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jueves, 1 de noviembre de 2012

EL PARO QUE CORONÓ EL FIN Ó LA REBELIÓN DE LOS PATRONES

Año 2 N.37, Domingo 8 de junio de 2003

Huelga de camioneros 1972 y 1973

(Por Susana Rojas)Cuando a principios de octubre de 1972, el gremio chileno de camioneros decidió paralizar sus funciones de norte a sur, tenía pleno conocimiento del quiebre que produciría en el gobierno de Allende. Fortalecidos con casi dos millones de dólares de la CIA, la asociación de transportistas y otros, comenzaron el inicio del fin. Hoy a 30 años de estos sucesos, El Periodista intenta develar la acción de este movimiento en la lucha por derrocar al primer gobierno socialista en el poder.



Para nadie es un misterio que en 1972 el clima que reinaba en el país estaba llegando a su punto más álgido. El odio gestado día a día, se transformaba en huelgas, sabotaje y en un sin fin de acuerdos entre los golpistas extranjeros y nacionales.
Los contrarios a Allende fueron perfeccionando sus métodos hasta hacer estallar la economía nacional, y los rumores que circulaban incitaban a la gente a retirar sus ahorros de los bancos, y ha desaparecer del mercado cuanto artículo existiera. En este escenario resultaba difícil imaginar que algo peor estaba por suceder.
El día 9 de octubre de 1972, Chile fue sorprendido por la huelga de los transportistas.
La Confederación Nacional del Transporte, presidida en ese entonces, por uno de los dirigentes del grupo paramilitar de ultraderecha "Patria y Libertad", León Vilarín, y que reunía a 165 sindicatos de camioneros, con 40 mil miembros y 56 mil vehículos, decretaron paro indefinido de actividades en todo el país, el cual comenzó a cumplirse, con rigurosidad militar.
La huelga, financiada desde EEUU e inserta dentro del denominado "Plan Septiembre", buscaba, según documentos desclasificados de la CIA, "poner en práctica una técnica que, bajo un contenido de masas, se basa en el "gremialismo" de los patrones y en la "resistencia civil" de la burguesía". Fue tan planificada, que un día antes del paro, el entonces embajador estadounidense en Chile, Nathaniel Davis envió un cable secreto al presidente Nixon donde le informaba que "para proteger los intereses de la oposición, la confrontación puede resultar inevitable". Y así fue.

El descontrol invadía al país y el gremio de transportistas se hacía más fuerte. Se sumaron la Confederación del Comercio Detallista, presidida por su actual representante, Rafael Cumsille, con un cierre casi total de sus locales; la Confederación de la Pequeña Industria y Artesanado, las Federaciones de estudiantes universitarios y secundarios, los principales colegios profesionales, 5 mil 300 asentamientos campesinos, los portuarios, los trabajadores de la Universidad de Chile, los pilotos de LAN y la poderosa Confederación de la Producción y el Comercio, con todas sus ramas.
Simultáneamente, las cabezas del movimiento desestabilizador, León Vilarín, Rafael Cumsille, Guillermo Elton, Eduardo Arriagada, Jaime Guzmán y otros dirigentes, ya evaluaban la acción emprendida, e intentaban sustentar el caos, convencidos de que esta vez el gobierno sí caería.
Tal y como consta en los documentos desclasificados sobre la acción de la CIA en Chile, de los 8 millones de dólares que esta agencia destinó a la campaña de oposición al gobierno de Allende, más de dos, fue para financiar el paro de los patrones, como se le denominó a la acción golpista de los transportistas.
En opinión de quienes vivieron el hecho, la huelga de camioneros fue el detonante final. Producto de nuestra particular geografía, la economía chilena está a merced de su transporte rodado. Paralizarlo es paralizar el país. Pero el gremio del transporte era una de las muchas fibras sociales que veía profundamente afectados sus intereses económicos por las reformas socialistas.
Sin embargo, esta maniobra respondía a una planificación estratégica mayor, que según el Manual del perfecto golpista, correspondía a la fase dos del propósito final: "Después de una o dos huelgas patronales y de transporte, se realiza un Ensayo General de Fuerza, o Globo de Ensayo, de manera de saber cuáles son las inclinaciones de los mandos decisivos. En Chile, ese evento, fue reprimido con una movilización inconsulta de tanquetas, que fue abortada por la movilización popular y la unidad del Alto Mando, bajo la conducción del General constitucionalista Carlos Prats".
Pero sin duda, inserto o no en una planificación mayor, este paro buscó un impacto inmediato. La ausencia de transporte carretero podía interrumpir todos los abastecimientos de alimentos, artículos importantes, materias primas y especialmente la distribución de alimentos para la clase trabajadora. Además, la huelga no ocurría aislada. Los comerciantes cerraron sus negocios, los industriales pararon sus máquinas, las organizaciones de profesionales médicos, abogados, dentistas, periodistas y otras, votaron por la adhesión a la huelga y suspendieron toda actividad, aumentando la atmósfera de pánico. Según investigaciones del periodista Mike González -que se sustentan en su libro "Chile 1972-1973: Revolución y Contrarrevolución"-, la suposición de la derecha y del gobierno estadounidense, era que el pánico forzara a Allende a renunciar o, mejor aún, posibilitaría dejarlo en el poder para imponer las necesarias medidas de austeridad, separándolo así de las bases de la Unidad Popular, para finalmente provocarle una estruendosa derrota en las elecciones al Congreso de marzo de 1973. A juicio del periodista, la estrategia se frustró certeramente gracias a la clase trabajadora. "Para los trabajadores la situación era muy clara. El problema inmediato era mantener el sistema de transporte, mantener las fábricas abiertas y asegurarse el abastecimiento de alimentos. Grupos de trabajadores salieron a las calles a primera hora de la mañana. Cada forma de transporte disponible era requisada y conducida por voluntarios. En las fábricas los comités de vigilancia fueron adiestrados para protegerse de los sabotajes y la producción fue mantenida. En los barrios obreros, largas y pacientes filas se formaban delante de los almacenes y supermercados, los propietarios eran persuadidos para abrirlos o, en caso contrario, los establecimientos eran abiertos y mantenidos por las propias personas del local, que montaban guardia permanente".
El pueblo enfrentó la huelga patronal. Sin embargo, el gobierno capituló y negoció. Doce días después del paro se firmó el Pliego de Chile.

