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sábado, 12 de noviembre de 2011

Pablo Neruda fue asesinado


Proceso


Todo estaba dispuesto para que el poeta y premio Nobel de Literatura Pablo Neruda se exiliara en México. Había viajado de su casa en Isla Negra a Santiago de Chile y un avión enviado por el gobierno mexicano estaba listo para recogerlo. Sin embargo, tuvo que ser internado en la clínica Santa María. Avisó por teléfono a su mujer, Matilde Urrutia, y a su asistente Manuel Araya que un médico le había puesto una inyección en el estómago. Unas horas después murió. Araya –quien estuvo al lado del poeta en sus últimos días– cuenta a Proceso un secreto que lo ahoga: el poeta “fue asesinado”.

El poeta chileno Pablo Neruda “supo a las cuatro de la madrugada (del 11 de septiembre de 1973) que había un golpe de Estado. Se enteró a través de una radio argentina que captaba por onda corta. Ésta informaba que la marina se había sublevado en Valparaíso.
“Trató de comunicarse a Santiago, pero fue imposible. El teléfono estaba fuera de servicio. Recién como a las nueve de la mañana confirmamos que el golpe se había concretado. (…) Ese 11 de septiembre fue un día caótico y amargo porque no sabíamos qué iba a pasar con Chile y con nosotros.”
Manuel Araya Osorio habla de Neruda con la familiaridad de quien ha compartido momentos cruciales con un personaje histórico. Y sí. Fue asistente del poeta desde noviembre de 1972 –cuando regresó de Francia– hasta su muerte el 23 de septiembre de 1973.

El corresponsal se reunió con este personaje el pasado 24 de abril en el puerto de San Antonio. La entrevista se llevó a cabo en la casa del dirigente de los pescadores artesanales chilenos Cosme Caracciolo, a quien Araya le pidió ayuda para develar un secreto que lo ahogaba: “Lo único que quiero antes de morir es que el mundo sepa la verdad, que Pablo Neruda fue asesinado”, asegura a Proceso.
Sólo el diario El Líder, de San Antonio, dio cuenta parcial de su versión el 26 de junio de 2004. Pero no trascendió por la poca influencia de este medio.
Araya afirma que siempre ha querido que se haga justicia. Cuenta que el 1 de mayo de 1974 le propuso a Matilde Urrutia, viuda de Neruda, aclarar esa muerte. Ambos fueron testigos de sus últimas horas: durmieron, comieron y convivieron en la misma habitación a partir del golpe del 11 de septiembre de 1973 y hasta la muerte del poeta, 12 días después, en la clínica Santa María de Santiago.

Pero Araya afirma que Matilde –quien murió en enero de 1985– no quiso tomar acción alguna para fincar eventuales responsabilidades. Según él, Urrutia le dijo: “Si inicio un juicio me van a quitar todos los bienes”. Araya cuenta que en otra ocasión tuvieron una discusión que marcó un quiebre final en su relación con la viuda. “Me dijo que lo que había pasado era cosa de ella y no mía, porque yo ya había terminado de laborar con Pablo, ya no era trabajador y no teníamos nada que ver”.
“Neruda quería que cuando muriera, la casa de Isla Negra quedara para los mineros del carbón (…) Pero la fundación (Pablo Neruda) se apropió de su obra y no ha concretado ninguno de sus sueños. A ellos (los directivos de la fundación) sólo les interesa el dinero”, espeta.

Afirma que hace dos años le entregó a Jaime Pinos, entonces director de la Casa Museo de Isla Negra, de la fundación, un relato sobre los últimos días del poeta. “Pero no han hecho nada con esa información, ni siquiera la han dado a conocer. No quieren que la verdad se sepa (…) Nunca me han dado la palabra en los actos que organizan ni siquiera en las conmemoraciones de su muerte”.
Araya proviene de una familia de campesinos de la hacienda La Marquesa, cerca de San Antonio. Cuando tenía 14 años fue acogido en Santiago por la dirigente comunista Julieta Campusano, quien le dio trato de ahijado.
Este vínculo le ayudó, pues Campusano llegó a ser senadora y la mujer más influyente del Partido Comunista, y gestionó que Araya recibiera una preparación especial en seguridad e inteligencia, entre otras materias. Araya escaló rápido. Fue mensajero personal de Allende antes de fungir como principal asistente de Neruda.
Araya, quien hacía de chofer, mensajero y encargado de seguridad de Neruda, acepta que el autor de Canto general tenía cáncer de próstata, pero no cree que esa enfermedad lo matara. Asegura que dicho padecimiento “estaba controlado” y que Neruda “gozaba de buena salud, con los achaques propios de una persona de 69 años”.


