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jueves, 12 de septiembre de 2013

Hace 40 años se instalaba en Chile la atroz dictadura de Augusto Pinochet




TELAM -La idea de que Salvador Allende no gobernara Chile se gestó en los escasos días entre su victoria con la Unidad Popular (UP), el 4 de septiembre de 1970, y el 24 de octubre de ese año, cuando el Congreso, que tuvo que definir la elección por la escasa ventaja que le dieron los votos, decidió que fuera el presidente por los siguientes seis años.

La derecha chilena, que nunca digirió la derrota ni a la izquierda en el poder, y el gobierno de Estados Unidos, en plena Guerra Fría, con alguna participación de la Democracia Cristiana, dedicaron en esos tres años esfuerzos y recursos en planes y acciones desestabilizadores que socavaron la política, la sociedad y la economía del país, al margen de los errores de gestión cometidos por el gobierno de la UP

Cada bando comenzó bien temprano la actividad ese 11 de septiembre: Allende y sus asesores en La Moneda, y la Armada en el puerto de Valparaíso, desde donde irradió la acción militar para derrocar al mandatario.

“Qué será del pobre (Augusto) Pinochet”, se preguntaba preocupado el presidente, cuando aún no sabía que al levantamiento se habían sumado los Carabineros, la Fuerza Aérea y el Ejército, al frente del cual Allende había puesto pocos días antes al general, quien tras jurarle lealtad terminó siendo uno de sus principales verdugos.

El líder socialista, acompañado por sus principales asesores y amigos, ordenó evacuar la sede del gobierno y esperó a los sediciosos en La Moneda, con casco militar y fusil.

Después de horas de ataques con tanques y ametralladoras al palacio gubernamental, los sublevados exigieron la renuncia de Allende con el compromiso de enviarlo junto a su familia al exterior.





“Pero qué se han creído. ¡Traidores de mierda!”, les contestó, lo que desencadenó el ataque final hacia el mediodía con el fuego aéreo de unos Hawker Hunter.

“Tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano; será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”, había proclamado el presidente a los chilenos momentos antes, a sabiendas de que resistiría hasta morir el golpe cívico militar.

Tras dos horas de bombardeos, Allende ordenó la salida de sus asesores y, en su oficina, se disparó en el mentón con su fusil.

“Misión cumplida. Presidente muerto”, fue la comunicación que envío a sus superiores el general Javier Palacios, a cargo del ataque, cuando al entrar a La Moneda encontró al jefe del Estado.

El golpe echó a perder la ilusión del socialismo chileno de una “revolución” que se identificaba como inédita, sin violencia, en medio de las entonces volátiles democracias de América latina, y, al mismo tiempo inauguró una de las dictaduras más atroces de la región.

Pinochet fue, además, uno de los autores intelecuales e impulsores del Plan Cóndor, el esquema de colaboración represiva del que tomaron parte las dictaduras en la región para perseguir y asesinar a militantes políticos.



El régimen, liderado por Pinochet, dejó al menos 38.000 víctimas que sufrieron en carne propia tortura, secuestro, despojo o muerte.

La represión pinochetista, que llegó a nutrirse de policía e inteligencia propias, entre ellas la célebre Dirección de Inteligencia Nacional (Dina), se practicó incluso con el uso de armas químicas, como gas sarín y toxinas botulínicas, según una reciente revelación de funcionarios de entonces, y hasta con atentados terroristas en Washington, Buenos Aires y Roma para terminar con opositores que habían logrado exiliarse.

El plan de exterminio interno fue sistemático y planificado, tal como evidencian los entrenamientos de miles de represores desde 1974 en el campo de concentración de Tejas Verdes, en el puerto de San Antonio, bajo el mando del capitán Manuel Contreras, el primer jefe de la Dina.

Pero la profundidad de la represión, que incluyó el exilio de miles de personas y allanamientos masivos en los barrios pobres, sólo fue posible porque existieron amplios sectores civiles que respaldaron las acciones y que incluso fueron educados en esas lógicas.

Los propios archivos secretos del régimen revelan que cientos de funcionarios de ministerios políticos o sociales asistieron a cursos sobre guerra psicológica, poder naval o guerra nuclear en la Academia Nacional de Estudios Políticos Estratégicos.

Esta complicidad civil, en algunos casos, y la pasividad de líderes y sociedad en general, es la que encuentra aún hoy, en el 40mo. aniversario del golpe, divididos a los chilenos.


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Desentierran las fotografías escondidas del Chile de Allende


Para no exponer a la cárcel, torturas y muerte a quienes aparecían en sus fotos y salvaguardarlas de la sangrienta represión, el periodista Fernando Velo, tras cubrir las primeras horas del golpe militar en las afueras del palacio presidencial,por la noche, el 11 de septiembre de 1973, sin decir nada a nadie, ni siquiera a su familia, escondió todos sus archivos fotográficos dentro de unos tambores de aceite, enterrándolos en unos hoyos que cavó con sus propias manos en el patio de su casa. Después de varios años, a punta de sudor y lágrimas, las rescata y las hace viajar a Estados Unidos, donde reside desde 1976.