En este documento se contenían una serie de beneficios que según los gremios no habían sido cumplidos. Pero según declararon los transportistas de la época en diferentes diarios nacionales, el acuerdo más importante implícito en el acta, era el compromiso de que la actividad no sería estatizada. Con el fin de analizar el Pliego de Chile, el Gobierno creó de inmediato una comisión formada por varios ministerios -Hacienda, Obras, Agricultura y Defensa-, y presidida por el almirante Ismael Huerta. A esto se le denominó, el Comité Nacional del Transporte.
Pero el intento de acercamiento se vio frustrada, y según se lee en el texto "La economía chilena bajo el mando de Salvador Allende" de Marly Theunisse, mientras el Comité sesionaba, la Corfo avanzaba por la ruta de la socialización. Se entregaron cerca de 200 camiones Fiat a empresas estatales (IANSA, SOQUIMICH) para que realizasen sus propios fletes y, se constituyó en el norte, una sociedad mixta de transportes, con capitales de Corfo.
Acorralado por los gremios y con el país en crisis, Allende buscó una solución inédita en su mandato. Casi un mes después del inicio del paro, el 2 de noviembre, juraba un nuevo gabinete, compuesto por tres miembros de las FFAA, entre ellos el comandante en jefe del Ejército, general Carlos Prats, así como por dos altos dirigentes de la CUT. Este fue el primer acercamiento de los militares al poder.
Ante tamaña señal, tres días después, los dirigentes gremiales "por el interés supremo de Chile" deponían su actitud, pero de no cumplirse las promesas gubernamentales, se volvería a una activa movilización.