“Abandonados”


Araya dice que después del golpe del 11 de septiembre, Neruda, su mujer y el resto de los habitantes de la casa de Isla Negra quedaron “solos y abandonados”. El contacto con el mundo exterior se reducía a las noticias que les llegaban a través de una pequeña radio que Neruda sintonizaba, a las esporádicas conversaciones telefónicas de un aparato que sólo recibía llamadas y a lo que les contaban en la hostería Santa Elena, cuya dueña “era de derecha y sabía todo lo que pasaba”.
Cuenta que el 12 de septiembre llegó un jeep con cuatro militares. “Todos llevaban los rostros pintados de negro. Yo salí a recibirlos. (...) El oficial me preguntó quiénes estaban en la casa. Le tuve que decir que en ese momento estaban Cristina, la cocinera; la hermana de ésta, Ruth; Patricio, que era jardinero y mozo; Laurita (Reyes, hermana de Neruda); la señora Matilde, Pablito (Neruda) y yo.
“El oficial nos señaló que en el domicilio no podía quedar nadie más que Neruda, Matilde y yo. Entonces tuvimos que arreglárnoslas entre los tres: dormíamos en la recámara matrimonial que estaba en el segundo piso. Yo dormía sentado en una silla, arropado con un chal. Lo hacía para estar más cerca de Neruda, porque no sabíamos lo que nos iba a pasar.”
El 13 de septiembre, cerca de las 10 de la mañana, los militares allanaron la casa. Araya dice que eran como 40 soldados que venían en tres camiones. Iban armados con metralletas, con las caras pintadas de negro y uniforme de camuflaje. Vestidos y pertrechados “como si fueran a la guerra”.
Recuerda: “Entraban por todos lados: por la playa, por los costados (…) Salí al patio para preguntar qué querían. Hablé con el oficial que daba las órdenes. Me dijo que abriera todas las puertas. Mientras revisaban, destruían y robaban, los militares preguntaban si había armamento, si teníamos gente escondida adentro, si ocultábamos a líderes del Partido Comunista (…) Pero no encontraron nada. Se fueron callados. No pidieron ni perdón. Se sentían dueños y señores del sistema. Tenían el poder en las manos”.
Añade que como a las tres de la tarde, poco después de que se habían ido los soldados, llegaron marinos. “Estuvieron más de dos horas. También allanaron la casa y robaron cosas. Registraban con detectores de metales. (...) La señora Matilde me contó que el mandamás de los marinos entró al dormitorio de Neruda y le dijo: ‘Perdón, señor Neruda’. Y se fue”.
Araya recuerda que durante varios días la marina puso un buque de guerra frente a la casa del poeta. “Neruda decía: ‘Nos van a matar, nos van a volar’. Y yo le decía: ‘Si nos tenemos que morir, yo voy a morir en la ventana primero que usted’. Lo hacía para darle valor, para que se sintiera acompañado. Entonces le dijo a la señora Matilde: ‘Patoja –que así la nombraba–: mire el compañero, no nos va a abandonar, se va a quedar aquí’”.
Araya cuenta que conversaciones de ese tipo tenían lugar en la pieza del matrimonio: ellos acostados y él sentado a los pies de la cama. “Nos preguntábamos que haríamos nosotros solos. Pensábamos que a Neruda lo iban a asesinar. Entonces, resolvimos que la única opción era salir del país”.


El viaje


Araya narra que Neruda le dijo que su plan era instalarse en México y una vez en ese país pedir “a los intelectuales y a los gobiernos del mundo entero ayuda para derrocar a la tiranía y reconstruir la democracia en Chile”.
Rememora: “Desde la hostería Santa Elena –a menos de 100 metros de la casa de Isla Negra– nos comunicamos con las embajadas de Francia y México. La de México se portó un siete (nota máxima en el sistema educativo chileno). El embajador (Gonzalo Martínez Corbalá) se movilizó para ayudarnos. Creo que el 17 de septiembre nos llamó para decirnos que se había conseguido una habitación en la clínica Santa María. Allí deberíamos esperar la llegada de un avión ofrecido por el presidente Luis Echeverría”.
El problema era trasladar al poeta a la clínica. “Con Neruda y Matilde pensamos que la mejor y más segura manera de llegar hasta allá era en una ambulancia. Mi misión era conseguirla. Viajé a Santiago en nuestro Fiat 125 blanco y pude arrendar una ambulancia. (...) Recuerdo que ofrecí como seis veces más de lo que me cobraban para asegurar que efectivamente fueran a buscarnos. Acordamos que fueran el 19, porque ese día la clínica tendría todo dispuesto para recibir a Pablito.
“Llega el 19 y solicitamos a Tejas Verdes (el regimiento militar de la provincia de San Antonio) permiso para trasladar a Neruda. Me dijeron: ‘No estamos dando salvoconductos, menos a Neruda’. A pesar de la negativa decidimos partir. La ambulancia entró hasta la puerta que daba a la escalera de su dormitorio. (...) Al salir se despidió de su perrita Panda, se subió a la ambulancia y se acostó en la camilla. Neruda y Matilde se fueron en la ambulancia. Yo los seguí muy de cerca en el Fiat.”
“El viaje fue triste, caótico y terrible. Nos controlaban cada cuatro o cinco kilómetros, parecía imposible llegar a nuestro destino. Imagínese que salimos a las 12:30 y llegamos a las 18:30 a la clínica (distante poco más de 100 kilómetros de Isla Negra).
“En Melipilla fue el control más maldito. Allí Neruda vivió el momento más terrible. (...) Los militares lo bajaron de la ambulancia y le registraron el cuerpo y la ropa. Decían que buscaban armas. Él pedía clemencia, decía que era un poeta, un premio Nobel, que había dado todo por su país y que merecía respeto. Para ablandar sus corazones les decía que iba muy enfermo, pero las humillaciones continuaban. En un momento lloramos los tres tomados de la mano porque creíamos que así iba a ser nuestro fin.”
Finalmente la ambulancia llegó a la clínica tres horas más tarde de lo acordado. “Como llegamos muy cerca de la hora del toque de queda, no pudimos hacer nada más que quedarnos todos en la clínica a dormir (…)
“El embajador Martínez Corbalá fue a vernos al día siguiente. Y también el francés, que nunca supe cómo se llamaba. También recibimos la visita de Radomiro Tomic y Máximo Pacheco (dirigentes democratacristianos), de un diplomático sueco, y de nadie más.”