Era una colección de alrededor de 23 mil negativos,mayoritariamente inéditos, que empieza a recuperar poco a poco, tras revelar el secreto de los tambores clandestinos a su hermano menor, pero desafortunadamente sus esfuerzos no prosperan según lo planificado. Los archivos que habían logrado sobrevivir, venciendo al paso de los años, la humedad y las lluvias no superan las barreras policiales que se suceden en los aeropuertos. En México, le requisan cerca de 20 mil negativos a una persona de su máxima confianza que se los llevaba a Los Angeles, Estados Unidos, donde llega en 1976 como refugiado político, después de permanecer un año y medio exiliado en Perú. En vano hizo lo posible e imposible para encontrarlos. Nunca supo dónde fueron a parar.



Las fotos registraban los mil días del gobierno de la Unidad Popular, lo que sucedió en Chile entre 1970 y 1973, el pueblo movilizado a su sueño por un país sin explotadores, ni explotados; la temperatura psicológica de una utopía; un registro logradadesde el corazón mismo de la revolución puesta en marcha fruto de su trabajo como integrante del pool del equipo gráfico de la editorial Quimantú, fotógrafo oficial de las brigadas muralistas, Ramona Parra, de la Organización Nacional del Servicio Voluntario (ONSEV) de la Secretaría Nacional de la Juventud y colaborador de la revista, “Claridad” de la Federación de Estudiantesde Chile, FECH.

Recuperando una decima parte, algunas universidades norteamericanas le han ofrecido comprar este valioso material. No obstante, él no ha querido embarcarse en ninguna propuesta porque considera que sus fotos constituyen un patrimonio que pertenece al pueblo chileno y a las nuevas generaciones para que puedan conocer la obra y vigencia del compañero presidente Salvador Allende, y no se dejen llevar por los discursos de los gestores e ideólogos del golpe militar, y sus propósitos de silenciar la verdad.

En la primera fila de la noticia

La mañana del 11 de septiembre de 1973, Fernando Velo, se levantó temprano, pero no fue como lo hacía de costumbre a la universidad, donde estudiaba Historia y Geografía y realizaba su tesis de grado en Periodismo, dos carrerassimultáneas ya que un año antes había dejado de cursar Derecho por falta de tiempo. Por entonces la educación era pública y gratuita.

A primera hora, escuchando la radioemisora Corporación en un equipo portátil que tenía bajo su almohada, oyó decir que algo sucedía en La Moneda, y que Carabineros había establecido un cerco en torno a ella. Presintiendo, pues recuerda había una cierta clave que sería propalada al aire en caso de un levantamiento militar, se puso su terno y camisa blanca, que por lo general no solía vestir, prepara su credencial de periodista, sus dos cámaras; una vieja Nikon de visión directa y una Zenith rusa réflex, y se dirige al palacio presidencial.

Ese día, el tránsito estaba disminuido, pero logra subirse a una liebre, encontrándose allí con un amigo, quién le informa el alzamiento de la Armada, la sublevación de un sector de la marinería, y que algunos barcos de la Operación Unitas, habían regresado a Valparaíso. Esta alerta no fueimpedimento para que siguiera hacia donde pensaba y creía tenía que estar.



Bajándose del vehículo, una cuadra antes de llegar, caminando, desde el paradero más cercano,Carabineros impedía el paso de los transeúntes hacia las calles aledañas al barrio cívico. A él lo dejan pasar, luego que constatan su maletín lleno de rollos fotográficos y sus dos cámaras de fotos. Eran las ocho de la mañana con apenas un par de minutos.

Al llegar a la Plaza de la Constitución, se suma de inmediato a los casi 20 periodistas, reporteros gráficos, entre ellos camarógrafos de canal 13, Televisión Nacional, y un grupo de corresponsales extranjeros. Poco antes, el Presidente Allende, había salido a uno de los balcones a ver el ambiente exterior.Cerca de las nueve de la mañana, fotografía la llegada de un microbús de Carabineros que se estaciona frente a la puerta del edificio de la Intendencia mientras sacan con las manos en alto a unas quince personas. A lo lejos, reconoce que era un equipo del GAP (Grupo de Amigos Personales) que había intentado llegar a La Moneda para reforzar a la guardia personal del presidente. A todos, los llevan presos.

La confusión de lo que acontecía era tan grandeque algunos periodistas decían maliciosamente que los detenían por intentar robar en las tiendas del comercio. Hasta este momento nadie dimensionaba la tragedia.

A continuación se produce una balacera, cuyos primeros disparos procedían de una ametralladora de uno de los tanques militares que abría fuego situado en la calle Morandé. Entonces, en medio del fuego cruzado, los equipos de prensa buscan resguardo, parapetándose entre los árboles y arbustos, donde permanecen hasta cerca de las diez de la mañana cuando carabineros en un intento de resguardarles su seguridad física los invita a guarecerse en el sótano de la plaza, donde funcionaba el Servicio de Investigaciones de Accidentes de Tránsito (SIAT).

Estando allí, uno de los camarógrafos filma a un tanque que se detuvo frente a la entrada del SIAT para informar un incendio en uno de los pisos superiores del Hotel Carrera. Fue el detonante para que el oficial les impidiera seguir laborando, decomisándoles sus cámaras, grabadoras y filmadoras. Fernando dice, que a raíz de esto, le aconsejó no destruir el material gráfico porque “pasara lo que pasara, todo eso era parte de la historiade Chile”.