Dentro del programa de la UP se contemplaba la creación de tres áreas de la economía: social, privada y mixta. El área social se formaba con las empresas estatales existentes, más la incorporación de un reducido grupo de compañías que ejercían altos grados de monopolio en el mercado o que tenían importancia estratégica para el desarrollo del país. Basándose en atribuciones legales el gobierno intervino o requiso, temporalmente, empresas y bienes que afectaran el funcionamiento del mercado. Sin embargo, esta socialización de empresas no impidió que el sector privado continuara siendo ampliamente predominante en la manufactura, agricultura, comercio minorista y, por supuesto, en el transporte.
La mayoría de los transportistas en paro no eran asalariados sino propietarios de camiones, algunos de ellos de grandes flotas que transportaban mercadería por todo el país.
El tamaño limitado de las redes ferroviarias nacionales, les daba a los transportistas un papel económico crucial y una fuerza real. De hecho, para analistas especializados la huelga era un movimiento clave dentro de una estrategia, en la cual los camioneros cumplían el papel de fuerza de choque, para una clase decidida a reasumir el control sobre el Estado, el cual sentían haber perdido.
"Me comprometo a asegurar la paz social del país y a garantizar las elecciones que deben celebrarse en marzo de 1973 para renovar a los miembros del Congreso", aseguró el general Prats cuando asumió Interior. Y no había porque dudar. Todo presagiaba que la llegada de los militares al gobierno apaciguaría las turbulentas aguas de la política nacional, incluso poco después, ellos también se encargaron del abastecimiento y distribución de los alimentos, con el fin de terminar con los problemas de mercado negro, gestión que quedó encabezada por el padre de la actual ministra de Defensa, el general Bachelet de la Fuerza Aerea.
Prats declaró con énfasis que la presencia de las FFAA no implicaba un compromiso político, sino una colaboración patriótica en aras de la paz social. Por su parte, el gobierno aseguraba que el paro nacional quedaba resuelto.
La burguesía comercial decidió mantenerse quieta por un tiempo, sin embargo, la cabeza del movimiento de transportistas, León Vilarín, ya era una figura fuerte y, según el dirigente de la época, Ernesto Riquelme, quien se relacionó con el fallecido el Patria y Libertad, "Vilarín era un hombre que en 1973 valía millones de dólares. Era un hombre impecable. Un ejemplo, realmente."
El poder de cohesión que Vilarín ejercía en el movimiento gremial, hacía que todos los sectores sociales estuvieran pendientes a las decisiones del gobierno, y al más mínimo sentimiento de que los acuerdos no se estaban cumpliendo, amenazaba con parar. Finalmente, según data en antecedentes históricos contenidos en el texto "La redistribución del ingreso en Chile durante el Gobierno de la Unidad Popular, éxito y frustración", de José Serra y Arturo León, el 25 de julio de 1973, los transportistas afiliados a la Confederación de dueños de camiones, reeditaron, "corregido y aumentado" su paro de octubre del 72.
Esta vez -dijeron los transportistas- sería una "pelea definitiva". No se aliaron con los gremios que los acompañaron en octubre ni con los partidos opositores. En cambio, se apoyaron en los demás sectores de los rodados: microbuseros, taxibuseros y taxistas. Además aprovechando la experiencia de octubre, se prepararon cuidadosamente: desde antes de la hora cero, empezaron a ocultar sus camiones.
Para 1973 el gobierno de Allende se encontraba desgastado, y difícilmente podría resistir otro paro como el de octubre del 72. La campaña de desprestigio, ejecutada y financiada entre la CIA y los medios de comunicación nacionales, ya había surtido efecto. La sublevación y la agitación social, ya eran un oficio. Al respecto, el libro "Chile, la verdad histórica. El marxismo-leninismo", de Manuel Fuentes Wendling, afirma: "El nuevo paro sorprendió otra vez al gobierno. Las autoridades sostuvieron que los dirigentes de la Confederación de Transporte Terrestre tenían todo dispuesto para detener las actividades. A lo que ellos replicaron, `no estamos en presencia de un paro ni de una huelga, sino tan sólo de la legítima suspensión de actividades acordada por particulares dueños de un camión, quienes al no recibir de parte del gobierno los elementos mínimos que se acordaron para ejecutar el servicio del transporte de carga, han acordado libremente suspender en forma indefinida sus labores habituales, hasta que no se les cumpla lo acordado'".
El representante de la época, Juan Jara aseguró a la revista Ercilla que: "nunca existió nada preparado por la directiva antes de la orden de paro, cada dueño de camión y sindicato, buscó la mejor forma para proteger sus vehículos. Unos prefirieron juntarlos en parques especiales. Otros, que son la mayoría, quisieron ocultarlos individualmente."
Sin embargo, esta paralización sólo estaba cementando el camino hacia el final.
El tenso clima de negociaciones alargó el conflicto en una semana de inútiles conversaciones. La Oficina de Planificación Nacional, avaluó las pérdidas en 60 millones de dólares y, según sus cifras, quedaron sin distribuir dos millones de kilos de leche en polvo, que beneficiarían a tres millones y medio de personas.
Esta vez, el gremio del rodado, refundió sus exigencias en catorce puntos, debido a que todas las ramas del transporte poseían el mismo problema: la falta de repuestos y de máquinas. Pero quien había ganado mayor fuerza en el paro de octubre, sin duda había sido la Confederación de Sindicatos de Dueños de Camiones, la que se sentía más perjudicada y traicionada, por lo que estimaba, incumplimientos.
Pero como casi todos los acontecimientos que rodearon la caída de Allende, poco o nada estaba en manos del gobierno, la falta de repuestos y máquinas, no dependía de Chile, sino de EEUU, que a esa altura, ya veía coronados todos sus propósitos en el lejano país con el bloqueo comercial y el desabastecimiento.
Esta paralización, que fue histórica producto de su fuerza y cohesión, fue la antesala a la intervención de las fuerzas militares en Chile, pero también sirvió para demostrar cómo se puede paralizar a el país más largo y estrecho del mundo. Lección que el gremio conoce y asume, hasta el día de hoy.


http://www.elperiodista.cl/newtenberg/1387/article-32642.html

EL 11

Año 2, N.43, Domingo 31 de agosto de 2003

( Escribe Marta Blanco )"Chile ya estaba marcado por la violencia y el asesinato político. Habíamos juntado demasiado odio, como decían los incautos, y olvidamos cuán sordos fuimos"