La inyección misteriosa


Araya dice que los primeros días en la clínica transcurrieron sin sobresaltos. El 22 de septiembre, la embajada de México avisó que el avión dispuesto por su gobierno tenía programado salir de Santiago rumbo a México el 24 de septiembre. Le comunicó además que el régimen militar había autorizado su salida.
“Entonces Neruda nos pidió a mí y a Matilde que viajáramos a Isla Negra a buscar sus cosas más importantes, entre éstas sus memorias inconclusas. Creo que eran Confieso que he vivido. Al día siguiente –23 de septiembre- partimos temprano hacia la casa de Isla Negra. (...) Dejamos a Neruda muy bien en la clínica, acompañado por su hermana Laurita, que llegó ese día a acompañarlo.”
Asegura que Neruda estaba “en excelente estado, tomando todos sus medicamentos. Todos eran pastillas, no había inyecciones. Nosotros nos preocupamos de recoger todo lo que nos indicó. Estábamos en eso cuando Neruda nos llamó como a las cuatro de la tarde a la hostería Santa Elena, donde le dieron el recado a Matilde, quien devolvió la llamada. Neruda le dijo: ‘Vénganse rápido, porque estando durmiendo entró un doctor y me colocó una inyección’.
“Cuando llegamos a la clínica, Neruda estaba muy afiebrado y rojizo. Dijo que lo habían pinchado en la guata (el estómago) y que ignoraba lo que le habían inyectado. Entonces le vemos la guata y tenía un manchón rojo.”
Araya recuerda que momentos después, cuando se estaba lavando la cara en el baño, entro un médico que le dijo: “Tiene que ir a comprarle urgente a don Pablo un remedio que no está en la clínica”.
Fue a comprar el medicamento y Neruda se quedó con Matilde y Laurita. “En el trayecto me siguieron sin que yo me diera cuenta. El médico antes me había dicho que el medicamento no se encontraba en el centro de Santiago, sino en una farmacia de la calle Vivaceta o Independencia. Cuando salí por Balmaceda para entrar a Vivaceta aparecieron dos autos, uno por detrás y otro por delante. Se bajaron unos hombres y me pegaron puñetazos y patadas. No supe quiénes eran. Me cachetearon harto y luego me pegaron un balazo en una pierna.
“Después de todo lo que me pegaron terminé muy mal herido en la comisaría Carrión, que está por Vivaceta con Santa María. Luego me trasladaron al estadio Nacional donde sufrí severas torturas que me dejaron a un paso de la muerte. El cardenal Raúl Silva Henríquez logró sacarme de ese infierno. Por eso estoy vivo.”
Neruda murió a las 22:00 horas en su habitación –la número 406– de la clínica Santa María.
Consultado por Proceso, el director de archivos de la Fundación Neruda, Darío Oses, dio a conocer la posición de esta institución respecto de la muerte del poeta:
“No hay una versión oficial que maneje la fundación. Ésta se atiene a los testimonios de personas cercanas a Neruda en el momento de su muerte y de biógrafos que manejaron fuentes confiables. Hay bastantes coincidencias entre las versiones de Matilde Urrutia en su libro Mi vida junto a Pablo, la de Jorge Edwards en Adiós poeta y la de Volodia Teitelboim en su biografía Neruda. La causa de muerte fue el cáncer. Uno de los médicos que lo trataba, al parecer el doctor Vargas Salazar, le había advertido a Matilde que la agitación que le producía al poeta el enterarse de lo que estaba ocurriendo en Chile en ese momento podía agravar su estado. A esta situación también contribuyeron el allanamiento de su casa (...) y el traslado en ambulancia (...) con controles y revisiones militares en el camino.”
Pero Manuel Araya dice no tener duda alguna: “Neruda fue asesinado”. Y sostiene que la orden vino de Augusto Pinochet: “¿De qué otra parte iba a salir?”.