También recuerda que antes de entrar a los sótanos de la plaza divisa en el perímetro a los tres tanques Sherman quedisparaban sus ametralladoras contra el palacio de Gobierno. Dice que eran unos armatostes de la Segunda Guerra Mundial que Estados Unidos había donado al ejército chileno como parte de la renovación de material bélico, y a los aviones Hawker Hunter, sobrevolando.

Más o menos, a las 10:45 horas, alrededor de cuarenta carabineros ingresan al subterráneo. Era el contingente de la guardia presidencial a cargo de la seguridad y defensa del palacio. Medía hora después, como a las 11:15, una vez que se sabía con certeza que el bombardeo aéreo se iniciaría al mediodía, un oficial les comunica a viva voz a los periodistas que pueden irse, aprovechando una tregua previa a los ataques por aire y tierra.

Al salir les devuelven los equipos, y escoltados por los uniformados armados con fusiles, SIC, los llevan a las puertas del edificio delCongreso, donde los dejan libres, y a su propia suerte.

Ahora convencido de que había que marcharse porque ya nada más podía hacer, Fernando Velo, poco antes de despedirse de los corresponsales extranjeros, con quienes reporteó las primeras horas del golpe militar, entrega sus rollos fotográficos a un periodista de la revista mexicana “Siempre”, y a unos argentinos que trabajaban para la televisión sueca. Nunca conoció el destino de aquellas gráficas.

Pasado el mediodía, el palacio de La Moneda en llamas, con un sentimiento de total frustración por el desigual combate que tenía lugar, con su cámara en mano, camina solo, bordeando el Mapocho. Fotografía los murales que habían pintado las Brigadas Ramona Parra en los murallones del río, las paredes con rayados de la Unidad Popular; el arte gráfico que encontró al costado del lecho, y en las cercanías del Parque Forestal.

Este último registro se lo requisa un capitán delbatallón que había cercado la Plaza Italia. Indagando su bolso fotográfico encuentra que había guardado varios cartuchos vacíos puntocincuenta que recogió como recuerdo en la calle Agustinas y Morandé, tras los disparos de los tanques militares. Tenía 24 años.

Cada momento, una historia

Fernando Velo llega al periodismo atraído por el mundo de las fotografías y las circunstancias fortuitas que le permitieron situarse propiamente en la primera fila de la noticia. En 1971, en la universidad, su profesor de fotografía, Domingo Ulloa, fotógrafo y docente que había sido asistente de Antonio Quintana, y en más de una ocasión trabajó junto a Sergio Larraín, lo expulsó de la sala de clases, argumentando que “un profesor no podía enseñar a otro profesor”. “O se va usted o me voy yo”, le dijo.

Puestas así las cosas, sin nada más que hacer, abandonó la sala con sus ojos llenos de lágrimas, sellando la promesa de meterse de lleno al arte de la fotografía, sus técnicas de iluminación, encuadres, y procesos de revelados.


Negativos originales.



Había finalizado el primer curso con muy buenas notas y a modo de premio, un profesor de ingles, que recuerda como el famoso “Pito” y otro de Historia, lo contactaron para que dictara clases gratuitas de fotografía en el Instituto Chileno Checoslovaco de Cultura. Pese a que sentía que aún no contaba con las “credenciales propias” acepta el desafío porque le explicaron era un trabajo de índole político.

Constatando su tesón, Mario Planet, decano de la Facultad de Comunicación y Periodismo de la Universidad de Chile, lo envía a realizar su práctica profesional en la Editorial Quimantú, (Sol de sabiduría, en lengua mapuche), recién nacionalizada por el presidente Allende, en el marco de sus lineamientos programáticos que consideraban a la cultura y la información como una herramienta de cambio social y concientización de sujetos sociales libres, críticos y autónomos.

Integrándose al equipo de doce reporteros gráficos que trabaja en Quimantú bajo la dirección del fotógrafo argentino, Juan Domingo Politi, Fernando parte cubriendo noticias del quehacer deportivo y en el curso de pocas semanas lo integran a trabajar codo a codo en tareas informativas de índole política, cultural y de carácter comunitario. Al finalizar 1971, el profesor Ulloa le otorgó una nota cinco sin que él hubiese terminado el curso que impartía.

Quimantú fue una editorial que edita en menos de dos años cerca de quince millones de libros y publicaciones especiales que vendían a muy bajo precio. Fernando conserva como tesoro su colección. Forman parte de su preciada biblioteca que sigue viva e intacta en Estados Unidos. Y es que también los escondió dentro de los tambores bajo tierra, salvándolos de la hoguera y la editorial clausurada.

Tras el golpe militar, se quedó en Chile. Trabajaba como profesor de Historia y Geografía en el Liceo 18 de Niñas, en el Liceo Nocturno “Federico Hansen”, y en el Colegio Compañía de María. Entre octubre de 1973 y mediados de 1974, los militares lo apresaron en tres oportunidades. La primera vez fue delatado por una alumna y después por un grupo de padres y apoderados que anónimamente lo acusaron de hacer proselitismo político y pronunciarse públicamente en contra de la Junta Militar.