El 9 de septiembre regresé de Valdivia a Santiago en una caravana de autos que llevaban hojas de palmera frente a los neumáticos para barrer el pavimento de miguelitos. Andábamos a setenta kilómetros. Viajaban el Rector de la Universidad de Valdivia, el obispo y algunos empresarios. No pudimos regresar en tren, los ferrocarriles estaban el huelga. Alojamos a medio camino. Llegamos a Santiago el 10 en la noche. Amanecimos con la noticia de la escuadra de regreso en Valparaíso. Del Presidente Allende en La Moneda. Las radios transmitían el levantamiento militar. En mi casa había una lata de chancho chino, leche y sacarina. No teníamos azúcar hacía muchos días, más o menos desde cuando las mujeres de la población del río se tomaron la carretera sentadas en sus balones vacíos de gas licuado. Reclamaban porque el gobierno les había regalado cocinas modernas pero no les mandaba gas.
Cerca de las 12 subí al cerro de Los Dominicos. Aviones de guerra sobrevolaban la casa de Tomás Moro. Vimos el bombardeo y la caravana de autos del GAP que sacó a la señora Hortensia por las Monjas Inglesas. Bajaron una escala a toda velocidad. Un misil cayó sobre el hospital de la Fach. En ese momento un helicóptero de guerra descendió sobre nosotros con la puerta lateral abierta. Una ametralladora nos apuntaba y un soldado hacía señas amenazantes. Corrimos cerro abajo.
El Presidente Allende habló al país. Tuve la suerte de escuchar ese discurso, mezcla de despedida, historia y dignidad. Jamás creí que se iba a suicidar. Jamás, que iban a bombardear La Moneda.
Comenzaron a escucharse los bandos por la radio. Encendimos la televisión. Yo vivía con mis tres hijos de 15, 14 y 9 años. Vi las noticias y supimos que el presidente había muerto. Que la junta militar había tomado el poder. Comenzaron a sonar los nombres de los buscados.
Tuve una intuición de horror al ver por televisión la casa de Tomás Moro bombardeada. El documental era de una violencia moral indescriptible. El ojo de la cámara recorría rincón tras rincón intentando mostrar los excesos que creía ver. Vi una casa presidencial más bien modesta, un dormitorio, un salón lleno de escombros. Bajaron a la cava e hicieron escarnio de esa bodega como si fuera la cueva de Alí Babá. No había allí cien botellas. Cualquier cava de ejecutivo emergente tiene hoy hartas más. Lo peor fue cuando mostraron el baño y los utensilios de aseo del Presidente, los remedios de su botiquín, sencillos y domésticos. Comprendí que no iban a respetar al presidente muerto.
Comenzamos a escuchar los tableteos de las ametralladoras, los disparos aislados, el ruido sordo de los camiones que iban y venían. No eran automóviles. Ya nadie podía salir a la calle.
Esa noche el MIR cruzó por mi parcela, ubicada entre la avenida Las Condes y el río Mapocho, asaltó la planta telefónica local, en la calle San Francisco, y con mi hijo Jorge vimos las sombras de los guerrilleros desplazándose en el jardín. Intenté llamar a la central telefónica. En ese tiempo no teníamos teléfono directo, se giraba una palanca, respondía la telefonista y pedíamos el número. Era un aparato a la altura del país, sin alardes electrónicos, donde se fabricaban televisores Antú en blanco y negro; un país descabalado por los hechos y las ideologías.
Y es que todo el país quería una revolución. ¿Olvidamos que se aprobó por unanimidad la nacionalización del cobre? Pero cada uno quería su propia revolución. No entiendo cómo ni por qué entraron los militares al gobierno de la Unidad Popular. Vivimos los años de Allende sin tomarle el peso a la llamada de muerte que cada grupo hacía desde su rincón. Habíamos elegido a un presidente socialista en votación popular y democrática, veíamos cómo se desarmaba el tejido social, cómo se perdía el lenguaje y la ponderación, cómo se intentaba gobernar a través de los resquicios legales, mientras la oposición amenazaba con el plan Zeta, y paralizaba el país o acumulaba la producción. Comenzó la escasez de vituallas, el mercado negro hizo su agosto. Las JAP fueron la respuesta del gobierno.
Por otro lado, ¿cómo producir en medio de las expropiaciones, las tomas, los excesos? Pero el ojo tuerto de cada chileno ve sólo lo que quiere ver. Lo que ha ocurrido con una toma inocua aunque algo inicua en Peñalolén es muestra de nuestra hipocresía. Incitada por la codicia de un dueño, entiendo, y la desesperación de los sin casa, que sí es desesperación, aún no hay desenlace para el conflicto. La comunidad ecológica de Peñalolén, toda gente de pensamiento liberal y avanzado, no acepta que los instalen junto a ellos. Bien lindo el cuento de la igualdad que dicen propiciar.
¿Por qué esperar, entonces, que en 1970-73 los dueños de fábricas y tierras e industrias aceptaran la ocupación por la fuerza de sus propiedades, la quiebra del estado de derecho, que aceptaran como si se tratara de una imposición de manos la imposición de una realidad violenta hecha de miguelitos, linchacos, metralletas, bombas molotov y discursos de 1789? La izquierda olvidó que Napoleón Bonaparte siguió a la Revolución Francesa. Olvidó la muerte del Che y hasta sus propios discursos sobre la intervención foránea. En cuanto a la derecha, ¿vería en el ejército a los obsecuentes sacadores de apuro del país durante las huelgas de la chaucha, de los estibadores, de los hospitales, de los basureros? ¿Creerían que les iban a seguir el amén?
El 13 la Junta Militar autorizó a la población para salir a la calle por cuatro horas. Corrimos a comprar víveres. Los supermercados estaban llenos de cosas desaparecidas: arroz, azúcar, papel toilette, aceite, jabón. Los precios habían subido según el canon del libre mercado. Pero aún no existía ni siquiera el concepto, y la población se desesperó con esa abundancia a la que no tenía acceso. No olvidaré a esa mujer de zapatos chuecos y suéter desteñido, de pie frente al mostrador de carnes en un supermercado de Vitacura, abriendo y cerrando una chauchera gastada, contando y recontando sus monedas. No me alcanza, decía. No me alcanza. No compró carne. Yo no compré porque sentí vergüenza.
Pero Chile ya estaba marcado por la violencia y el asesinato político. Habíamos juntado demasiado odio, como decían los incautos, y olvidamos cuán sordos fuimos. A lo largo del siglo XX hubo hombres faro en Chile: Claudio Matte, Gabriela Mistral, el padre Hurtado, los presidentes Alessandri Palma y Aguirre Cerda. Cuánto sufrimiento y crueldad habríamos evitado de haber escuchado esas voces urgidas por la inteligencia, la sensibilidad social y la razón. Pero no amamos la razón sino el romanticismo invertebrado de la pasión. Ya es hora de torcerle el cuello al cisne.
En un extraño vaticinio, a principios del siglo un cisne de cuello negro expiró en brazos de Neftalí Reyes, un adolescente que no se llamaba aún Pablo Neruda. Ese fue un enigma que no supimos descifrar.


http://www.elperiodista.cl/newtenberg/1449/article-37629.html


COMBATIENTES DEL GOLPE FRENTE A FRENTE

Año 2, N.43, Domingo 31 de agosto de 2003

(Por Diego Rivera)Dos hombres, dos bandos. El primero conscripto del regimiento Tacna y, el segundo, uno de los hombres que debía proteger al presidente Allende. No tenían nada en común, pero los vuelcos de la historia hicieron que se juntaran en el mismo lugar y el mismo día: 11 de septiembre de 1973 en el combate de La Moneda.

