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miércoles, 9 de diciembre de 2015

DESPERDICIO MILITAR OBLIGATORIO

A 11 kmts. Al este de Huara,
en la ruta hacia el pueblo
de Tarapacá, se manifiesta
el Cerro Unitas y su
impresionante Geoglifo
“Gigante de Atacama”.El más grande
 del mundo..

INTRODUCCION

Esta Historia es real, fue escrita en un lenguaje vulgar y grocero por un hippie marihuanero cuando fue un soldado conscripto de baja cultura y estirpe social donde pase a formar parte del mundo misterioso y desconocido de los militares, donde cumpliendo con mi SERVICIO MILITAR OBLIGATORIO durante los años 1973 - 1974, durante el golpe militar, fui trasladado en misión de combate, desde Iquique a Santiago, y conocí la lujuria de la vida y lo afrodisiaco de la muerte.
Luego volví al norte, a las pampas salitreras y palpe la maldad humana, para terminar en una misión en el CAMPO DE PRISIONEROS POLÍTICOS del pueblo de PISAGUA, donde sentí toda la gama de emociones del ser humano y el desprecio por la vida humana, cuando los militares y políticos se odiaban a muerte, creyendo que a su manera ambos amaban a su pueblo.

Autor:
"Soldado Hippie Demian"

CAFÉ CON LECHE Y PAN CON CHANCHO CHINO

Martes 11 de Septiembre de 1973.
En el Aeropuerto de Cavancha de Iquique, sentado en el avión Hércules de la FACH, escuché la orden del capitán Martus:
-¡Vamos a Santiago!
La orden nos dejó mudos, con una roca en la garganta. Sabíamos lo que estaba pasando en Santiago.
Llegamos a eso de la 01.00 hrs. a.m. a los Cerrillos, al grupo 10 de transporte aéreo. Bajamos cagados de frío y asustados.En esa época, hippies y políticos, iban por distinto camino. Los hippies y su revolución de las flores, querían sólo amor y paz. Los políticos de izquierda con la revolución armada, y los de derecha simplemente se odiaban.
Del aeropuerto, nos llevaron en micros al club de suboficiales, cerca del Parque Cousiño. (Parque O´higgins). En medio de sonidos de balas, en el aire se saboreaba la mala onda que reinaba en la capital, y nosotros, ahí estábamos sin siquiera pedirlo, menos desearlo, obligados a estar en esta situación, sin tener derecho ni a voz, ni voto, sólo les servíamos a los milicos.
Todos estábamos atrapados en la violencia, con el título de “Golpe Militar”.
Me sentía un civil, vestido de milico. ¡Qué mierda! ¡Qué tortura! Para los pelaos.
Fue también una tortura. Fui exiliado de mi ciudad, de mi familia, mis amigos y de mi pololita.
Lo único que me reconfortaba, era pensar en mi amorcito. Lo que me desesperaba, era pensar, que recién comenzaba este golpe, sin saber cuando terminaba, sabiendo lo cuático que son los milicos.
Yo, que siempre creí en el amor y la paz, como buen hippie, ahora la doctrina era “Por la razón o la fuerza”.
Esa noche, nos ordenaron dormir a eso de las 04:00 am, por supuesto, como buenos soldados dentro del saco. incomodos y cagaos de frío, sonidos de balas, más los rumores de que en Santiago, estaba la cagá. No sé si dormí, sólo recuerdo cuando ordenaron levantarse y formados, nos llevaron a Famae, donde entregaron desayuno y consistía en café con leche y pan con chancho chino.
Esa mañana, Santiago estaba nublado, se veía una ciudad aturdida. ¡Claro! Con el medio golpe que había recibido de parte de los milicos, no se podía esperar otra cosa. Era cerca de las 08:00 hrs am. En la calle se veían algunos civiles. Nos miraban sorprendidos.
Los milicos, se invitaron solos a esa cuática, y yo, más que nadie, tenía que hacer el papel de ir a ordenar ese gallinero, cuando toda mi vida he sido terrible de desordenado, en circunstancias, que el año 1972, me habían expulsado de la Escuela Industrial de Iquique, por desordenado y atrevido. Ahora, me prestaba para ordenar el desorden de los señores políticos, los que se habían engrupido a los jóvenes de esa época, con el cuento de la revolución de la lucha armada del pueblo, para luchar contra tu propia gente.
La salvedad de los políticos, era que cualquiera se podía dejar engrupir. Era una volá voluntaria. Los milicos nos utilizaron en forma obligatoria. Para ellos, era una guerra y actuaban como tal.
Para mí, era una re mala onda. No quería estar de esa manera visitando la capital. Ni pensar en desertar, si lo hacía, lo más seguro que me fusilaban. En una guerra a los desertores los matan sin honor. Estaba totalmente anulado, sólo debería actuar como soldado, sintiéndome un hippie.
¡Qué mierda de situación! Todo era una mala onda. Una espesa y repugnante mala onda, simplemente, torturado de día y de noche.
Una vez que tomamos desayuno, ordenaron subir a las micros, acarreándonos a la escuela de Telecomunicaciones. Ahí, nos acomodaron en los dormitorios y también pudimos asearnos, porque andábamos hediondos y patilludos.
Antes de viajar a Santiago, habíamos estado en la Quebrada de Huantajaya (al interior de Iquique). Estábamos resguardando a los camioneros en paro , según ellos, los comunistas les habían prometido que les quemarían los camiones y de pasaíta, los harían cagar con camión y todo, por traidores a la Unidad Popular
Nosotros, estábamos en ésa, cuando escuchamos la orden de un cabo radio operador, comunicándole al oficial que había caído Roma. Era la clave del golpe militar. El teniente, al recibir la noticia, se transformó. Se puso eufórico, enseguida nos informó, a todos los soldados, la situación que en esos momentos vivía el país. Después se dirigió a los camioneros, comunicándoles, que ahora el gobierno estaba en poder de las F.F. A.A. y les ordenó que deberían bajar inmediatamente a Iquique. Lo dijo de tal forma, que a ningún camionero se le escuchó reclamar. Ellos, en sus radios, ya habían escuchado la cagá que estaba pasando en Santiago y que los milicos no estaban güeviando.Escoltamos los camiones de vuelta a Iquique. Llegamos alrededor de las 16 hrs. En la ciudad no se veía a nadie, empezaba a debutar el toque de queda. Se percibía el miedo, el susto. Se notaba que entre los visillos de las ventanas atisbaba la gente asustada.
Todos, civiles y militares, estábamos inmersos en la mala onda, sin saber cómo y cuándo, iba a terminar la tortura para justos y pecadores.
Pa´ los pelaos, fue más que una tortura, exponiendo la vida en forma obligatoria, y sin fines de lucro. Nunca jamás, quise estar en un golpe militar. Sólo quería salvar mi pellejo.
No pertenecía a esa situación, pero en forma obligatoria, tendría que soportarla para tratar de sobrevivir.

Cuando los camioneros cumplieron la orden, a nosotros nos llevaron a nuestro regimiento de infantería N°5 Carampangue de la VI división de Ejército de Iquique.
Entramos formados, como buenos milicos en el cuartel. Cuando esperábamos irnos a descansar, apareció el capitán Martus, ordenando a los soldados formar. Tendrían otra misión. Para mí fue sorpresa ser elegido, lo cual me hizo sentir bien, sin saber, que ese segundo duraría años torturándome, haciéndome sentir mal.
Después, por las circunstancias, supe que la misión era ir a dejar la cagá a Santiago. Así llegué a Santiago golpeado, sin pedirlo, sin quererlo, sin desearlo, sin ser invitado.Fuimos a cagarle la onda a muchos y también buena onda para muchos, los anti Unidad Popular.
Después que nos aseamos, y con todos nuestros pertrechos de guerra en la Escuela de Telecomunicaciones, inmediatamente nos llevaron a la calle, de a dos soldados de guardia en cada esquina, cubriendo el perímetro de la Escuela de Telecomunicaciones y de la Escuela de Carabineros.
Estaba en la calle Pocuro con Bilbao, cuando un cabo ordenó dirigirme al medio de la calle y desviar el tránsito. Advirtiéndonos que, si alguien no acataba mis órdenes, disparara a matar. Quedé engrupido y asustado, yo era un hippie vestido de milico, casi imploré a Dios, que eso no llegara a pasar. Me reconforté, sabiendo que estaba en el Santiago lindo y casi todos esos güeones, eran anti U.P. Parecía paco vestido de milico. Los automovilistas se sorprendían viendo a los milicos dirigiendo el tráfico.
Pasaron varios minutos y todo seguía muy bien. En una de esas paró un auto con dos mujeres rubias, y una sacó el brazo pasándome una cajetilla de cigarrillos y a la vez, casi gritando dijo:
- Gracias soldados, por habernos salvado de los upelientos. Las dos mujeres se veían super paltonas. Una le dijo a la otra:
- Mira, y tiene los ojitos verdes. Yo no cabía en mi orgullo.
-¿Y de dónde salieron estos militares tan buenos mozos?
Yo, casi al tiro le respondí:
-Somos de Iquique. -- Y a la vez le pedí, si por favor, podían llamar a mi familia por teléfono, contándole que estaba en Santiago; en forma inmediata, anotaron el número. Estaba en eso, cuando escuché el grito del cabo, diciendo:
- Haga avanzar ese auto, porque tenis la cagá pa´tras pelao.
Quedé negro delante de las rubias, y no sabía donde meterme. Con el tiempo supe que esas señoras, sí habían llamado a Iquique.
La situación de haber desviado el tránsito, el gesto de las rubias y de muchas personas que pasaban y nos agradecían, y saludaban en buena onda me hacía sentir bien; también pasaban algunos que nos miraban y no decían nada para afuera, y era por su bien; siempre pensé que esos güeones no nos querían ni ver, pero estaban obligados, al igual que yo, a hacerse los güeones.
Varias horas estuve en la calle, desviando el tránsito. Estaba feliz, me creía paco-milico. ¡Qué autoridad la que tenía! Cuando se juntaba mucha gente en la esquina, detenía los vehículos para dar paso a los peatones y, a la vez, mirando especialmente, a las lolitas capitalinas con sus minis y pantalones pata de elefante. ¡Qué ricas las santiaguinas! Casi puras rubiecitas; estaba loco mirando potos que iban y venían. Sin saber como, ni porqué, al hacer avanzar a los autos, uno de ellos, se abalanzó en forma amenazadora y veo, que desde la ventana derecha, sale un brazo con una pistola disparando. No sé como, por instinto, me tiré al suelo, entre asustado y sorprendido; no sé cuántos disparos hizo, pasando a escasos centímetros de mi, cuando quise reaccionar, ya no había auto ni nada. Estaba petrificado en el suelo, sólo sentí la voz del oficial preguntándome, si estaba herido; quise responderle, pero sólo lloriqueaba; no podía hablar de aterrorizado y de miedo.
El oficial revisó mi fusil y dijo:
-¡Viste, pelao, güeón! ¡Más encima tenís el fusil con seguro!. – Llegaron un montón de milicos, quedó la media cuática, llegó el comandante de la Escuela de Telecomunicaciones, preguntándome:
-¿Porqué no disparaste? --- No le contesté, sólo lloriqueaba asustado. El güeón, enojado, me insistió que esta era una guerra y teníamos que estar preparados para lo peor, y a la vez, pasándome una cantimplora con agua:
-Toma hasta el último sorbo. – Me dijo. Era casi un litro de agua, ya no quería más agua. Insistió:
-¡Bébela. Es una orden! – A duras penas la tragué toda. Fue increíble, se me pasó todo el llanterío; a todo esto, ya había comenzado el toque de queda.
Solos con el otro guardia, y cagado de onda, no sabía qué pensar, naciendo en mí, el más puro odio. Me recriminaba por no haber reaccionado y haber disparado, como soldado. Al haberme disparado, los güeones, mataron al hippie de amor y paz, y nació el odio de muerte.
Sin que hubiera nada en ese momento que me reconfortara, apareció doblando en la esquina, un auto mini 1000; venía bien lento. Con mi compañero de guardia, miramos sorprendidos y asustados, como a cincuenta metros de nosotros, se detienen y bajan tres lolos hippies, gritando:
-¡Por favor, no nos disparen! --- Estaban con las manos arriba; yo, y mi compañero, los teníamos en la mira. Al mínimo movimiento sospechoso, sólo había que disparar. Les grité:
-¡Avancen sin bajar los brazos! -- Caminaron hacia nosotros. Uno de ellos, habló diciendo:
- ¡Señores militares, el auto quedó en panne, y nosotros vivimos justo ahí, detrás de esa casa donde están ustedes. Por favor, déjenos entrar. --- Yo le dije a mi compañero:
-No lo dejes de apuntar, yo los voy a revisar. Los lolos tenían hasta la pinta de paltones: rubiecitos, parecían gringos. Yo me sentí casi avergonzado, con la pinta de milico, ante esos lolos hippies. Reaccionando les pedí su identificación, acercándome al que hablaba, le tomé su morral y empecé a urguetiarlo. Al abrir una billetera salieron tres pititos de marihuana; el lolo puso una cara de culpabilidad, yo mirándolo con cara de güeón, le dije:
-Regálame un pito y te dejo ir.
-Bueno. -- Contestó más relajado. -- Yo respondí:
-Dame los tres pitos y se van los tres.
-Claro. --Dijeron los otros.
- ¡Gracias soldado! -- Decían felices a la vez que cruzaban por el ante jardín de su casa, mostrando la señal de la paz.
La marihuana para los hippies, sella el pacto que dice : Haz el amor, no la guerra. Es su señal física, es el ritual para liberar esa alma rodeada del espíritu, para volar la ilusión de soñar, imaginar, jugar con tus buenos pensamientos; ese placer vanal te aleja del placer material, aunque también despierta la sana estupidez.
Las armas, para los militares, son el sello del pacto que dice: Vencer o morir. Un arma te da poder, orgullo, agresión, te protege, te defiende la vida. Un arma mata la vida, otras vidas, elimina el amor y la paz; un arma elimina una mala vida, una buena vida, la vida entera.
Nuevamente nos encontrábamos con mi compañero de guardia, solos en la calle. Solos en Santiago con millones de habitantes. Nosotros representábamos un signo de violencia, un signo de agresión y mala onda.
Mirando a todos lados, le dije a mi compañero:
-¿Fumémonos un pito, güeón? -- Este respondió:
-¡Ya, dale! Yo tengo fósforos. -- Sin vacilar, ni un segundo, nos arrinconamos en un árbol y lo encendí. ¡Qué olor! ¡Qué aroma! ¡Qué satisfacción! Le pegué la media pitiá, sentí que aspiraba a Santiago golpeado, a Santiago castigado, a Santiago agresivo, a Santiago volado. Que tranquilidad espantosa en esa esquina. Volado, me imaginaba volando sobre Santiago, disparando balas de pitos, para poder darles tranquilidad paz y amor a sus habitantes, pero era imposible. Era otra la realidad, el golpe militar era la realidad.
Mi compañero de guardia, reaccionó de su volá, haciéndome aterrizar, preguntándome y mostrando una portada de un diario en que mencionaba que habría un partido de fútbol por las eliminatorias de no sé qué, y debería jugar la Selección de Chile, con la Selección de Rusia. Este partido se haría en el estadio Nacional; y peguntándome quién creía que ganaría, yo contesté:
-No creo que sean tan güeones los rusos con venir a jugar a Chile, y si vienen y nos ganan los cagamos igual por ser de izquierda. --- No terminaba de hablar sin poder aguantar la risa; risa de volado. Fue ataque de risa.
Cuando al rato aparece un jeep militar, trayendo el rancho que consistía en café con leche y pan con chancho chino. Agradeciendo a los militares por la comida, le comenté a mi compañero:
- ¡Oye, güeón! Que extraño son los milicos. Si están en guerra contra la izquierda, como chucha nos alimentan con chancho chino, si también proviene de la China comunista que es de izquierda. --- Mi compañero se atoró riéndose, al igual que yo; nos reímos un buen rato, todavía medio volados. No sé en qué momento se acabó la ración de alimentos. De ahí seguimos de guardia. Era cerca de las 22.00 hrs., las calles vacías: sin vida, sin perros, sin gatos, sin autos, sin gente, sin calor. Más frío que la cresta. Para entrar en calor, le dije a mi compañero:
- Prendamos otro pito. -- Ahí estábamos volaos y botados en una esquina de guardia. Desde la casa de los lolos hippies se empezó a escuchar la canción de Nino Bravo “Libre como el aire que respiro, yo soy libre”, esa era la letra. El güeón cantaba libre. Comenté en voz alta:
- Claro, siempre fue libre y con cueva, porque había triunfado y ganado.
No sé que cara habré puesto porque el güeón se puso a reir.
Acercándome a la ventana de donde salía la música, ví a través de un visillo, a una estupenda mujer sentada en un gran sillón a media luz, con la mini y botas, y en su diestra una copa; era un imán, no podía dejarla de mirar.
Levantó la copa dejándola seca y se paró; se veía más rica exquisita, excitante, caminando hacia un costado, se perdió de mi vista. Cuando, de repente, se corre la cortina y me encuentro a boca de jarro detrás de su ventana, mirándome con su hermoso rostro, esbozaba una sonrisa de compasión hacia mí. Sentí un fuego en mi cara, bajando mi rostro con vergüenza, retirándome de la ventana haciéndome el güeón, era lo menos que podía hacer; y a la vez escuché que mi compañero me gritaba:
- ¡Te pillaron indio sapo! Ja, ja, ja.
La risa fue un escape al desagradable momento que, por sapo, me pasó. Luego de un rato, nos dimos cuenta que la luz de la ventana se apagó y la música ya no se escuchó.
Que penca, que fome. Cagaos de frío, con sueño y aburridos, nos sentamos, detrás del antejardín, bien juntos con mi compañero abrazados del fusil.
Ahí quedamos, soñolientos, cansados y bostezando, entre dormitando y despiertos; entre cabezazos y pestañeos. Ví que se abrió la puerta, saliendo la estupenda mujer, indicando que la siguiera; me llamaba. Embobado fui donde ella; tomándome la mano, nos dirigimos al living, ofreciéndome una copa, no dejaba de mirarla. Se veía angelical; no lo podía creer. Sírvete, dijo con una sensual voz. Bebí sin dejar de observarla; al retirar el vaso de mi boca, ella lo cogió dejándolo sobre una mesita. Ella mirándome y sonriendo provocadora, se acercó a mis labios, besándome, introduciendo su lengua en mi boca. Simplemente, yo me entregué: la besé y agarré por todos lados. Necesitaba dar amor; ya no la necesitaba, sólo la deseaba, estaba totalmente caliente. Ella no hablaba; yo escuchaba su respiración entrecortada. Sin saber como, estábamos completamente desnudos, acariciándonos, deseándonos; mis manos recorrían sus enormes senos, su húmedo sexo, su precioso culo. Ella indicando que me acostara en el sillón, me miraba y acariciaba; acariciaba mi arma del amor, besándolo y succionándolo. Después subiéndose arriba y con solo mirarme, supe que ella deseaba ser penetrada. Se lo di, se lo metí, la penetré con todo mi sexo, con mi alma. Ahora era un hippie, haciendo el amor, no un milico jugando a la guerra.
No lo podía creer, pensaba que era un sueño, y no pensaba mal. Claro, desperté y tenía todo parado y mojado. Me había quedado dormido en la guardia, soñando con esa estupenda mujer. Al pararme rápidamente, desperté a mi compañero. El güeón, también Dormía, entre enojado y extrañado miraba. Yo, le conté el sueñito cagándonos de la risa, sin poder seguir durmiendo.
Que fácil es soñar. Soñar no cuesta nada, estar despierto cuesta todo.
No era lujuria ni deseos, era sólo un buen sueño.
Empezó a amanecer en Santiago. El sometido, el indiferente, el pasado a llevar; este había pasado muchas veces por esta situación. Otra vez Santiago ensangrentado, era una rutina; algunas veces la capital se revolucionaba.
Sólo esperaba el relevo de mi guardia, era lo más cercano y real, para irme a la Escuela de Telecomunicaciones. Al acercarse el cabo de guardia, nos presentamos:
-¡Sin novedad la guardia, mi cabo! -- Contestó:
-¿Durmieron bien, pelaos? -- Le respondimos:
-¡No, mi cabo! -- Nunca nos creyó.
Al llegar al cuartel, dirigiéndonos al rancho, se sintieron unos balazos. El soldado que estaba delante, se esfumó. Yo, reaccionando, descubro que los disparos venían de un edificio que da al costado de la Escuela de Telecomunicaciones. Disparaban desde un séptimo piso; no sé como apunté hacia la ventana y comencé a disparar. Dos balas dieron de lleno en el ventanal. Fueron unos segundos de pánico y coraje. Escuché:
-¡Alto al fuego! -- El oficial de guardia se acercó, preguntando si estaba herido. Yo estaba bien, no tenía nada. Ordenó:
-¡Sígueme! -- Al igual que a otros soldados. Salimos a la calle ingresando al edificio, subiendo por las escalas, jadeando y excitados, llegamos al departamento desde el cual habían disparado. Nos encontramos con un hombre armado y herido en su hombro, casi colgando su brazo; ahí mismo, el oficial, le disparó una ráfaga. Esperando unos segundos, ingresamos al departamento. En el interior había dos muertos con impactos de balas en la cabeza y hombros, también había fusiles AKG rusos y municiones. Registramos todo el departamento; encontramos armas, literatura marxista. Los muertos tenían identificación cubana.
-¡Bien soldado! ¡Te felicito! -- Me dijo el oficial, fuiste el único que reaccionó. Los otros pelaos güeones, sólo atinaron a esconderse-- Excelente puntería -- Acotó.
Por primera vez, saborie la muerte; la muerte que sabe amarga. Porque, para el que mata, nace un sentimiento de angustia y temor, ante una horrible realidad. Para mí, era hiel y veneno. Sentía en ese momento una especie de locura interna. Algo en mí, también había muerto; y algo en mí también había nacido. Me vanagloriaban de un delito, como un acto heroico, en una hora dolorosa y amarga, sintiendo sobre mí, un secreto y una culpa. Las dudas me atormentaban. Sentía mi sangre bullir y alborotarse, sintiéndome solo con mi dolor. Rara vez en mi vida, he vivido y sufrido tan profundamente como entonces. Sentía cosas que, nunca habría creído posibles; era rebelión, orgía de vida y muerte.
Si, en ese momento, me hubiesen arrastrado al pelotón de fusileros por sacrilegio, no habría opuesto resistencia. Sentía que la vida no sabía a nada; sólo me reconforta pensar, que ellos no evitaron lo inevitable.
Al rato llegaron varios soldados y oficiales, los cuales bajaron a los muertos. Yo, con otros soldados, nos fuimos a la Escuela de Telecomunicaciones; pasamos al rancho, y nos dieron café con leche y pan con chancho chino. Había vuelto a la realidad, de ahí a mi camarote, a dormir y soñar. Entré a la cama sonámbulo. En ese lugar, soñando, podía escapar de esa situación, soñando con todo lo que quería y no lo tenía.
Como a eso de las 15.00 hrs., desperté con unas risotadas; ví que miraban la tele. Veían Sábados Gigantes. En el programa hacían chistes y bromas. Parece que a Don Francisco, no lo había tocado el Golpe Militar. Ese programa era una pausa para toda la mala onda de Santiago.
El programa duró hasta cuando nos ordenaron alistarnos para la guardia:
-¡De frente mar,... izquierda, derecha, izquierda! ...-- Salimos a la calle. No había nadie, nada, parecíamos nazis desfilando por las calles vacías, mirando hacia las ventanas, balcones, azoteas, por si alguien disparaba. Los milicos se metían en esa volá y nos
contagiaban; creo que o más que tiraría algún extremista, sería un escupo. Sería suicida, el güeón, que tratara de dispararnos.
Llegué a mi puesto de guardia; se efectuó el relevo y ahí estaba otra vez, cuidando al Santiago bueno, del Santiago malo, en circunstancias que yo era de Iquique.
Por esa calle pasaban a esa hora, después del toque de queda, varias patrullas militares. Teníamos que detenerlos y preguntarles el santo y seña. Ahora no me acuerdo de ninguno, pero sería alguna volá que inventan los milicos, como: orden y patria, vencer o morir. Jamás sería uno como: chao pescao, si te visto no me acuerdo, voy y vuelvo; préstamelo, mañana te lo devuelvo.
Estuve toda la guardia en esa situación. No sé de donde salían tantas patrullas militares, ni adonde iban.
Alrededor de las 05.00 hrs. a. m. Paró una micro y un oficial nos ordenó subir. Había varios soldados de mi compañía. Nos alejamos del Santiago lindo, y nos llevaron al Santiago miseria. Llegamos al campamento Santa Rosa; lo acordonamos por completo, nadie podía salir, todos podían entrar. En eso entró un grupo de militares con unas listas, al rato salieron con varios detenidos del interior del campamento con las manos en alto y el rostro ensangrentado: les habían pateado hasta la sombra.
Detrás de ellos venían mujeres llorando, implorando, suplicando, insultando, gritando, maldiciendo. Se llevaban a sus seres queridos. Era una visión espantosa.
Yo, milico hippie, había visto esta escena sólo en las películas de los nazis. Ahora participaba en tiempo real; hasta me daban miedo los milicos. Era de espanto, de terror, era la cruel realidad, era el detalle de la realidad, era el Golpe Militar, que golpeaba a pausa.
El oficial, vio como una mujer abrazaba a su esposo, para no dejarlo ir. El teniente, con su pistola, la golpeó en la cabeza y efectuó varios disparos al aire. Los detenidos, las mujeres, los pelaos, quedamos petrificados con el hocico abierto. El oficial, con entereza y convicción, me ordenó, que al que intentara acercarse a los detenidos les disparar a matar. Yo y otro soldado, nos colocamos entre los detenidos y la muchedumbre, y el oficial, volvió al interior del campamento.
Nuevamente el montón de gente, se vino encima. Yo disparé al aire, para poder alejar al gentío. Rápidamente, cambié el cargador al ver que mujeres y niños, nuevamente, se acercaban de manera desafiante. Enfurecidos, emputecidos, estaban fuera de sí. Se iban encima de nosotros, con las únicas armas que ellos tenían: palabrotas e insultos. Esperando lo peor, los apunté a medio cuerpo, sin saber, que más podría hacer; cuando salieron de un callejón del campamento, dos hombres armados con pistolas, gritando consignas políticas y chuchás contra los milicos; estaban casi a diez metros, levantaron sus armas disparando. Creo que ellos no me vieron, sólo ví que al disparar, cayeron dos mujeres heridas. Preso de pánico, enfrentándolos con mi fusil a medio cuerpo, disparé. Los barrí, vaciando mi cargador; alcanzaron a dar unos pasos, cayendo mortalmente
heridos. Arrodillándome, cargué mi arma nuevamente, avancé hacia ellos, y con unas patadas les arrebaté las armas. A todo esto, la muchedumbre se había parapetado cerca de las murallas. Corrí hacia el pasaje viendo y encontrándome de lleno con dos hombres armados, sin titubear, les disparé casi a un metro de distancia. Casi los partí con las 20 balas: estaba eufórico. Los hombres murieron en el acto; cargando mi fusil, siento un palmoteo en la espalda. Era un oficial, diciendo:
- ¡Bien soldado! Evitaste una masacre. ¡Sígueme! -- ordenó. Avanzamos por el pasaje, cuando en una vivienda siento unos pasos; el oficial ordena ingresar. La puerta estaba entre abierta. Entré asustado, cuando detrás, en mi nuca, sentí un frio cañón, diciendo:
- ¡Suelta el arma, concha de tu madre! -- Sorprendido y mudo, siento una ráfaga tras de mí, y el ruido de dos cuerpos cayendo y revolcándose de dolor. El oficial había disparado a través de la puerta. No terminaba de sorprenderme, cuando desde una habitación se corre una cortina con un hombre armado, inmediatamente disparé, le di de lleno. Al cae, en su otra mano, tenía un trapo blanco. El oficial se adelantó, tomando el signo de rendición, diciendo:
- Nadie se rinde apuntando un arma. -- Avanzamos, llegando a un patio y encontramos a dos mujeres y tres hombres tendidos en el suelo con las manos en la nuca gritando:
- ¡Nos rendimos!, ¡Nos rendimos, por favor, no nos maten! -- El oficial, acercándose les disparó a cada uno un balazo en la pierna izquierda, diciéndoles: Ustedes son heridos en acto de combate, güeones maricones. Mujeres y hombres, gritaban como locos. Presenciando ese feo panorama, el oficial ordenó que los registrara; para sorpresa, todos eran guerrilleros extranjeros. Entre tanto, llegaron otros soldados y oficiales, ordenando sacar a los muertos y heridos. A los heridos los tiraron como saco de papal dentro de una camioneta, otros soldados arrastraban a los muertos, tirándolos a un camión con tolva. El oficial y yo, subimos al camión. Había quince cadáveres. Subieron unos enfermeros, los cuales parcharon los orificios de balas; en eso empezó a avanzar el camión. Ya eran cerca de las 12.00 hrs. por el Santiago miseria, no se veía nadie en las calle. Me sentía totalmente angustiado, sentía un nudo en mi garganta. En eso llegamos al aeropuerto Los
Cerrillos, ingresando casi por un camino al costado de la pista de aterrizaje. Llegamos a unos hangares y el camión, retrocediendo, ingresó justo debajo de la rampla del avión Hércules. Bajamos y, a la vez, subieron varios uniformados de la FACH; dentro del piso del avión había varios cadáveres. Bajaron los muertos del camión tolva, y, en perfecto orden los introdujeron al avión. El oficial y yo, mientras mirábamos esta escena, me ofreció un cigarro diciendo:
-¿Tiene fósforos, soldado?
- ¡No, mi teniente! Pero consigo. -- Me acerqué a un uniformado, que fumaba y sostenía una tablilla en sus manos. Le pedí fuego. Este contestó:
- Enseguida, soldado. -- Urguetiándose los bolsillos y yo, curioseando la tablilla, leí: Misión Titánic. Una vez encendido mi cigarro y agradeciendo fui donde mi teniente, comentando lo que había leído. Este respondió:
- Todos estos guerrilleros, dados de baja, son extranjeros infiltrados; murieron en acto de servicio. Ahora, soldado, vamos a la Escuela de Telecomunicaciones y sacas tus pertrechos, porque te designan a otra unidad.
En el camino sentí ataque de melancolía y desesperación. Me desalentaba, pasando del miedo al asombro. El oficial, mirándome dijo:
-¡Soldado, eres un guerrero innato, nos tienes sorprendido! --Yo, entredientes, le contesté:
- Gracias, mi teniente.
Después, sólo se escuchaba el ruido del vehículo. Pensaba y sentía desprecio por el mundo y de mí mismo. Desconcertado, sentía miedo a la liberación que la sentía, como una liberación a mi maldad.
Llegando a la Escuela de Telecomunicaciones, rápidamente agarré todos mis pertrechos de guerra. De ahí, nos dirigimos a la Escuela Militar; adentro fui presentado a un comandante. Éste, preguntando mi rango y nombre, y, a la vez, indicándome que ahora, integraría la Escuadra de Servicios Especiales.
- ¡A su orden, mi comandante! -- Contesté. Inmediatamente me llevaron a un campo de tiro, instruyéndome en el uso de una sub- ametralladora; en una hora sabía dispararla y desarmarla. De ahí fui al rancho, donde fui presentado a otros soldados; en total éramos diez pelaos, que integrábamos la escuadra de Servicios Especiales. Después a dormir, sin antes ordenarnos, que deberíamos dormir con ropa, sólo podíamos sacarnos los bototos, y , para cualquier misión, no usaríamos casco. Deberíamos salir rápidamente, cuando se nos ordenara.
Acostados, y casi ajenos unos de otros, se percibía una onda extraña en esos soldados. Yo, preguntándole al pelao, que estaba al lado de mi cama, le dije:
-¿Desde cuándo están en esta Escuadra Especial? -- Respondió:
- Tres días con este. -- Nuevamente le pregunté:
-¿Desde cuándo que no salen en alguna misión? -- Él respondió:
- Todos los días salimos en misión especial.
- Pero, faltaba uno. -- Le dije. Se demoró en responder:
-Éramos diez, sólo que antenoche murió, en un enfrentamiento, el pelao donde tú ahora ocupái su lugar. ---Quedé loco. ¡Rechuchas de mi madre!, milicos culiaos, quizás, que güeá me esperaba. Mentalmente me fui despidiendo de mi familia; al final reflexionando y dándome ánimo, invocando a Dios o al demonio, no sabía que chucha pensar. Así, con la mente trastornada, le pregunté nuevamente al soldado:
-¿Y, cómo murió el pelao? -- Respondiendo dijo:
-El güeón, al ingresar a la casa, no le sacó el seguro a su arma, y se lo pitiaron al tiro, los güeones; pero detrás, entramos nosotros y los hicimos cagar a balas. ¿Sabís? Lo más extraño, todos los güeones, cinco en total, eran extranjeros y re jóvenes, engrupidos con la onda de guerrilleros. Bueno compadre, trate de dormir, seguro que nos van a llevar a güeviar esta noche.
- Ya. Bueno compadre. Chao. Buenas noches. -- Le respondí. Ahí quedé, pensando puras güeás. Luego, me dormí hasta eso de las 05.00 a. m.
Ordenan levantarse rápidamente, ponerse los bototos y la parka; salimos fuera del dormitorio, hacía más frío que la cresta. Ingresamos a un vehículo civil, era un furgón cerrado y oscuro; no tenía ninguna ventana, sólo una pequeña luz, toda cagona y amarillenta. Sentí, cuando el vehículo se puso en movimiento. Entre dormitando y cagaos de frío, seguíamos viajando en dirección de no sé donde. Después de casi una hora, se detuvo el vehículo, apagando el motor y las luces; el oficial, ordenó el más absoluto silencio. Esperamos un corto rato; nos ordenaron bajar, estaba casi amaneciendo. Nos encontrábamos en una zona rural, casi campo; hacía más frío que la cresta, tiritaba diente con diente, de frío y miedo. Nos alejamos, cautelosamente del vehículo. Tras caminar varios minutos, ingresamos entre unas alambradas, en dirección a una rústica casa; casi arrastrándonos entre la vegetación y la tierra. La casa daba la impresión de estar deshabitada; ocultos entre la maleza, observando y estudiando la situación, cuando se abre una puerta, saliendo una mujer en dirección a una letrina. Quedamos estáticos, a los pocos
segundos, salió ésta del W.C. primero caminando y después corrió rápidamente hacia la casa. Escuchamos voces y ruidos de movimientos; el oficial dijo:
-Nos vieron. Rodeen la casa, ahora avancen; corrimos todos, quedando pegados a las murallas de la vivienda. El oficial, cerca de la puerta gritó:
- ¡Están rodeados, salgan con las manos arriba! ¡Ahora! ¡Es una orden! -- De adentro gritaron.
-¡No disparen, somos cinco mujeres!
-¡Salgan! -- Gritó el oficial. Lentamente se abría la puerta, saliendo una tras otra las mujeres con caras desafiantes o resignadas, se notaba una expresión extraña en sus rostros. El oficial ordenó a un soldado:
- ¡Regístrelas! -- Al acercarse el soldado, éstas se abalanzaron sobre él, y corrieron en todas direcciones. Yo seguí a una; ésta en su loca carrera, casi no la alcanzaba; sentí unos disparos, la mujer y yo, seguíamos corriendo. Escuchaba unos gritos:
- ¡Dispara, soldado, dispara! ¡Dispara, concha e tu madre, güeón, dispara! -- Y escuchaba nuevamente balazos. En plena carrera, casi a tres metros de distancia, la mujer que yo perseguía, se detiene sorpresivamente, dándose vuelta y con un arma en su mano, apuntándome. Le disparé. Los impactos de mi arma le dieron en la cara. Al caer hacia atrás, disparó su arma al aire; yo, en la loca carrera, sin poder detenerme, tropecé con ella,
Cayendo encima de ésta, dando vueltas quedé tirado en el suelo boca arriba, jadeando con la respiración entre cortada. Casi se reventaron mis pulmones. Cansado, no podía ni sostener mi cabeza inclinándola a un costado, cuando casi al lado mío, me encontré con el rostro de la mujer, desfigurado por los impactos de bala. Un torbellino de sensaciones recorrió mi mente, mi cuerpo, mi alma. No sabía si transpiraba o eran lágrimas que mojaban mi cara; acongojado, sin saber por quien llorar: por esa mujer o por mí. El diablo y Dios, todos juntos, matar para vivir.¡ Porqué yo, porqué....! Siempre quise ser un hippie de amor y paz; mi instinto innato era matar para vivir...¡Porqué, porqué!....
Escuché voces acercándose a mí. El oficial vociferaba:
-¡La güeona lo mató! ¡Este pelao, güeón, disparó a última hora, güeón porfiado! ¡Cómo chucha! --- Y desde el suelo, me encontré mirándolo. Él igual, con sus ojos desorbitados preguntándome:
-¿Está herido, soldado? -- Apenas yo podía hablar, jadeaba:
-¡No, mi teniente! Sólo quedé super cansado. Por favor, un segundo para descansar.
- Bien soldado, después registra a la mujer cadáver. Nosotros registraremos la casa. --Dieron la media vuelta y salieron corriendo. Al rato, me senté apoyando mis brazos en la tierra, mirando hacia la casa; y se escucha una explosión y sale un soldado gritando agarrándose lo que le quedaba de su brazo, el rostro ensangrentado, corriendo como loco de dolor. El oficial gritando:
- ¡Abandonen la casa, soldados! ¡No toquen nada, salgan rápido! -- Alcanzó al soldado herido, junto con otros pelaos. Yo, asustado, corrí donde el oficial; éste sacó desde su mochila, vendas, una jeringa, ampolla, preparó la inyección. Ordenó:
- Afirmen al soldado. -- El oficial, en el cuello, le puso la inyección, después aplicó un torniquete en el chongo de brazo, y una pomada en el rostro quemado por la explosión. Una vez estabilizado el herido grave, lo cubrimos con nuestras parkas. El pelao herido tiritaba, lloraba, consciente o inconsciente, llamaba a su mamita:
-¡Mamita, mamita, no me quiero morir! ¡Mamita! -- Gritaba.
-¡Tranquilo soldado! --- Le decía el oficial--. Ya estarás con tu mamita, por favor, cálmate. Contrólate. -- El herido más gritaba y suplicaba por su mamita. En eso hizo unos extraños movimientos, llevándose su mano y chongo al pecho. El oficial dijo:
- ¡Chucha! Paro cardiaco. -- Trató de reanimarlo, reanimarlo, reanimarlo, reanimarlo... Nada. Había fallecido, muerto de dolor.
El oficial puso su mano en el rostro del soldado muerto, diciendo:
- ¡Descansa en paz, en el reino de los cielos, amén! --Sellando todos esta muerte, con la señal de la cruz.
No sé cuanto rato estuvimos allí, babeando con el hocico abierto, trastornados, desfigurados de dolor. El oficial, rompió el silencio, diciendo:
- Estas mujeres, culiás, tenían trampas caza bobos ¿Se dan cuenta, soldados? Estos son nuestros enemigos. Esta es una guerra: el enemigo es el enemigo, hombre o mujer; todas estas mujeres dadas de baja, eran guerrilleras extranjeras, entrenadas para combatir. Son ellos o nosotros.
Bueno soldados, ahora tenemos que incendiar la casa. Prendamos fuego a esa güeá y alejémonos. Juntamos hojas secas y paja y rápidamente, comenzó a arder la casa. Cuando ardía por completo, se ecucharon una tras otra, tres explosiones, que terminaron por derrumbar, lo que había sido una casa.
El oficial ordenó llevar y meter a las mujeres cadáveres, al interior del vehículo y, sobre éstas, al soldado muerto. Ingresamos todos al vehículo, vivos y muertos viajamos. Al rato, se detuvo el vehículo; bajamos y estábamos en unos hangares. Se acercaron unos uniformados de la FACH, los que a cierta distancia conversaron con mi teniente. Después de un momento, ordenaron bajar a las mujeres cadáveres, y ... chao. Seguimos con nuestro soldado muerto, sintiendo sólo el ruido del vehículo. Nadie hablaba, no había ninguna palabra que describiera esa situación.
Se detuvo el vehículo, paró el motor, se abrió la puerta, bajamos. Estábamos en la Escuela Militar. Bajamos a nuestro muerto, el oficial nos ordenó:
-¡Alinear! ¡Vista al frente! ¡Firmes! ¡Honores al soldado muerto en acción! ¡Presenten armas! -- Se escuchó un solo manotazo. Tiesos, petrificados, momificados, rindiendo honores. Después de unos segundos, el oficial ordenó:
-¡Descansen armas! ¡A la derecha, mar! -- Marchando salimos en dirección al rancho. Con esa cagá de honores te glorificaban tu cagá de muerte. Los milicos culiaos, güeón. Ahí quedó, en el suelo, el soldado muerto en acto de desperdicio. Uno no moría en acto de servicio, como dicen los milicos, muere en acto de desperdicio por la vida.
Santiago reculiao, Santiago trastornado, Santiago y la concha de tu madre. ¡No! ¡No moriría, ni cagando en Santiago! Haría lo imposible por salir vivo de la cagá del Santiago odiado.
Llegando al rancho, nos atendieron en el casino: una buena cazuela, más porotos con rienda con un buen jarro de café... Eran las 14.00 hrs. aproximadamente. De ahí nos ordenaron ir a una sala, donde limpiamos nuestras armas y reponer municiones. Cada soldado, se esmeraba en asear su instrumento de muerte; esa era el paréntesis de la vida o la muerte. Esa arma podía prolongar mi vida, dando muerte. Entre nosotros, no hablábamos, nos sentíamos ajenos uno de otro soldado; había un aire de angustia y depresión entre los soldados.
Terminado y relucientes nuestros juguetitos, ordenaron llevar nuestras armas a nuestras camas y dirigirnos a la capilla de la Escuela Militar. Una vez dentro del recinto religioso, apareció un sacerdote iniciando el ritual religioso, dando a entender, que todo era maravilloso y puro, repitiendo los productos de la religión católica. El cura irradiaba paz, tranquilidad y amor a Dios. Por supuesto, el güeón del cura, escondido detrás de su religión y el púlpito, jamás le entrarían balas; repetía, como de memoria el cuento de su Dios que era tan re bueno y quería puro amor hacia la humanidad, pero parece que Dios estaba bien lejos de Santiago, o no salía de la iglesia, porque afuera estábamos como
Poseídos por el demonio. Durante la misa, casi todos los únicos pelaos que estábamos ahí, escuchando las güeás del cura, creo y estoy seguro, que esperábamos que se tomara su copete en nombre de Dios y chao. Llegado ese momento, cuando el cura alzó el cáliz, mirando para el cielo y poniendo cara de sed y de santo, porque había hablado como una hora, con la excusa de no sé que cosa, se tomó el medio copete. Yo le dije:
-¡Salud! -- El cura, mirando con ojos sorprendidos, sin dejar de chupar, mientras los pelaos se cagaban de la risa. Luego de la eucaristía, se acercó a mí, con la cara desfigurada de ira, con voz de no tan santo y casi amenazante dijo:
- ¡Soldado, repita lo que acaba de decir! -- Yo, parándome y con ironía, le contesté:
-¡Amén! -- El cura desgraciado, al escuchar, lo que le contesté, quedó con el hocico abierto y dirigiéndose a los soldados les ordenó retirarse.
El cura mirando con cara de resignación dijo:
-¡Sentémonos! --Yo sentía, como su cercanía repelía; le irradiaba toda mi maldad. Él se sentía con misericordia. Y, el mal; el cura, el bien. Juntos, estábamos a años luz de distancia. Su santidad, hacía brotar mi maldad, su aureola de santo, se opacaba con mis cuernos de demonio, me sentía poseído por la locura de la guerra y la muerte. El cura no dijo ninguna palabra. No encontraba palabras; no había razón a la sin razón, sólo resignación a lo inevitable. El sacerdote, mirándome y sacando una voz, casi de ultratumba dijo:
-¡Retírese! -- Parándome enérgicamente, me hice la señal de la cruz, así como al lote y, para adentro pensando: Chao, cura culiao. Corriendo fuera de la habitación religiosa. Al cruzar la puerta, una brisa de viento helado, inundó mi cuerpo, mis ojos llenos de lágrimas enceguecían mi caminar. Parado, bien lejos del templo, y limpiando mis lágrimas, exhalando un suspiro de lamento, miré al cielo buscando una respuesta a mi actitud, tratando de encontrar la verdad en el cielo gris por las nubes. No había nada espiritual, nada religioso. Afuera en Santiago lindo, en Santiago miseria, ahí estaba la iglesia; nuestra
religión era llamada guerra, nuestros mandamientos eran como usar correctamente nuestras armas, nuestros pecados eran dejar vivos a nuestros enemigos, nuestro sacrificio por la religión, era morir en acto de servicio, nuestros sermones eran disparar a matar. Chao, cura culiao, ándate a correr la paja en el confesionario; ahí, bien escondido, güeón. Pensando caminaba, un torbellino de ondas trastornaba mi mente; pedía a Dios: ¡Cómo chucha no se aparece en Santiago, junto con todos sus angelitos y ordena que cortemos el güeveo! ¡Hasta cuando chucha, íbamos a seguir matándonos por güevás políticas! ¡Hasta cuando re chucha el odio nos dividía! ¡Dónde chucha se metió Dios! ¡Chao, no había nada! La locura de guerra, nos había poseído junto con el demonio. Mi religión era la de un hippie. Mi mandamiento: amor y paz; mi pecado: no hacer el amor y la paz; mi sermón
era: lanzar semen con mi arma del amor; mi cáliz: un pito de marihuana. Sí, esa güeá quería, fumar un pito en esa güeá de Escuela Militar, llena de güeones deambulando de allá para acá. No conocía ninguna caleta para fumarme un pito. Sí. ¡Qué bueno! Se me pasó toda la güeá. Eso iba a hacer. Registrándome la parka, envuelto en un papel confort, tenía mi pitito, y me dirigí a las letrinas que estaban limpiecitas, pero como que el olor a mierda y demases seguía impregnado en el aire, era el lugar ideal. Dentro del W. C. encendí del pito. ¡Qué rico! ¡Que alivio! Era en ese momento, como si estuviera rezando mi religión; me sentía orando al supremo marihuana.
Practicando mi religión, volando al Paraíso, escapando de la vida, alucinandocon los olores de la mierda o de la yerba, porque mi realidad se confundía con la mierda.
Salí del W.C., casi volando. Volado como piojo, embriagado de olores.Tenía los ojos como sapo, raja de volao . Me fui en dirección a mi dormitorio. Acostado, sin bototos, alucinaba con la yerbita. Los recuerdos y añoranzas. Pensaba puras güeás, y , a la vez, prometiendo al supremo marihuana, que haría oraciones con un pito, junto a mi rosario de pepas de marihuana, buscaría una lolita para darle mi sermón, con mi arma del amor y agarrándome el hueso o arma del amor, le rejuré al supremo marihuana que trataría de cumplir el mandamiento que dice: “haz el amor y no la guerra”, porque hacía tiempo que no pasaba nada, desde que había llegado a “Santiago Vietnam”, que no hacía el amor. Ocupaba mi cagá de pene sólo para mear. Como un rayo llegaron los recuerdos de mi ex pololita, sólo eso bastó para que se parara mi hueso del amor. Casi la veía, casi la sentía, casi la tocaba. Estaba super caliente, sentía una calentura loca, casi se me arrancaba la gueá del uniforme, pensé en correrme la paja. Lo deseaba. El solo hecho de pensar en mi ex pololita y esas cositas ricas que nos hacíamos, me trastornaba. Miré alrededor, estaba lleno de pelaos uniformados. No había la más mínima privacidad. Luché contra mis ganas, distraí mis calientes pensamientos. Resignado, calmé mis impulsos eróticos, relajando mi músculo del placer. Redimido, cansado, mitigado, dormí, dormí, dormí….
- - - -
- ¡Soldados, despierten! ¡Escuadra servicios especiales, tienen una misión!
- ¡Levantarse! ¡Despierten! En tres tiempos los quiero a todos los soldados formados juntos al vehículo … y van dos tiempos soldados.-
Son las 4.00 de la mañana, viajamos en el furgón. Después de una hora se detuvo. En silencio, abandonamos el vehículo cerca de un letrero que indicaba el preciso lugar donde nos encontrábamos: “El Arrayán”.
Caminamos fuera del camino principal, internándonos entre matorrales, árboles, malezas y rocas, hasta llegar a la orilla de un río caudaloso, torrentoso y bullicioso. Nos dirigimos río arriba, cubiertos por la penumbra. El ruido de las turbulentas aguas y peñascos, grandes peñascos, en medio de lo escabroso del terreno, avanzamos un largo trecho, llegando a nuestro destino donde cumpliríamos la misión.
Divisamos una pequeña casa-refugio en una explanada cerca de la orilla del río. Junto a la pared y la reja un hombre se delató por el destelló que emitió al encender un cigarro, de seguro, era un vigía o guardia, el que no se percató de nuestra presencia.
El oficial, mirando sigiloso, estudió la situación y concluyó que habría que eliminar al hombre de guardia, de manera silenciosa, para tomar por sorpresa a los que se encontraban al interior de la vivienda.
Dirigiéndose a mí dijo:
- ¡Soldado Damián! Elimina al guardia, pero antes sácate la parka de la fornitura y deja tu arma. Atácalo con tu puñal de asalto.-
- - ¡A su orden mi teniente!- contesté y a la vez retiré mi fornitura, mi parka y dejé mi arma. La idea era no producir ningún ruido que delatara mi presencia, cuando fuera a cumplir la orden de mi superior. Desenvainé mi puñal de asalto. Lo tomé fuerte con mi diestra, y a la vez, me sentía transportado, me invadía la metamorfosis. Mi pulso a mil palpitaciones, mi corazón a punto de estallar. Sentía toda la gama de emociones que produce el cuerpo, el alma… mi alma, mi ser, mi maldad, mi placer, mi lujuria morbosa, mi vicio paradisíaco hacía bullir mi sangre. Empecé a avanzar camuflado de coraje y terror, pegado al pasto, a la tierra, los matorrales, el miedo, el espanto, el deber, entre mi vida y la muerte. Respiraba, exhalaba, avanzaba. Mi rostro húmedo de sudor, lágrimas, rocío. Luchaba con mi cuerpo. Luchaba con mis deseos, tratando de controlar mis tiritones, mis espasmos de puro espanto de miedo, de horror y satisfacción. El enemigo, totalmente despreocupado de su deber, facilitaba aún más mi cometido. Llegué a una distancia prudente por la espalda de mi víctima, incorporándome en forma rápida, eficaz, precisa, exacta, letal y a la vez cubriendo su boca con mi mano izquierda, con una puñalada mortal en su cervical, entre la nuca y el comienzo de su cuello, dando un pequeño giro al puñal, cuando lo sentí totalmente introducido en su ser, respondiendo la víctima con el desplome de su cuerpo, sin emitir el más mínimo e insignificante ruido de dolor. Sin soltarlo, apretando su cuerpo inerte contre el mío, lo bajé hasta el suelo, en total silencio. Retiré mi puñal de su herida letal, volviendo a poner otra puñalada por su ojo izquierdo, para que no quedara la más mínima duda de su muerte, y a la vez, sintiendo la satisfacción del deber cumplido.
Cuando ví la cara de satisfacción de mi teniente, el que de inmediato ordenó a los otros soldados, ingresar a la casa a sangre y fuego. Pienso, que, quizás, esas personas que dormían plácidas y tranquilas creyeron que era una pesadilla, o un mal sueño. Murieron, yo creo, en la incertidumbre, tras ser casi destrozados sus cuerpos por los impactos de balas, cuando su lecho para descansar, se convirtió en su lecho de muerte.
Luego fueron retirados los tres cuerpos acribillados de la casa y el centinela que murió apuñalado. Registramos sus documentos, para sorpresa de todos, estos muertos eran franceses. Que extraño, no podríamos entender su adicción a la política, sus ideales los había llevado a encontrar la muerte, cuando nuestra escuadra de servicios especiales irrumpió en su casa-refugio, con estampidos y alaridos de muerte. Luego, los soldados, arrastraron de los pies a los cadáveres, totalmente inertes, inactivos, lacios, muertos y … con esto estaba la misión cumplida.
Llegó el furgón, los cuatro muertos, civiles franceses, fueron puestos arriba del vehículo y nos fuimos de regreso a la Escuela Militar. No emitíamos ningúncomentario, parecíamos bajoneados, mustios, parecía que sabíamos que teníamos el placer total: la maldad de la muerte. Era como una droga, una adicción mortal. Nos sentíamos culpables, pero sabía que daba estricto cumplimiento a mi juramento a la bandera, cuando grité: “juro por Dios y por esta bandera, servir fielmente a mi patria, obedecer las órdenes de mis superiores”… Obedecer para matar… que locura, casi mejor, lejos mejor, que la marihuana…
Al llegar a la Escuela Militar nos dirigimos al sector designado para asear el armamento y reponer municiones. Luego, al rancho, donde nos sirvieron café con leche y pan con chancho chino. Después a descansar. Fui derecho a las duchas, después a mi cama, tratando de dormir luchando con los malos recuerdos de mis actos al enfrentarlos con la realidad. Ajeno a todo, dormí, dormí…
-¡Soldados, despierten! ¡Escuadra servicios especiales, arriba! Tenemos una misión ahora…
Son las 3.00 a.m., en al furgón a cumplir otra misión. Listos y dispuestos. Pensaba que todos los soldados que viajábamos en ese momento, disfrutábamos con el clima de extrema violencia, y es mas, cumplíamos con nuestro juramento a la bandera, cuando juramos a grito pelado: “rendir la vida, si fuera necesario y ser un soldado valiente, honrado y amante de mi patria”…
Esas palabras que grité, desgarrando mi garganta, convencido o engrupido. Ese juramento invisible, se transformó en algo visible. Para mí fue como una volá más de la onda militar. Jamás de los jamases pensé que se haría realidad, porque antes de formar para la ceremonia y desfile de nuestro juramento a la bandera, con algunos huasos e indios de mi compañía en Iquique, nos habíamos fumado unos buenos pitos de yerba. Juré bien volado, voladito, pero dando aspecto de estar lúcido. Sólo sentí en ese imborrable momento una inquietud: ¿Rendir la vida, si fuese necesario?... ¡Ni cagando rendiría mi vida!... También pensé que era algo irreal enfrentarme o llegar a un caso tan extremo. Pero ahora, era la más cruda y real verdad.
Mientras divagaba mi mente, concluí que estaba cagao, al igual que todos los soldados que habíamos jurado a la bandera el día de la infantería. Mi regimiento tenía como emblema el parche rojo. Como infante, nos tildaban de perros, si es o era un perro infante, de parche rojo, igual que los comunistas. El mismo color. Pero ahora, yo era un soldado, un guerrero de la muerte. Me invadía la lujuria de la acción mortuoria, mis sentidos al límite. Decidido hasta la muerte. La muerte de otros. Ni cagando rendiría mi vida. Cada misión era un duelo de vida o muerte.
El furgón se detuvo. Bajamos en silencio, confundidos entre las sombras de las mal iluminadas calles, pegados a las murallas, avanzamos. Al doblar la esquina, el ruido de las aguas del río Mapocho, me recordó el sonido de las playas de Iquique, pero la brisa fétida me devolvió a la realidad. Nos encontrábamos en el Santiago miseria.
Caminamos unas cuadras, frente al río Mapocho, ingresamos a un viejo y sucio edificio, sigilosos, silenciosos. El oficial ordenó detenernos, inspeccionó la habitación, luego seguros y confiados, llegamos a un segundo piso, pegados a ambos lados de la puerta del departamento. El oficial golpeó con fuertes y cortos golpes, como si fuera una clave y después de unos segundos, para sorpresa de todos, se abre la puerta y confiado salió un hombre joven, y al ver a nosotros, los militares, su rostro se transformó en terror y alcanzó a gritar: ¡No!,… ¡No!, ¡No! Son militares... ¡No!
El oficial lo agarró del pelo y a quemarropa disparó en su pecho, mientras otro soldado ingresó al departamento por un costado, disparando a discreción, luego, mi turno. Ingresé tiritando, babeaba, respiraba, exhalaba, miedo asombro. Ya en el interior esperando lo inesperado, donde el tiempo y el espacio no existen, buscaba mi enemigo, buscaba a mi víctima. Necesitaba mi enemigo. Necesitaba a mi enemigo para darle muerte. Al disparar sentía la coronación a mi maldad. Sólo necesitaba disparar, sólo quería sentir el clímax de la muerte. Ese placer morboso, ese placer paradisíaco al traspasar la frontera de la muerte. Todo se convertía en susto y gusto..., pero nada, un segundo y ...nada.
-¡Mi teniente, no hay más enemigos!- Balbuceé casi decepcionado.
Ingresó el resto de los soldados, el oficial soltó al hombre cadáver, bañado en sangre. Revisamos el departamento, donde encontramos literatura marxista y fusiles AK-G rusos, más municiones y explosivos.
Luego el oficial ordenó revisar el cadáver a uno de los soldados.
- A su orden mi teniente- De inmediato, prosiguió a urguetiar al muerto. Para sorpresa de los que mirábamos, vimos como el soldado retiró de la cintura del cadáver, una reluciente pistola, y con una autoridad que sólo él se la había dado, se la guardó entre su parka. Luego, siguió revisando desde uno de los bolsillos, sacó algo increíble, un fajo de billetes de dólares. Se veía una cantidad apreciable, y, nuevamente, cara de palo, se los guardó en su parka. Continuó revisando y sacó una libreta, que era un pasaporte, se dirigió al oficial diciendo:
-¡ Tome, mi teniente!- El oficial recibió el pasaporte y certificó que el occiso era de nacionalidad cubana y preguntó al soldado:
-¿Sólo esto encontró? ¿Y la pistola y los dólares?
El soldado con voz clara y convincente le respondió al oficial:
- Mi teniente, los dólares y la pistola ahora son míos, son mis trofeos de guerra.
A lo que el oficial, totalmente sorprendido y molesto, contestó con tono amenazador:
- ¡Soldado, eso es un acto de pillaje!. En estado de guerra es un acto de rebeldía a la disciplina militar, por lo tanto, le repito por última vez:
-¡Entrégueme los dólares y la pistola!-
El teniente al terminar esas palabras, retiró el seguro de su arma automática y, como respuesta, el soldado ladrón, para sorpresa de todos, sacó la pistola , y en un acto descabellado, demencial, apuntó a quemarropa y disparó una mortal descarga en el pecho del oficial.
Quedamos petrificados. Atónitos, estupefactos, momificados, trastornados.
-¡ No!, ¡No! ¡Huevón! ¿Porqué, güeón?. Mira la cagá güeón. Gritamos aterrorizados.
-Ustedes, no se metan, pelaos güeones, la mala onda fue con mi teniente, el güeón me iba a disparar, güeón. ¿O no cacharon güeón?. Me iba a disparar güeón. ¡Oh, no, no!...¡ Maldición!... ¡No! ¡Concha de tu madre! No, no quería hacerlo, pero él me iba a disparar. Me voy, chao, me voy.- Concluyó el soldado que ahora se había convertido en un soldado ladrón y homicida, sin dar cumplimiento a su juramento a la bandera, cuando gritó, en forma ilusa, en ser “un soldado valiente, honrado y amante de mi patria y rendir la vida, si fuese necesario. Obedecer las órdenes de mis superiores y bla, bla, bla”.