Emprendiendo por la memoria histórica

Desde 1980 trabaja como editor en el diario Azteca News”, que se publica en California dirigido a la comunidad latinoamericana. Su gran sueño y proyecto personal es montar una muestra fotográfica a nivel masivo a lo largo de Chile. Mientras tanto, digitaliza sus archivos, y sumándose a los innumerables esfuerzos por recuperar la memoria colectiva, ha decidido sacarlas a la luz, y ponerlas paulatinamente a disposición de quienes quieran verlas en Youtube, en las redes sociales, e invitaciones que realiza de manera más selectiva.



Las fotografías de la Unidad Popular no mueren ni moriran. El escrutinio ya es público. Las fotografías que la noche del 11 de septiembre de 1973 fueron ocultas bajo tierra, a 40 años de la tragedia resignifican un testimonio viviente de una hazaña revolucionaria reconocida internacionalmente. En Chile, esperan con los brazos abiertos el arribo de esta colección, y con ella dos nuevos ojos observadores.



Fotografías Fernando Velo en Los Angeles, Estados Unidos.


http://jarashott.wordpress.com/2013/09/12/desentierran-las-fotografas-escondidas-del-chile-de-allende/

El derrocamiento de Allende, contado por Washington


Publicado el 9/09/13 


HERNANDO CALVO OSPINA – Desde 1961, apenas posesionado, el presidente John F. Kennedy nombró un comité encargado de las elecciones que se desarrollarían en Chile tres años después. Según la investigación de la Comisión Church del Senado estadounidense[1], estuvo compuesto de altos responsable del Departamento de Estado, la Casa Blanca y la CIA. Este Comité fue reproducido en la embajada estadounidense en Santiago, capital chilena. El objetivo era impedir que el candidato socialista, Salvador Allende, ganara los comicios [2].

Allende era un marxista convencido de que por la vía pacífica se podía llegar al gobierno, y, desde ahí, darle un vuelco a las estructuras del Estado en beneficio de las mayorías empobrecidas. Expresaba que para lograr tal objetivo se debía nacionalizar las grandes industrias, priorizando las que estaban en manos estadounidenses, al ser éstas las que explotaban los recursos estratégicos. Estos, y otros ideales sociales, lo convirtieron en un indeseable para Washington: podría servir de ejemplo para los pueblos de otras naciones latinoamericanas.

Para hacerle oposición, varios millones de dólares fueron distribuidos entre los partidos políticos de centro y de la derecha para que realizaran su propaganda. Al momento de elegir el candidato a la presidencia, Washington decidió apoyar a Eduardo Frei, del partido Demócrata Cristiano, un personaje que impuso a sus otros financiados.

En total, la operación costó unos veinte millones de dólares, una suma inmensa para la época, al punto de sólo poderse comparar con lo gastado en las elecciones presidenciales estadounidenses. Es que Washington no tanto invirtió en el candidato Frey, sino que realizó toda una campaña de propaganda anticomunista a largo plazo.

La Comisión del Senado dijo: “Se explotaron todos los medios posibles: prensa, radio, películas, volantes, folletos, correos, banderolas, pinturas murales.” La Comisión reconoció que la CIA realizó, por intermedio de sus partidos comprados y varias organizaciones sociales, una “campaña alarmista” donde el objetivo principal fueron las mujeres, a las cuales se les aseguraba que los soviéticos y los cubanos llegarían para arrebatarle a sus hijos si ganaba Allende. Afiches distribuidos masivamente mostraban a niños llevando en la frente un tatuaje con la hoz y el martillo. La tradición religiosa también fue manipulada al máximo para que se temiera al “comunismo ateo e impío.”

La operación psicológica funcionó por encima de las expectativas: Frei logró el 56% de votos, mientras que Allende el 39%. La CIA, según la Comisión del Senado, aseguró que “la campaña de inculcar miedo anticomunista había sido la más eficaz de todas las actividades adelantadas.”

Fue una operación psicológica, con carácter de guerra, cuya base eran los planes aplicados en Guatemala que terminaron derrocando al presidente Jacobo Arbenz, en junio de 1954 [3]. Una operación que en Chile no se desmanteló con el triunfo de Frei, porque, a pesar de todo, la cantidad de votos logrados por Allende fue alta. Y el vencido tenía todas las intenciones de presentarse a las futuras elecciones.

En sus Memorias William “Bill” Colby, jefe de la CIA entre 1973 y1976, cuenta que durante las elecciones presidenciales de 1970, “la CIA debió dirigir todos los esfuerzos contra el marxista Allende. Ella se encargó de organizar una vasta campaña de propaganda contra su candidatura.” [4] La operación se llamó “Segunda Vía”. Todo por orden directa del presidente Richard Nixon.

Henry Kissinger, el consejero para la Seguridad Nacional del presidente, expresaría durante una reunión del Consejo de Seguridad sobre Chile, el 27 de junio de 1970: “Yo no veo por qué debemos quedarnos indiferentes, mientras un país cae en el comunismo por culpa de la irresponsabilidad de su pueblo.” [5] O sea, la soberana decisión de los ciudadanos no podía ser válida si no estaba en concordancia con los intereses estadounidenses. Durante esta reunión se decidió sumar trescientos mil dólares a la operación de propaganda que ya se adelantaba.

