desarrollan los estudiantes.

PROBLEMA DE FONDO

La dictadura diseñó e implementó una profunda reforma del sistema educacional desde 1981, mediante la imposición de diferentes normas, en coherencia con el modelo de país que instaló. Se trataba de despojar a la educación de su carácter de derecho social, para poner énfasis en la “libertad de educación”, es decir, la libertad de emprendimiento del capital privado en la educación, transformándola crecientemente en un bien adquirible conforme a la oferta y la demanda, en el marco de la economía de libre mercado.

Cuando expiraba su permanencia en el Gobierno, el 10 de marzo de 1990, garantizó la protección estratégica de esta transformación mediante la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza (LOCE), cuya promulgación tenía una evidente racionalidad: “blindar” el modelo e impedir que se le introdujeran reformas.

La derecha fue la autora del modelo educacional impuesto por la dictadura, así como del modelo de desarrollo en que se encuentra inserto. Y hoy son sus defensores.

En este contexto, provocan indignación las declaraciones de sus portavoces señalando que “comprenden” la protesta de los estudiantes secundarios, en circunstancias que ellos son los creadores del modelo educacional contra el que los jóvenes se han rebelado… El problema, que los dirigentes estudiantiles parecen comprender con total rigurosidad, no se reduce a una “ineficiencia” de los Gobiernos de la Concertación para “administrar” el sistema, ni tampoco se resolverá con cambios cosméticos que no afecten lo esencial de esa concepción del sistema educacional.

¿Hacia adonde apunta la crítica y la protesta de los estudiantes? Lo gritan en las calles, lo sostienen sus dirigentes en cada tribuna, lo proclaman los lienzos en las paredes de los liceos tomados: se rebelan contra la “educación de mercado”.

El cuestionamiento a la Concertación es que sus cuatro Gobiernos no han demostrado la voluntad de modificar el sistema educacional que heredaron (como, por lo demás, ha ocurrido en otros ámbitos de la vida social).

¿Cuál era el fundamento reivindicativo de la movilización del movimiento estudiantil en los liceos de la aciaga década de los 80?

Lo hemos indicado: el rechazo a la municipalización de los liceos públicos científico–humanistas, a la privatización de los establecimientos de carácter técnico–profesional, al proyecto del régimen para la educación. Eran demandas por la revalorización del papel del Estado en garantizar el derecho a la educación para todas las chilenas y chilenos. Y se formulaban exigencias asociadas a esa materia: la gratuidad de la Prueba de Aptitud Académica y el acceso al pase escolar. En una frase ya citada: era una rebelión contra la “educación de mercado”.

La lucha del movimiento estudiantil secundario de los 80 formaba parte constitutiva de una lucha más amplia, vinculada al propósito de poner fin a la dictadura. En ese sentido, hizo una contribución significativa, pero en lo que se refiere a sus demandas específicas no se logró triunfar: el régimen militar logró imponer su proyecto, y tres años y medio después promulgó la LOCE para garantizar su perpetuación.

En este sentido, la lucha que hoy desarrollan los estudiantes secundarios es continuidad programática, en lo esencial, de la que protagonizaron los estudiantes secundarios de los 80. El proyecto educativo con el cual se enfrentaron los estudiantes hace 20 años se logró imponer y continuó en el tiempo sin modificaciones a sus premisas básicas. Y los estudiantes de estos días decidieron que no estaban dispuestos a seguir soportándolo.

Por eso, el intento por velar el recorrido del movimiento estudiantil en los 80 se explica por el propósito de encubrir que el origen de la protesta del 2006 hunde sus raíces en el sistema educacional que impuso la derecha en el tiempo de la dictadura militar y cuyos contenidos programáticos continúa sustentando (hasta ahora, con la cooperación de los Gobiernos de la Concertación).

Y no sólo se trata de eludir responsabilidades de carácter político e histórico. Lo que se pretende instalar es que la resolución al conflicto, no requiere un cambio de sistema.

En todo caso, los estudiantes en movimiento no ignoran la historia que los precedió. Lo más importante: han demostrado una lucidez tremenda y fecunda para diagnosticar con rigor el mal que los afecta y el horizonte hacia el que tienen que transitar.

Lo comentó María Huerta, dirigente de la Asamblea de Estudiantes Secundarios, en la revista “Pluma y Pincel”: “Este movimiento se parece a las protestas estudiantiles de los años 80 contra Pinochet”. Me lo dijeron las alumnas del Liceo 7 de Niñas de Santiago: “Somos la continuidad de las luchas de los años 80, cuando los estudiantes no pudieron triunfar. Ahora vamos a vencer: lo haremos por nosotros y también por los que lucharon hace 20 años”.

Esa hermosa lucidez permite que el aire parezca más respirable en estos días.





http://victorosorior.blogspot.com/2007/03/una-maniobra-contra-los-actores.html

EL PASADO GOLPISTA DE ANDRÉS ALLAMAND

La nueva obra de Andrés Allamand, titulado “El Desalojo”, ha causado enorme interés público. Al respecto, nos parece pertinente reproducir fragmentos sobre la historia del actual senador de RN, publicados en el libro “Los Hijos de Pinochet”, escrito en 1995 por los periodistas Víctor Osorio e Iván Cabezas.

La mañana del 11 de septiembre de 1973, en calle Esmeralda, los empleados de Chile Films se habían atrincherado desde temprano en la empresa, acatando las confusas instrucciones de los partidos de Izquierda y de la Central Única de Trabajadores (CUT) de no moverse de sus lugares de trabajo en caso de golpe de Estado.

Hacía rato, sin embargo, que habían tomado conciencia de que no existía ninguna posibilidad de resistencia en el lugar. No tenían otra opción que la de retirarse. Pero cada vez que intentaban asomarse a la puerta recibían una andanada de disparos de arma corta, provenientes de un edificio ubicado enfrente. Era un angustioso y macabro juego que se prolongó durante horas.

El paso del tiempo, las noticias cada vez más alarmantes y desconsoladoras sobre la evolución del golpe y la proximidad con la Primera Comisaría de Carabineros les hacía temer por su seguridad y libertad. Pero cada nueva tentativa era repelida de inmediato.

Al frente se ubicaba el departamento de soltero del diputado Juan Luis Ossa, presidente de la Juventud Nacional, para quien Chile Films era “un nido de comunistas”.

No estaba solo esa mañana. Junto a él se hallaba un muchacho de larga cabellera y escasos 17 años. Su nombre era Andrés Allamand.

En 1972 estaba claro que era el más destacado cuadro político de los estudiantes medios de la colectividad derechista. Juan Luis Ossa se convenció de que él era el hombre más adecuado para dar la batalla por la Federación de Estudiantes Secundarios de Santiago (FESES), que era, aparte de la gremialista Federación de Estudiantes de la Universidad Católica (FEUC), la única otra organización estudiantil de importancia controlada por la oposición al Gobierno de Salvador Allende. De hecho, desde el año anterior, la FESES había sido una de las principales trincheras opositoras, sobre todo en la acción directa: lucha callejera, enfrentamientos con el Ministerio de Educación, tomas de liceos.