Mario Carrillo

Manuel Carrillo Vallejos tenía 20 años cuando le tocó cumplir con el Servicio Militar Obligatorio en la Plana Mayor del regimiento Tacna. Ingresó el 4 de enero de 1973 y el hombre a cargo era el coronel Ramírez Espineda. "En ese momento el país estaba bastante agitado, pero en el verano me daba la impresión que todo estaba un poco más tranquilo", recuerda Carrillo, un hombre bajo -un metro 65 aproximadamente-, de pelo cano y con un voluptuoso abdomen. Para el golpe llegó a pesar 44 kilos.
Parecía que todo el ambiente se estaba preparando dentro de los muros que bordean al regimiento. Los ruidos que provenían del parque O´Higgins o los de la Panamericana no eran parte de eso. Habían llegado superiores de Panamá que venían con adiestramiento anti-subersivo, se los podía identificar fácilmente por sus botas negras y la caña verde que portaban. En el edificio de Blanco Encalada habían 480 conscriptos, de ellos 140 fueron preparados desde el 7 de enero de 1973 para contrarrestar la guerrilla, entre ellos estaba el recién llegado conscripto Carrillo. Era una destinación especial y cada día entrenaban desde la 8 de la mañana hasta llegada la medianoche, el lugar de entrenamiento era en Peldehue donde está el Fuerte Arteaga. Estos hombres fueron los primeros en salir el día del golpe.
En tanto, en otro lugar de la Región Metropolitana, estaba Isidro García y el Grupo de Amigos Personales, GAP, que para ese año sumaban 70. Entrenaban en Cañaveral, en casa de Miria Contreras Bell -la "Payita"- camino al Arrayán. Ese fue el lugar escogido para que el GAP recibiera instrucción militar básica, focalizada a cómo cuidar una persona. La figura a proteger era la del Presidente Allende. Para entonces el GAP contaba con 4 jefes: Blanco Tarré "Bruno", Juan Montiglio "Aníbal", Jaime Sotelo "Carlo" y Mariano (quien no da su nombre y único sobreviviente), además Max Marambio y Félix Vargas, quienes se ligaban con la jefatura. Tal era el resguardo al Presidente que hasta en la puerta de su dormitorio había un guardia personal.

Isidro García
García niega que dentro del GAP y en Chile hubieran guerrilleros extranjeros infiltrados. "Lo más absurdo que han dicho y que he escuchado es lo que dijo el secretario general de la Fundación Pinochet, Hernán Briones, que Allende tenía una guardia pretoriana de las más diversas nacionalidades del mundo... Simplemente es un ignorante, todos en el GAP éramos chilenos y jamás recibimos extranjeros, para eso usábamos chapas para impedir infiltraciones. En Chile se recibieron extranjeros, pero eran los refugiados de países en dictadura".
Ya por febrero-marzo del 73 el Ejército comienza a ser azuzado por los opositores al régimen allendista, quienes tiraban trigo al regimiento y se burlaban de ellos porque no eran capaces de poner orden en el país. "A las seis de la tarde cuando izábamos la bandera y se encontraba todo el cuartel en esa actividad pasaba gente gritando y tirando trigo, eso se hizo permanente", vuelve a recordar Carrillo, quien agrega, que el sargento de turno encareció a sus dirigidos que lo tomaran con calma y que no respondieran a las agresiones y dichos de la gente.
Todos los días en el recinto militar tocaban la alarma de emergencia. Hasta el día 29 de junio, día del "tanquetazo", cuando el blindado N° 2 a cargo del Coronel Roberto Souper se subleva. La misión del Tacna fue resguardar la guarnición de Santiago. Al lado de los conscriptos que ese día salieron a la calle, estaban los servicios de seguridad del Ejército, génesis de lo que luego se conocería como la DINA. Ese día no hubo tanta actividad para ellos porque la intentona golpista fue sofocada por el mismo Ejército. El GAP recibió la alerta en Tomás Moro, y los jefes del grupo impidieron que Allende llegara a La Moneda. Una vez sofocada la rebelión la escolta personal se armó completamente con RPG7 (Bazukas rusas destructores de tanques), metralletas punto 30 (bastantes pesadas) y los AKA. En ese momento el GAP se dividió en dos grupos. Uno se dirigió a La Moneda con el Presidente y el otro a investigaciones con el edecán Araya Peters a la cabeza. "Si ese día hubiésemos llegado más temprano tendríamos que haber combatido. Hubiéramos ganado nosotros porque teníamos todo el sector céntrico cubierto y con las armas antitanques que eran muy destructivas, los tanques no tenían tanta capacidad de maniobra", sostiene treinta años después García.
El tanquetazo cambió bruscamente el mapa político y el Ejército no estuvo exento de ello. Para el GAP el golpe era inminente y cualquier día después del 29 era peligroso. Había que estar alerta.
Carrillo adquirió cierta fama en el regimiento Tacna, porque internó marihuana en el recinto. "Me dieron marihuana que llegaba desde Los Andes. En ese tiempo eso era normal en la juventud, no traficaba porque me la regalaban desde marzo de ese año. Cuando la llevé para el cuartel los pelaos en patota se ponían a fumar como contratados arriba del techo. Una vez que los tenientes se dieron cuenta obviamente me castigaron con más aporreos de lo normal. Era como se quitaba la tensión de ese momento".