El soldado ladrón, homicida, tiró al suelo la fornitura, el arma automática y aún con la pistola en su mano derecha dijo con un tono de voz pavoroso:
-¡Chao! ¡ Me voy, ja, ja, ja! - y abandonó el departamento.
-¡Oye, Demián! Murió el teniente, güeón. Cacha está muerto. La mensa cagá güeón, que mala onda.
Todos los que aún permanecíamos en la habitación, no sabíamos que actitud tomar. Esa situación nos había desequilibrado. Nos mirábamos unos a ótros, sin saber que hacer. Ese momento de total incertidumbre fue roto por una demencial voz y risas que se oían desde el exterior del departamento:
-¡Hey, soldados! ¡Hey, escuadra de servicios especiales! ¡Hey, pelaos, me voy, ja, ja, ja!
Nos acercamos al balcón del 2do. Piso del departamento y divisando al soldado ladrón homicida, que se encontraba en medio de la calle, donde nos miraba y se reía, en total estado de locura, y desgarrando sus pulmones, con un grito mortal, quizás, recordando su juramento a la Bandera, sólo se limitó a pronunciar: ¡Chaooo!- llevando la pistola a su cabeza, disparándose una mortal descarga con su pistola y chao-.
-¡No!, ¡No!, ¡No! Güeón. ¡No!, ¡No! ... - No hizo caso. No escuchó nada. No quiso vivir. Y, en algo cumplió su juramento a la bandera, cuando llevó a su realidad esas palabras que dicen “rendir la vida, si fuese necesario”. Pero se había convertido en ese preciso instante en un soldado ladrón, homicida y suicida.
Bajamos más que corriendo del departamento. Llegué al lado de él. Estaba convulsionado y, cuan largo, tendido en el frío pavimento. El impacto de bala, tan cerca de su cabeza, sin detallar el calibre de la pistola. Esa arma era letal, mortal... Tenía un forado, como un puño, por su ojo izquierdo salió el proyectil. De seguro que a la bala le fue alterada su trayectoria natural al encontrar un obstáculo y fue desviada en forma grosera y salió por la cuenca del ojo. Sólo se veía una mancha oscura y deformada por restos de carne o partes del globo ocular. Estaba todo cubierto y bañado por la sangre que salía a borbotones.
El soldado ladrón, homicida y suicida, tiritaba, cerraba y abría un solo ojo, sin saber, sin sentir, sin ver que hora tenía un solo ojo, y a la vez, balbuceaba o hablaba algo incoherente o en otra lengua, cuando le fue presentada su propia muerte. No alcanzó ni a disfrutar ese momento y murió...
-¡Alto!, ¡No se muevan! ¡Manos arriba!-- ¡Patrulla Militar!
Esos gritos nos distrajeron del rito mortuorio. Era una patrulla...
-¡No disparen somos militares!.¡No disparen!...-Gritamos desesperados y angustiados-.
-Dejen sus armas en el suelo y avancen con las manos en alto. Al primer movimiento sospechoso disparo a matar. ¡Con cuidado! ¡Es una orden!
Avanzamos como la patrulla ordenó, y, cuando estuvieron seguros de nuestra situación, le relatamos esa increíble, demencial y real situación al oficial a cargo. Luego de enterarse de lo acontecido fue con un soldado de mi escuadra de servicios especiales, a buscar un furgón. Subimos al cubano muerto, al soldado ladrón, homicida y suicida, y arriba de todos ellos, al teniente muerto al tratar de dar cumplimiento al reglamento de disciplina militar.
Sin hablar nada, sin hacer ningún comentario, nos balanceábamos al compás del movimiento del furgón. Cansados, lánguidos, mustios, casi bajoneados, después de haber casi alucinado con esa dosis de la más cruda realidad.
Y como broche de oro, vimos con asombro que con el movimiento del furgón, desde uno de los bolsillos del soldado ladrón, homicida y suicida, cayeron, dando tumbo entre los muertos, el fajo de billetes de dólares, casi en la mano del dueño inicial de ese dinero, que ahora yacía muerto...
Llegamos a la escuela militar. Bajamos a los muertos amigos y al muerto enemigo. Al rato llegó un mayor. Le explicaron con lujo de detalles lo acontecido. Mientras al oficial le relataban esa macabra realidad, éste se tocaba y rascaba la cabeza, quizás, no queriendo creer lo ocurrido. Luego, el comandante ordenó formar...
-¡Atención! ¡Escuadra de servicios especiales! ¡Honores a nuestros camaradas caídos en acto de servicio militar!-¡Atención, firmes! ¡Alinear, vista al frente! ¡Al hombro ar...! -¡Atención, presenten armas!...
Presentando armas, firmes ,estáticos, gélidos, mudos, sentíamos como la brisa helada y cubiertos por la luz gris de ese día, totalmente nublado, servía como marco perfecto para este cuadro patético.
-¡Soldados!.. ¡Descansen armas! ¡Giro a la derecha! Mar...
Un solo movimiento. Al unísono, obedecimos y, nos dirigimos a limpiar nuestras armas y reponer municiones. Cuando nos dirigíamos al sector indicado, cruzó en sentido contrario el capellán. Fue algo instintivo, mi mirada se mezcló con la del cura, y con todo desparpajo e ironía le mostré mi rostro, esgrimiendo una sonrisa, con mi cara plena de felicidad y, para mis adentros, pensé: “Anda a sapear la mensa cagaíta güeón, cura culiao”.
Mientras limpiaba mi arma, me invadía un torbellino de dudas. Sumido en un mar de confusiones, sintiendo que todo lo que, hasta ahora, había vivido, transformó mi estado mental en una demencial locura, no queriendo aceptar que esas sensaciones me transportaban a lo apasionado y terrible, cayendo en un vértigo de sensaciones que podrían hacer de mí lo que quisiera, cuando entregaba mi adicción a ella.
Ese sentimiento descubrí en mi servicio militar obligatorio, cuando, ahora, yo era parte del mundo desconocido y tenebroso de los militares.
Después, nos dirigimos al rancho, donde recibimos nuestro habitual desayuno: un jarro de café con leche y pan con chancho chino. Durante el desayuno, llegó un oficial y ordenó que todos los soldados que formábamos la escuadra de servicios especiales, seríamos devueltos a nuestras unidades.
Sentado en mi cama, esperando a quien vendría a buscarme, sentía como me invadía el sueño, pero una orden me despertó.
-¡Soldado Demian!
-¡¡¡Ordene mi teniente!!!- Contesté.
- ¡Diríjase a la entrada principal. Mi capitán Martus lo espera!
- ¡¡¡A su orden, mi teniente!!! - contesté, mientras tomaba mis pertrechos de guerra y con una insignificante despedida hacia los soldados, dirigí mis pasos a la salida de los dormitorios. Pero, al llegar a la puerta detrás de mí, escuché:
-¡Soldado Demián! -
Dí la media vuelta, y vi al resto de los soldados de la escuadra de servicios especiales con una actitud de estar rezando; y, uno de ellos, haciendo la señal de la cruz, con la cara llena de risa, gritó:
-¡Salud! Ja, ja, ja, ja.
A lo que contesté feliz
-¡Amén, soldados! Ja, ja, ja. -- Y salí en dirección al jeep donde esperaba mi capitán Martus. Hice los saludos de rigor, subí al jeep y abandonamos la escuela militar. Luego de una pausa, mi capitán curioso preguntó:
- Soldado Demián, me llamaron urgente, para que te viniera a buscar. ¿Te mandaste alguna cagá, güeón?
-No, mi capitán. Sucede que un soldado mató a un teniente.
Durante el trayecto relaté lo acontecido a mi capitán Martus. Este, impresionado, casi no lo podía creer.
Llegamos a la escuela de telecomunicaciones, donde me encontré con los soldados de mi unidad.
-¡Hola, indio Demián!. ¿Dónde chucha te tenían los milicos güeón?. Cuenta po´ indio.
-¿Sabís, guaso culiao?.. te cuento. Lo pasé flor. Estaba de guardia en una casa de putas, tenía que cuidarles el choro y como yo soy super rico, me las caché a todas y el sargento...
-¡Sale indio culiao! Estai güeviando, chao güeón...
Así pasó la tarde, entre risas y bromas, evitando cualquier comentario de todo lo vivido durante mi estadía en la escuela militar, donde formé parte de la escuadra de servicios especiales.
Después ordenaron formar en línea, hacia un escritorio, donde un sub-oficial nos ordenaba dar nuestra dirección y nombre de mis padres, ciudad de origen y escribir un telegrama que decía:
Queridos padres: Me encuentro sin novedad punto cumpliendo obligaciones militares punto saludos punto. Fecha 29 Septiembre 1973 Hora 17 P.M. Santiago.
Terminado este trámite alistarse y formar para el rancho, donde sirvieron lechugas y chancho chino, cazuela de vacuno, mote guisado con unas diminutas y miserables partículas de carne remolida, un jarro de té y chao.
Un pequeño descanso, y, nuevamente, a formar para el relevo de la guardia.
Ahora, estaba de guardia por el perímetro de la escuela de telecomunicaciones y la escuela de carabineros. Relevamos a mis compañeros en un pasaje de casas relindas, pero con más frío que la cresta. Frío y soledad. En la esquina sapeando y mirando nada. Mi mente observa. Se vé al observarse a si mismo. Mis ojos, mi vista, no me pertenecían. El frío de mis ojos, saben más del hombre que soy.
El frío está en mi cuerpo. Decaído y desanimado, lloro, sollozo, triste y deprimido. Me siento helado, relajado, que casi caigo dormido... camino, simplemente camino... sin ningún pito. Tengo una horrible sensación de miedo... fué una sensación pavorosa... Sintiendo frío y viendo las casas super bonitas, pero rodeadas del gélido frío capitalino, tiritaba mi compañero y yo. Nos mirábamos. Nuestros ojos y nuestras vistas, no nos pertenecen, casi inconscientes por el hielo de la noche del Santiago insoportable.
El frío dio paso a mi impulso irracional, y dejo nacer un mal pensamiento, dejo jugar a mi maldad. Camino,... simplemente... camino... por el pasaje de casas lindas, tratando de esquivar el frío, escuchaba los ronquidos que salían a través de las ventanas, parecía un concierto de ronquidos. Los ciudadanos dormían plácidamente, mientras, que nosotros, luchábamos contra el frío, el sueño y la cordura. Viendo a mis compañeros, sintiéndonos con una profunda tristeza interior, sintiéndonos humillados y usados, explotó en mí un acto demencial e histérico a lo que comenté...
-¡Cuando yo no duermo, nadie duerme güeón!.. Retiré el seguro de mi fusil, apunté al aire y grité enloquecido a la vez que disparaba una ráfaga.
-¡Alto, alto ahí!. Y ordené a mi compañero de guardia.
-¡Dispara güeón, dispara!...- corrí junto a mi compañero ordenándole nuevamente.
-¡Dispara, concha de tu madre! ¡Dispara o te cago, guaso culiao!
-¡Dispara, concha de tu madre...!
Este con sus ojos desorbitados, obedeció y descargó su fusil automático con una ráfaga al aire.
-¡Bien, guaso culiao! ¡Ven sígueme, güeón!.
Corrimos, simplemente corrimos... fuera del pasaje, dando la vuelta, bien lejos, nos detuvimos entre unos árboles, jadeando, perturbados, pero sin frío, sin nada de frío... El guaso totalmente furioso y confundido gritó:
-¡Indio culiao, estay loco, güeón!... ¿Pa´qué chucha disparamos, güeón?
¡Por qué chucha! ¡Estay rayao indio culiao, güeón!
A lo que le respondí con total tranquilidad, casi feliz...
-¡Pa´güeviar, po´s, guaso, ja, ja, ja.
El guaso, mirándome sorprendido y cauteloso ante mi desequilibrada actitud dijo:
-¡Indio Demián, seguro que ahora vá a venir la patrulla! Qué güeá le vamos a decir?
-Déjame a mí, yo le cuento al cabo de la patrulla, que salieron unos
civiles, por la pared del pasaje y les gritamos alto y no obedecieron, por eso disparamos, po´s güeón...
-¡Indio culiao! ¡Estái loco güeón!
-¡Y qué querís, guaso culiao, los güeones están durmiendo tranquilitos en sus casas y nosotros, en la calle cagaos de frío y sueño!. ¿No cachái que estamos pa´l güeveo de los milicos y los civiles? O no cachái que estos güeones nos metieron en su volá. Son todos unos satisfechos, son unos patuos, si alguien me güevea, los agarro a balazos, no me importa ninguna güeá, cachái. Se nos pasó el frío y el sueño, ja, ja, ja.
-Tenís razón, indio culiao, ja, ja, ja.
Estábamos locos, eufóricos de risa, sin frío, nada de frío, nada de sueño, nada de aburridos, sólo sabía que el frío desequilibró mi mente.
Las luces de la patrulla nos distrajeron. Cambiamos de actitud, de felices a cara de haber disparado sin motivo. Debía justificar con una mentira convincente mi actitud morbosa, que nació al sentir ese frío desequilibrante, mi maldad prevaleció y debía seguir el juego, cuando me presenté a la patrulla.
-Mi cabo, al fondo del callejón saltaron cinco hombres armados, disparé y grité alto, luego los dos abrimos fuego, pero no le dimos a ninguno.
El cabo al mando de la patrulla, casi incrédulo por mi explicación, y para aclarar sus dudas preguntó al guaso
-¿Y usted, soldado, qué hizo?
-Es verdad, mi cabo- respondió con una voz, que no se la creyó nadie. Su cagá de voz, dejó en total duda mi increíble versión.
A lo que el cabo intuyó que todo era una farsa y amenazó:
-¡¡¡Parece que están puro güeviando, pelaos!!!- En el regimiento vamos a hablar... ¡Buenas Noches!
Se retiró la patrulla, sabiendo que aún no terminaba mi juego..
-¡Oye Demián! ¿Por qué hiciste esa güeá? ¿Estái loco, güeón?
-¡Oye guaso, quería disparar, quería disparar, eso quería, disparar, güeón,... ja, ja.
Después sentí mi cuerpo lánguido, deshuesado, sobre la forma perfecta del tronco de un árbol, que servía para cobijar toda la gama de sensaciones que recorría mi alma, mis sentidos, por lo irracional.
Mi actitud reflejaba lo inconsciente de los militares al traernos a esta situación, o ellos, simplemente, nos miraban como soldados, sabiendo que todos los soldados somos hijos del pueblo. Los hijos de papito no cumplen el servicio militar obligatorio. La clase menos que media, está propensa a cumplir con el servicio militar obligatorio.
Todos intuíamos que más de alguno de nuestros familiares queridos, correría el peligro de las fuerzas armadas, porque los militares estaban poseídos por el embrujo de la guerra, su agresividad sobrepasó los límites. Actuábamos brutales, groseros, violentos, letales, eficaces y mortales.
La instrucción que aprendí, mucho antes del “golpe militar”, sin pensar jamás que eso ayudó a coronar mi maldad. Recibí esa instrucción como algo mío. Disfrutaba con esa forma agresiva, que ahí en el ejército, uno descubre, o te gusta, o no sé que chucha, a mí me volaba. Fue una droga límite, un vicio donde me creía “la muerte” y en “Santiago-vietnám” la usé.
Me sentía caer bajo los hechizos de esta situación, pues la experiencia de gozo o placer estaba sobre la razón y la voluntad. Aquello que simboliza el deseo de lo prohibido, aquello que debo experimentar sin importar el costo, es la necesidad de caminar al borde del abismo. Ese latido de muerte y vida, de control y descontrol, de amor y odio, era la necesidad de la intensidad de experimentar mi vida.
Empieza a amanecer en la capital, los pájaros trinan, dándonos ánimo. De las casas re lindas, salen señoras, señores, estudiantes. Nos miran tímidos o molestos por la balacera de esa noche, sin saber que esos disparos, fueron ocasionados por una razón de seguridad o simplemente fue por una estupidez, o era el deseo demencial de calmar mi equilibrado o desequilibrado ímpetu de verme inmerso en el clima de violencia armada, siendo esta clase de hombre que está al límite de la vida y la muerte. Ese sentir naturalmente morboso, te descontrola.
Con mi fusil al pecho, caminando en forma ridículo, sentí toda mi estupidez aflorada por el uniforme, con cara y aspecto de estúpido, caminaba por la acera.
-¡¡¡Hey, Demián!!! ¡¡¡Soy ridículo, güeón!!! - comentó mi compañero.
-¡¡¡Qué te pasa, guaso!!!- soy ridículo, soy milico ridículo. ¿Qué cara pongo con la cagá de anoche, güeón?
-Calma, indio Demián. ¡Cacha... las viejas pa´ricas!
-Las dos mujeres, señoras, rubiecitas, exquisitas, se dirigieron a nosotros.
-¡Señores soldados! ¿Le puedo preguntar algo?
A lo que respondí con ironía y coqueto:
- ¡Pregunte todo lo que quiera, es lo más que deseo!- respondí a la rubia exquisita mujer, y a la vez, con los ojos fijos en sus pronunciados senos. Ella inquieta preguntó:
-¿Acá fue donde anoche se escucharon unos disparos?
- Yo voy a contarles lo que pasó: Resulta señoras, que anoche, yo quería prender un pito de marihuana, y no tenía fósforos (esa es la panne del hippie) y, resulta que golpeé en una puerta. Salió una mujer estupenda, como ustedes, en bata, le pedí fósforos y al saber que era para encender un pito, nos invitó a fumar en su dormitorio, y cuando estábamos fumando, la señora dijo que cuando fumaba yerba, junto con volarse, se excitaba y empezamos a revolcarnos con esa señora, pero llegó de repente su marido, el que se enojó y como nos insultó.... ¡lo matamos!..
Terminé diciendo esa brutalidad, más aún abriendo mis ojos, mirando descaradamente y con cara de caliente recorrí todo el cuerpo de esas ricas santiaguinas. Ellas rojas de vergüenza por mi desfachatez, dieron la media vuelta y salieron despavoridas desde nuestro lado, molestas, avergonzadas o quizás, creyendo cualquier güeá.
-¡Oye, indio Demián!. ¡Que soy ordinario, güeón! ¡Como fuiste capaz de contar esa güeá!- a lo que respondí a grito pelao y con rabia.
-¡Oye, guaso culiao! Es que estoy caliente, acá en Santiago no he podido hacer nada. Estoy caliente... ja, ja, ja.
Algunos peatones miraban, dudando o queriendo dar a entender que escucharon mal.
-¡Demián!... ¡Cállate, cállate, cállate, güeón...!- Gritaba mi compañero.
-¡Estoy caliente! Ja, ja. ¿Chao? - repetía histéricamente, repetía casi descontrolado, luego de mi arranque de estupidez.
Miré al cielo, sentí unas gruesas gotas en mi cara. Que nostalgia de tiempos idos. La lluvia, las lágrimas, eran un barniz para el alma.
Sintiendo una profunda tristeza interior, había estado pagando el precio de la negación de mis auténticos sentimientos. Simplemente, lloré, simplemente, sin importar nada, sentado en la cuneta, mirando al cielo, lluvia y lágrimas. Odio y amor, cordura y locura, ja, ja, ja. Sentía que en Santiago-Vietnám, tenía una locura total.
-¡Hey, Demián! Párate, puede venir el relevo.
Al verlo, sus ojos se veían húmedos y agregó...
-¡Estái llorando, indio culiao!
-¡No, guaso culiao! No son lágrimas, de dolor. Son lágrimas de puro semen. Boto semen hasta por los ojos güeón, ja, ja, ja.
-¡Ándate a la chucha, indio culiao! Ja, ja, ja.
Terminaron en risas, nuestras angustias y chao. Apareció el jeep con el relevo, entregamos la guardia, y nos transportaron a la escuela de telecomunicaciones.
Al entrar a la escuela, estaba esperándonos el cabo incrédulo, y apenas nos vió ordenó:
-¡Ustedes dos, vengan... acompáñenme!
El cabo nos llevó a un lugar apartado y nuevamente interrogó sobre el motivo de los disparos de esa noche.
Le repetí el mismo cuento, palabra por palabra, pero necesitaba algo para convencerse y preguntó al otro guardia:
-¿Por qué disparaste tú? ¿Dónde estabas? ¿Al lado? ¿Juntos? ¿Separados?.
El guaso culiao, tratando de emitir una actitud y voz convincente, con su cagá de vos, delató nuestro juego, a lo que el cabo ordenó furioso.
-¡Ya pelaos! ¡Tronco incline! El cabo pensaba castigarnos, pegándonos patadas en la raja, pero yo no lo acepté y levanté mi fusil y apuntándole a su cuerpo lo enfrenté decidido a todo, gritando
-¡Mi cabo, si cree, cree! Pero a mí no me va a castigar como a un vulgar pelao conscripto...
El cabo incrédulo, furioso y sorprendido, dió la vuelta y partió en dirección de no sé dónde, pero lo más seguro, sería que daría a conocer mi acto de total rebeldía, a la disciplina militar, con el comandante de mi compañía.
-¡Oye, indio Demián! ¡Güeón, estái loco! ¡Cómo se te ocurre apuntar al cabo. El güeón, quedó loco.
-¡Vos, guaso!. Nunca viste esta situación. Si el cabo viene con mi capitán Martus, yo explico mi actitud, pero tenís que afirmar que nunca lo apunté con el fusil.
-No sé, indio Damián, estoi loco con vos, que tenís cada arranque de locura, güeón.
De inmediato apareció ante nuestras miradas el cabo incrédulo, junto con mi capitán Martus y ordenó:
-Usted soldado, tú Demián, ven de inmediato. El otro que se retire.
El capitán ordenó que lo siguiera, mientras el cabo incrédulo y el otro guardia salieron en distintas direcciones.
-¡Soldado Demián!. Su cabo lo acusó de una grave falta. Quiero escuchar su versión. No quiero perder el tiempo. Sea preciso y breve.
-Mi capitán, anoche, cuando estaba de guardia, casi inconsciente por el frío, creí ver unas personas en actitud sospechosa. Les ordené alto o disparo, pero no obedecieron y abrí fuego, junto con ordenar al otro guardia que disparara. Después de ese momento crítico, no se veía nada, ningún civil o algo sospechoso. Al rato llegó la patrulla, le expliqué a mi cabo, y él, simplemente, no nos creyó. Quería castigarnos con patadas en la raja... Yo, no acepto ese vulgar castigo. Yo, ahora soy un soldado, un guerrero, un perro infante. Es cierto que insinué algo con mi fusil en contra de mi cabo, pero él no tuvo el valor para enfrentarme y salió directo a acusarme.
-Mi capitán, yo soy un soldado. Esa no es manera de castigar a un soldado guerrero, y seguía explicando a mi capitán.
-Me he visto en situaciones de extrema violencia, pero la verdad, mi capitán, a mí se me ocurrió disparar. Estaba trastornado de frío, esa es la verdad.
-¡Soldado Demián!-¿Le habría disparado al cabo?.
-Mi capitán Martus, si el cabo hubiera tratado de sacar su pistola, y me hubiera enfrentado, ceo que para él o para mí hubiera sido fatal, esa situación extrema me transforma, no la rehuyó, al contrario, me atrae, siento un susto y un gusto morboso. Eso lo descubrí ahora, mientras cumplo mi servicio militar. Estoy casi loco. Descubrí que la violencia extrema, o alguna situación extrema, no me desagrada, casi podría decir que la disfruto a cualquier precio. Esa es mi situación, capitán Martus.
. - ¿Soldado Demián, antes del ejército, aparte de estudiar, cuál era su actividad?
-Mi capitán, yo me creía hippie, sólo era paz y amor. No a la guerra, sí, al amor, sí, a la vida por la naturaleza y mi arma era un pito de marihuana, ja, ja, ja - contesté riendo, casi molesto al darle a conocer mi vida pasada y vicios presentes.
-Es para no creerlo, soldado Demián, tu cambio de actitud. Siempre te has destacado por tu forma de aprender la instrucción militar. Más aún, tu forma temeraria y letal que has demostrado acá en Santiago.
-Mi capitán, desde que me vi enfrentado a situaciones límites, parece que estuviera hechizado, embrujado.
-¡Cálmate, soldado Demián!. Nuestros enemigos son los de la izquierda, no los militares. Entiendo tu estado pero, controla tus impulsos, quiero llevarte vivo a Iquique. ¡Es una orden!.
-Sí, mi capitán- El capitán ordenó que fuera a descansar y chao.
El capitán Martus, sabía que le conté la verdad, porque la verdad se siente, la verdad no se sabe. La verdad se siente.
Fui al dormitorio, guardé mi fusil casco y fornitura. Tomé mi jarro y fui al rancho.
Desayuno: café con leche y pan con chancho chino. En el comedor divisé a mi compañero de guardia. Este levantó las cejas, esperando mi respuesta. Levanté mi brazo derecho y le mostré el signo de la paz. Acá y allá, no había pasado nada. Asunto terminado.
Después al dormitorio. Fuera el uniforme, ducha y aseo corporal. A la cama, dormir, dormir y chao.
A las 12.30 a.m. , levantarse la guardia saliente. Al rancho. Formados, lavados, al rancho mar...: cazuela de vacuno, porotos con rienda y un jarro de té y chao.
Durante el rancho ordenaron que todos los soldados en descanso, deberían estar a las 15 hrs. en aula de la Escuela de telecomunicaciones, porque venían unos artistas a entretener a la tropa.
Estaba ubicado en la segunda corrida de asientos, después del escenario. Sobre éste se veían guitarras eléctricas, teclados, baterías y equipos de sonidos. Muy bonito y moderno todo. A la hora prevista, apareció un animador anunciando..
-Soldados, nuestra misión es entretener a la tropa y ahora, dejo con ustedes al conjunto “Panal” con su vocalista Dennis.
Salieron los músicos al escenario, afiataron sus instrumentos, 1,2,3 y la música a todo chancho, a todo volumen, junto a la aparición de la cantante Dennis. Ella vestía mini, botas y una sensual polera escotada. Cantaba y se movía casi insinuante o, al menos, a nosotros nos parecía un baile casi sensual y se nos transformaba en algo super erótico, sexual. Cuando cantaba y se movía, los alaridos de nosotros, los pelaos calientes, parece que provocaba algún efecto en la cantante. Ella cada vez parecía que se movía más rica y sexy.
Cantó y bailó varios temas, y se fue entre aplausos, besos, suspiros y lamentos de ese público de pelaos calientes.
Luego, salieron las hermosas lolitas del conjunto “Frecuencia Mod”. Eran tres lolitas, cual de todas más, más rica. Fue peor para nosotros los pobres pelaos calientes.
Ya no gritábamos, rugíamos de deseos entre mezclados con aplausos y piropos. Les hacíamos sentir a cada una de las integrantes del conjunto “Frecuencia Mod”, las intenciones de cada pelao, que quería con cada una de esas ricas lolitas.
Al final, salió un cantante pelucón, chascón y barbudo. Este no calentó a nadie. Como llegó, se fue y chao. El show ha terminado..
Llegó la hora del rancho, a comer. Luego a formar para la guardia.
Son las 21,00 hrs. estamos formados para el relevo de guardia.
-Guardias, por columnas, en línea, a la derecha, mar...
De nuevo estaba de guardia en el perímetro de la escuela de telecomunicaciones y la escuela de carabineros.
-¡Indio Demián! ¿Te gustó el show?
-¡Sí, guaso! Las lolitas ricas, a esa Dennis, le chupará hasta los lentecitos, y a la frecuencia Mod, las amarraría una por una, hasta morir de hacer tanto el amor. ¡Estos milicos que son güeones! Cómo chucha se les ocurre traer a esas mujeres. ¡Quedó toda la tropa super caliente, ¿O no, güeón?. Vos no te calentaste viendo a las lolas tan ricas, güeón, porque yo tenía el hueso del amor super parado de puro caliente...
-¡Sí, indio Demián!...Güeón. Quedé super caliente con esas locas, güeón.
-¿Viste, güeón? Ja, ja, ja. - - Nos apretábamos la guata de tanto reírnos. Los ojos se nos llenaron de lágrimas por nuestro comentario.
Yo, estaba apoyado en el tronco del árbol, pero sin saber cómo y de dónde, a media cuadra de nuestra posición, un auto arrancó el motor, aceleró y en actitud sospechosa se dirigió rápido a nosotros. Encendieron sus luces altas.
-¡Oye, indio Demián! ¿Serán militares?
-Apúntalos y pregúntales el santo y seña! ¡Yo te cubro!
-El guardia apuntando casi tímido y algo enceguecido por los focos del vehículo, no mostraba ninguna actitud intimidante, es más, su postura confusa y poco desafiante, dió pié para, que desde el auto, le dispararan a mansalva. Viendo como voló el casco de mi compañero de guardia y a la vez caía al suelo, sin saber, si estaba herido o muerto, disparé, disparé, disparé. Vacié el cargador. Volví a carga mi fusil, viendo que el auto se incrustaba en las rejas de un ante jardín.
Un segundo, un tiempo interminable, igual que una burbuja, sin principio ni fin, acabo con el palpitante silencio. Casi se podía empujar la tensión de ese momento.
-¿Guaso, estái herido?-grité desesperado sin dejar de apuntar al auto.
-¡No, Demián! - éste respondió con tono convincente, pero histérico, poniéndose de pié y dirigiéndose con su fusil, apuntando al auto con la cara desencajada de furia
-¡Cálmate, guaso culiao! ¡Pa´dónde vai güeón! ¡Cálmate, güeón!
El guaso sin querer oir, ni obedecer, seguía enceguecido hacia el auto, llegando a la puerta del conductor, y junto con gritar:
-¡¡Por qué concha de tu madre!! ¡¡ Ah, ah, ah, ah, ah!!
Descargó las 20 balas de su cargador contra sus agresores. Y volvió a cargar munición, vaciando otra descarga a escasos centímetros del enemigo. Los que quedaron totalmente destrozados por los impactos de esos proyectiles de grueso calibre.
-¡Cálmate, guaso!- le gritaba yo, para tranquilizarlo- ¡Córtala, güeón! ¡No!, ¡No! ¡Para, para, guaso!.
Los dos nos miramos, con una orden inaudible. Como un rito, una ceremonia, el ocaso, el relax, lo indeseado, deseado, la lujuria, la vida de la muerte, nos llevó a quedarnos afirmados en el tronco del árbol, esperando lo inesperado, rogando o suplicando por algo más, por nada menos. Tiritábamos, babeábamos, miedo, espanto, susto, gusto y terror.
Luego fui a revisar el vehículo. Los que ocupaban el auto, ahora estaban muertos, los dos cuerpos destrozados.
-¿Ven, están muertos!, ¡Ven, guaso! ¡Ven, güeón, mira!
El compañero de guardia llegó nervioso a mi lado, luego intruseamos el auto, había fusiles AKG, municiones y uniformes verde oliva. Los muertos tenían armas automáticas y sus pasaportes eran cubanos.
Nos encontrábamos revisando el auto, cuando llegó el jeep con la patrulla militar. Bajó mi capitán Martus, y ordenó:
-¿Cuál es la situación, guardias?
-Mi capitán, los dimos de baja. Nos agredieron a mansalva, por poco nos liquidan.
-¡Bien la guardia! -comentó, mi capitán Martus, acercándose al vehículo y al llegar, vimos con asombro, como se desfiguraba su rostro, al ver a esos cuerpos destrozados por nuestras balas. Los otros integrantes también curioseaban al interior del vehículo, y daban vuelta la cara, mirándonos a nosotros, tratando de encontrar alguna explicación o algún consuelo de tanta crueldad.
Mi capitán Martus, se volvió a nosotros y, casi incrédulo, o quizás, no queriendo creer lo que veía preguntó:
-¡Soldado, Demián! ¿Ustedes, dos soldados, repelieron el ataque?
Respondí rápido y seguro -¡Sí, mi capitán!
-¿Y era necesario rematarlos?- el guaso contestó, totalmente descontrolado.
-Mi capitán, ellos dispararon primero. Una bala rebotó en mi casco, ellos querían matarme, pero Demián los aseguró, y ...yo, los rematé. Ellos querían matarme, sí, mi capitán. Ellos querían matarme, mi capitán. Ellos querían matarme, ja, ja, ja, y yo los rematé, mi capitán ja, ja, ja. Ellos querían matarme, mi capitán, ja, ja, y yo los rematé, mi capitán ja, ja, ja.
Su risa demencial, desquiciada, increíble, desequilibrada y maldita, dió a entender, a mi capitán, que ahora, nos habíamos convertidos en unos perros infantes rabiosos... El capitán, sorprendido por nuestra actitud, ordenó volver a nuestro puesto de guardia.
El capitán volvió con nuevos cargadores de balas y ordenó
-¡Soldados, entréguenme sus cargadores vacíos!
-Gracias, mi capitán.
Luego, vino un vehículo grúa y una ambulancia llevándose los cuerpos masacrados y el auto baleado y chocado, quizás donde nunca se supo.
Nuevamente solos en nuestro puesto de guardia.
-¡Oye, indio Demián! ¡La salvá que nos pegamos, güeón!¡Esos culiaos querían matarnos, güeón. La media volá...
-¡Vos te salvaste, guaso culiao!. ¡Estabai regalao con esos güeones!. ¡Cómo chucha no cachaste cuando dispararon! .Vos tenís que estar en el filo, en la cúspide, en el clímax. Listo a disparar, a disparar de manera letal, mortífera, o tú. Primero, tú; segundo, tú. Eso es este clima de violencia... y seguí vociferando, casi en trance.
-¡Oye, guaso! Todos estos güeones, que se enfrentan a los militares, son políticos idealistas, son suicidad, sin criterio, mueren por su ideal y matan por su ideal, después se van al paraíso o al infierno de los mártires, pero muertos ja, ja, ja, ja...
-¡Oye, indio Demián! ¡Dime la firme! (la verdad). Si te matan, güeón, ¿qué onda pensái?...
-¡Mala raja! ¡Si me matan! Pero, que sea con mil balas, para quedar fragmentado en mil partes, y lo que quede de mi cagá de cuerpo, lo tiren a los potreros, bien cerca de Los Andes, para que las aves carroñeras se alimenten de mis piltrajas humanas, y cuando vuelen y defequen, que esas fechas caigan sobre las matas de marihuana y así poder seguir volando por los siglos de los siglos, amén, guaso culiao, ja, ja, ja.
Terminé mi respuesta a su mortuoria pregunta. El guaso al escuchar esa actitud tan volada de mi vida, puso una cara como de espanto y se escondió en su silencio. Después ningún comentario.
El frío cubrió todo, helaba, congelaba, casi todo, pero todo normal. Después de ese momento macabro, donde sentía mis extrañas vibrar con mi demencial violencia, sintiendo relajada mi maldad, como bajoneado y envuelto en una total depresión y angustia, en medio de un mar de confusiones, necesitaba llorar. Las lágrimas se arrancaban de mis ojos. Luchaba con ese sentimiento imbécil, casi infantil. Me distraje y grité suavemente...
-¡Santiago-vietnam! ¡Santiago-vietnam! Ja, ja, ja. - hablaba solo y reía. Ja, ja, ja. - ¡¡¡Santiago loco, Santiago-vietnam!!!. ¡Ja, ja, ja!
-¿Qué te pasa, indio Demián? ¿Te volviste loco, güeón?
-¡Sí, guaso culiao! ¡Estoy loco, acá en Santiago-vietnam! Ja, ja, chao.
Me voy, ja, ja ...--- sin instinto, sin asombro, sin asco, sin cordura, llevé la punta de mi fusil a mi boca, reflejando clara y convincente mi actitud, y cuando me disponía a dispararme
-¡¡¡No!!! ¡No, indio culiao! ¡¡¡No, no, güeón!!!
Sentí un empujón, caí al suelo, viendo como el guaso tomaba mi fusil. Sacando el cargador, me gritó asustado.
-¡Cálmate, indio Demián! ¡Que el Diablo no te gane, güeón! ¡Cálmate, indio Demián!
-Ya, guaso, pásame el fusil.
El guaso, pasó mi fusil, pero sin el cargador, sin decir absolutamente nada.
Tomé mi arma, caminé varios pasos, controlándome de mi arranque suicida o enloquecido... Solo... en un costado, sin comentar nada con el guaso, llegó el relevo.
Cuando nos dirigíamos a la escuela de telecomunicaciones, el guaso poniendo cara de buena onda, comento:-
-¡Indio, Demián! ¿Se te pasó la güeá?
Mirándolo con mi cara de loco le respondí:
-¡¡¡No, guaso, culiao!!! ¡Esta güeá no se me va a pasar nunca, güeón sapo! ¡¡¡¡chao...!!! – Me adelanté al caminar.
Así llegamos a nuestro cuartel, sin ningún otro comentario.
Al rancho: Desayuno, café con leche y pan con chancho chino.
En la escuela de telecomunicaciones, se acercaron unos pelaos con mi compañero de guardia, preguntando si era verdad lo que había pasado. El pelao para ratificar dijo:
-Sí, güeón, este güeón se volvió loco y quería pegarse un balazo, güeón.- El otro soldado, prar confirmar dijo:
-¿Demián, es en serio, güeón?. Dije
- Sí, güeón, sapo y al pelao que me güevee, le voy apegar una balazo en las güeas, para que se convierta en maraco, y cuando salga a la guardia, vaya con los labios pintados para que parezca milico hueco...Ahí, se acabó la charla, cagándonos de la risa.
Dormir, ¡que rico!. Después de la mejor orden: a dormir. Mi cama, mi símbolo de escape a la realidad. Tratando de dormir acompañado con mi depresión, se vino la nostalgia de mi mamá Helen, el pelao René, mi abuelita Ada, mis hermanos: Gregorio, Alfredo, Alejandro y Rebeca, mi hermanastra, hija de mi padrastro, el pelao René. Era muy rica. La había amado desde que mi mamá se juntó con el pelao René. ¿Que me gustaba? Esa cabra güeona, me tenía loco. Era un amor insólito. Sólo la quería a ella, pero no podía pololear. Vivíamos en la misma casa. Ella era hija del primer matrimonio del pelao René. Yo era hijo de mi madre viuda. René la cuidaba como hueso santo. En mi casa, nadie cachaba esa onda. Ella igual, algunas veces, estando solos, escondidos, nos pegábamos los medios atraques, y sufríamos por nuestro amor prohibido. Los dos sabíamos que nuestros padres jamás aceptarían nuestro más puro e increíble amor. Obviando, todo eso, igual nos hacíamos chupete. Fue mi primer amor. Mi desgarrado, inaceptable, incomprensible amor. Pero, gracias a las circunstancias, se enfrió esa pasión, tomando ambos distintos caminos, en muy buena onda. Así, reconfortado y feliz, pensando en ese bonito amor de mi niñez, dormí super rico.
-¡Despierten soldados! ¡Alistarse para el rancho!
Bañado y formado con el plato, jarro y cuchara fuimos a almorzar: entrada de lechuga con una torreja de chancho chino, cazuela de vacuno, porotos con rienda y un aguachento jugo yupi... Después nos enviaron a hacer el aseo a toda la cagá de escuela de telecomunicaciones. Tres pelaos recogiendo basuritas con la mano. Uno de ellos, se encontró un fulminante de granada (es como una pila larga y chica, que activa la granada de mano), mirándolo y pensando que no servía, lo tiró al montón de basura y después el cabo ordenó quemar esos desperdicios. Obedeciendo la orden prendimos fuego, lo que agarró rápidamente. Y... sorpresa, güeón, nos acordamos del fulminante. Yo dije:
-Capaz que explote la güeá. - El otro pelao dijo:
-No pasa ná, güeón.
Salí corriendo, como presintiendo algo, y los otros imitaron mi onda. En la carrera nos cruzamos con el cabo que había tenido esa mala onda conmigo, y ordenó detenernos, preguntando adónde íbamos. Respondimos que habíamos terminado el aseo.
-Bien soldados, continuar.- Respondió.
Yo le dije a los pelaos:- Oye, güeón, vamos a ver la tele.- Para allá partimos. Al prender la tele, apareció en la imagen el programa de “Música Libre”, y una de las más ricas de las lolas, cantando e imitando el tema “Salta, salta, pequeña langosta”. Ahí quedamos pegaos, con cara de calientes y felices, viendo a la mina con su mini y zapatos suecos. Era toda rica y, en eso, se escuchó una explosión... Los tres nos miramos espantados. No cabía ninguna duda. Había explotado el fulminante de granada. En esos aparece un oficial corriendo y gritando con cara de loco, ordenando a las armas, están atacando a la escuela, a repeler el ataque soldado, y se perdió gritando. Pero nosotros, por instinto, porque la verdad se siente. No se sabe. Cachamos la mala onda en que estábamos metidos. Caminando hacia no sé donde... aparece el mismo cabo que antes nos había visto salir corriendo de donde salió la explosión y con voz amenazante preguntó:
-¿Pelaos, culiaos, qué güeá tiraron a la basura?
Casi al unísono respondimos:-¡Nada, mi cabo!
(Nunca explicaron porqué a los milicos había que decirles: mi cabo, mi sargento, mi teniente, mi capitán, mi mayor, mi comandante. Con el tiempo caché que es una forma de sumisión y anulación personal hacia ellos, los lindos milicos culiaos).
El cabo sapo ordenó: -¡Síganme, güeones! - En dirección, no sé pa´donde. Nos encontramos con el capitán Martus y el cabo sapo, le contó casi en colores nuestra cagaíta. Para colmo, aparece el comandante, director de la Escuela de Telecomunicaciones. El capitán informó a éste. El comandante se acercó a nosotros. El güeón, tenía una pinta que intimidaba a cualquiera, dirigiéndose al pelao lo interrogó. Éste, contando y como haciéndose el güeón, dijo que se había encontrado ese artefacto en el suelo, y, sin saber, que estaba bueno, lo tiró a la basura.
El comandante respondió:-¿Usted soldado, no sabe que las armas las carga el diablo y la disparan los güeones?- Y detrás de esas palabras, le pegó el menso combo en pleno rostro gritándole- ¡Retírese pelao!
Enseguida, parado frente a mí preguntó: -¿Usted soldado, no vió lo que hizo ese güeón?- Respondí atemorizado:
-¡No lo vi, mi comandante! - Éste dijo: ¿Y para qué tiene esas cagás de ojos?, pegándome un gran combo en el estómago, y detrás del golpe, solté el medio peo. Creo que llegó a retumbar Santiago entero. Sentí un fuego en mi cara. Rojo de vergüenza, no quería ni abrir los ojos. Chucha, trágame tierra. No sentía dolor, sólo sentía la fetidez de mi gran peo... y también las carcajadas, risas y más risas. El comandante, el capitán, el cabo, el pelao cagaos de la risa.
El comandante, casi conteniendo la risa, se dirigió al último pelao, diciéndole:- Te salvaste, por el peo güeón.- ¡Retírense!- Ordenó. Cagados de la risa, salimos corriendo. Se me volvió el alma al cuerpo.
En el dormitorio, comentando con los pelaos, la gracia mía, nos reíamos hasta cuando llegó el capitán Martus y delante de todos, se dirigió a mí, diciendo:
-Oiga soldado, a usted lo tengo cachado, andái haciendo puras güeás. ¡Ah! Y si querías matarte, avíseme, yo mismo te pego un balazo cuando querái.
Miré al oficial, casi atrevido dije: - Lo que pasó fue verdad, mi capitán, y si se ofrece a pegar un balazo, hágalo, pero esta es otra situación y cargué el fusil pasando bala, listo y dispuesto a disparar. El oficial tomó la empuñadura de su pistola con actitud sorprendido. Hubo unos segundos interminables, y rompiendo esa densa situación dijo: ¡Vamos, soldado! ¡Sígame. - Caminó delante de mí, rápido y seguro. Llegamos a un gimnasio, dirigiéndose a un ring, dejó a un lado su arma, sacó unos guantes de box y dijo: Ahora ponte los guantes, descarga tu furia conmigo. Olvida mi grado. Sintiendo ira y rabia, subí al ring. Empezamos a tirarnos golpes. Creo, que parece, alcancé a pegarle un combo. El güeón me pegó hasta debajo de la lengua. Sólo recuerdo, cuando un montón de agua aclaró mi mente. Incorporándome, tratando de sentarme, miré al capitán, diciéndole como extrañado: ¡Mi capitán, esa no era la idea!. Riéndome como loco, al igual que el capitán, teníamos ataque de risa.
El oficial, bueno pá los combos, parándose y acercándose estiró su mano ayudando a levantarme, dijo en tono compasivo: -
-Vos, soldado, soy bueno para disparar, pero en el ring, no viste ni una. Demián, te voy a decir que la vida te va a dar muchos golpes, pero siempre tienes que salir adelante. Tu actitud me sorprendió. Jamás pensé que reaccionarías riendo como loco. Eso demuestra que sabes perder, y con eso, vas a ganar mucho en tu larga vida. Anda y dúchate. Borrón y cuenta nueva.
Yo, mirándolo reconfortado, sin rencor, le contesté:
-Mi capitán, usted debería ser boxeador. Tiene un buen gancho de izquierda, y bien cargado a la izquierda. Sonreí burlonamente...
Éste, sonriéndose de mi ironía respondió:
-Ya empezaste a güeviar, no podís estar serio.- Salté del ring, gritando:
-Chao, mi capitán. Gracias.
Al llegar al dormitorio, apenas ingresé, los pelaos se acercaron a curiosear acerca de lo que había pasado con el capitán. Les dije la verdad: Que el capitán era bueno con los combos y me había vencido en el ring y después borrón y cuenta nueva. Uno de los pelaos dijo:
-Vos estái loco, Damián, parece que fumaste yerba fumigá, güeón.
-Sí. – respondí – parece que estaba fumigada con los desperdicios de tu Pinochet, pelao sapo,… ja,ja,ja, se rieron todos.
Después nos ordenaron rápidamente formar con el armamento listo a una misión. El capitán nos informó que saldríamos a revisar cierto sector del Santiago lindo, a buscar a un tal Tohá, Ministro de Allende, nos mostró en una cartulina la foto de un “gallo” flaco, largo y barbudo. Nos llevaron en unas micros (buses) y luego, cerca de nuestra escuela de telecomunicaciones en unas casas de un barrio elegante, bajamos de a dos pelaos por cuadra. La orden era revisar casa por casa, si alguien se resistía, simplemente habría que hacerlo a balazo y punto.
Al escuchar esta orden, me transformé: la locura de guerra, la violencia extrema de muerte, me volaba, sintiendo susto, como que se apoderaba de mí un macabro gusto. Mi maldad rebalsaba mi coraje.
Acompañado del soldado, mi buen amigo nortino, el oficial ordenó:
-¡Ustedes, empiecen por ahí!- Bajé casi corriendo, como un perro de caza. No era un soldado, era un guerrero. Afloraba en mí la ferocidad de bestia salvaje que lleva el ser humano, tratando de controlar ese impulso con mi condición de hippie, reflexionaba pensando que el verdadero enemigo del hombre es su animal interior.
Llegué a un antejardín, la puerta, el timbre, el jardín, la casa, todo era precioso. Mi dedo se pegó al timbre. Con la culata del fusil golpeé la puerta. Mi compañero llegando y mirando extrañado comentó:
-Cálmate, güeón, ¡qué te pasa!.
Yo mirando con cara de trastornado le dije:
-Voy a matar a todos lo güeones, pero a cachas, si sale una mina rica, me la como. Terminé riéndome como poseído, cuando en eso, se abre la puerta principal y una lolita super rica, la que apenas hablaba.
-¿Si, señores soldados? - yo, antes de que siguiera le grité:
-¡¡ Abra la puerta !! - y levanté el fusil apuntándola. Rápidamente, corrió hacia la puerta del antejardín, que daba a la vereda y mientras abría la reja que estaba con llaves, yo la miraba con cara de lacho. Una vez abierta la puerta de rejas metálicas ingresé pidiendo permiso. Al acercarme a la puerta principal de la casa, el olor, el aroma la brisa de los hippies, el perfume de marihuana, de mi alma se salió el soldado guerrero, la bestia salvaje. Se cubrió de amor y paz. Parado en el umbral de la puerta miré, entre una nube de humo de yerbita, acompañado con música de fondo- The door- por los siglos de los siglos, que había perdido esa buena onda. Los hippies, lolos bonitos, decentitos y voladitos en su volá y el bajón preguntaron: ¿Qué desea? - sin ningún reparo les respondí: ¡marihuana!- Casi incrédula, una lola se acercó con un morral diciendo: ¿Pitean?, ¡Soy hippie!- Respondí:
-Sí, piteo, soy un milico hippie, metido en mala onda, ¿cachai?
Ella preguntó: ¿Soy de Santiago? - Respondí:
- Soy de Iquique, de allá nos trajeron.- Ella continuó preguntando:
-¿Te podemos ayudar en algo? - Respondí:
-¿Sabís? Te puedo dar un número de teléfono de Iquique para que les digas al que conteste que estoy acá y sigo vivo, - Yo no sé que cara tenía. Inspiraba pura lástima. La lola dijo:
-Llama al tiro, ahí está el teléfono. - Rápidamente marqué el número de mi vecino, (en mi casa no tenía teléfono). Después de unos minutos me comunico. Me contestó mi rica vecina Isabel. Ella no lo podía creer, diciendo que mi mamá había ido varias veces al regimiento Carampangue de Iquique a preguntar por mí y que los milicos le habían dado, como respuesta, que yo estaba cumpliendo obligaciones militares y punto. También me informó que días antes también llamaron unas señoras, diciéndoles que yo estaba en Santiago.
- Tu familia está super preocupada- me dijo
-Chabela, dile a mi mamá que estoy bien, que los quiero mucho-. Un nudo en mi garganta no me dejó seguir hablando. La nostalgia y angustia me envolvían. Con un sollozo apretado en mi garganta le dije:
-Chao, Chabela, saludos a todos- y colgué. Los lolos mirando comentaban:
- ¡Que mala onda! - Al ver al soldado con cara de melancolía. Le pedí casi rogando:
-Deja llamar a mi compañero, él es de la oficina Victoria.
-Claro. No te preocupes. - Mi compañero, se acercó al teléfono. En unos segundos se había comunicado, y con tan buena suerte, que pudo hablar con su mamá, entre sollozos y llantos. Ahí supo que su mamá había ido al regimiento y le habían dado como respuesta lo mismo que a mí: se encuentra cumpliendo obligaciones militares y punto. Yo cachando la buena onda de los lolos hippies solidarios y con cara de víctima les dije a la lola, si me regala un pitito. Ella, inmediatamente vació una cajetilla de cigarros, llenándola con yerbitas, más unos pepelillos smoking. Mi compañero de guardia, como sacándonos del trance, invitó a que nos fuéramos. Lo que hicimos, despidiéndonos agradecidos de los lolos.
Al caminar hacia afuera, le comenté:
-Soy llorón, güeón. Andái dando lástima.- Él molesto contestó:
-Y vos güeón, llorón y machetero, pero igual fue buena onda. Hablé con mi mamá. Lo más penca fue que a mi tío lo tomaron y los milicos se lo llevaron a Pisagua. No sabía qué decirle. Pobrecita. Capaz que lo maten los milicos culiaos. Mi tío, es dirigente sindical y comunista hasta los huesos. Chucha, güeón, que mala onda.
Yo tratando de consolarlo, le dije que allá en el norte no pa saba ná y que en Santiago, sí que hay mala onda. En ese caminar y comentarios, llegamos al lado de otra casa. Tocamos el timbre y salió una mujer rubia y “rica”. Le explicamos nuestra misión y respetuosamente nos hizo pasar a su preciosa casa. Yo ordené:
- Deben esperar en el living, mientras nosotros revisamos la casa.
De la cocina salía un exquisito olor de un queque. Aroma que invadía toda la casa. Miré a mi compañero y como instuyendo, el me siguió. El olfato nos llevó derechito a la cocina. Ahí estaba el queque, calientito y rico. El pelao, sacando su yatagán, le pegó el corte medio a medio. Yo le pasé un mantel, y envolvió el queque y lo puso dentro de la parka. Dimos unas vueltas por la casa como haciendo grupo y llegamos al living, anunciándole a la rubia mujer rica y dueña de casa, que nos retirábamos. Ella, sin antes decirle a la que parecía empleada:
Tráele un pedacito de queque a los soldados, por favor.
Nos miramos, casi acusándonos, y reaccionando le contesté:
. No. Gracias, señora. Hasta luego.- Y rápidamente, caminamos hacia afuera, como arrancando, nos perdimos. Caminamos hasta la otra esquina, y como que ya escuchábamos a la rubia gritando por su queque.
Rápido sacamos el queque y pa´ entro. Atragantados y atorados en risa. Y, sin saber, de adonde apareció al lado de nosotros el capitán Martus. Al vernos atragantados comiendo, se le puso verde la cara de rabia. Interrogándonos furioso dijo:
-¿Quién les pasó comida? ¿No saben que no deben recibir alimentos de los civiles? Puede estar envenenado.¡Pelaos güeones!. -contesté:
- Nos dieron en una casa que inspeccionamos.- El capitán ordenó:
-¡Síganme, vamos a esa casa! - Chucha, no queríamos ni llegar. Llegamos, el oficial tocó el timbre y casi al tiro, salió la misma rubia mujer rica, dueña de casa. El oficial la interrogó para confirmar nuestra versión. La dueña de casa, mirándonos con cara de mala onda y molesta, contestó:
-Sí, yo se los regalé.-- dijo con un tono más que irónico .
-Gracias. -- respondió el oficial, despidiéndose y a la vez ordenándonos que siguiéramos hasta la vuelta de esa esquina, porque terminó la misión y era una falsa alarma.
Con mi compañero salimos corriendo, arrancando de esa fea y mala onda por parte de nosotros.
Al llegar a la Escuela de Telecomunicaciones, una vez formados y contados, el oficial ordenó que ahora, debiéramos tomar todos nuestros pertrechos de guerra porque nos iríamos a otra unidad. Más que rápido, obedecimos la orden. Arriba de la micro, todos especulábamos que pa´ donde concha nos llevarían a güeviar y más choreados pensando y comentándole a mi compañero:
-Estos milicos culiaos, pareciera que hay un montón de milicos que se reúnen y empiezan a inventar como güeviar a los pelaos, güeón. Todo el día te güevean. Mientras, ya se encontraba en marcha nuestro vehículo, sin saber para donde, ni donde andábamos. Yo, con cara de loco, le dije a mi compañero:
-Chao, en la esquina me bajo.- Parándome y tocando el timbre de la micro. El resto de los pelaos, como que despertaron, dándose vuelta a mirar la extraña situación, sin dejar de reírse. El capitán, que estaba sentado detrás del conductor, mirando sorprendido, me cachó, y molesto me increpó:
-Demián, ¿Por qué tocó el timbre?- Yo contestando como en son de güeveo dije:
- En la esquina me bajo, mi capitán.
Los pelaos rompieron en risas, e inmediatamente el capitán en buena onda gritó:
-¡Bájate en donde querái, güeón, me tenís lleno, güeón.- Riéndose y celebrando mi humorada.
Después de casi una hora, mirando sin ver a nadie, en el atardecer, llegamos casi a media noche nada menos que al Estadio Nacional. Todos curiosos, como impresionados, parecíamos turistas. Creo que ninguno de los que íbamos conocía el Estadio Nacional.
Una vez adentro, la mitad de los pelaos, fueron al relevo de guardia, y nosotros quedamos esperando, por suerte, la orden para ir a descansar en las mismas micros que llegamos. Se llevaron a los otros pelaos, que nunca nadie supo de dónde y a qué regimiento pertenecían. De ahí, lo más rico: ordenaron irse a dormir, acarreándonos a una gran sala de un segundo piso con unos enormes ventanales con vista a Santiago y… por supuesto, como cama tuvimos las baldosas heladas del piso. Ahí quedamos tirados, tratando de aguantar el congelante frío, pero cuando al pelao soldado le ordenan dormir, duerme como sea. Nos comunicaron que al otro día, tendríamos guardia, como pa´cagar la onda al tiro cuando te despertái. Así, como acostumbrado a ese lindo pasar, igual zeta….zzz
-¡Despierten soldados, despierten pelaos, despierten güeones!
Oía esas dulces órdenes de un cabo re culiao. Rápidamente, listo p´al rancho desayuno: café con leche y pan con chancho chino.
En todas las unidades donde habíamos estado en Santiago, el mismo menú, el mismo almuerzo, el mismo desayuno. Creo que todos los pelaos, cagábamos los mismos mojones. Que güevá más loca, en realidad nunca supe porqué llegué a esa conclusión, pero que la güevá era loca, sí era loca.
De ahí, formado en doble fila, siguiendo al cabo re culiao, fuimos por el interior de unos pasillos, que habían debajo de las galerías, en casi todos los rincones, restos de orina y basura. Feo y hediondo la cagá de estadio. En las fotos se veía de respeto, pero, en la realidad, no era ninguna maravilla. Habíamos escuchado que ahí tenían prisioneros, pero en ese momento, no se veía a nadie. Llegamos hasta el último piso, arriba del marcador, ahí nos dejó el cabo, dándonos instrucciones de matar, si algún preso trataba de encaramarse hasta nuestra posición
- A su orden, mi cabo. – Le respondimos, y como diciendo para adentro, este güeón se cree como el general de los milicos, super quebrao, se creía rico el güeón. Era chico, patas cortas y creía que se las sabía todas. El güeón parece que gozaba cuando nos molestaba, y cuando cachaba que a uno le repelía, más te molestaba, era feliz insultándote. El perro infame tenía como un hechizo, pero en mala onda. Todos los pelaos querían puro darle. Lo menos que se merecía, un par de balazos, uno en cada cachete de atrás, pero eso era otra historia. Una vez libre de ese güeón, parados de guardia en lo más alto del estadio, hacia fuera mirando Santiago, después hacia el interior, viendo la cancha de fútbol, las graderías y me doy cuenta que de entre medio de las galuchas 1,2,3,4, la cachá de civiles, presos políticos, salían como de ultratumba, chascones, dándose un poco de calor con sus brazos cruzados en el pecho. Lánguidos, lacios como deshuesados, desarticulados, sólo por instinto se movían. La desilusión, la desesperanza, algunos estirándose bostezaban, cabizbajos, taciturnos. Parecían zombis. Ese horrible panorama lo enmarcaba un silencia de sumisión absoluta. Yo, con mi compañero de guardia, mirábamos sorprendidos, choqueados. No sé cuan largo rato estuvimos observando esa horrible realidad. Hablándole con mi voz enronquecida y apretada por la impresión y tristeza, escondiendo un sollozo, le comenté a mi compañero:
- -La media cagá que tienen estos milicos culiaos, güeón.- Él contestó, mirándome con los ojos llenos de lágrimas:
- - No me esperaba esta güeá. Es horrible. ¿Cuándo chucha irá a terminar?