Según la Comisión Church del senado, Richard Helms, jefe de la CIA desde 1966, envió a dos oficiales de la CIA, a los que conocía desde los primeros preparativos de invasión a Cuba, como responsables; ambos especialistas de la guerra psicológica y la desinformación; con importante participación en el golpe de Estado en Guatemala, y acababan de desembarcar de la guerra en Indochina: David Atlee Phillips y David Sánchez Morales. La Comisión del Senado dijo que una de las consignas que englobaba la campaña era: “La victoria de Allende significa la violencia y la represión estalinista.”

Pero el 4 de septiembre de 1970 Allende ganó las elecciones. Escribe Colby que “Nixon entró en cólera. Él estaba convencido de que la victoria de Allende haría pasar a Chile al campo de la revolución castrista y anti-americana, y que el resto de América Latina no tardaría en seguirle los pasos.” Prosigue el ex patrón de la CIA: Nixon convocó a Helms “y le impuso muy claramente la responsabilidad de evitar que Allende asumiera sus funciones.” En la misma reunión Nixon encargó a Kissinger darle un seguimiento estricto al complot.

Es que quedaba una posibilidad para evitar que Allende asumiera la presidencia: había triunfado pero con una mayoría relativa, debido a que las fuerzas de izquierda se habían dividido, carcomidas por la campaña mediática y/o el dinero que la CIA logró inyectar a ciertos grupos. Por tanto el Congreso chileno se debía reunir el 24 de octubre para decidir entre Allende y Jorge Alessandri, candidato del partido conservador y quien obtuviera la segunda votación. El plan de Washington era, entonces, comprar el voto de congresistas para que no confirmaran el triunfo del socialista. Helms envió a un “grupo de trabajo” que mantuvo una “actividad frenética” durante seis semanas”, según relata Colby. Esto tampoco funcionó y Allende sería declarado ganador de las elecciones.

Los operarios especiales de la CIA tomaron contacto con responsables políticos y militares para seleccionar aquellos que podrían estar listos para actuar contra Allende, “y determinar con ellos la ayuda financiera, las armas y el material que fuera necesario para barrerlo de la ruta hacia la presidencia”, según Colby.

La mayor esperanza se centró en las Fuerzas Armadas, pero todo dependía de su comandante, el general René Schneider. El problema que encontró la CIA es que este militar había expresado claramente que su institución respetaría la Constitución. Y Colby, en sus Memorias, reconoce con una naturalidad espeluznante: “Entonces era un hombre a matar. Se organiza contra él una tentativa de secuestro que termina mal: fue herido al oponer resistencia y muere poco después debido a las heridas.”

Según la Comisión Church el 22 de octubre, muy temprano en la mañana, la CIA entregó a conspiradores chilenos metralletas y municiones “esterilizadas”, denominadas así porque en caso de investigación no es posible determinar su origen. Horas después se produjo el atentado. Tres días después moriría Schneider, “el hombre a matar”. Inmediatamente el presidente Nixon envió un cínico mensaje a su homólogo chileno: “Yo quisiera hacerle parte de mi dolor ante este repugnante acto.” El sucesor de Schneider sería un tal general Pinochet.

El 3 de noviembre de 1970 Allende se posesionó como presidente: Nixon no le envió el regular mensaje de felicitación que exige el protocolo diplomático, ni el embajador estadounidense asistió a la investidura.

Ahora correspondía preparar la desestabilización del nuevo gobierno, lo cual se encargaría a la Dirección del Hemisferio Occidental de la Agencia. Una dependencia que desde 1972 tuvo como director a un oficial con gran experiencia en operaciones clandestinas: Ted Shackley. Y éste nombró a su hombre-sombra, Tom Clines, para que se concentrara en el “caso Allende”, teniendo bajo su responsabilidad a los viejos colegas Sánchez Morales y Atlee Phillips.

En marzo del siguiente año Bill Colby vuelve a ser el superior de Shackley y Clines como subdirector de Operaciones Especiales. Este trío regresaba de estar al frente de la guerra sucia en Indochina, muy particularmente en Vietnam.

Desde 1972 este equipo de la CIA, en Washington y Chile, fue desarrollando la operación más perfeccionada de desinformación y sabotaje económico que hasta ese momento se conociera en el mundo. Colby confesó que fue una “experiencia de laboratorio que demostró la eficacia de la inversión financiera para desacreditar y derrocar a un gobierno.” [6]

No fue todo. Según la Comisión del Senado estadounidense, la estación de la CIA en Santiago se dedicó a recoger toda la información necesaria para un eventual golpe de Estado. “Listas de personas a detener; infraestructuras y personal civil que debían ser protegidos con prioridad; instalaciones gubernamentales a ocupar; planes de urgencia previstos por el gobierno si se diera un levantamiento militar.” [7]

Según el ex funcionario del Departamento de Estado, William Blum, esta información sensible de Estado fue obtenida a partir de la “compra” de altos funcionarios y de dirigentes políticos de la coalición partidaria de Allende, La Unidad Popular [8] . Mientras que en Washington los empleados de la embajada chilena se quejaban de la desaparición de documentos, no sólo de la sede diplomática sino de sus propios domicilios. Sus comunicaciones fueron sometidas a escucha. Un trabajo realizado por el mismo equipo que muy poco después se involucraría en el Watergate. [9]

La acción contra Allende necesitó de una campaña internacional de difamación e intrigas. Buena parte de ella fue encargada a un inexperto en política exterior y casi desconocido político, aunque viejo conocido del presidente Nixon y de los hombres que adelantaban la operación: George H.W. Bush. Esa tarea la realizó como embajador en la ONU, función que ocupaba desde febrero de 1971. Cuando fue nombrado para el cargo nadie quiso recordar que pocos meses antes había logrado, como representante a la Cámara de Texas, que se restableciera en ese Estado la pena de muerte para los “homosexuales reincidentes”.

