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sábado, 5 de enero de 2013

La trampa narcisista

El Mocito

El mocito

Por Jorge Morales
"Yo soy el tipo más honesto que pisa la Tierra aunque tú no lo creas. Aunque fui participe involuntariamente de secuestros y asesinatos y de todo el atao… Yo los vi, pero nada más. No podrías tú acusarme a mí de asesino… ¿sí o no?".
Con esas palabras de Jorgelino Vergara que abren El mocito, Marcela Said y Jean de Certeau establecen el marco conceptual y ético de lo que presenciaremos a continuación. Más parece una arenga autoafirmativa que una pregunta, pero los realizadores al montarla en el inicio del documental la redirigen hacia los espectadores para que en el transcurso de la película vayan tomando una posición y encuentren una respuesta. ¿Se puede presenciar desapariciones, homicidios y torturas y no asumir ninguna responsabilidad sobre esos hechos? Si bien hay algunas consideraciones políticas y personales –vivíamos en dictadura y Vergara tenía sólo 16 años-, ¿son realmente atenuantes suficientes para desligarlo de su complicidad en los crímenes?
Jorgelino Vergara tras ser asistente personal de Manuel Contreras, jefe de la Dirección Nacional de Inteligencia (DINA) en el comienzo de la dictadura de Pinochet, fue trasladado a un cuartel de este departamento para trabajar como juniory luego deambuló por los centros de tortura de la CNI cumpliendo labores similares. Según su propio testimonio, su tarea era básicamente dar comida a los prisioneros, servir café a los torturadores o eventualmente cooperar trasladando algún cadáver desde su celda al maletero de un automóvil como fue el caso del detenido desaparecido Víctor Díaz López, subsecretario general del Partido Comunista y dirigente de la CUT. Si bien es cierto que su actividad no tenía relación directa y material con esos delitos, su presencia excedía con mucho lo que podríamos considerar la participación de un simple testigo. Vergara era un colaborador menor, un funcionario civil de baja graduación que seguramente recibía un sueldo por su trabajo, pero no estaba completamente desligado de lo que allí sucedía. Que sus acciones posteriores –entregando información clave que permitió identificar a 74 agentes de la DINA- de alguna manera enmienden su actuación, no lo exculpa ni lo redime totalmente.
Por eso resulta tan impresionante cuando Vergara se reúne con Nelson Caucoto, un emblemático abogado de derechos humanos, para conseguir una indemnización estatal como víctima de la dictadura. El largo plano fijo de la entrevista con Caucoto, en una oficina donde hay una ruma de expedientes a su espalda (presumiblemente de casos de atropellos a los derechos humanos), atendiendo desde su escritorio a Vergara, es tan feroz e insólito, que pone alerta sobre la verdadera naturaleza del personaje. No se trata de un tipo que esté arrepentido de los hechos violentos que le tocó participar de manera "involuntaria", sino que incluso quiere sacar provecho de esa supuesta inocencia. Aunque patológicamente él pueda considerarse a sí mismo de verdad una víctima, lo que la escena expone es la curva moral de un oportunista.
Con gran experticia, Said y de Certeau van mostrando a Vergara en sus distintas actitudes y facetas, pero sin que ninguna sea una condena o una exoneración explícita: servil con un antiguo jefe torturador, solícito con la familia de un detenido desaparecido, temerario cuando solicita la compensación económica del Estado, impasible matando un conejo de un golpe seco en la cabeza, etc. En todos los casos, Vergara actúa con frialdad, distancia y autocontrol que sólo parece romperse en el contacto con su hija (que, sin embargo, los documentalistas optan por invisibilizar) o cuando baja la guardia en las muy cuestionables escenas en que se le ve ebrio y asoma todo su ego e hipocresía. "Soy un tipo astuto, sé manejarme en todo orden de cosas, sé sobrevivir" dice con soberbia casi revelando sin querer que cada momento que hemos apreciado en la cinta es una actuación con un propósito que puede ser tan frívolo como ser estrella de la película. De hecho resulta curioso que en su visita a uno de sus antiguos jefes militares (un torturador en espera de su condena) le agradezca por haberle "reconocido" como un colaborador de la DINA en tribunales, más que por permitirle refrendar sus testimonios judiciales, porque de alguna manera valida su identidad como persona. Del mismo modo que cuando revela a los parientes de un detenido desaparecido datos claves sobre la tortura y muerte de su familiar, no empatiza tanto con su dolor sino que ve la oportunidad de sacarse un peso de encima ("yo vivo colaborando por los derechos humanos porque necesito desahogarme, necesito descansar psicológica e intelectualmente" dice).
De un modo relativamente imperceptible, Vergara va modificando su aspecto: con bigote, sin bigote, con lentes, sin lentes, con boina, con sombrero alón, etc. Pero justamente, esa conducta camaleónica (que no busca ni la aprobación ni conmiseración del resto sino simplemente evadirse), es su marca de identidad. Vergara tiene como único propósito su propio beneficio. Puede ser un paria, pero al mismo tiempo su falta de arrepentimiento lo convierte en un tipo arrogante y egocéntrico. En ese sentido, el nombre del documental alude a un sujeto permanentemente menospreciado, pero que ahora con falsa humildad busca su protagonismo.
A diferencia de sus trabajos previos –I love Pinochet y Opus dei- que podían ser muy incisivos y ácidos, carecían de la profunda dimensión ética y política de este trabajo, pero resultaban menos equívocos en sus conclusiones generales porque sus personajes eran más honestos y menos escurridizos. La escena final –de Jorgelino Vergara ofreciendo su testimonio a los familiares de un detenido desaparecido- puede parecer un gesto de reparación, pero también el acto magnánimo de un narcisista. En ese sentido, hay una ambigüedad que pone a los realizadores en una zona perturbadora: ser los facilitadores de la compasión de un monstruo.

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