Sin encontrar respuesta a toda esa mala onda, no había ninguna palabra que describiera ese cuadro patético, y lo peor era la más cruel de las realidades. Este drama desgarraba mis entrañas, comparaba mis enfrentamientos de muerte que había ocasionado. Lo hice en defensa de mi persona. Ellos en acciones suicidas o por su instinto de guerreros, murieron en su ley. Los que nunca se rindieron, prefirieron dar la vida por su gran ideal político, como combatientes y punto…. Reconfortándome, que ellos eran guerrilleros extranjeros. Y para mí, sí eran enemigos. Hasta ahora no había matado a ningún chileno. Pero ahí, en el estadio, tenía la plena convicción de que casi todos eran trabajadores chilenos, que habían combatido sólo con sus ideales y sin más armas que sus palabras. Simplemente, esa era mi opinión, sabiendo que los partidarios del gobierno del Sr. Salvador Allende, la Unidad Popular, engrupidos con la onda de extrema izquierda, queriendo imitar a la revolucionaria Cuba, más la “Biblia” de Lenin y Mark. Enfrentar al pueblo a una revolución armada sin cachar la mensa cagá que hubiera quedado, llevándonos simplemente a una guerra civil, igual que Nicaragua, El Salvador y otros países de Centro América, pero como los militares miran donde los demás no veían, se adelantaron. Evitando lo inevitable, era como un mal necesario. Hasta el más güeón cachaba esa mala onda, y lo peor de lo peor, yo estaba metido en ese baile. Bailando obligado, sin tener el más mínimo interés político, sólo era un hippie, y mi política era hacer el amor y no la guerra. Y en honor a mi política, fumaba yerbita, la que depuraba mis sentidos de adolescente, amando la vida, las mujeres, la tierra y el universo de mi buen Dios. Todas esas malas ondas que viví en Santiago, habían endurecido mi alma, llenándose eslabón por eslabón de la cadena de mi inocencia, al realizar cosas que nunca habría creído posibles. Todos estos sucesos que nadie vé, componían la línea esencial interna de mi destino incierto, jurando por lo más sagrado, por mi familia amada, que nunca jamás intentaría otra vez de suicidarme, soportaría esta infelicidad, como pago de todos los felices años que había pasado antes de llegar a Santiago-Vietnám.
-¡¡¡Hey, soldados!!! Convídenos un cigarrito- Escuchamos la voz de un “cabro” joven preso. Mi compañero de guardia, sin vacilar, sacó de su cajetilla. Yo le dije:
- ¡Espérate!- Dentro de la cajetilla le metí un resto de yerba con unos papelillos. Él, aprobando mi acción, dijo:
- Va a quedar loco el compadre. Que buena onda, Damián.- Dejó caer la cajetilla. El preso, rápidamente, junto a otros, la recogió, urguetiándola y mirándonos, sonreía con los otros, a lo que le contestamos haciéndoles el signo de la paz, sintiendo una intensa compasión por ellos. Todos los que habían cachado nuestro regalito, devolvieron el mismo saludo, del signo de la paz. Faltaba la pura pipa, para fumar la pipa de paz, pero no teníamos la autoridad para aquello.
Ahí mismo se pusieron a pitiar, igual que yo. Me hice el medio pito. El grupo de presos echando humo como locos y levantando la voz en su volada. Decían: Buena onda hermano, mirándonos. – A lo cual les hice un gesto para que estuvieran más piola, y a la vez, corriéndonos varios metros del lugar. Por supuesto, pitiando. A mi compañero, no le gustaba la yerba, sólo el copete y no era hippie, pero sus sentimientos por la vida eran igual a la de un hippie. En el balcón del estadio y mirando hacia Santiago, nos distrajo la entrada al estadio de unos jeep y micros, los que, al detenerse, bajaron a un montón de presos. Algunos bien vestidos, otros pelucones, viejos, jóvenes, trabajadores. Todos de distintos tipos, pero transformados en presos políticos. Los que eran maltratados y violentados. Sus actitudes mostraban el miedo y respeto que un soldado siente por un oficial. Sus cuerpos humillados languidecían de dolor.
Sintiendo toda esa mala onda y como desahogándome por la mala volada comenté:
- Si continúan metiendo presos políticos, no quedarán civiles para trabajar. ¿Quién va a manejar las micros, quién va a recoger la basura, quién va a cuidad a los enfermos, quién va a hacer el pan, quién encenderá y apagará las luches, quién vá a educar, quién va a transmitir música libre, quién va a vender la revista ritmo, quien irá a la iglesia, quién enterrará a los muertos, quién va a traer chancho chino?
Mi compañero, lleno con mis palabras y molesto gritó:
- ¡Córtala, güeón, fumái pa´puro hinchar. Hippie, marihuanero, culiao, terminó riéndose al descargar su onda. A lo que le dije:
- -¡Déjame decir la última, güeón. ¿Quién va a cosechar la yerbita, güeón.
A lo que respondió:
- Vai vos con unos huasos culiaos y te la fumái ahí mismo, güeón llenador. Te ponís más güeón volao. Jurái que soy simpático, pesao. Riéndose de los insultos que me decía en buena onda, y a la vez, cachando que había terminado el acarreo de los presos al retirarse los vehículos.
De ahí nos dirigimos a cachar a los presos volados, y vimos que les repartían el desayuno. Los presos, con el bajón de la yerba, estaban alborotados. Eran los únicos que se cachaban más animados. Llegaron al mismo lugar donde antes habían estado pitiando. Yo, como gritando, y no sé porqué les pregunté:
¡Hey! ¿Qué les dieron?- A lo que el preso, feliz, contestó:
-Café con leche y pan con chancho chino. -- Esa respuesta nos transformó, era como un relámpago que gatilló nuestro ser, nuestra autoestima, llorar o reir, mejor era reir como locos. Era como una puñalada en pleno corazón. Rabia, impotencia. Apoyados en el muro, mirando hacia abajo, a la tierra, como si estuviera en el mismo infierno, agarrados de lo poco de cordura que teníamos, le dije a mi compañero, sollozando:
-¿Veis, güeón, somos igual que los presos. Comemos lo mismo, estamos todos presos por el golpe militar. Los milicos culiaos nos usan para su volá, creyéndose justos.- Dándome la vuelta, mirando hacia fuera del estadio y riéndome de dolor, vociferaba. Santiago reculiao, estamos todos presos. Los milicos y los presos, estamos presos, Santiago hippie, estamos presos, sáquennos de aquí. Santiago amor y odio vociferaba, sintiendo un golpe y reaccionando.- Mi compañero, casi asustado, habló:
-¡Cállate, güeón, puede venir mi capitán, güeón, cállate que te pueden cachar que estái volao. Tenís las pepas rojas, parecís comunista.- Lo que algo me calmó, con su casi chiste. Lo miré con los ojos húmedos, al igual que los de él, contestándole:
-Si viene el capitán, le digo lo que me pasa po´güeón, y chao, pa´que me meta más preso, ja, ja.
De la risa a la histeria, dejándome caer al suelo, sentado lloriqueando, y al frente de mí, para sorpresa, llamando mi atención, leí un epitafio que decía: “paren el mundo me voy a bajar, sólo con el viento del tiempo te podré olvidar… siempre te amaré, aquí se suicidó A.D., con amor a mi amor”
Quedé mudo. Increíble. Eran las mismas iniciales de mi nombre y apellido: Ángel Damián. Pegado, trancado mi ser, no sé cuánto tiempo o veces leí ese
epitafio, pensando que también, ahí mismo, se había suicidado la razón, la cordura, la intolerancia y gran parte de mi ilusión de vivir. Ahí quedé sentado y mostrando la gran coincidencia de las iniciales y preguntándole a mi compañero:
-¿Y a vos no te deprime esta güeá? –Él en tono burlesco, tratando de animarme contestó:
- Si, po´s, güeón, claro que me bajoneo, pero me hago el güeón.-
Y terminó riéndose de su impensada respuesta, a lo que yo, igual le encontré gracia y razón, por lo que parándome y agitando mi cabeza como para espantar esa mala onda depresiva y cachando una bandada de palomas, que pasaban por sobre nuestras cabezas. A lo que él agregó:
- Hay que ser como las palomas, vuelan y se hacen las güeonas, no como vos, volái y te ponís güeón.- Y junto con terminar esa acotación, en medio del casco, lo cagó una paloma y a mí, en el hombro. Yo, sorprendido y riendo le dije:
- ¿Viste, dueño, que estamos cagados?. Bien cagados, ja, ja.
Nos reímos, casi felices, sin dejar de echarles los más lindos garabatos a las palomas. A lo que agregó, mi compañero:
- Estas palomas güeonas, son igual que los milicos, güeón, cagan a cualquiera.-
Y sacándose el casco para limpiarlo, al igual que yo, saqué mi pañuelo, dejando a un lado mi fusil. Mientras sacábamos la mierda de las lindas palomitas, apareció el capitán Martus, el que sorprendido y molesto ordenó preguntando:
-¡Y ustedes soldados, no se presentan cuando llega un oficial? ¿Se les olvidó decir: “Sin novedad la guardia, mi capitán?. ¡Qué chucha les pasó?- A lo que yo respondí:
- Mi capitán, disculpe, pasaron unas palomas y nos pusieron unas medallas de caca, dije en broma esbozando una sonrisa.- El oficial, cambiando de actitud y comprendiendo la situación, contesto:
-Habiendo tantos güeones acá, justo a ustedes, tenían que cagarlos.- Terminó riéndose a lo que yo agregué:
- Mi capitán, parece que las palomas son comunistas.- El oficial cachando que yo iba a salir, no sé con qué güeá, igual preguntó:
-¿Y porqué usted, Damián, cree eso? - Respondí:
-Sí po´, mi capitán, ¿no vé que los comunistas querían cagar a los militares?-Lo que causó una explosión de risas a todos los que ahí estábamos. El oficial parándo el güeveo, ordenó:
- Vos, Damián, si no hablái puras leseras, inventái. Te caché de allá que no se qué güeá gritábai. Ustedes dos, donde están juntos, se ponen a puro bromear, así que, sígueme. Y usted soldado, quédese ahí mismo. Voy a mandar otro guardia. Mi compañero contestó:
-¡A su orden, mi capitán!
El capitán, caminando rápidamente y revisando los puestos de guardia y, a la vez, yo sapiando los vericuetos del hediendo estadio, llegamos al casino del estadio. El capitán y yo almorzamos rápidamente, después ordenó que continuara con él. Caminamos por un costado del estadio, llegando a una gran piscina, donde se dirigió al mismo cabo pesao re culiao, el que estaba a cargo de las mujeres presas políticas, indicándole que cambiaría a otro guardia por mi agradable persona. Terminado este movimiento y, sin el capitán, el cabo re culiao, se dirigió a mí, casi molesto, vociferó en forma amenazadora:
-¡Oye, pelao Damián!, acá en este puesto de guardia, usted está a mi cargo, y ningún pelao puede acercarse a los camarines a conversar con las presas. Así que quiero a los dos güeones, bien lejos. Retírense.
-A su orden, mi cabo.- Contestamos con mi otro compañero de guardia.
Yo, al principio, estaba cagado de onda al cachar que tenía que hacer guardia con el cabo re culiao, pero cuando ordenó que estuviéramos retirados del feo culiao, mejor. Juntos con el güeón, pero bien lejos, y cachando que cuando nos alejábamos el güeón, salió rajado a las rejas del camarín, que ahora era una celda. Parados al otro extremo de la piscina, veíamos como el cabo reculiao se hacia el lindo con las presas y conversaba con una de ellas, como si estuviera en la plaza, o alguna cosa parecida, pero como que no pasaba ninguna güeá penca. Hasta cigarros, en una de esas, les convidó. Se lo prendió, y faltaba el puro copete y música, para que el güeón sacara a bailar. El fresco de raja, se veía feliz, y nosotros, entero de picaos, sacándoles el rollo. Bueno, si yo estuviera en esa posición habría echo la misma güeá, porque me creí más rico que el cabo reculiao. Pero cagué, yo sólo era un pelao. Para reconfortarnos, le dije al pelao de guardia:
-¿Sabís, güeón, son re feas las güeonas, igual que el feo culiao del cabo. Así que, son tal para cual.- El cabo reculiao, cachando lo picao que estábamos y mirándonos para quebrarse ante las presas, más se quebraba. El güeón sabía como nos sentíamos, el maricón.
Mi compañero dijo:
-Este güeón, a vos, Damián, te tiene mala onda. Cuando llegamos, en la mañana, estábamos el otro pelao y yo, y el cabo re bien conversando con las presas y casi todas son extranjeras y cabritas. Hay algunas que no tienen cara de guerrilleras, tienen cara de calientes, güeón. – Terminó riéndose el pelao y agregando:
-Llegaste a puro cagarla, güeón.- Yo, re picao incrédulo pregunté:
-¿En serio, güeón? Si el cabo hace alguna cosa rara, voy corriendo a sapiarlo, sin asco, y que rico que le cagué la onda a ustedes, feos culiaos.- El cabo nos estaba mirando, le indiqué que iba a las letrinas, él hizo un signo de aprobación, como sacando pecho, demostrando su cagá de autoridad ante esta cagá de pelao.
Detrás de unas construcciones oriné. Creo que si mi pene pudiera hablar, suplicaría por amor a Dios, que le diera algo de comer, porque yo me lo encontraba cada vez más flaco y re chico. Sentía como lástima de él, pobrecito, también sufría en Santiago poco cachero, en circunstancias, que cuando estaba en Iquique, era el primer güeón que junto conmigo nos gratificábamos con unas amigas, chucha las güeonas leales, sobre todo una que vivía en la población John Kennedy. Ella era casada y separada, trabajaba en una peluquería y las veces que salía franco, la llamaba por teléfono y sólo pedía llevarle un pitito, y nos íbamos a encerrar a la residencial Jota Pérez, la que quedaba cerca de mi regimiento y del trabajo de ella. Carmen se llamaba. La besaba hasta la cartera. Ella me chupaba hasta la sombra. De sólo acordarme, mi hueso del amor reaccionaba, y ya estaba reaccionando. Ahí me quedé con mi pico bien parado, para que, por lo menos, se pescara la brisa del Santiago poco cachero y prometiéndole que haría lo imposible por culparme una santiaguina, que con mi calentura, las encontraba a todas con cara de calientes. Y… chucha, pa´relajarme, un pitito… listo, prendido y pitiado, casi volando, volví a mi puesto de guardia. Cuando llegué a la piscina, el cabo reculiao seguía pegado a las rejas y mirando como indiferente, emitiendo como una seña, indicaba que siguiera en mi puesto de guardia, sin cachar que había vuelto entero de volao, pero el pelao, cachando mi cara de loco y acusando su inocencia, comentó:
-¡Chucha que te demoraste, güeón!. ¿Qué te pasó?. Tenís los ojos rojos, güeón.
A lo que le contesté:
-Sabís, güeón, no podía cagar, estoy trancado con tanto chancho chino, y como hice tanta fuerza, se me pusieron rojos los ojjos, güeón. Quedé pa´ la cagá.
Así que voy a cagar adentro de la piscina- El pelao, como que creía y dijo:
-No guíes, no vis que está el güeón. – Le contesté:
-No me importa ninguna güeá. Cago nomás…- Así me vacilé al pelao, cachando que éste jamás sería hippie, ni menos volao… Para entretenernos en algo, mi compañero, preguntó:
-¿Qué vái a hacer cuando salgái del servicio milico?
Yo casi sin ningún interés por su futurista pregunta y en son de juego respondí:
-Si salgo vivo de esta güeá voy a dedicarme a volar y cachar, volar y cachar.-
El pelao, como que encontró medio loca la respuesta al no entender mi actitud haciendo un gesto de cómo que me fuera a la chucha y yo preguntándole lo mismo, sobre lo que haría al salir del servicio milico respondió con toda la pena que sentía:
- Sabís, Demian, no sé que chucha voy a hacer, güeón. Te cuento que una semana antes de entrar al servicio, murió mi abuela materna. Ella, de chico me crió, porque mi mamá murió cuando yo nací. Esto fue al interior cerca de Punitaqui. Cuando falleció mi abuela, vendí todos los pocos animales que teníamos, pa´ enterrarla-. Después del entierro, no sé cuantos días seguí chupando. En la curaera, vendí la casa, las tres hectáreas. Me fui a Ovalle. Entre copetes y maracas, quedé pato, güeón, cuando se me acabó la plata, me fui a la estación a esperar el tren que nos llevó a Iquique. Estuve ahí como dos días cagado de sed y hambre, rogando para que vinieron los milicos a buscarnos, y con toda la cueva, me aceptaron, porque a varios güeones, a última hora los devolvieron antes de subir al tren. Algunos se quedaron llorando, me la jugué con concha y raja, pero estoy más arrepentido que la chucha, güeón.
Yo, como que se me cortó la volá con la media historia y pregunté:
-¿Y te gastaste toda la plata en copete y las maracas, güeón? ¿Cómo tan caliente,güeón? - Mi compañero de guardia, respondió como justificando su cagá:
-Pero, güeón, yo nunca había estado con una mina. Cuando andaba cuidando a los animales solo, por cerros, te dá la güeá. O te corris la paja, o si no con los animales, pos güeón.- Terminó diciendo como avergonzado. Yo impresionado con sus experiencias sexuales, respondí:
-No te creo, güeón. Pero con los huasos culiaos, se puede esperar cualquier güeá, por eso el queso de cabra tiene ese olor a pico hediondo, güeón. Me quedo con el chancho chino, güeón.
Mi compañero se reía, avergonzado, de su cruel y descabellada confesión. Yo, como cachando su onda, sintiendo las grandes diferencias de la vida perra y miserable, le prometí que cuando saliéramos del servicio, yo le pediría permiso a mi familia para que se fuera para mi casa. Sellando esta promesa con un fuerte apretón de mano. A lo que él agregó:-
¿En serio, Demián? ¡Cagaste, güeón, me diste la mano, güeón!. Gracias, Demián. ¿Sabís? A otros compadres le había contado esta güeá que me pasaba y ninguno me dió esperanza. Terminaban agarrándome pa´l güeveo. ¿Sabís? Como que quiero irme al tiro pa´Iquique, güeón. Su voz rebalsaba un optimismo sin fronteras. A lo que le respondí:
-¿Sabís lo que tenís que hacer? Chao, con la volá del copete, tenís que buscarte una pega, levantarte temprano, ponerte la mejor pinta, como si fueras a una fiesta, porque la vida misma es una fiesta. --Con estas palabras tan voladas que dije, quedamos como relajados, tranquilos, sumidos en nuestros propios pensamientos. Quizás él, trazando un futuro en mi casa de Iquique, y yo, pensando que haría con este güeón en Iquique. Parece que me había volado mucho, pero los dos nos sentíamos tranquilos al haber solucionado ese problema en el aire. Sólo sueños y esperanzas de vivir a concho nuestra convulsionada vida.
Él sacándome de mis cavilaciones, habló:
-¿Sabís, Demián? A veces no dormía pensando la cagaíta que mandé.-- A lo que le respondí:
-La mejor almohada para dormir, es la conciencia. Y si la cagaste, bueno, ya era y quizás en Iquique tirái pa´arriba, compadre.
Después de varias horas de aburrimiento y frio, y sólo con la esperanza que al otro día llegue el relevo, para irse a dormir. Y sin ninguna posibilidad de ir a conversar con las mujeres presas políticas, porque el güeón del cabo reculiao, seguía atornillado en la reja. Con mi compañero le indicamos con una seña, al güeón del cabo reculiao, si podíamos sentarnos por ahí. Lo autorizó y que estuviéramos ojo al charqui, si venía el oficial de ronda (que era el capitán Martus). Con el pelao, nos sentamos entre escondidos y algo despejado, para sapiar si venía alguien a güeviar. Conversando le pregunté:
-¿Alguna ves habís fumado marihuana? - respondió:
-¡Nunca! Me gusta el copete y las maracas. La primera vez que culié con una mujer había jurado que nunca más cacharía con los animales del campo, y cuando me acostaba con esas minas, las güeonas, se enojaban conmigo, porque decían que yo era muy cargante. No dejaban besarse en la boca, pero yo igual las agarraba del pelo a la fuerza y le daba las medias chupadas, güeón. Quería hasta casare con ella. A todas les pedía que se casaran conmigo. Yo nunca había tenido polola. Estuve como tres días encerrado con las maracas. Estaba feliz, ¡chucha, que lo pasé bien!- Pero, cuando quedé pato y las maracas se dieron cuenta, me botaron cagando, las mal agradecidas. Llegué a llorarles a las maracas culiás. Y cuando estaba en la calle cagado de sed y hambre, me di cuenta que las güeonas querían mi plata y yo no les interesaba. Quedé más apenado que la chucha. Cerca había una plaza y me senté a llorar como güeón. Me había enamorado de las putas culiás... De ahí me fui a la estación, como te conté.
Yo, riéndome, le dije:
-Detrás del placer, está el infierno. Esas mujeres trabajan en eso, desde que el mundo es mundo. Hay prostitución y drogas, más alcohol. Para todos los vicios hay que tener cultura, o si no, te quedái pegao en una esquina sintiéndote despreciado y menos preciado por la sociedad.--
Él interrumpiéndome habló:
-Oye, Demián, ¿en serio que vos fumái yerba?, como dicen los güeones y que soy hippie. ¿Qué es esa güeá? --- Le respondí:
-Si pos, güeón, fumo marihuana y era hippie. Los hippies predican el amor y la paz. Hacen el amor y no la guerra. Aman y respetan a todo ser viviente de la tierra. Desde una hormiga a un gran elefante, son francos y naturales ante la sociedad materialista ansiosa del poder económico luchando el hombre contra el hombre. Explotando el más rico, al más pobre. Inventando clases sociales sin querer entender que el sol brilla para todos. Y vivimos todos separados, si la tierra nos quiere juntar, como dice la canción de “Los Jaivas”. ¿Habís escuchado ese tema? --- Él respondió:
-¡No nunca, güeón! A mí me gustan las rancheras, las cumbias y cuando estoy con los copetes, bailo aunque esté solo. No entiendo mucho la cuntion (cuestión se dice, pero el pronunciaba cuntión) que vos hablái y como esa cosa de la marihuana que es lo que hace.
Yo creyéndome experto en yerba, comenté, que el efecto alteraba los sentidos como el oído, la visión y el alma, como que te limpia el alma. Te pone más sensible y te dá buen ánimo, como dicen, buena onda o en, otras palabras, te despierta la estupidez sin ser agresivo. No como el copete que te altera poniéndote agresivo o quedar inconsciente haciendo puras cagás, como la que hiciste vos, pos güeón. ¿Querías fumar? -- Sin esperar su respuesta confeccioné una agujita, cachando que el cabo reculiao estaba en otra, escondidos por la noche helada, lo encendí diciéndole al pelao:
-Aspíralo y aguántalo un poco.-- El güeón, cachó al tiro la movía. Dos pitiás cada uno y chao pito. Más risa y risas de mi compañero. Decía:
-¡Rica la güeá! Siento como un mareo, pero no estoy mareao. ¿O estoy mareado, Demián? --A lo que contesté:
-Esa sensación es estar volado, ¿cachai? Miremos las estrellas. -- Al rato dijo:
-No veo ninguna güeá, güeón. ¿Por qué será?
Yo, mirándole con cara de loco, respondí:
-No veís, porque está nublado, güeón. Y reventamos en carcajadas, sin acordarnos del cabo reculiao. Y este güeón, al sentir nuestras risotadas, gritó ordenando:
-¿Qué pasa pelaos? ¡Guarden silencio! Vengan que no los veo.
Sin parar de reir, tratando de que el cabo reculiao nos viera, lo vimos. Venìa derechito hacia nosotros, y no sé que chucha, un ruido extraño, subterráneo tras un remezón, como terremoto. El agua de la piscina saltaba, las presas gritaban y el estadio nacional crujía como para derrumbarse. La tierra se movía. Quedamos petrificados. El menso temblor. Cachando al cabo reculiao, que salió corriendo, no se pa´donde chucha, el temblor era eterno. Así como llegó, se fue. Las presas políticas gritaban como locas:
-¡Sáquennos de aquí, por favor! -- Gritaban desesperadas.
Yo, acercándome también asustado y tratándolas de consolarlas, les decía:
-Tranquilas. Ya pasó. --- Una de ellas, gritaba:
-Abre el candado, por favor, o va a venir un terremoto. Por favor, sálvenos. Vamos a morir. --- Yo, para cagarla más les dije:
-No tengo las llaves.-- Fue peor. Más imploraban por sus vidas. Una de ellas gritó:
-Dispare al candado.--- Y todas aprobaron la idea.
Yo no sabía que chucha hacer. Las presas rogando, llorando, pedían, imploraban que las sacara de ahí. Decidido a todo o nada, apunté mi fusil palpando el gatillo. A la vez gritando que se cubrieran, y siento la media patá en mi raja, dándome vuelta furioso de rabia, viendo al cabo reculiao, vociferando humillaciones hacia mí, diciendo:
-¿Qué vái a hacer, pelao culiao. ¡Retírate güeón! -- Yo le contesté histérico:
-Pero, mi cabo, ¿cómo chucha no las saca de ahí?--- A lo que contestó:
-¿Quién te ordenó abrir el candado, güeón? --- Respondí:
-Las mujeres dieron la idea.--- El cabo reculiao, más furioso se puso y gruñó:
-Acá mando yo, güeón. ¡Retírate, güeón! -- Mirándolo, avancé unos pasos. Cachando que el cabo reculiao valía callampa, haciéndome sentir como las güeas, ante mi buena acción, trastornado de furia, rabia, odio y mi maldad, pensé sin pensarlo: lo mato a este concha de su madre. Sin titubear con mi fusil a medio cuerpo, dí la media vuelta enceguecido, dispuesto a todo, cuando me encuentro frente a frente, con el güeón apuntándome a mi cara. Yo, apuntándolo a su cagá de cuerpo y el güeón, gritando desesperado:
-Dispara, güeón, dispara güeón. -- No sé cuántos segundos, días, años, siglos, toda una vida, duró esa tensa situación. Nos hizo reaccionar al escuchar la voz del capitán Martus gritando:
- ¡ Alto ahí! ¡No se muevan, bajen las armas! ¡Es una orden! -- Llegando rápidamente a nuestro lado. El capitán, furioso, preguntándome lo sucedido, me tomó de un brazo insistiendo que contara mi actitud ante esa mala onda. A lo que respondí:
-Cuando empezó el temblor, el cabo salió corriendo, dejando su puesto de guardia. Abandonando. Yo me acerqué donde las mujeres para calmarlas. Le iba a pegar un balazo al candado, cuando llegó el cabo y me pegó una patá insultándome y cuando quería seguir pegándome patadas, yo le apunté, mi capitán. El oficial, creyendo mi versión ordenó:
-Muéstreme su arma. -- Este la observó diciendo:
-Está con seguro. Oiga cabo cuál es su versión.-- Respondió con cara de espanto y la voz entrecortada:
-Mi capitán, tengo pánico a los temblores. Supiera usted, cuando chico, murió toda mi familia en el terremoto de Chillán, y quedé huérfano, mi capitán. -- El pobre cabo, sollozaba, esforzándose para no llorar a mares. Estaba deshecho por esa horrible experiencia.
El oficial compasivo, le ordenó:
-Trate de calmarse y controlarse. Ahora yo me voy con este soldado. Voy a mandar a otro guardia,.
¡Vamos! –
Ordenó con cara de molesto. El capitán caminó rápido. Yo, cargado de onda, apenas caminaba, sintiéndome volado y bajoneado a la vez, pero sin antes despedirme de mi compañero de guardia recién iniciado en el arte de volar. El pelao todavía seguía pegado donde el cabo, reculiao, había ordenado. Lo miré, despidiéndome con el signo de la paz, a lo que respondió de igual forma, creyéndose un hippie terremoteado. Pensaba que él jamás podría olvidar su tan remecida volada. Era para no creerlo, porque unos minutos antes le había conversado de amar la tierra, y que contradicción, la tierra le había dado el medio susto dudas.
Una orden alejó mis reflexiones. Era el capitán Martus quien alterado ordenó:
-Apúrese, soldado. .. Yo reaccionando respondí:
-A su orden, mi capitán. -- Mientras él apuraba más el tranco.
Varios minutos caminamos y al legar a un monumento que está en pelotas frente a la entrada principal del estadio. El oficial se detuvo y mirando enojado preguntó:
-Soldado, ¿ le habría disparado a su cabo? - - Yo, quedé con un nudo en la garganta. El clima de esa mala onda me invadió, y tratando de responder y casi con una humedad total en mis ojos dije:
-Mi capitán, ahora que escuché la triste historia de mi cabo... -- y no pude seguir hablando. Bajé la cabeza llorando arrepentido, opacando mi maldad de fiera salvaje que tenía oculta en la otra parte de mi mente anti hippie.
El oficial, comprendiendo mi actitud y abrazándome dijo:
-Tranquilo, Demián. En esta guerra todos sufrimos. Los civiles, los militares, de una u otra manera. Lo bueno fue que, gracias a Dios, tenías tu arma asegurada. El cabo no cargó su pistola, porque a esa distancia los dos se hubieran eliminado. Lo que debería hacer contigo es entregarte a la justicia militar. Este fue un acto de rebeldía ante un superior. En tiempo de guerra el código militar lo sanciona con la pena capital, o sea, simplemente te fusilan. Tienes que controlarte. Desde ahora, será mi escolta y no harás guardia. Sólo harás ronda conmigo. Vamos respira hondo. Mira las estrellas, como buscando a Dios y ruégale para que te proteja. Vamos, hazlo.-
Yo colmado por sus buenas palabras, mirando al cielo para ver a Dios, no veía nada.Y no sé de donde salió el recuerdo de mi compañero que no veía nada al volarse, y yo también le había dicho algo parecido sobre las estrellas, pero no se veían porque estaba nublado.
Mientras miraba, no podía contener la risa. Los recuerdos de la volá esa. El capitán extrañado comentó:
-Soldado, ya se le pasó parece, porque se ríe.--A lo que contesté casi riendo cómico:
-Mi capitán, no veo nada.-- Este sorprendido dijo:
-Pero soldado, no vamos a estar acá hasta que vea a Dios. -- Respondí
-No mi capitán, lo que pasa es que está nublado. -- Dije riéndome. A lo que el capitán devolviendo la risa agregó:
-Tienes razón, Demián. Ni Dios quiere verte. Llorái y en un segundo ries. Está bien. --Dijo sonriendo-- Arriba ese ánimo. Vamos, continuemos la ronda y caminemos.
Llegamos adonde habían unos camiones del ejército que tenían cocinas y soldados que preparaban los alimentos a los militares y presos políticos, pero también caché que había cientos de cajas desordenadas en el suelo, seguramente, por el temblor. Estas me llamaron mucho la atención, creyendo que eran municiones o algo parecido. Para salir de mi curiosidad le pregunté a mi capitán, qué había en esas cajas. Él respondió indiferente o resignado:
-Esas cajas tienen chancho chino.-- Y siguió caminando hasta donde estaban los militares cocineros. Yo, sin decirle nada, pensando resignado en que teníamos chancho chino hasta los siglos de los siglos, comiendo chancho reculiao chino, pero igual me gustaba.
El oficial consultó: ¿Hay alguna novedad con el temblor? -- a lo que un sub-oficial respondió:
-Aparte del susto, sólo se cayeron algunas cajas de chancho chino, pero en el sur el terremoto fue fuerte y la situación está bien seria, porque escuchamos por una radio a pila, que aún está trasmitiendo los detalles de lo sucedido.-- Mientras nos servían un buen jarro de café con leche y pan con chancho chino. Lo que devoré por estar con el medio bajón de pito.
Después continuamos con mi capitán, revisando todo el estadio, incluyendo las celdas improvisadas donde estaban los presos políticos.
Ya había amanecido en Santiago terremoteado. El oficial me guió a mi dormitorio improvisado ordenándome que fuera a dormir y que a las 21 hrs. de ese mismo día tendría que estar listo para escoltarlo en su guardia. Agregando:
- Rece y descanse soldado.
Yo, me saqué mi casco, botas, ropa y el fusil al lado mío. Ya dentro de mi saco de dormir, sintiéndome tranquilo me invadió la nostalgia, melancolía, cansancio, girando hacia un costado, ví como que un destello de luz salía de mi fusil asegurado. Mil ideas atravesaron mi ser, mi vida, todo y nada. La luz y la sombra, vida muerte, todo junto. Ese detalle del seguro de mi arma, en un segundo habría cambiado mi contradictoria vida. Mirándolo y agradeciendo a Dios que había ofendido, me reconfortaba pensando que era obra de Dios. Agradeciéndole con los productos de la fe católica. Pensando y rezando, dormí, dormí, dormí...
Alrededor de las 19 hrs., desperté por el hambre y una brisa helada que venía de unos ventanales donde se encontraba el pelao con el que había estado de guardia en la piscina, viéndolo que rompía unos papeles y los arrojaba hacia afuera. Un pedazo de papel llegó a mis manos. El que leí escrito, con unas inexpertas manos, que decía: Querido Hijo.. y nada más. Era lo único que se podía leer en ese pedazo de papel roto, que sin lugar a dudas, era el encabezamiento de una carta. Entre despierto y dormido, el pelao se acercó a mí, con un paquete en sus manos envuelto en papel café. Delante de mí lo abrió encontrando un par de calcetines de lana, un par de calzoncillos, una cajetilla de cigarros, una máquina de afeitar con hojas, un queque, más un tarro de chancho chino. Yo inocente le pregunté:
-¿Te llegó encomienda de Punitaqui, güeón? --- A lo que contestó poniendo cara de maldad:
- ¿Sabís, Demián? ¿Te cuento la firme? Pero no le contís a nadie, güeón. Morís en la rueda, güeón. Resulta que con otros pelaos nos acercamos a la reja que dan hacia la calle del estadio a sapear y se acercaron varias mujeres. Una vieja me dijo, si yo podía entregarle esta encomienda y una carta a su hijo que parece está preso acá en el estadio, porque se lo llevaron detenido de la fábrica Yarur, cuando trabajaba. Fue a varias partes a preguntar por su hijo y en ningún cuartel le dieron información y estaba desesperada. No sabía si si hijo estaba vivo o muerto, y que mañana vendría para que le diera alguna respuesta, que por favor, la ayudara. No sé que hacer, decía la vieja, güeón.
Yo perplejo con esa historia, que era para no creerlo le pregunté:
-¿Es verdad, güeón? .. El respondió, como si yo aprobaba su mala acción
-Sí, Demián. Es verdad, y a casi todos los pelaos que estaban ahí, las viejas les dijeron lo mismo. Pero a algunos, no les dieron paquete. Yo me salvé.
Interrogándolo incrédulo dije:
-Ese papel que hiciste tira y la encomienda... ¿Qué vái a hacer con esas güeás?. -- Él seguro de su desfachatez afirmó:
-La encomienda me la voy a dejar pa´mí pos, güeón. El papel era una carta pal´hijo. ¿Adónde lo voy a encontrar? Si hay como mil güeones presos, güeón.
Parándome, furioso, lo empujé, cayendo como saco de papas y, dispersando las cosas de la encomienda le grité:
-¡Concha de tu madre! ¡Sinvergüenza, Gúeón vaca! ¿Porqué, güeón, hiciste esa cagá, güeón? La pobre señora confió en vos, huaso culiao. Le diste una esperanza engañándola, güeón. Era lo único en que ella podía confiar, y se fijó en vos, güeón. Vos no soy hippie. Nunca vái a ser hippie. Me arrepiento de haberte dado mi yerba. Mañana va a venir ilusionada. Es lo único que le interesa en esta cagá de vida, güeón, ¿Porqué la cagaste, güeón?---- Le gritaba al borde de la locura. Agregando:
-Merecís un balazo, culiao. Perro sarnoso. -- Yo tiritaba de rabia. No lo podía aceptar. Era increíble. Varios segundos pasaron. Un silencio de resignación y culpa envolvía ese momento.
El pelao con voz altanera contestó:
-¿Y cómo vos, le quitaste la marihuana a los hippies, güeón? ¿Creís que no supé, güeón?... Era inaceptable para mí, su excusa. Respondiéndole:
-Los hippies me la dieron. Hicimos un trato. Si me daban la yergba los dejaba ir y cumplí mi palabra, güeón. --- A lo que el pelao respondió:
- ¿Y si no te la hubieran dado, güeón? Igual los habriái cagao, güeón.
-Mira, güeón -- contesté -- esa es otra historia. Esa güeá no llegó a pasar porque ellos y yo somos hippies. Vos nunca vai a ser hippie y nunca te voy a llevar a mi casa, huaso culiao. Chao, concha e´tu madre. Vírate, culiao.
El pelao, desde el suelo mirándome, con los ojos llenos de lágrimas, casi al borde de la histeria, gritaba:
-Me quiero ir de esta güeá de servicio. Estoy lleno. No aguanto más. Me quiero ir. Conchas de su madre, milicos culiaos. Hasta cuándo. Me quiero ir a mi tierra. A comer charqui, queso de cabra. Amo mi tierra. Allá era feliz, güeón. No entiendo a los güeones de la ciudad, güeón. Me quiero ir, repetía llorando amargamente. La pena lo embargaba. La incertidumbre lo había deshecho. ¿Qué más podría decirle o hacerle?. Nada. Absolutamente nada. El golpe militar, nos había golpeado, destrozado y alterado de un solo golpe nuestra inexperta vida.
Caminé hacia el ventanal, mirando hacia Santiago, la brisa primaveral calaron mi alma, llena de pena sin comprender nada, de nada; bajé mi vista, observando como se movían los restos de la carta, que jamás llegarían a su destino, que el inmenso amor de una madre se había volcado en ese humilde papel. Que si ese preso político la hubiera recibido, habría llorado de felicidad, al saber que su madre con su amor incondicional, le escribía y recalcándole, antes que nada: Querido hijo.
Me sentía abatido, trastornado, sacando mi dolor, grité: Santiago torturador, Santiago torturador. – Entre lágrimas y risas. Miré al soldado, que aún estaba en el piso y lo invité a acercarse, diciéndole:
-¡Ven, ven güeón! ¡Por favor, ven! – Él, parándose, se dirigió a mí caminando y arrastrando su pena. Cuando estaba junto a mí, le dije:
- ¡Grita!, ¡Grita! Igual que yo, espantemos la mala onda: ¡Santiago loco, loco! ¡Santiago loco! –Dejábamos de gritar un rato, porque la risa frenética nos ahogaba; gritábamos y nos reíamos a carcajadas: ¡Santiago loco! ¡Santiago loco! – Yo interrumpí el griterío y le dije:
-¿Así que querís comer charqui, güeón? Gritemos: ¡Santiago charqui! ¡Santiago charqui!... seguido por nuestras risotadas. Él dijo:
- Digamos Santiago, queso de cabra. No podíamos pronunciar de la risa: ¡Santiago, queso de cabra! ¡Santiago, queso de cabra! Ja, ja, ja. – Gúeón, ahora gritemos: ¡Santiago, chancho chino! Reíamos convulsionados, al borde de la locura: ¡Santiago, chancho chino! Y… sorpresa. Se escucha la voz y orden de mi capitán Martus diciendo:
-¡¡¡Soldados!!! ¡¡Silencio!!. –Ingresando por la puerta de nuestro improvisado dormitorio, al llegar a nuestro lado ordenó:
- ¡Comuníquele a todos los soldados, que no están de guardia, que en una hora los quiero a todos formados frente al monumento!
-¡A su orden, mi capitán! -- Salimos corriendo; en el trayecto comentamos, casi asustados con la duda de que, si el oficial habría escuchado nuestra conversación.
A la hora ordenada, y estando ya formados, apareció el capital:
-¡Soldados! ¡Atención! ¡Firmes!.¡Alinear, Vista al frente! ¡Poner atención! – Ordenó, casi gritando, como dando a entender su mala onda, diciendo:
- ¡Soldados! Hay varios de ustedes de los que están formados poniendo cara de güeón, se acercan a las rejas del estadio, recibiendo recados y encomiendas de los familiares de los presos políticos, y engañando a esas personas, se quedan con las cosas. En una guerra, el Código Militar, los castiga como acto de pillaje y pueden ser muertos en donde se les descubra su bajeza de soldados; y recuerden, que ustedes juraron delante de la bandera diciendo ser unos soldados valiente, honrados, les repito, honrados y amantes de mi patria, y ese juramento se cumple hasta la muerte, si es necesario, pelaos güeones. Y desenfundando su pistola, descargó tres tiros al aire, agregando:
- ¡Yo!, al soldado que lo sorprenda recibiendo cosas para los detenidos, con esta arma lo voy a ejecutar en el acto. ¿Escucharon soldados?:
- ¡Sí, mi capitán! --Respondimos al unísono.
- ¡No escucho, soldados! ¡Más fuerte!
-¡¡¡Sí, mi capitán!!!—Repetimos espantados por la cagá, que se habían mandado algunos soldados.
Luego ordenó: ¡Ahora, retírense! – Yo, y el pelao, que tenía cara de espanto, porque era como si lo hubieran pillado, pero sin pillarlo, salimos de prisa al improvisado dormitorio, comentando si nos había cachado el capitán, y también, {este preguntó:
- Demián, ¿Qué hago con la encomienda, güeón? --A lo que contesté:
- Bótala, igual que la carta, güeón; ya la cagaste, güeón. – Al llegar al dormitorio, agarré el fusil, casco y fornitura, dándome cuenta que el pelao queso de cabra, observaba mis movimientos, esperando no sé que cosa. Intrigado, cachando su onda, pregunté:
- ¿Qué te pasa, güeón? ¿Querís decirme algo? --Éste, cambiando su cara de pena por más pena y sintiendo sus palabras humildes, coronadas por lo más sincero que puede expresar su alma arrepentida, casi con un desgarrador lamento contestó:
- Perdona, Damián. La cagá que hice a la señora, yo nunca había hecho eso; nunca voy a entender la cagá que me mandé y quiero ser hippie, así como quisiste ayudar a las presas en la piscina. Pero, cuando te fuiste, quedé re triste, la había pasado entretenido en la guardia, quería puro conversar contigo sobre lo que haría en Iquique, Damián. ¿Dijiste en serio, que no me vái a llevar a tu casa?
Al escuchar esas humildes palabras, de mi amigo, aprendiz de hippie, que tenía todas sus esperanzas de vida en mi vanal promesa, lo abrace con mi cuerpo y mi alma, diciendo:
- Sí, güeón, vamos a llegar a Iquique vivos o muertos; si yo llego muerto, vos le decís a mi mamá, que ese era mi último deseo, y si vos te morís, te llevo en mi corazón y, paa no olvidarme, todos los días, fumaré un pito a tu nombre.—A lo que él respondió:
- ¿Y si llegamos juntos, vamos a fumar a nombre de quién? -- Terminó riéndose animado por mi nueva promesa. A lo que contesté:
- Bueno, entonces fumamos porque somos hippies, güeón, hippies hasta la muerte, y chao. Tengo que presentarme al capitán. Ahora soy su escolta, no quiere perderme de vista; cagué. Chao, hippie, queso de cabra. Y salí en busca del oficial; al cruzar el umbral de la puerta, inmediatamente al lado de esta, ahí esperaba mi capitán Martus, el que observaba con cara de haber escuchado toda esa conversación, pero su expresión denotaba comprensión y buena onda. Ordenó:
- ¡Vamos, Demián, Hippie!... – Caminando, rápidamente, siguiéndolo, contesté:
-¡A su orden, mi capitán! – Sintiéndome totalmente seguro que había escuchado esa conversación llena de promesas, pero como buen oficial, nunca hizo un comentario.
Tras mi capitán, de oficial de guardia, recorriendo el estadio y verificando. que todo estaba sin novedad, varias horas después, en unos pasillos encontramos a mi amigo hippie queso de cabra. El capitán al verlo, se abalanzó hacia él, estaba casi pegado frente a éste. El pelao nervioso y, sin saber, si éste había escuchado la maldad que le había cometido a esa esperanzada mamá, respondió casi acusándose:
-¡Ordene, mi capitán! – Luego, un largo silencio, mientras el oficial sólo con su mirada, le daba a entender que sabía su mala acción, que había escuchado toda nuestra conversación y reacción de nosotros. Pero, el capitán, sin decirle nada, con su mirada, le dijo todo, y casi gritándole, el pelao queso de cabra, le gruño: ¡Cierra la boca, soldado!.. --- Y se retiró, indicando que yo lo siguiera. Al pasar, al lado de éste, le dije con una mueca de sorpresa y extrañado:
-¿Chao, Santiago charqui! -- Apurando el paso, escuchando una pequeña risa como disculpa y vergüenza.
Así, en esa onda, varios días, sólo era escolta de mi capitán Martus. Este, no me dejaba ni a sol ni a sombra, pero sintiéndome también orgulloso de su compañía.
Una noche de ronda, desde un camarín (que ahora eran celdas para presos políticos), salían unos alaridos, los presos pegados a la reja, al ver al capitán indicaron que había un preso enfermo y parece ser apendicitis. Sacando a este de ese lugar, en un jeep militar, nos dirigimos al Hospital El Salvador. El preso se quejaba como loco, al llegar, fue llevado rápidamente a la sala de urgencia, donde lo trasladaron a cirugía, confirmando que era peritonitis. Varias horas estuvimos esperando al enfermo; una vez operado, lo llevaron por un ascensor hasta dejarlo en una sala, la que tenía dos camas, donde nos recibió una enfermera joven, bonita, atractiva, preciosa, pelo colorín, blanquita, pecosa con voz casi angelical.
Ubicado el recién operado, el oficial ordenó que debería hacer guardia en ese lugar y prohibiendo el ingreso de cualquier civil que quisiera visitar al enfermo.
- ¡A su orden, mi capitán! – Respondí, casi feliz. Al rato solo, afuera de la sala, sin más compañía que la enfermera colorida, la que casi ni me inflaba. La colorida, con su voz angelical, rompió el hielo invitándome a sentarme al otro lado de su escritorio; y, como si nos hubiéramos conocido siempre, ella preguntó:
-¿Usted, es soldado o pertenece al Ejército? --Yo, sentado relajado y mirando sus bonitos ojos, como poniendo cara de lacho, narré a groso modo, como había llegado a Santiago volando desde Iquique, y confirmando que sólo estaba cumpliendo mi servicio militar. Ella sorprendida, compadeciéndome respondió:
-¡Pobrecitos, de tan lejos vienen! ¿Y tu familia, y tu polola saben? – Respondí:
- Mi familia, ya debe saber, porque el ejército envió unos telegramas, pero mi no polola, nunca más supe de ella. Al ingresar al servicio, estaba pololeando como dos años, con la que fue alguna vez polola, cuando llevaba cerca de tres meses adentro del ejército, recibí una y la última carta de ella, en que decía, claramente que estaba pololeando con un gallo en la universidad de Arica, y que este compadre, era de Santiago, pidiendo que la comprendiera y perdonara. ¿Sabe señorita?, no quiero ni acordarme. Casi me morí, cuando supe esa mala onda. La amaba, fue mi primer amor, fue la primera en todo.; las mujeres son buenas, pero se ponen tan malas. Pero, al final, son ricas todas y lindas como usted. – Terminé diciendo con una risa de lacho, porque la colorina me tenía feliz, casi embobado. Ella, agradecida, prosiguió:
- Gracias, por el piropo, pero los hombres son más malos y mentirosos. Nos aman y después nos dejan. – Yo, como engrupido y no sé porque, como presintiendo lo mejor o peor, o tal vez era mi calentura que afloró ante esa angelical colorida, respondí:
-A ti, no te dejaría jamás, nunca había conocido una colorida como tú. ¿Soy Santiaguina? --Le pregunté, ya tuteándola. Respondió:
- Sí, soy de Santiago. Estoy haciendo mi práctica de enfermera; me siento realizada cuidando a la gente, ayudándola, soy feliz. –Terminó diciendo como embelezada por nuestra conversación.
-¿Sabes? --Dije – Yo, estoy enfermo, casi agónico; mi corazón sólo quiere dar amor, necesito tanto amar a una mujer, sufro de falta de amor, de amar. Acá en Santiago, sólo he dado mala onda y violencia, creo que voy a enamorarme de ti; te voy a raptar con mi fusil, para poder llevarte a Iquique. ¿Conoces Iquique? …¡Oye! Espera…¿Y cómo te llamáis? –Ella respondió super coqueta:
-Mi nombre es María Isabel, y no tienes que raptarme, vámonos en nombre del amor. --Terminó riendo casi engrupida. Yo, sorprendido por su nombre dije:
-¿María Isabel? ¡No puede ser! Así se llama mi ex pololita. No quiero nada con las Marias Isabel, me dieron todo, sin dejarme nada. Poniendo mi voz lastimera y resignación… Ella, como reconfortándome agregó:
-Todas no somos iguales, menos con alguien como tú. Soy super choro y amoroso; apuesto que tienes varias amiguitas en Iquique. ¿O no? -- A lo que le contesté, ya casi regalado, entregado, esperando todo o nada, y con voz de lacho, enfermo de lacho, dije:
-Ahora, sólo me interesas tú. Y tomé seguro y suave su mano dándome cuenta que ya no quedaba nada más, que ahora o nunca, y ella cooperando se acercó, mirándome a los ojos, dijo :
-Tienes los ojos claritos. – Como imán, hipnotizados, nos acercamos, hasta juntar nuestros labios, sabiendo que sólo queríamos dar amor, sólo un ratito de amor. Un torbellino de pasión nos envolvió, besándola y dejándose besar, con toda la pasión de un necesitado de amor. No hablábamos nada, nuestros gestos, besos, caricias, decían todo. Necesitaba tanto una mujer. Ella dispuesta a recibir mi sano amor, se apartaba, sin dejar de abrazarme, me miraba, como diciendo que ella estaba dispuesta a recibir ese poquito de amor, volviendo a besarme, casi sintiendo dolor y placer en nuestros labios. No sé cuanto tiempo nos amamos, sólo era puro amor. La amaba, la adoraba. Con voz entrecortada dijo: Ven… Tomando mi mano y entrando a la sala donde estaba el preso recién operado; al lado de este, nos acostamos. Ella con su dulce y angelical voz, y como empezando a recorrer nuestros cuerpos gimiendo de deseo habló: Quiero que me des amor, hagamos el amor.
Empezamos a recorrer nuestros cuerpos, aún vestidos, sintiendo que el deseo nos desvestía. Recorrí sus senos blanquitos, coronados por unos pezones rosaditos, acariciando nuestros sexos húmedos, preparándose al placer de hacer el amor. Le llené su vagina de mares de mi jugo de amor; ella dio un concierto de gemidos de placer. Estuvimos casi hasta el amanecer, hasta llegar la hora del deber, dando término a nuestro placer. Del enfermo nunca nadie se acordó. Salimos a su escritorio, mirándonos complacidos el uno del otro. Cuando apareció una enfermera, la cual nos saludó y confirmando mis dudas, ella era a la que le correspondía el nuevo turno. Ella, dirigiéndose a la enfermera, y como haciéndole notar que allí nada había pasado, firmó unas fichas y papeles, diciéndome: ¡Adios! – Contesté su despedida con pena y enamorado.
-¡Chao, señorita enfermera un gusto haberla conocido! – Quedé solo, triste, abandonado y pa´peor, enamorado, casi entre las nubes, sólo aterricé, cuando ingresaron a la sala el capitán, ordenando que venía a llevarme de vuelta al estadio.
Bajamos por un ascensor; el corazón revolucionado por sus incontrolados latidos de puro amor. El oficial preguntó:
-¡Soldado! ¿Cómo pasó la noche el enfermo? ¡¡Hey, soldado, responda!! ¿Qué le pasa?
- ¡Oh, disculpe, mi capitán! Tengo sueño. El enfermo no se sintió para nada durante la noche; parece que estuvo buena la operación. Igual que la enfermera, ¿Sabe, mi capitán? Me enamoré de la colorina.
-Es verdad, buena moza la colorina; son las más escasas, nunca he tenido una colorina, dicen que son como su pelo, puro fuego, el más ardiente fuego. Según, me han contado. – Y terminamos riéndonos del comentario, justo cuando llegó el ascensor a nuestro piso.
De ahí, arriba del jeep, por las calles de Santiago. Varias personas transitaban; entre toda esa gente, casi veía a la colorina. Estaba feliz, gracias Santiago amado, Santiago amor, Santiago me
Había gratificado, el amor por unas horas me había dado. Ahora era mi Santiago amado, Santiago colorina; sólo en Santiago entregué un poco de amor. Eso necesitaba dar, dar amor, un poquito de amor. Santiago amado me había prestado una santiaguina colorina.
Sólo quería que llegara la noche para volver al encuentro con mi colorina amada; entre esos recuerdos de puro amor, llegué al estadio.
Cuando llegamos, el oficial se dirigió al sector de los comedores, ordenó que sirvieran desayuno, por supuesto, café con chancho chino. Yo lo devoré, lo tragué. Al ver mi buen apetito, el oficial ordenó, nuevamente repetir mi ración. Yo, quizás, pensando que él se daba cuenta el desgaste físico que había tenido esa noche en el hospital El Salvador con esa preciosa enfermera. Creía que ya la amaba, era lo mejor que había pasado en Santiago amor, Santiago loco, Santiago desequilibrado, Santiago extremo. No podía tener un solo nombre la capital, quizás ese nombre solitario, como se escribe y pronuncia, las circunstancias del momento le daban apellido. Para mí, ahora, a esa noche, le puse como apellido Santiago amor.
Cuando terminamos el desayuno con el capitán, ordenó que nos dirigiéramos donde tenía mis pilchas y dijo:
- Presta mucha atención a la misión a efectuar: ¡Soldado, a usted lo he designado a una misión especial de extremo cuidado! El alto mando ordenó esta misión y yo lo he calificado a usted, por su entereza y espíritu combativo. Esta misión tiene que dejar muy bien a nuestra unidad. Yo confío plenamente en usted, hasta ahora, no nos ha defraudado y espero que no se te ocurra dejarme mal. ¡Te saco la cresta! –Terminó sonriéndole oficial. A lo que contesté:
- Mi capitán, ¿Voy a estar al cuidado de las presas? ¡Qué rico! Voy al tiro, a su orden, me baño y listo, mi capitán. —El oficial, sonriendo, contestó:
-No te pongas patúo, güeón. En esta misión, la única arma que usarás es tu discreción, criterio y tratar de hablar lo menos posible. A veces, sin hablar encuentras muchas respuestas.
Cuando llegamos al dormitorio, saqué todas mis pilchas, con el oficial delante de mí. Salimos y nos fuimos caminando llegando al primer piso del estadio, ingresando a un salón muy bien amoblado. El capitán ordenó que lo esperara. Este ingresó a una oficina. Pasó un buen rato hasta que apareció de nuevo y desde la puerta ordenó ir donde él. Al ingresar a la oficina, había un comandante, varios oficiales y civiles. El capitán se dirigió al comandante, diciendo que yo era el soldado indicado para la misión. El comandante luego de escucharlo, salió detrás de su escritorio, dirigiéndose a mí, ordenó:
- ¡Soldado, posición de descanso!
-¡A su orden, mi comandante!. – Contesté enérgico y casi orgulloso, sin saber, lo que me esperaba
El comandante parado frente a mí, con voz convincente habló:
-¡Soldado, a usted lo vamos a infiltrar entre los presos del estadio! Vá a estar con unos detenidos, creemos que pertenecen a un grupo de extrema izquierda. Hasta ahora, no he podido sacar información. Cuando le pregunten, recuerde, sólo cuando ellos se lo pregunten, de dónde es y a qué partido político pertenece, sólo tiene que contestar que es de Iquique, que pertenece a las JJ.CC. (Juventud Comunista), pero que fue detenido acá, en Santiago, por una patrulla militar después del toque de queda, portando un documento el que decía que usted es miembro del Partido Comunista, y por eso, lo trajeron preso al estadio. Si ellos preguntan por algunos nombres de sus compañeros de partido, dígales cualquier nombre, o el de algunos soldados de su compañía. Estoy seguro, que ellos no tienen idea de los compañeros de Iquique, pero recuerde, no converse ni hable demás. Si lo encuentran muy callado, dígales que está asustado. La regla para esta misión: no hablar, solo escuche; no pregunte nada, sólo escuche y memorice todo. Ahora, lo vamos a vestir de civil y a maquillar. ¿Entendido?
-¡Sí, mi comandante! --Pero quedé congelado).
El capitán ordenó que lo siguiera; salí de la sala, ingresé a otra. El oficial ordenó:
-¡Ya, sácate el uniforme! Ahí tienes ropa, elige lo que te acomode.
Sentado en un sillón, tratando de desabrochar mis botas, lleno de dudas, confundido, temeroso, agresivo, ansioso por esa misión, le comenté al capitán:
-Mi capitán, ¿si me cachan los pelaos de mi compañía? – El oficial contestó:
-No te preocupes. Donde tú vas a estar preso, los guardias son de otra unidad. Si por casualidad, ves a uno de tu compañía, trata de que no te vea, pero con el maquillaje vas a quedar irreconocible. Ahora, elige la ropa y apúrate.
La ropa, se veía nueva, sólo que no tenía etiquetas; había para todos los gustos. Saqué un pantalón de comelón grueso, color café claro, pata de elefante, unas medias chilotas, botines con suela crepé de gamuza café claro, una polera azul manga larga y un suéter beatle de color azul marino de lana y un chaquetón azul, un mongómery con capuchón forrado en tela escocesa. La media pinta, y pelao, como buen milico, vestido de lolo hippie, pero pelao, na´que ver.
Después ingresó un militar con máquinas de cortar el pelo, diciendo:
· Mi capitán, ¿lo pelamos o acomodamos un corte? -- El oficial contestó:
· No lo vamos a pelar, delinea el corte, atrás hazle un corte cuadrado y las patillas bien marcadas, y la partidura de derecha a izquierda, trata de borrar el corte militar. – El milico peluquero, rápido me transformó el corte de pelo. Sacó un espejo, al verme, no tenía aspecto de pelao milico. Ya estaba engrupido con la misión. El capitán, tomó la tijera y ordenó:
· ¡No te muevas! – Cortándome unos feos mordiscos, casi a ras de mi cabeza. Al verme, nuevamente en el espejo, ¡chucha! Ahora parecía cualquier güeá. El oficial al ver mi cara de mala onda, habló:
· Si te preguntan que te pasó en el pelo, dile que antes, una patrulla en la calle, te detuvo, y te cortó a tijeretazos la peluca de hippie, pero no quisiste pelarte, por eso te cortaste así el pelo y, usa gorro. Toma este. – El oficial puso un gorro café con matices claros y chao, se acabó el cuento del pelo. Tu fusil y pilchas, yo las guardo, ahora, vamos donde mi comandante.
Salimos de la sala de vestuario e ingresamos donde el comandante. Este con un gesto de aprobación, aceptó mi transformación:
· Bien soldado, su nombre lo mantiene; ellos no tienen idea, sólo falta maquillarlo para tener aspecto de preso. El comandante ordenó a dos oficiales que se acercaran a mi lado; estos me agarraron de los brazos, el comandante me pegó un combo en el hocico, en un ojo y después patadas en ambas piernas. – Sin salir de mi asombro y sorpresa, la ira y la furia me invadió; mirando al comandante le grité:
· ¿Qué pasa? ¿Qué chucha?
El comandante se ubicó detrás de su escritorio, sin dejar de mirarme, inmune a mis insultos; mientras yo, forcejeaba con los que aún me sujetaban, y, a la vez ordenaban:
· ¡Cállese soldado, es una orden! – Sintiendo en vano mis esfuerzos por liberarme, aún mirando la cara del comandante que observaba mis reacciones lógicas por las circunstancias, ordenó:
· ¡Déjenlo! – Una vez liberado, parado solo con mi rabia, sentía que sangraba mi boca. El comandante, después de una pausa, donde todos observaban mi situación y, a la vez, preparados para un arranque de locura de mi parte, solo frente a esa extraña locura, me resigné. Mis manos las crucé detrás de mi espalda, bajé la cabeza, dejando chorrear la sangre en mi bonita ropa, un torbellino de dudas cegaron mi mente, sin poder pensar, sin poder reaccionar, sin poder siquiera tratar de moverme, con rabia, enfurecido, lloré, lloré, en la sala. Sólo se escuchaba mi llanterío. Levanté mi cabeza, mirando entre lágrimas al comandante, le dije:
· ¿Porqué?¿Porqué? … Y continué llorando. –El comandante, después de una pausa, habló con voz autoritaria:
· Ese es el maquillaje y aspecto de un preso. ¿Entendido soldado? Ahora viene lo más difícil: Llévenlo a las celdas, con los presos.