Consejos para Allende

Francisco Marín


VALPARAÍSO, CHILE.- El presidente chileno Salvador Allende era el visitante más asiduo de Pablo Neruda en su casa de Isla Negra. “Cuando iba, Allende siempre le pedía consejos al poeta porque éste era muy sabio en política”, sostiene Manuel Araya Osorio, exasistente personal de Neruda.
Recuerda, por ejemplo, los consejos que Neruda le dio a Allende sobre las fuerzas armadas en las semanas previas al cuartelazo, cuando el 23 de agosto de 1973 la derecha y los militares golpistas forzaron la renuncia del general Carlos Prats González, comandante en jefe del ejército.
“Tenemos que descabezar a las fuerzas armadas... Los de nosotros hacia acá y los otros hacia un lado”, le decía Neruda al presidente.
Araya lamenta que El Chicho (Allende) no le hiciera caso al poeta en este tema. “Si lo hubiera hecho, la historia habría sido bien diferente. Otro gallo hubiera cantado, todavía estaríamos en el poder”, dice convencido.
Y cuenta que el 10 de septiembre de 1973 –un día antes del golpe militar– Neruda le pidió que viajara a Santiago para entregarle un mensaje al presidente Allende. Se trataba de una invitación a la inauguración de Cantalao, el refugio para la inspiración y el descanso de los poetas, que sería precisamente el 11 de septiembre.
En entrevista con Proceso, Mario Casasús, estudioso de la vida de Neruda y corresponsal en México de El Clarín de Chile, dice que Neruda había escrito los estatutos de la fundación Cantalao. A ésta traspasaría los terrenos de la casa de los poetas del mismo nombre, que están muy cerca de su casa de Isla Negra.
Araya afirma que Allende lo recibió en su despacho. “Estaba caminando, parecía nervioso. Leyó la nota de Neruda e inmediatamente redactó una respuesta. Sin leerla me la guardé en un bolsillo. (...) No tengo idea lo que decía ese mensaje, pero el presidente me dijo: ‘Dígale al compañero (Neruda) que mañana yo voy a ir a la Universidad Técnica (donde anunciaría la realización de un plebiscito) y que posiblemente haya ruidos de sables este 11 de septiembre’”.
Dice que Neruda, al conocer el mensaje, se quedó muy preocupado porque entendía el curso que estaban tomando los acontecimientos. “Esa noche casi no durmió”.
Ese 11 de septiembre “nosotros quedamos completamente abandonados y solos” afirma Araya. “La muerte del presidente Salvador Allende afectó mucho a don Pablo. Sin embargo él se sentía con la fuerza y entereza necesaria para seguir luchando por lo que creía justo”.
“Las noticias emitidas por los medios de comunicación nacionales eran manipuladas por el régimen militar. Sabíamos que eran falsas, que todo era mentira.”
Araya narra que Neruda se deprimió mucho. Él le pidió que no se pusiera triste. “Le dije que los militares en un mes le iban a entregar el poder a la Democracia Cristiana”.
Neruda le replicó: “No compañero, esto va a durar muchos años, como ocurrió en España. Yo conozco la historia, usted no sabe de golpes de Estado”.


* El autor es corresponsal en Chile del semanario mexicano Proceso, reportaje publicado en la edición número 1081 del 8 de mayo de 2011. Se reproduce en Clarín.cl con autorización del autor.

12-05-2011


http://www.rebelion.org/noticia.php?id=128209

El ex chófer de Neruda afirma que el poeta fue asesinado por Pinochet



La semana que viene se exhuman los restos de Salvador Allende, el ex presidente de Chile que murió en el Palacio de La Moneda, el mismo día que el ejército chileno, con Augusto Pinochet a la cabeza, daba un golpe de estado. El calendario marcaba 11 de septiembre de 1973.
Pocos días después, el 19 de septiembre de 1973, el poeta con más renombre del país andino, Pablo Neruda, era trasladado en ambulancia desde su casa de Isla Negra, una población situada a unos pocos kilómetros al sur de Valparaíso, hasta la Clínica Santa María de Santiago. Afectado de cáncer a la próstata, la salud del poeta se había agravado tras el golpe militar.

Ayuda del embajador de México

Pablo Neruda sufrió en su hogar una serie de allanamientos, por lo que el embajador de México en Chile reservó al poeta una pieza en la Clínica Santa María. “Iban a la clínica no porque estuviera grave, sino porque el día 24 salía el avión que había dispuesto el presidente de México, Luis Echeverría, para salvar la vida de Neruda”, manifiesta el chofer del poeta.
En la ambulancia lo acompañaba su mujer, Matilde Urrutia. Justo detrás lo seguía un Fiat 125 blanco, conducido por su chófer, Manuel Araya. Cinco días después, el 23 de septiembre, Pablo Neruda moría, según los médicos, debido a su cáncer. Ahora, casi 40 años después, el conductor del Premio Nobel de Literatura, Manuel Araya, afirma que Pablo Neruda fue asesinado por agentes del régimen militar. Así lo ha asegurado en una entrevista publicada por la revista mexicana ‘Proceso’.
Según el conductor del literato, que narra su versión de los hechos en un vídeo, el poeta se encontraba bien e iba a exiliarse en México el 24 de septiembre, un día después de que muriera. Sin embargo, Araya cree que el escritor habría recibido una inyección letal en el estómago. El ex conductor asegura además que Matilde Urrutia no habría querido iniciar acciones legales, por temor a perder sus bienes.