LOS HECHOS DEL DIA D

Ese era el ambiente hasta el 9 de septiembre. El lunes 10 Carrillo llegó al regimiento después de un permiso para ir a su casa. Tuvo que hacer una cola de 25 horas para comprar el pan. "Te cuento una cosa: nosotros nunca supimos del golpe... no nos decían nada dentro del cuartel hasta que el día martes 11 a las 5 de la mañana nos despiertan. Teníamos que movilizarnos". Ese día en el desayuno les dieron piedra lumbre, "nos lo daban siempre, pero no alimentos que nos alteraran sino que nos daban eso para calmar el apetito sexual". Y continúa "cuando salimos a las calles, estábamos muy nerviosos. Otros soldados salieron drogados, pero esos no servían para nada porque estaban fuera de control". Parte del regimiento Tacna se fue a la calle Dieciocho con la Alameda. Al frente, se subió la escuela de suboficiales y en ese momento comenzó la balacera. Una de las órdenes del coronel Ramírez Espineda era controlar las calles a la brevedad, lo que se cumplió a medias, porque como sostiene Carrillo "ese día el regimiento entero estaba disperso, sólo protegíamos nuestras vidas y le hacíamos caso al primer superior que encontrábamos".
El GAP Hugo García -hermano de Isidro- recibe un llamado al citófono 14, dormitorio del Presidente, a las 6 de la mañana en Tomás Moro. Era un general que informaba al Presidente sobre la situación que estaba ocurriendo. Allende ordena a su guardia salir de inmediato a La Moneda. Los escoltas salen casi sin sus ropas como las 06:15, con el Presidente más tres autos y una camioneta, las que cargaron con armas. Toman la Costanera. "Era una ciudad fantasma", concuerdan Carrillo y García. "Efectivamente no había nadie en las calles cuando salimos en nuestra camioneta... parecía ciudad muerta". El GAP llega a La Moneda y dejan al Presidente en la puerta de Morandé 80, a esa hora se encontraba todo el Palacio rodeado por Carabineros. Allende vestía tal cual como aparece en las fotos que dieron la vuelta al mundo: chaleco, vestón, casco y un fusil, acompañado de su escolta. Catorce GAP estaban con el Presidente en Palacio y otros 7, donde estaba García, se fueron al garaje de la presidencia, porque la orden de los jefes del dispositivo de seguridad era que tenían que estar cerca de los autos por cualquier emergencia y en caso de combate se tenían que dirigir al ministerio de Obras Públicas. Hicieron lo último. "Yo tenía una metralleta punto 30 y combatimos cuando Carabineros se empieza a retirar, pasadas las nueve de la mañana", relata Isidro, enfrascado en su testimonio y que ya a 30 años revela con cierta nostalgia, a pesar de no tener tantas canas y poseer un buen físico para un hombre de 50 años.
Mientras, Carrillo se encontraba en uno de los dos camiones del Tacna posteriormente se bajó en Alonso Ovalle, cerca del cine Continental. En esos instantes se dejan sentir los pesados avatares de lo que fue el schock socialista: el ataque a La Moneda con los famosos roquets que expelían los "pájaros de acero" del general Gustavo Leigh. Entre tanto comenzó el lanzamiento de gases lacrimógenos porCarabineros. Carrillo llegó a la calle Bandera cuando se formó un tiroteo, retrocedió a la esquina, pero el cabo Guerra le dijo `si no pasai al frente te mato', pese a la insistencia de no querer ir por la balacera, Carrillo logra ir al frente de la acera. Corrió hasta al MOP. Pero, en ese momento se dio cuenta que sus compañeros de armas comenzaron a sacar a las personas que estaban al interior de La Moneda. El Tacna fue el primer regimiento que se acercó a sacar a los -desde ese instante- prisioneros. Carrillo ingresa al Palacio y en el segundo piso ve un tipo en la ventana: el mítico "rucio" de pelo largo con una metralleta que intenta vanamente atemorizar a los militares... Carrillo cuenta que "no era Oscar Logorrigo como muchos dicen sino que era efectivamente un desconocido. No militaba en ningún partido de la UP, pero simpatizaba con el gobierno". Fue el que hirió la mano al general Palacios y gritó "¡El pueblo no se rinde!" Pero su valentía no duró mucho. Palacios dio la orden de matarlo. Varios disparos recibió el joven, pero quedó vivo y fue trasladado al Tacna. Carrillo se encontró con él y ahí supo que era de la población La Castrina, sector del paradero 16 de Santa Rosa. Luego desapareció del cuartel. García, al escuchar el relato, recuerda que "ese muchacho pasó a La Moneda, no era parte de ningún grupo... simplemente entró a La Moneda".
Posteriormente Carrillo entraba y salía del Palacio mientras seguían saliendo los prisioneros, se encontró con el doctor Guijón quien al verlo se rindió y vio a Allende en un sillón con la metralleta en su barbilla y su cabeza partida en dos. "Me dio temor tocarlo... pero Coné -apodo de otro conscripto- lo tocó y pudo comprobar que se había suicidado hace poco. Su cuerpo estaba tibio".
El conscripto Carrillo que recorrió el lugar completamente destruido, se percató que el Presidente Allende tenía dos armas para combatir, la que tenía entremedio de sus piernas (el fusil que le regaló Fidel) y otra, una ametralladora alemana de marca Reinmeta que estaba en la ventana y junto al arma una canana con 150 tiros (la que aparece en la foto con el fusil hacia arriba). Carrillo la sacó y se la puso en el cuerpo.
Como eran 49 personas los que se encontraban en La Moneda, todavía estaban los que tenían que salir. A parte de la "Payita", habían otras dos mujeres, una de unos 25 años, baja, tez blanca y de pelo castaño claro. Carrillo relata que la vio muy atemorizada, "tiritaba mientras los milicos que estaban rodeándola. La manoseaban, estaba paralojizada". En ese instante Palacios grita que dejen tranquilas a las mujeres. Carrillo la saca de La Moneda y el general Palacios le entrega atención médica. Aquella mujer era Marta Silva, secretaria del ministerio del Interior, que actualmente vive en Noruega.
García se encontraba combatiendo en el MOP e ideó un plan para salir con sus compañeros. Tenían que ser los primeros en salir y así los confundirían con las 200 a 300 personas que trabajan en esa repartición pública. Los tiraron al suelo, les pidieron la cédula de identidad y les dijeron que en tres días más fueran a buscar su carnet de identidad. Fue una salida que no se cuenta dos veces.
Las bajas que sufrió el Ejército, en especial el Tacna, fue igual a cero. El GAP tampoco tuvo bajas excepto las desapariciones de los que fueron prisioneros a ese regimiento.