Andrés Allamand se preparó cuidadosamente para asumir el desafío. Abandonó, sin el conocimiento de sus padres, el aristocrático Colegio Saint George y se matriculó en el cuarto año medio del Liceo Victorino Lastarria de Providencia, un establecimiento fiscal típico de las capas medias.

Una de las primeras personas a las que confió su decisión, aparte de Juan Luis Ossa, fue su mejor amigo, y además compañero de colegio y correligionario de partido, Bernardo Matte Larraín. Matte había ingresado a la Juventud Nacional luego de vivir de cerca las angustias de los empresarios ante las políticas de la Unidad Popular. El Gobierno había insistido en estatizar la Compañía Manufacturera de Papeles y Cartones, una empresa ligada íntimamente a su padre, Eleodoro Matte Ossa.

Una de las primeras medidas de Allamand, en su carrera a la FESES, fue dejarse crecer el pelo, antes de ser proclamado candidato de las Juventudes de los Partidos Nacional y Democracia Radical a la presidencia del organismo. La melena no fue del agrado del presidente del PN, Sergio Onofre Jarpa, quien –de todos modos– sentía un particular afecto por la nueva promesa de la derecha.

Durante la campaña, Allamand afirmó su liderazgo en las filas opositoras, destacándose por una dura y vehemente oratoria, y por la radicalidad de sus planteamientos. Sus amigos Bernardo Matte, Roberto Palumbo y Félix Viveros, entre otros, fueron los principales operadores de la campaña, desde las filas de la estructura de estudiantes secundarios de la Juventud Nacional.

El recuento de votos al final de las elecciones estudiantiles terminó con una gresca generalizada y con urnas (y estudiantes) volando por las ventanas del local, ubicado en la calle Fanor Velasco. La FESES se dividió, quedando a un lado los secundarios leales a la UP, presididos por el socialista Camilo Escalona, y por el otro, una FESES opositora, encabezada por el democristiano Miguel Salazar.

De acuerdo a los recuentos opositores, Allamand logró elevar la votación de la derecha de un cuatro a un 24 por ciento en relación a los anteriores comicios. Se hizo así más clara su posición de líder, pasado a ser además una de las escasas figuras juveniles de vuelo nacional que podía exhibir la derecha, aparte de ser, por su escasa edad, un dirigente con amplias proyecciones futuras. Pasó a ser el brazo derecho de Juan Luis Ossa, con el cual afirmó una estrecha amistad.

La radicalización del enfrentamiento político se hacía cada vez más aguda. En las calles, los nacionalistas de Patria y Libertad eran secundados por los combatientes del Comando “Rolando Matus” de la Juventud Nacional. Por todo el país se multiplicaban los atentados dinamiteros, la quema de vehículos de la locomoción colectiva, los ataques a sedes políticas y domicilios de dirigentes políticos, las barricadas, las tomas.

Allamand encarnaba, en esos días, la realidad que vivía la derecha: partidario de la acción directa y del enfrentamiento físico más que de la lucha legal y parlamentaria; partidario del “poder gremial”; convencido de las ideas “nacionalistas”, corporativistas y militaristas que, a esas alturas, habían venido a reemplazar los antiguos paradigmas de la derecha.

Esta experiencia es la que recoge Allamand por escrito en su libro “No Virar Izquierda”, mezcla de novela y testimonio, apología de la lucha violenta e insurreccional que la derecha desarrolló contra Salvador Allende y su Gobierno. Apareció a fines de 1974, cuando Allamand cursaba Derecho en la Universidad de Chile y recién habían cesado de humear las pilas de libros que con tanto entusiasmo los militares quemaban en los días siguientes al golpe.

El texto muestra claros elementos autobiográficos, y aparece como una auténtica radiografía del espíritu de rabiosa violencia que se apoderó de los que luego serían triunfadores en septiembre de 1973.

El libro está encabezado por un “Saludo a Andrés Allamand en el Nacimiento de su Primer Libro”, firmado por Nina Donoso, quien entre otras cosas señalaba: “¡Que triste fue esa guerra, esos mil días negros donde cayó el tambor de la azul cacerola y ustedes, nuestros hijos, se tomaron el cielo como si se tomaran en la calle una rosa! Andrés, fuimos Quijotes de una causa sagrada, luchábamos contra monstruos, disparando palomas”...

“No Virar Izquierda” contiene no pocos ejemplos de la clase de “palomas” que solían disparar los jóvenes opositores en su afán de “tomarse el cielo”.

Así por ejemplo, se describe la participación de los protagonistas en manifestaciones antigubernamentales en el barrio alto de Santiago:

“Partimos corriendo hacia donde estaban armando una barricada. Nos integramos rápidamente al grupo. En un par de minutos las llamas tenían más de dos metros e iluminaban la calle. Las viejas hacían sonar las cacerolas sin parar (...) En eso, un inocente chofer de micro dobló por Los Leones hacia Providencia. Grave error.

“–¡Krumiro, krumiro! –insultaron todos al tiempo que corrían a la micro. Salieron las primeras piedras, que impactaron en las ventanas de los lados. Los pasajeros, adentro, gritaban enloquecidos.

“–¡Al chofer, al chofer! –era la orden (...)

“El Tata apodaban al que mandaba (...) Bruscamente aparecieron unos lolos corriendo. Eran tres. El mayor tendría a lo más unos dieciséis años.

“–Tata –le dijeron anhelantes–, viene un trole en la otra cuadra, ¿lo podemos hacer recagar? –Al Tata se le iluminó la cara.

“Los lolos se taparon la cara con unos pañuelos que en un pasado remoto debían haber sido blancos (...) Partieron embalados. En la carrera se les unieron unos cuantos más (...) Lo primero que hicieron fue colgarse de los cables al trole en marcha. Desconectado, el trole se detuvo (...) Los lolos, sin dar tiempo al chofer ni de que se parara de su asiento, se subieron al vehículo, palo en mano.

“–¡Ya, huevón, te fuiste, partiste! –le gritaron, amenazándolo con los garrotes en alto.

“El chofer puso cara de espanto. Los pasajeros, paralizados, no atinaban a nada que no fuera no moverse... Los lolos demostraban una decisión y una fiereza asombrosas.

“–¿Qué no entendís castellano? ¡Ándate, te dicen! –le gritaron de nuevo mientras lo zamarreaban (...) ¡Apúrate, mierda! Chao, pescao, chao, pescao –y nuevo empujón (...) Una vez que el chofer se hubo bajado, los lolos se dirigieron a la gente, que seguía inmóvil.

“–¡Abajo, abajo, vamos bajando! Si no, quemamos el trole con ustedes adentro –advirtieron.