Distintas versiones

“Yo lo único que pido es que esclarezcamos la verdad. La verdad para mí, Neruda, no murió de muerte natural. Neruda murió inyectado. Se lo inyectó un médico de la propia clínica. Neruda nos mandó ir a por las pertenencias que tenía. Teníamos todo preparado para partir el 24 a las 10 de la mañana” manifiesta Manuel Araya.
“Como a las cuatro de la tarde entró un médico a la habitación y lo inyectó. Fuimos a por las pertenencias y cuando llegamos a la clínica Neruda tenía como una mancha rojiza en el estómago. Entré al baño, a mojarme la cara, y llega un médico y me manda a comprar un remedio, Lobotan”, comenta.
El ex conductor asegura, además, que fue detenido por la policía: “Yo salgo a comprar el remedio y me detuvieron. Cuando desperté estaba en el estadio nacional. La coincidencia, a mi me detuvieron como a las diez para las siete de la tarde y Neruda muere a las diez de la noche. Y esa es la duda que yo tengo hasta hoy. Quiero que algún día, lo vamos a aclarar, antes de morir”.
La versión de Araya no concuerda con la de amigos y biógrafos del poeta, desde Hernán Loyola a David Schidlowsky. Darío Oses, jefe de la biblioteca de la Fundación Neruda, apunta que murió producto del cáncer. Jaime Quezada, director de los talleres de poesía de la fundación, tampoco da crédito al chófer. “Yo le entregué unos papeles a la fundación pero no pasó nada. Además de su propio mal, Neruda estaba anímicamente muy afectado y eso debe haber influido en su muerte”.
Ahora, el periodista Francisco Marín, corresponsal de la revista ‘Proceso’ en Chile, y Manuel Araya, ex conductor de Pablo Neruda, exigen que, como los restos del ex presidente Salvador Allende, el cuerpo del poeta debe ser exhumado, para así, de una vez por todas, conocer la verdad.

Pablo Neruda fue asesinado por la dictadura de Pinochet. (Revelaciones)




El diario Clarín de Chile publicó un amplio artículo bajo del título "Neruda muerte inducida", donde se afirma, contrario a la versión oficial, que Pablo Neruda no murió de metástasis de cáncer de próstata sino asesinado por agentes de la dictadura de Augusto Pinochet, según se desprende de exámenes médicos y testimonios que aparecen en un expediente judicial de 209 páginas.

Escuadrones de la muerte

Ver: http://ciperchile.cl/wp-content/uploads/multimedia/manuel_contreras/multimedia_contreras.swf



Texto del documental


Fueron los años más negros de América Latina. El 24 de marzo de 1976, cuando el general Videla tomó el poder en la Argentina, todos los países del Cono sur estaban ya bajo la férula militar. Ejecuciones sumarias, torturas, desapariciones. Stroessner en Paraguay, Pinochet en Chile, todos ejercen una represión feroz en nombre de la lucha contra el comunismo. ¿Cómo se llegó a ello? Sin duda, la sombra de los Estados Unidos planea sobre las dictaduras latinoamericanas. Menos se conoce el rol jugado por Francia en su juventud, especialmente en la Argentina. La investigación comienza en Théoule-sur-Mer, al sur de Francia. Noviembre de 2002. Ex legionarios, paracaidistas, pieds noirs, o miembros de la OAS, los nostálgicos de la Argelia francesa se reúnen.

–Cuarenta años después de nuestro desarraigo, queremos rendir especial homenaje a todos aquellos de los nuestros que cayeron en defensa de la Argelia Francesa.

El decano del agrupamiento es el coronel Lacheroy, de 96 años, quien fue condenado a muerte por su participación en el putsch de los generales de Argelia. Es un testigo fundamental, porque para comprender la influencia de los franceses sobre las dictaduras latinoamericanas es preciso remontar el hilo del tiempo e internarse en la historia de las guerras coloniales. Todo comenzó en 1951, durante la guerra de Indochina. Designado al mando de un regimiento, Lacheroy fue fascinado por la organización del Vietminh, que tenía a raya a los más numerosos y mejor equipados franceses.

Coronel Charles Lacheroy: –Llegué a Indochina y enseguida leí de punta a punta el Libro Rojo de Mao Tse Tung. Fue el primero que me hizo comprender que lo que llamaban la retaguardia es más importante que la tropa y que antes de la tropa hay que ocuparse de la retaguardia. El enemigo que tenía enfrente en Indochina era hábil para servirse de la población. Era imposible llegar a un lugar sin que el enemigo lo supiera.

Así se conoció la teoría de la guerra revolucionaria. Para Lacheroy, el Vietminh era un agente del comunismo internacional que operaba bajo la máscara del independentismo. Su arma era el adoctrinamiento de la población. En consecuencia, en la guerra revolucionaria no hay más línea del frente porque el enemigo está en todas partes. El 7 de mayo de 1954 los vietnamitas ganan la batalla de Dien Bien Phu, y con ella la independencia. Para los franceses es una humillación. Ex resistente, el capitán Paul Aussaresses asiste al colapso.