Milicos culiaos, al escuchar la aclaración del oficial, comprendí lo del maquillaje. Que lindo, que saco de chucha. Levanté mi vista derecho donde el comandante y con toda ironía, dije:
· ¡Qué lindo, mi comandante!, ¡ah! -- Y nos dio ataque de risa, el momento grave desapareció; la risa lo borró. Todos cagaos de la risa. – El comandante agregó:
· Límpiate la sangre con la ropa; así lo hacen los presos. Luego los mismos oficiales que me sujetaron, me amarraron las manos por detrás y derechito a las celdas.
Mi aspecto era totalmente de un preso torturado; al caminar cojeaba, sentía dolores en mis piernas, el ojo derecho, casi completamente cerrado y el hocico hinchado, mientras, apenas caminaba pensaba puras güeás: los milicos están locos, yo estoy loco, todos los güeones estamos locos, haciendo actos como locos, creyendo tener la razón. ¿Dónde pararía esta locura? Cuando termine esta locura, buscando la razón, la verdad, vamos a quedar locos. Sólo fortalecía mi alma al pensar que tendría que salir vivo de esta güeá de los milicos. Sólo eso me obligaba a continuar viviendo, si se podría llamar güeá de vida, porque en el fondo, era una güeá nada más, una fea güeá, una güeá de vida o muerte, pero una güeá.
Después de varios pasillos llegamos a la celda, el oficial me entregó una frazada, abrió la reja, y adentro y chao. Parado tras la reja, ¡chucha! Los cinco que ahí estaban, todos machucados, igual que yo, peor que yo, torturados peor que yo.
A un rincón de la celda, como asiento puse mi frazada. Sentado, mi cabeza escondida entre mis rodillas, preso. Así lo sentía: preso, preso, preso, preso. Preso por el servicio militar obligatorio; preso por la cagá de la Unidad Popular, preso por el Pinochet, preso por el Allende y su cagá de gobierno; preso por mi obligación como milico; preso por servir a mi cagá de país, preso en Santiago cárcel.
Los que ahí se encontraban indiferentes a mi llegada, no emitieron ninguna reacción. Sus almas, sus cuerpos, totalmente torturados, humillados, deshumanizados, se veían ausentes con su dolor, con su pena. Quizás idos, volados, con la impresión del golpe militar. ¡Qué se podría hablar, comentar, rebatir, razonar! Solo nada. Ellos dudando sobre su vida o su muerte. Casi se olía el olor a muerte. Sí, eso parecían: muertos en vida, acompañados de un silencio de ultratumba. Sólo les faltaba el ataúd, velarlos, enterrarlos y chao.
Al rato a la celda llegaron dos soldados con un preso; lo tiraron dentro, luego con unas patadas, ordenaron a otro detenido que debía acompañarlos. Este al no reaccionar con las patadas, uno de los guardias, le dio unos culatazos, a lo que el detenido reaccionó asustado y se levantó siguiendo a sus agresores. Cerrada la celda, nos quedamos solos acompañados por el lúgubre silencio.
Al rato, el ingresado, mirando curioso preguntó: ¿Recién llegaste?
· Sí. – contesté
· ¿Te pegaron? Tenis el ojo super hinchado, la boca igual, seguro que te sacaron la cresta los milicos.
· Sí. Me cacharon un carné de las JJ.CC. —Respondí, agregando: ¿Tú venís llegando?
· No. Estoy desde el 12 acá; yo era dirigente sindical en mi pega, me han sacado la cresta, preguntando si teníamos armas o explosivos. Estos güeones están locos; ahora, con mi compañero, al que se llevaron, nos sacan cada media hora y nos dejan parados, mirando al sol, después nos meten acá a la celda y media hora más tarde otra vez pa´fuera. Parece güeveo o tortura, nos quieren volver locos; ellos ya están locos, los milicos se volvieron locos furiosos, hay que puro hacerse el güeón. A estos compadres que veís, los sacan pa´puro interrogarlos; cada vez vuelven peor. Están agónicos, algunos tienen las costillas quebradas, están super machucados.
· ¡Oye! ¿Afuera está la cagá? ¿Hay alguna resistencia contra los milicos?. ¿Sabís? Desde que me agarraron no tengo idea que pasa, menos con mi familia, mi esposa, mis hijos; estoy desesperado. No tengo noticias de ellos, pobrecitos. Ojalá no hayan ido a güeviar a mi casa. Bueno, total en mi casa no hay nada que los comprometa con la onda izquierda o extremista, yo era un simple dirigente sindical. No sé que chucha va a pasar con mi vida. Pueden hacer lo que quieran, pero que no toquen a mi familia; esa güeá, no se las perdono. ¡Qué locura! ¿Quién se podría imaginar la mala onda en que se metieron los milicos? ¡Qué terrible! --- Terminó diciendo el preso, agarrándose la cabeza a dos manos, tratando de encontrar la cordura ante esta situación de total locura. Así quedó, con su mirada fija en el suelo, quizás, queriendo ver debajo de la tierra, para encontrar y desenterrar la razón perdida de todos los que estábamos inmerso en ese mar de desequilibrados del derecho y respeto humano.
Tal como lo había explicado el preso, volvieron nuevamente a sacarlo de su celda y trajeron al otro. Éste se tiró sobre una frazada, simulando una cama, que como marquesa o colchón, era el cemento compacto y frío de nuestra celda. Seguro que esta habitación era un camarín, por su aspecto. Tenía varios casilleros, duchas, w.c. lavamanos y unos tablones pegados a una pared, dando aspecto de sillas o bancas, porque sobre estas, había percheros. Sólo que en la puerta, se veía modificada: por fuera una reja metálica que aseguraba la puerta de madera, la cual cerraban con seguro, a la cual la cruzaba un tragaluz, casi inalcanzable.
Fui a un lavamanos; tenía sed. Que mala onda, cero agua, ni una gota; dirigiéndome a los estanques del w.c., sí, ahí encontré agua, casi un cuarto de estanque. Con mi mano, saqué y bebí unos sorbos de la desagradable y mal oliente agua, pero me contuve; podría enfermar de mi estómago; preferí aguantar la sed. Curioseando la habitación, caché un interruptor de electricidad, al accionarlo, encendió un tubo fluorescente. Por lo menos teníamos luz; uno de los presos, reaccionó casi gritando:
· Por favor, apaga esa luz, si cachan los milicos, nos van a güeviar. ¡Apágalo!. ---El tragaluz sobre la puerta, dejaba pasar la luz del día. Así debíamos permanecer, casi en penumbras; así debíamos saborear, sentir, ver, la opresión.
Apague la luz, llegó la realidad; todo estaba detenido, congelado. El tiempo y espacio, eran uno solo. La esperanza de terminar la misión encomendada por el comandante; casi sentí un alivio al recordar que ahí sólo estaba cumpliendo una fea misión, también reaccioné al verme utilizado y engrupido con los halagos de los milicos. Los güeones, te inflaban el ego, engrupiendo que érai un buen combatiente y bla, bla, bla, para ser sólo carne de cañón. Así son los milicos, se hinchan de su valentía militar, cuando en realidad, los soldados somos los que estamos pal´güeveo. No sabía que chucha pensar. Hasta pensé: Como no traje la yerba, que tenía en caleta, ahí mismo me habría tirado un pitito o no sé que chucha. Ya estaba sintiéndome como preso y me sentía oprimido. Casi, por instinto, toqué mi ojo, estaba hinchado, mi hocico, igual. Estaba cacao, no podía decir: no, mi capitán. No quiero ir a esa misión; no me gusta. La realidad era otra, estaba pal´güeveo obligado. Lo que haría por la misión, sí, eso haría. No haría nada, y chao. Milicos culiaos. Total, los que acá estaban presos, junto a mí, estaban super golpeados, si pudieran darse cuenta de mi onda, como sapo, no creo que podrían reaccionar en forma agresiva; en sus rostros se notaba, que no querían mas guerra, y yo, con mi físico, tenía la plena confianza que sabría enfrentarlos. No sé como, pero no emitían ningún miedo sus torturados cuerpos. Pero, al final, en realidad a esa hora, pensaba puras güeás: que yo les pegaba, que ellos me pegaban, estaba casi cagado de onda. Para disipar mi angustiado momento, parándome fui a intrusear unos casilleros metálicos. Abrí uno, nada; el segundo, nada; el tercero, un bolso de tela, un saco; lo saqué y lo intruseé, ¡chucha!, salieron varias camisetas del colo-colo, estaban bien dobladas, planchadas y limpias. Que buena onda, al tiro se vinieron a mi cabeza el recuerdo de mis hermanos, todos son colo-colinos, hinchas de cabro chicos. Yo también era del colo-colo, pero una vez, cuando chico, con mi hermano peleamos por la onda colo-colina y decidí ser de la U. de Chile, después caché, que los jugadores se cambiaban de equipo, y como yo, era cabro chico, no entendí esa onda; pensaba que un jugador nacía y moría en un equipo, total que al final, no agarré
onda futbolística y chao. Me cambié a la onda hippie, amor y paz, sin saber que las circunstancias de la perra vida, también me harían cambiar de equipo.
Vacié el saco, cayendo las camisetas, short y medias de fútbol, también un sobre con el detalle de lo lavado y el reclamo del dueño de la lavandería, donde les pedía, por favor, que cancelaran las facturas pendientes, y que era este el último servicio que cumplía, mientras no se le cancelara lo adeudado. Guardé la carta en el sobre y lo tiré en el casillero; agarré la ropa, la acomodé como un colchón y todo mi cuerpo sobre mi improvisada cama, tratando de no pensar ninguna güeá, dormí, dormí, dormí. Sólo cuando sentí unos gritos, ordenando al preso que despertara y saliera del camarín celda, entre gritos, garabatos y golpes, chao, volvió el silencio. El que me llevó a dormitar, siendo nuevamente despertado al ingresar unos milicos que prendieron la luz y nos invitaron a recibir el rancho; entre ojos los miraba, no era ninguno de mi unidad. En la celda éramos seis más uno que estaba afuera; pasaron unos platos de aluminio, de milico, y vaciaron un cucharón por plato, de sopa, casi transparente, acompañada de algunos arroces en el fondo. Había que sorbetearla, no había cucharas, y como estaba casi fría, ordenaron tragar rápido; tratamos de no hacer ningún gesto de desagrado. Uno de los que servían, preguntó irónico:
· ¿Les gustó muchachos? ¡Sí o no! – Todos contestamos:
· Sí, está rica, mi cabo. --- Y chao. Nos quitaron los platos, pusieron candado y chao. Unos de los presos, salió rápido al w.c., vomitando su ración, y, a la vez, se quejaba de dolor. Fui a verlo, lo encontré con sus manos en su estómago, era una sola mancha negra, amoratada de golpes; en sus balbuceos, comentó que tenía algunas costillas rotas, en realidad, estaba super mal, molido hasta el alma. Pero no tenía derecho a un médico, era un preso de la Unidad Popular, era un perro, sin derecho a nada humano.
Lo abracé con cuidado, lo llevé a mi cama preguntándole:
· Compadre, ¿te gusta el Colo-Colo? –Él volvió su mirada y cambió de aspecto su cara y contestó sorprendido:
· La güeá que preguntái. – Yo insistí.
· ¿Te gusta el Colo-Colo? Sí o no, dime. – Él, casi tratando de no reir, porque le causaba dolor, afirmó con su cabeza que sí.
· Ven, mira, ahí tenís una cama del Colo, acuéstate, te la presto.
El preso, aguantando la risa por el dolor y sólo con su mirada, supe que estaba agradecido, lo ayudé a acostarse sobre el colchón colocolino, traje su frazada y lo tapé. Al preso, que se le notaba algo líquido en su mirada y su voz quebrada, sólo repitió:
· ¡Gracias, Gracias!
Luego, fui donde los otros presos; estaban como ausentes, agónicos, graves, unos despojos humanos. Les pedí ver sus estómagos, todos estaban iguales, morados, casi negro, desde las tetillas hasta más abajo del ombligo, golpeados sin misericordia, sin asco, sin razón, sólo unos locos podrían haber golpeado de tal manera a esos hombres.
Que bajón, mi alma al ver esa brutalidad, se invadió de tristeza y dolor. La agresividad de los milicos, se había desbordado sin ningún control.
Luego, fui donde estaba acostado el preso colo-colino, a sus pies, sentado y apoyado en la pared, descansé mi cuerpo tratando de alejar mis sentimientos de mala onda. No quería, no podía pensar nada, nada, nada, nada.
Nada bueno, nada malo, solo sentía que la vida no tenía sabor a nada. Con la cabeza entre las rodillas, repetía en mis pensamientos: mamá, mamá, mamá. Había descubierto, que nombrando a mi mamá, la vida, la esperanza, era la luz que encontraría en este negro túnel de miseria humana, mamá, mamá. No sé cuantas veces repetí mamá. El sonido dirigió mi vista al preso que estaba junto a mí. Sí, él también, casi en un lamento de agonía, repetía: mamá, mamá. Una pausa y continuaba: mamá, mamá. Fijé bien mi vista
en su cara, de su boca brotaba algo oscuro, rápido, parándome encendí la luz; de su boca salía sangre, balbuceaba con la boca llena de sangre: mamá, mamá. Tratando de enderezar su cabeza, tratando de sostener su cabeza, tratando de pestañear, tratando de vivir, tratando de nombrar a su mamá, murió, falleció. Muerto por el golpe militar.
Mi mano la puse en su cuello, estaba tibio, estaba sin pálpito, estaba sin vida, quedó con su cabeza hacia encostado con los ojos semi abiertos. De la vida a la muerte, sólo segundos, o milésimas de segundos bastaron para que cruzara el límite hacia la vida eterna, la muerte eterna, la muerte total.
Sentí momificado mi ser, congelados mis pensamientos, enloquecidos mis sentimientos, ordené mi cordura, mi razón. No dejé invadir mi corazón por la compasión, no dejé a ningún sentimiento abrumarme, a trastornarme, era un muerto y chao, chao, chao. Yo estoy vivo, casi muerto, no me interesa, chao; no sirve de nada un buen sentimiento o un mal sentimiento por el recién fallecido. Se murió, la vida se acabó. Es un muerto, ahora es un muerto, no me interesa, con respeto o sin respeto, no me interesa, es su vida, es su muerte.
De mis trastornados pensamientos me alejó un preso que nuevamente pedía, por favor, que apagara la luz. Fui donde el que a mí se dirigía, y le dije, con el más mínimo asombro:
· ¡Oye! Ese compadre murió. – Éste preguntó:
· ¿El que estaba vomitando?
· Sí, ese mismo. --- Respondí. Éste trató de parase, yo lo ayudé, al ver que se quejaba de dolor, y, casi mudo tratando de no llorar, pidió que lo llevaran donde el recién fallecido. A duras penas, logré llevar al preso, cuando por fin llegamos, éste pidió que lo ayudara a arrodillarse junto al muerto. El preso le tocó la garganta y su pecho, después de un momento, volvió su cara, sus ojos mojados en lágrimas y habló:
· No puedo creerlo, está muerto. – Puso sus manos en su rostro y gritó:
· Carlos, Carlos, ven a ver a tu hermano. Parece que murió, güeón. --- De entre los presos, se paró un hombre, que con sus gestos, mostraba su dolor físico, casi afirmándose en la pared. Llegó donde nosotros, arrodillándose junto al fallecido, lo tocó y movió su cabeza, sus manos, sus ojos, nada, nada, nada, muerto, estaba muerto.
El recién llegado, con un grito desgarrador, gritó:
· Hermano: ¡No, no te mueras! ¡No, por favor! ¡No me dejís solo! ¡No!
No quería aceptar la verdad, su hermano colo-colino había muerto.
Salí de ese trío de pena y muerte, dirigiéndome a la puerta. Ahí mismo me senté, puse mi cabeza en las rodillas, repitiendo: mamá, mamá. Y de fondo, escuchaba los lamentos de esos hombres, enloquecidos por la muerte de su familiar. Nada quería sentir, nada quería pensar, sólo repetir: mamá, mamá.
Entre lamentos y sollozos, sentía abrir la reja y a empujones metieron de nuevo al preso, y los milicos, con voz autoritaria preguntaron:
· ¿Quién fue el güeón que prendió la luz? –Sólo escucharon, como respuesta, el llanto de los que sufrían la muerte de su familiar. Los milicos se acercaron, mientras que los presos, le imploraban por su hermano, que hicieran algo. Los milicos, indiferentes a esas súplicas, uno vió las reacciones del muerto, y entre ellos, algo murmuraron y salieron rápido de la habitación, como molestos, como orgullosos por su deber de milicos, matar al enemigo.
Casi de inmediato volvieron, se llevaron al que correspondía estar media hora parado mirando al sol; las órdenes, se deben cumplir. El muerto, podía esperar; total la muerte, para siempre, lo iba a acompañar.
Todos los presos, se acercaron al muerto, al parecer eran compañeros de trabajo. Todos lloraban su muerto, todos sufrían esa inesperada muerte, todos lloraban enloquecidos, trastornados, esa verdad increíble, todos sus ideales políticos, encaminados a tener una mejor vida, se transformaron en un sendero de muerte. Todas sus esperanzas de vida, terminaron con la esperanza de la muerte, todo quedó en la nada.
Luchaba con mi razón, con mi sentir, con mi ser, con mi físico. Seguí sentado, derrumbado, indiferente, desanimado, cajoneado, alejado de esos hombres y su muerto. Sólo repetía mamá, mamá.
No sabía si dormía o ese cuadro mortuorio me había dejado inconciente; fue algo que hizo perder mis sentidos, lo que trajo la realidad. Fue el ruido de las rejas. Ingresaron varios milicos y una camilla; uno que parecía médico, le puso un estetoscopio en el pecho y en otros lados y diagnosticó: ataque al corazón o hemorragia interna. Tenía dudas del diagnóstico, pero de que estaba muerto, estaba muerto. Lo pusieron en la camilla y, chao.
Los milicos no emitieron ningún gesto de compasión; quizás, estaban conformes con sus resultados o era lo más lógico que debía ocurrir a los que habían tomado un camino distinto a su razón, a su verdad, a la antipatria Unidad Popular.
Sentado solo, bien lejos de los dolidos por su muerto, aislado de ese dolor, con una coraza de fierro y acero, luchaba contra mis sentimientos, confundido en el espacio infinito, en la ultra galaxia, a la chucha del mundo, trataba de no ahogarme en mi confusa mente y me fui quedando dormido y dormí, dormí, dormí.
Tirado, como perro, en el suelo quedé al cambiar de posición al sentir mi culo y rodillas adoloridas, alguien me cubrió con una frazada; sólo desperté con el ruido que hacían los milicos anunciando el desayuno: café con leche y pan con chancho chino. Era el medio litro de leche que había prometido Allende, diluido en mil litros de agua, con una cucharadita de café, era café con leche, pero su sabor era aguachento y desabrido, casi amargo, igual lo tragué. El hambre se hacía sentir, la mala onda en esa habitación nos acompañaría hasta el fin del universo.
En esa cagá de camarín celda, no existía nada para distraer la mente, ni TV, ni radio, ni diarios, ni revistas, ni nada; ninguna güeá aceptable. Los presos inmersos en su pena, en su dolor, estaban mudos. Yo, aburrido, abrumado, sin saber qué hacen los presos, cuando están presos, porque nunca había estado preso.
Aburrido en esa cagá de habitación, pensando miles, millones de güeás; en un momento de lucidez, concluí que ojalá algún güeón de esos que se le ocurrió esta caga de misión, vinieran a buscarme, para saber si tenía alguna información, o que me sacaran de esta güeá, aunque sea pa´ puro güeviarme, así podría decir que los presos tenían un millón de bombas atómicas y misiles apuntados directo al general Pinochet y también tenían gas venenoso que, cuando lo tiraran sobre Chile, sólo iba a cagar a los de la derecha y a los milicos, porque a los de la U.P. no les iba a hacer efecto. Y también venía el ejército ruso a liberar a todos los presos y, de pasadita haría cagar a los milicos y al final, puras güeás; eso, puras güeás pensaba…Sólo la realidad del encierro, me abrumaba, me torturaba.
Nuevamente, sentado en el suelo, la conciencia marihuanera afloró: porque chucha no traje mis pitos, porque no traje mi yerba, ahora estaría bien volado, como piojo, volado, volado. Sabiendo que la verdad depura los sentidos, el alma, apacigua cualquier tormento, transforma el odio en pura paz, toda tu agresividad cambia derechito por el amor y paz. Pero no tenía ninguna güeá, ni un cigarro, los presos creo, que tampoco fumaban, ni pitos, ni cigarros, sólo tenían pena, dolor; eso era lo que consumían, lo que los consumía; llenando su mente y corazón del más puro y cristalino odio, odio a muerte.
Retirado de ellos, en un rincón, cabizbajo, taciturno, escuchaba sus lamentos, sus llantos, mezclados con murmullos de consuelo y dolor. Sentía hasta rabia y molestia al escucharlos, sentía pena y pesar al escucharlos, sentía como una risa trastornaba mi mente, y reía, reía, reía, ja, ja, ja, ja. Terminando mi risa en congoja que apretaba mi pecho, lo que brotó en una catarata de lágrimas, lloré desconsolado, lloré trastornado, reí trastornado, todo mi cuerpo tiritaba de frío, de nervios, de miedo, de impotencia, de güeón. Sí, así lo sentía,; parecía güeón descontrolado, lloraba y reía. Me obligué a calmarme: ¡Relájate! Tranquilo hippie, paz y amor, tranquilo, quiero morir de viejo, no como güeón loco, tranquilo. Debía calmar mis impulsos, pensando que la vida es así. Te dá de lo bueno, bueno; de lo malo, bien malo. Así tienes que aceptar la vida. La vida es para vivirla a fondo, algún día se acabará este momento, algún día seré civil, algún día, tendré el pelo largo como hippie, sólo que para alcanzar ese camino, tienes que seguir por el camino de la paciencia y la cordura.
Aterricé mi volada de descontrol; concluí que mi tarea era la misión de sapo, no alcanzaba para espía. Era un vulgar sapo milico; no tenía aspecto de James Bond, sapo, sapo milico, ja, ja,ja… No podía pensar algo serio, algo cuerdo, sólo podía pensar en puras güeás.
Concentré mi mente un una palabra, sólo pensaba y repetía: chao, chao, chao, dormí, dormí.
Desperté alarmado por los golpes y gritos que daban los presos en la puerta, al abrirse, unos milicos con voz de sentirse molestos, preguntaron:
· ¿Qué chucha pasa güeones?
· Por favor, señores militares, un preso está agonizando, llamen un médico, por favor. Hagan algo, va a morir. – Los milicos contestaron, que luego volvían y cerraron la reja. Al acercarme a los presos preocupados, ví que el hermano del que ya había muerto, seguía el mismo destino: estaba agonizando. Uno de los presos, le daba respiración de boca a boca; lo que hacía reaccionar al moribundo, fue casi milagro. Por fin volvieron los milicos, entraron, lo pusieron en la camilla y chao. Nunca más se
supo de su estado, si había muerto, resucitado, mejorado, alentado, sólo se lo llevaron y chao.
No sé cuando, ni la hora, cuando trajeron el rancho: sopa de algo, con mucho agua y escasos fideos; uno de los presos, tuvo la osadía de consultar por el enfermo; el milico contestó que él era cocinero, no era sepulturero, ni menos doctor, sólo soy un militar.
El pelao milico cocinero, delató sus sentimientos con el tono de su voz. Era seguro que a él también su servicio militar obligatorio, lo tenía atrapado en esta mala onda, para soportar esos nefastos momentos, había que repeler cualquier sentimiento de afecto.
Lo que dejó tranquila nuestra celda camarín, fue que cortaron el güeveo de sacar y entrar, cada media hora, a los presos.
Los presos, nuevamente conversaban. Paré la oreja, como era la misión, sólo debía escuchar y grabar en mi memoria los detalles de su charla. Todo lo que escuché, lo grabé en mi mente, en mi alma, en mi vida; sólo hablaban preocupados por su amada familia, la pena los invadía: entre sollozos nombraban a sus mujeres, hijos, madres, padres, hermanos, la incertidumbre carcomía su alma, desgarraba los sentidos de amor por su familia.
Esa inquietud se pegó en mi mente, también nació el recuerdo de mi familia: mi mamá, mi papá, mis hermanos, mi hermana, mi abuelita Ada. Cuando de ellos me acordaba, casi los veía, pero tenía la plena seguridad que a ellos no les pasaría nada con la onda milico. Mi mamá y mi taita, eran de la Democracia Cristiana, mis hermanos, el mayor trabajaba en el Banco y los otros estudiaban y güeviaban en una onda apolítica, sólo preocupados del amor y estudiar. Quizás, estarían preocupados por mí; seguro que estarían preocupados. Claro, con la onda de los milicos, más encima yo, en el servicio milico, por la chucha, ojalá que no se caguen mucho la onda. Estaba lleno de malos sentimientos; era igual que los presos. No sabía, ni tenía idea como estaban ellos, porque los milicos, allá en
Iquique, nos metieron en un avión, llegamos a Santiago y, chucha, acá estoy, todo cagao, asustado, torturado.
Siete días estuve preso, conviviendo las miserias y penas como preso político infiltrado. La libertad, llegó un día de noche. Sí, en la noche de madrugada, entre dormido, hediondo y casi trastornado, volví a mi otra realidad. Entraron a la celda los mismos oficiales que allí me dejaron, con unas patadas me obligaron a acompañarlos, amarrando mis brazos detrás de mi espalda, salí entre dormido y feliz.
Cuando había avanzado varios metros, un oficial reclamó:
· ¡Estái hediondo! -- Luego ingresamos a una sala, había unos civiles y el capitán de mi compañía. Ordenaron sentarme, un jarro de café y un cigarro.
Uno de los civiles preguntó: Bueno soldado, cuenta lo que escuchaste.
A mi memoria, vino el cuento de las bombas atómicas y güeás, pero contuve ese güeveo. Contesté diciendo: En la celda eran seis presos, uno murió, quedaron cinco. Uno de ellos, comentó que era dirigente sindical de su trabajo, que lo habían interrogado al igual que los otros, preguntando por armas y explosivos, dijo que estaban locos los milicos, que ellos sólo eran trabajadores y pertenecían al sindicato, después, sólo hablaban de sus familias, nunca hablaron de armas o explosivos, sólo querían saber de sus familias.
· ¿Cuántos presos dijiste que habían cuando llegaste?
· Habían seis, y estaban todos machucados.
Uno de los civiles, dirigiéndose a los oficiales que me llevaron a la misión les preguntó: Oiga, oficial, la celda donde están los miristas tiene tres presos, ¿dónde chucha lo fueron a meter a este pelao?
Los oficiales se miraban sorprendidos, seguro, los güeones se equivocaron.
· ¡Vamos, acompáñenos! Usted oficial, llévelo a la celda.
Nuevamente, volví a mi celda, la abrieron, el civil con el oficial ingresaron. Al rato salió el civil enfurecido, loco de rabia, gritando chuchás a los oficiales.
Volvimos a la sala; el civil ordenó que para mí, había terminado la misión. –Luego, algo habló con mi capitán y chao.
Con el oficial y todas mis pilchas, arriba de un jeep. Le pregunté a mi capitán que pasaba, éste, casi riendo contestó:
· Esos güeones, te dejaron en otra celda; la cagaron. Fuiste a puro perder el tiempo. Ahora, te llevo a la Escuela de Telecomunicaciones. Ahí te bañas y descansas. La ropa de civil guárdala y usa tu uniforme
En la Escuela de Telecomunicaciones, ordenaron que debía permanecer a las órdenes de un oficial. Ahora, sólo debería descansar. ¡Al fin una cama! Antes fui derecho a las duchas con agua caliente y espejos. El maquillaje ya se notaba casi poco, y chao, dormí no sé cuanto. Cerca de las 18.00 hrs. ordenaron levantarme al rancho y la peluquería. Volví a ser pelao milico, con corte de pelo y uniforme. Ordenaron que a las 21.00 hrs. debería presentarme en la guardia, ahora saldría de escolta motorizado en las patrullas nocturnas.
Cerca de las 22.00 hrs., salía en un jeep, junto a otros milicos, cuatro incluido el conductor a cargo de la patrulla. Un sargento se conocía Santiago de memoria y le encantaba salir a patrullar o güeviar en jeep.
En el vehículo, patrullando por el Santiago lindo, parecía Santiago muerto, las calles muertas, ni un alma, ni un perro, ni calor, más frío que la cresta.
El sargento, después de patrullar, casi una hora, estacionó el jeep en un callejón casi oscuro, entre unos autos y árboles, paró el vehículo, de la guantera sacó una botella de grapa y salud. En son de güeveo, comentó:
· Este licor, no es para la patrulla, es para espantar el frío. ¡Ya, soldados! Un trago para cada uno.
· A su orden, mi sargento. – Contestamos felices. El copete espantó un poco el frío; después invitó a unos cigarros y otro trago, luego, apareció otra botella de grapa, la patrulla estaba casi mareada, y hablando de minas y cachas. El copete nos había calentado el hocico y otras cosas.
Ellos estaban sorprendidos de mi situación; no sabían que habían traído pelaos de otras regiones. El sargento, un poco acelerado por el copete ordenó:
· Ahora, vamos a una misión de bienvenida para este pelao de Iquique.
· Bien, mi sargento. –Celebraron los otros patrulleros.
El sargento puso en marcha el jeep y rápido enfiló a la misión. Después de varias cuadras, ingresamos a un subterráneo de un edificio, ordenó bajar, mientras se dirigía a un patrullero que bajara los regalos. El soldado, de entre los asientos, sacó una caja de zapatos. Luego, subimos una escala, el sargento golpeó la puerta, como si fuera una señal, de adentro una voz de mujer contestó pronunciando un nombre, a lo que respondió el sargento: ¡Afirmativo! – Y se abrió la puerta, ingresamos a un living-salón con bar incluido, más cuatro mujeres, no tan jóvenes, pero bien vestidas y con cara de dispuestas a pasarlo bien. Todos los patrullas por su acción, demostraron que no era la primera vez que ahí estaban. Cada uno saludó a cada mujer; fui presentado y el sargento ordenó que debería cumplir con mi deber con su amiga, luego abría la caja diciendo:
· Les traigo unos regalitos. – Sacando unos calzones y sostenes, los que tomaron las mujeres coquetas e insinuantes, ofreciéndonos unos tragos y música, agregando:-Los estábamos esperando. – El sargento ordenó dejar el armamento, casco, fornitura y parka en un lugar indicado. La mina, que me tocó, se insinuaba casi regalada. No era joven, ni vieja, tendría cuarenta años, de pelo negro como melena, una mini, botas y un suéter ajustado, lo que le daba un aspecto provocativo, casi vulgar para mi gusto, pero tenía una aceptable fisonomía. Luego, casi a media luz, bailando un lento, caché que todos los patrullas, se hacían tira, métele atraque, con tuti. La mujer que bailaba conmigo, colgada de mi cuello. No bailaba se restregaba, apretaba mi cuerpo con el suyo; ella con un vaso de cuba libre (rhon y coca cola), tomó un largo trago y acercó su boca a la mía y casi lo vació, quedando pegado con su lengua. Recorría mis dientes, labios, lengua, amígdalas y reaccioné. El hueso del amor despertó, como loco le corría mano. Nos corríamos manos: le agarré sus pechos, algo blandos, su culo, igual, casi blando pero grande. Ella tenía su mano pegada en mi hueso del amor; no sé como, los otros patrullas no estaban. Yo y ella solos en el living: ella abrió mi camisa, recorriendo con su lengua mi pecho hasta bajar a mi pene, se acomodó en un sillón, sentada y yo parado, todo parado feliz, feliz. Después, casi al tiro, ella se levantó pidiendo que nos desvistiéramos, quedé en pelotas, quedamos en pelotas. El físico de la mujer se anduvo desparramando; preferí cerrar los ojos y al sentir su cuerpo, quedé loco. Ella dirigía la maniobra, la posición, la introducción, la calentura y el placer. En sus lamentos de placer, gemía diciendo: Me encantan los pelaos. —Yo, mudo de gusto, seguía en la misión, casi no lo podía creer; lo estaba pasando super rico.
En pocas horas, la vida había cambiado, de la desgracia total, al goce total. Eso es la vida; ahora era yo, un hippie, haciendo el amor y la paz, concretado el amor en el más preciado vínculo humano: el sexo, que te transporta al mundo universal de la paz.
Esos momentos de placer sexual, reafirmaron mi conciencia hippie; esa era nuestra causa, esa era nuestra revolución. La revolución de las flores, que era el símbolo del amor a todo lo natural, como es el sexo, amor libre, haz el amor no la guerra. No creía en la revolución armada; el odio engendra más odio, el amor sólo engendra más amor. Quizás, los hombres que llevaron a nuestro país a una extrema violencia, no conocían el amor, no hacían el amor, el amor libre.
De todos esos felices pensamientos, salí, cuando el sargento detuvo el jeep pocas cuadras antes de volver a nuestro cuartel y ordenó:
· Soldados, no quiero saber de ningún comentario de nuestra misión. Al ingresar a la Escuela de Telecomunicaciones , yo voy a presentarme al oficial de guardia y le comunicaré que no tuvimos ninguna novedad en la patrulla, de ahí, limpian eljeep y a descansar. Los espero a las 21 hrs. bien bañados y listos para otra misión.
· A su orden, mi sargento. –Contestamos felices, todos los patrullas. Dicho y hecho, pasamos sin novedad por la guardia. Aseo al jeep, al rancho, desayuno: café con leche y pan con chancho chino y, chao a dormir, o tratar de dormir. Uno de los patrulleros, al lado de mi cama, con la cara llena de risa, preguntó:
· ¿Cómo estuvo la misión, compadre? – Yo, de igual manera, contesté:
· Descueve, la pasé super bien. La raja. ¡Oye! ¿Qué onda esas minas? Estoy como sorprendido, pero me gustó. – Él contestó:
· Esas minas son buena onda. No sé qué hacen; el sargento hace como tres días que nos lleva donde ellas, y el primer día, pasó lo mismo que ahora. Caíste preciso, el pelao que lo reemplazas se enfermó de amigdalitis; el güeón debe estar re picao, sólo quédate callaíto. No le contís a nadie, seguro que a la noche vamos a ir de nuevo. Así que descansa y come harto, para cargar municiones, ja, ja, ja, ja. –Terminó riendo de su comentario.
En la cama, mis pensamientos, casi deliciosos, como que agradecía al Allende y Pinochet; las circunstancias de lo acontecido, llenaban mi alma de gratitud. Estaba feliz, feliz de haber llegado a Santiago. Sí, ahora era Santiago sexo, Santiago amor, Santiago paz y amor; como que adoraba Santiago. Esta capital en tan corto tiempo, hizo que conociera un montón de sensaciones límites: el éxtasis de la vida y la muerte, la agonía de la opresión, la bestia salvaje que había en mí, los sentimientos humanos extremos, las dos caras de la moneda, la dicha y la desgracia, el amor carnal y el amor irracional.
Esa mujer, había devuelto todo lo oculto de mí; con su pasión calmó mi alma atormentada, quizás, ella también tenía su vida atormentada, tal vez con un gesto arrebatado de lujuria, calmaría sus tormentos; haciendo el amor, la vida renacía llena de esperanzas e ilusión. Este acto era una pausa para renovar fuerzas y así poder enfrentar el mar de violencia que imperaba en nuestro país, cuando los militares, por su convicción errada de amor a la patria, sólo transmitían odio a los que no comprendían su amor por la patria.
· ¡Despierta pelao! ¡Pelao a la guardia! –Abrí los ojos, era el patrullero diciendo que debía levantarme, hora del rancho; después a las 21.00 hrs. en la guardia, la patrulla del placer, listos a nuestra misión. Saludos con nuestro sargento, arriba del jeep, recorriendo las calles de Santiago lindo, hasta llegar al sitio de nuestra caleta bar, bien escondidos, salió el primer copete de grapa, cigarros y comentarios calientes de nuestras mujeres tan bondadosas con los patrullas, llegando a nombrar a nuestra patrulla los cacha viejas, ja, ja, ja, reíamos copeteados. Luego, salió otra botella de grapa, eufóricos y descontrolados continuamos con el güeveo de la patrulla cacha viejas. El sargento, en un momento de lucidez ordenó bajar el tono de voz, agregó:
· El último salud y a nuestra misión soldados, salud. –Y se empinó la botella. Junto con este acto, en la esquina del callejón, doblando en dirección a nosotros, dos jeep militares, deteniéndose al lado de nosotros, bajó un oficial seguido por todos los milicos de los dos vehículos. El oficial enfurecido, se presentó:
· Soy el mayor (No sé cuanto), están arrestados por abandonar la guardia y bebiendo en servicio. ¡Bajen del jeep y entreguen su armamento! –
¡Chucha! Medio bajón, cagó la onda. El sargento no salía de su espanto, no lo podíamos creer. Salió, como un rayo, la alegría y el copete. Los pelaos, nos tenían apuntados. Ordenó el mayor subir dos pelaos en un jeep, el sargento a otro, y el otro pelao en el que nosotros, supuestamente patrullábamos. El mayor ordenó al sargento que dijera, cuál era nuestra unidad o regimiento, y para allá nos llevaron, a la Escuela de Telecomunicaciones.
El camino fue interminable. Que bajón. Al llegar a nuestra unidad, se presentó el mayor al comandante de guardia, nos metieron a una sala, estábamos arrestados, incluido el sargento.
En la sala celda, toda la patrulla, mudos, no la queríamos creer. En un segundo pasamos de lo blanco a negro, de la gracia a la desgracia; el peor que se veía era el pobre sargento. Se lamentaba diciendo:
· Seguro, ahora me darán de baja, esta es la cuarta vez que me pillan con copete en la guardia. – El sargento se agarraba la cabeza a dos manos, su vida se transformó en pesadilla; nosotros, sintiendo compasión, no encontrábamos palabras para consolarlo. Yo, lo consolaba y también sentía mala onda de haber perdido esa noche de amor, sexo y güeveo. Creo, que todos los pelaos sentíamos eso, quizás, consolábamos al sargento, sólo por cumplir o para demostrar buenos modales, total, ya había cagado esa onda. A todo esto, sólo restaba esperar que pasara el tiempo. Eran las 03.30 hrs. de la madrugada, todos estábamos casi resignados y soñolientos, cabeceando de sueño.
· ¡Atención: soldados, sargento! -- Con esa orden, despertamos asustados y sorprendidos, era el oficial de guardia, ordenaba que reaccionáramos y agregó:
· ¿Se les pasó la caña patrulleros del copete? Salen a puro chupar, y usted es el responsable, sargento. Supe que no es la primera vez que le ocurre esto. Usted es alcohólico, debe buscar un remedio a su enfermedad, o va a terminar botado en una esquina, solo y arrepentido por no saber controlar sus deseos. Ahora, todos recojan sus armas y se van a dormir. Aquí no ha pasado nada. Si preguntan que pasó, digan que el jeep quedó en panne y usted, sargento, no sale más de patrulla, sólo tendrá guardia en el cuartel. Buenas noches.
-¡Buenas noches, mi capitán! – Contestamos aliviados y conforme con la decisión del oficial.
Mientras nos dirigíamos al dormitorio, comentamos la buena onda del capitán, casi había salvado la vida del sargento. A nosotros, jamás nos habrían botado del ejército, seguro que, como castigo, a todos lo pelaos nos pegarían unas cuantas patadas en la raja y un montón de repetitivos reglamentos d disciplina militar, acompañados de un montón de güeás.
Casi dormido. Diana a las 6.00hrs.. El mismo oficial que dio la pasá a la patrulla cacha viejas, fue a levantarnos con órdenes de presentarnos a la formación de la guardia. Ese era el castigo: toda la patrulla, incluido el sargento de guardia en la Escuela de Telecomunicaciones, y pa´peor, en la primera guardia, fui derechito a la puerta principal; ese es el lugar más forme, tenís que rendir honores y saludar al güeón que entre o salga, más encima estaba con algo de sueño y caña mala, no me hacía reir ni Chaplín. Estaba con harto frío; tenía puras ganas de botar el casco y fusil y poder ir adonde las minas del departamento o ir al hospital El Salvador a visitar y revolcarme con esa enfermera en práctica. A mi memoria llegaron sus recuerdos, cuando le había chupado hasta la sombra, sus tetas, su culo, su todo, era tan rica. Pero cagué, ya la había perdido, nunca supe donde vivía, ni como ubicarla, estaba agradecido desde el fondo de mi corazón. Creo que la amaba, pero también, agradecía a la mina del departamento por haberme hecho feliz; sentía que amaba a todas las santiaguinas. Nunca había tirado con una de la capital, sabía que eran buena onda y, en el fondo, unas buenas hippies: hacían el amor, y practicaban el amor libre como verdaderas hippies.
Mientras en mi puesto de guardia, ya calmado y resignado, entretuve la vista mirando a las lolas, y no tan lolas que pasaban por la puerta de la Escuela de Telecomunicaciones, y descubrí que, en realidad, no estaba tan mal ahí la guardia. Una tras otra pasaban las lolas. Casi las empelotaba con mi cara de caliente; las que pasaban cerca de mí y miraban a este soldado, con la cara de lacho, devolvía su mirada cerrándoles un ojo. Algunas, quedaban como sorprendidas y otras, seguían indiferentes, pero después de avanzar unos pasos, murmuraban entre ellas y se reían por mi desfachatez o lo ridículo que parecía güeviando a las lolas, pero yo estaba casi feliz, llegando al extremo de tirarles piropos, care´palo, como diciendo: ¡Qué buena salud, lolita! , ¡Adios, corazón de botella, te invito al cine y te dejo afuera! ¡Adios, corazón de sandía, te amaría toda la vida! . Estaba feliz, lola que pasaba, la güeviaba o tiraba besos o piropos; la güeá era entretenerse y no aburrirse. Así estuve güeviando hasta que cagaron la onda tres lolitas re mala onda, ero yo primero la cagué, porque les dije un piropo medio fome: tres señoritas, tres corazones, la que vá al medio va sin … no alcancé a terminar y justo la que iba al medio, se dio vuelta enfurecida con la cara roja de vergüenza o enojada diciendo:
· ¡Más respeto, señor! ¡Qué se cree usted, ordinario! -Después, junto con sus amigas ingresaron al cuartel, apareció el oficial de guardia, donde las lolas se desparramaron hablando contra el soldado de guardia de la puerta: Que era un atrevido, sin respeto, ordinario y un montón de güeás , y chao. – No sabía donde meterme; trágame tierra. Estaba rojo de vergüenza y picao. Las lolas salieron furiosas y satisfechas; detrás, el oficial de guardia, se paró frente a mí preguntando:
· ¿Soldado, escuchó lo que de usted dijeron esas señoritas? ¡Qué se imagina! ¿Qué se cree?, ¿O se olvidó que un guardia no puede hablar, menos piropear a las señoritas? ¡Está loco, o no sé que chucha! ¿Es verdad o mentira lo que dijeron esas mujeres?
Al oficial, lo miré con una expresión de indiferencia total, puse mi cara de güeón, haciéndome el güeón y dije:
· Yo nunca dije nada a esas civiles, mi capitán. – El oficial al escuchar esa respuesta, casi se trastornó; reaccionó incrédulo y otra vez preguntó:
· ¿Qué está diciendo soldado? ¡Parece que escuché mal! -- Contesté:
-Nunca le dije nada a esas lolas, mi capitán. – Y eché un paso atrás, sacando el seguro del fusil, junto con poner el dedo en el gatillo, demostrando al oficial, que su güeá militar, me tenía sin cuidado y estaba dispuesto a cualquier güeá. Cara de raja, dándole a entender que no le temía, y que no siguiera güeviando o quedaba la cagá.
El oficial al ver mi reacción al límite de la cordura, llevó su mano a la cartuchera; también demostraba que mi actitud no lo amilanaba y tampoco sentía miedo de mi reacción. Los dos, en el límite de la sin razón, de la locura, de la muerte. Para sellar ese momento sonreí burlonamente, sin desprecio, sin asco, sin temor, mirándolo cara a cara. El oficial, en un acto de cordura, entre dientes, habló:
· Pelao patúo… -- Dio la vuelta y chao. – Al ver que se retiraba, de mí salió una risotada burlesca, irónica, indiferente a su güeá militar obligada, en la que sentía, para nada ser parte de mi vida, de mi razón, de mi verdad.
Nuevamente, solo en mi puesto, tranquilo de la mala onda, pensaba en las lolas; que mala onda, como no podían comprender en la situación que yo estaba. Para mí era un juego, un simple juego, casi inofensivo. Sólo las quería adular, pero si son tan ricas, era imposible verlas pasar y no decirles nada. Creo que hasta al más güeón, no le serían indiferentes. Las lolas se ven ricas, se visten para verse ricas, salen a la calle porque ellas se sienten ricas, y por eso, por ricas, tienen que aguantar el güeveo. No podía entender a esas lolas. Bueno, creo que a las mujeres, en general, no hay que entenderlas, sólo hay que quererlas, desearlas y amarlas.
Llegué a esa conclusión de ese mal momento, cuando apareció el sargento alcohólico, junto a un guardia, ordenando el relevo. Cuando nos dirigíamos a la sala de guardia, el sargento ordenó que le entregara el fusil y dirigirme al oficial de guardia, agregando:
· ¿Qué pasó, soldado? El capitán está furioso, quiere puro matarte, güeón. ¿Qué hiciste?
-Entonces, mi sargento, no le voy a entregar mi fusil. – El amenazó con su pistola, por una explicación que no creyó; esta güeá no me interesa. Yo estoy obligado en el servicio militar. A los pelaos, nos tienen pal´güeveo, si quiere mala onda, yo también soy mala onda. En ese momento, ya estaba trastornado; el sargento se detuvo, mientras yo avanzaba con la cara de loco. Éste veía asombrado, la actitud demencial que demostraba, cuando desde la puerta de la sala de guardia, se escuchó la voz del capitán ordenando:
· ¡Sargento déjelo! … ¡Soldado, venga a la guardia.
· A su orden, mi capitán. –Contesté satisfecho y caminé decidido donde el oficial.
Ingresé y parado frente al escritorio, donde ya estaba el capitán, ordenó:
· ¡Soldado, descanse y siéntese!
· A su orden, mi capitán.
El oficial, en su sillón, se veía tranquilo, sacó cigarros y ofreció uno; los dos fumamos, tranquilos, relajados, quizás creando un clima de calma y serenidad, luego ingresó un soldado con un termo, sacó dos jarros, sirvió café: uno para el oficial y otro para mí. Cigarro y café, lo ideal para charlar. Yo, con una actitud de que nunca había pasado nada: el oficial igual, indiferente a mi onda rebelde. Sólo notaba el clima que imperaba, los dos sentíamos que estábamos a años luz de distancia; los dos sabíamos la mala onda que nos unía, como el clavo al óxido; los dos teníamos derechos a ser distintos, los dos somos militares: él era militar profesional, por vocación; yo, era militar por obligación y sin vocación.
El oficial rompió el silencio y preguntó:- Soldado, usted no es de esta escuela, ¿A qué unidad pertenece? ¿Cómo llegó a este cuartel?.
· Mi capitán, yo soy del regimiento de infantería motorizado N°5 Carampange, de la VI división del Ejército de Iquique, a nuestra unidad la transportaron en avión a Santiago el día del golpe militar. –El oficial, sorprendido, contestó:
-¿De Iquique los trajeron? No sabía que habían que trajeron soldados de otras regiones. Quiero que contestes con franqueza, con la verdad, ¿Por qué tu actitud? Está al borde de lo anormal. Usted reaccionó descontrolado, cuando le pedí explicación por la situación con esas lolas. ¿Qué puede decir?. Trate de convencerme, Haber, si puedo comprender.
Mi capitán, es verdad que a esas lolas, les dije un piropo, en realidad, no aguanté las ganas de molestarlas; las santiaguinas son super bonitas, creo que usted también las encontró bonitas, cualquiera en la calle, las va a molestar. Son bonitas y ricas, super ricas. ¿O no, mi capitán?. El oficial levantó sus cejas y sonrió aceptando y admitiendo que las lolas, si eran super ricas y contestó:
· Bien, continúe explicando.
· Usted sabe a lo que me refiero, mi capitán. Su actitud desafiante por no tratar de comprender mi onda. Yo pensé, que usted me diría que no molestar a los civiles, mientras estaba de guardia, en buena onda, pero usted, se sintió ofendido, como si se tratara de algo personal o, tal vez, ella era su polola o algo parecido o no sé que cosa; la verdad, la más pura verdad, ¿sabe capitán? , estoy trastornado acá en Santiago. En esta capital pasé lo que nunca jamás en mi vida imaginé. Yo antes del servicio militar obligatorio, era un estudiante y un hippie lleno de amor por la paz. Yo creía en la revolución de las flores, creía en el amor por la vida, por la naturaleza. Hacía el amor, no la guerra; sólo creía que el amor engendra más amor; creía en el amor libre, pero en la onda del golpe militar y todo lo que pasa en este país: la violencia, odio, muerte y divididos por diferencias políticas, lo cual yo no lo comparto, me tiene trastornado. Aislado de mi familia, sin saber como están; ellos tampoco saben en qué situación estoy yo. Eso me descontrola; la incertidumbre de estar donde no quiero estar, sintiéndome obligado, sintiéndome usado por los militares, para compartir sus injusticias, sintiéndome en un hoyo profundo, sin poder salir de ahí y pensando , a veces, que la muerte es el único camino para salir de este infierno en que se transformó mi servicio militar obligatorio.
Al terminar mis razones, sentí descansar mi alma; mi desahogo, fue acompañado por lágrimas, que brotaban de mi gran pena, de mi vida torturada, de esta vida atormentada. Con el llanto, encontraba mi razón de hippie, y las lágrimas, por un momento opacaban la realidad que mi vida enfrentaba.
El capitán se paró, sirvió otro café y otro cigarro, diciendo:
· Desahógate, llora tu pena. Voy a dejarte un rato solo. Espera ahí. – Cuando salió el oficial, sentí un gran alivio, un super alivio; controlando mis impulsos, pensé que parecía güeón llorando. Lloraba como güeón. ¿Seré güeón?, pensaba; soy güeón o parezco güeón, y mi llanto se transformó en risa: ja, ja, ja. Trataba de no reir tan fuerte, tapando mi boca. Reía casi loco, reía, ja, ja, ja, ja, . Luego, chao. La risa y la pena, chao.
Quedé en trance, quedé pegado, quedé volado, quedé anulado, sin sentir nada bueno, sin sentir nada malo. En el sillón, bien relajado, mi cabeza, mi cuerpo, estaban cómodos: mirando el techo, cerré los ojos, como diciendo chao milicos culiaos. Y…
· ¡Soldado despierte! --Sentía entre mis sueños-- ¡Despierte soldado! – Abrí los ojos, era el capitán diciendo:
· ¡Despierte soldado! ¡Mire! ¿Qué le pasó? ¿Cómo está todo mojado? -- ¡Chucha!, dormido, en el sillón, no sé cuánto rato y para peor, todo mojado. Mientras dormía, me había orinado. ¡Qué lata! ¡Qué vergüenza! Desde cabro chico, siempre tenía esa mala onda, me meaba en la cama; mis hermanos me decían meón. Cuando iba de visita a otra casa, me meaba; incluso, en el regimiento, también varias veces, amanecía meado, pero nunca me pillaron. Ahora sí que la había cagao.-¡Disculpe, mi capitán! Me quedé dormido, no sé como pasó. Eso era lo último que
podía pasar. –El oficial extrañado, ordenó que me fuera a cambiar de uniforme y volviera a la guardia. Por suerte, el sillón era de tevinil o cuerina. Al pararme, le dije al oficial que traería un trapo para limpiar. Salí de la sala de guardia. Afuera estaban los otros pelaos guardia. Pasé, como haciéndome el güeón, estaba mojado hasta las rodillas, la espalda y el pecho. Cuando avancé varios metros, escuché las risas de los pelaos y uno gritó:
¡Meón!--- y rieron: ja,ja,ja. Felices se reían, los güeones, de mi desgracia, quise contestarles alguna güeá, pero seguí caminando y riéndome de mí.
Fui a las duchas, bañado y cambiado de uniforme, La parka todavía mojada, no la podía usar. Fui donde otros pelaos y conté la verdad, que me había meado sentado cuando dormía. Uno de ellos, entre risas y güeveo, pasó su parka y volví a la guardia presentándome al oficial, diciendo que traía una toalla para limpiar el sillón. El capitán, sin ningún comentario burlesco, dejó que aseara el mueble. Luego, llamó al sargento, ordenó llevarme a otro puesto de guardia; mientras caminaba con el sargento, éste comentó, que había sapeado un civil a la patrulla, diciendo que todas las noches tomábamos copete y güeviábamos en ese lugar, y ella no podía dormir con nuestro escándalo. La vieja sapa, cagó toda la onda.
Cuando llegamos al puesto de guardia, por suerte, ahí debían estar dos pelaos. El guardia, era un patrulla de los cacha vieja, y buena onda. Al tiro entablamos unos comentarios y güeveo de las viejas ricas y calientes.
Lo mejor fue, cuando el pelao, dijo que tenía el teléfono de su mina, él ya la había llamado y, cuando saliera franco, después de la guardia, diría a verla, porque la mina quería verlo. El güeón estaba feliz, dijo que después de guardia, los autorizaban a salir franco, y como el oficial, que sabía la cagá de la patrulla, ese día no estaba, saldría franco care´palo. Yo, casi picao, por la onda y panorama tuve la ocurrencia de pedirle si podría llamar a la mina de nuevo y decirle si podría ir yo.
-Claro, compadre, cuando vamos a descansar la llamamos, si dice que bueno, vamos los dos, pero ¿tenís ropa de paisano (de civil)?
· Si, tengo. Tengo la media pinta.
Apenas llegó el relevo, salimos rajao a llamar por teléfono y buena onda, las minas vivían y trabajaban juntas y nos esperaban a las 18 hrs. en su departamento. El brillo estaba listo. Luego, fui al dormitorio, saqué la ropa de civil, conseguí detergente; en la Escuela de Telecomunicaciones, habían unos buenos lavarropa y listo, colgada esperando su debut. Volví a la guardia, pero tenía una inquietud, pensaba, quizás, no autorizan mi salida, o no nos dejan salir. Llegué a pensar, por último, me arranco. Esta movida no la perdía por nada, igual fui donde el pelao, y le hice saber mi mala onda, y éste contestó:
· No te preocupís, si dicen algo, yo digo que vái mi casa. Lo más importante, hay que salir bien limpio: ropa impecable, bien afeitados y perfumados. --- Contesté:
· Yo tengo kabuki; ese perfume las mata a las minas, también tengo un billete guardado, cuando salgamos, después de almuerzo, nos vamos derechito donde las minas, vamos caminando, en unas horas hemos llegado. Yo conozco Santiago al revés y al derecho. ¿Sabís, te cuento? Yo tengo unos pitos. ¿Vos pitái?
· ¡No! ¿En serio? ¿Cómo conseguiste yerba? Ahora, con el golpe militar, la yerba está super escasa. Cuenta ese milagro.
· Resulta que como dos semanas atrás, cuando estaba con mi unidad acá en la Escuela de Telecomunicaciones, nos llevaron a registrar y buscar a un tal Tohá, y debíamos entrar a las casas a registrar, si ubicábamos a ese güeón, en una de esas, llegué un casa que parecía palacio, cuando entré, había una fiesta de puros lolos. La casa estaba pasada a yerba. Les pedí care´palo que convidaran yerbas, me dieron la media caleta, hasta papelillos regalaron los lolos, super buena onda, y de ahí que tengo mi caleta.
-Qué buena onda, tiremos un pito ahora, estoy verde por un pitito. ¿Querís? O si no, le digo al sargento que nos ponga junto en la otra guardia, nos toca al fondo, en una garita que dá a la Escuela de Carabineros, ahí, vamos a estar piola.
· ¡Ya, espera! Voy al dormitorio a traer unos pitos. –Cuando volví, habían traído el rancho: cazuela de vacuno, porotos con rienda y un jarro de café. Más encima, el pelao confirmó que iríamos juntos de guardia, donde yo sabía. En tres tiempos, en la garita de guardia, con vista a la Escuela de Carabineros, sin voz de mando saqué mi caleta, el pelao celebró mi yerba diciendo:
· Son cogollitos, compadre. Te pasaste. Déjame hacer uno, por favor.
· Claro, compadre. Tiremos uno primero. – El pelao, lió el medio pito, parecía toffee, caramelo, el requete pito. En la garita, sólo asoma la cabeza de uno hacia fuera, sobre nosotros un techo. Era como una chimenea, parecía que el güeón que la diseñó, era volao; el humito salí hacia arriba, mezclándose con la brisa primaveral, perdiéndose en la arboleda. Era ideal para pitiar, camuflados en el follaje, mimetizados de la realidad, volamos, volamos, fumamos, volamos.
En una de esas, el pelao consultó:
· Compadre, ¿qué te pasó? Saliste todo mojado de la sala de guardia de mi capitán. ¿Se te dio vuelta el agua, o te measte? ¿Qué onda?
· Lo que pasó fue que el capitán salió y yo quedé solo, y me dio sueño y desperté todo meao. Me meé.
· ¡No güevís! ¿Te measte? ja, ja,ja ¿En serio? ¿Te measte sentado? Ja, ja. --- Teníamos ataque de risa. El pelao, mirando incrédulo, aguantaba la risa y repetía: meón. Ja, ja, ja. Después de un largo rato, ya calmados de mi gracia, éste comentó que tenía un hermano menor, que también era meón, donde iban de visita o paseo, el güeón se meaba, y le decían meón. – Yo contesté:
· A mí me pasó lo mismo, también mis hermanos, me dicen meón. --- Y otra vez cagaos de la risa.
Después quedamos pegados, pa´dentro, volados, mudos, distraídos con los cadetes de la Escuela de Carabineros, que practicaban giros y órdenes de formación. Se veían super jóvenes, lolos, pericos chicos con vocación y gusto en lo que habían encaminado su futuro.
· ¿Compadre, te gusta la onda uniformada?
· Sí, voy a seguir la carrera militar; igual que mi abuelo y mi papá. A usted, compadre iquiqueño, parece que no pasa na´con los milicos.
· Por supuesto, no estoy en esta onda. Para ser uniformado tenís que tener un carácter fuerte y, en realidad, hay que nacer con esa vocación. Yo, hasta ahora, sólo quiero virar del servicio milico, tengo vocación de hippie, amor y paz; hago el amor, no la guerra. Pero igual respeto en el fondo, bien al fondo a los uniformados; en este mundo, en cualquier momento hay una guerra, como acá en Chile, quedó la cagá, nadie se imaginó en la mala onda que estamos metidos. Bueno, chao, estoy poniéndome grave, mejor te voy a preguntar una cosa: ¿Y que pasa con el toque de queda? Vamos a tener que dormir donde las minas o no sé que onda.
· No te preocupís, güeón, las minas dijeron que estuviéramos en su casa a las 18 hrs. justo cuando empieza el toque de queda; está diciendo que la invitación es con cama. A nosotros nos dan salida de franco de las 14 hrs. hasta las 18 hrs., pero del departamento llamo a la guardia, que no alcancé a llegar y meto cualquier chiva (mentira) y llegamos al otro día a la Escuela de Telecomunicaciones. Ellos sabrán que hacen, si nos castigan, igual lo tomado y bailao no lo vá a quitar nadie. ¿Vamos o no? ¿Te arriesgas?
· ¡Chucha! Está media pelúa la cosa, pero igual, vamos. A lo hecho pecho, compadre.