El 11 de septiembre de 1973 se da el sangriento golpe de Estado contra el gobierno de Allende, encabezado por el general Augusto Pinochet, y se desata una terrible represión. Aunque Shackley había dejado su cargo poco antes de aquel fatídico día, fue la figura clave en el operativo. Su biógrafo afirma: “Salvador Allende murió durante el golpe. Cuando el humo se disipó, el General Augusto Pinochet, dirigente de la Junta Militar, estaba en el poder dictatorial, debido en parte al arduo trabajo de Shackley [...]” [10]

Casi un mes después, el 16 de octubre, Henry Kissinger recibiría el Premio Nobel de la Paz… Al año siguiente del golpe, mientras la dictadura seguía ensangrentando a la nación, el presidente Gerald Ford declaraba que los estadounidenses habían actuado “por los mejores intereses de los chilenos y, obviamente, para los de Estados Unidos.” [11]

Mientras que en 1980 el ex presidente Nixon escribiría: “Los detractores se preocupan únicamente por la represión política en Chile, e ignoran las libertades fruto de una economía libre […] Más que reclamar la perfección inmediata en Chile, deberíamos apoyar los progresos realizados.” [12]

(* Con algunos pocos cambios, este es un capitulo tomado del libro “El Equipo de Choque de la CIA”. El Viejo Topo, Barcelona, 2010.)

Notas:

1- Comisión especial presidida por el senador Frank Church: “Alleged Assassination Plots Involving foreign Leaders.” November, 1975. U.S. Government printing office 61-985, Washington, 1975.

2- Cover Action in Chile, 1963-1973. The Select Committe to Study Governmental Operations with Respect to Intelligence Activities, US Senate. Washington, 18 décembre 1975.

3- El presidente estadounidense Dwight David Eisenhower autorizó a la CIA el derrocamiento de Arbenz, aplicando un plan integral, inédito hasta ese momento en el continente, que contenía acciones de guerra sicológica, mercenaria y paramilitar, cuyo nombre en clave fue PBSUCCESS. Ver: Cullather, Nick. “Secret History: the CIA Classified Accounts of its Operations in Guatemala, 1952-1954″. Stanford University. 1999.

4- Colby, William. “30 ans de C.I.A.” Presses de la Renaissance. París, 1978.

5- Newsweek. Washington, 23 septembre 1974.

6- New York Times. 8 septembre 1974.

7- Cover Action in Chile, 1963-1973. Ob. Cit.

8- Blum, William. “Les guerres scélérates”. Parangon, París 2004.

9- Watergate se llamaba el edificio donde ese encontraban las oficinas del Partido Demócrata. Ilegalmente, en 1972 el presidente Nixon ordenó que fueran puestas bajo escucha. Ante las pruebas y el escándalo el presidente debió renunciar en agosto de 1974. Ver: Marchetti, Victor y Marks, John. “La CIA et le culte du renseignement”. Ed. Robert Laffont. París, 1975.

10- Corn, David. Blond Ghost, “Ted Shackley and the CIA’s Crusades”. Simon & Schuster. New York, 1994.

11- New York Times. 17 septembre 1974.

12- Nixon, Richard. “La vraie guerre”. Albin Michel. París, 1980.


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Nuestra Verdad a 40 Años del Golpe de Estado

Escrito por Sergio Apablaza Guerra, “Salvador” 

A 40 años del golpe militar, la sociedad chilena toda recién comienza a comprender cabalmente la profundidad del daño y la locura de quienes, defendiendo intereses de clase e imperiales, violentaron a la democracia y la libertad. Sin lugar a dudas, ha contribuido una tormenta de informaciones de carácter testimonial y documental, muchas inéditas, sobre las atrocidades y mentiras esculpidas en esa época. Pero, ante este súbito sinceramiento de los que hasta ahora callaron o decían desconocer lo que pasaba,  es preciso reconocer -por sobre todo- a quienes durante todos estos años y muchas veces en la total orfandad y enfrentando agresiones físicas y verbales, han mantenido una lucha constante contra la impunidad, por la verdad, justicia y castigo.



También han contribuido a ello los informes Rettig y Valech que, a pesar de sus limitaciones, dejaron en claro que lo ocurrido en los 17 años de dictadura estaba muy lejos de constituir “excesos” de ciertas estructuras o personas ligadas a las tareas de inteligencia y seguridad y que correspondieron a una política de terror implementada desde el Estado. Lamentablemente, estos avances chocaron y se diluyeron, de manera consciente y premeditada, bajo el falso concepto de avanzar en la medida “de lo posible”, cuyo límite fue marcado por la dictadura y justificado de manera irresponsable y engañosa bajo el alero de una necesaria estabilidad en una supuesta transición. Esto sólo ha derivado en una profunda crisis política y social en nuestro país que a 40 años, del derrocamiento del Presidente Allende es insoslayable.