“Un viejo de anteojos trató de resistirse. Se paró y avanzó hacia los lolos con claras intenciones de agredirlos. Sin inmutarse, el más chico le hizo comerse un tremendo palo en la cabeza, que de pasada le quebró los anteojos. Antes que se repusiera, de dos patadas lo dejaron sentado en la calle (...) Los de afuera... procedieron a quebrar los pocos vidrios que quedaban intactos. Fue suficiente. Los pasajeros empezaron a bajar, empujándose, atropellándose unos con otros. El viejo de los anteojos imploraba, lloroso, que lo dejaran subir a buscar su portafolio...

“Lo cruzaron en la calle (al trole) y trataron de quemarlo. No prendía. ¡Los troles no usan bencina, que es la que se inflama! Hizo su aparición entonces el engendro criollo de ‘Misión Imposible’. Le conectó un suspensor al vehículo, sacó unos cables, arrancó otros, abrió unas tapas, cuidadosamente hizo contacto entre dos polos opuestos y se produjo la explosión. Saltaban millones de chispas, producto del tremendo cortocircuito. El objetivo lo logró sólo a medias...

“El Tata desesperadamente buscaba cómo solucionar el impasse. Se fijó entonces en una vieja parada en la vereda del frente, que observaba detenidamente el proyecto de incendio. Tenía a su lado un bidón azul. El Tata corrió hacia ella (y procedió a robarle la parafina)... Sin detenerse, le sacó la tapa al bidón. Llegó hasta el trole y le vació el contenido equitativamente entre las distintas ruedas. Un segundo más tarde, el trole ardía por los cuatro costados.

“–Nuevamente, muchas gracias, señora. La Patria se lo agradecerá –le dijo, mientras le devolvía el bidón sin una gota del, en esos días, apetecido combustible”.
Estos fragmentos están extractados de las páginas 76 a 83. Más adelante, Allamand caracteriza a estos personajes como “cabros choros, valientes, decididos y que no tenían nada que ver con leseras” (página 87).

También es de antología el pasaje que describe el levantamiento de una barricada en la Plaza Italia, a manos de los estudiantes opositores:

“Cuando llegamos a la esquina, justo nos dieron la luz roja. Nos metimos a la calle velozmente, ante la mirada atónita de los automovilistas. En breves segundos, cada uno botó su neumático al suelo, y los encargados los rociaron con grandes cantidades de parafina... Al solo contacto con las antorchas, la parafina encendía y los neumáticos luego de una violenta llamarada empezaban a quemarse.

“En breves y contados segundos la Alameda era un infierno. Gran cantidad de pequeños volcanes surgían del suelo. Como esperábamos, se levantó un humo espeso y negro (...) El tacto se armaba y crecía a cada minuto. Los autos que subían o bajaban por Alameda sólo veían el tráfico y a lo más una humareda. Cuando los conductores advertían lo que ocurría, recién entonces se les venía a la cabeza girar en U. Ya era tarde: otros autos les habían cerrado el camino. Las bocinas no sonaban de pitear. Uno que otro grito iracundo se dejaba oír... Como al cuarto de hora, con las llamas en su punto más alto, se produjo el primer problema.

“Un camionero, upeliento y krumiro, que estaba en segunda fila y que nos había insultado hasta cansarse, en audaz maniobra se subió a la vereda y se lanzó rajado, para tratar de pasar entre los neumáticos.

“–¡Piedra con él, mierda! –gritó alguien (...)

“Todos corrimos hacia el camión, lanzándole todo lo que tuviéramos a mano. Cuando ya traspasaba el límite, derrotándonos, un lolo corrió frente a él. Blandía un trozo de cañería en la mano (...) Saltó impulsado por un resorte invisible y se colgó del espejo lateral, afirmado en una puerta de la pisadera. Le descargó el fierrazo en medio del parabrisas, destrozándolo (...) La valiente y aguerrida actitud nos encendió el espíritu (...) Ver al camión detenerse fue la expresión cabal de nuestra victoria. El camionero abrió la abollada puerta despacito y se bajó con las manos en alto.

“–No me peguen, por favor –imploraba.

“Lo sacaron de los límites de la barricada entre una ensalada de combos. Su cuerpo se sumergió en una pila de puños que lo golpeaban sin misericordia. El camionero no se defendía, apenas se cubría. A nadie los que le pagaban le importó. Empujamos el camión fuera de la barricada, que fue a estrellarse a un poste, peligrosamente cerca de los automovilistas del frente” (páginas 156–159).

Uno de los ejes principales del libro es la historia de la toma del Liceo Benjamín Vicuña Mackenna (aparentemente el Lastarria) donde estudian los protagonistas:

“La defensa del liceo se basaba en lo que pudieran realizar los miembros del grupo escogido. Eran exactamente doce. Cuatro de ellos armados. Eran los patos malos del liceo. Inefables camorreros. En caso de producirse un intento de retoma, en cada uno de los lugares preestablecidos había un cajón lleno de bombas molotov, preparadas por los químicos del grupo. Eran botellas vineras, las que mejor se quiebran, con bencina, azúcar y aserrín para mantener las llamas. El resto de los tomadores habrían de arreglárselas a peñascazos y hondazos” (página 133).

Un momento realmente espectacular de la novela se produce cuando los estudiantes descubren a un joven infiltrado de la UP:

“Saltamos para atrás levantando las pistolas.

“–¡Muévete y te mato! –lo amenazó Gerardo.

“Retrocedimos lentamente, en el colmo de la excitación, sin quitarle los ojos de encima. Lo observamos con atención. Alto y moreno. De unos 20 años. Vestía blue jeans y una parca negra. Estaba muerto de susto. Algo intentó balbucear.

“–¡No digai ni una huevá! –se le adelantó Gerardo.

“–Yo... no... he hecho nada... nada... –tartamudeó.

“Se ganó el primer coscacho. Se lo pegó Emilio”.

Proceden luego a interrogar al intruso:

“–¡Contesta, mierda! –gritó Gerardo, pegándole con el cañón de su pistola en las costillas. Soltó un grito y se retorció de dolor. Se llevó instintivamente las manos a la parte afectada.

“–¡Las manos a la pared! –gritó Gerardo de nuevo, golpeándole fuertemente los dedos... Bruscamente el intruso se dio vuelta y trató de correr. Estúpido. Iluso. Emilio lo tumbó de una certera zancadilla antes que diera dos pasos.

“Lo patearon de lo lindo.

“–No me peguen, no me peguen. Yo no he hecho nada –rogaba, cubriéndose el rostro. Una cantidad mayor de insultos y amenazas, como asimismo una mayor cantidad de patadas, fue la respuesta. Se puso a llorar. Una precisa patada, donde duele de veras, lo dejó sin respiración. De las mechas lo pararon y lo pusieron nuevamente de cara a la pared.

“–A la otra no la contai –amenazó Gerardo. No bromeaba.

“El intruso prorrumpió en sollozos (...) Las lágrimas le corrían por la cara, que empezaba a hinchársele”.

Pero el martirio no cesa:

“La inmediata golpiza fue macabra. Al poco rato la cara del intruso era una masa informe, llena de sangre, moretones y polvo. Lo golpeaban sin piedad. Con verdadero rencor. Con franco odio. En medio de la paliza saltaba una que otra pregunta... antes que tuviera tiempo para contestar, nuevos golpes lo remecían. Gerardo los paró. Si no, lo mataban.