Así pasaron las 24 hrs. de guardia en la Escuela de Telecomunicaciones, lo imborrable, el frío de la noche fue lo único que espantó mi sueño. El frío capitalino, al fin el relevo a las 08.00 hrs., a dormir y chao.
12.00 hrs., levantarse, ducharse, la pinta de civil, al rancho, ansiosos por la salida de franco en la capital. Después del rancho, cepillado los dientes, colonia kabuki (con kabuki todo puede ser, como decía la propaganda), formados frente a la guardia, casi listo para salir,y, sin pedirlo, por casualidad o no sé porqué, apareció el oficial que recibió las quejas de la patrulla cacha viejas. Los tres pelaos que allí estábamos, sabíamos que había cagado la salida. El oficial se acercó a cada uno de nosotros y ordenó:
· Usted, usted y usted, están castigados; para qué voy a dar explicaciones. ¡Media vuelta mar! ¡Cámbiese la ropa! y quiero verlos con uniformes, mientras el resto de los pelaos un giro a la izquierda. ¡Francos mar! -- Chao, a pasear, nosotros un giro a la derecha, pa´dentro, con medio cuello, super picaos. Mientras caminábamos al dormitorio, nos cruzamos con el oficial saliente de guardia, el que se había molestado con la onda de las loa. Éste preguntó:
· ¿Qué les pasó, soldados, no salieron franco? -- Uno de los patrulleros contestó que el oficial no tenía castigado y nosotros sabíamos, pero nos estábamos haciendo los lesos. Cuando terminaba de dar la explicación, llegó el oficial castigador, los dos se alejaron de nosotros, ordenando esperarlos. Al rato, llegó el oficial castigador y preguntó:
· ¿Cuál es el soldado de Iquique?
· Yo, mi capitán.
· ¿Usted, conoce Santiago?
· No, mi capitán, me invitaron los de la patrulla. –El oficial contestó:
· Soldados, gracias al iquiqueño, los autorizo a salir. ¡Pueden salir francos mar!
· Gracias, mi capitán. –Contestamos felices y media vuelta mar. Francos mar.
Otro aire respiraba, otra vida conocía, otra sensación recibía; otra onda era de civil en la capital. Después de unas cuadras, nos pusimos de acuerdo con los pelaos de nuestro plan, y chao. Cada uno para su lado.
Mientras caminábamos, el pelao preguntó: ¿Trajiste la yerba?
- Sí, traje dos pitos. Dos pitos nada más.—Contestó molesto:
- Sí, traje dos pitos… yo voy a cachar, un poco a volar; prefiero cachar. Ja, ja, ja. – Terminamos riéndonos.
Caminamos, anduvimos, mirarmos, caminamos, seguimos caminando, feliz, güeviando a las lolas. Yo, que me creía rico, más güeviaba. La pinta que tenía, la ropa perfecta, el pelo disimulado con mi gorro de lana. Más que me quebraba. El pelao preguntó, si había traído de Iquique esa media pinta.
-¿Te cuento? Esta ropa me la dieron los milicos, pa´ una güeá re´penca. Es verdad. Ahora, somos paisanos. Chao, con los milicos. – Caminamos y requete caminamos, segundos, minutos, horas, dos horas, tres horas y seguíamos caminando. Entre unos edificios, de lejos, se divisaba el Estadio Nacional, y como que habíamos salido del Santiago lindo, caminando por Santiago más o menos entre bromas comenté:
-Oye, compadre, ¿me llevái de vuelta al estadio? ¡No! Porque que pasa ahí, ahí está mi regimiento.
- No te preocupes, si no me equivoco, esta cuadra que viene a la vuelta, llegamos al nido de amor. Ja, ja, ja.
-Oye, compadre, cuando estemos con las minas, vos preguntái qué onda con el toque de queda, como haciéndote el preocupado. Que los vamos, que si, que no, haber que dicen las minas. Hecho.
-Hecho, compadre, vos me alumbrái con una seña. Ya sé, te rascas los cocos, pero bien cuático, ja, ja, ja.
Al doblar en la esquina, en la entrada de un viejo edificio, se veían dos mujeres en la puerta, colocando una llave en la cerradura con unas bolsas. Mi compañero afirmó:
- Son ellas, compadre, llegamos justo. Apúrate. – Mi compadre agitó las manos, las mujeres nos quedaron mirando, algo dudosas, pero al llegar junto a ellas, nos reconocimos
-¡Hola, cómo están! Llegamos.
-¡Hola, chiquillos! No los habíamos reconocido con esa ropa, se ven estupendos.
Ambos nos acercamos a saludarlas con un beso. Mi morena, derechito saludó con un beso en la boca y agregó:
-Te ves un lolito; que rico, mi amor. Vamos, pasen. – Subimos a un segundo piso abrazados., felices, deseosos.
Ingresamos al departamento, era muy acogedor: bien cuidado y prolijo. Pidieron que descansáramos, mientras ellas preparaban el té y prendieron la t.v., apareció en la imagen “Música Libre”, bailando las lolas ricas de ese programa. Después de varios temas, tocaron y salió imitando la Lola que me volvía loco “La pequeña langosta”: salta, salta, salta, pequeña langosta. Mijita rica, esa Lola, la amaba, la deseaba, le comenté a mi compadre, que una vez me había masturbado por esa Lola, me tenía loco, no sé que chucha, pero me encanta, güeón. Terminó el tema, terminó “Música Libre”, a tomar once chiquillos, invitaron las no tan chiquillas.
Los cuatro en la mesa, una taza de café, y como cecina: chancho chino. Increíble, cuando lo miré, no pude contener la risa; las mujeres algo molestas por mi indiscreción, preguntaron el motivo de mi risa, y les expliqué, que desde que había llegado a Santiago, había comido chancho chino, pero no te molestes, me gusta. Perdona, pero en el regimiento tienen camionadas de chancho chino, disculpa. – Mi compadre, ayudando dijo:
-Es verdad, todos los días nos dan chancho chino, pero igual, me gusta. No es mala onda.
-Bueno chiquillos, si quieren les preparo huevos; en el comercio no hay otra cecina al alcance de mi bolsillo.
- No te preocupes, por favor. ..¡Ya! Sírvete chancho chino.
-Claro. – De inmediato preparamos unos sándwiches y chao.—Cuando comíamos y tomábamos café, mi compañero preguntó:
-Oye nortino,¿en tu tierra las palmeras tienen coco? – Al escuchar su güeona pregunta, que caché que era la señal para mi inquietud sobre el toque de queda? Otra vez solté la risotada, igual que mi compañero. Yo lo miraba y le preguntaba ¿Cocos? Ja, ja, ja. – Las mujeres, otra vez confundidas, preguntaron:
-.Ya po´chiquillos, cuenten el chiste, o si no, nos vamos a enojar. Parecen cabros chicos. Fue peor, más nos reíamos; no podíamos contener la risa güeona. Las mujeres haciendo una mueca de desagrado se pararon de la mesa y se fueron a sentar al living, casi choreadas, se miraban entre ellas, y parecía como que estaban arrepentidas de haber invitado a estos güeones tan cabros chicos. Yo, en un descanso de la risa, le dije a mi compañero con una mueca y agregué: se enojaron las feas. Ja, ja, ja, ja. Más risa, ataque de risa.
Una de ellas, habló fuerte y claro: ¡oye, corten el güeveo! – Se escuchó su tono de voz, casi furioso; lo que hizo ponernos serios, como molestos. Yo, parándome, frente a las dos mujeres, les dije:
-¿Sabes lo que pasa? Te voy a contar la firme: cuando veníamos donde ustedes, mi compañero dijo que yo preguntara, como haciéndome el güeón, qué pasaba con la onda del toque de queda, si nos íbamos o nos quedábamos. Yo le contesté, que él hiciera una señal, cuando quisiera que yo preguntara sobre el toque de queda. El preguntó cuál iba a ser la señal y yo le propuse que se rascara los cocos. --- Ja, ja, ja, ja. Quedó la cagá. Nosotros, ellas, ja, ja, ja. Se transformó en puro güeveo. En una de esas, la mujer de mi compadre, le dijo: Mijito, rásquese los cocos. Ja, ja, ja.
Después de un alto de la risa, yo pregunté:
-Oye, compadre, ¿Qué pasa con el toque de queda? – Mi amada respondió toda coqueta:
-Según, como se porten ustedes. Mijito se va a portar bien. ¿Sí, mi amor? – Y yo me tiré encima y chao. Abrazos, besos, caricias por arriba, por abajo, un alto y copete, música y más de todo; y saqué mis pitos, uno pa´mí y otro pa´ él.
Ellas, al principio, como que no les gustó esa onda voladora. Una dijo que le habían contado que una amiga había fumado con su marido y se había entregado feliz y fue feliz, y la hicieron feliz. Y por eso, ella lo iba a probar, y le dijo a mi pareja:
-Anda, fuma y lancémonos a la vida. Cada pareja con su pito.
Al rato, todos volados, cagaos de la risa. Yo le dije, a mi compañero: ¡Hey! Ráscate los cocos. Ja, ja, ja, ja. Reíamos como locos, volados, cocos volados, reíamos del amor, bailando unos lentos, super apretados, enamorados. Así enamorados, llegó a mis recuerdos la enfermera colorina; cerraba los ojos y tocaba a la que tenía, no eran iguales, a la colorina la amaba, a esta mujer sólo la acompañaba en la volada, la llegué a encontrar fea, negra, chica, guatona, patas cortas, mechas tiesas y poto hediondo. Mientras ella, totalmente volada, me acariciaba, casi me amaba, tomaba mi cabeza obligándome a que la besara. La alejé y le dije: voy al baño, espera y prepara un copete. En el baño, mojé mi cara, cara de güeón, mi cara volada; mirándome al espejo dije: la colorina ya fue, ya no está nunca más, chao, colorina amada. Volví donde mi negra, ella esperaba con un copete al seco lo tragué, un segundo y me transformé, miré con arto cuidado a la negra, y casi con burla le dije: Te voy hacer tira. Nos abrazamos, sobajeamos, restregamos, y como manso corderito, ella me llevó a su nidito: un dormitorio exquisito, cama de dos plazas, a media luz y música. En pelotas yo, desnuda ella, le dí todo lo que tenía; ella recibió todo lo que quería. Yo eyaculé cerca de seis veces, estaba como siempre. Sólo esa situación enmarcaba mi felicidad de amar: sexo, amor, marihuana, licor. Que más podía pedir a mi servicio militar obligatorio. Me había dado a conocer la agonía de vida y la muerte; me había dado los placeres mundanos de la vida. Que contradicción de vida; así es la vida, para vivirla y punto.
Amaneció en Santiago. Sonó un despertador; las 07.00 hrs. Mi pareja dijo:
-Mi amor, estuvo precioso todo, pero ahora llegó el deber. Primero está el deber, depués el placer: tengo que ir a mi trabajo.
-¡Está bien! Nosotros haremos lo mismo. – Los cuatro bañados y desayunados con café y chancho chino, donde igual bromeamos y ellas ofrecieron que las llamáramos, para ponernos de acuerdo el fin de semana o cuando ustedes puedan, chiquillos. En la calle, besos y despedidas. Ellas en una micro para allá y nosotros en una, para acá.
Llegando cerca de la Escuela de Telecomunicaciones, y , en el camino, comentando lo bien que lo pasamos, felices, radiantes, hasta que llegamos a la entrada de la guardia, donde nos recibió de malas ganas el oficial, pidiendo explicaciones, que nunca creyó y dijo que no saldríamos franco durante un mes y chao. Nos ordenó pasar para adentro, y de pasadita, sacarnos la ropa de civil y que debíamos presentarnos en la guardia con uniforme y armamento.
-A su orden, mi capitán. – Salimos rajados a cumplir la orden, volviendo a la guardia, cuando veo ingresar un jeep con el capitán de mi compañía y otro soldado. Se presentó con el oficial de guardia, unos saludos y luego se dirigió a mí ordenando que trajera mis pilchitas, que volvía al estadio y apúrese soldado.
- A su orden, mi capitán. – Rápido fui y volví con mi pilchas, arriba del jeep y chao Escuela de Telecomunicaciones.
Cruzando Santiago, feliz; por esa noche feliz; sentía mi alma feliz, con el frío deslicé mi mano en el bolsillo de la parka, sentí un papel. Sí, era un poco de marihuana; la guardaría para otra ocasión. En el largo trayecto, cabeceaba. Esa noche no había dormido nada; la negra no me había dejado dormir. Esa noche no había sido noche para dormir. Esa noche había sido el día que más viví.
Llegamos al estadio. Grande fue mi sorpresa: Habían tres micros llenas de pelaos, y eran de mi compañía. El capitán detuvo el jeep, y ordenó:
- Sube de inmediato a esa micro.
-A su orden, mi capitán. – Una vez arriba, saludos con mis compadres de mi regimiento. Uno preguntó: ¿Y vos, güeón, dónde estábai?
-Yo estaba cachando santiaguinas, güeón. Son las más ricas, las amo. Santiaguinas ricas ja,ja,ja. …Oye, ¿Adónde vamos? -- Pregunté.
-No sé. De repente llegaron estas micros, con otros pelaos, bajaron con sus güeás y ordenaron, a nosotros, que debíamos subir y acá estamos po´güeón.
Al rato, todas las micros en movimiento, dejamos atrás el Estadio Nacional, las calles se veían llenas de gente, el sol radiante, y chao. Dormí, dormí todo lo que no había dormido esa noche. A veces, sentía que el pelao de al lado me empujaba la cabeza diciendo:
-¡Enderézate güeón! Despierta, güeón! Mira las lolas. Chao, nada, sólo sueño.
-¡Bajen y formen una sola fila! -- Desperté. ¡Chucha! Un aeropuerto y de fondo un avión de la Fach; nuestra micro era la última. Mientras bajábamos, veía como el primer pelao de la fila ingresaba al avión. ¡Qué bajón! Pa´ donde iremos a güeviar, ahora. También caché que a cada pelao, antes de subir la escala, le entregaban un paquete, y luego se lo metían al bolsillo. Esperando mi turno, casi al último, ¡la yerba! , voy a volar volado. Nunca había volado en avión volado. ¿Qué puedo hacer con tanto milico? Ni cagando fumar un pito; y seguí avanzando la fila. En eso pasa mi capitán y rápido le hablé:
-Mi capitán, por favor, déjeme ir a las casitas. – El oficial, mirando contestó.
-Vos, no fallái. A las casitas, güeón pelotudo, al baño o al servicio. Anda y te ponis al final y rápido.
-Gracias, mi capitán. – Salí más que rápido. Corrí como cien metros, detrás de un hangar: papelillo, marihuana, pito listo. Fuego, humo. Que rico, un segundo y chao.. Al avión, casi llegando a la escala, ahí estaba el capitán:
-Gracias, mi capitán.
- Bien, soldado. – Y me entregaron mi colación, era mi ración de combate. Al bolsillo y para arriba; el último soldado adentro. Un uniformado de la FACH ordenó que me ubicara en un asiento solitario a un costado de la puerta de entrada. Perfecto: incluido ventanilla con vista panorámica, ni que lo hubiera pedido. Mientras rugían los motores, aseguraban la puerta, el avión por la pista avanzaba.
Se escuchó el altoparlante ordenando: Abrocharse los cinturones de seguridad. Una pausa.
-¡Atención, soldados! –Ordenó, mi capitán – Nuestro regimiento tiene otra misión. El oficial bajó la cabeza un largo rato, quizás, buscando la expresión correcta a sus palabras. El silencio roto por el rugir de los motores. Yo volado, a esas alturas, esperaba cualquier cosa, como que había perdido la capacidad de asombrarme más todavía. Estaba super volado.
El capitán levantó su cabeza, con su rostro radiante de felicidad dijo:
¡Volvemos a Iquique!
La emoción desbordada de felicidad: gritábamos felices. Mi rostro, todos los rostros, cubiertos de lágrimas de felicidad. Entre la algarabía, escuchamos la voz de nuestro capitán entonando, gritando nuestro himno de guerra:
“Carampangue, Carampangue Adelante, adelante la…..”
Todos cantábamos a viva voz. Al fin, por fin, volvíamos a Iquique. Cantábamos, gritando, cantábamos llorando nuestro himno de guerra. Creí que hasta el avión se conmovió de nuestra alegría. Los uniformados de la FACH también se vieron tocados con nuestra alegría, con nuestras lágrimas, con nuestras vidas.
El avión, no sé, si por rutina o el piloto conmovido, dio un gran círculo por Santiago. Desde mi ventana, volado como piojo, volando volado, mirando a Santiago, me despedía con un signo de la paz y grité:
-¡Chao, Santiago loco! ¡Santiago Viet-Nam! ¡Santiago tortura! ¡Santiago queso de cabra!
¡Santiago charqui! ¡Santiago chancho chino! --- Di el último adiós con el signo de la paz, diciendo:
- ¡Santiago resucita en paz y amor.
Varios minutos habían pasado, Santiago ya estaba lejos; yo estaba casi lúcido, y todos calmados con la ansiedad guardada por llegar a nuestro destino. Llegó el bajón, tenía hambre. Mi colación, mi ración de combate; saqué el envoltorio, lo abrí: claro, por supuesto, pan con chancho chino.

DETENIDOS DESAPARECIDOS DESINTEGRADOS

DETENIDOS, DESPARECIDOS, DESINTEGRADOS.
¡VIOLENTA VERDAD!
¡VIOLENTA MENTIRA!


¡Demián!- Ahora dale. Esta yerbita mitiga el odio, es un barniz para el alma. Ese pitito te renueva la paciencia y tu vida para poder seguir soportando a estos milicos culiaos, por los siglos, de los siglos, ¡Amén!
¡Hermano!.. Agárralo con la mano...¡Ja,ja,ja!
¡Pasa la gueá! ¡Ponle ruea! ¡Demián soy acabronao!. Te ponís a hablar gueás y no soltai el pito. ¡Amén! Ja,ja,ja.
¡Toma huaso culiao! Drogadicto, culiao, marihuanero, volado, humilde, incrédulo, chico y patas cortas. Pero volado. Lo único bueno.¡Amén! ja,ja,ja.
Drogados, volados, felices, ese era nuestra salida de escape. La realidad era peor. Los milicos hacen gueás peores y lúcidos. Nosotros, volados, ordinarios, pobres, humildes, inocentes de la maldad humana, con la droga, volábamos al infinito, luchando por vivir con la realidad, obligados con la pena de muerte, amenazados con el máximo castigo al soldado que desertara en estado de guerra:¡La pena de muerte!. Todos estos acontecimientos, titulado como “Golpe militar”.
Cumplíamos con nuestro servicio militar obligatorio, el año 1973 en el Regimiento de Infantería Nº 5 Carampange de la VI División del Ejército de Chile en la ciudad de Iquique, ubicado entre las calles Manuel Rodríguez con J.J. Pérez y Riquelme de cerro a mar y de Norte a Sur. J. Martínez y Amunátegui.
Drogados, volados como piojo, en la letrina del regimiento. La fragancia del pito se mezclaba con la fetidez de las tazas de los W.C. Casi rebalsando la mierda, todo ese conjunto de olores fecales y marihuana, eran el cuadro perfecto de nuestra conciencia.
Todos los que estábamos ahí, en ese momento, nos drogábamos, habíamos regresado hacía tres días desde Santiago, porque nos habían mandado a reforzar el batallón del Ejército de Chile de la capital. Ahí en Santiago, nos vimos enfrentado a la locura de la guerra. Ahí nuestra ingenuidad terminó en una violenta verdad. Ahí nuestra inocencia conoció la violencia de la muerte, el sabor de la hiel y el veneno del odio. Todos los que estábamos ahí nos drogábamos para apagar nuestra conciencia del hecho de haber tenido que obedecer al mandato de disparar contra nuestros propios ciudadanos chilenos, por el sólo hecho de pensar diferente al que a la fuerza se hizo cargo del gobierno. Habíamos sido victimarios de más de una muerte, sin siquiera imaginar la estela de dolor que dejamos en los familiares de las víctimas. Nuestros superiores, ordenaban matar, quizás ellos pudieran imaginar las sensaciones o sentimientos que se grabaron en lo más profundo de nuestros corazones, al tener que cumplir estas órdenes:”Debe matar”. Sensación de náuseas y vacío en el alma.
La misión en Santiago, a todos nos había transformado: trastornado, desequilibrados. También nos había matado una gran parte de nuestros inocentes y duros sentimiento de la ingenua vida que habíamos llevado antes del golpe militar.
Al regresar a Iquique, en el cuartel, los otros pelaos, nos miraban asombrados. Nos dábamos cuenta que le causábamos una profunda impresión en su inocencia, nos vanagloriaban de un delito como un acto heroico. En mi interior, yo sentía que me tenía sujeto el demonio por la mano y mis muertos me perseguían.
Pero... Yo sabía... Sentía en lo más impenetrable de mi ser, que conocí en Santiago, cosas que nunca habría creído posibles que yo podría llegar a cometer. Este sentimiento me hacía sentir como la mierda, como las guevas, desconcertado. Sentía pavor en mi realidad, algo como un escape a mi maldad no conocida.
¡Hey Demián!, Hay que formar pa´ la retreta . ¡Apúrense! O, si no, puede venir el cabo culiao a gueviar a las letrinas y los va cachar que están pitiando.
¡Mira gueón! Los ojos de volao.- Parecen conejos- Gueón.
Rápido, salimos de las letrinas, dirigiéndonos al patio a formar.
-¿Soldados, compañía… Atención! ¡Atención ... Firmes!.. Alinear, vista al frente. ¡Buenas Noches soldados ¡
-¡Buenas Noches mi Coronel!. Contestamos al unísono todos los pelaos lúcidos y volados.
-¡Soldados!.. Se dirige a ustedes el capellán de nuestra unidad.
Buenas noches soldados!...
- ¡Buenas Noches mi Capellán! Nuevamente contestamos todos los pelaos, lúcidos y volados, pero como desgarrando nuestras gargantas. Que en el fondo de nosotros, aborrecíamos los productos de esa religión que nos inculcaba el cura culiao. Su voz lo delataba al emitir sus cagás de frases de memoria, que el gueón había aprendido de algún texto religioso.
Al capellán culiao, lo iluminaba la luz de un foco de la sala de guardias, por detrás de su cagá de cuerpo. ... Al levantar sus brazos, cuando invocaba al Supremo, su sombra dibujaba en el suelo, la imagen de Satanás. Parecía increíble, o sería mi volá, dentro de la embriaguez de la yerba, alucinaba con el cura culiao, escuchando su verborrea religiosa. No podía despegar mis ojos de la sombra maldita, de su aura satánica.
-¡Hey gueón!, Cacha la sombra del cura, parece la sombra de Satanás.
-¡No guevís, Demián!... Cállate, culiao, estai super volao.
- Es en serio gueón.... cacha la sombra.
-¡Sí gueón!, ya la ví...Parece una vieja culiá con la sotana, pero quédate piola gueón.
Al fin el cura culiao, terminó su sermón y nos invitó a encontrar la paz en su Ser Supremo, al que él tanto idolatraba y adoraba.
¿Qué paz podríamos encontrar en nuestras vidas?....
Sintiéndonos totalmente confundidos al saber, cada uno de nosotros, las cagás que nos habíamos mandado en Santiago durante el golpe militar,
sabiendo y sintiendo que los milicos nos llevaron a nosotros, los pelaos, que estábamos cumpliendo nuestro servicio militar obligatorio, desde Iquique a Santiago, para combatir sus injusticias.
Porque las ansias de dominar, se apoderó de los milicos y en vez de tratar de dialogar con los de la unidad popular, se pusieron más furiosos y belicosos, aumentando su voracidad por el poder, sin ningún respeto por sus compatriotas, los silenciaron con la muerte.
Todos esos cuarenta y cinco días que estuvimos en Santiago, me llevaron a una mínima conclusión, a una real conclusión... Para mí los milicos sin adversarios... ¡son nada! Se inventaron un enemigo y esos enemigos eran la gente de la Unidad Popular y las piezas de su invento somos nosotros, los pelaos que cumplíamos nuestra cagá de servicio militar obligatorio, que se transformó en desperdicio militar obligatorio.
No sabía, ahora, quien era el lado oscuro, los milicos o la Unidad Popular. Todos estos sucesos eran la imagen que se refleja en un espejo negro: el odio, el amor, la vida y la muerte a la vez.
-¡Soldados, compañía! Atención. Giro a la derre! (Se escuchó un solo bototazo). Marquen el paso, con compás, mar... izquierda, derecha, izquierda, derecha.
En perfecta formación y marcando el paso, nos dirigimos a la cuadra (los dormitorios). -¿Compañía Alto!. Por secciones en línea, marrr... Al cruzar el umbral, el sargento Mamani, ordenó:- ¡Hey, pelao Demián! Ven y espera... al lado mío.
-¡A su orden mi Sargento Mamani!
El sargento con un gesto dió a entender que lo esperáramos un momento, y se dirigió al oficial de guardia. Esa orden para nada nos sorprendió, estábamos acostumbrados a lo inesperado.
Los milicos son master para inventar gueás, cuando uno menos lo espera.
-¡Hey, Demián!. Tenís los ojos como chinito gueón. Dijo un soldado.
-¡Muere piola, sapo culiao!
-¡Quiroga, vos sabís que gueá va a inventar este gueón!
-¡No, Demián!. Vos sabís como son estos milicos culiaos, inventan gueás, que tienen que hacer los pelaos. Estos milicos son super arranaos, sólo traspiran cuando están cagando gueón... ja, ja, ja.
-¡Guena gueón! - ja, ja,
En eso apareció el sargento mamani y su “dulce” voz, gruño:
-¡Silencio, pelaos gueones! A ustedes dos, los quiero con fusil y casco en la guardia principal a las 3,00hrs. A.M.- vamos en misión. ¿Entendido pelaos?
-¡Sí, mi sargento, a su orden!-
- Ahora a dormir y avisen al pelao de imaginaria (centinela de guardia en los dormitorios, mientras los soldados descansan), que los despierte a las 2.30 A.M. - ¡Buenas Noches!
-¡Buenas Noches, mi sargento Mamani!
-Oye, Quiroga- Viste gueón, que mala onda, vamos a salir a gueviar en la noche... ¡cagamos!
-Demián, busquemos al pelao de imaginaria y le avisamos, - sabís gueón, acostémonos con ropa, pero sin los bototos.
-Bueno, ya, culiao.
-¡Hey! Guaso culiao,¿Vos estai de imaginaria? (A los soldados del Sur los tratábamos de guasos y ellos a los Nortinos, de indios, pero en buena onda. Los amigos y compañeros, que se conocen en el servicio militar, son lo mejor que todos conocimos: son incondicionales hasta la muerte).
-¡Sí, indio culiao! ¿Qué te pasa gueón?
-Anota en el libro de servicio que tenís que despertarnos a mí con el Quiroga a las 2.30 A.M., porque tenemos que presentarnos en la guardia con el Sargento Mamani.
-¡Oye Demián! Pa´ donde van a ir a gueviar!
-Sabís, parece que el Sargento Mamani, quiere ir al Parque Balmaceda a comprar unos pitos y después bien volados, iremos al Julio Prieto a revolcarnos con unas lolitas de ese local (Julio Prieto, famoso local nocturno de Iquique).
-¡No gueís po, Demián!
-¡No gueveo, huaso culiao! Es en serio.
-¡ Ya está bien, indio culiao Demián, chao!..
En el camarote, acostado con ropa, menos los bototos, escuchaba los sonidos del corneta de guardia. El tema era silencio. Esa melodía invadía a todo el regimiento. Esa melodía te invitaba a meditar. Esa melodía me inspiraba una tremenda nostalgia, como de perdidos sueños. Sentía mi mente divagar, deteniendo mis recuerdos en la gran sorpresa que recibí, cuando salí tres horas franco (franco: salir con permiso del cuartel), después de haber esta en una misión de 45 días en Santiago:
Apenas crucé la puerta principal del regimiento, salí corriendo, desesperado, acongojado, al llegar a mi casa, mi familia al verme y al verlos, nos abrazamos. Todos llorábamos. Ahí palpé que ellos sufrían igual que yo, al saber qen la situación en la que estaba. Y dando gracias a Dios que había llegado sano y salvo, después de mi estadía en Santiago, cuando comenzó el golpe militar.
- Ellos me recibieron igual como si yo hubiera vuelto de la guerra. Sí, porque para los milicos era una guerra. Y nosotros, los soldados, actuábamos como tal.
Ese momento se grabó en mi mente, en mi cuerpo, en mi alma y marcaron el destino incierto que en la vida debería afrontar. Pero, nunca puede uno, retractarse de nada esencial. Y esto uno lo siente y lo sabe tan bien y tan profundamente como cualquier hombre.
A todos los familiares de los soldados, les torturaron sus sentimientos y afectos, cuando supieron que les servíamos a los milicos para su golpe militar.
-Tratando de dormir, tratando de apaciguar mi dolor de esos tristes recuerdos, a la vez sentía ataques de melancolía y desesperación al ver desfilar los cuerpos inertes por mis balas, al ver desfilar en las formas ridículas que expresa un ser humano al sentir la muerte. Lo que llenaba de melancolía, de desprecio al mundo y a mí mismo, sintiendo que la vida no sabía a nada.
-Tratando de dormir, tratando de evitar esos feos recuerdos, me animaba pensando que producto de la droga, luchando con mi mente alucinaba, queriendo
dejarla en blanco, confundido por los olores a pata y peos. Alucinaba con el olor a muerte.
-Tratando de dormir, recordé la misión, que más tarde cumpliría, quizás por la voz del Sargente Mamani, algo intuí, algo como un presagio, pero dudaba al saber que todavía volaba. Dentro de lo volado, algo en mí me inquietaba, un aura de muerte rodeaba mi volada.
-Tratando de dormir, sabiendo que la marihuana te depura los sentimientos, reblandece la ferocidad de bestia salvaje que lleva el ser humano.
-Tratando de dormir, tratando que los sueños me llevaran a la deriva, brotó en mí un largo suspiro, exhalé, casi un lamento, era un lamento apasionado y terrible, como nunca había escuchado: confuso, sumido en un mar de remordimientos, las dudas me atormentaban, nada podría liberarme de esos malos recuerdos. Sintiendo mis ojos húmedos, sintiendo una catarata de lágrimas....Lloré...lloré... lloré en silencio. - La realidad... mi realidad, me hacía sufrir. Mi estado durante esos días fue una especie de total locura, los que causaron una profunda impresión, donde ví que nunca hubo una mayor desesperanza, sintiendo la vida mustia y marchita. Sobre mí, estaba un secreto y una culpa, pero si alguien tendría que juzgar mis actos, acataría su sentencia y su castigo. Si en ese momento, me hubiesen arrastrado al pelotón de fusileros por mis actos, por mis muertes, por interrumpir la vida de otros seres humanos, no habría opuesto resistencia.
-Tratando de dormir- Me sentía solo con mi dolor. Me siento menos que un muerto olvidado, me sentía abandonado por todos al recordar mi maldad.
- tratando de dormir- La confianza y esperanza renacieron en mi por unos segundos, aceptando que la locura de guerra ha agrietado mi corazón. Me resigné. Como el hombre se resigna a lo inevitable, sintiendo que hay veces que no se puede remediar que lleguen a ocurrir estas cosas, que pareciera que nadie ve. Se compone la línea esencial interna de nuestro destino. La conciencia no me dejaba dormir, sabiendo que la mejor almohada es tener la conciencia tranquila. En mi conciencia desfilaba la violencia de la verdad.
-Tratando de dormir- Sentía un nudo ciego de odio, sentía como una piedra que obstruía mi garganta, odiaba a los milicos, odiaba al gobierno de la Unidad Popular, odiaba a los de derecha y a los de izquierda, por ser unos descriteriados, como chucha no evitaron lo inevitable: llevando a nuestro país a conocer la violencia de la muerte. Como chucha, los imbéciles de la derecha, los imbéciles de la izquierda y los imbéciles de las fuerzas armadas, no buscaron una alternativa de paz. Jamás lo hicieron. No eran hippies, no habían fumado yerba. Como chucha no se fueron a alguna playa y viendo la puesta de sol, se habrían fumado unos buenos pitos, igual que los hippies, que su lema es amor y paz: No a la guerra, sí al amor. - Estos gueones deberían, por último, haberle preguntado a los hippies, que tenían su revolución de las flores. Estoy seguro, cualquier hippie, les habría demostrado con arto humo, que la marihuana depura los sentimientos, reblandece la ferocidad de bestia salvaje que lleva el ser humano. La marihuana, te enseña a andar sin detenerte... A no atarte, sólo a lo que puedes ver y tocar. Te enseña a proteger todo lo vivo, te enseña a disfrutar del amor y la paz.
-Tratando de dormir- Sigo despierto, tengo sentimientos encontrados. Los milicos se equivocan. Se creen justos, cometiendo injusticias. Los milicos parecían poseídos, estaban en el límite de lo salvaje. Hechizados por algún brujo, por su agresividad y maldad que los hizo enloquecer.
-Tratando de dormir- Mi alma hippie sabía que la violencia no sirve a ninguna verdad. Ella misma quiere ser la verdad. Los milicos nunca definieron su extrema violencia.
La violencia deforma lo que viola, lo arruina y lo destruye. No lo transforma, sino que le arrebata su forma y su sentido, haciendo de ello únicamente un signo de su propia cólera.
La violencia permanece fuera. No conoce el sistema, el mundo la configuración que hiere y mata. (Ya sean personas, grupos, cuerpos o razas). Se niega a ser posible las soluciones del problema, con otra cosa, al contrario quiere ser imposible. Quiere ser inaceptable en el ámbito que ella desgarra y destroza. No quiere saber nada de él. Quiere ser sólo ignorancia, locura decidida y ciega. Voluntad embrutecida, libre de toda ligadura, exclusivamente dedicada a su agresividad destructora.
Por eso la violencia es profundamente estúpida. Verdaderamente estúpida, de una manera intensa, impenetrable y muy difícil de corregir. No es estupidez por falta de inteligencia, sino mucho peor, es estupidez por falta de pensamientos, producto de una inteligencia deformada. El violento quiere explotar con toda su violencia y para ello tiene que enajenarse. Tiene que arremeter con su propia impenetrable dureza y ser sólo aquello que ataca y rompe. Aquello que tortura hasta la insensibilidad, la de la víctima, pero también la suya propia. Su fuerza, ya no es fuerza, sino una especie de intensidad pura, torpe, estúpida e inaccesible.
La violencia es una debilidad que causa estragos, del que no quiere saber nada. No lo cambia por ninguna otra alternativa, sino por sí misma, con sus golpes quiere engendrar la verdad.
La violencia no trabaja con argumentos, reflexiones y pruebas. Su agresividad es la revelación.
La diferencia entre la violencia de la verdad y la verdad de la violencia parece imponerse cada vez con la misma fuerza que la ambivalencia, la verdad es violenta, porque es verdadera, mientras que la otra, su tenaz doble,sólo es “verdadera” en la medida en que es violenta.
Mucho antes de convertirme en soldado, cuando adolescente, sentí todo mi ser identificado con la buena onda hippie. Su lema amor y paz, con la revolución de las flores. Eso para mí significaba el amor incondicional a la naturaleza, a la tierra, a la vida, la buena vida. Amaba al mundo, el rock, y mi himno de guerra era el tema de Los Jaivas: “Para qué vivimos separados, si la tierra nos quiere juntar, el sol alumbra para todos,....” Y mi ritual para unirme a la naturaleza, fumar marihuana, era el cáliz de la congraciación al dios supremo de las drogas. Volado, me dejaba llevar por las venas subterráneas, que riegan los sueños. La marihuana te enseña a andar sin detenerte... Ano atarte sólo a lo que puedes ver y tocar. Los hippies protegen todo lo vivo. Lo que germina desaparece y como el amor que vuelve a regresar.
Cuando estaba en Santiago, un pelao milico, me preguntó si tenía miedo morir. Le contesté: ¡Sí gueón, tengo más miedo que la chucha morir, pero si un gueón me dispara, quiero ser fragmentado en mil pedazos, a morir sin dejar rastro y, lo que quede de mi cuerpo, lo tiren en un potrero cerca de los Andes, para que las aves carroñeras aprovechen la cagá de mi muerte, y cuando éstas defequen, que esas fecas caigan en las plantaciones de marihuana, sirviendo de abono y así podré seguir volando hasta el mismo infinito.
Todo eso había brutalmente cambiado, cuando fui obligado a formar el mundo tenebroso y desconocido de los milicos culiaos. Ahora el lema era: Vencer o morir.
Los milicos me entrenaron para matar. Con mi corazón gélido tuve que cambiar. Todo mi universo, toda mi vida dichosa y buena había llegado a un punto donde se bifurcaba el camino. A mí mismo me espantó en el acto aquel nuevo sentimiento, cuando me vi enfrentado de igual a igual, frente a frente, vida y muerte. Mi vida dió varias muertes. Desalentado, pasando del miedo al asombro, de la vida al éxtasis de la muerte. Sintiendo susto y gusto, descubriendo un placer morboso, un placer desconcertado. Sentía miedo en mi atroz miseria, algo como una liberación a mi maldad. Era rebelión y orgía, vida y espíritu. Algo delicioso y paradisíaco, repugnante y grosero. Todo casi maravilloso, divino y puro, todo en mí era una bestia salvaje dominado por asquerosos instintos.
El golpe militar, mato al hippie Demián, pero resucitó convertido en ángel del demonio, que le succionó su mente y espíritu hippie.
Pero por piedad, disfrazada de maldad, le permitió conservar una cualidad: su adicción a las drogas. El demonio sabía que las drogas le calmaban su sentimiento suicida. Cultivaban su maldad descubierta al verse enfrentado a la muerte, sintiendo placer infinito al ver a su adversario cubierto con un manto mortuorio, y a la vez sufriendo, sintiéndose atormentado por sus actos, ante la lujuria de la muerte.
Estaba agotado. Ya no podía pensar. Cansado de pensar, ajeno a todo sentimiento, encontré la aparición que se oculta entre la niebla de los sueños y recuerdos, vi a mis muertos danzando sobre mi cuerpo, sobre mi vida. Sobre mí llegué a sentir a la muerte envolviéndome en su mortaja, mientras todos mis muertos rodeaban mi culpa y reían felices, agregando con voz demencial:” ¡Demián eres un servil, sí sólo eso eres, un servil!” - sintiendo todo mi ser, humillado hasta el polvo.
Desperté aterrorizado, espantado, furioso, pero consciente. Estaba vivo, sólo era un mal sueño, un feo y miserable sueño.
No podía dormir, sentía mi rostro desfigurado por la ira, repetía y repetía: milicos culiaos, upelientos culiaos, país reculiao, mundo culiao. Absorto en terminar la vida, mi cagá de vida, concluí, me voy a suicidar. Ja,ja,ja. Me voy a matar. Ja, ja, chao mundo culiao, ja,ja. Trastornado a grito pelao, reía: ja,ja, a todo hocico ja, ja.
-¡ Hey Demián! Gueón despierta, gueón, estai soñando gueón.-
-¡Ah, sí! Parece, chucha, me volví loco, ja,ja
- ¡Bájate de la cama pelao! Ven, acompáñame.- Era la voz del cabo de servicio, que ordenaba junto a mi cama, que me levantara y lo siguiera.
En el escritorio, junto a la puerta de entrada a la cuadra, el cabo me ofreció un vaso de agua y dijo que después saliera a caminar y tratara de relajarme.
No sabía si dormía o estaba despierto, cuando escuché la voz de mando, sólo que ahora estaba caminando junto a otro pelao por el patio del regimiento.
-¡Hey Demián!. Estábai riéndote como loco, gueón. Qué chucha fumaste gueón.
-¡Oye gueón! Los gueones me convidaron unas fumas antes de formar pa´ la retreta y quedé super loco. Estaba soñando puras gueás de verdad. Que raro gueón.
-¿Cómo es eso de soñar gueás de verdad?
-¡Claro po gueón! Soñaba con las cagas que pasé en Santiago gueón.
-¡Chucha Demián! Yo también he soñado gueás verdaderas.
-¡Oye guaso culiao! Sabís porque pasa esa gueá.
- No Demián, ¿Por qué?
Como una bofetada llegó a nosotros el olor de las letrinas, al pasar por ese lugar, como una invitación al placer, era el perfume del olor de la marihuana.
-¡Sin voz de mando! Adentro, ¡hey pelaos culiaos! Conviden una pitiá.
-¡Hola Demián! Que chucha estai haciendo todavía en pié gueón!
-¡Hey yo te cuento! Déjame contarles, Demián, mientras pitean.
-Sabís, este gueón, empezó a reirse como loco y el cabo de servicio fue enojado, creyendo que estaba gueviando, y cuando lo vió durmiendo, se asustó el gueón. Fué re loca la volá güeón.
-¿En serio Demián?, ¿Y qué güeá te pasó?
- ¿Sabís lo que pasa? ¿Sabís loque me pasa? Tengo la cabeza, la mente, el espíritu, el alma, todo mi cuerpo lleno de moco. No podís ni correrte la paja. Estos milicos no nos dejan salir para poder botar los mocos. Estoy caliente, rebalsando de moco. El moco me tiene loco gueón.
-Ja,ja,ja, Güena Demián. Toma güeón, fuma, pa´que volís con los mocos, ja,ja.
-¿Sabís Damián? A mí me pasa lo mismo, cuando meo, meo moco, cuando cago, cago moco, cuando lloro, lloro moco. Hasta transpiro moco, gueón, ja, ja,ja.
-¿Les cuento una güeá? Hablando de moco, te cuento, el otro día antes que ustedes regresaran de Santiago, salí en patrulla nocturna con unos pelaos en una jeep y al mando de la patrulla estaba el cabo Cueto, cuando íbamos por el parque, cachamos a unas lolas que estaban en caleta por los jardines, cuando nos acercamos a ellas, estaban pasaítas a yerba. El cabo Cueto les echó la bronca y las subió al jeep, después nos fuimos pa´l lado de las pesquera y el maricón paró el jeep en un sitio eriazo y se violó a una lolita. La lolita le suplicaba que no lo hiciera, pero el maricón culiao igual se la pescó, y nos dijo que si nosotros queríamos, podíamos pescarnos a la otra lolita. Ninguno de nosotros los pelaos agarramos papa. Fué re mala onda, después las subió al jeep y la botó en el puente del colorado. Las lolitas le dijeron que lo iban a sapear. Ojalá que lo sapeen al maricón. Con los otros pelaos quedamos de acuerdo, si nos preguntan, lo cagamos al maricón culiao.
-¿Viste, güeón, que tengo razón? Estamos llenos de moco, pero ojalá que sapeen al cabo culiao.
-¡Oye Demián! ¿ Pa´que te llamó el sargento Mamani a vos y al Quiroga?
-No sé qué güeá inventaron. Sólo que tengo que estar con el Quiroga a las 3.00 A.M. en la guardia principal con casco y fusil. No sé pa´donde chucha voy a salir a güeviar.
-¡Ah, güeón! Te tocó a vos, seguro que van a la pampa. Mi compadre Hidalgo y yo fuimos antes de ayer. Lo mismo, a la misma hora, en jeep a la pampa. Ahí vai a ver la maldad humana, el sumo de la maldad, vai a quedar loco, es algo increíble, jamás pensé, jamás imagine en mi vida, que podría participaren una gueá tan loca, ja,ja,ja,. La locura total, ja,ja.
Mientras el guaso se reía,, veía como se le desfiguraba su rostro y nos miraba con una mirada líquida en sus ojos, reía y lloraba como enajenado, trastornado, alucinado.
-Te volaste mucho, güeón. Cálmate y cuenta güeón, que onda pasó.
-No, Demián, no te puedo contar. Nunca a nadie se lo voy a contar. Es una güeá re mala onda, espesa de mala onda y chao, pasa el pito.
Sentí que el comentario del güaso, era verdad. No sabía qué verdad. Al saber que la verdad se siente, no se sabe la verdad. La verdad se siente.
Su manera trastornada de insinuar esa violenta verdad, me confundió, quise criticarlo por su reacción extraña, pero qué razón tan poderosa podría explicar para hacerlo razonar, sabiendo que todos nosotros, los pelaos, sólo y simplemente, estábamos pal´güeveo de los milicos, sabiendo más que seguro que a los soldados se les está prohibido dudar, analizar o negar. Sólo obedecer órdenes, cumplirlas y chao.
-Sabís guaso, a estos milicos se les va a hacer chico el infierno, son el mismo demonio y nosotros los pelaos, somos los ángeles del demonio, güeón.
-Sí, gueón, pero ángeles con moco, ángeles del demonio, ángeles del moco güeón, ja,ja,ja.
- Verdad, Demián, ojalá salgamos vivos de esta güeá, pero que estamos locos, eso está más que claro, pero antes de partir a tu misión diabólica, fumemos. Fuma vuélate, vuela hippie endemoniao ja, ja, ja.
Aspiré el humo. El humo grueso y áspero, Raspó mi garganta, una gran bocanada contuve en mis pulmones. Como un rayo, brilló en mi memoria la misión que debería cumplir. Sentí miedo, sentí pavor, sentí temor, sentí placer, sentí euforia, sentí la muerte, sentí la bajeza de mi placer, como una escoria, sentí gusto y susto. Ví que no podía evitar lo inevitable.
-¡Hey Demián, güeón! Suelta el pito, ponle ruea, estái pálido gueón. Te dió la pálida. Parecís muerto, güeón.
-Sí, güeón, me volé mucho, quedé pegao con la onda de la pampa, no sé que chucha, me volé.
-Demián, güeón, vuélate bien volao, cuando veái esa cagá, vai a quedar loco, trastornado, alucinado y tu alma se va a desintegrar, igual que los muertos, güeón, ja, ja, ja. Pero, si vos reventai, va a saltar moco pa´todos lados, ja, ja, ja.
En eso nos sorprendió la llegada de mi compañero Quiroga, el que con cara de sorpresa habló:
-Oye güeón, el imaginaria me dijo donde estabai. Son las 2.40 A.M. Anda a buscar tus gueás pa´presentarnos en la guardia, yo espero. ¡Ah, compadre! convide una quema...
Rápido abandoné la letrina, entre volao y dando aspecto de lúcido, encontrándome a boca de jarro con el cabo de servicio en la entrada de la cuadra y este preguntó:
-Demián, ¿Se te pasó la güeá?
-Sí, mi cabo. Gracias, Ahora voy a sacar mi fusil y casco, para presentarme en la guardia.
-Bien Demián. Continúe...
Al volver, estaban el pelao Quiroga y el guaso esperando.
-Estoi listo, güeón- Vamos Demián, Chao guaso culiao.
-Chao indios culiaos.- ¡Hey Demián! No te caguís la onda, tenís que ser igual que John Lennon ¡Let by¡ --Lo que acompañó con un gesto al levantar su mano, nos mostró el signo de la paz.
Al segundo que llegamos a la guardia principal, apareció el jeep conducido por el cabo Supanta. Ordenó subir el sargento Mamani y rápido cruzamos las calles desoladas de Iquique, donde la bruma tensa, espesa, agria, repelía a muerte.
En la parte trasera del jeep, entre medio de nosotros, de los asientos, entre la penumbra se veía una caja metálica, de esas donde va la munición del F.A. (Fusil ametralladora), sólo que no se veía el arma. Intuí que esa caja esperaba la hora fatídica.
Levanté la vista, ví de frente al pelao Quiroga. Este levantó sus cejas, demostrando sus dudas, queriendo afirmar su curiosidad, preguntó al sargento:
-¿Mi sargento, adónde vamos?
-Guarde silencio soldado, usted sólo cumple órdenes.
Bajando la calle Bolívar, se detuvo el jeep en una puerta de servicio del cuartel general, y el sargento Mamani ordenó.
-Tú, Demián, quédate a un costado del jeep. Ustedes... síganme.
Los tres llegaron a la puerta. Desde adentro fue abierta. Ingresaron. Salieron de inmediato, pero ahora acompañados de dos civiles, maniatados y con su vista vendada.
Los subieron al jeep, luego nosotros y.. en marcha. El preso que estaba a mi lado, tenía el pelo liso y largo, igual que su abundante barba. El otro, pelo corto, tez blanca y repelían un fuerte olor, por el encierro y el mal trato. Dejarlos asearse, a los detenidos, era un lujo.
El rugir del motor, rompía el silencio de la noche. Cerca del hospital nos detuvo una patrulla militar. El sargento Mamani, bajó. Mostró un papel al encargado de la patrulla. Este se dirigió a nuestro jeep, metió su cagá de cabeza por la ventana del conductor, sapió y se viró junto con llevarse la mano a la visera ordenó: - continuar-
La patrulla militar nos escoltó hasta la salida de Iquique. El conductor aceleró, rápido y seguro. Al enfrentar los zig-zag, condujo con prudencia las curvas disminuyendo la velocidad, llegando a altos hospicios. El frìo de la pampa nos recibió junto con los destellos de la luna llena, a la altura de la base aérea Los Cóndores. Nuevamente se detuvo el jeep frenta a una patrulla de la Fach. Lo mismo, el güeón del sargento Mamani, bajó, Saludó, mostró el papel. El güeón a cargo se dirigió el jeep. Metió su cagá de cabeza por la ventana del conductor, sapió y chao. Llevando su mano a la visera dijo: - ¡continuar!-
Rápido avanzó el jeep, internándose en la soledad de la pampa, la noche iluminada por los destellos de la luna llena. Nuestros sentidos oscurecidos por los destellos de la muerte.
El prisionero sentado a mi lado derecho, tiritaba de frío, de miedo de incertidumbre. Al ver su rostro vendado, se notaba húmedo, los dos tenían la misma actitud. Ellos lloraban su propia muerte.
Después, sentí sus cuerpos lánguidos. Ya no tiritaban. Se notaban sus cuerpos diseminados de dolor. Hacia el interior del jeep, a través de una ventana, ingresaba la brisa de la pampa. Se olía húmeda y amarga. Ahora, sus cuerpos, parecían no tener huesos ni articulaciones. Sentía que la carretera iba como a un puente, hacia el mundo subterráneo de los muertos. La venda en sus ojos era una sábana mortuoria. Parecía que sus espíritus hubiesen abandonado sus cuerpos.
Durante el trayecto, no hubo ningún comentario. El silencio era parte del ruido del jeep. El tiempo y espacio, uno solo. La esperanza y la desesperanza, no existía.
Frente al fuerte Baquedano, paró el jeep. Bajó el sargento Mamani, mostró el papel al oficial de guardia y éste se dirigió al vehículo, metió su cagá de cabeza por la ventana del conductor, sapió y chao, agregando: - ¡Continuar!
Continuamos la marcha. El bajón de los pitos, llegó junto con el hambre. Tenía más hambre que la chucha. No podría pensar ninguna güeá. Tenía bajón de pitos. Miré al pelao Quiroga y le insinué, si tenía algo para comer. El respondió que sólo había traído caramelos toffi, lo que acompañó su respuesta con una cara de güeón. (Caramelos toffi, cigarro de marihuana).
Llegamos a Huara, el jeep se detuvo, junto a una garita de carabineros. El sargento Mamani, bajó. Mostró el papel. Un carabinero se dirigió al jeep, metió su cagá de cabeza por la ventana del conductor, sapió y chao, agregando: -¡Continuar!
El jeep, giró hacia el interior, en dirección a la cordillera. Acompañados por bruscos movimientos que sacudían el vehículo al internarse en ese camino como las güeas.
No sé cuanto rato anduvimos en esa cagá de camino. La caja metálica
saltó junto con todos nosotros, al pasar el jeep por un gran bache. La caja metálica se detuvo en mi canilla... caja culiá. Llegué a soltar unas lágrimas del fuerte golpe. Me dolía la pata más que la cresta. Lo que alejó mi trance de hambre.
Con una mano afirmaba el fusil, con la otra mano afirmaba la caja metálica, tratando de mantener mi posición en el asiento. Todos, presos y opresores, recibíamos el mismo trato. La naturaleza del camino no hacía diferencias. La naturaleza del hombre, la maldad del hombre marca la diferencia.
-¡Disminuye la velocidad, cabo Supanta! Sí. Acá es la güeá. -concluyó el sargento.
En medio de la pampa, al costado izquierdo del camino tortuoso, había un cerro de mediana altura. El sargento Mamani ordenó girar en dirección al cerro. Avanzamos varios metros, luego el sargento Mamani, ordenó detener el vehículo diciendo:
-Bajen todos. Tú, Demián, trae la caja.
Sólo el conductor continuó en el volante. Al recibir una señal del sargento Mamani el jeep, nuevamente en movimiento se alejó de nosotros casi quinientos metros. Con nuestras miradas seguimos al jeep, dándonos cuenta que se detuvo. Apagó las luces y el conductor se dirigía hacia nosotros.
El silencio nos envolvió. La luz de la luna nos pintó a todos de un color extraño. Nos veíamos casi plomos, acompañados de nuestras negras sombras. Eran colores y sensaciones macabras.
Una inesperada brisa diseminó las últimas esperanzas, una helada sensación de delirio y terror nos invadió. Los minutos eternos... Nos mirábamos con el pelao Quiroga, con los ojos atónitos, alucinados, desencajados de miedo.
Por fin llegó el cabo conductor Supanta . El sargento Mamani rompió ese momento demencial y ordenó a los presos caminar. Uno primero el otro después. Después el sargento, el cabo, el pelao Quiroga y yo, avanzamos en fila en dirección al cerro. Parecíamos una procesión de fantasmas.
Avanzamos unos metros, y el sargento ordenó detenerse. Avanzó acercándose al primer preso, lo tomó del brazo. El cabo Supanta tomó al otro preso también del brazo, avanzaron en línea, pero antes ordenó que el pelao Quiroga y yo, nos detuviéramos.
Avanzaron, los opresores y los presos. El sargento Mamani con un gesto de su cabeza le dió una señal al cabo Supanta. Los dos soltaron a los presos. Estos titubearon. El sargento los animó a seguir caminando, y a la vez los dos milicos, desenfundaron sus pistolas. Junto con sacar el seguro, pasaron bala a la recámara, levantaron sus armas apuntando a la nuca de los presos, y al unísono, un solo estampido, un solo fogonazo, los presos en el límite de la vida, con unos ridículos movimientos, traspasaron la frontera de la muerte.
Los ajusticiaron como si hubieran cometido un atroz delito, cuando apenas, tenían un ideal político.
El sargento desde lejos ordenó: -Demián, trae la caja-
-A su orden, mi sargento- El pelao Quiroga y yo, avanzamos como zombies, como petrificados, enajenados, trastornados.
Al llegar donde el sargento Mamani, alargué mi brazo y entre balbuceo le dije al sargento.
-Cumplida la orden, mi sargento- Este ordenó.
-Ahora tú, Demián y Quiroga vayan al jeep y esperen ahí.
-A su orden mi sargento- Contestamos con el pelao Quiroga. Dimos la vuelta y caminamos en dirección al jeep.
Caminaba cabizbajo, caminaba choqueado, caminaba aturdido, caminaba destruido. Luego escuché la voz del pelao Quiroga que caminaba detrás de mi.
-Demián, tengo frío. Tengo miedo, tengo miedo. Tengo un pito...
-Guárdalo gueón, en el jeep lo prendimos.
En el jeep, bien lejos de los milicos culiaos, prendimos el toffi. Volamos, pitiamos, alucinamos. Dos pitiás cada uno y cagó el pito.
Sin hablar, sin comentar, sin balbucear. No había nada de que hablar. A veces sin preguntar, se reciben miles de respuestas.
La violencia de la verdad, la violencia de la mentira, era la realidad. La vida, la muerte coronada por la maldad.
Volado como piojo, buscaba en el infinito cielo estrellado algo que justificara lo injustificable. Las estrellas estaban al alcance de la mano, igual que la muerte. La vida estaba al final de las estrella, la muerte a años luz de la cordura militar
-¡Hey Demián! Ahí vienen los culiaos, güeón.
-Sí güeón. Vienen como si nada hubiera pasado.
Cerca de los cadáveres, creía ver una pequeña y casi imperceptible luz, una chispa o algo parecido. Trataba de fijar mi visión en ese destello. Dudaba dentro de mi estado de embriaguez con la marihuana, alucinaba o algo parecido, pero igual ese punto luminoso que avanzaba hacia los muertos, me inquietaba.
El sargento Mamani y el cabo Supanta, llegaron junto a nosotros. El sargento Mamani, dejó la caja metálica en el suelo y pegó su vista en la cagá de su reloj unos segundos, levantó su cabeza y dirigió la mirada hacia los cadáveres y delante de nosotros, ante nuestras miradas, se remeció la tierra, el cielo, el infierno, junto con el bramido de la explosión.
La onda explosiva, al segundo, nos tocó. Caló mis huesos, acompañada del olor a explosivo, tierra y muerte. Una gran polvareda se elevó al cielo. Quedó suspendida entre la tierra y el cielo. Era una nube enorme, era una bola. Por varios segundos duró su forma suspendida, luego una brisa la deformó y se fue alargando y avanzando en dirección a nuestra posición. Avanzaba lentamente, avanzaba como un gran fantasma, hasta que su sombre negra nos cubrió. Creí que se había detenido, creía que nos hacía notar como un punto negro en la inmensidad del desierto. Creía que era para regocijo del demonio o para esconder nuestra vergüenza ante la mirada de Dios. Ese momento fue patético, tiritaba de miedo. El pelao Quiroga con sus ojos de volado, por su expresión, sentía lo mismo. Estábamos cagaos de miedo.
El sargento Mamani, al vernos, desde su insensible y trastornada forma de cumplir órdenes, emitió una risotada demencial. Burlándose de nosotros dijo:
-¡Mira, los güeones! Pelaos maricones, están cagaos de miedo. Llamen a su mamita, ja, ja, ja.
- Tomen güeones- El sargento alargó su brazo y ofreció cigarros.
Luego la nube se deslizó, llegando la claridad. La nube se internó en la pampa y se disipó, hasta esfumarse por completo. Despareció.
Después, el sargento Mamani, ordenó subir al jeep y autorizó a descansar. No sé si dormí o estaba inconsciente, pestañeaba y cabeceaba. El frío, el hambre, el pito, la mala onda, me embargaba.
-¡Hey, pelaos! ¡Despierten y bajen!
-¡A su orden, mi sargento!
Al abrir los ojos, la pampa estaba de día. Había despuntado el alba. Detrás de la cordillera, el sol apareciendo tras las montañas. Entre dormido y somnoliento, caminaba detrás del sargento Mamani, llegando al sitio donde los milicos culiaos desintegraron los cuerpos de los dos detenidos. Sólo encontramos un mediano círculo, con una profundidad de alrededor de cincuenta centímetros. El sargento miraba curioso, buscando algún vestigio de lo que alguna vez había sido unos cuerpos humanos. Para sorpresa de todos, no quedó absolutamente nada. La nada misma. La explosión les había desintegrado hasta la sombra.
Después de varios minutos de curiosear el lugar y casi seguro de que no había nada de nada, el sargento Mamani, casi feliz, sintiéndose satisfecho de su deber militar, le dio un arranque de buena onda y ordenó:
- ¡Pelaos, siganme! – Les voy a presentar al gigante de Atacama.
Caminamos con el pelao Quiroga detrás del sargento Culiao, cagaos por la mala onda en que andábamos y tratando de cachar con que güeá nos sorprendería el güeón. Caminamos por la falda del cerro Unitas, en círculo. A veces mirando hacia arriba, de frente, de costado, de lado y no se veía ninguna gueá.
El sargento culiao con su cara llena de alegría, su brazo extendido, apuntó hacia lo alto del cerro y gritó:
-¡Miren! ¡Ahí está el Gigante de Atacama! . Se los presento pelaos.