General Aussaresses: –La derrota fue un shock. La mayoría de los militares franceses descubrieron que había que extraer las lecciones de esa derrota para evitar la misma desilusión en Argelia.

Durante la guerra de Argelia el Estado Mayor del Ejército adhirió definitivamente a la doctrina de la guerra revolucionaria, llamada aún guerra subversiva. Su obsesión, cortar al Frente de Liberación Nacional de su retaguardia, es decir de la población. Para eso los franceses innovan. Cuatrocientos mil soldados son desplegados sobre el territorio argelino. Es la técnica de la cuadriculación, primera aplicación concreta de la teoría de Lacheroy. En enero de 1957, el ministro Robert Lacoste toma una decisión que tendría graves consecuencias. Delega el poder de policía en el coronel Massuh, que comanda la X División de Paracaidistas. Objetivo: aniquilar a la organización político-militar del FLN que multiplica los atentados terroristas en la capital argelina. Comienza así la Batalla de Argel, en la que los paracaidistas cercan [el barrio árabe] la Casbah pararastrear a los colocadores de bombas. Ya son los únicos que mandan. Su jefe, el coronel Marcel Bigeard, un ex resistente que ganó sus galones en Indochina.

–Usted dijo que al principio el rol de cana no le gustaba mucho...
Coronel Bigeard: –Por supuesto, hubiera preferido enfrentar a combatientes. Está más en nuestra naturaleza que hacer un trabajo de cana. Pero lo aprendimos rápido, éramos paracaidistas.
–¿Por qué le llamaron la Batalla de Argel?
Paul Aussaresses: –Era una acción para capturar personas armadas y matarlas.

La Batalla de Argel llegará a ser un modelo de la guerra contrarrevolucionaria. De enero a setiembre de 1957 los franceses inventan o sistematizan técnicas militares que permanecerán largo tiempo en secreto. No hay imágenes de archivo. Sólo las imágenes de una película de ficción ítalo-argelina realizada en 1965 permite reconstruir sus métodos. Boicoteada por las grandes redes de distribución, fue muy poco vista en Francia.

–¿Vio la película La Batalla de Argel?
Aussaresses: –Sí. Es magnífica. Muy próxima a la verdad. No se puede hacer mejor, está muy bien interpretada.
–¿Quién es el coronel Mathieu de la película?
Aussaresses: –Bigeard.

Mathieu/Bigeard, en la película: –Es una organización piramidal compuesta por una serie de secciones. Cada militante sólo conoce a tres miembros como máximo. Su responsable, que lo eligió a él, y sus dos subordinados, que él mismo elige. Debemos realizar las investigaciones necesarias para reconstruir toda la pirámide para llegar al Estado Mayor. La base de este trabajo es la inteligencia. El método es el interrogatorio. Y el interrogatorio se convierte en un método cuando se ejecuta de modo de obtener siempre una respuesta.
La Inteligencia
Bigeard: –Todas las tardes a las seis se reunían los capitanes en mi oficina, cinco comandantes de unidades. Para llegar al jefe había que seguir el hilo hacia arriba y dibujábamos el organigrama en el pizarrón. Como resultado, obteníamos la información e íbamos a donde estaba el tipo.
Aussaresses: –Había que quebrar la capacidad del FLN para cometer atentados y para eso era necesario obtener información, a cualquier precio.
–¿Para ustedes eso incluía el uso de la tortura?
Aussaresses: –¡Qué pregunta! Incluida la tortura, claro.
Bigeard: –Yo di la orden: ustedes deben actuar en forma contundente contra los que colocaban las bombas, interrogarlos duramente, no sacarles los ojos ni cortarles las orejas pero aplicarles la picana, electrodos para pasarles corriente eléctrica. La llamábamos “la gehgene”. No lo hice yo sino los hombres a mis órdenes, pero como jefe del regimiento yo soy el responsable.
Aussaresses: –Los escuadrones de la muerte eran suboficiales que Masssuh puso a mi disposición, cuyo número y nombre no revelaré nunca. Recorría toda la noche los regimientos preguntando a sus jefes y a los oficiales de informaciones qué habían hecho y qué habían conseguido. Cuando teníamos a un tipo que ponía una bomba lo apretábamos para quediera toda la información. Una vez que había contado todo lo que sabía, terminábamos con él. Ya no sentiría nada. Lo hacíamos desaparecer.

Escuadrones de la muerte, desaparecidos. El método fue inventado en Argelia. En aquel momento el prefecto de policía de Argel, Paul Teitgen, fue el único que denunció la desaparición de 3024 prisioneros entre los 24.000 registrados oficialmente.

Teitgen: –En la cárcel no estaban. Preguntaba por alguno y me decían que desapareció. Los habían enviado a Bigeard. La gente de Bigeard les ponían los pies en cemento y los tiraban al mar desde helicópteros. Un método sucio. Así no se hace la guerra.