“–Ta güeno. Ya es suficiente. ¡Empelótenlo y échenlo a la calle!

“Apenas se tenía en pie. Le sacaron la ropa. A tirones. Rajándosela. Daba lástima.

“–Oye –se dirigió a él Gerardo. Estaba de pie, con frío, con vergüenza y los sentidos algo embotados. La cabeza gacha. Tambaleándose.

“–¡Mírame!

“Una patada lo hizo levantar la cabeza. Gerardo sacó la pistola, que con anterioridad había guardado en la funda, y se la pegó a la sien derecha. El intruso casi se cae de miedo.

“–No te mato pa’ que les digai a tus amigos lo que les espera. Si te veo de nuevo, no te perdono. ¿Entendiste? (páginas 176–186).

En otro pasaje, el protagonista dice, refiriéndose a los militantes de la Izquierda: “¡Cómo los odiaba! De haber podido agarrar a uno lo habría pateado hasta no poder mover las piernas y le habría pegado hasta romperme las manos, hasta no poder levantarlas” (página 67).

Frente a los atentados terroristas que se multiplicaban durante el paro de los camioneros, el libro de Allamand dice: “Los atentados eran incontables. Los oleoductos y cañerías volaban en las noches, cortando el combustible a las ciudades, pero incentivando a los fieros camioneros, tonificando el paro” (página 71).

Luego, se describe el aporte de los manifestantes estudiantiles al paro del comercio: “Íbamos cerrando los negocios y quebrando algunos vidrios a quienes no accedían a nuestras caballerosas peticiones” (página 89).

Sobre los incidentes entre propagandistas nocturnos, se cuenta una anécdota sobre un personaje llamado “Grone”, que dispara a un militante de las Brigadas “Ramona Parra” durante un rayado nocturno de los jóvenes opositores: “El negro se detuvo y fríamente le hizo puntería. Le vació la nuez del revólver (un 38, cinco tiros). El otro saltaba y se retorcía en el pavimento” (página 119).

También son muy ilustrativas las reflexiones políticas que aparecen en el libro, las que son absolutamente congruentes con la tesis de “lucha paralela en contra de la UP”, desarrollada por la Juventud Nacional:

“La oposición sigue creyendo que el poder político surge de los votos exclusivamente. Siguen creyendo que el poder político es una resultante de las elecciones, mientras la UP se caga en las elecciones y desarrolla un poder político cada vez más poderoso, expresada en toda (una) cantidad de organizaciones (...) Sin los militares la UP no cae (...) Hay que presionarlos, obligarlos a intervenir. Hacer que se decidan. Si no lo hacen no la contamos. Nos friegan de todos modos”.

Entonces, frente al problema de cómo lograr que los militares se comprometan con el golpe, el libro señala: “Dejando la escoba en todas partes. Provocar crisis y desórdenes. Desatar el caos. No ceder. Oponerse a todo lo que la UP haga con la mayor energía” (páginas 19–23). “(Los militares) actuarán cuando el caos sea total. La toma del liceo es nuestra cooperación al caos” (página 170).

El libro concluye luego de producido el golpe. El protagonista sentencia:

“¡Fin al comunismo! Sería la esperada hora del nacionalismo”.

Cuando fue publicado el libro de Andrés Allamand, estaba vigente con todo su rigor la disposición que prohibía todo lo que pudiera incitar a la violencia o alterar el receso político. Nadie lo acusó de violarlo, a pesar de todas las evidencias.

publicado en Cronica Digital



http://victorosorior.blogspot.com/2007/05/el-pasado-golpista-de-andrs-allamand.html

domingo, 6 de noviembre de 2011

Neruda fue “asesinado”

13 MAYO 2011


El presidente Salvador Allende y el poeta Pablo Neruda.
El presidente Salvador Allende y el poeta Pablo Neruda.
Por Francisco Marín*
Todo estaba dispuesto para que el poeta y premio Nobel de Literatura Pablo Neruda se exiliara en México. Había viajado de su casa en Isla Negra a Santiago de Chile y un avión enviado por el gobierno mexicano estaba listo para recogerlo. Sin embargo, tuvo que ser internado en la clínica Santa María. Avisó por teléfono a su mujer, Matilde Urrutia, y a su asistente Manuel Araya que un médico le había puesto una inyección en el estómago. Unas horas después murió. Araya -quien estuvo al lado del poeta en sus últimos días- cuenta a Proceso un secreto que lo ahoga: el poeta “fue asesinado”.
Valparaíso.- El poeta chileno Pablo Neruda “supo a las cuatro de la madrugada (del 11 de septiembre de 1973) que había un golpe de Estado. Se enteró a través de una radio argentina que captaba por onda corta. Ésta informaba que la marina se había sublevado en Valparaíso.
“Trató de comunicarse a Santiago, pero fue imposible. El teléfono estaba fuera de servicio. Recién como a las nueve de la mañana confirmamos que el golpe se había concretado. (…) Ese 11 de septiembre fue un día caótico y amargo porque no sabíamos qué iba a pasar con Chile y con nosotros.”
Manuel Araya Osorio habla de Neruda con la familiaridad de quien ha compartido momentos cruciales con un personaje histórico. Y sí. Fue asistente del poeta desde noviembre de 1972 -cuando regresó de Francia- hasta su muerte el 23 de septiembre de 1973.
El corresponsal se reunió con este personaje el pasado 24 de abril en el puerto de San Antonio. La entrevista se llevó a cabo en la casa del dirigente de los pescadores artesanales chilenos Cosme Caracciolo, a quien Araya le pidió ayuda para develar un secreto que lo ahogaba: “Lo único que quiero antes de morir es que el mundo sepa la verdad, que Pablo Neruda fue asesinado”, asegura a Proceso.
Sólo el diario El Líder, de San Antonio, dio cuenta parcial de su versión el 26 de junio de 2004. Pero no trascendió por la poca influencia de este medio.
Araya afirma que siempre ha querido que se haga justicia. Cuenta que el 1 de mayo de 1974 le propuso a Matilde Urrutia, viuda de Neruda, aclarar esa muerte. Ambos fueron testigos de sus últimas horas: durmieron, comieron y convivieron en la misma habitación a partir del golpe del 11 de septiembre de 1973 y hasta la muerte del poeta, 12 días después, en la clínica Santa María de Santiago.
Pero Araya afirma que Matilde -quien murió en enero de 1985- no quiso tomar acción alguna para fincar eventuales responsabilidades. Según él, Urrutia le dijo: “Si inicio un juicio me van a quitar todos los bienes”. Araya cuenta que en otra ocasión tuvieron una discusión que marcó un quiebre final en su relación con la viuda. “Me dijo que lo que había pasado era cosa de ella y no mía, porque yo ya había terminado de laborar con Pablo, ya no era trabajador y no teníamos nada que ver”.
“Neruda quería que cuando muriera, la casa de Isla Negra quedara para los mineros del carbón (…) Pero la fundación (Pablo Neruda) se apropió de su obra y no ha concretado ninguno de sus sueños. A ellos (los directivos de la fundación) sólo les interesa el dinero”, espeta.
Afirma que hace dos años le entregó a Jaime Pinos, entonces director de la Casa Museo de Isla Negra, de la fundación, un relato sobre los últimos días del poeta. “Pero no han hecho nada con esa información, ni siquiera la han dado a conocer. No quieren que la verdad se sepa (…) Nunca me han dado la palabra en los actos que organizan ni siquiera en las conmemoraciones de su muerte”.
Araya proviene de una familia de campesinos de la hacienda La Marquesa, cerca de San Antonio. Cuando tenía 14 años fue acogido en Santiago por la dirigente comunista Julieta Campusano, quien le dio trato de ahijado.
Este vínculo le ayudó, pues Campusano llegó a ser senadora y la mujer más influyente del Partido Comunista, y gestionó que Araya recibiera una preparación especial en seguridad e inteligencia, entre otras materias. Araya escaló rápido. Fue mensajero personal de Allende antes de fungir como principal asistente de Neruda.
Araya, quien hacía de chofer, mensajero y encargado de seguridad de Neruda, acepta que el autor de Canto general tenía cáncer de próstata, pero no cree que esa enfermedad lo matara. Asegura que dicho padecimiento “estaba controlado” y que Neruda “gozaba de buena salud, con los achaques propios de una persona de 69 años”.