Cuando ví, por primera vez en mi vida, aquella gigante figura humana, construida de piedras, delineada sólo por piedras, fue tal mi asombro, mi alegría, avanzaba unos pasos y paraba a mirar. No lo podía creer. En medio del desierto, en ese cerro en esa soledad en el desierto, esa figura humana construida, dibujada en la ladera del cerro. Era impresionante.
-Oye, Demián y tú, Quiroga, les doy una hora para admirar este geoglifo. Los espero en el jeep.
- Gracias, mi sargento. – Contestamos sin quitar la vista de esa realidad. Estaba embobado, boquiabierto.
- - Oye, Demián, la gueá loca.-
- -Sí, Quiroga, Me gustó. ¿Y a vos gueón?
- Sí, gueón, igual. Que loco. ¿Quién chucha habrá hecho esta güeá?
- - No sé, güeón, pero cacho que es una onda antigüa, pero que es loca, es super loca. Extraño, místico. No sé, pero tiene algo especial.
- Oye, Demián, subamos hasta arriba y nos tiramos un pito, güeón.
- Ya, ¡Güena Quiroga! Vamos. Mientras subíamos, bordeando las piedras que forman la figura humana, en mi mente trataba de encontrar alguna explicación o razón a esa expresión artística. A la vez, sentía una extraña onda. Sí, era una buena onda que invadía mi ser, mi alma, mi espíritu, mi razón de vida. No sabía como describirlo, pero sentía una super buena onda.
Al llegar a la cúspide, parados en la parte posterior de la cabeza del Gigante de Atacama, nuestros ojos no se cansaban de admirar, de disfrutar. Era sobrecogedor.
-Quiroga, dejemos los fusiles en el suelo y pasa el pito. Yo lo prendo. Le vamos a adorar como los hippies, y pon una mano tocando una de las piedras que forman esta figura.
Prendí el pito, puse mi mano en otra piedra. Aspiré el humo de la paz. Sentados con las piernas cruzadas, fumamos, relajados, tranquilos, mitigados, volados. Consumida la yerba, mirando al pelao Quiroga, comenté:
-¿Sentís, cachay?. Estos locos que construyeron esta figura humana, con materiales de la tierra, estoy seguro que de ahí nació la onda hippie. Con esto ellos nos demuestran que aman la naturaleza, la vida, al ser humano, por eso lo destacan en esta figura humana, proyectada al infinito, al espacio sideral, al cosmos universal, dando a entender al ser divino, a sus dioses, que ellos respetan la vida humana, veneran la vida, aman la vida. Por eso volcaron su arte en la figura de un ser humano. No puede haber otra razón. No puede haber otra explicación. Con esto ellos demuestran que fueron una civilización noble, buena, capaz de entregar amor y buena onda. Eso significa para mí esta figura. Esto es arte. Es el arte de amar a tu prójimo. Y nosotros, junto con los milicos culiaos, llegamos a este templo, a este lugar sagrado, a este lugar inmaculado, llegamos a manchar con sangre y muerte, demostrando ningún respeto por la vida y por nuestros antepasados.
Estoy más volado que la chucha, pero eso es realmente lo que siento, pero yo, a ti , Gigante de Atacama, sintiéndome humillado hasta el polvo, te pido perdón, te pido perdón en nombre de mi cagá de civilización, por haber profanado tu mística, tu arte, tu amor, y te ruego, que junto a tus dioses, ayudes a encontrar la paz a esos, que fueron ejecutados, y también ayudes a los milicos a encontrar la paz perdida, porque los políticos de izquierda, los políticos de la derecha y los milicos, a su manera, aman a su pueblo.
Un mar de lágrimas, un nudo en mi garganta, cataratas de lágrimas bañaron mis ojos, igual que al pelao Quiroga. Los dos llorábamos acongojados, redimidos, lloramos, lloramos en silencio. Lloramos, sumidos en un mar de incertidumbres.
Con mi voz entrecortada, balbuceando, le pregunté al Quiroga:
-¿Escuchaste lo que dije?
- Sí, Demián. Te volaste, pero te salió guena. Me gustó como hablaste. Me hiciste llorar. Legal, compadre, fue super buena onda.
- Ahora bajemos- Parecís güeón, llorando güeón, ja, ja.
Fue algo mágico, sentí una onda que invadió todo mi ser. La alegría y la paz desbordaban mi sentir. Al igual que al Quiroga, nos reíamos felices, tranquilo, rebosantes de tranquilidad, mientras bajábamos nos reíamos felices, mirando cada piedra, cada espacio, mirando todo.
¿Qué otra cosa podría decir, qué otra cosa podría pedir?. En realidad, todo lo que hablé lo sentí de corazón, sintiéndome volado o lúcido. Lo sentí.
Cuando llegamos a los pies del Gigante de Atacama, nos despedimos con el signo de la paz, por un largo momento, acompañados por el ulular del viento de la pampa.
Luego caminamos en dirección al jeep, pero antes, al pasar por el sitio adonde habían desintegrado a esos hombres, en señal de respeto y perdón, sellamos ese momento con el signo de la paz, dibujado en el cráter que dejó la explosión.
Al llegar al jeep, los dos milicos culiaos, dormían con el hocico abierto, relajados, descansando su maldad.
-¡Hey, Quiroga! Prendamos los explosivos que están en el jeep y los hacemos cagar a este par de güeones. Están regalaos güeón.
- ¡Ya Demián! Ja, ja, ja.
- ¡Ah! Llegaron, pelaos. Suban, regresamos a Iquique.
En tres tiempos, arriba. Otra vez en el camino infernal. Al fin llegamos a Huara. En la carretera, todo calmado. Sentía hambre y sueño. Dormí, dormité, dormí. Sólo reaccioné al llegar al regimiento. Bajamos y chao. Era hora del rancho. Rápido a los comedores: Cazuela de vacuno, doble ración de porotos con rienda y un jarro de té. Mientras tragaba, llego a mi lado el guaso culiao y preguntó:
-¡Hey, Demián!- ¿Qué onda la de anoche? ¿Era como traté de decírtelo, gueón?
-Sí, gueón, la locura. La maldad total. Super mala onda.
-Sabís Demián, después vamos a las letrinas a fumarnos el postre. ¿Querís, gueón?
-Claro, compadre. Me voy a tirar un pito y a dormir.
Cuando terminó el almuerzo, al dirigirnos al postre, nos llamó la atención varios pelaos que leían una hoja en la vitrina, colgada en la parte de afuera de nuestra compañía. Paramos a curiosear y leí con sorpresa, la nueva orden y misión. Todos los que salían en esa lista partiríamos al otro día al campo de prisioneros de Pisagua. Luego, en la letrina, sin más consuelo que un buen pito, volábamos.
-Oye, guaso, convida unos pitos pa´llevar a Pisagua güeón.
-Sí Demián, acá tengo una cajetilla de Hilton vacía. Te voy a dar tu ración de combate. Como yo no voy, no hay problema compadre.
-Oye Demián, ¿Cachaste los nombres de los muertos?
Con un gesto respondí a mi compadre. No podía hablar, atragantado y atorado por el humo.

BALAS YERBAS

Campo de prisioneros políticos de Pisagua-Chile 1973.
40 Soldados,
3 Oficiales,
6 Suboficiales,
MISION: PISAGUA.

Nuestra 3º Compañía de fusileros del R.I.M Nro. 5 Carampangue de la VI División de Ejército de Iquique, tenía por misión relevar a los soldados que se encontraban en el campo de prisioneros políticos de Pisagua, que está a 194 km. Al norte de Iquique, situada en la misma costa del Océano Pacífico.
No conocía este pueblo, también no conocía lo que encontraría en ese pueblo. Tenía una reseña histórica del asalto y toma de Pisagua, en la heróica Guerra del Pacífico de 1879. También había escuchado unos malos relatos, ya casi olvidados, pero repetidos en el tiempo que ahora transcurría, cuando un gobernante también lo había usado como campo de prisioneros para los mismos políticos de ahora: los comunistas o simpatizantes de la explotada clase obrera, pero incluyendo a los acusados por sodomía (esa vez, ni los maricones se libraron).
El comandante de nuestro regimiento ordenó, a manera de despedida, que la misión era de extrema seguridad. Confiaba a nosotros, el buen desempeño de la misión y dejar muy bien puesto el nombre de nuestra unidad. Recomendado en forma amenazadora, la prohibición de dialogar o la confianza con los presos políticos. Estar 24 hrs. atentos a cualquier acto de rebeldía, además ejecutarlos sin voz de mando, en el acto, sin titubear. Agregando :
-Soldados, los prisioneros los sobrepasan en cantidad. Ellos al amotinarse, no vacilarán en apoderarse de sus armas. Lo menos que les harían es matarlos, antes que llegue algún refuerzo a repeler esa acción. --Y para sellar esas órdenes, terminó diciendo:
- ¡Que Dios los acompañe!
Esas palabras se grabaron en mi cuerpo. Él no podía haber escogido unas palabras de despedidas más santas. Mandaban a los milicos, acompañados de Dios, directo al infierno, cachando que los presos veían a los milicos acompañados del demonio.
El oficial de nuestra compañía ordenó:
-¡Por secciones, en línea, de frente mar!
Se escuchó un solo giro a la derecha, perfecto, sin reclamar, sin vacilar. Las órdenes, obligados había que acatar. Caminando con paso seguro, decididos. Nadie repelía ni la más mínima sombra de cobardía, marchando orgullosos, con el pecho henchido. Éramos unos valientes soldados obligados, cumpliendo nuestro Servicio Militar, que con el tiempo se transformaría sólo en un desperdicio militar obligatorio.
Todos esos soldados que marchaban a esta misión, habíamos llegado sólo cinco días antes a Iquique, después de haber cumplido una aberrante y sangrienta misión en Santiago.
Cuando marchábamos en dirección a nuestro transporte, las sombras de nuestros cuerpos, dibujaban nuestro sentir. Se veían como una procesión de fantasmas. Nuestros espíritus habían abandonado nuestros cuerpos.
Sentado, en la parte trasera de los camiones pegaso del ejército, sin la más mínima comodidad, ya que con el apuro no habían puesto ninguna lona que nos protejiera del brillante sol del norte. A pleno care´gallo, esperábamos la orden de avanzar de los camiones.
Desde que recibí la orden de tener que ir a Pisagua, sentí algo extraordinario: el cuerpo alborotado, la mente lista y dispuesta. Mi alma de soldado, mi otra mente, descubría mi maldad desconocida, mi instinto animal repelía a mi instinto racional.
Un largo suspiro exhalé, casi un lamento. Era un lamento apasionado y terrible, como nunca había escuchado. Esa sensación casi me enloquecía de susto. Para reconfortarme y animarme, llegando a Pisagua, apenas pudiera, fumaría el menso requete pito.
Escuchando las órdenes del oficial:
-¡Emprender el viaje!
Los camiones en pleno movimiento, cerré los ojos, apoyando mi cabeza en la baranda, sin mirar las calles de Iquique, dejándome que el sueño me llevara a la deriva.
Desperté, sobresaltado. Los camiones habían ingresado a un camino de tierra, después de dejar la carrretera panamericana. Corrían lo más rápido que podían las máquinas, internándose en el desierto de la Pampa Nortina, árido, seco. Hasta nuestras miradas estaban resecas. Nubes de polvo de chusca (arena como harina), envolvían a la caravana. No se podía mirar, apenas respirar. Era medio día. El sol con sus rayos de fuego, achicharraba nuestros cuerpos. Nos hacía entender que el infierno existía, que hasta Pisagua nos acompañaría y que el camino endemoniado por los baches, trataba de hacernos desistir de nuestra indominia. Pero, a los militares nada los detendría. Las órdenes se cumplían.
Los presos políticos también habían recorrido estos mismos senderos, en los mismos camiones, con el mismo sol. En ese terreno éramos los mismos seres milicos y presos, sólo nos diferenciaba el mismo color, el rojo.
La infantería del ejército usa como distintivo el color rojo. Los comunistas usan como emblema el color rojo. Son dos colores iguales, pero separados uno del otro a años luz. Divididos por inalcanzables e incomprendidas ideologías. Hasta los colores los usábamos de forma diferente. Así vivía mi país. Creía que este Chile era otro tipo de mundo, que sólo se veía en las películas. Que iluso. Este tipo de país estaba recién en pañales.
Con este camino infernal, todos queríamos sólo llegar a nuestra misión. Pasar lo más pronto por este pasillo, que conducía hacia la infelicidad. Por entre lomas, cerros, la cordillera de la costa, dejando atrás esa asfixiante polvareda. Al tomar la curva el camión, divisamos el mar. La salobre brisa refrescó lo más impenetrable de mi ser.
Nos alentó a todos, animándonos, sacudiéndonos el polvo. Al doblar otra curva en bajada, se presentó a nuestras miradas, Pisagua. Recorriendo un largo camino
Cuesta abajo, que cruzaba todo el pueblo. Un pueblo indiferente, casi abrumado por el pasado, casi resignado para lo malo, que nuevamente era usado. Resignado a aceptar esa carga de militares llenos de su justicia por el embrujo de la guerra.
No era la primera vez que llegaban militares opresores y presos reprimidos. Con aire de desprecio, había visto llegar varias vidas, que sólo se habían ido acompañados de la mano con la muerte.
Piragua, leí en un añejo letrero, raído por el implacable sol y el tiempo. Mirando el cartel y leyendo, creí leer más abajo del nombre Pisagua, casi borrado algo que decía “Paren las güeas, milicos culiaos”. Este pueblo estaba cacao, estaba siendo usado sólo para malas ondas. Su destino así se había trazado.
Los tres camiones estacionados en frente de la penitenciaría, un gran edificio blanco, con sus ribetes, cornizas, umbrales y marcos de ventanas pintados de un color azul (no sé si era azul cielo, pero con el paso del tiempo se tornó en azul infierno). Edificio imponente, un monumento a la represión, con una delicada arquitectura europea. Construído con maderas de pino oregón. Si esos árboles hubiesen sabido para lo que fueron usados, no me cabe la menor duda, que se habrían resistido a crecer. De un país lejano los trajeron para encerrar las divididas ambiciones del ser humano.
Bajamos con nuestros pertrechos de guerra, inmediatamente, fuimos a relevar a los soldados de guardia. Fui a un puesto que se ubicaba en un segundo piso por un costado trasero de la cárcel. Subí por una escalera desencajada por el uso del tiempo. Presentándome, al soldado de guardia que relevaba, éste respondió, casi feliz:
-¡ Sin novedad la guardia! -- agregando en su desahogo -- ¡Por fin, me voy de esta güeá, compadre! – bajando por donde yo había subido.
Ese fue mi saludo de bienvenida a Piragua. No hubo ningún diálogo, ninguna consulta, ni la más mínima pregunta. Con las palabras del soldado, no quise ni imaginar lo que me esperaba.
Nosotros, los soldados, para los milicos somos sus súbditos que los tenemos que venerar y temer a la vez. A medida que aceptaba esta situación, dándome cuenta, al divisar el mar que tranquilo nos baña, yo sentía que el mar de Piragua intranquilo me ahogaba.
Con mi sombra, que se alargaba con el sol del atardecer, me sentía menos que un muerto olvidado.
Detrás de la muralla, que dividía el puesto de guardia con el interior de la cárcel. Oía, algunos casi inaudibles voces, poniendo atención, casi como para entretener mi aburrimiento. No entendía nada. Estaba totalmente aburrido, como un jarro que se aburre con la misma agua guardada, despertando mi maldad. ¡Ah!, la marihuana, sí, ahora, era el momento propicio. Nadie me veía. Nadie. No me relevarían hasta dentro de varias horas, nadie güeviaría.
En el cargador del fusil, encaleté mi marihuana anes de viajar a Pisagua. Le había sacado las balas y, en el fondo, lo cargué con marihuana. Una cajetilla de cigarros Milton, sirvió como envoltorio. El cargador de balas es de forma rectangular, donde caben 20 balas, el resto, chao.
Ansioso de volar, mirando y asegurándome que nadie en esa posición me podría ver. Levanté el fusil, retiré el cargador, descargué una bala,2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13, ¡Chucha! ¡Concha de tu madre!, no había ninguna güeá, sólo salían esas cagás de balas. Quedó vacío. Como desesperado, revisé los otros cargadores de balas. Los cuatro cargadores, que por reglamento llevaba. ¡No había nada!. Que bajón, mala onda, era increíble. Yo mismo, con todo el cuidado del mundo, puse mi yerbita en el cargador de balas. Quedé pensando puras güevás. Llegué a pensar, si el güeón que la fabricó supiera que su cagá de fusil estaba pa´l güeveo por un hippie marihuanero, con la misma güeá, se habría suicidado, pero como son tan cara de raja, hubiera inventado otra arma que fuera antimarihuana, el maricón, culiao.
Chucha que estaba picao. No sabía que hacer, menos preguntarle a algún güeón, al oficial, al sargento, a los cabos a algún preso político. ¡Chucha! Que estaba cajoneado. Este era el secreto más secreto.
Pensando, la mente daba vueltas. Era un torbellino de preguntas. La tarde daba paso a la noche y se me alumbró la ampolleta. Miré el número de serie del fusil. ¡Chucha! Casi me caí del segundo piso. No era el número de serie de mi fusil. Al bajar, en la trifulca del camión, agarré apurado cualquier güeá de fusil. Ahora, mi situación estaba al borde de lo prohibido. Quien chucha entre los 49 fusiles y 196 cargadores de balas (cuatro cargadores por fusil), tendría mi cargador de bajas yerba.
Atormentado, me estremecí al pensar que lo podría descubrir algún pelao volao, con alma de hippie. Me martirizaba al solo pensar que, si algún güeón cachaba mi cargador de balas yerba, seguro que se la fumaba. Capaz, que en la volá, se fume hasta las balas. En esta compañía, éramos pocos pelaos hippies volados, pero los que habíamos, chucha que volábamos. Creía, que se habían equivocado conmigo el enviarme al ejército. Si hubiera hecho el servicio en la aviación, habría calzado perfecto. Seguía pensando puras güeás. En el puesto de guardia, daba vueltas, como mojón en el agua. Estaba super preocupado, porque sentí abajo la voz del oficial que pregunta:
- ¿Cómo está la guardia, soldados?
- ¡Sin novedad, mi teniente! --respondí convincente.
- Bien soldado, siga igual. Así quiero a mi guardia. Preocupados, atentos, despiertos. – Dio la vuelta, satisfecho de mi actitud preocupada.
Era increíble, en la vida siempre hay dos verdades. Son distintas, pero parecen iguales. El oficial creía que estaba preocupado por mi puesto de guardia. El oficial no sabía que estaba preocupado por no encontrar mi marihuana. Era lo único que preocupaba.
A los presos políticos, aún no los había visto. Al rato llegó un soldado. Traía una marmita (olla de aluminio), subió la escalera, acercándose y estirando el brazo diciendo:
-Señor soldado, pelao culiao, su cena; consiste en budín de mariscos y salsa de erizos. Todo extraído de nuestro litoral, del mar a su paladar. El pelao, tenía una cara como para creerle. Abrí, rápidamente la marmita, y por supuesto, unos repetitivos porotos con rienda. A lo que contesté: No güevís, estoy en mala onda, güeón. Pasó una güeá re penca, al bajar del camión, agarre otra güeá de fusil. Ando con el fusil cambiado, si le digo a mi teniente, seguro que me castiga, el maricón. El pelao contestó irónico:
-Vos sabís, Damián, que el fusil es igual que la polola. No podís dejarlo nunca solo, güeón.
Yo, molesto por una desagradable experiencia que, el pelao güeón, me trajo a mi memoria, le respondí:
-Si supiérai güeón, que mi ex polola, a los tres meses que llevaba en el servicio milico, me mandó la media carta anunciándome que andaba con otro culiao (y eso que, según ella, la mal agradecida, me amaba y esperaría toda la vida).
A casi todos, por no decir, a todos los güeones, pelaos milicos, les había pasado una historia parecida. Pero, en el fondo, era lo mismo, o sea, chao pelao gorreao. Porque, ahora, con el grupo y la onda hippie de hacer el amor y no la guerra, te dábai vuelta y las lindas te cagaban con otro.
Tratando de acallar nuestras risas por mi conclusión, el pelao reclamó diciendo:
-Traga luego, güeón. Tengo que cubrir tu guardia mientras comís. Si me demoro, el teniente va a venir a güeviarme, vos sabís como son de cuáticos estos milicos. Tragando mi cena sin sabor a nada, pero llenadora. Le dí al pelao el número de serie de mi fusil y advirtiéndole, por favor, que cachara quien lo tenía y yo vería como cambiarlo. Este lo recibió como preocupado, guardando cuidadosamente el recado y chao.
A las 21 horas, se escuchaban movimientos de escaleras. Pasos apresurados, a través de la muralla escuché que el oficial de guardia gritaba dando órdenes a los presos. Que se formaran para contarlos. Los trataban con órdenes, igual que a los milicos.
-¡Alinear! ¡Vista al frente! ¡Firme!.¡ Numerarse!.
- 1,2,3,4,5…247 y último prisionero, mi teniente. – Era la voz del último preso político. 247 presos.
El oficial dio el último saludo de esa noche.-¡Buenas noches, prisioneros! -- y al unísono contestaron. Con un alarido de varias gargantas, en que la ira, la sumisión, la esperanza por la libertad se estremecían y confundían con las palabras de:
-¡Buenas noches, mi teniente!
Por ultimo el oficial ordenó:
-¡En dirección a sus celdas! ¡De frente mar!...--- se escuchó un solo zapateo, una zalagarda ordenada. El crujir de las escaleras, que llegaba a las celdas. Después el cerrojo, candados. Ya quedaron todos encerrados.
El oficial, les deseaba buenas noches a los presos políticos de Pisagua. ¿Podría algún preso tener buenas noches, buenos días, buenas tardes en una celda acompañados de la incertidumbre, la duda, la desesperanza, violentados y alejados de lo más preciado de sus seres amados?. Era la más mala onda de todas las malas ondas. Presos y pelaos, nos sentíamos igual de cagaos.
Desde mi puesto de guardia, les deseé los mejores sueños volados. Que soñaran lo mejor. Lo que más desearan. Para ellos, la realidad era soñar. Soñando podrían estar donde quisieran, sueñen hasta el infinito ida y vuelta. Los sueños nadie se los puede oprimir. Su libertad eran sus sueños, para pasar ese mal momento de sus vidas. Ahora, lo mejor sólo para ellos, era soñar, soñar, soñar. Sólo, al despertar viviría cada uno de los 247 presos, su propia pesadilla.
Creo, que cada prisionero, anhelaba al igual que los pelaos milicos, la hora de irse a soñar.
En ese preciso momento, cruzaban la zona fronteriza del mundo de los sueños arrancando del mundo real.
Llegó un largo, inquietante silencio, lo acompañaba un viento marino que diseminaba las últimas esperanzas. Solo, bien solo, en mi puesto de guardia, miraba al mar. Era una noche de verano, el cielo con infinitas estrellas que se repetían con el reflejo del mar. Cada estrella era un deseo de los pelaos milicos. Todos invocábamos deseos, cual más, cual menos. El deseo era uno solo :Estar bien lejos, igual que las estrellas de Pisagua.
Así cajoneado, deprimido, dándome ánimo, repetía: Mañana será otro día.
Justo a las 22 hrs., sentí un remesón en la escalera. Entre penumbras, vi al guardia de relevo. Este dijo con cara de choreado:
-¡El relevo, güeón!
-Soldado, ¿Cómo está la guardia? - Yo respondí:
-¿Sin motivo, güeón? -- Él me increpó:
-Se dice:¡sin novedad la guardia, mi soldado! -- Yo le rebatí:
-¡Sin motivo, po´s güeón! Yo no tengo ningún motivo pa´estar en esta güeá y quiero que, desde ahora, no me digái más soldado, milico, militar o pelao. Quiero que me digái guerrero, güeón. Guerrero Damián. – Éste, sorprendido, preguntó:
-Y porqué guerrero?
Contestando, seriamente, hablé:
- Los milicos dicen que estamos en guerra, y los que van a la guerra son guerreros. Nuestros enemigos, también son guerreros. No guerrilleros, como los minimizan los milicos. Ellos también, para mí, son guerreros. ¿Oíste, güeón?—Este preocupado, preguntó:
- -Demián, ¿Ya te volaste, güeón?
- Quedé extrañado con su pregunta, porque na´que ver con lo que recién le había aclarado y pregunté:-¿Y porqué respondís con esa cuestión, güeón? --- Este irónico dijo:
- Bueno, es que cuando te volái, hablái puras güeás, ja, ja --- terminamos riéndonos, pero casi para adentro.
- -Bueno, voy a descansar. – Y le dije para terminar, al pelao:
- Oiga, soldado, acá en el norte, cuando uno ve las estrellas, sólo pide un deseo y para todos es el mismo deseo. – Este curioso, porque él era de Ovalle, preguntó:
- ¿Y cuál es ese deseo? – A lo que le respondí:
- No te corrái la paja ja, ja. Chao pajero.
Y bajé, rajado, del puesto de guardia. Al llegar al último peldaño de la cagá de escalera, escuché casi un susurro, que me decía:
- Chao, guerrero volao. – Yo satisfecho por la despedida, lo acepté moviendo mi cabeza.
Caminé a la sala de los otros guerreros milicos. El cabo gruñó, ordenando que había dos horas de descanso. Cuando él diera, la nueva orden, se formarían para designar los nuevos puestos.
Sacándome el casco, la fornitura, me tiré, me eché, relajando todo mi cuerpo cansado en una banca rústica que el respaldo era la pared. Crucé los brazos, apoyé mi cabeza en la mesa, tratando de escapar de la fea sala de guardia con olor asumagado y comidas impregnadas en su cubierta, dejándome llevar por el descanso, invadiéndome la melancolía, llegaron desde nunca supe, los recuerdos de mi ex pololita, sintiendo un vértigo en mi cagá de corazoncito, como que la veía, sentía que ella podría hacer de mí lo que quisiera, entregándome a ella. Era la aparición que se oculta entre la niebla de los sueños y recuerdos, era mi amor. La amaba, la deseaba. Fue la primera, con quien, que en una noche de excesos, le entregué todo mi ser. Fue la primera en darme la prueba de amor, con el más ardiente, apasionado y desenfrenado amor. Nunca jamás, olvidaría esas noches donde nos entregamos pruebas de amor: el éxtasis, el clímax. La coronación del amor. Realmente en mis sueños, casi la sentía, excitándome hasta parar mi razón. Sin saber como, desperté, al darme cuenta que la herramienta del amor estaba lista para salir de mi pantalón, reaccioné, tratando de relajarme. Debía pensar en otra cosa urgente, salir de ese sueño rico y tortuoso. Miré a todos lados, apareciendo mi secreto más secreto: mi cargador de balas yerba. Bajando al tiro la protuberancia de mi pantalón, para buscar entre los quince fusiles de los soldados que estaban descansando. Apenas tocaba el fusil de los guardias somnolientos, reaccionaban sorprendidos, al cachar que yo era, casi se les desfiguraba la cara de rabia. Acompañado de un carnaval de chuchadas,, para remediar la molesta situación, les explicaban en voz baja y misericordiosa, el cuento de mi fusil extraviado. Después de un rato, no encontré mi cagá de fusil, sólo mala onda por la molestia que había causado. En el servicio milico, por reglamento de los pelaos, no se debe güeviar a ninguno, para poder estar de ánimo, cuando te güeveen tus superiores.
Se espantó mi sueño, al no encontrar mi cargador de balas yerbas. Salí de la sala de guardia. Parado, en el umbral de la puerta, hacia el fondo, me atrajo la mirada la inmensa puerta de rejas metálica. Sus barrotes y fierros forjados eran acordes a la arquitectura del edificio. Dos guardias a cada lado, los que se veían casi en penumbras. Detrás de las rejas, oscuridad total. Mirando desconcertado, mi curiosidad me llevó atraído, como un imán, como embelesado, llegué a la misma reja, la que marcaba la línea divisoria de la justicia e injusticia. Era el límite de la razón, el límite de los justos y pecadores. Detrás de esas rejas, dormían los guerreros del pueblo, los serviles que creyeron en los cambios para el bien de su pueblo. Detrás de esas rejas, dormía la Unidad Popular, que a su manera aman al pueblo. Afuera estaban los militares, que a su manera, también aman a su pueblo.
Apoyé mis manos en los helados barrotes, dando la sensación que ahí se enfriaban hasta congelarse las ideas, rojas como el fuego, de la Unidad Popular. Además, los tenían en total oscuridad, porque los militares no vieron nunca la claridad de la Unidad Popular. Ninguno de esos guerreros presos, sabía cuando la luz de libertad los iba a iluminar. Nadie de los guerreros, pelaos milicos, sabía hasta cuando chucha los tendríamos que vigilar. También esa era una oscuridad. Total, nosotros, los guerreros pelaos, estábamos a oscuras, sólo con la esperanza de que algún día, nos alumbrara la luz del término de nuestro servicio militar
Esta era la imagen perfecta del reflejo de un espejo negro. No sabía cuál era el lado oscuro, o cuál era el lado blanco, sólo se podía sentir el reflejo transparente hacia el lado izquierdo, como un destello de la Unidad Popular y otro destello hacia la derecha militar.
Resignado, sumido por la realidad, sin poder evitar lo inevitable, buscando en mí generación de hippie, encontré uno de los mandamientos que predicaba Jhon Lennon el que reza:”Déjalos ser”. El sentir hippie no tiene fronteras, es sin líneas divisorias. No tiene caminos de izquierda o derecha, sólo senderos de paz. Ama la vida, respeta la naturaleza, respeta cualquier religión, creyendo que los productos de la religión la utilizan los mercenarios de Dios. Los hippies, nos amamos los unos a los otros. Los hippies, no creemos que construyendo templos super fastuosos, estaremos más cerca del cielo para sentir a Dios. Los hipies volados, llegamos a Dios, porque la marihuana te depura el alma, afina tus sentidos. Te define el camino. El hippie hace el amor y no la guerra. Esa era mi religión, la que fue arrancada de un golpe militar, desde lo más hondo de mi confundido corazón, donde afloró mi maldad de bestia salvaje, presentando el odio por los que fui agredido, despertando la locura de guerra que en mí dormía, como un guerrero desconocido. Abatí vidas, muriendo de a poco. Sintiendo el éxtasis de la vida, cuando nació en mí el éxtasis de la muerte.
En Pisagua, el lema hippie que dice: Paz y amor, no servía. Vencer o morir, ese era el lema que la guerra nos tenía como un cartel colgado. Asumiendo que, en cualquier segundo, esta real pesadilla te costaría tu inexplicable situación de vida.
De todos estos sucesos, que nadie ve y por los que yo vivía, se compone la línea esencial interna de nuestro destino, pero nunca puede uno retractarse de nada esencial y esto lo siente y lo sabe, tan bien, y tan profundamente cualquier hombre.
Del interior de las rejas, se olía un aroma de vida mustia y marchita, lo que arrancó, desde mi alma, lágrimas de dolor y pena, creyendo que mi llanto humedecería esa vida mustia y marchita, con la esperanza de que brotaría la paz y el amor a la buena vida.
Atrapado, por la mala onda que producía ese templo a la agonía, el soldado de guardia, distrajo mis conjeturas diciendo resignado:
-Demián, en esta güeá, la vida no sabe a nada. Absolutamente a nada. Y no mostrís la hilacha lloriqueando, puede venir el oficial de guardia y va a creer que soy comunista. Vírate tranquilo, compadre. Yo, secando mis lágrimas, exhalando un suspiro resignado, contesté:
-En la media onda que estamos, güeón. –Lo que animó mi mala onda, recordando mi secreto más secreto. Contando el atado que tenía con mi fusil extraviado, ellos dejaron ver su número de serie y… nada. Ahí no estaba mi cargador de balas yerba. Uno de los guardias, habló como jugando diciendo:
-Con esta escopeta haría cagar las liebres en Salamanca, güeón. – A lo que le rebatí:
-Esa güeá se llama fusil, guaso culiao. –(A los soldados del Sur, los tratábamos de huaso y ellos, a los nortinos, los trataban de indios, pero en buena onda).
Al tiro respondió:
-Pa´mí, la güeá es una escopeta, indio culiao y chao. – El otro guardia, incorporándose al güeveo, dijo:
- Los indios culiaos usan flechas, güeón. Chao. – Riéndose de mi desgracia. A lo que les contesté:
-Chao, huasos culiaos. – Lo que celebramos en buena onda, retirándome a la sala de guardia. Y detrás de mí, llega el cabo ordenando:
-Salir a formar la guardia y van dos tiempos. – Todos, presurosos, cumpliendo la orden, dispuestos al relevo, alinear, vista al frente, a discreción, firmes, al hombro armas.—Dirigiéndose a mi persona, ordenó relevar al guardia de la entrada principal.
-¡A su orden, mi cabo! –Respondí. Salí derechito a mi puesto, pasándole bala y quitando el seguro, como ordenaba el reglamento: Hacer guardia con la bala pasada. Chucha, la güeá era super peligroso. Esa cagá de fusil, con cualquier movimiento brusco, o si te tiraban un peo, el güeón se disparaba. Los milicos, culiaos, inventaron esa maravilla, para que no te quedís dormido en la guardia, porque cuando te dormís parado, la primera cagá que soltái es tu arma. Era una maravilla como despertador.
Al encontrar al guardia y presentarme, le dije burlonamente:
- ¡Anda a descansar, güeón! –Él con cara risueña y somnoliento contestó:
- Este puesto es como las güeas, a cada rato entrar y salen güeones. Chao, indio. Y salió feliz a descansar.
Ahí, solo en la guardia con mi fusil terciado, con actitud de guardia, esperando lo inesperado, parado invadiéndome la melancolía que repelía ese viejo edificio de tiempos remotos, y acostumbrado a cobijar a los hombres que pagaban a la justicia, era el monasterio obligado para los monjes de la Unidad Popular, que harían su retiro espiritual, porque habían llegado a un punto donde se bifurcaba el camino.
Mirando en la penumbra, pensando atormentado, que nada podría liberarme de estos malos momentos, y ...¡chucha!...,¡mis balas yerba! Con el güeveo no miré la serie del fusil del guardia. ¡Que bajón! Distrajo mi visión una silueta corriendo, me dí cuenta que era el oficial de guardia, el cual llegó casi frente a mí. Me cuadré y dije:
-Sin novedad la guardia, mi teniente. –Este, sin mirarme, devolvió el saludo llevando su diestra a la visera, como diciendo: ¡No güevís, pelao! Ingresó a la sala de oficiales, volviendo con una radio a pilas, la que instaló casi a mi lado, encendiéndola y , a la vez, pasando un cable a mi mano, indicando que era la antena. Arrodillado, manipuló el radio. Emitía sonidos chicharrientos, sacó una libreta y girando el dial, se escuchó una voz a medio sintonizar, y ordenó:
-Mueve la antena, pelao. – Yo, curioso, movía la cagá de cable, hasta que se escuchó fuerte y clara la voz del locutor. Con asombro oía como este se desplayaba, echando chuchás a los milicos chilenos y en paréntesis, anunció que era la emisión de “La voz de América”. Después, el güeón, trasmitió sobre Pisagua y arengaba a los presos políticos, a resistir al opresor, prometiendo que cuando menos lo pensaran, serían liberados a sangre y fuego. Y, para rematar, como para que supieran que ellos no hablaban güeás, dieron los nombres completos de los tres oficiales, que en Pisagua, se encontraban. Y se fue la onda, güeón. Chucha, no sé como, solté el cable de la antena y chao. El oficial enfurecido, me pasó el cable y güevió la radio y nada, de nada. La radio no pescaba. Movía el cable pa´rriba, pa´bajo, pal´lado y nada. El oficial estuvo varios minutos concentrado para escuchar, si la radio pescaba la onda, pero esta sólo chicharreaba. Se paró frente a mí. Sólo con su aliento, hacía temblar. Sus ojos sobresalían de sus órbitas, tenía el rostro desfigurado por la ira, mirándome escandalizado, en su delirio, asestó un golpe en mi estómago, lo que me hizo doblarme. No pude evitar desplomarme, alrededor de mi cabeza, todo giraba, avanzaba, retrocedía. Junto con mi fusil, llegué al suelo como saco de papas. Junto con todo lo mío, sintiendo el estruendo de mi fusil que se dispara casi la lado de mi oreja, el que se accionó con el fuerte porrazo. Semi aturdido, por el estampido y el golpe, sintiendo un fuerte y agudo zumbido en mi tímpano, como único sonido permanente. Después de unos minutos, llegando a mi lucidez, vi unos soldados, que por ambos costados trataban de mantenerme de pié. El oficial, reculiao, se acercó ofreciendo y ordenando tragar un jarro con agua:
-¡Tómalo al seco! ¡Ahora cuenta hasta diez! –Yo, obedeciendo, sintiendo crecer mi éxtasis de la muerte, como el oficial estaba al alcance de su aliento, sin vacilar, le arrebaté su pistola de servicio de su sobaquera, apuntándolo y hundiendo el arma en su pecho, lo que hizo que en mí aflorara el instinto de bestia salvaje herida. La cara de sorpresa del oficial, pero digno o dispuesto y absorto en terminar la vida, dió un alarido desgarrador, ordenando, con un tono de voz, que indicaba que también esa güeá de guerra no le gustaba. Creí que pedía a gritos que alguien lo matara. Él sin honor, nunca se suicidaría; si alguien lo ejecutaba, con honores falsos, como militar, su condición de oficial lo reivindicaría: gritando, pidiendo, mostrándose físicamente altanero, pero su voz lo delataba, casi con clemencia aulló:
-¡Vamos dispara! --gritó la primera vez, haciendo una pausa y casi sin poder hablar, emitió casi un lamento:
-¡Dispara!.
Los dos cruzando nuestras miradas, entendiendo que la locura de la guerra nos trastornaba. Lleno de lágrimas, le hablé, como pidiendo perdón por los dos:
-¡Estamos en el límite de lo salvaje, mi teniente. --Bajando el arma y entregándosela. El oficial ordenò:
-¡Cabo, baje su arma y retírense!. --¡Chucha!, el cabo de guardia, estaba apuntándome por detrás, dispuesto a matarme... El maricón,... pero con la mirada que le dí, él entendió que no me amilanaba para nada. Los guardias, seguían a mi lado. El oficial ordenó:
- ¡Limpie su uniforme, fúmese un cigarro y quiero que siga su guardia! Aquí no ha pasado nada. Quiero que camine durante la guardia, para calmar las pasiones. ¡Vamos!, cuando termine de limpiarse, cumpla la orden. A lo que contesté complacido:
-¡A su orden mi teniente!.- Agregando con una actitud de sentirme humillado hasta el polvo.
-¡Perdone, mi teniente! -- Él, sintiendo mi franqueza, que salió de mi corazón, respondió complacido y redimido:
-Soldado, aquí no ha pasado nada. -- Y se dirigió al interior de la cárcel.
Los soldados, que aún estaban a mi lado, sacudiendo mi uniforme, casi ni hablaban. Uno, haciendo como que abotonaba mi bolsillo, introdujo un pitio de yerba, agregando:
-Es mejor volar que matar. -- A lo que esgrimí una sonrisa, satisfecho por el regalito que venía de perilla para esa mala onda.
Como si no hubiera pasado nada, caminé haciendo mi guardia. La puerta principal daba hacia el sur. Fui caminando, como si la brisa marina me llamara, aspirando fuerte. Esa ventisca me renovaba. En la esquina de la cárcel. Estaba casi oscuro, solo en la penumbra de la madrugada, torbellinos de pensamientos cruzaban por mi mente, ahí parado, creí que resucitaba.
Toda la disciplina militar, yacían a mis pies. Todas las había pisoteado. Me envolvía un clima de placer al liberar toda mi maldad, al llegar al límite de la vida, de la muerte. Para mí era la cúspide que mi maldad coronaba, comprendiendo que era la reacción a mi vida frustrada. Mi alma de hippie, estaba revolucionada. Mi alma de hippie agonizaba, corroída por el cáncer de la guerra, como los milicos la llamaban. Luz y sombra, quería tanto vivir, pero con la mala onda, sentía sólo que quería tanto morir. Sólo la promesa que tenía grabada en mi cuerpo animó mi alma. Nunca, jamás volvería a pensar, ni menos intentar de acabar con mi cagá de vida, pensé, recordando algo, que cuando era hippie aprendí: El dolor no te deja avanzar, sólo lo tienes que guardar en un rinconcito de tu corazón. Así podrás avanzar. Y comencé a caminar y repetir esa oración: el dolor no te deja avanzar, sólo lo tienes que guardar en un rinconcito de tu corazón. Así podrás avanzar. Repitiendo y caminando, no sé cuántas veces esa oración, y con música de fondo que salía de la carcel, era un piano que sonaba. Al cruzar la puerta principal, comprendí que esa música, salía de la sala de oficiales. Seguramente, sería el teniente el que la interpretaba. Los tonos altos y graves de la melodía, en el piano, se escuchaban bien. Unos acordes suaves, lánguidos, seguidos por cascadas de notas rápidas mezcladas entre sí. Yo, amante del rock, daba paso a esa música, que era el marco perfecto para esa noche fantasma. Caminando distraído por esa casi turbadora melodía, llegué al otro extremo de la cárcel, sintiéndome envuelo en esa melodía, casi volado. ¡Chucha!, me acordé, el pitito. Miré para todos lados, y lo encendí en caleta, fondeado 1,2,3, y chao, ¡que marihuana!. Al tiro, llegó la volada, sentía los sonidos pegados en mi oreja. Nítidos, como que los veía, me embelesaban. La buena onda me embargaba, todo era divino y puro, algo delicioso y paradisíaco. Quería sólo andar sin detenerme, sintiendo depurados mis sentimientos, sólo quería paz y amor. Sentía,en mí, la paz y amor. La marihuana, reblandecía la agresividad de animal salvaje que tiene el hombre. Volado como piojo, mis tímpanos acaricados por esa melodía, sintiendo el amor a la vida, aceptando que la muerte también es la continuación de la vida. Volado, me dejaba llevar por las esperanzas que riegan los sueños.
Parados, casi a los pies del cerro donde comenzaba la cárcel, como en trance de volado, desde el mar acompañado por la melodía, que a veces, sonaba como enloquecida y arrolladora, acogida por la acústica del terreno, se mezclaba para unirse al compás de la música, una ola de gruesa neblina, desde el mar a la tierra, cubriéndolo todo. Estaba alucinado, creyendo ver figuras fantasmales que se formaban en la espesa y densa niebla, la que envolvió todo el espacio cercano a la cárcel. Esa cárcel, que era el templo de la libertad. La libertad, que habían prometido los políticos de la Unidad Popular. Libertad a la nacionalización del cobre, libertad, para mejorar los salarios de la clase obrera. Libertad, para la revolución del pueblo. Libertad, para la lucha armada. Libertad, al vociferar venceremos, venceremos, la unidad popular al poder. Libertad, con la izquierda unida jamás será vencida. Libertad, para el pueblo unido jamás será vencido.Libertad, para los que copiaban a Fidel Castro al decir: “socialismo o muerte”. Libertad, para dividir a nuestro país con odios políticos, envenenados por la biblia de Lenin y Marx.
Toda esa libertad, yacía ahí en el templo de la libertad que terminó encerrada en la cárcel de prisioneros políticos en Pisagua. Los militares cacharon, que esa libertad, se transformó en libertinaje.
En la inmensa niebla, se formaban como figuras irónicas, diseñadas por el arte de gobernar. La política es el arte de gobernar. Yo, ahí, no tenía ni arte, ni parte que tocar. Volado hasta las cachas podría asumir esa güeá, que para mí, no tenía casi valor, creyendo que, si el Salvador Allende y el Pinochet, antes de echarse la bronca, se hubieran fumado unos buenos pitos con yerba de los Andes, que estaba al lado de ellos, jamás hubiéramos conocido este mal momento. Si, Pinochet, le hubiera regalado una buena caleta de marihuana al Salvador Allende, seguro que se la fumaban caminando por el patio de los naranjo, en La Moneda, igual como el tal Fidel Castro, que le regaló a Salvador Allende, un fusil ametralladora AKG de fabricación rusa. El güeón de Allende, rajao con Fidel, embarcándose hacia alta mal, métale balazos. Que lindo el regalito, que ejemplo de hermandad. Inculcar sólo violencia, la que trae consigo más violencia. Un pito deberían haberse fumado, los güeones giles. Así volados, se les depura el alma y tendríamos amor y paz, pero eran unos viejos pasaos a bala. Intolerantes, sabiendo los de la unidad popular, que los milicos son paraos en la hilacha, que la tradición militar está llena de valientes soldados militares. Los que nos han liberado de invasores y conquistado tierra.
Que poco hippies fueron, al enfrentarse, sin ningún criterio, arrastrando sus odios, sin cachar que se hubiera podido evitar tantas muertes y sufrimientos. Pero ya la suerte estaba echada. El Salvador Allende, creyendo en sus inmaculados principios de su ideología izquierdista, simplemente, se suicidó. Que gesto tan heróico, mientras otros güeones, por la radio llamaban a las armas a defender la cagá de gobierno del pueblo. En mi volada creí ver llegar al difunto a los pies de satanás. Creo que escuché, cuando satanás le decía casi con desprecio:
-No se aceptan güeones, chao. Vírate Allende, sálvate solo. Adios!
Después de un rato, la niebla se había disipado. Viendo al oficial de guardia, parado en la puerta principal, me llamaba, haciendo mover su mano, indicando acercarme. Al llegar y presentarme:
-Sin novedad la guardia, mi teniente. --Él respondió con el típico saludo militar agregando:
-Soldado, ¿sabe como se llama esa pieza musical? ¿Lo escuchó?
-Sí, mi teniente. Me gustó, como que me voló. Y si no me equivoco, creo que se llama Alicia vá en el coche carolín cacao, leo lao. --Terminando con una risa, por mi respuesta de volado.
El oficial, celebrando mi humorada, sonriendo habló:
-Bien, soldado, me gusta ese ánimo. Ese tema musical se titula:”Tocata y fuga”. Su autor es John Sebastian Bach. Me encanta la música clásica. Y usted ¿Qué música prefiere?
-Yo, mi teniente, antes escuchaba rock y el folcklor nortino, pero eso era antes. Ahora, escucho órdenes militares. --- Terminé riéndome burlonamente de mis salidas irónicas de volado.
El oficial, como aceptando mi buena onda, soltó una carcajada, agregando:
-¿Porqué no me disparó? -- Terminó diciendo, como rogando una convincente respuesta.
Al escuchar esa interrogante, el desánimo invadió mi alma de compasión.
- Mi teniente, esa reacción, casi incontrolable, la conocí en el ejército. Yo, en mi vida de civil, era un hippie amante de la paz y amor, y, como soldado, descubrí mi maldad cuando en Santiago fui baleado y mi instinto, me salvó la vida. Y lloré, porque no reaccioné de la misma manera. Ahí nació mi maldad, descubriendo esto, como una especie de locura. Lo que siento es gusto y susto, pero no le disparé. Si lo hubiera hecho, yo tendría que haberme suicidado, o los militares, simplemente, me hubieran fusilado. En Santiago, yo pertenecí a una patrulla, en donde un pelao mató al oficial, y luego se suicidó. Fue una experiencia horrible.-- El oficial, como despertando un mal recuerdo preguntó apurado:
-¿Eso fue en un edificio cerca del río Mapocho?
-Sí, mi teniente. ¿Supo esa mala onda? -- Él casi llorando afirmó:
-Sí, ese oficial era mi hermano, cuando supe de su muerte, también casi morí de pena. Que desgracia. Amaba el ejército. Se transformaba en situaciones donde sentía el filo de la muerte, pero me reconforta pensar, que murió como militar. No pude asistir a su funeral. Eso fue lo peor. ¿Y es verdad que el asunto es porque el soldado se había guardado unos billetes de dólares y una pistola?
-Sí, mi teniente. Por esa cagá de plata y un arma. Cuando pasó esa mala onda, a mí, me devolvieron a mi unidad, al igual que a los otros soldados. --El oficial prosiguió y como desahogando su pena agregó:
-Yo, para el 18 de Septiembre, tenía preparado mi matrimonio, y mi hermano, el suyo. Esperábamos felices esa fecha, pero con esta cagá que pasó, todo quedó en nada. Comunistas culiaos, donde llegan o donde están, la cagan. Los odio, más encima, como burla, tengo que cuidarlos. -- Mirándome con resignación, terminó diciendo:
-Estamos cagados. Con el paso del tiempo, esto sólo será un mal recuerdo. --Levantó sus cejas y al retirarse, lanzó un suspiro de lamento y sumisión.
Al retirarse el oficial, continué sin más compañía que yo mismo. Bajoneado por la confesión del teniente, concluyendo, que al parecer, todos los milicos estaban medios cagados y era tarde para arrepentirse. No habían ni siquiera imaginado, en la mala onda, que a todo el país lo tenían cagado, menos a los güeones de la derecha o momios. Seguro estaban felices, por haberse librado de la Unidad Popular, mientras los pelaos güeones estábamos obligados cumpliéndoles sus lindos deseos. Momios reculiaos, seguro estarían en sus casitas, pasándolo rico, y los milicos pasándolo como las güeas.
A la oposición y la Unidad Popular yo, y todos los pelaos, los odiábamos. Nunca me preocuó esas cagás de partidos políticos. Nunca pensé que, ahora, llegarían a preocuparme al punto que trastornaron mi vida. Chao políticos, culiaos. En esas reflexiones estaba y llega mi relevo anunciando:
-¡El relevo, indio culiao, disparador! -- A lo que contesté:
-¡Al fin llegaste, huaso culiao! -- Y como un relámpago y cambiando el tono de mi voz, le pregunté:
- ¡Hey! Compadre, deja ver tu fusil. Ando con esta güeá cambiá. --Él, mirando indiferente e irónico, contestó:
-Esta güeá no es la tuya. Vos usái lanza, indio culiao. -- Pero igual hizo un ademán, asegurando que ese era su arma. Yo, mirándolo, con cara de güeveo contesté:
-Chao, huaso culiao. -- Y partí a descansar. También bajoneado por no encontrar mi lanza con mi cargador de balas yerba, como dijo el pelao.
Al entrar a la sala de guardia, casi en coro los pelaos, me agarraron pa´l güeveo. Casi en serio, orgullosos por mi onda con el oficial, aleonándose, dándose aires que también harían lo mismo, si algún milico culiao, les quisiera pegar, asegurando, que si el cabo me hubiese matado, ellos ya lo tenían asegurado. Lo tenían listo pa´ echárselo. Milicos culiaos, nos tienen pa´l güeveo. Cual más, cual menos, expresaba su mala onda. Todos estábamos llenos de esa güeá de servicio milico. De a poco se acabó la conversación. El cansancio y sueño la terminó. Apoyaba mi cabeza en la pared, mirando la pequeña y amarillenta luz de la ampolleta. Parecía la luz de una vela. Bajé mi mirada. Ya todos los pelaos, casi durmiendo, sin ánimo de nada, cansados, agobiados, sin esperanza de nada. Dormitando, cabeciando, sin siquiera pensar alguna güevada, quedé zeta.
Desperté. Despertaron a toda la guardia con unos golpes. Vi al oficial pegando con la culata del fusil en la mesa donde la guardia descansaba, ordenando:
-¡Salir la guardia! ¡Formar la guardia! -- Rápido y somnolientos. Todos listos. Luego el relevo.
Estaba amaneciendoo. En dos filas, marchamos al interior del pueblo. Lass casas se veían despintadas, como abandonadas. A esa hora del amanecer, no se veía ningún civil. Parecía olvidada, como que nadie la necesitaba. Se veían igual a las de Iquique. El tipo de arquitectura inglesa, pero se sentía como un aire de tristeza en el ambiente.
Marchamos, curiosos, mirando por las aceras de madera, las que crujían con nuestras pisadas. Uno de los pelaos huasos, exclamó en tono burlesco:
-Esta güeá, parece pueblo del Oeste, por eso hay tanto indio culiao por acá, güeón. --- Riéndonos de buena gana.
El oficial gritó:
-¡Sonrían a la vida, soldados! ¡Arriba el ánimo! -- y ordenó:
-¡Al trote, mar!
Cansados, como perros, con media lengua afuera, cruzamos el pueblo, llegando a una construcción, casi moderna. Parecía hotel de primera. Ahí ordenaron:
-¡Alto! ¡Posición de descanso! ¡Discresión! Soldados, el salón de recepción de este recinto será su cuartel. Encontrarán sus bolsas con sus pertenencias, luego, en forma ordenada, de a cuatro, se ubicarán en las piezas, que serán los dormitorios. Deben mantenerlas limpias, aseadas y ordenadas. Ahora, los cuatro primeros, pasen rápido. Mientras esperaba mi turno, llamó en mí la atención, al igual que a todos los soldados, una inmensa torre, que también era acorde con la antigüa construcción del viejo Pisagua. Se veía imponente, a los pies del cerro, separada de la playa con cuatro enormes esferas de reloj, que daban la hora para cualquier parte. Ninguno daba la hora exacta. Desde ese lugar, infaltable, se veían soldados de guardia. Los milicos, reyes pal´güeveo, también tenían pelaos güeviando ahí. Allá, en la punta del pico, en la torre, flor pa´tirarse un pito, bien alto, bien volado. Era una maravilla que te invitaba a volarte, de solo mirarla, te picaban las manos por hacerte un pitito. Era un monumento, una pista vertical para salir a volar. Creí que el genio que la diseñó, era tan bondadoso y complaciente con el futuro, que llegó a pensar le voy a construir como un balcón, seguro, que más de algún güeón, va a subir a puro güeviar. Y no se equivocó, apenas la vi, como que te llamaba a sentir que ahí se podía disfrutar. En esas conjeturas al extremo de mis profundas cavilaciones, Chao. Mi turno.
-¡Avance soldado! -- Salí más que rápido, entrando al salón recepción. Se veía de buena factura. Era más que decente, pa´los pobrecitos pelaos. Aún mejor las habitaciones. Ahí, tres pelaos y yo.
Comentando la bonita y acogedora habitación, sólo faltaba el frigo bar. También, llamó la atención y fue tema de conversación, la casi inverosimil torre. Uno decía que como se les había ocurrido hacer una güeá tan alta y como aparte del pueblo. Otro como pícaro, dijo:
-Estos milicos, justo ahí, tenían que poner guardias. Parece güeveo; lo único que faltaba para que nos controlen, Y seguro que algún día nos van a tirar a la torre.
Yo comenté, algo molesto y confundido, cambiando el tema diciendo:
-¿A quién estarán cagando estos milicos?. Predican y no practican. Los de la Unidad Popular requisaban cualquier güeá, en nombre del gobierno del pueblo, cagando a medio país, y los milicos creyéndose justos, requisan lo requisado, o sea, la misma güeá. ¿Quién chucha entiende esta cagá, güeón? -- Uno de los pelaos, rebatiéndome dijo:
-Cállate, güeón. Te pueden escuchar. Parecís comunista. --A lo que respondí:
-Y que escuche el que quiera. Los milicos sin un enemigo son nada. Los milicos se inventaron un enemigo. Sin enemigos son nada. Los güeones estaban aburridos, sin hacer nada. Los pelaos le mantenimos su ego militar. Los güeones, son terribles de echados. Los güeones se pusieron envidiosos con la Unidad Popular, porque güeviaban mucho, y los cagaron. Ahora, les toca güeviar a ellos, y nosotros, prestarnos obligados pa´cumplir su güeveo.
En la noche, todos nos fuimos a acostar, reposando, librándonos de la presente realidad. Cada cual, llevando sus sueños a lo más añorado. Yo, pensaba en mi mamá, mis hermanos, mi humilde y rica casa y me dormí zeta.
-¡Levantarse, soldados! ¡Despierten! ¡Alistarse para el rancho! En tres tiempos, todos formados al rancho y van dos, soldados. --Escuchaba la voz de mando del cabo de servicio. Ràpidos, como siempre, bañados, afeitados y ropa limpia. Esperábamos al cabo.
Se escucha una canción del himno militar. Era el tema de Nino Bravo: “Libre como el viento”. El sonido de varias voces que cantaban la canción, se venía acercando al lugar, donde esperábamos formados. Cada vez se oía más, y más, y más cerca. Primero, aparecen tres soldados guardias escoltas. Más atrás unos civiles, cantaban marchando en perfecta formación. ¡Chucha! Eran los presos políticos. Nosotros, los pelaos, quedamos estáticos, petrificados. Los presos cantaban a todo pulmón, desgarraban sus gargantas. Era un alarido de varias voces, que al cantar, rugiendo su dolor, cantaban con el corazón. Se mezclaba la sumisión y el valor, querían dar a entender que el cuerpo estaba reprimido, no su espíritu de guerrero vencido. Con sus gritos decían al mundo que estaban recluídos, no vencidos. Eran avasallados, pero no rendidos.
Cuando marchaban frente a nosotros, con sus pechos henchidos, y el griterío atronador de esa letra de la canción, que sabiendo que era como para agarrarlos más pa´l güeveo, más fuerte cantaban. Era un coro ensordecedor, como insistiendo en hacer notar que cantaban obligados, pero que no estaban rendidos. Mayor fue mi sorpresa al ver a los hermanos Prieto, al hippie Pepe Segura, al caliente del doctor Vladimir Kusmics, a varios conocidos de mi población La Caupolicán y otros conocidos de Iquique. Y lo que fue el colmo, vi a mi primo Renato Vargas, casi me morí. Pobrecito, no podía creerlo. Quedé loco. Tenía un nudo ciego en mi mente. No había ninguna palabra en mi ser que describiera o mitigara mi corazón. Sentía mis ojos húmedos, mi alma sumida en un mar de confusiones. Mi primo querido, amado, siempre fue buena onda conmigo y mis hermanos, era lo mejor y, ahora, estaba marchando como por un puente hacia el muro de los muertos. La locura había agrietado hasta mi corazón. Por instinto, miré a los demás pelaos. Todos estaban asombrados, sus ojitos mojados, resignados, sintiendo a lo lejos el himno del güeveo que se alejaba con los obligados a emitir esa marcha pal´güeveo.
Mirando al cielo, cagado de onda, buscando una razón para tal infamia. Si hubiese visto a Dios, lo habría cachado que estaba indiferente, ya nos había crucificado. No teníamos perdón, y más allá veía a Satanás, feliz, esperando al güeón, que se le ocurrió esta terrible cuestión.
Estábamos abandonados a nuestra propia suerte. Cachando que los milicos eran carentes de respeto a la vida, y menos, a la dignidad humana. Después, siguió un silencio de ultratumba, cabizbajos, taciturnos, sin hablar ninguna cosa, nos miramos entre sí, tratando de movernos no sé adonde. Parecía que nuestros cuerpos no tenían hueso, articulaciones. No había nada que comentar, el tiempo se había detenido. Éramos ángeles del mismo infierno. Nosotros, los soldados guerreros, estábamos obligados en esa tortura. Éramos torturados y torturadores, nadie jamás nunca comulgó con esa cagá, que tenían los milicos. Usaban a nosotros los pelaos, para compartir sus injusticias. Los güeones se creen justos, cometiendo injusticias. Es igual, como no puede haber luz sin sombra; no puede haber vida sin muerte. Si tuviera la convicción que podríamos resucitar en paz, mataría a todos en este país güeón.
Sintiéndome herido, perdido en el infinito mismo por las confusiones, había perdido mi identidad, sin saber qué hacía ahí, no era hippie, no era guerrero, no era volao, sólo en la confusión veía a los milicos como unos vulgares jotes, volando alrededor de su carroña, al humillar así a los de la Unidad Popular.