Sin embargo, desde mayo de 1958 las técnicas de la Batalla de Argel comenzaron a enseñarse en un Centro de Entrenamiento en Guerra Subversiva creado por el ministro de Defensa, Jacques Chaban-Delmas, a iniciativa de Bigeard. Pronto formaría a oficiales franceses, pero también portugueses e israelíes. La Batalla de Argel tuvo su manual, titulado La guerra moderna, escrito por el jefe de Aussaresses, el coronel Roger Trinquier, quien justificó en forma abierta la tortura como arma de la guerra antisubversiva. La transmisión se realizó en la Escuela de Guerra de París. Los primeros alumnos fueron argentinos. Entre ellos, el general Alcides López Aufranc, quien participaría en el golpe de Estado de 1976. En 1957 fue seleccionado por el Estado Mayor argentino para iniciarse en lo que ya se llamaba la doctrina francesa. La clave del curso era un mes de práctica en Argelia.

López Aufranc: –Los profesores tocaban siempre el tema de la guerra revolucionaria. Era algo totalmente nuevo para nosotros. En América Latina no conocíamos ese tipo de problemas. Había luchas políticas, a veces violentas, pero no subversivas. No conocíamos la importancia de la población en ese tipo de guerra. Para nosotros sólo existía la guerra clásica, con infantería, fusil, carros, cañón. Jamás habíamos imaginado un enemigo capaz de matar con un cuchillo o de estrangular a alguien con una cuerda. Con la sangre se aprende mucho.

Los métodos de la Batalla de Argel fueron exportados por primera vez a la Escuela Superior de Guerra de Buenos Aires. En 1959 los ejércitos de Francia y la Argentina firman un acuerdo que prevé la creación de una misión militar francesa permanente, cuyos asesores se instalan en Buenos Aires, en la sede del Estado Mayor. Todos son veteranos de Argelia que actúan en el mayor secreto. Hasta hoy el tema es tabú. Ninguno aceptó hablar ante una cámara del rol de la misión.

Coronel Bernard Cazaumayou, quien integró la misión entre 1962 y 1965:
–Viajamos a pedido del Ejército argentino para enseñar la guerra revolucionaria. La misión cumplió esa tarea y ninguna otra. No me interesa hablar.

Pagados por el Ejército argentino, los franceses hacen traducir los libros del coronel Trinquier, dirigen cursos y publican artículos en la Revista Militar. El tema es siempre la guerra antisubversiva, como lo reconoce de inmediato el coronel Robert Bentresque.

Coronel Bentresque: –La guerra antisubversiva es una guerra secreta.
–Frente a un enemigo que...
–No son tipos con los que usted pueda salir a tomarse un whisky.
La influencia de los franceses culmina en 1961 con la organización del Primer Curso Interamericano de Guerra Contrarrevolucionaria, en el que participan militares de 14 países. Su director fue López Aufranc, quien confió la planificación a los militares franceses.
–¿Había oficiales de todo el continente?
López Aufranc: –Sí, de todo el continente, inclusive de los Estados Unidos. Todos los oficiales de América del Norte y del Sur se reunieron en nuestra Escuela Superior de Guerra. Bentresque fue mi más directo colaborador.

A Bentresque siempre le costó asumir ese rol.

Bentresque: –Lo hicieron técnicos argentinos. Digamos que ellos usaron nuestro curso para elaborar el propio.
–¿Es cierto que los Estados Unidos estaban celosos?
López Aufranc: –Claro, querían que los franceses se fueran. Veían con mal ojo el rol de Francia. Pero los americanos no sabían nada de la guerra revolucionaria. Aprendieron al mismo tiempo que nosotros.

En un oficio dirigido a su cancillería, el embajador francés Blanquet de Chaillat confirma los celos de los estadounidenses. Ironía de la historia. Aunque había sido realizada para denunciar la guerra sucia desarrollada por los franceses, la película La Batalla de Argel se usó en la Argentina para entrenar a los militares en la lucha antisubversiva. ¿Quién suministró la copia de la película? Misterio. Marie-Monique Robin entrevista a los ex cadetes de la Armada Julio César Urien y Aníbal Acosta, a quienes se les proyectó la película en 1967. Cinco años después los dos oficiales fueron apresados y dados de baja de la Armada por denunciar el uso de la tortura.

Julio César Urien: –No son recuerdos agradables, porque todo eso lo viví en carne propia.
–¿Quién les proyectó esa película en la Escuela Naval?
Urien: –El director de estudios y el capellán naval, que la acompañaba con un punto de vista religioso.
–¿El capellán justificaba los métodos de la Batalla de Argel?
Aníbal Acosta: –Absolutamente.
–¿Incluso la tortura?
Urien: –Sí. La tortura no era considerada un problema moral sino un arma de combate.
Acosta: –Un sector de la jerarquía católica sostuvo ese tipo de práctica. Nos presentaron esa película para prepararnos para un tipo de guerra que no era la que nos llevó a entrar a la Escuela Naval, la guerra regular. Nos preparaban para una guerra irregular, nos iban acostumbrando de a poco a esos métodos que se emplearían más adelante. Nada que ver con la guerra contra un enemigo exterior. Nos preparaban en misiones policiales contra la población civil que pasó a ser el nuevo enemigo.