“Abandonados”

Araya dice que después del golpe del 11 de septiembre, Neruda, su mujer y el resto de los habitantes de la casa de Isla Negra quedaron “solos y abandonados”. El contacto con el mundo exterior se reducía a las noticias que les llegaban a través de una pequeña radio que Neruda sintonizaba, a las esporádicas conversaciones telefónicas de un aparato que sólo recibía llamadas y a lo que les contaban en la hostería Santa Elena, cuya dueña “era de derecha y sabía todo lo que pasaba”.
Cuenta que el 12 de septiembre llegó un jeep con cuatro militares. “Todos llevaban los rostros pintados de negro. Yo salí a recibirlos. (…) El oficial me preguntó quiénes estaban en la casa. Le tuve que decir que en ese momento estaban Cristina, la cocinera; la hermana de ésta, Ruth; Patricio, que era jardinero y mozo; Laurita (Reyes, hermana de Neruda); la señora Matilde, Pablito (Neruda) y yo.
“El oficial nos señaló que en el domicilio no podía quedar nadie más que Neruda, Matilde y yo. Entonces tuvimos que arreglárnoslas entre los tres: dormíamos en la recámara matrimonial que estaba en el segundo piso. Yo dormía sentado en una silla, arropado con un chal. Lo hacía para estar más cerca de Neruda, porque no sabíamos lo que nos iba a pasar.”
El 13 de septiembre, cerca de las 10 de la mañana, los militares allanaron la casa. Araya dice que eran como 40 soldados que venían en tres camiones. Iban armados con metralletas, con las caras pintadas de negro y uniforme de camuflaje. Vestidos y pertrechados “como si fueran a la guerra”.
Recuerda: “Entraban por todos lados: por la playa, por los costados (…) Salí al patio para preguntar qué querían. Hablé con el oficial que daba las órdenes. Me dijo que abriera todas las puertas. Mientras revisaban, destruían y robaban, los militares preguntaban si había armamento, si teníamos gente escondida adentro, si ocultábamos a líderes del Partido Comunista (…) Pero no encontraron nada. Se fueron callados. No pidieron ni perdón. Se sentían dueños y señores del sistema. Tenían el poder en las manos”.
Añade que como a las tres de la tarde, poco después de que se habían ido los soldados, llegaron marinos. “Estuvieron más de dos horas. También allanaron la casa y robaron cosas. Registraban con detectores de metales. (…) La señora Matilde me contó que el mandamás de los marinos entró al dormitorio de Neruda y le dijo: ‘Perdón, señor Neruda’. Y se fue”.
Araya recuerda que durante varios días la marina puso un buque de guerra frente a la casa del poeta. “Neruda decía: ‘Nos van a matar, nos van a volar’. Y yo le decía: ‘Si nos tenemos que morir, yo voy a morir en la ventana primero que usted’. Lo hacía para darle valor, para que se sintiera acompañado. Entonces le dijo a la señora Matilde: ‘Patoja -que así la nombraba-: mire el compañero, no nos va a abandonar, se va a quedar aquí’”.
Araya cuenta que conversaciones de ese tipo tenían lugar en la pieza del matrimonio: ellos acostados y él sentado a los pies de la cama. “Nos preguntábamos que haríamos nosotros solos. Pensábamos que a Neruda lo iban a asesinar. Entonces, resolvimos que la única opción era salir del país”.

El viaje

Araya narra que Neruda le dijo que su plan era instalarse en México y una vez en ese país pedir “a los intelectuales y a los gobiernos del mundo entero ayuda para derrocar a la tiranía y reconstruir la democracia en Chile”.
Rememora: “Desde la hostería Santa Elena -a menos de 100 metros de la casa de Isla Negra- nos comunicamos con las embajadas de Francia y México. La de México se portó un siete (nota máxima en el sistema educativo chileno). El embajador (Gonzalo Martínez Corbalá) se movilizó para ayudarnos. Creo que el 17 de septiembre nos llamó para decirnos que se había conseguido una habitación en la clínica Santa María. Allí deberíamos esperar la llegada de un avión ofrecido por el presidente Luis Echeverría”.
El problema era trasladar al poeta a la clínica. “Con Neruda y Matilde pensamos que la mejor y más segura manera de llegar hasta allá era en una ambulancia. Mi misión era conseguirla. Viajé a Santiago en nuestro Fiat 125 blanco y pude arrendar una ambulancia. (…) Recuerdo que ofrecí como seis veces más de lo que me cobraban para asegurar que efectivamente fueran a buscarnos. Acordamos que fueran el 19, porque ese día la clínica tendría todo dispuesto para recibir a Pablito.
“Llega el 19 y solicitamos a Tejas Verdes (el regimiento militar de la provincia de San Antonio) permiso para trasladar a Neruda. Me dijeron: ‘No estamos dando salvoconductos, menos a Neruda’. A pesar de la negativa decidimos partir. La ambulancia entró hasta la puerta que daba a la escalera de su dormitorio. (…) Al salir se despidió de su perrita Panda, se subió a la ambulancia y se acostó en la camilla. Neruda y Matilde se fueron en la ambulancia. Yo los seguí muy de cerca en el Fiat.”
“El viaje fue triste, caótico y terrible. Nos controlaban cada cuatro o cinco kilómetros, parecía imposible llegar a nuestro destino. Imagínese que salimos a las 12:30 y llegamos a las 18:30 a la clínica (distante poco más de 100 kilómetros de Isla Negra).
“En Melipilla fue el control más maldito. Allí Neruda vivió el momento más terrible. (…) Los militares lo bajaron de la ambulancia y le registraron el cuerpo y la ropa. Decían que buscaban armas. Él pedía clemencia, decía que era un poeta, un premio Nobel, que había dado todo por su país y que merecía respeto. Para ablandar sus corazones les decía que iba muy enfermo, pero las humillaciones continuaban. En un momento lloramos los tres tomados de la mano porque creíamos que así iba a ser nuestro fin.”
Finalmente la ambulancia llegó a la clínica tres horas más tarde de lo acordado. “Como llegamos muy cerca de la hora del toque de queda, no pudimos hacer nada más que quedarnos todos en la clínica a dormir (…)
“El embajador Martínez Corbalá fue a vernos al día siguiente. Y también el francés, que nunca supe cómo se llamaba. También recibimos la visita de Radomiro Tomic y Máximo Pacheco (dirigentes democratacristianos), de un diplomático sueco, y de nadie más.”