Cuando un mes atrás, también, había estado cuidando presos en el estadio nacional de Santiago, igual me recagué la onda, pero ahora, fue como un ataque de mala onda, al ver a mis amigos, familiares, conocidos de mi Iquique. Era una güeá más fuerte. Ellos no eran mis enemigos, fue como si hubieran me pegado mil patadas de un solo golpe. Que los milicos lo llamaban golpe militar, título corto, pero largo de olvidar.
-¡Formar! ¡Alinear! ¡Vista al frente! ¡Giro a la drecha! ¡En dirección al rancho, mar! ¡Marchando y marcando el paso 1,2,3,! ¿Soldados, entonar el himno: Yo tenía un camarada, mar..!
- Yo tenía un camarada -- Cantábamos al unísono, con fuerza para repeler y sacar la mala onda y rápido por llegar al rancho, porque como buen soldado, siempre estai con hambre. (Los milicos, serán güeones, hasta la letra le cambiaron al himno: “Yo tenía un compañero”, ahora se cantaba: “Yo tenía un camarada”. Serán güeones). Cantábamos a todo pulmón vociferando, entonábamos el himno, te reconfortaba el alma, era un barniz para disipar la melancolía.
El lugar de los comedores está a dos cuadras de nuestro cuartel hotel. Era una construcción de una fábrica abandonada. Tenía la mitad del techo y la pared semiderrumbada, ahí mismo, sobre las pocas baldosas que quedaban, sobre unos caballetes más unos gruesos tablones, indicaban que eran las mesas. Apegadas a éstas unas bancas destartaladas. Ahí sentados esperando que sirvieran los soldados rancheros, mientras observábamos comentando, que por lo menos está cagá tenía vista almar. Con la mirada perdida al horizonte, el ocaso daba paso a la noche. La mejor volá. Una puesta de sol, como regalo a la vista. La añoranza de las playas de Iquique relampagueó mi mente. En cavancha nos fumábamos los medios pitos, con los ojos como sapo mirábamos volados, la puesta de sol, pero ahora, cuchareando porotos. No le veía ninguna gracia a la puesta de sol. Tragaba porotos y miraba, tragaba la comida sin gran entusiasmo. ¡De qué manera los placeres de mi vida cambiaban.
Todos tragamos bajoneados. Ese aperitivo antes del rancho, nos cagó la onda. Cuando estábamos sin nuestros superiores, entre los pelaos, nos soltábamos hablando de todo, era nuestra terapia. Lo único, lo mejor, lo más rescatable del servicio milico. Era la buena onda, entre los pelaos huasos e indios. Nos queríamos como hermanos, leales, solidarios, dispuestos a dar la vida si fuese necesario. Así todos nos sentíamos el uno por el otro.
Con la panza llena de porotos tras un jarro de té, de a poco nos fuimos retirando del comedor. A las 21 hrs. todos formados para la retreta, donde comunicaron:
-¡ Las jornadas serán de 24 hrs. de guardia por 24 hrs. de descanso.-- Luego, el oficial dijo:
-¡Buenas Noches, soldados! ¡Retírense en completo silencio y orden a sus dormitorios!.
-¡Compañía, a sus dormitorios! ¡Retirarse mar! -- Un solo giro y chao. Felices a dormir. Era la mejor orden, dormir, comer y salir franco. Pero ahí en Pisagua, estábamos sin salir, sólo era guardia y descanso, si es que no pasaba nada improvisado.
Cuando el pelao puede dormir, duerme, porque los miicos te tocan la diana a la 6.00 hrs. de la mañana y no paran de güeviar hasta las 21 hrs., o sea, te hinchan 15 hrs. al día, con un güeveo constante. Los oficiales y suboficiales, estudian para ordenar. Ven donde los demás no ven. Son master en güeviar a los pelaos.
Son las 6.00hrs., se escuchas la diana y la voz agradable del cabo de servicio despertándonos. A este cabo con solo escucharlo te cagaba la onda, pero más cagao de onda me sentí, cuando caché que había pasado el río. Me había meao en la cama otra vez. Así era. Güeón grande, todavía aveces, amanecía mojao. Pero era experto en hacerme el güeón. Varias veces había pasado el río, pero hasta ahora nadie cachaba. Esperaba que los que dormían a mi alrededor salieran a las duchas y, en medio de ese güeveo, pasaba piola. También la otra volá agradable y desagradable, que le pasaba a todos, era por la herramienta del amor. La güeá también despertaba. Qué parecíamos, cuando nos dirigíamos a los baños. No sé porqué chucha se te paraba, no había donde cresta satisfacerla. Era una de las tantas ridiculeces que teníamos que soporta, como que ya lo habíamos asumido. Pero, igual te veía ridículo con el pico parado y con cara de preocupado, alistándose para formar. Parece que el güeón pedía a gritos un poco de acción. Sólo bajo la ducha helada, ahí cagaba, con la triste realidad, solito se bajaba el hueso del amor. Para no parecer tan grosero.
Formados y dirigidos al rancho, el buen desayuno y de vuelta a nuestro cuartel hotel. Ahí estiré bien la cama con pichí, sabía que con el calor, solita se secaba, y con la bañada el olor a pichí se espantaba, asi nadie me cachaba.
A las 8.00 hrs., formados esperando nuestras órdenes y que rico. Yo más tres pelaos, debíamos relevar la guardia de la torre. Ni que lo hubiera pedido. Feliz partí junto a los otros, que también contentos, marchaban. Pero, bajón. No llevaba ni un miserable pitito, ni una colita, menos un hachis. Resignado pensando que para otra vez me prepararía, porque con la mala onda del día anterior, ni acordarme de mi cargador de balas yerba, pero igual. En el camino les conté el cuento a los compañeros de guardia,, revisando sus armas y nada de nada. Rápidamente, dirigimos nuestros bototos al puesto de guardia. En el relevo, no se podía uno quedarse güeviando, tampoco hacerse el gil, para llegar más tarde. Esas mariconadas, no se hacían entre pelaos.
Estábamos a los pies de la torre. De inmediato se abrió la puerta, escapando un olor a antigüo de esa inmensa torre. Los guardias, salieron con cara somnolienta y llena de risa, empezó el güeveo al tiro. Yo les dije:
-¡Buenos días!, ¿durmieron bien huasos culiaos? --- A lo que contestó uno de ellos en forma irónica:
-¡Chi, güeón! En la guardia no se duerme.
-Seguro. – Contestaron otros – Hasta tienen cara de pajeros, los güeones. Chao, guardia pajera.
Así, con esos lindos saludos, se despidieron advirtiendo, en serio, que cuidado con el oficial, porque de repente, viene a güeviar en el jeep.
- Ya, chao, güeón. – Uno de los guardias, preguntó:
- ¿Vieron a los presos?
- Sí, güeón, que bajón. Más encima cantando “Libre”. Milicos culiaos, les encanta el güeveo. – Yo, en buena onda, y cambiando de tema, dije:
- -Ya compadres, vayan a descansar. Chao.
Dentro de la torre se veía una angosta escalera. Apenas cabía una persona. Uno tras otro, subimos con nuestros fusiles. A duras penas, llegamos a una puerta de salida hacia un balcón que rodeaba la torre. Tenía una vista panorámica espectacular. Cachando hacia abajo, la altura era de respeto daba vértigos ver el suelo. Si se caía alguien, chao. Lo menos que le podía pasar era morir.
Dimos vuelta de acá para allá, y de allá para acá, mirando pa´todos lados, hasta aburrirnos. Ya que antes, estábamos super entrete curioseando desde la altura, hasta que nos choreó. Sentado, con vista al mar, para esquivar el care´gallo, que temprano quemaba, y en esa posición la sombra nos cobijaba, más una brisa que refrescaba, casi al límite del aburrimiento, justo al lado mío, el pelao metió su mano en el bototo, sacando su bienvenido pastito loco: marihuana. Agregando:
-Demos paso al placer de los hippies. –Casi nos caímos de la torre de contentos. Preparó dos pitos cototos y ordenó:
-¡Soldados, a fumar mar!
Los pitos parecían caramelos toffi. El güeón, los hizo con tuti. Uno para dos, dos para uno. ¡Qué lindo!, ¡Qué hermanables! ¡Que ordenaditos los pelaítos! Daba gusto ver como pitiábamos. Creo que si alguien nos hubiera visto desde el pueblo, pensaría que había un asado en la torre. Teníamos la media humareda, güeó. Pero volao te despierta la estupidez y si alguien venía a güeviar, seguro que no habría ninguna evidencia. Nos hicimos rechupete los pititos. Detrás de la fuma… la volá. El dueño de la yerba, tenía hasta los ojos color semilla de cáñamo. Estábamos calladitos, voladitos y comenté:
¡Qué rico, güeón! La yerba te enseña a andar sin detenerte, a no atarte sólo a lo que puedes ver y tocar. (Yo, volao, casi siempre decía la misma güeá. Me creía como el filósofo de la volá).
El otro pelao, en su volá dijo:
-Nosotros, los hippies, protegemos todo lo vivo. Lo que termina desaparece y como el amor que vuelve a regresar. – Yo respondí:
-No como estos milicos güeones, el ansia de dominar se apoderó de ellos y en vez de intentar reconcilliarse con ellos, se pusieron màs crueles y belicosos, aumentando su voracidad de poder, hasta provocar muertes. Debería venir una brisa con poder de transformar el interior de los hombres.
Después de una larga pausa volada, uno de ellos agregó:
-Desde que caché esta torre, sentí que era una caleta ideal pa´volar. Claro, yo igual. Todos habíamos cachado lo mismo; todos éramos hippies volados y pelaos.
Sin saber de donde vinieron, algunos jotes volaban a la altura de la torre, casi frente a nosotros. Eran cerca de las 10 hrs. de la mañana. El horizonte se unía con el mar, en un espacio infinitoo de claridad, que era opacado por puntos negros y voladores: eran jotes. Volaban, mirándonos indiferentes y casi con desprecio.
-¡Miren! -- Grité -- ¡Ahí voy yo!. Soy jote hippie, güeón. ¡Mira!, ¡Ahí vái vos!
Nos recagábamos de la risa, estábamos eufóricos, embriagados en yerba. Interpretábamos las actitudes de los jotes, ponendo palabras a sus acciones.
-¿Escuchaste ese jote? Te dijo, huaso de los quesos, huaso de los charqui, güeón, ja, ja,
Y también en la volá, respondiámos lo que creíamos que nos querían decir los jote.
-¿Qué te pasa jote?, vírate feo culiao. Chao, jote volao. Mira ese es dos en uno. Jote sapo, sapea, jote sapo, chao. Dile al Pinochet que estamos volaos, jote sapo, ja, ja. Dile al general de la FACH, que mande los mismos jotes que bombardearon La Moneda. Anda, jote sapo, ja, ja. Hasta la bandera es distinta pa´esos jotes culiao, ja, ja, ja.
En todo ese volón de jotes, con la yerba y risas, parándome y dirigiéndome al costado sur de la torre para tomar agua de mi cantimplora. Al levantar la cantimplora, a la altura de la cárcel y casi a medio cerro, veo a cuatro civiles subiendo con una actitud sospechosa. No me cabía la menor duda: eran presos fugándose. Mi instinto, mi maldad, reaccionó ante el éxtasis de la muerte. El guerrero de la muerte se apoderó de mi razón. Tomando mi arma: era la droga que coronaba mi agresividad, sentía en mí un solo animal. Estaba listo para matar. Casi, en el aire, saqué el seguro y pasé bala apuntando al primero. Sentía el dedo en el disparador, listo dispuesto a matar. Era como encender un pito, prenderlo y volar. Con el arma, ese placer de matar, elevaba al clímax una liberación a mi maldad.
Con todo ese cambio de actitud ante los otros pelaos, guardias volados. Ellos, sin cachar todavía, casi indiferentes, preguntaron:
-¿Qué volá vái a hacer, Demián? --Yo contesté con voz dura y como ofendido.
-Los presos se fugan. ¡Disparen! -- Mientras, no dejaba de apuntar. Uno como inseguro dijo:
-¿Los matamos, güeón? -- Yo, trasformado por mi agresividad insistí:
-¡Disparen, güeones! -- Uno gritó.
-¡Dispara vos, Demián, pero adelante de ellos! ¡Si no se detienen, los cagamos! --No alcanzó a terminar, y yo, vacié el cargador. Al apuntar, vi que los cuatro fugados, estaban tirados en la tierra con sus brazos en la nuca. Uno de los guardis, habló satisfecho:
-¡Güena, Demián! ¡Ahí quedaron!, no sigái disparando. Y cachamos, como subían unos pelaos con el oficial. Al llegar adonde estaban los fugados, el oficial se desarmó pegándole patadas y culatazos con un fusil. Los bajaron a puros golpes.
Una vez vuelta la calma, un guardia preguntó:
-¿Demián, los habríai matado? -- Yo, con esa inesperada pregunta y ya fuera de mi trance, respondí:
-En ese momento, sí. Esa es la realidad. Creo que si los presos se rebelan y nos capturan, nos van a cagar. Ellos están llenos de odio por lo que le han hecho los milicos. La realidad, no es otra. Nosotros, acá en Pisagua, estamos en una bomba de tiempo. El otro día escuché en la radio, que pretenden venir a liberarlos a sangre y fuego. Yo no quiero morir defendiendo a los presos o milicos. Yo me salvo, y así hay que salvarse. Si un preso trata de desubicarse, chao pescao. Y cambia el tema. Ya pasó la güeá mala onda. A lo que agregron
-Tenís razón. Que linda es Pisagua, güeón.
Al rato, vimos que se dirigía el jeep de servicio hacia nosotros. Al llegar a la torre paró, bajando el oficial de servicio, mirando hacia nosotros preguntó:
-¡Soldado! Baje uno de ustedes y abra la puerta.
-¡Yo voy! Avisé a los guardias. --Agregando-- Pasa el fusil, quizás con qué güeá va a salir este güeón: A estos milicos, culiaos, todo le parece mal güeón.
Luego, bajé rápido, abriendo la perte y diciendo:
-Mi teniente, yo abrí fuego a los fugados. --Esperando la respuesta del oficial, que miró, como que lo había sacado de sus dudas. El preguntó:
-¿Disparó a matar, soldado?.
-Mi teniente, hice unos disparos de advertencia. Si no se detenían, toda la guardia los habría dados de baja, para que cachen que no estamos güeviando. ¿No es así,mi teniente? -- Y esbocé una sonrisa como satisfeco por mi respuesta.
El oficial agregó:
- Te sirvió mucho haber estado en Santiago. El oficial que estuvo de guardia en la cárcel comentó que estuviste al mando de su hermano, en Santiago, donde lo mató un soldado. Yo creo que esa versión, es verdad. --Terminó diciendo, casi incrédulo -- Le respondí
-Sí, mi teniente. Fue re mala onda. ¿Le contó la onda que tuvimos?. Fue re penca. -- El oficial habló, casi compadeciéndolo:
-Sí, comentó tu acto de insubordinación, pero no es al primero que le pasa. Nosotros, los militares profesionales, fuimos preparados física y psicológicamente, para la guerra. A ustedes, sólo se les prepara físicamente y para cumplir órdenes. De ahí viene el comportamiento de rebelión de los soldados a los superiores. Bueno, soldado, subamos. ¡Ah! Espera. --- Dijo el oficial yendo al jeep y trayendo después dos binoculares.—
Al llegar donde los guardias, el oficial dijo:
- Bien, soldados. Así debe actuar la guardia, los felicito. Ahora les dejo estos biniculares, para observar vigilando hacia el horizonte. Comunicaron que cerca de la costa de Pisagua, detectaron submarinos rusos. Si ven cualquier embarcación sospechosa, dan la voz de alarma con dos disparos al aire. Atentos, soldados. Y usted, soldado, acompáñeme a traer el rancho.
- El oficial, junto con el guardia, bajaron de la torre y se marcharon en el jeep. Al rato volvió, dejando al soldado en la torre con nuestros respectivos ranchos. Mientras, nosotros, tratábamos de soportar el care´gallo que picaba sin tener ninguna sombra donde cobijarnos. Nos mojábamos la cabeza con el agua que llevábamos en las cantimploras. Así almorzamos a pleno, sol, con el bajón, ni nos cordamos del sol.
Sentados, mirando el cerro, ya que en esa posicion empezaba sombrear, quedamos chatos con tantos porotos, y de bajativo, sus correspondientes pititos, dos para uno, uno para dos.
Volados, sentados, achicharrados por el calor reinante, lánguidos, sentíamos un fuerte olor a quemado, oliendo hasta humo.¿Humo? ¡Chucha! Se quemaba la torre, güeón. No sé como entre una parka y la madera salía fuego.
- ¡Agua, güeón! -- Las cantimploras, las abrimos y unas miserables gotass saltaron a cualquier parte. No sé quien le tiró otra parka. La pisamos, la restregamos junto con la madera, y se apagó. No sabíamos como apareció ese fuego. Volados y medio locos por la onda extraña, concluímos que al prender los pitos, tiraron el fósforo, ahí mismo donde casi dejamos la mensa cagá. Imagínate, si hubiésemos incendiado la torre. Chucha, nos matan. No sé quien, pero sí, esa era la mensa cagá.
Mirando hacia todos lados, viendo si alguien nos había cachado, Para nuestra tranquilidad, no pasó nada más.
Ya tranquilos, pasado el susto, decidimos que dos guardias vigilarían y yo, con el otro, a dormir dos horas cada pareja. Todos de acuerdo y chao, zeta.
Confiados en nuestro par de guardias, envuelto en la modorra, lánguido, dormité en la incomodidad del pequeño espacio que nos cobijaba.
-¡Despierten, güeones! ¡Miren, se acerca un barco, güeón! ¡Despierten!--. Casi de un sobresaldo, asustados, tratábamos de entender la alarma de los guardias.
-¡Mira, güeón, por los binoculares, viene un barco derechito a Pisagua! -- Decía nervioso uno de los guardias. Tomé y miré hacia el horizonte.
-¡Chucha, güeón, es verdad! Viene derechito pa´cá. --El otro guardia, también semi dormido, se aseguró de verificar la verdad. No cabía ninguna duda, era un barco de guerra. Se veía la nave amenazante, decidida hacia la costa de Pisagua. Uno de ellos le vió hasta los cañones, asegurando que era un barco de guerra. Entre la inseguridad, sólo había que hacer una sola cosa: Dar la clave de alarma. Como, casi con la mirada, nos habíamos puesto de acuerdo, uno de los guardias que asegurado y más que seguro, picado por el bicho de la convicción, simplemente, descargó dos tiros al aire. Quedamos casi aturdidos por los sorpresivos e inesperados pencasos de su arma. Cuando reaccionamos del impacto, hacia el sur y norte de Pisagua, también se escucharon dos balazos, en cada puesto de guardia. Nosotros fuimos los primeros en dar la alarma, sintiéndonos orgullosos de ser tan vivos en nuestro puesto.
Mientras, más mirábamos la embarcación, la tensión subía entre nosotros. Llegamos a pensar lo peor, a tal punto que yo inventé que sería mejor abandonar la torre, porque, seguro que los güeones, con los cañones nos cagan al tiro. Nos miramos, sin titubear, agarramos nuestras pilchas y chao, escaleras abajo. Entre ese movimiento, cachamos que el jeep de servicio, parecía venir hacia nosotros. Entre el susto y miedo, uno de los guardias comentó:
-Estos rusos vienen en son de güeveo. Igual tenimos que cagarlos, güeón.¡A la carga, güeón, vamos! --Gritábamos asustados, tratándo de darnos valor, pero en el aire se notaba como que no era tan grave la cosa. Pero teníamos duda e incertidumbre. Llegando abajo de la torre, sabríamos realmente la verdad.
Al abrir la puerta de la salida, nos encontramos con el oficial bajando del jeep, con una cara como de espanto, preguntó:
-¿Quién fue el soldado que disparó la alarma? --como dirigiéndose a mi persona. El guardia, dándose por aludido, como sacando pecho respondió:
-Yo, mi teniente. Yo vi primero el barco, por eso disparé.
El oficial, como cachando algo de ignorancia, por parte de nosotros, agregó:
-¿Usted, soldado? ¿De qué ciudad es? -- El soldado, casi orgulloso, respondió:
- Soy de la Chimba, cerca de Ovalle, mi teniente. --El oficial, con esa respuesta, como que cachó la onda, y nuevamente, preguntó al mismo guardia:
¿Usted, soldado, sabe donde está la proa y la popa de una embarcación?
A lo que el pelao, contestó con toda franqueza y humildad:
-Mi teniente, nunca he andado en bote. --Al terminar, todos y hasta el oficial, terminamos con ataque de risa. ¡Qué ingenuo! Todos éramos ingenuos en las arte de navegar. Ninguna cachábamos la proa y popa, solo que el guaso culiao, al contar con tanta humildad, demostró que no cachaba nada de botes.
Que buena. Era ataque de risas. El oficial fue el primero que se tranquilizó y aclaró nuestras dudas, explicando en buena onda, que la popa era la parte trasera de un barco y la proa la parte delantera.La nave que se acercaba, era una embarcación de la marina chilena, que venía en servicio especial. Es una barcaza y va a recalar en unsector de la playa, concluyó. Para terminar, tomó un binocular, observando y luego indicó que nos fijáramos en la popa donde flamea la bandera chilena. ¿Se fijaron, soldados?, insistió. Sí, efectivamente, era como lo decía el oficial. La bandera chilena flameaba en la parte trasera, o sea, en la popa.
-Bueno, soldados, ya la cagaron. Suban a la torre y continúen la guardia.
Dió media vuelta y subió al jeep en dirección, seguro, a los otros puestos de guardia que también se habían equivocado.
Al subir nuevamentee a la torre, no podía andar, güeviando al huaso de su cagaíta.
-Gúena, huaso del bote. Huaso marino de agua de porotos. Huaso navegante.
El huaso también se reía de las bromas que le hacíamos.
En el balcón de la torre, mirábamos curiosos, como se acercaba la embarcación. Se veía imponente. Sorprendidos de ver, por primera vez, en nuestras vidas ese espectáculo, que parecía de película. Era una masa de puro acero. Emitía unas ondas avasalladoras, como minimizando al pueblo de Pisagua. Se detuvo unos instantes,em medio de la bahía, como reclamando autoridad. Esa nave de guerra, demostraba radiante su agresividad. Nuevamente y lento, se dirigió a Playa Blanca, en medio de ésta, recaló. Después de unos segundos, bajó la rampla, descansando en la arena. En seguida, desembarcaron marinos armados y ótros que, al parecer, eran oficiales. Hicieron los saludos de reglamentos con los oficiales del ejército, escoltados por varios soldados. Desde la torre, no nos queríamos perder ningún detalle, era como una película, pero de verdad.
Después hubo unos movimientos de manos, apareciendo en la rampla, una fila de civiles que desembarcaban con una actitud sumisa, casi horrorizada. Eran presos políticos. Creo que ninguno de ellos sabía donde estaban. Su aspecto mostraba el miedo y respeto que un soldado siente por un oficial.
Los presos sentían que está prohibido dudar, analizar o negar, sólo podían acatar humillados, las órdenes que cualquier milico les iba a lanzar. Se resignaban a ellos, como el hombre se resigna a lo inevitable, soportando situaciones, que nunca habrían creído posibles.
Una vez que bajaron, los formaron en la arena de la playa: eran 22 presos, cada uno traía un pequeño bolso, como presagio de un viaje sin vuelta, sabiendo que a ellos los arrebataron de sus seres queridos y de sus ideales.
Formados, los presos, se veían desconcertados, ultrajados, confundidos. Los milicos los juzgaban, como si en su conciencia tuvieran un asesinato, teniendo apenas un ideal político.
Los milicos, que actuaban también confundidos, creían amar a su patris, odiando a muerte, a los que en la misma patria eran de la unidad popular.
Yo creía que, en cualquier momento, a cada preso político, le pintarían en sus ropas con pintura roja, el símbolo de los comunistas: la hoz y el martillo. Igual, como habían marcado a los judíos, los trastornados nazis de Hitler.
Los marinos y milicos, frente a los presos políticos, con su aspecto agresivo, acompañados por sus efectivas armas, apabullaban a los presos opacados por esta autoridad impuesta por esos guerreros bien armados.
Ordenaron:
-¡Giro a la izquierda!, ¡avanzar! -- Los presos, sin titubear, caminaban siguiendo a los guardis milicos. Se veían seguros al caminar, pero en su interior, la incertidumbre, la duda, la inseguridad, el temor a lo desconocido dando aspecto de sombies, caminaban, su valor de hombres los hacía avanzar. La brisa extraña, perfumando de olor salino, arrasaba a los presos al ingresar al pueblo, y levantó una gran polvareda. Tal vez fue enviado por el demonio, para espantar los sueños, dando paso a la innecesaria realidad.
Desde la torre, seguimos con la mirada la columna de presos y opresores. Daban la impresión de no encajar en el pueblo, sin apariencia de nortino, Pisagua les hacía sentir su aspecto de vulgares afuerinos.
El olor de esa columna de presos y opresores, no emitía ninguna diferencia. Todos respirábamos y exhalábamos la misma emoción. También los milicos estábamos presos de esa situación. Las circunstancias, nos tenían presos, creyendo, los milicos, que esa era la mejor solución.
Los milicos sabrán, que no hay nada mejor que encontrar a los que quieres. No hay nada peor que estar obligado, arriesgando la vida donde no quieres.
Ya se había perdido la columna de presos, llegando el ocaso de la tarde. Todos los guardias, confundidos, causado por una profunda impresión, nos acomodamos en la incomodidad. Esa realidad inspiraba una tremenda nostalgia.
Deshecho por las malas ondas, recapacité, prometiéndome no involucrar ningún sentimiento, a lo que no se puede remediar. Y viendo como la barcaza, con un estremecedor ruido, cerraba la rampla, haciéndose a la mar.
Los otros guardias, se levantaron y abandonaron el lugar, como dando a entender, que esa película había concluído. Quedé ahí solo, sintiendo la brisa del mar. Ya no quería ni pensar. ¡Pensar qué! . Todo seguía igual. Como mirando, sin mirar, algunos estrellas en el cielo se hacían notar. Pronto caería la noche; para mí todo era igual.
Estaba solo en ese lugar. Los demás guardias, en sus asuntos, sin saber en que lugar se encontraban, cuando un remezón en la torre. Era un sonido de engranajes del reloj. Incorporándome, busqué a los guardias, y caché que estaban en las máquinas de los relojes. Se escucharon las voces y uno de ellos gritando:
-Demián, pongamos a la hora los relojes, güeón. Mi taita me enseñó. Mira este palo tiene trancado los engranajes, y sin esperar ninguna respuesta, lo retiró, dando paso a una descomunal sonajera de fierros, emitiendo al final un sonoro tic-tac-tic-tac. Salimos, hacia afuera, cachando que cada uno de los cuatro esferas de reloj marcaba distintas horas, sólo una estaba casi a unos segundos de las 21 hrs. Y bastó un momento, para que empezaran a sonar las campanas a todo dar. Parecía que se derrumbaba la torre concada campanazo. Nueve campanazos, a todo chancho, se hicieron escuchar a través del silencioso pueblo. Quedamos mudos, asustados. La verdad se siente. La verdad no se sabe. Sentíamos que la habíamos cagado. ¡Chucha! Parece, que con el primer campanazo, el oficial, ya había puesto las llaves para encender el jeep. Aún no salíamos de nuestro asombro, cuando sentimos el jeep y la voz del oficial gritando:
-¡Bajen, inmediatamente, soldados! ¡Apúrense! --Por el tono de su voz, ya sabíamos lo que nos esperaba.
Al abrir la puerta, el oficial se abalanzó sobre nosotros. El mismo pelao, que la había cagado con los dos balazos de la alarma, ota vez la había cagado con los nueve campanazos de la torre.
El pelao, le dijo al oficial, que él había movido unos palos de los engranajes y había pasado lo que pasó.
El oficial, neurasténico, lleno de ira, lo subió y bajó a garabatos y prometió que a la primera salida de franco en Iquique, quedaríamos castigados y si dependiera de él, nos botaría cagando del ejército. Con esa amenaza nos transformamos, presentando una actitud indiferente y moviendo la cabeza irradiando el más mínimo miedo sobre su persona, dándole a entender que no le temíamos a ningún milico culiao.
El oficial, cachando nuestra actitud desafiante y altanera, pero él sin amilanarse y con la misma actitud desafiante y altanera ordenó:
¡Paren como sea esa güeá! --Dando la media vuelta y detrás, casi encima de su espalda, el mismo guardia que la había cagado, de una patada cerró la puerta, como diciendo: vírate, güeón.
El oficial, había tocado la parte más sensible del pelao milico: castigarlo sin dejarlo salir franco. Era la güeá más anhelada, salir franco. Eso era imperdonable. Los milicos culiaos, te podían hacer cualquier güeá, pero si te castigaban con tu salida de franco, era la tortura más cruel. Por eso habíamos reaccionado de esa forma.
Subimos, nuevamente a la torre, igual agarrándonos pal´güeveo:
-¡Pelao culiao, relojero, huaso tic-tac, y un montón de estupideces. --El huaso, que se las dió de relojero, con el mismo palo, trancó los engranajes, volviendo el silencio y la calma a nuestro puesto de guardia.
En la torre, acariciados por la brisa y la noche pintada de estrellas, que daba paso a la claridad del cielo infinito, invitándote a volar. Volamos dos para uno, uno para dos. Cada pelao aspiraba el humo de la marihuana, como despidiéndose del día, dando la bienvenida a la noche celestial. Esa sensación arrebataba mi alma, florecía en mí los más inmaculados sentimientos, hasta la última y primera molécula, rebalsaba de dicha y bienestar. Se fundía mi alma, mi mente, mi cuerpo en un éxtasis paradisíaco de bondad, envolviéndome en una nube de amor y paz, creyendo que las estrellas con sus destellos, quietas, impávidas, lejos de la Tierra podían volar en el espacio infinito, colmadas de amor y paz. Lejos del planeta tierra que estaba a años luz de alcanzar el amor a la paz. Lejos de la Tierra; así, las estrellas repelían la maldad, la crueldad. Las estrellas titilaban a lo lejos hacia la Tierra, esperando que, algún día, la Tierra las pudiera imitar.
Todo el universo, nunca en el hombre creyó. Estaba arrepentido de haberle puesto hombres a la Tierra. Él les había dado la vida, ellos solos descubrieron su maldad, casi gozando con la muerte.
Los planetas, de todo el universo, se reunieron para concluir con una solución al ver su gran error. Decidieron alejarse de la Tierra. Era la única solución, con la esperanza que la tierra descubriera la paz y el amor.
Volado, ensimismado en mis extraños torbellinos de la mente, buscando la razón de la vida, descubrí que la única razón de la vida, es vivir, aceptando lo bueno y lo malo, lo negro y blanco, viviendo a concho el bien y el mal… Así la vida nunca te podrá matar.
Así volado, mitigado, relajado, resignado, llegó el amanecer. ¡Qué rico! El sol cubrió la noche, dando paso a un nuevo día. Sin saber como, escuchaba:
-¡Hey, guardia! Despierten, güeones. El relevo. –Rápido bajamos, recibiendo a los guardias con lindos garabatos, y acordándome de mi atao con el fusil, les conté el cuento, a lo que acompañado de un gran güeveo, mostraron sus armas, para verificar que mi fusil entre ellos, no se encontraba.
Rápido, llegamos a nuestro hotel cuartel. Al rancho para el desayuno, y a la cama. Una vez debajo de mis sábanas secas de mi meado, dispuesto a dormir, uno de los guardias, comentó que había estado de patrulla, y en la noche, cuando pasaban por una casa detrás de la cárcel, salió una mujer rubia y copeteada, que los invitó a su casa. Y luego de compartir con ella, habían tenido relaciones íntimas entre los cuatro guardias. La mina es super loca, pero tiene la mensa cuerá, güeón. Quedamos locos de tanto estar con ella, dijo que le avisáramos a los soldados y que fuera el que quisiera, desde las 01.00 hrs. A.M. Yo, al escuchar esa g[ueá, como que no creía, rebatiéndole:
-¿En serio, güeón? O es la paja que te hace imaginar güeás-- El convincente afirmó que iría a buscar a los otros pelaos que estuvieron ahí. Al rato volvió y los cuatro pelaos, contaron con detalles, como se habían servido a la rucia Mireya, como ellos la nombraban.
Casi incrédulo, navegando en la nave de los sueños, me dormí.
-¡Son las 18 hrs., levantarse, soldados! ¡Formar para el rancho! 1,2,3.
Todos listos, dispuestos y hambrientos, marchamos a los comedores. Cazuela de vacuno, porotos, jarrón con té y acompañado por los calientes comentarios de los favores que hacía la rucia Mireya.
Después nos fuimos a nuestro hotel cuartel, y casi detrás escuchando a los presos políticos entonando el Himno del güeveo. Se percibía algo extraño, había como una normalidad horrible y mala onda.
Todos los pelaos, desde dentro, detrás de los ventanales, vimos pasar la columna de presos. Y como, si fuera una orden inaudible, nadie emitió ningún comentario lastimoso sobre esos hombres. No había gran diferencia, estábamos en la misma situación. Sólo nos diferenciaba el uniforme.
-¡Formar la compañía! – Ordenaron. A las 21.00hrs. la retreta. Lo primero que vociferó el oficial, fue las cagás, que se habían mandado los guardias de la torre y que la patrulla, se perdió toda la noche, y que estaban durmiendo, no se sabe adonde. Ahora, los guardias que patrullen, deberán repotarse cada cuatro horas con el oficial que esté en la cárcel. Y para concluir, gruñó:
-¡Buenas Noches, soldados! -- A lo que todos repetimos, al unísono:
-¡Buenas Noches, mi teniente! -- Como queriendo decir, chao, milico culiao.
Estos milicos, siempre hacían notar las cagás que los pelaos se mandaban, no conocían las palabras de gratitud, los güeones, sabían desparramar, pura mierda.
-¡Retirarse!, ¡Media vuelta!
Todos salimos apurados a nuestros respectivos dormitorios, a cumplir uno de los anhelos del pelao milico: dormir, dormir, dormir.
Las 6.00 hrs. de la mañana. La diana.
-¡Soldados, despertar! ¡Aseo, pelaos! ¡Rápido alistarse al rancho!
Como siempre, apurados marchamos al rancho. Café con leche, pan con dulce de membrillo. Todo ya tragado. Volver al hotel cuartel, sacar las pilchas y formar para recibir las órdenes que designaban los nuevos puestos de guardia. Los mismos guardias que habíamos estado en la torre, haciéndonos los güeones, nos habíamos juntado, pero llegó el oficial y al vernos, puso una cara escandalizada, ordenando que juntos hacíamos puras cagadas. Sacaron un pelao de otro grupo que estaba designado su puesto de guardia y ordenaron incorporarme a ellos, ordenando que nos retiráramos. A lo que consulté a uno de ellos, para donde era nuestra guardia. Él indiferente, contestó:
-Somos patrullas, ahora, güeón.
Casi salté de impresión. La rucia Mireya, como que iluminó mi lujuria. La guardia de patrulla, estaba autorizada para recorrer el pueblo de arriba abajo, las 24 hrs.. Era lo mejor güeviando donde te lleve la razón.
Rápido nos marchamos hacia el norte de Pisagua. Por el camino consulté, a los pelaos, si habían escuchado algo sobre la rucia Mireya. Ningunoo tenía idea quien era. Yo, en breves palabras, relaté los favores que hacía a los guardias. Ellos, sorprendidos, y cambiando su cara, la calentura casi los transformaba. Querían que fuéramos al tiro. Calmándolos, para entrar en razón, les prometí que en la madrugada iríamos,por si las moscas.
En la conversa y caminata, llegamos adonde terminaban las casas del pueblo, encontrándonos con una construcción, casi terminada, rodeada de peligrosas alambradas de pua, barracas, donde en las cuatro esquinas sobresalían unas torres de vigilancia; era, sin duda ahí donde llevaban a los presos a trabajar construyendo sus propias celdas. Creo, que hasta el más güeón se daría cuenta que eran copia fiel del campamento de prisioneros judíos de Alemania, donde los nazis, culiaos, de ultra derecha, torturaron, encerraron y mataron vidas. Este era nuestro propio holocausto chileno.
Tratando de que no nos invadiera de mala onda esa demencial construcción, invité a los guardias, que fuéramos a otro lado. Ninguno emitió el más mínimo comentario. Seguimos patrullando, llegamos a la playa blanca, donde días atrás, habían desembarcado presos políticos. No quedaba ningún rastro, como que ahí nunca nadie llegó. Sapeamos a todos lados, sin encontrar nada peculiar. Avanzamos más al sur, encontrándonoos con unos monolitos que indicaban el lugar del desembarco de las tropas chilenas para tomar Pisagua en la guerra del 1879. Era increíble, la playa y el cerro, juntos formaban casi un ángulo de 45º . No se cómo esos soldados a sangre y fuego, se tomaron Pisagua.
Todos los guardias sentíamos, asombrados, la valentía de los soldados. Para demostrar nuestro respeto a su valor, ordené:
-¡Soldados, atención firmes! ¡Desenvainar la bayoneta! ¡Presenten armas!
Los cuatro guardias, motivados, les rendimos honores a esos soldados olvidados. Durante unos segundos, duró nuestra ceremonia. Distrajo nuestra atención un ruido de motor, volvimos la mirada hacia atrás y....¡Chucha! era el oficial de guardia. Bajamos nuestras armas y retiramos el yacatán. El oficial con cara de extrañeza preguntó:
-¿Que güeá están haciendo, pelaos? ¿Quién inventó esta güeá. --Yo, respondí:
- Mi teniente, rendimos honores a esos soldados fallecidos en 1879.
Él, no creyendo, increpó:
-Vos, Demián, donde estái, inventái güeás.-A lo que respondí, cuadrándome y con voz desafiante dije:
-¡Sin novedad la guardia, mi teniente! -- Lo que me imitaron los otros pelaos. El oficial, cachando nuestra indiferencia a su disciplina militar, saludó con su mano en la visera y se dio la media vuelta, partiendo rajado en su jeep, acelerando a fondo por el camino de tierra en mal estado.
La patrulla allí mismo permanecía, ya relajados de la mala onda del simpático oficial, nosotros con aire que no nos importaba ninguna cosa de su onda milico furioso.
Uno de los patrulleros, sacándose el casco, lo urguetió y flor, sacó el menso pito, diciendo:
- Ahora, a nuestros héroes olvidados, le rendiremos honores, como buenos hippies milicos volaos. ¡Soldados, a fumar!
El menso pitito, güeón. Parecía que lo había fabricado en una hoja del diario El Mercurio. El pelao, volao, previsor, se hacía querer. El pito, pa´los
hippies, es igual que las velas pa´los católicos, o el incienso pa´los hindúes, o el copete pa´ los creyentes idólatras del dios Baco.
El que sacó el pito, lo encendió, parecía yoma, como aspiraba, con dos pitiás dejó casi la mitad. De ahí, me tocó a mí. Casi me pegaron los güeones; yo creí que ese era el único aire que debería respirar. Le tocó al tercer guardia. La misma toná, este guardia, haciéndose el güeón, habló como disculpándose que él nunca había fumado cosas. Pero ni le insistimos, aprendió al tiro. Tras la pitiá, le dijimos:
-Aguanta el humo hasta donde podái. -- Con tos y carraspera, casi asfixiado, botó la mensa bocanada de humito.
Estábamos como volados y pegados. El care´gallo se hacía notar. No sé porqué el pelao, recién inicado en las artes de volar, empezó a lloriquear. Como asustados, le preguntamos:
-¿Qué onda te pasa? -- A lo que respondió entre sollozos:
-Es que mi polola... --Y le dió ataque de risa. Otra vez decía:
-Es que mi polola ... --Y se doblaba de la risa. Era contagiosa la risa del güeón. Nos miraba y se reía, como loco. Nosotros nos pusimos a reir también de verlo a él. A todo hocico nos reíamos. En la volá, poníamos diferentes caras y más reíamos.
No sé cuanto duró esa volá. Hubo, como una pausa, donde quedamos en completo silencio. El mismo pelao, con voz acongojada y llorando a mares dijo:
-Les voy a contar una güeá re penca que me pasó con mi polola. -- Y otra vez empezó sin poder contener la risa. La misma cosa, todos atacados de risa. Estábamos desarmados de tanto reírnos. Después nuevamente habló:
- ¿Sabís? Que buena la yerba, nunca me había volao. Me gustó al tiro, güeón. Pero, es que mi polola y ... ataque de risa... éramos los únicos felices en ese pueblo de Pisagua. Como que flotábamos riéndonos. Todas nuestras miserias y malas ondas, arrancaban de nuestro ser. Volados, idos, escapábamos de la horrible verdad. Cada uno de los que, por las circunstancias de la perra vida, debíamos soportar. Así volados, nos llenábamos de fuerza, para poder seguir soportando cada golpe. Todos los golpes, increíbles golpes, que cada día nos daba el tortuoso golpe militar.
Al rato, llegó el bajón de la yerba. Te dá pura hambre, y, como coincidencia, ya estábamos en la hora del rancho. Para allá nos fuimos. El hambre, nos hacía caminar rapidito. Ni hablábamos, sólo nos llamó la gran atención, cuando pasamos por las barracas llenos de presos políticos, que trabajaban, como si construyeran sus propios ataúdes. Tupida la mente de hambre, ninguno de la patrulla comentó ese feo espectáculo. Pasamos, casi indiferentes, sólo mirando el suelo donde pisar, con la mente turbada por esa realidad.
Llegando al comedor, listos esperando nuestro almuerzo, se acercó un pelao ranchero y güeviándonos habló:
-Bienvenida a la patrulla los conejos. -- El pelao, recién iniciado en la volá, preguntó:
-¿Y porqué, güeón, decís esa güeá? -- A lo que tuvo como respuesta:
-Parecen conejos, los güeones, tienen los ojos rojitos y chiquitos, güeón. --Yo contesté:
Es por el care´gallo, güeón sapo. -- A lo que contestó:
-Sí güeón, ¿Y saben? La caga de rancho va a ser una taza de té y un pan, güeón. No ha llegado el camión de los víveres. No sé que güeá pasó. -- Sin más explicación, se retiró, volviendo con ese miserable almuerzo. Lo tragamos sin reclamar, como ordena la disciplina militar, pero igual el pelao ranchero nos repitió la dosis de té y pan.
Entre los pelaos milicos, sabíamos que varios güeones, éramos adictos a volar. Ninguno jamás te sapeó, ni menospreció, tampoco güeviaban pidiéndote yerba, y preguntándote güeás. Si se daba la mano, bien. Cuando menos lo pensábai, aparecí su pitito volador.
Al retirarnos del rancho, saliendo, apareció el oficial del jeep, diciendo:
-A ustedes los andaba buscando. Suban al jeep.
- A su orden, mi teniente. --Contestamos.
Arriba del vehículo, toda la patrulla en dirección a la cárcel. Al llegar, el oficial ordenó bajarse, agregando:
-Usted, Demián, venga. Y los otros guardias, esperen acá afuera.
Ingresamos, los dos a la sala de guardia. Ordenó que tomara asiento, al igual como lo hizo él. Iniciando la conversación habló:
-Usted, soldado, conoce al capitán Martus. ¿Cierto? -- A lo que respondí:
- Sí, mi teniente. Estuve en Santiago al mando de él. --El oficial satisfecho con mi respuesta, insistió en seguir aclarando algunas cosas, que según él no le agradaban de mi actitud como soldado y agregó:
-El capitán mencionó, que usted, tuvo un buen comportamiento en los enfrentamientos en Santiago, pero que lo había sorprendido en un acto de rebeldía contra un superior, al desafiar con su arma a un cabo. Ese fue un acto de rebeldía militar. El capitán, por las circunstancias, que se viven este país, se la perdonó. Pero, ahora, cambió la situación. Le digo esto para su bien personal. Si cuestionas las reglas militares vas a sufrir. ¿Estamos claro, soldado? --A lo que contesté, como creyendo que él tenía razón:
-Sí, mi teniente. --Luego ordenó
-Vamos donde los otros guardias. --Cuando estábamos los cuatro patrulleros, el oficial ordenó:
-Ustedes, deben reportarse a las 21.00 hrs. acá en la cárcel. Después a la 1.00 hrs. y, para terminar, a las 5.00 hrs. No quiero que se pierdan .¿Entendido soldados? -- Contestamos:
-A su orden, mi teniente. -- Y éste agregó:
-Continuar la patrulla. -- Dimos media vuelta y chao. Al llegar a la esquina de la cárcel, los pelaos sapos, preguntaron que había dicho el teniente. A lo que respondí:
-Me dijo puras güeás, sólo gueás, y más güeás, y hartas güeas, riéndome en forma burlona y bien fuerte a toda boca, para que escuchara el güeón.
De ahí, parados un rato, ví que en el muelle, había una camioneta con algunos civiles, lo que llamó mi atención y rápidamente les dije a los guardias:
-Vamos a güeviar al muelle.
En el muelle, desde arriba, cachábamos como en el agua había unos faluchos (botes de pescadores o mariscadores), que desembarcaban mariscos. Los subían a pulso unos civiles, que a los pelaos, que ahí nos encontrábamos no nos hablaban, como haciéndose los güeones.
Al subir los sacos, los tiraban a un carretón de mano, llevándolos al vehículo donde se encontraba un señor, que parecía como el jefe de la movida. Yo, acercándome a curiosear, caché que eran erizos y sin vacilar le dije:
-¿Jefe, me convida unos erizos? --Él, quizás por temor, contestó de buenas maneras, diciendo:
-Por supuesto, mi soldado, tome esta bolsa y saque los que quiera. --Yo, como tímido, había sacado alrededor de 10 erizos, y él insistió:
-Saque más, llénela, están fresquitos. No hay problemas y haciendo un gesto de buena onda, él mismo llenó la bolsa. La rellenó, eran como cien erizos. Los otros guardias, ya estaban al lado mío. Agradecimos el gesto del jefe, despidiéndonos y cachando hacia la puerta de la cárcel, si alguien sapiaba, pero sólo se veía el pelao de guardia, que por supuesto, se haría el güeón.
Bajamos a la orilla de la playa, entre dos pelaos, llevábamos la bolsa. Caminamos bien al sur, cuando de repente escuchamos:
-¡Alto ahí, pelaos culiaos! -- Para nuestro alivio era la guardia, que se encontraba en ese puesto. Acercándonos, le contamos nuestra movida y, buena onda, afuera yatagán. Con un certero golpe en el medio, se abrían los erizos, saliendo a relucir las gordas lenguas amarillitas, gorditas, sabrositas. Nos hartamos de comer, era la dosis justa para los ocho pelaos que ahí nos encontrábamos. A nadie le faltó ni le sobró. Después, lavamos nuestras manos, cara y yatagán. Quedamos chatos de tanto marisco. Hubo un largo reposo, luego uno de los guardias, al que le convidamos erizos, agradecido dijo:
-Tomen el bajativo. Ahí van dos. Nosotros no vamos a fumar. Estábamos con el bajón y ustedes llegaron en el momento preciso, compadre.
El pelao patrullero, se buscó los fósforos por todos lados, y nada de nada. En la volá de las risas se habían quedado los únicos fósforos. El guardia que regaló los pitos dijo:
-¿Sabis? A nosotros nos quedan dos fósforos, güeón. Si querís te los doy, pero después traen una caja pa´cá.
-Trato hecho. --Contestamos. Yo agarré los fósforos, encendí uno y con el viento, se apagó. Agarré el otro, los pelaos rodearon mi persona, para tapar el viento, raspé el fósforo y se quebró, casi en la misma punta. Como reclamaban los güeones. Con un corta uñas, lo agarré, lo raspé y encendió apenas y se apagó. Casi me pegaron los güeones. Cagamos. La pana del hippie: no tener fósforos pa´encender el pito, güeón. Y en ese lugar del mundo, no había nadie que tuviera fósforos. Uno de los pelaos inventó:
-Sácale pólvora a una bala y con dos yataganes los golpeaís, de repente prende, güeón. --Dicho y hecho. Juntamos unos papeles. Otro, de la patrulla, arrugó un papel que se leía clarito que era una carta. Tres golpes de yatagán y brotaron de la pólvora y papel, unas milagrosas llamas. De piquero, nos tiramos a prender los pititos.
Sólo la patrulla fumó. Fumamos, uno para dos, dos para uno. La brisa marina nos refrescaba del abrazador sol. Volados, nos sentíamos refrescados, acariciados en nuestra imaginación. Lacios y volados, reposábamos estirados en la arena de la playa, mirando las gaviotas con sus graznidos. Parecía que decían gorreao, gorreao, gorreao. A lo que dije:
-Mira, güeón, escucha esas gaviotas. Dicen gorreao, milico gorreao. -- Lo que provocó una zalagarda de risas y garabatos a las gaviotas. -- Nosotros, en nuestra volá, insitíamos que decían: gorreao, gorreao, milico gorreao.
Nuevamente el pelao se acordó y relató como resignado:
-¿Les cuento una güeá? Esa carta que se quemó, era de mi polola, güeón. La güeona decía que había terminado conmigo, y, por favor, la comprendiera y perdonara, pero que se había enamorado de mí hermano. Cacha, la culiá. Y el güeón maricón de mi hermano también ahí escribió pidiéndome perdón, haciéndose el güeón. Seguro que se la está sirviendo, güeón. La güeona, es re´güena pa´la cama. Maricona, culiá. Más encima me cagó con el güeón de mi hermano, güeón. Mujeres culiá, no les puede faltar el pico a las calientes, güeón... -- Y terminó riéndose, como asumiendo lo inevitable.
Yo, al oir ese lindo comentario, vino a mi memoria un recuerdo parecido. A modo de consuelo le conté:
-A mí, güeón, me pasó casi lo mismo. La loca, a los tres meses que estaba de milico, me mandó una carta y última, diciéndome que me estaba cagando con otro culiao, y parece que el güeón es muy rico, porque nunca más supe de ella. Como que me fuí de este planeta, güeón. Y eso, que cuando nos hacíamos el amor me repetía que nunca me dejaría y yo, el saco de güeas, le creía. Son todas iguales, güeón.
Otro pelao contó algo parecido, pero que al final, todo era igual. A todos los pelaos, chao, cagaste. Te fuiste. Bueno a rey muerto, rey puesto. Pero éste concluyó con optimismo, dándonos una receta diciendo:
-¿Saben, güeones? Cuando salgamos de esta güeá de servicio milico y veái a la mina tenís que pegarle dos cachas, una pata en la raja y chao. Mal agradecida. -- Terminando todos los güeones cagaos de la risa, por la excelente receta. Y como telón o música de fondo, para acompañar esa mala onda con el amor, las gaviotas insistían diciendo: Gorreao, gorreao, milico gorreao.
Bajo las gaviotas y lindos recuerdos de esas mal agradecidas ex pololitas, apareció el ocaso del día, el que anunciaba a la patrulla retirarse del puesto de guardia, donde tan volado y comido los habíamos entretenidos. Casi, se me olvidaba, que tenía que revisar los fusiles a los guardias, para ver si podía encontrar mis balas yerba. Rápido les conté el extravío de mi fusil y pronto accedieron a confirmar que realmente tenían sus propias armas. Bajón, mi cagá de fusil no estaba. Me cagaba la onda, pero la esperanza, me animaba al pensar que si lo tenía un soldado, igual que yo, casi piola, vería si lo encontraba.
Nos despedimos de los guardias, quienes nos aseguraron que no tendrían problemas por los fósforos, ya aprendieron como hacer fuego.
Apuramos el tranco, derechito al rancho. Ya eran las 18.00 hrs. En el trayecto nos cruzamos con los presos políticos, que se dirigían cantando el himno del güeveo: Libres como el viento.
Ver a los presos políticos, transformaba nuestra volada en realidad, sólo tratábamos de evitarlos, pero en buena onda.
Llegamos al rancho, ubicándonos en una de las mesas. Fuimos recibidos por el soldado ranchero, el que con ironía saludó:
-Bienvenidos al restaurante el poroto volao, señores de la patrulla conejo. Tenemos como aperitivo de la casa, colirio sour, de entrada ensalada surtida de patadas en la raja, de plato de fondo, una jugosa patada en el hocico y de postre panqueques en almíbar de caca y de bajativo se lo llevamos a la playa, señores, consiste en pajas a granel, pelaos culiaos.
Les cuento: llegaron los víveres, güeón. -- Y se dió rápido la media vuelta, sabiendo que también le contestaríamos lindos garabatos.
Mientras esperábamos nuestra comida, comenté que cuando yo estudiaba o veníamos de la playa con mis hermanos, a la hora de once, casi siempre, mi mamá nos esperaba con pescado frito y una rica taza de té. Tenía pegado en mi mente esa costumbre. Era imborrable. Esa hora me llenaba de añoranzas por mi hogar. Éramos humildes, pero nunca faltó en mi casa la buena comida. Mi taita es super movido, trabaja en la empresa portuaria y cuando salía de la pega, pasaba a la caleta Riquelme, que está a la salida del puerto. Siempre llegaba con pescado o jaibas, como que gozaba el viejo, cuando tragábamos esas delicias del mar, que mi mamá re rico las preparaba. Otro pelao, también hizo recuerdos de su casa, donde contaba que daría cualquier cosa por comer queso de cabra o charqui. Él era de la Rinconada de Punitaqui, y sus papás fabricaban todas esas maravillas.
Ótro contó, que él había estado desde que se acordaba en un internado, y esa hora le traía mala onda, porque los güeones, los tenían chato con la avena con leche y un pan pelao. O al almuerzo, una sopa de cualquier güeá con una papa y tallarines. No quiero ni acordarme, güeón
En esa conversación de recuerdos bonitos y desagradables, llegó el rancho: la media cazuela, hasta con tumba, el medio pedazo de choclo, papa y zapallo. Después, la porotada con riendas y como bajativo, jarro con té.
Mientras tragábamos, les dije a los patrulleros, que de a uno iría al dormitorio, donde se lavarían y cambiarían los calcetines y ropa interior, porque a la 1.00hrs. después que nos reportemos al oficial, vamos a ver que pasa con la rubia Mireya.-
- Y vos, ¿cuántos pitos tenís?, sólo asegúrate uno pa´la mina, por si las moscas. Si no pasa nada, de ahí veímos que güeá inventamos pa´pasar la noche. ¿De acuerdo? -- Todos, casi al tiro, contestaron.
-¡Ya! ¡Qué buena! Esa es la misión.
De a uno se fue a cumplir lo acordado, el primero, llegó hasta perfumado. Le faltaba la pura corbata, después partió el segundo, y el tercero. Yo, salí al último. En el baño lavé bien mi hueso del amor, éste como intuyendo, que tendría acción hizo unos ademanes de erección, a lo que lo calmé, diciéndole:
-Espérate güeón, de repente la vái a pasar flor. También lo compadecía, hacía tiempo que no lo introducía. Mi pene, masturbarlo, para mí, era una humillación. El güeón era como una bestia. El instinto lo paraba, sólo quería vaginas. Ya era grande. Las pajas, no lo consolaban, sólo era desprecio y frustración. Él sabía, que no había crecido, sólo para mear, acabar era más rico que mear.
Listo y dispuesto al encuentro con los patrulleros, en el dormitorio, vi al guardia que había tenido su encuentro sexual con la rucia Mireya. Le pedí que confirmara la casa, donde él con lujo de detalles, describió ese antro del placer. Agradeciendo su buena voluntad, nos fuimos al rancho.
Ahí esperamos conversando güeás. Uno de los patrullas, con desánimo comentó:
- ¿Y si no pasa ná con la mina, güeón? -- A lo que respondí:
- Agarramos el jeep de servicio, güeón, nos vamos a Iquique, derechito al Julio Prieto, es una casa de niñas bonitas, es lo mejor de Iquique. Una vez fui con unos compadres, eran todas ricas, pero no pasó ninguna güeá, porque andábamos patos. Fuimos a puro calentarnos, pero si vamos ahora, cuando ellas nos vean la cara de valientes, capaz que nos hagan el favor, güeón. Y, por último, si realmente no pasa ná, ahí mismo nos corrimos a paja, güeón. Ja,ja, terminando todos riendo.
De ahí, cachando la hora de la retreta, 21.00hrs., formada la compañía, el oficial se dirigió a los soldados dándoles puras quejas, dándoles a entender, que hacen todo malo. Los milicos profesionales, a os pelaos, le ven todo lo malo, y los pelaos, a ellos también, le veíamos que igual hacían todo malo. Así, empatados en nuestras acciones, por lo menos, convivíamos soportándonos.
Después que despidieron a los soldados a sus dormitorios, nos acercamos al oficial a reportarnos, el que insistió que a la 1.00 hra. a.m. y a las 5.00 hrs. a.m., nuevamente nos esperaba en la guardia de la cárcel.
-¡A su orden, mi teniente!-- Nos despedimos, retirándonos. Yo invité a la patrulla, que fuéramos al sector de Playa Blanca, ahí nadie güeviaría. Y cerca de la 1.00 hra., vamos a reportarnos y de ahí, a la movida. Dicho y hecho.
Llegamos a la Playa Blanca, como su nombre lo indicaba, resplandecía la arena blanquita, rica. La noche, casi de día, por la luz de la luna. ¡Qué acogedor!. Ni frío, ni calor; era como el verano, echados, con la panza llena, mirando las estrellas. Todos en total silencio. Cada uno acordándose de ellas, sufrir por amor, que no daría sólo por verla, aunque sea un segundo, sabiendo que no la tenía, más la quería. Era la primera, la última que amaba y deseaba. Hasta unas lágrimas derramé por esa mal agradecida. Quería sacarla de mi corazón, pero algo, no se que chucha, me lo impedía. Con rabia prometía, le voy a dar la receta del milico, apenas la vea, le pego dos cachas, una patá en la raja, y no sé si podría decirle, chao mal agradecida. Ese amor que me había despreciado, todo mi ser lo tenía super cagao. Prometí, nunca jamás en la vida, volver a enamorarme, sólo las usaría, las tomaría, con cualquiera me revolcaría. Ninguna güeona merecía mi amor. Era un vago consuelo. Terminaba igual, extrañándola a ella. Su desprecio como dolía. Sufrir por esa mujer, como güeón, creía que me amaba, como yo aún la amaba, pero ella estaba amando a otro güeón y de mí, ni cagando se acordaba. Mi vida estaba totalmente trastornada. El hippie de amor y paz, pensaba ahora puras güevadas: amor y odio, paz y guerra, era la vuelta de la moneda. Al final concluí,. Antes lo pasé rico, ahora lo estoy pasando como las güeas, pero cuando salga de este servicio milico, me voy a desquitar, cague a quien cague, tengo que pasarlo rico.
Casi alejado de mí, esos recuerdos tortuosos y, como dormitando, tranquilo, relajado. El mal momento solucionado, escuché, con asombro, que los patrullas cerca del mar, miraban asustados las olas luminosas, casi al reventar, diciendo:
-Mira, Damián, hay como una luz debajo del agua, como si hubiera una güeá alumbrando. Yo, al principio, confundido, me asusté y al tiro, como que caché ese resplandor, y, agarrando pal´güeveo a los huasos les comenté: - ¡Oye! , huasos culiaos, es un submarino que está en panne debajo del agua. ¿¡No veís que atrás hay unos marinos rusos empujándolos, güeón? Anda a avisarle al teniente, güeón, apúrate, guaso culiao, ja, ja.
Incrédulos, por mi güeveo, y para calmarlos les expliqué. Ese es un fenómeno de la naturaleza, se llama noctiluca, son microorganismos, que con el reflejo de la luz, y movimiento del agua emiten un resplandor fosforescente. ¿Cachái, güeón?.