En la generación del golpe y su posterior institucionalización —la cual en sus aspectos esenciales se mantiene de manera inalterable hasta nuestros días— confluyeron en forma decisiva fuerzas políticas, militares, empresarios, miembros del Poder Judicial y las corporaciones mediáticas con el apoyo incondicional político, financiero y logístico del Imperio.

Las cosas poco a poco se van ordenando y, ante los ojos de la opinión pública, y de las generaciones que afortunadamente no vivieron esa pesadilla, cada elemento va ocupando el lugar que le corresponde.

En su intento por salvar responsabilidades, hablan de reconciliación, perdón e intentan mirar para el costado, escudándose de manera cobarde e hipócrita en la afirmación de que todos  somos responsables de la mayor tragedia de la historia de Chile. Algunos intentan lavarse las manos alzándose como protagonistas principales en la lucha por poner fin a la dictadura, la misma que en su momento apoyaron.

Otros, más audaces, se presentan con credencial de “demócratas” por su apoyo al NO. El colmo de la desfachatez corresponde a quienes supuestamente no conocieron ni vieron nada, a pesar de haber sido parte de la estructura del poder pinochetista en los años de plomo. Como si esto fuera poco, otros que sí conocieron y vieron todo, incluso sufriéndolo en carne propia, se arrodillaron ante los poderes fácticos en los gobiernos que sucedieron a la dictadura,  transformándose en cómplices de la consumación de un estado de impunidad.

Hoy, este nuevo y emblemático aniversario de terror y muerte está cruzado por la contienda electoral que permite a muchos entonar un increíble y patético mea culpa; hacerse los buenos; llamar a superar el pasado; convocar a tener “una mirada de futuro” y a clamar por un supuesto “Nunca más”.

Pero esto no es posible sin el establecimiento pleno de la verdad, la justicia y el castigo a los responsables, tanto civiles como uniformados. En cualquier país del mundo que se considere civilizado, estos responsables deberían estar inhabilitados para ejercer todo tipo de cargos que signifiquen “proteger, cuidar  la democracia y soberanía de la Patria”.

No basta con tener una decena de procesados y condenados, en circunstancias de que en la realidad —al amparo del secreto de la Comisión de Prisión Política y Tortura (Valech)- muchos de los asesinos caminan libremente por las calles y a algunos se les aplican penas irrisorias fruto de la imposición de la media prescripción, lo que viola todos los tratados internacionales de derechos humanos.

Vale decir que estas “condenas” las cumplen en su casa, en recintos especiales hechos a su medida o bien obtienen beneficios especiales. Lo mismo ha pasado con quienes se enriquecieron robando, vendiendo el patrimonio de todos los chilenos desde el regazo de la dictadura, empezando por el Capitán General y su familia, además de un puñado de grupo económicos civiles que hoy concentran la riqueza en Chile.

¿Qué ha pasado con los responsables del monopolio mediático? ¿Dónde están los jueces que rechazaban los recursos de amparo y dónde aquél puñado de valientes que, en las peores condiciones y enfrentando a la corporación judicial, se animaron a avanzar? En contraste con ello, ¿qué pasa con aquellos luchadores que sobrevivieron a la tortura, cumplieron largas condenas y hoy se encuentran imposibilitados de vivir en su Patria o viven en ella como parias, sin ninguna posibilidad de inserción social y laboral? ¿Qué pasó con los desaparecidos cuyos familiares reclaman una verdad que los genocidas se niegan a revelar?

Sin enfrentar estos problemas de fondo, hablar de “reconciliación” y “Nunca más” resulta un insulto a la dignidad de nuestro pueblo y a la memoria de los miles de chilenos que dieron su vida por construir un futuro mejor.

No podemos olvidar que el fin de la dictadura no fue resultado de la campaña que nos anunció la llegada de “la alegría” ni tampoco de las negociaciones para una salida pactada. El término de la dictadura fue posible gracias a un largo proceso de movilización y lucha de un pueblo decidido a liberarse del yugo fascista.

Nuestro pueblo, sus hijos que dieron su vida en acciones, marchas y protestas audaces, estaba muy lejos de desear una democracia hipotecada. Pagamos un costo muy alto quienes luchamos decididamente contra la dictadura como para llegar hoy a ver a los herederos de Pinochet convertidos en “defensores de los derechos humanos y la democracia”.

Sin embargo, nos llena de esperanza ver a los jóvenes, estudiantes y a los trabajadores exigiendo sus derechos y ocupando todas las tribunas posibles para pensar un Chile distinto. Lo mismo ocurre con aquellas candidaturas que se plantean como nuevas alternativas, las cuales deberán actuar en consecuencia a lo proclamado y buscar caminos de unidad para forjar un futuro de justicia y solidaridad no lejano para un Chile que hace mucho se lo merece y que había comenzado a forjar nuestro Presidente mártir.

¿Cuál era la verdadera amenaza comunista? Imponiendo el miedo a ésta, se impugnó la nacionalización del cobre; la estatización de la banca; la aspiración a lograr la tierra para el que la trabaja; la educación pública, gratuita y de calidad, en fin, la redistribución de la riqueza.