La inyección misteriosa

Araya dice que los primeros días en la clínica transcurrieron sin sobresaltos. El 22 de septiembre, la embajada de México avisó que el avión dispuesto por su gobierno tenía programado salir de Santiago rumbo a México el 24 de septiembre. Le comunicó además que el régimen militar había autorizado su salida.
“Entonces Neruda nos pidió a mí y a Matilde que viajáramos a Isla Negra a buscar sus cosas más importantes, entre éstas sus memorias inconclusas. Creo que eran Confieso que he vivido. Al día siguiente -23 de septiembre- partimos temprano hacia la casa de Isla Negra. (…) Dejamos a Neruda muy bien en la clínica, acompañado por su hermana Laurita, que llegó ese día a acompañarlo.”
Asegura que Neruda estaba “en excelente estado, tomando todos sus medicamentos. Todos eran pastillas, no había inyecciones. Nosotros nos preocupamos de recoger todo lo que nos indicó. Estábamos en eso cuando Neruda nos llamó como a las cuatro de la tarde a la hostería Santa Elena, donde le dieron el recado a Matilde, quien devolvió la llamada. Neruda le dijo: ‘Vénganse rápido, porque estando durmiendo entró un doctor y me colocó una inyección’.
“Cuando llegamos a la clínica, Neruda estaba muy afiebrado y rojizo. Dijo que lo habían pinchado en la guata (el estómago) y que ignoraba lo que le habían inyectado. Entonces le vemos la guata y tenía un manchón rojo.”
Araya recuerda que momentos después, cuando se estaba lavando la cara en el baño, entro un médico que le dijo: “Tiene que ir a comprarle urgente a don Pablo un remedio que no está en la clínica”.
Fue a comprar el medicamento y Neruda se quedó con Matilde y Laurita. “En el trayecto me siguieron sin que yo me diera cuenta. El médico antes me había dicho que el medicamento no se encontraba en el centro de Santiago, sino en una farmacia de la calle Vivaceta o Independencia. Cuando salí por Balmaceda para entrar a Vivaceta aparecieron dos autos, uno por detrás y otro por delante. Se bajaron unos hombres y me pegaron puñetazos y patadas. No supe quiénes eran. Me cachetearon harto y luego me pegaron un balazo en una pierna.
“Después de todo lo que me pegaron terminé muy mal herido en la comisaría Carrión, que está por Vivaceta con Santa María. Luego me trasladaron al estadio Nacional donde sufrí severas torturas que me dejaron a un paso de la muerte. El cardenal Raúl Silva Henríquez logró sacarme de ese infierno. Por eso estoy vivo.”
Neruda murió a las 22:00 horas en su habitación -la número 406- de la clínica Santa María.
Consultado por Proceso, el director de archivos de la Fundación Neruda, Darío Oses, dio a conocer la posición de esta institución respecto de la muerte del poeta:
“No hay una versión oficial que maneje la fundación. Ésta se atiene a los testimonios de personas cercanas a Neruda en el momento de su muerte y de biógrafos que manejaron fuentes confiables. Hay bastantes coincidencias entre las versiones de Matilde Urrutia en su libro Mi vida junto a Pablo, la de Jorge Edwards en Adiós poeta y la de Volodia Teitelboim en su biografía Neruda. La causa de muerte fue el cáncer. Uno de los médicos que lo trataba, al parecer el doctor Vargas Salazar, le había advertido a Matilde que la agitación que le producía al poeta el enterarse de lo que estaba ocurriendo en Chile en ese momento podía agravar su estado. A esta situación también contribuyeron el allanamiento de su casa (…) y el traslado en ambulancia (…) con controles y revisiones militares en el camino.”
Pero Manuel Araya dice no tener duda alguna: “Neruda fue asesinado”. Y sostiene que la orden vino de Augusto Pinochet: “¿De qué otra parte iba a salir?”.
Consejos para Allende
VALPARAÍSO, CHILE.- El presidente chileno Salvador Allende era el visitante más asiduo de Pablo Neruda en su casa de Isla Negra. “Cuando iba, Allende siempre le pedía consejos al poeta porque éste era muy sabio en política”, sostiene Manuel Araya Osorio, exasistente personal de Neruda.
Recuerda, por ejemplo, los consejos que Neruda le dio a Allende sobre las fuerzas armadas en las semanas previas al cuartelazo, cuando el 23 de agosto de 1973 la derecha y los militares golpistas forzaron la renuncia del general Carlos Prats GonzЗlez, comandante en jefe del ejército.
“Tenemos que descabezar a las fuerzas armadas… Los de nosotros hacia acЗ y los otros hacia un lado”, le decТa Neruda al presidente.
Araya lamenta que El Chicho (Allende) no le hiciera caso al poeta en este tema. “Si lo hubiera hecho, la historia habría sido bien diferente. Otro gallo hubiera cantado, todavía estaríamos en el poder”, dice convencido.
Y cuenta que el 10 de septiembre de 1973 -un día antes del golpe militar- Neruda le pidió que viajara a Santiago para entregarle un mensaje al presidente Allende. Se trataba de una invitación a la inauguración de Cantalao, el refugio para la inspiración y el descanso de los poetas, que sería precisamente el 11 de septiembre.
En entrevista con Proceso, Mario Casasús, estudioso de la vida de Neruda y corresponsal en México de El Clarín de Chile, dice que Neruda había escrito los estatutos de la fundación Cantalao. A ésta traspasaría los terrenos de la casa de los poetas del mismo nombre, que están muy cerca de su casa de Isla Negra.
Araya afirma que Allende lo recibió en su despacho. “Estaba caminando, parecía nervioso. Leyó la nota de Neruda e inmediatamente redactó una respuesta. Sin leerla me la guardé en un bolsillo. (…) No tengo idea lo que decía ese mensaje, pero el presidente me dijo: ‘Dígale al compañero (Neruda) que mañana yo voy a ir a la Universidad Técnica (donde anunciaría la realización de un plebiscito) y que posiblemente haya ruidos de sables este 11 de septiembre’”.
Dice que Neruda, al conocer el mensaje, se quedó muy preocupado porque entendía el curso que estaban tomando los acontecimientos. “Esa noche casi no durmió”.
Ese 11 de septiembre “nosotros quedamos completamente abandonados y solos” afirma Araya. “La muerte del presidente Salvador Allende afectЧ mucho a don Pablo. Sin embargo Оl se sentТa con la fuerza y entereza necesaria para seguir luchando por lo que crea justo”.
“Las noticias emitidas por los medios de comunicación nacionales eran manipuladas por el régimen militar. Sabíamos que eran falsas, que todo era mentira.”
Araya narra que Neruda se deprimió mucho. Él le pidió que no se pusiera triste. “Le dije que los militares en un mes le iban a entregar el poder a la Democracia Cristiana”.
Neruda le replicó: “No compañero, esto va a durar muchos años, como ocurrió en España. Yo conozco la historia, usted no sabe de golpes de Estado”.
Tomado del diario El Clarin
*Corresponsal en Chile del semanario mexicano Proceso, reportaje publicado en la edición número 1081 del 8 de mayo de 2011. Se reproduce en Clarín.cl con autorización del autor.