Y DESPUES DE LA CAIDA...

Cuando Isidro llegó a su casa, se sacó la camisa y vio un enorme moretón en su hombro. Estaba claro, había cargado 4 cintas con balas de 5 cm. y con 250 tiros cada "canana" -como se le conoce en el mundo militar a la cinta-, más la metralleta... Era para quedar con el brazo maltrecho.
Carrillo volvió ese día al cuartel y al otro ya supo de la existencia de los prisioneros. El día 15 tuvieron una visita inusitada: el equipo de Sábados Gigantes fue a visitar al regimiento Tacna. Carrillo recuerda que un flamante Mario Kreutzberger, don Francisco, les agradeció por la intervención militar del 11 de septiembre: "gracias a Dios ustedes han salvado al país del marxismo leninismo". Con él andaba Pepe Tapia que según testigos del regimiento le gustó el cuartel. ¿Cuál habrá sido el objetivo del humorista de ir a ese lugar y caminar en los calabozos donde se encontraban los prisioneros del régimen depuesto?
El conscripto Carrillo, aunque parezca una paradoja, fue y es militante socialista y le tocó combatir en La Moneda. "Los conscriptos que salimos a la calle no tenemos recompensa de nada. Hubo superiores que fueron pura boca y no hicieron nada... Creo que falta un reconocimiento a los miles de soldados que salimos ese día, por el sacrificio que hicimos. Casi todos éramos jóvenes, los superiores se arreglaban entre ellos y no se sabía nada".
García en su condición de presidente de los ex GAP, dice enfáticamente "fue difícil para nosotros atacar a los soldados de nuestra patria, pero estábamos siendo atacados. Ojalá nunca más suceda esto. Creo que al general Cheyre le faltan pasos por dar, pero lo que ha hecho está bien. Además, quiero agregar que me da vergüenza que los soldados chilenos se feliciten por esa misión, que el general Palacios se sienta orgulloso de haber atacado el símbolo democrático. No había ninguna persona dentro de La Moneda que fuera un profesional de guerra... El orgullo de Palacios es la vergüenza mundial".
Canal 11 está emitiendo los días domingo el documental "Septiembre" donde aparecen una serie de personajes dando su testimonio acerca del Once. Isidro García quien apareció en ese programa les advirtió que habían personas como Manuel Cortes "Patán", Julio Soto y Luis González que tergiversarían la realidad con testimonios falsos. "A Patán lo echaron del GAP a principios del 72, el propio Allende lo hizo. Desde ese momento comenzó a sabotear al dispositivo y señala en el programa que para el golpe lo habrían mandado a llamar... Falso. También es falso que nosotros le diéramos whisky al Presidente, sí, pero por razones de seguridad, siempre había un edecán civil que se las ingeniaba en cualquier evento social para darle a Allende del licor que nosotros mismos preparábamos y evitar un atentado. Soto dice que salió sólo el 11 con el Presidente... Falso. No es ético decir que quedó sólo, porque salimos los tres Fiat 125 más una camioneta. Al contrario fue él quien desertó del dispositivo. González se asiló al otro día del golpe y siempre a contado historias fantasiosas".
Isidro García asegura que "ese amor era extraño. Todos sabíamos que la Tencha no llevaba una vida marital con el Presidente y la "Payita" tampoco con su esposo, de hecho en Tomás Moro la señora Tencha dormía en el segundo piso y Allende en el primero. Pero eran cosas de ellos. La "Payita" era su persona de confianza al igual que su hija Tati, de hecho tres fin de semanas al mes íbamos a Cañaveral donde vivía ella. Nosotros teníamos nuestra casa ahí también y el Presidente, bueno, dormía en la casa de Miria, pero ahí también dormía Tati, por lo tanto, no sé si tenían una vinculación amorosa. Nosotros, por ejemplo, nunca vimos que se dieran un beso... Si se lo dieron o no, no lo vimos y nosotros vivíamos con el Presidente... Era mujeriego, sí, pero más piropero que nada porque no le conocí nada raro. Además a la Payita le ofrecieron 5 millones de dólares para que hablara sobre su relación con el Presidente y ella se murió y jamás habló nada, porque no pasó nada y si pasó se lo llevó a la tumba".