Si estaban tan convencidos de que la base de sustentación del gobierno popular era cada vez menor y que las FF.AA respondieron a un clamor nacional ¿por qué no aguardaron el pretendido rotundo triunfo que les garantizaría la próxima contienda electoral? ¿No será que aceleraron sus pasos por el temor a que ese camino fuera la consolidación del  gobierno de Salvador Allende y con ello quedarían sepultadas sus aspiraciones de statu quo con una pérdida mayor de sus propios intereses y privilegios?

Valiéndose de todo tipo de artilugios y con una prensa hegemónica ad hoc y rentada desde EE.UU, como está bien demostrado en el Informe Church, hicieron lo imposible por desestabilizar al gobierno popular desde el primer día de su triunfo: asesinaron al comandante en jefe del Ejército, René Schneider; al edecán naval, Arturo Araya Peeters; estimularon el mercado negro y la especulación; paralizaron el transporte; sabotearon la producción; crearon un falso clima de confrontación, —y como si fuera poco— inventaron un fantasioso y fantasmal Plan Z, ideado por un supuesto enemigo de origen internacional.

Estrenaron el método de convocar a señoras del barrio alto para que golpearan sus lujosas cacerolas, en una supuesta señal del hambre que padecían, método que aún es utilizado para desestabilizar a otros gobiernos democráticos de la región. El camino de la democracia ya no les servía y optaron por alzar vuelo y envolver a la Moneda en llamas.

Con el golpe de Estado se abrió un nuevo capítulo en la historia chilena, sembrado de muerte y dolor, pese al cual con el tiempo se dio inicio a un lento proceso de rearticulación del movimiento social y popular en un escenario donde pensar es sinónimo de subversión y violentismo.

A pesar de los hechos indesmentibles aún hay quienes sostienen que la violencia fue obra de movimientos y organizaciones populares e intentan así justificar y equiparar responsabilidades entre víctimas y victimarios, asumiendo como cierto un estado de guerra interna. Otros, intentan demostrar que la salida del tirano fue obra de la habilidad e inteligencia a la hora de negociar una salida pactada a través de la famosa democracia de los acuerdos. Esto sólo resultaría posible ocultando la verdad, con el fin de ignorar el papel de los reales protagonistas que decidieron resistir y rebelarse -de las más diversas formas- para afrontar la violencia y el terror de Estado, como una forma de sobrevivencia.

No nos podemos olvidar jamás de la cacería que se desató en contra del movimiento popular: los cuarteles convertidos en casas de exterminio; centros clandestinos con los mismos fines como Tejas Verdes; Londres 38; Villa Grimaldi; Tres y Cuatro Álamos; el Estadio Chile; el Estadio Nacional; Isla Dawson; Quiriquina. Ni la Esmeralda, el barco emblema de la Armada de Chile, sin contar aquellos campos de concentración como “Melinka” en Puchuncaví, Ritoque en Quintero y Chacabuco, en el norte, se salvaron.

Qué decir de los degollados; los falsos enfrentamientos; los suicidios “colectivos”; de Lonquén; Pisagua; Janequeo; Fuente Ovejuna; el Chihuío; Varas Mena; Corpus Cristi… y los miles de exonerados y exiliados.

Muchas fuerzas formaron parte de este proceso, pero indiscutiblemente el peso y el mayor costo en la lucha antidictatorial lo pagaron aquellos que con heroísmo y voluntad decidieron ponerse al frente de esta desigual confrontación.

Que nadie se llame a engaño, el rol jugado por el Partido Comunista; el MIR; el FPMR; sectores del socialismo y comunidades cristianas de base fue determinante en la conducción y el éxito de las movilizaciones, a pesar de los sistemáticos golpes a sus direcciones y de muchos de sus dirigentes asesinados o desaparecidos al día de hoy, como Víctor Díaz, Miguel Enríquez, André Jarlan y Raúl Alejandro Pellegrin.

El Rodriguismo, como parte de una generación que soñó con tomar el cielo por asalto, siente orgullo de esa historia a la cual contribuyó  junto a miles de chilenos. Sólo podemos pedir perdón a nuestro pueblo y a los caídos y sus familiares, por no haber hecho más y mejor todo aquello que permitiera acelerar la caída de la dictadura y abrir cauce hacia una verdadera democracia.

Las voces de perdón que en los últimos días se escuchan, carentes de responsabilidad política están aún muy lejos del compromiso por superar y reparar 40 años de ignominia y sometimiento. Por lo tanto, la reconciliación y el NUNCA MÁS tendrán que seguir esperando. Seguramente serán esos valientes y creativos jóvenes que se han tomado las calles de Chile en estos últimos años, quienes abrirán las anchas alamedas, como lo proclamara nuestro entrañable Presidente Héroe, que marcó un antes y un después en la historia política de un pequeño país llamado Chille.

En memoria de Salvador Allende, ejemplo de dignidad, consecuencia y heroísmo.
11 de septiembre de 2013

http://www.diarioreddigital.cl/index.php/golpe-40-anos/81-golpe-40-anos/876-nuestra-verdad-a-40-anos-del-golpe-de-estado

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