http://www.cubadebate.cu/noticias/2011/05/13/neruda-fue-asesinado/

Chile: como en la dictadura


4 DE NOVIEMBRE DE 2011


Pese a las denuncias de violaciones a los derechos humanos lanzadas por organismos internacionales, el gobierno de Sebastián Piñera arreció la represión contra los estudiantes –cuyas manifestaciones ya llevan más de seis meses– y amenazó con aplicar la Ley de Seguridad del Estado heredada de la dictadura de Pinochet. Más aún, presentó al Congreso de su país una iniciativa de ley que, en los hechos, permite criminalizar la protesta social y violar derechos civiles y políticos de los ciudadanos.
VALPARAÍSO, CHILE (Proceso).- El presidente Sebastián Piñera optó por la represión policial y la criminalización de la protesta social como salida a la crisis provocada por las masivas y prolongadas protestas estudiantiles.
Expresión de ello fue el anuncio hecho por el Ministro de Interior Rodrigo Hinzpeter de aplicar la Ley de Seguridad del Estado “cada vez que se produzcan hechos que lo justifiquen”. Esto ocurre en el contexto de las movilizaciones estudiantiles que se han prolongado seis meses.
Dicha ley fue dictada por Augusto Pinochet en 1975. Su objetivo: “identificar a las personas que cometen delitos contra la Soberanía Nacional (…) y a todos aquellos individuos que ofenden el sentimiento patrio o la independencia política de la Nación (…) y a los que se relacionan con gobiernos, entidades u organizaciones extranjeras”, como se sostiene en su artículo primero. Tras el regreso de la democracia en 1990, ese ordenamiento jurídico ha sufrido sucesivas modificaciones que sin embargo no le han hecho perder su esencia represiva.
Piñera y Hinzpeter decidieron aplicar esta ley el martes 18, horas después de que estudiantes encapuchados quemaron un camión de pasajeros en las afueras de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile durante la primera de dos jornadas de protesta nacional “por una educación pública, gratuita y de calidad” convocadas por la Confederación de Estudiantes de Chile (Confech) y el Colegio de Profesores.
Las manifestaciones incluyeron marchas en que participaron unas 200 mil personas, cortes de rutas y tomas y retomas de establecimientos educativos; esas acciones que fueron reprimidas por las Fuerzas Especiales de Carabineros.
Las protestas estudiantiles han detonado una abrupta caída en los índices de popularidad del presidente Piñera: de 57% a 28% en los últimos 12 meses, según los resultados de la encuesta anual de la Universidad Diego Portales dada a conocer el pasado miércoles 12.

Abuso de poder

La represión a los estudiantes tiene al gobierno de Chile bajo la mirada de importantes organismos internacionales. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) realizó la sesión especial Derechos Humanos y Manifestaciones Públicas en Chile, el viernes 28 en Washington.
Esta reunión fue solicitada por el Programa de Asesoría Ciudadana del Instituto Igualdad y fue motivada por los violentos hechos acaecidos en Santiago el 4 de agosto. Ese día la policía detuvo y golpeó a cientos de manifestantes –la mayoría menores de edad– que intentaron marchar por la Alameda.
El 6 de agosto la CIDH emitió un comunicado en el que exigió explicaciones al gobierno de Chile por el abuso de poder ejercido contra los estudiantes. “La CIDH y sus relatorías de Derechos de la Niñez y de Libertad de Expresión manifiestan su preocupación por los graves hechos de violencia ocurridos en las manifestaciones estudiantiles llevadas a cabo en Chile el jueves 4 de agosto, que habrían significado la detención y uso desproporcionado de la fuerza en contra de centenares de manifestantes, entre ellos estudiantes secundarios y universitarios”.
La Confech participó en la denuncia ante la CIDH. Entregó antecedentes que incluyeron más de un centenar de casos de torturas y maltratos injustificados cometidos por policías contra estudiantes.
La represión policial y la criminalización de la protesta social motivó la visita a Chile –entre el domingo 16 y el miércoles 19– de la Alta Comisionada Adjunta de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Kyung-wha Kang.
La funcionaria de la ONU se reunió con 27 representantes de la sociedad civil, entre ellos dirigentes de la Confech y de la Federación Mapuche de Estudiantes, quienes le expusieron el motivo de sus protestas y denunciaron las prácticas represivas del Estado.
Al concluir su estancia en Chile la alta comisionada adjunta dijo: “Lamentablemente mi visita se ha enmarcado en un clima de violencia en medio de reclamos sociales. He observado con preocupación cómo grupos aislados aprovechan las manifestaciones pacíficas para realizar actos violentos y (…) también he visto el excesivo uso de la fuerza por parte de fuerzas del orden. Las autoridades tienen que investigar y sancionar a los responsables de estos hechos, y a la vez proteger a los que se manifiestan de manera pacífica”.
El pasado lunes 3 la Universidad Diego Portales dio a conocer su Informe Anual sobre Derechos Humanos en Chile, donde establece que la policía ha reprimido “con fuerza innecesaria” a los estudiantes. En el capítulo “Protesta social y derechos humanos” se señala que “a las bombas lacrimógenas arrojadas en lugares cerrados, los carros lanza-agua disolviendo marchas pacíficas y jóvenes que denuncian fuertes golpizas y maltratos, se sumó la presencia confirmada de carabineros de civil haciendo ‘inteligencia’ como infiltrados en marchas estudiantiles; funcionarios aduciendo actuar en legítima defensa cuando no lo hacen y el asesinato de un joven que se encontraba observando una protesta”.
Periodistas y reporteros gráficos que cubren las protestas estudiantiles también han sido víctimas de la violencia policial, según denunció el miércoles 19 en París la organización defensora de la libertad de expresión Reporteros Sin Fronteras (RSF).
Al fundamentar su denuncia RSF aludió expresamente a las recientes agresiones sufridas por trabajadores de prensa del diario La Tercera, del Canal Chilevisión y de las agencias IPS y AFP. La organización “exigió que estos abusos se esclarezcan por completo y que los carabineros no interpongan ningún obstáculo en las investigaciones”.
Un día antes –el martes 18–, la Unión de Reporteros Gráficos y Camarógrafos de Chile expresó “su más profunda preocupación y rechazo absoluto por el accionar violento, desmedido, indiscriminado por parte de Carabineros de Chile (…) Desde el inicio de las movilizaciones estudiantiles nuestros representados en varios puntos del país han sido víctimas de la represión por parte de Fuerzas Especiales de Carabineros, en un accionar particularmente brutal, que nos hace suponer que estas agresiones focalizadas son intencionales”.