http://www.elperiodista.cl/newtenberg/1449/article-37614.html

LA VERDADERA TRAGEDIA

Año 2, N.43, Domingo 31 de agosto de 2003

( Escribe Roberto Pizarro )“El 11 de septiembre de 1973 se clausuró un ciclo de largas décadas de lucha y auge del movimiento popular en que la clase obrera, los campesinos, los intelectuales y la gente humilde de nuestro país fueron derrotados”


Hace treinta años se frustró nuestro sueño. El proyecto de crear una nueva sociedad en que todos los chilenos pudiesen satisfacer sus necesidades materiales y espirituales, asegurando a cada familia, hombre, mujer, joven y niño los mismos derechos, seguridades, libertades y esperanzas. El 11 de septiembre de 1973 se clausuró un ciclo de largas décadas de lucha y auge del movimiento popular en que la clase obrera, los campesinos, los intelectuales y la gente humilde de nuestro país fueron derrotados.
Queríamos una nueva sociedad en que imperara el pluralismo, las libertades individuales, los mismos derechos para todos y en la que los trabajadores participaran en las decisiones del país. Eso es lo que deseaban los chilenos que votamos por Salvador Allende y gran parte de los que votaron por Radomiro Tomic. Ni Allende ni la abrumadora mayoría de sus partidarios queríamos un partido único, una prensa uniforme, ni un estado totalitario como lo ha señalado Guastavino. Por el contrario, anhelabamos que florecieran mil flores, que las opiniones fuesen variadas, que se abrieran las oportunidades para los jóvenes, las mujeres y para todos aquellos que por décadas habían sido explotados y reprimidos por un sistema injusto.
Nos fue mal. Es cierto. Los errores propios y la resistencia de los dominadores, nacionales y extranjeros, impidieron que se materializaran nuestros anhelos. Pero, la experiencia de los tres años de la Unidad Popular y haber tenido un Presidente como Salvador Allende han quedado en la memoria colectiva y esto no será jamás erradicado de la historia. Nuestros hijos y nietos sabrán que hubo una vez un hombre que llenó de dignidad a Chile y a los chilenos, que nos engrandeció y que con su valentía de no renunciar frente al poder de las armas nos llenó de orgullo. Los asesinatos, el exilio, la represión y el surgimiento del neoliberalismo jamás podrán borrar de nuestra memoria que los obreros, los humildes, los jóvenes y las mujeres de Chile pudieron durante tres años expresarse con plenitud y hablar de igual a igual con los dueños del capital, con los representantes de las multinacionales, con los que por siglos habían usufructuado de la riqueza y el poder en nuestro país.
No fue casualidad, entonces, el aislamiento internacional de Pinochet, el apoyo generoso a la causa democrática chilena y la valoración de la figura de Salvador Allende. No sólo los pobres de nuestro país sino los demócratas del mundo entero reconocieron en Allende al lider que se propuso transformar a la sociedad chilena por medios pacíficos y con respeto a las libertades públicas. El pequeño país que en el extremo del mundo quería construir una sociedad más igualitaria fue conocido en los lugares más recónditos de la tierra, gracias a la consecuencia, dignidad y valentía de un verdadero democrata y revolucionario.
Hoy podemos decir que mucho ha cambiado, pero que nada ha cambiado. El mundo es redondo. Todo lo que deseó el pueblo chileno, las transformaciones en favor de la igualdad, la libertad y la fraternidad que caracterizaron el gobierno de Allende se han visto frustradas. Es verdad que el mundo de hoy es distinto al de hace treinta años atrás. La tecnología, la globalización, la ciencia y las artes nos muestran un mundo muy distinto al de ayer con un crecimiento material que ha aumentado varias veces en el mundo y en Chile. Sin embargo, no hay ninguna diferencia a la de treinta años atrás en la concentración de la riqueza, las desigualdades en la salud y la educación, la hegemonía del pensamiento de los poderosos a nivel nacional e internacional. Se podría decir incluso que la aguda competencia a que obliga la globalización ha colocado a los trabajadores chilenos en posiciones mucho más desventajosas que en el pasado, con jornadas laborales de quince horas diarias; la distribución del ingreso se ha hecho aún más regresiva; las universidades han terminado con el pluralismo y los políticos se confunden con el mundo de los negocios.
La concentración del capital productivo y financiero se ha acentuado en tres a cuatro grupos económicos, los que han monopolizado la economía y el pensamiento; la influencia económica, política, cultural e ideológica de los Estados Unidos se ha fortalecido en un nuevo mundo unipolar.
Los que tuvimos la fortuna de conocer los esfuerzos de Salvador Allende por transformar la sociedad probablemente comprendemos más que las nuevas generaciones la tragedia que significó su derrocamiento. Mucho se podrá discutir en torno a los errores del gobierno de la Unidad Popular y sobre las decisiones de Salvador Allende. Pero, lo indiscutible es que ese gobierno estuvo siempre del lado de los trabajadores. Los grandes intereses internacionales y nacionales no aceptaron retroceder en el control absoluto del poder, comprometiendo a los militares en la sucia tarea de restaurar la injusticia. Pero, la tragedia no han sido sólo los asesinatos, la tortura y el exilio. La mayor de las tragedias ha sido que la misma generación política que luchó y conoció el proceso de transformaciones en favor de los humildes, ha debido ahora administrar el modelo neoliberal que reinstaló y profundizó las desigualdades que Salvador Allende desafió con su proyecto y que luego defendió con su propia vida. Todo indica, entonces, que las anchas alamedas las abrirán las generaciones venideras.


http://www.elperiodista.cl/newtenberg/1449/article-37617.html



La Historia Oculta del Régimen Militar

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