Escuela de las Américas, en Panamá. Su nombre siempre se ha asociado a la historia de las dictaduras latinoamericanas. Creada en 1946 por los Estados Unidos, a mediados de la década de 1960 se especializó en la guerra antisubversiva. En nombre de la lucha contra el comunismo, 60.000 oficiales latinoamericanos serán entrenados en la que se llamará “Escuela para dictadores”. Es una historia conocida. Lo que se conoce menos es el rol de los franceses en la formación de los instructores norteamericanos. Todo comenzó en 1960, cuando Pierre Messmer es nombrado ministro deDefensa. Fue contactado por los norteamericanos cuando se perfilaba la guerra de Vietnam.

Pierre Messmer: –Les interesaba la teoría de la guerra revolucionaria. Pidieron asesores. Enviamos gente que tenía experiencia. Era sobre todo cuestión de experiencia.
–Y Aussaresses, ¿cómo llegó a ser instructor en Fort Bragg?
Messmer: –Porque era un especialista. Cuando los norteamericanos pidieron asesores técnicos supongo que el Estado Mayor del Ejército consultó sus listas y designó gente que hubiera estado en Argelia y hubiera tenido la misión de interrogar prisioneros.
–Y Aussaresses era uno de los mayores especialistas en la guerra revolucionaria.
Messmer: –Aussaresses me parece que no es un pensador, es un ejecutor.

1961. El teniente coronel Aussaresses es nombrado en la agregaduría militar en Washington, de la que dependen diez oficiales de enlace. Todos eran veteranos de Argelia. Fueron distribuidos en distintas escuelas militares estadounidenses. Aussaresses fue destinado a Fort Bragg, sede de las fuerzas especiales que intervendrían masivamente en Vietnam.

–¿Qué enseñó allí?
Aussaresses: –Enseñé las condiciones en las que hice un trabajo que no era el normal en una guerra clásica, las técnicas de la Batalla de Argel, arrestos, inteligencia, torturas.

El general John Jons y el coronel Carl Bernard son dos ex alumnos de Aussaresses en Fort Bragg. Veteranos de Vietnam, hoy militan contra el uso de la tortura. Confirman que a principios de la década de 1960 ni habían oído hablar de guerra subversiva.

General John Jons: –No teníamos ninguna experiencia, por eso hicimos venir instructores de Francia y leímos artículos y libros sobre la experiencia francesa.
Coronel Carl Bernard: –Leímos La guerra moderna, de Trinquier. Aussaresses, que había trabajado con Trinquier, nos trajo las pruebas de imprenta a Fort Bragg en 1961. Lo leímos en detalle y por desgracia yo fui uno de quienes lo estudió a fondo. A partir de ese libro se concibió la Operación Fénix. Envié el libro a Robert Comer, que trabajaba en la Casa Blanca.

En 1967 ese agente de la CIA fue designado jefe de la oficina en Saigón. Dirigió una unidad de escuadrones de la muerte, acusado de eliminar las redes del Vietcong dentro de la población. Fue una guerra muy sucia, bautizada Operación Fénix.

Coronel Bernard: –Fue una copia de la Batalla de Argel. El resultado fue trágico y estoy usando un eufemismo. Hubo un mínimo de 20.000 personas asesinadas, civiles. Paul Aussaresses nos enseñó en Fort Bragg la importancia capital de la inteligencia en ese tipo de guerra, cómo obtenerla y cómo explotarla. Y nos explicó la tortura. Tomaba un prisionero. En general lo convencía de hablar. La mayoría hablaba. Pero al que no quería, lo sometía a sufrimientos físicos, sufrimientos mortales que hacían que terminara por hablar. Explicaba que si otro prisionero asistía a la sesión de tortura se convencía de hablar porque sabía que sería el siguiente. El problema adicional era qué hacer con el prisionero torturado. La respuesta de Aussaresses es que debían ser ejecutados. –¿La mayoría de sus alumnos fueron enviados a Vietnam?
Aussaresses: –Sí, fueron al trabajo, en Vietnam. Volví a encontrar a algunos cuando fui agregado militar en Brasil en 1973. Tuve una relación muy estrecha con los militares brasileños. Era una dictadura militar. Brasil ayudó considerablemente la acción del general Pinochet contra Allende.

En 1973 la represión se abate sobre la izquierda chilena. Los sobrevivientes contaron que oficiales brasileños dirigían las sesiones de tortura. ¿Fueron formados por Aussaresses?
El ex jefe de la DINA, Manuel Contreras, responde en su lugar de detención en la base militar en donde comenzó el golpe de 1973. Puede decirse que está en familia, rodeado de sus custodios y su equipo médico: “Eramos admiradores de la OAS dentro del ejército, por su valentía y combatividad. Era un modelo”.

–¿Conoció al general Aussaresses?
Manuel Contreras: –No lo conocí pero envié a muchos oficiales chilenos para que los entrenara, en Manaos. Cada dos meses le mandaba un nuevo contingente de oficiales para que los entrenara. El trabajaba habitualmente en la sede del Servicio de Inteligencia, pero viajaba a Manaos para el entrenamiento.

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La Historia Oculta del Régimen Militar

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