Ley Antitomas

Para dotarse de nuevas herramientas legales con las cuales hacer frente a las protestas del último año, el gobierno de Piñera presentó ante el Parlamento el proyecto de ley que “fortalece el resguardo del orden público”. Este tiene por objeto endurecer las sanciones contra quienes realizan tomas y otros desórdenes públicos como forma de protesta.
Este proyecto –firmado por el presidente Piñera y los ministros de Justicia, Teodoro Rivera, y de Interior, Rodrigo Hinzpeter– ingresó a la Cámara de Diputados el martes 4 con carácter de urgencia simple (Boletín Legislativo 7975-25).
La iniciativa prevé la instauración de penas de cárcel de entre 541 días hasta tres años a quienes invadan inmuebles educativos, religiosos, de oficinas e industriales entre otros; impidan o alteren la libre circulación de personas o vehículos en calles y caminos o interrumpan los servicios públicos.
Esta propuesta considera también el aumento de las penas por delitos y desórdenes públicos a quienes actúen “encapuchados o con otro elemento que impida, dificulte o retarde la identificación del hechor”.
Asimismo permite la apelación por parte del Ministerio Público “en contra de la resolución judicial que declare ilegal una detención o que deniegue o revoque una prisión preventiva en casos de atentados graves en contra de la fuerza policial”.
Esta iniciativa –conocida como Ley Antitomas– otorgaría facultades a las fuerzas de seguridad para solicitar la entrega de “grabaciones, filmaciones u otros medios electrónicos que puedan servir para acreditar la existencia de delitos”. Esto provocó que el domingo 9 la Asociación de Corresponsales de la Prensa Internacional emitiera un comunicado en el que manifiesta que este proyecto “pretende obligar a la prensa internacional a entregar sus archivos audiovisuales a la policía sin siquiera una orden judicial”.
En entrevista con Proceso, Consuelo Labra, abogada de la ONG Observatorio Ciudadano, expresa que este proyecto “podría conculcar gravemente los derechos de reunión y la libertad de expresión, lo que constituiría una trasgresión a los derechos y libertades políticas reconocidas en la Constitución y a los compromisos internacionales que en esta materia tiene el Estado de Chile”.
Labra señala también que, de aprobarse en el Legislativo, esta normativa “amenaza con agravar la represión que las fuerzas policiales han ejercido contra los estudiantes que participan en las manifestaciones públicas, especialmente contra sus dirigentes”.
La jurista asegura que tras esta propuesta “existe la intención de criminalizar la protesta social más allá de lo que una sociedad democrática puede tolerar y para ilegalizar cualquier forma de expresión de disidencia, otorgando a priori un carácter violento a formas de acción que muchas veces corresponden a prácticas de libertad de expresión y opinión”.
En una carta enviada el jueves 6 a la relatora especial sobre la situación de los defensores de derechos humanos de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH), Margarte Sekaggya, el presidente y vicepresidente de la Asociación Chilena de ONG, Martín Pascual y José Aylwin, respectivamente, expresaron que el proyecto de ley mencionado “sólo contribuirá a retroceder en las negociaciones que buscan una salida a las demandas sociales y a generar un clima de criminalización del movimiento estudiantil y de los movimientos sociales en general”.
Pascual y Aylwin consideran que las demandas sociales deben ser enfrentadas “con más democracia y más participación”. Agregan: “El gobierno, en cambio, está proponiendo medidas de carácter autoritario que sólo contribuirán a agudizar los conflictos”.
De acuerdo con un sondeo hecho por Proceso en el Congreso, se estima que esta ley será aprobada en la Cámara de Diputados –donde el oficialismo tiene mayoría– y será rechazada en el Senado. Esto implica que deberá pasar a comisión mixta donde el resultado es incierto.
La presentación de este proyecto de ley se dio junto con una ofensiva del Ejecutivo contra el Poder Judicial. Funcionarios del gobierno han acusado a algunos jueces de proteger a los manifestantes violentos. El viernes 21 el ministro de Justicia, Teodoro Rivera, dijo que hay jueces que “solamente se preocupan de los imputados y no del bien común, que es también la seguridad colectiva”.
El ministro fue más allá: “Quien quiere llegar a la Corte de Apelaciones o a la Corte Suprema obviamente tiene que ser un magistrado que sepa conciliar adecuadamente los intereses individuales con los intereses colectivos”.
Estas declaraciones de Rivera, que fueron respaldadas por Piñera, fueron rechazadas el mismo día 21 por el presidente de la Corte Suprema, Milton Juica, quien las definió como una “hostilización” y una “presión indebida” de parte del gobierno.
El clima de crispación política se exacerbó aún más después de que el jueves 20, 47 personas –la mayoría estudiantes de secundaria– tomaron la sede que el Congreso Nacional tiene en Santiago. Los manifestantes exigían “¡plebiscito ahora!”, en referencia a la solicitud lanzada por las organizaciones estudiantiles de realizar una consulta ciudadana sobre el carácter de la educación en Chile.
El objetivo de esa manifestación tuvo el propósito de que “la ciudadanía zanje el conflicto político y educativo que sacude al país y que tiene su origen en la ausencia de una verdadera democracia”, explica a Proceso Luis Mariano Rendón, líder de los manifestantes que se agrupan en el foro Democracia para Chile.
El presidente del Senado, Guido Girardi, del Partido por la Democracia, se negó a desalojar el Congreso por la fuerza como le exigían la derecha parlamentaria y Hinzpeter. Además comprometió con su firma el apoyo a las demandas de los manifestantes de impulsar una reforma a la Constitución que haga posible la realización de plebiscitos vinculantes. Esto desató la furia de los partidos de la derecha: Unión Demócrata Independiente y Renovación Nacional, los que el viernes 21 anunciaron la presentación de una moción de censura contra Girardi, la que será votada el próximo 2 de noviembre.
Esta toma provocó fuerte impacto debido a que los manifestantes ingresaron a una sala donde sesionaba la Comisión Mixta de Educación que estudiaba la propuesta de presupuesto presentada por el gobierno. Además de diputados y senadores estaba presente el ministro de Educación, Felipe Bulnes. Los manifestantes los increparon durante más de 10 minutos sin encontrar respuesta.



http://www.proceso.com.mx/?p=287219

La Historia Oculta del Régimen Militar

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