Parece mentira, pero así es la cosa.
Ellos contestaron:
-Nunca habíamos visto esa fenómeno tan loco.-- Era realmente espectacular. Parecía que la playa, con el romper de las olas, se encendía. Todos estábamos como hipnotizados, viendo esas luces que preciosas, se veían. No había palabras, para describir esa maravilla. Con solo verlas, te llenaban la vida, pensando que, quizás Dios la envió para apaciguar nuestro dolido corazón falto de amor y desilusión.
Eran ya las 24 hrs., les comenté:
-Vamos caminando tranquilos hacia la cárcel, así como patrullando y a las 1.00 hrs. justo vamos a presentarnos al oficial de guardia. Cuando al llegar al pueblo, totalmente a oscuras, porque todos los días a las 24 hrs., se cortaba el sistema eléctrico, el resplandor de la luna, servía para iluminar ese pueblo de aspecto fantasmal. Daba pánico caminar en medio de la calle, algunas casi ennegrecidas por las sombras. De entre las casas abandonadas, parecía que el demonio nos aguaitaba, para verificar que nosotros, los ángeles del demonio, todos los milicos cuidaban su infierno.
Nosotros llenos de terror, paralizados de horror, asustados por esa visión, no sabíamos si caminar o arrancar, güeón. Escuchábamos en ese silencio de ultratumba, como carcajadas de terror, escuchábamos al demonio diciendo: Milico culiaos, acá muere el amor, sólo la muerte pulula en cada rincón… ja, ja, ja.
Que locura, que espanto. Uno de los guardias, como reaccionando gritó:
- ¡Escucha, Satanás! –Hizo una pausa, dejando escapar un fuerte y sonoro peo -- agregando—agarra tu parte, Diablo, ja, ja, ja.
Lo que nos volvió el alma al cuerpo, riéndonos de puro miedo y con la risa dándonos valor. Rápido caminamos, riéndonos del menso peo que el patrullero se mandó. Así llegamos a la cárcel. Al doblar la esquina, el oficial de guardia, estaba en la puerta como esperándonos. Cuadrados nos reportamos.
-Sin novedad la patrulla, mi teniente. —Este mirando su reloj, respondió el saludo conforme con nuestra actuación y preguntó:
-¿Porqué se venían riendo, soldados? – El guardia del peo, respondió:
-¿Sabe, mi teniente, cuando cruzamos el pueblo a oscuras, veníamos cagaos de miedo, como que veíamos al cuco… ja, ja. – terminó riéndose por su casi infantil respuesta. El oficial, al igual que nosotros, que reíamos de la contestación del pelao, respondió risueño:
-¡Güeones grandes y le tienen miedo al cuco, güeones! Ya, chao, váyanse por este lado ahora y cuidado con el cuco… y no se olviden a las 05 hrs., acá mismo voy a estar .
-¡A su orden, mi teniente! -- El oficial nos había mandado por el mismo camino que nos conducía a nuestra cita. Nerviosos, incrédulos, era la hora precisa entre un enredo de casas, casi a oscuras, caminábamos sin saber exactamente, cual era la dirección, sólo la calentura no nos hacía desistir. En eso estábamos, cuando al lado mío, se abrió una puerta, apareciendo una rubia, saludándonos, dijo:
-¡Hola, soldados, los estaba esperando! – Con toda la confianza que ella inspiraba, entramos a un living alumbrado por una vela, junto a una botella de grapa, tres sillones rojos de tevinil y en el piso una gruesa alfombra descansaba. Los cuatro sentados, observándola a ella. Estaba con un jeans ajustado y pata de elefante, una blusa negra anudada en su curvilínea cintura, la que hacía sobresalir sus lindos y grandes pechos, como su gran trasero.
-¡Qué rico que vinieron! ¿Saben? Yo vivo sola, mi marido me abandonó. Me aburro mucho. Yo antes era bailarina en Santiago. El me trajo a este pueblo aburrido,-- hizo una pausa .Agarró la botella, tomando un largo trago, después alargando su brazo me ofreció la botella diciendo:
- Toma soldado. –Yo parándome y agarrando el copete le dije:
-No nos digas soldados, dinos guerreros. Somos guerreros del amor.—Terminé diciendo con cara de lacho . A lo que ella con cara de erotismo y voz de caliente dijo casi en un susurro:
-¿Quieren guerra? – Y terminamos riéndonos como casi calientes. Yo respondí:
-Te trajimos un regalito. – Y miré al pelao, como diciéndole un gesto de: Pasa el pito, güeón. Este al tiro me lo pasó.
-Toma. – Le dije a la rucia. —Ella, como que enloqueció, diciendo:
-Gracias a Dios, un pitito en esta cagá de pueblo. Me vuelvo loquita volada. Préndemelo, por favor. –El guardia acercó la vela y ella, casi se lo tragó. El otro pelao, otro pito encendió. La rucia con su brazo acercó mi cabeza a la suya y de su boca el humo de yerba me sopló. Humo, lengua, labios, boca, puros besos. Ella estaba regalada. De pronto la ví que otro copete se tomaba. Buscó mi boca, igual, le tragué hasta las babas. ¡Qué mujer! ¡Qué placer! Con mis manos todo su cuerpo acariciaba, llegando a sus partes húmedas. Ella gemía diciendo:
-Me caliento rico, cuando estoy volada. -- Y yo sus labios carnosos besaba, chupaba. Le arranqué la blusa, apareciendo las mensas tetas. ¡Qué ricas! Volao, caliente, trastornado, las tetas más le chupaba, sintiendo como ella urguetiaba el cierre de mi pantalón. Sacó mi hueso del amor, al tiro, como pidiendo perdón, se arrodillo, chupándomelo compasión. Ella se levantó y ordenó:
-Sácame el pantalón, mi amor. -- Ella también cooperó. En un dos por tres, en pelotas quedó. Indicó que me acostara de espaldas. Al tiro obedecí. Ella puso su sexo en mi boca y su boca en mi sexo. El numerito del placer. Que manera de gozar. Ella como suplicando pidió:
- Por favor, bésame el culo, mi amor. -- El beso negro, el medio culo, era todo para mí solito. Mi hueso del amor, se perdía y aparecía en su boca jugosa y deseosa. Después de un rato, se calmó. Se dió vueltas, pidió un trago. Otra vez de su boca me dió, y al mismo tiempo, sentada sobre mi hueso del amor, se moví con devoción. Los dos moviéndonos, al compás del amor al placer. Yo agarrando sus nalgas, la levantaba con cada clavada que le daba. Ella gemía diciendo:
-Que rico es hacerlo volada y llamando a otro guardia, le tomó su herramienta y derechito a su boca, se lo chupaba. Que lujuria, que perversión. Ella podía sentir que podía hacer de nosotros lo que deseara, sólo queríamos dar amor y placer, sólo eso necesitaba.
Luego, al soldado le pidió que se ubicara detrás, diciendo:
-Me encantan los sanguchitos. -- El pelao que se gastaba su buena herramienta, y era muy correcto, ahí donde ella lo pidió se lo metió, en pleno recto. Yo abajo, ella encima, el otro arriba. Los dos pelaos le teníamos nuestras armas del amor hasta el fondo introducidas. Ella susurraba, entre quejidos de placer y excitación gemía:
-Mis guerreros volaos, sigan por favor, soy tuya.
Envueltos en ese placer, en esa perversión, seguíamos enloquecidos de lujuria. Esa perturbadora prueba de amor.
Seguíamos en esa posición, con la vista perdida en la excitación. Ella pidiendo que no acabáramos nunca, por favor, mis guerreros del amor. Los tres entregados en alma y cuerpo, moviéndonos desbocados. Sentí unos espasmos en mi miembro, eyaculando cataratas, ríos, mares de jugo de amor, sintiendo los quejidos del otro guardia, que le decía:
- Guagüita, toma acá va tu papita... -- La rucia al sentir el zumo y la papita de amor, más se movía, tratando de arrancar hasta la última gota de nuestras herramientas del amor. Después, en la boca me besó, al igual que al otro soldado, diciendo:
-Permiso, le toca a los otros guerreros. -- Yo, y el otro guardia, nos hicimos a un lado sentándonos y tomando un trago de licor, viendo a la rucia Mireya comenzando el mismo show, con los otros dos guerreros, repitiendo con más ganas, su infatigable placer.
Con el otro guardia, nos mirábamos casi con la cara desfigurada de erotismo, sorprendidos por haber hecho esas cosas, que nunca antes habría creído posibles.
Volado, caliente, casi al borde de la locura, no quería perder ningún detalle de esa situación. Ella hacía lo que su calentura deseaba. A los pelaos los cambiaba: al de abajo para arriba y viceversa. Eran momentos interminables, paradisíacos. Los guerreros mojados por la acción, con movimientos, casi ridículos, acabaron su misión.
Ella retirándose, mirándome con voz excitante y subiéndose sobre mí, que aún permanecía sentado con el pico parado en el sillón, en el oído mío exclamó:
-Contigo quiero acabar, mi amor. -- El sillón rechinaba, yo la penetraba, besaba, chupaba, recorría su cuerpo, parando en sus nalgas. La levantaba, para dejarla caer suavemente en mi sexo. Ella gozaba y gemía, gemía… gemía. Sigue, sigue, voy a acabar, sigue, sigue, apretaba sus músculos vaginales, con estertores, movimientos pélvicos, más su lengua entera en mi boca, al fondo de mi garganta, la sentí irse de placer, besándonos en forma desenfrenada, pidiendo, por favor, que yo acabara. Por favor, acaba, su voz de excitación no pudo aguantar mi hueso del amor, en esa rica posición acabé dándole todo el zumo de amor. Besándonos, le dije:
-Gracias, mi amor. -- Ella con cara radiante de erotismo, contestó:
-Permiso mi amor, esos guerreros también quieren amor. -- Yo, como celoso y complacido, ví como hacía maravillas con los otros guerreros que aún no estaban vencidos.
Subiendo de igual forma, como lo había hecho antes conmigo, se revolcó con los otros pelaos guerreros calientes. Con todos se portó igual. No hubo ninguna diferencia, todos a su debido tiempo, los hizo con gusto y placer, acabar.
El placer, ahora el deber. Fijándonos en la hora: las 04.30 hrs., volviendo a la otra realidad, comuniqué a los guerreros del amor que el deber nos llamaba, justo cuando el último pelao, su misión acababa. Como avergonzados, nos sentíamos, de haber hecho cosas envueltos por la lujuria. Sentí el corazón helado, presentía todo mi universo, mi vida dichosa y buena enfrentada al mundo tenebroso y desconocido de eso tan esencial como es el sexo.
Al salir de la rucia Mireya, con su inquebrantable actitud, a cada uno lo despidió de besos, agradecida y complacida de nuestro mutuo favor.
Caminábamos en dirección a la cárcel, entre nosotros, un hielo de estupor, avergonzados de nuestras vergüenzas, uno de los patrulleros sacando valor comentó:
-Parecíamos perros, güeön. --Nadie contestó esas palabras escupidas al viento, reflejaban perfectamente nuestra humillación. Sí, yo y todos nos sentíamos humillados por habernos entregado, de esa manera, dando rienda suelta a los placeres desconocidos en las artes de hacer el amor, sin amor. Sólo con el amor al placer del sexo.
Estábamos choqueados con el modo, que por primera vez, todos habíamos conocido esa manera de tener sexo.
Al llegar a la cárcel, el oficial en la puerta esperaba. Cuadrados y al unísono saludamos:
-Sin novedad la patrulla, mi teniente. --El oficial, con su saludo militar, devolvió nuestro saludo y entregó un mensaje indicando que se lo entregáramos al suboficial mayordomo a cargo del rancho.
- A su orden, mi teniente. -- Y también ordenó, que deberíamos esperar en el comedor el relevo.
Dimos media vuelta y chao. Marchamos apurados, entre nosotros, bien distanciados, algo inexplicable había en nosotros. Sentía un sabor bajo y amargo. La brisa húmeda, casi nauseabunda, me hacía sentir, como una escoria, una basura, un volado, mal hippie, sucio repugnante y grosero. Una bestia salvaje dominado por asquerosos instintos. Caminábamos rápido y cabizbajos.
Ingresamos al rancho, se entregó el mensaje, donde nos ofrecieron acomodarnos para el desayuno. Uno de los soldados rancheros mirándonos y sorprendido exclamó:
-¡Chucha, que vienen bajoneados, los güeones! ¿Qué güeá les pasó a la patrulla conejos? -- a lo que respondí:
-Pasó de todo güeón. La güeá más loca de mi cachera vida, güeón. Estuvo rico, pero feo.-- El pelao, como adivinando agregö:
-Apuesto que fueron donde la rucia Mireya, güeón. Ayer los otros patrullas llegaron igualitos que ustedes. Parece que la güeona, los embruja con la zorra, güeón. Ja, ja. -- Quedó la cagá. La mejor respuesta, la mejor salida, reíamos soltando nuestra tensión. Después el mismo ranchero agregó:
- O de repente, los güeones, se enamoran de la caliente culiá, güeón, ja, ja,... El pelao, tiene que cachar y volar, volar y cachar, ja, ja. Viva el servicio militar.
-Cachar y volar. -- Repetíamos esas palabras que grababan como un sello, una de las tantas experiencias de la vida que, como llegan, el lado bueno hay que aceptar. Cachar y volar, nos reconfortaban esas repetidas palabras. Las que eran el himno al eslabón perdido de la cadena de nuestras inocencias. Cachar y volar. Viva el servicio militar.
Después el soldado se retiró y volvió con nuestro desayuno, recomendándonos:
-Antes de ir a dormir, lávense bien la güeá y espolvoréense los cocos con tanax pa´las ladillas y recen pa´no quedar pingaos. Y cachar y volar, chao, ja, ja, ja.
Había cambiado nuestra actitud, demostrando un cambio de ánimo, al haber descubierto lo perverso que habita en cada uno de nosotros, destruyendo lo último, quizás, de ingenuidad, que nos había arrebatado esa frívola mujer.
Guerreros del amor, el descanso del guerrero. Varias y largas pausas, mudos, como borrados, estábamos en el comedor. No teníamos nada que comentar. No había palabras de esa orgía de sexo; esa era historia conocida
entre nosotros.
Rompió ese momento al presentarse nuestro relevo, los que saludaron con todo su ánimo dispuesto al güeveo:
-¡Hola, indio culiao, paren las güeas, chao! -- uno de nuestra patrulla, comentó e invitó a la guardia entrante que fueran donde esa noche él había estado, agregando unos calientes detalles. Los pelaos, como desfigurados, por la cara de calientes, también querían salir derechito adonde les habían dado el menso datito.
De ahí, cada uno de nosotros, enfiló a su dormitorio, güeviando con el guerrero del amor y la canción: “cachar y volar, viva el servicio militar.”
Separándonos en el cuarte hotel, rápido a mi dormitorio, en pelotas a las duchas. Lavándome con exageración, quizás, creyendo que saldría lo que
había nacido en mí. Era como hiel y veneno, mezclado con placer y erotismo. El hueso del amor se sentía super complacido, para nada arrepentido, menos cohibido, como diciendo: mi trabajo no es pensar, mi pega es mear y cachar… total lo pasado, pasado fue, el futuro y el presente parado como pico, lo enfrentaré.
Salí de las duchas a mi dormitorio, ahí estaba el pelao que antes comentara lo sucedido con la rucia Mireya y preguntó:
-¡Hey, Damián! ¡Te ví de patrullero! ¿Fueron donde la mina?
-Sí, güeón, lo pasamos rico, pero muy loca la güeona. Quedé medio agüeonao. Mucha onda, loco.
-Sabís, Damián, me pasó lo mismo, quedé como asustado. Nunca había estado en una partusa, güeón.
Acostado, en silencio, dormitando, luchaba con mis sentimientos. Sentía como que había engañado en lo más profundo de mi ser a mi ex pololita. Que imbécil sensación. Era algo sin razón. Y en el torbellino de dudas, como que veía a la rucia Mireya, en pelotas. La sangre me bullía alborotándome, sintiendo un pequeño placer en mi miembro, y a la vez, me espantaba en el acto, aquel nuevo sentimiento de placer. Y para no atormentarme, me juré nunca más volver a visitar esa erótica fuente de placer. Con esta decisión quedé en paz y zeta.
Volando entre densas nubes negras, desnudo, atravesadas mis manos, por unos garfios unidos por una cadena, las que sangraban, sintiendo ningún dolor. Plácido, envuelto en las sábanas de la lujuria y erotismo, escuchando graznidos de placer, veía a la rucia Mireya convertida en un ave de rapiña monstruosa, llevando entre sus garras las cadenas, donde colgaba yo, como una presa más de su placer.
Aleteando entre la oscuridad, alumbrada por sus instintos, me llevó volando hasta la torre, colgándome en los punteros del reloj, que indicaban la hora fatídica, para dar comienzo al sórdido y desenfrenado amor al placer. La 01.00 hrs., donde colgábamos los cuatro guerreros del amor en cada círculo del tiempo.
Mirándola a ella con su cara de lujuria, veíamos, como volando en círculos alrededor de la torre, ese engendro nos gritaba:
- Pervertidos, ilusos, serviles. – abalanzándose a los genitales, desagarrándolos hasta las entrañas. Bañados, por ríos de sangre, y llevándose en su vuelo, entre sus garras, mi miembro y uno de los eslabones transparentes de la cadena que representaba toda mi inocencia.
- -¡No, no, no! --Desperté, gritando horrorizado. Era una maldita pesadilla, y, por instinto, manoseando mi herramienta del amor, dí gracia a Dios, por haber sido sólo un mal sueño. Casi enseguida, se abrió la puerta de mi dormitorio, apareciendo el cabo de servicio y como asustado preguntó:
- ¿Qué le pasa, soldado? ¿Porqué está gritando como loco? –Yo contesté:
- Tenía una pesadilla, mi cabo.—Este respondió:
- -Bueno, levántate con uniforme y dirígete al muelle. Falta un pelao pa´hacer una pega corta y de ahí te venís a acostar. Así te relajái.
- A su orden, mi cabo. –Como choreado, igual obedecí. Eran cerca de las l5 hrs.. Junto con cuatro pelaos, al muelle mar. Al llegar, encontramos un camión militar, donde un suboficial ordenó cargar unos sacos con mariscos, que estaban sobre un carretón. Y más allá, el jefe, que el día anterior nos regaló erizos, con el carretón. Nos dirigíamos al camión del jefe, lo descargábamos, para cargar el camión militar. En una pausa, para descansar, uno de los pelaos habló:
- ¡Mira, la rucia Mireya! –Miramos, y sí, era ella. Caminaba derechito a nuestra posición, con zuecos, jeans pata de elefante y una polera blanca ajustada. Irradiaba pura pasión. Se veía rica, su cabello suelto, acariciado por la brisa, se veían dorados por los rayos del sol. Con su caminar, hasta los perros se calentaban. Todos los pelaos, la mirábamos embobados, con cara de calientes. Ella pasó indiferente, pero me miró y dijo:
- ¡Hola, guerrero del amor! – Y siguió caminando. Yo quedé mudo de la impresión. Ella de su mano, traía una pequeña niña. Las dos llegaron donde el jefe, saludándolo con besos y demostrándole su fiel amor. La niña, diciendo :
- ¿Papito, me trajiste un regalito? – El jefe abrió la puerta de su camión y unas bolsas a cada una les repartió. Ella preguntó:
- ¿Vuelves a Iquique? –El dijo casi feliz:
- -Esta noche no. Mañana me voy en la madrugada, mi amor, vuelvan a la casa. Más rato voy, mi amor, chao.
Chucha, que descaro, yo había cagado al jefe, que con tan buena onda me había obsequiado esos erizos. Era increíble. Me acordé del dicho: Haz el bien, sin mirar a quien. Pero a mí se me transformó el refrán en: Gorrea bien, sin mirar a quien.
Mientras, el hombre jefe trabajaba, la rica rucia Mireya, con los pelaos, lo cagaba.
Vida de incredulidad, vida real, era la misma vida que debe continuar. A porrazos, tropezones, caídas. La vida debe continuar, por el difícil camino del bien, o por el desequilibrado camino del mal.
Cuando terminamos lo mandado, el suboficial del camión militar,
ordenó retirarnos. En el camino, uno de los pelaos, preguntó si conocía a la rucia Mireya. Yo, como sobrado y orgulloso comenté como la había conocido y los favores que gustaba de hacerle a los pelaos. Estos quedaron locos, pensaban en excusas tontas, para poder irse al tiro pa´llá. Estaban en el umbral de la lujuria, dispuestos a cruzar la barrera de lo más inmaculado, a lo más oscuro. En la guerra y en el amor, todo está permitido, sin pedir perdón.
Sabiendo que estaba en libertad de acción, me acordé de mi fusil perdido y decidido ingresé al hotel cuartel, con la única meta de buscar mi fusil con balas yerba. Registré todas las armas que ví. Nada, parecía que se había esfumado, el güeón. Al ingresar a uno de los dormitorios, donde descansaban los pelaos, les relaté el cuento del fusil extraviado. Ellos comprensivos, verificaron sus respectivas armas, ya para mi desconsuelo, no estaba la cagá. Uno de ellos, en forma irónica, comentó:
-Indio culiao, de repente te lo fumaste en la torre, güeón. Tenían la mensa humadera, güeón. Ja, ja, ja. -- Todos se reían con la talla. Re chuchas, los guasos habían cachado el mote, pero se hicieron los güenos, rezando pa´que no quedara la mensa cagá, como después me contaron, ya que les expliqué el motivo de porqué había salido tanto humo.
Eran terrible buena onda los pelaos milicos, con bototo y todo. Nos cuidábamos y protegíamos de cualquier cagá que hiciéramos. Te gritaban igual las hallullas a todo hocico, pero entre soldados. Nos amábamos y nos queríamos entre guasos culiaos e indios culiaos, sentíamos que otro ejército vivía entre el ejército.
-¡Formar soldados, al rancho, formar, alinear. Vista al frente. Posición de descanso, a discreción! -- Ordenaba el cabo de servicio que en sus manos sostenía un bolsón de lona. Diciendo por último:
-¡Soldados, llegó correpondencia! ¡Pongan atención! El soldado que sea nombrado, viene a retirar su carta y vuelve a su puesto.
-¡A su orden, mi cabo! --Contestamos ansiosos y expectantes.
Justo cuando el cabo iniciaba lo anunciado, se escuchaba venir la columna de presos políticos entonando el himno pa´l güeveo:”Libre como el viento”. En el ambiente, transformado por algo inexplicable, todos nosotros, los soldados, nos pusimos en posición firmes. Los enfrentamos con la mirada; con nuestra actitud, queríamos darles a entender que los respetábamos a todos por igual, compartiendo esa super mala onda, con la esperanza, al igual que ellos, por esa cagá que algún día se tendría que disipar. Pensando en la cordura, cuando los milicos conocieran el significado de las palabras, intolerantes, democracia y libertad.
El cabo, rompió ese momento con su orden:
-¡Soldados! ¡En posición de descanso! ¡A discreción! ¡Atención soldados fulano, merengano, sutano, Demián! -- Que emoción, salí rápido a recibir mi correspondencia, pensando casi seguro que era de mi ex pololita, y preocupado por si ella supiera que la había gorreado. Seré güeón, así era el amor. Chucha, como que aterricé, cuando leí el remitente, era de mi mamá. De la desilusión pasé como un rayo a la ilusión. La abrí al tiro, empezaba diciendo:
Querido hijo. -- Me cubrió todo mi ser de nostalgia, lleno de lágrimas mis ojos, emocionado hasta no sé donde, remecido mis añorables recuerdos, como que reviví. Cuando seguí leyendo, contaba que mis hermanos se encontraban bien y que deseaban tanto tenerme de vuelta en la casa, para escuchar mis leseras y chistes fomes que a todos entretenían.
Yo, a mi familia, los amaba hasta el infinito ida y vuelta. Cuando uno se siente solo y medio cacao, más quiere a su familia. No sé por que, pero así es la vida.
Mi mamá, como siempre, lo repetía, al despedirse recalcaba: Pórtate bien mijito, que nada cuesta.
Y para sorpresa, después de la recomendación y despedida, en un espacio casi al final de la carta, mi mamá pedía, que si era posible averiguar por la situación de mi primo Renato Vargas, por el cual no tenían noticias, ya que mi tía Yolanda, estaba desesperada por su hijo, y había ido a preguntar a varias partes, y le negaban toda información. No sabía si mi primo estaba vivo, muerto o en prisión. Por favor, mijito, trata de contestar lo más rápido posible. Te quiero mucho. Tu mamá.
Concha de mi madre, güeón. Cuando empecé a leer la carta lloriqueaba de emoción y había terminado leyendo más serio que la chucha. Las lágrimas de la emoción, se me resecaron al tiro. Quedé pa´dentro. Jaque infinito mate.
Al leer esa linda e inesperada carta con la ilusión de que era de mi amor, chao, era de mi mamá. Y lo que al último, como favor, pidió que le averiguara, más desconcertada era mi situación. Me reconfortaba saber buenas noticias de mis seres amados, pero que hiciera güeás medias extrañas a mi onda milico, como atornillar al revés. Esa güeá, me asustaba.
Después, se acabó el recreo. El cabo ordenó formar:
-¡Giro a la derecha mar! 1.2.3. – Marchábamos al compás, entre el camino, un soldado formado y marchando delante de mí. En un ademán de desprecio, tiró al viento unos papeles que eran lo que fue alguna vez una carta. Yo, como comprensivo y para animarle, le pregunté:
-¿Guaso culiao, malas noticias? -- Él dio vuelta la cara, dejando ver sus llorosos ojos y como un lamento concluyó:
-Era de mi polola, me cagó.-- Levantando su mano, queriendo disimular sus lágrimas de amor. Yo, también, antes pasé por esa horrible sensación. Era como un puñal que te atraviesa el mismo corazón, hasta el alma se te partía por el dolor.
Nuevamente, y para compartir su dolor, le conté al pelao que también me pasó la misma güeá, y que a varios pelaos le pasó igual, así que vos no soy el primero ni el últimos. Te voy a dar la receta del pelao milico. Cuando salgái del servicio milico, en la vida civil, si algún día la veís, le pegái dos cachas, una patá en la raja y chao pescao. El consejo, me salió con tanta gracia, que hasta los otros pelaos, que formaban y marchaban, se rieron y cachando que el cabo se había alejado, entoné el himno del pelao: cachar y volar, viva el servicio militar; cachar y volar, viva el servicio militar.
Juntos nos sentamos con el pelao, comentando éste, que su pololita, más encima le pedía comprensión y perdón. Yo más picao, le decía:
-Todas dicen lo mismo, perdón y comprensión, mientras se hacen tira con otro güeón. Lo peor es que las lindas te escriben sabiendo que estái más lejos que la chucha de donde viven o están güeviando. La mina mía, me escribió de Arica. La güeona sabía que ni cagando iría a güeviarla a Arica y menos estando encerrado por los milicos. Para ellas, simplemente, es: fuiste güeno, pero cagaste. Chao, pelao culiao. Y tu mina es de Ovalle, cacha, más lejos que la chucha güeón. Ellas saben que en el servicio estái todo cagao, y encima te cagan más. Encerrado, cagao, gorreado. No tienen perdón de Dios. Las mujeres son tan buenas, pero cuando se ponen malas, chucha que son malas. Alguien dijo por ahí:
-A las mujeres, sólo hay que quererlas, porque nadie puede comprenderlas, güeón. – Y seguí hablando:
- No te olvidís nunca de la receta del milico: dos cachas, una patá en la raja y chao pescao. Si es que podís decirle chao, porque de repente, otra vez quedái cagao, güeón. Ja, ja, ja.
Al final, terminamos riéndonos de nuestra situación. La risa, remedio infalible, como alguien escribió por ahí.
Después, cada uno a sus dormitorios. Tirado en mi cama, buscando una respuesta al favor, tan especial, que pedía mamá, creía que si me cachaban dando alguna información que no estuviera acorde con mi situación militar, sabiendo lo cuático que son los milicos, reprochaba la onda militar, pero nunca tan güeón, pá meterme en las patas de los caballos, y para mejor, les conté mi mala onda a los pelaos compañeros del dormitorio, dándoles a entender que la cuestión se veía pelúa y no era un simple güeveo. Los pelaos, escucharon mi problema, pero cuando no encuentra una lógica y prudente solución, no toman nada en serio y uno salió con la media empanada diciendo:
- No hagáis ni tal de contarles, capaz que te cachen los milicos, y te acusan de ultra espionaje y seguro que te fusilan, güeón. Ja, ja, ja.
Otro, siguiendo el güeveo, agregó:
-Dile que esa parte de la carta, como que se borró o como que se olvidó justo leer ahí. – Otro pelao, como que se puso más güeón diciendo:
- Dile a tu mamita, que lo vai a rescatar y que tu tía te espere en un bote a remos en la playa, güeón. Ja, ja, ja.
Al final, ninguna solución. Éramos tan tiernos, pero dentro de todo ese güeveo, encontré la solución: Le diría, al teniente, antes de formar para la retreta, si el oficial autorizaba, y además, le prometería que le mostraría la carta antes de enviarla a Iquique. También se los comenté a los pelaos de mi dormitorio, lo que encontraron como una brillante solución.
Del dicho al hecho. Antes de formar, hablé con el oficial explicando mi problema familiar. Él, sorprendido, contestó:
-¿Usted, no sabía que él se encontraba preso?
-No, mi teniente. Yo soy iquiqueño. Acá hay varias personas que conozco y están presos. –El oficial, como molesto habló:
-¿Hay más soldados de su ciudad?
-Si, mi teniente. Y a todos les pasa lo mismo. –Este dijo como consuelo:
- Que falta de tino por parte de los superiores. No pensamos en ese detalle. Bueno soldado, lo felicito por su actitud. Eso es disciplina militar. Lo autorizo para dar respuesta a sus familiares y dígales, que por lo menos, de salud física, se ve bien, pero emocionalmente, sólo Dios sabrá.
-Gracias, mi teniente. – Me retiré, descansando por haber solucionado ese problemita.
Formados, la retreta, Buenas noches soldados. A sus dormitorios, mar .En mi cama, comenté a los pelaos la buena onda del teniente, que autorizó escribir mi carta. Después, tranquilo, relajado chao, zeta.
Me veía enjaulado, en pelotas, amarrado, apareciendo unos fornidos soldados llevándome a un patio. Aparecen miles de milicos, que me pegaban miles de patadas en el trasero. Un general gritando:
-¡Ese es tu castigo por desobedecer la orden militar! No tenís porque informar ninguna güeá, a ningún familiar. Estái en un juicio militar. Te vamos a fusilar. ¡Al paredón! Estái muerto, fusilado por sapo pelao culiao, y… chucha, desperté re asustado y todo meao. La pesadilla penca, güeón. Más encima meao…. Mirando a todos lados, cachando a todos los pelaos durmiendo, calladito, dí vuelta el colchón, la sábana de arrriba la puse abajo. Lo mojado lo escondí y me tapé.
Con la meá, olvidé la pesadilla. De repente, ¡oh! Me acordé del cargador de mi fusil el balas yerba. Me revolvía la cabeza ese detallito. Había revisado todos los fusiles de los soldados y suboficiales, en el hotel cuartel. Casi caí de la cama, al concluir que seguro, lo tenía algún oficial. Ellos eran tres. Tenían sus dormitorios individuales al otro costado del de nosotros. En ese sector, ningún pelao güeón, ni las pulgas, absolutamente nadie, podía ir a güeviar allá sin autorización. Quedé más que grave, de sólo pensar si me cachaban. Chucha… que mala onda, y zeta, zeta.
Diana, 06.00 hrs., levantarse, ducha, rancho, formar, órdenes. Al relevo de guardia, con los mismos soldados de la patrulla guerreros del amor. Fuimos enviados a Piragua Viejo, hacia el norte y último puesto. Del oficial ordenó subir al jeep, dirigiéndonos al lugar, llegamos a las faldas de un cerro que terminaba en forma de un gran morro hacia el mar, haciendo el terreno una especie de curva, dejando un terreno ancho y plano, donde se veían semi enterrados dos durmientes y a un costado una jauría de zorros, más una gran cantidad de jotes. Al oficial y, a todos nosotros, nos sorprendió ese espectáculo. Este comprendiendo la situación, exclamó:
-¡Animales de mierda, se están comiendo los cadáveres! – Bajando y avanzando, desenfundó su pistola, disparándoles a los animales carroñeros. Al primer estampido, éstos huyeron y volaron como molestos, por ese intruso que les interrumpía su macabro banquete. Al quedar despejado de los animales el terreno que se veía removido y aceitoso, asomó la cruda verdad. Esos durmientes eran el patíbulo, esa tierra removida, eran las tumbas ordinarias de unos chilenos muertos por chilenos.
El oficial se detuvo unos minutos en ese increíble, patético e ignorado lugar. Miró alrededor, quizás, sintiéndose ofendido por la falta de respeto de esos animales con los muertos, pero daba la impresión, que se sentía culpable que se desenterrara esa maldad.
Éste volvió al jeep, ordenando que subiéramos por ese sendero marcado en los continuos relevos de los guardias y agregó que bajaran rápido los del relevo.
-¡A su orden, mi teniente! – Contestamos con un ánimo de complicidad al cachar esa verdad.
Subimos el sendero, con un mar de confusiones, con una tormenta de dolor, tratando de ser normales en lo irremediable.
El pesado camino de acceso, nos alejó de esa mala onda. Al llegar a la cima, encontramos a la guardia en una trinchera, donde había un gran cañón del tiempo de la Guerra del Pacífico de 1879. Con los guardias del relevo fuimos recibidos con unos preciosos garabatos, también ellos comentaron que habíamos llegado al Paraíso.
Ese puesto de guardia se encontraba en la cima y al borde de un acantilado que terminaba en el mismo mar, al costado norte, una pendiente de 45°, donde, desde la altura se veía la desembocadura de un río y volando miles de aves marinas de distintas especies.
Estábamos maravillados de ese precioso espectáculo. La vista no se fatigaba de observar. Era el paraíso, majestuoso, asombroso, sobrecogedor. Esa era la frontera del bien, el Norte de Pisagua Viejo. El Sur de Pisagua Viejo, la frontera del mal. El mismo infierno viviente, nosotros en el límite fronterizo de la paz. Sólo Dios podía haber creado ese inmaculado lugar. Faltaban ojos para apreciar ese espectáculo de la naturaleza: la libertad, la cordura, lo más puro. Que ironía de la vida, los animales nos daban una lección de vida, de unión, de convivencia, de respeto y derecho a convivir en armonía con la tierra.
Esas aves, eran más que hippie: amor, paz y volar. Varias volaron muy cerca de nosotros. Nos observaban complacidas de compartir su paradisíaco lugar y, quizás, diciéndonos: esas armas y ropas de guerra aquí están de más. Este lugar es un santuario, donde reina el amor y la paz.
Las aves, con sus graznidos y aleteos, guiados por su instinto, se fueron internando hacia el mar, dando la impresión que se dirigían a trabajar.
Después, la suave brisa del mar, interrumpía el silencio. La bandada se perdió confundida en el horizonte. Quedamos solitarios en ese precioso lugar. Llegado casi al medio día, el sol achicharrándonos. Hasta el tiempo se había consumido. Casi desvanecidos por el calor, nos acercamos a la orilla del acantilado, donde el aire salino, era igual que un ventilador. Ese lugar nos refrescaba de esa situación, evitando el vértigo, que nos invitaba a lanzarnos al mar.
Que sensación más loca, habiendo un inmenso océano al frente, una gran desembocadura de río, agua por todos lados, pero lo inaccesible del terreno hacía imposible tirarse al agua. Lo único que se deseaba, era echarse una bañadita. Pero nada. Esa posición geográfica era prohibida para los humanos.
Todos venteándonos, sentaditos entre los riscos.¿Qué otro lugar podría ser mejor? Nos sentíamos fresquitos con el vientecito; te invitaba a mirar a reflexionar, a meditar. En ese lugar místico, para mí todo era curioso e interesante casi vital. Lo anterior, simplemente secundario. Gozaba de mi libertad sintiéndome tranquilo y ordenado. No había miseria, no había divisiones miserables, la virilidad de mi alma, sólo necesitaba ver los perdidos colores del mundo. La naturaleza marcaba lo individual y lo futuro, los demás vivían por su voluntad de permanencia. Sentía que la humanidad era algo terminado.
En el atardecer, se veían nubarrones acercándose a la tierra, regresaban las miles de aves a su morada, a descansar de su agotadora jornada. Las rocas, la arena, la tierra, perdieron sus colores, todas las aves descansaban sobre ellas. Aleteaban y, con una actitud de gratitud, levantaban sus cabezas al cielo, emitiendo graznidos de sentirse agradecidas por haber tenido un nuevo día de amor, paz y vida.
El sol, perdido en el horizonte, invitaba a la noche a cuidar esta tierra. La luna llena, mitigaba la oscuridad, acompañada por infinitas estrellas, que mostrando su distancia, no se querían contagiar con la tierra llena de maldad.
El cielo puro, transparente, intangible, acompañado del sonido del mar, de las olas al ir y venir. La brisa recorría lo más íntimo del alma, renovándola de esperanza y optimismo por el incierto futuro.
Todo ese conjunto de paz y amor, sintiéndonos sobrecogidos y apabullados, no nos daban ganas ni de pitiar. No quisimos fumar ni un solo pitito, estábamos volados lúcidos, era increíble, en la cima de la cordura, también por miedo, en una de esas, volado, capaz que algún güeón se hubiera ido guarda abajo del acantilado.
¡Qué mundo! ¡Qué vida! Parecía, que por los actos de nosotros los humanos, no pertenecíamos a él.
Toda la noche, permanecimos como algo extraordinario, despiertos toda la guardia. Ni güeas hablábamos, hipnotizados por ese panorama, creyendo escuchar a Dios que nos recalcaba: la vida vale más, sólo el amor y la paz, de dicha tu camino por la vida y la paz te llevará. Ama hasta morir, ama tu tierra hasta morir, esfuérzate por el bien hasta morir. Si la amas, déjala partir, déjala ir. Si ese amor en el momento más difícil de tu vida sólo te despreció, acéptalo porque nunca te amó.
Llegó el amanecer, tras de él, relevo de guardia, anunciando sus buenos días con improperios. Extrañados por vernos tan apaciguados, le relatamos lo lindo que nos habíamos portado y que, en el Paraíso, los dejábamos.
Llegamos abajo, el jeep con el oficial nos esperaba. Los saludos de reglamento y chao. Cachando que el patíbulo, nuevamente lo habían ordenado. Seguro que los pelaos habían trabajado en eso.
De ahí pasamos al rancho, comentamos el lindo lugar. Todos opinaban lo mismo. Era sobrecogedor, lo mejor de Piragua. Allí había pura paz y amor.
De ahí a dormir. Como a las 17.00 hrs. nos despertaron. Formados para ir al rancho. En el comedor nuevamente se hicieron comentarios del hermoso y paradisíaco lugar, todavía seguíamos maravillados. Sólo reaccioné con la realidad, cuando escuchamos el himno del güeveo que cantaban los presos políticos, camino a la cárcel a descansar.
A las 21 hrs. retreta y a dormir. En el dormitorio comenté, a los pelaos, donde había estado. Ninguno de ellos aún conocía ese lugar, pero con lo que conté quedaron impresionados y con la esperanza de poderlo conocer.
Una vez terminado mi relato, todos acostados, yo totalmente relajado, envuelto en una nube de paz y amor, mi alma tranquilamente con mi cuerpo, al mundo de los sueños viajó.
Amanecer, Diana, d06.00 hrs. Levantarse, formar, rápido al rancho. Después a las 8.00 hrs., formar, iniciación de actividades. Órdenes al relevo de guardia. Fui enviado a la cárcel, mi primer turno, en la puerta de entrada hacia las celdas, donde de cerca podía observar como ordenaban a los presos políticos formar, para dirigirse a trabajar. Seguro que a las barracas. Después de un par de horas, mi relevo y a descansar. Nuevamente después del descanso, a formar, donde fui enviado al relevo de la puerta principal.
Ubicado en mi puesto, después de unos lindos saludos con el pelao saliente, permanecí en mi lugar, aún rodeado del aura producida en la parte de Pisagua Viejo. Lo que me trajo a la realidad, fue ver como ingresaban al pueblo, dos camiones más un jeep, y en uno de ellos, traían como carga, presos políticos. Estos vehículos se estacionaron frente a la cárcel. Oficiales y suboficiales rápido bajaron, ordenando a viva voz, que descendieran los presos. Los ordenaron, contaron y después hicieron entrega de éstos a los oficiales a cargo del campamento de prisioneros políticos de Pisagua.
De inmediato, abandonaron Pisagua los vehículos militares, mientras los tres oficiales ordenaron a los presos recién llegados, sacarse toda la ropa, menos los pantalones, inclusive los zapatos y calcetines, dejando sus pilchas sobre sus bolsos con los que llegaron. Después ordenaron dirigirse a una cancha de football, que estaba al frente de la cárcel, al trote mar, siguiendo el rectángulo formado por las líneas de la cancha y amenazándolos:
-¡En ese lugar terminarán su curso de guerrilleros extremistas, güeones! -El sol del medio día, quemaba. Los primeros trotes a pié pelado, demostraban que los presos, se quemaban. Los tres oficiales, armados con un palo amarrado en su extremo un grueso cable, como látigo, lo usaban. Los presos trotando en una sola fila. Eran veinte. A cada uno, latigazos, insultos, patadas, combos. Ninguno se salvaba. Varias vueltas dieron alrededor de la cancha, en cada pasada, los oficiales, casi trastornados o frustrados, como ofendidos en lo más puro de su ser, descargaban su furia loca, su éxtasis de la muerte, su alma de militar, mostrando su agresividad al límite de lo irracional. Con que ganas agredían a los de la Unidad Popular.
Entre la polvareda, agresiones y más trote. Unos caían por su condición física. Ilusos creyeron que no les pegarían más. Que inocentes, a puras patadas y latigazos, solitos se volvían a parar. Varios presos, fatigados, caían. Los tres oficiales, con expresiones de odio, se abalanzaban corriendo hacia el pobre desgraciado caído y a golpes e insultos, lo animaban a seguir trotando o si no, repetía el curso.
Los oficiales les gritaban a los presos:
-¡Llegaron a la escuela de guerrilleros, nosotros somos los instructores, comunistas culiaos, vende patrias culiaos. Su revolución cagó y se acabó!
Los militares chilenos derrocaron al gobierno de la Unidad Popular, por sus acciones de violencia armada, realizadas por sectores de la ultra izquierda marxista y leninista.
Los militares en el poder, por la ultra derecha económica, se veían contagiados o realizados en sus acciones de violencia.
Los militares odiaban a los de la Unidad Popular. Ese odio a muerte, nadie en el mundo, en el universo, en no sé donde chucha, se podría mitigar. Quizás, con varios muertos, la cordura disiparía el odio ciego, que alimentaba a los militares. Su locura de guerra, creyendo que aplicando muertes, torturas, violencia, su verdad inquebrantable, todos debían respetar.
Seguían trotando los presos, humillados hasta el polvo, denigrados, violentados, torturados. Así los militares les daban la bienvenida. Con ese recibimiento, los presos de Pisagua, jamás se olvidarían, seguro que los iba a acompañar por el resto de sus vidas, o si la suerte no los acompaña, en Pisagua, los militares los harían desparecer para siempre.
Una pausa del trote infernal, al suelo a todos les ordenaron dejarse tirar, mientras los oficiales, creyendo que esos cuerpos eran una alfombra de despojos humanos, los pisoteaban una y otra vez. Los milicos con sus bototos, felices, como que marchaban sobre esos infelices.
Nuevamente, ponerse de pié. Los dirigieron hacia una pequeña loma, subían por una fácil pendiente, la que terminaba casi recta, con una altura de más o menos 5 ó 6 metros con un declive de rocas y más tierra. La primera vez, todos muy bien hacia abajo saltaron y los hacían devolver por donde habían comenzado. De a poco, veía que algunos, simplemente, envueltos en la polvareda y porrazos abajo, simplemente caían igual que sacos de papas, bajo las amenazas del oficial, volvían a continuar. A duras penas subían, daba pena ver como de nuevo caían.
Yo no sabía bajo qué cargos a esos presos los traían, pero estaba casi seguro, que sólo eran por sus ideales políticos que alguien les enseñó, para mejorar su condición de vida, pero los milicos le demostraban que, en Pisagua, sus ideales políticos empeoraban sus condiciones de vida.
Terminada esa sangrienta lección a punta y codo, de uno en uno, arrastrándose con los codos, enfilaron hacia la cárcel. Hasta los oficiales se veían fatigados de dar castigo, estaban cansados. Uno de los oficiales se adelantó e ingresó a la sala de guardia, como para relajarse de ese martirio, los sonidos del piano hizo escuchar. El güeón, a los presos violentados, los homenajeaba con la única güeá que sabía y en el piano tocaba:”Tocata y Fuga” de Johann Sebastián Bach. El edificio de la cárcel, con su acústica, lo agraciaba. Se oía hermosa la melodía, pero a la vez, se veía horrible la audiencia, que torturada, obligada, golpeada, ensangrentada, arrastrándose, con sus caras de espanto, pensaban que oían música selecta o eran alucinaciones auditivas que emitían los ángeles del demonio, custodios del infierno de la cárcel de Pisagüa.
De guardia en la puerta principal, mi alma, mi corazón, mi razón, también fueron golpeados sin razón. La tortura en lo más hondo agrietó mi corazón. La maldad, la crueldad, la violencia extrema, el límite de la vida y la muerte, la sentía ahí, viva, presente, elocuente. Mi maldad aparecía, al verme agredido al filo casi de la muerte. Conocía ese sabor, el éxtasis de la muerte. Si enfrentaba a un guerrero armado, reaccionaba trastornado, casi sintiendo el mismo placer del enemigo: darnos muerte y el que vivía, sentía su placer cumplido, sin remordimientos, sin culpas, sin rencor.¡Era la guerra!... ahí descubrí ese sabor.
Esos enemigos, esos guerreros, esos hombres, esos presos, esos desarmados, estaban seguros que ni un petardo les habían encontrado. Había órdenes militares que al civil que se sorprendiera portando un arma de fuego, en el mismo lugar se le ejecutara.
Mi actitud de guardia en la puerta principal me avergonzaba, mientras ellos se arrastraban, humillados. Sentía en mí, una roca en la garganta. Se veía, se presentía, los milicos parecían poseídos del demonio. Los presos con sus miradas perdidas por el dolor, perdida su mente por encontrar una explicación, acataban esa sentencia al mal castigo, mostrando sus rostros invadidos por el temor.
Concluyó la melodía selecta, hasta que el último auditor ingresó a la cárcel. El oficial pianista terminó su concierto, sin sentirse en lo más mínimo ofendido por no haber recibido un mísero aplauso. Él comprendía que su público, ocupaba sus manos en tratar de limpiarse sus heridas ensangrentadas, cubiertas de polvo.
El satánico oficial, ingresó a una celda con los recién llegados, y se molestó porque uno de los presos, fatigado y torturado, en el suelo se tiró. Éste loco de ira, a patadas ordenaba que ahí nadie descansaba, feliz al preso lo pateaba, pero un milagro, un descuido, un castigo divino, algo fortuito hizo que al oficial se le desprendiera su pistola de la cartuchera. El arma al caer al suelo, se disparó. La bala le atravesó su pierna y salió...todo el muslo derecho del oficial, perforado. El mismo preso que había recién pateado, recogió el arma, y en sus manos, se la entregó.
El oficial, sin perder su actitud, ni se amilanó, como indiferente, de la celda salió. Los dos oficiales, incrédulos y, para no contarlo, a su lado se acercaron. El oficial, como queriendo decir algo, de hocico se fue al suelo. Se desmayó. Quedó la cagá, pobrecito el oficial, como algo tan horrible le pudo pasar, como la vida a este pobre hombre tan mal le ha de pagar.
Rápido los tres oficiales, más unos pelaos asustados, a la enfermería se lo llevaron.
Así terminó el show de bienvenida a los que ahora descansaban en prisión.
Increíble, pero cierto, la más pura verdad, esa insignificante bala, terminó con esa maldad, con esa tortura, con esa brutal locura. Sería Dios, que de todos se apiadó, o sería el diablo que de ver tanta maldad, se asustó.
Pensé que la razón en ese acto se materializó. Pensé que la razón se apoderó de la maldad irracional. Que los hombres en su locura agresiva, no son capaces de razonar.
Milicos culiaos, malos, milicos trastornados, esos milicos de la cabeza estaban cagados. Yo, en el puesto de guardia, parado, sintiéndome como las güeas, sólo la razón diciéndome y repitiéndome:
Acá estái obligad, pelao culiao, estái cumpliendo tu servicio militar obligatorio, por el bien de tu país, por tu bandera chilena y tu escudo nacional, que dice clarito: por la razón o la fuerza. O el lema de nuestro glorioso y victorioso ejército de Chile: Vencer o morir.
Vencer las malas ondas que daban los milicos, vencer la cagá que leía y admitía todos los días, vencer todas mis ganas que tenía de parar las güeas de Pisagüa y de los milicos culiaos. Vencer las ganas que tenía de fumarme un pito pa´sacar esa mala onda o morir esperando mi libertad. Morir sin amor y paz, morir de a poco, morir de pena, morir como hippie frustrado, morir sin ver a mi ex pololita, para darle la receta del milico, morir sintiéndome torturado, morir como güeón, morir sin razón.
El sol, culiao, de frente me daba en ese puesto de guardia, la sombra no me acompañaba. El cabo culiao, que debía hacer los relevos, se había motivado, andaba por la cárcel mostrándose, y como diciendo, yo también soy re malo presos culiaos. Con la media cagá, el festival de combos y patadas, ya se había que rato acabado. No había relevo, comida ni descanso. Todos los pelaos, seguíamos en los mismos puestos parados. Hasta pensé que justo, cuando yo estaba ahí, llegaron los presos y por culpa de ellos y de los milicos culiaos, todo ese montón de güeones, me tenían harto, chato, lleno, cabriao. El hambre, la calor, la fatiga, me tenían trastornado.
Al fin el relevo, el pelao que a mi puesto llegó, sin el más mínimo ánimo de güeviar, como un correcto soldado se presentó. Sólo cruzamos nuestras miradas, con los ojos llenos de pena, con la expresión de haber presenciado ese momento aterrador. Ninguna palabra mitigaba nuestra misión en Pisagua.
En el descanso, por fin, almorcé. El aroma de la cazuela y después los porotos, de bajativo un jarrón de té. Como si nada. La vida continuaba. Guatita llena, corazón contento. Primera vez, que encontré la razón a esas palabras tan populares. Mientras comíamos, una nube de sensaciones extrañas envolvía a todos nosotros, que en la sala de guardia descansábamos. Ni nos mirábamos, no hablábamos, no güeviábamos, enajenados, molestos, taciturnos, utilizados o resignados. Lo más claro que sentía es que me sentía transformado.
No sé porqué, comparé mi situación militar actual, con la actitud que sentía los primeros meses como pelao milico. Los primeros días de conscripto, no lo quería creer, de a poco como que me gustó el entrenamiento físico y conocimiento de las armas, me encantó. Aprendí a amar a mi patria y bandera, eso no se aprende en la escuela, como que no te llega. En el ejército, te nace el patriotismo, el orgullo te hace poner los pelos de punta cuando izan tu bandera. Todas esas emociones, no las conocía, en el ejército las conocí. Cuando desfilé como militar en la ceremonia del 21 de Mayo a los héroes de Iquique, todos los pelaos, marchábamos sintiéndonos orgullosos, felices, y en la marcha, mirando de reojo a las lolas que se ubicaban casi al lado de la columna de soldados, ellas nos miraban curiosas y provocadoras, como queriendo pinchar, sabiendo que nosotros, los pelaos, desfilábamos contentos y esos deslices podían esperar.
Creía que lo mejor de mi vida estaba comenzando. El servicio militar, mi cuerpo y mi alma los había cambiado para bien. Me sentía más viril, más hombre, más entero, más decidido, casi feliz. Después que mi ex pololita me había pegado la patá en la raja, al principio sufrí, pero al otro día de recibir esa mala noticia, salí de franco. En el camino a mi casa, una amiguita encontré. Por la cara que ella puso cuando me vió, puras flores me tiró. Esa misma noche nos juntamos y todo, todito enterito, me probó. Todas las veces que de franco salía, no había mina que no se resistía; en serio, serían los porotos, porque se había desarrollado todo mi cuerpo, en especial mis partes privadas y mi trasero. Yo no sabía que a las mujeres, les atrae el trasero gordito, durito, paradito. Todas las minas lo repetían, ellas decían que si uno tiene el trasero paradito, es porque tiene su presa rica. ¡Que sorpresa! Y fue bien recibida, me encantaba ser milico, pelao milico antes del golpe militar lo había pasado super rico. Después del golpe militar, parece que los milicos, nos estaban pasando la cuenta. Todo se había transformado, todo había cambiado, desde el presidente, hasta el último indigente.
Al final concluí que antes le había sacado provecho al servicio milico y lo había pasado super rico, y como ahora, la situación de raíz cambió, me sentía como usado, mal tratado, viviendo momentos tristes, bajoneado sin poder güeviar. Sí, así lo sentía. Lo descubrí en el fondo de mí, estaba super picado con los milicos culiaos.
Riéndome, como burlándome de mi condición de pica, más me reía, era una risa loca, la locura mitigaba mi pica, ja, ja, ja. Ejército de Chile, disciplina militar, vida de militar. Era un hombre maduro, en el ejército encontraba la seca y la meca de la vida. Ellos te daban unos pequeños barnices de lo que será el resto de tu futura vida.
Un pelao de la guardia, dirigiéndose a mi persona habló:
- Indio culiao, te dá risa esta cagá, güeón. A mí no, guaso culiao. Me rio de picao y no tengo ningún pito. Quiero volar y volar, y volar, volar, volar chao. Voy a cagar. Toda esa mala onda me produjo cagadera.- Parándome para salir a cagar, el mismo pelao dice:
- -Espera, toma, vuela y sé feliz, indio cagón.-
- Gracias, mi comandante, a su orden me lo fumaré, chao guasito culiaito. – Al salir, en la misma puerta, casi choqué con el oficial. Él, de inmediato, ordenó:
- Usted, soldado, sígame.
- A su orden mi teniente. – Caminamos por unos pasillos al interior de la cárcel, llegando a una sala que decía: enfermería. Ingresamos, donde encontramos al oficial autobaleado. Tenía la cara de güeón, como que se hacía el güeón, casi poniendo cara de perdón. Ahí, ordenaron que yo ahora, era enfermero de guardia. Cualquier güeá que se le antojara o pidiera, el oficial desgraciado, concertista en piano, debería salir más que corriendo a buscar al suboficial enfermero.
- A su orden, mi teniente. –El enfermo, por sus síntomas, daba la impresión que yo, para él, no existía. Mejor, así no tendría que entretener al güeón. Yo, con harta actitud de indiferente. Casi, de inmediato, entró el enfermero suboficial, tratando con cariño y cuidado al oficial. Le pidió, por favor, tráguese estas pastillitas, con esto se va a calmar, porque le harán dormir y el dolor se le vá a pasar, mi teniente. Faltó poco que le dijera pobrecito mijito, usted que es tan buenito. El suboficial enfermero, no podía ser más chupa medias… --Dándose vuelta, él mismo güeón, me ordenó:
- Soldado, cualquier cosa, me avisa.
- ¡Sí, mi suboficial. A su orden! --Le contesté, como preocupado. Claro, que estaba preocupado. Preocupado de que parece que no le dolía la pata, al infeliz.
Cerca de las 24 hrs., seguía solo en la sala de enfermería. El enfermo seguía echado tranquilito durmiendo. Ni la pata le dolía, al culiao, mientras, yo leí un libro que había sacado de un velador, era de un autor ruso Alexander Solyenidtzen, el título del libro “Pabellón de cancerosos”. Este relataba las preciosuras y lindos recuerdos de unos sobrevivientes presos en la Liberia drusa, bajo el gobierno del inmaculado y revolucionario Lenin. Puras desgracias, pero algunas güeás, me entretenían. En todo ese ajetreo, en la cárcel se escuchaba todo en calma. Lo ideal pa´volar, en la misma sala, otra puerta interior había, por ahí salí, un pasillo y al fondo un patio de luz. Saqué el pito, entres tiempos, chao. Al tiro por donde llegué, me devolví. Llegué a la misma sala, como si no hubiera abandonado al desgraciado. La habitación en penumbras se alumbraba por el reflejo de la luz del pasillo, que por un gran ventanal apenas llegaba. En la sala había un antigüo y cómodo sillón. Sentado a mis anchas, todo mi cuerpo descansaba y volaba, volaba, volaba. Ni pensar podía era todo volada, cuando entre mi volá, escuché unos gemidos del oficial autobaleado, diciendo con voz casi imperceptible:
- Mamita, mamita, me duele la pierna, mamita. – Yo reaccioné asustado. Estando bien cerca, le toqué la frente, la tenía afiebrada y mojada y escuchando la misma güeá.
- Mamita, mamita, me duele la pierna. – La voz que emitía, era un lamento. – El güeón, difareaba. Ni cachó, cuando lo toqué. Al tiro, me relajé, sintiéndome contento. Al fin terminó mi preocupación, estaba totalmente preocupado que la pierna no le dolía hacía tanto rato. Al fin le dolía, que rico, que te duela harto, perro culiao. Yo pensaba tímidamente y repetía con alevosía que te duela, perro culiao, que rico. Le voy a avisar al enfermero pa´l día del níspero, güeón. Esa güeá pensaba de puro volao. Y el infeliz, parece que mis embrujos recibía. Parecía hechizado de dolor, porque seguía:
- Mamita, mi pierna, mamita. –No sé como las ganas de güeviarlo me apareció y con una voz más que volado le dije:
- Cállate, en el infierno, solo vivirás. Tu maldad te acompañará. Escucha, discípulo del demonio, eres lo mejor de lo peor, engendro del mal, del infierno infinito gozarás, ja, ja, ja.
- Volado tenía la completa seguridad de que algo había puesto esas palabras en mi boca, parece que estaba poseído, como que me creía el diablo o una güeá parecida. Al güeón, le hablé con un tono de voz convincente, porque de ahí no güevió más. Volado, sentía miedo, empecé a mirar para todos lados, y chucha, estaba más asustado que el güeón. Parece que le puse mucho, o sería la volá. La güeá, era en serio, estaba cagado de miedo. Para mi tranquilidad sentí varios pasos acercándose a la sala. Ingresó el oficial y el suboficial enfermero, los que se sorprendieron al verme al lado del desgraciado, y preguntaron que pasaba. Yo, totalmente recuperado y más tranquilo, poniendo cara de güeón, contesté:
- Mi teniente, ¿Sabe? Que movía la cabeza y tiene fiebre y está re mojao. –El suboficial, le palmoteó la cara y a la vez encendió una luz, que alumbró la habitación. El enfermo abrió los medios ojos, y sin que nadie le preguntar nada habló:
- Dame algo para el dolor, güeón, pareció que escuché hasta al diablo del dolor que siento. Me duele mucho la pierna. – Yo no pude aguantar la risa. El oficial y el enfermero también se contagiaron de risa, pero yo sabía, porque me reía. Ja, ja, ja. El oficial, dirigiéndose al desgraciado, le dijo:
- Estái cagao. Casi te llevó la pelá, güeón. Eso te pasó por güeón. Ja,ja. –Al final hasta el desgraciado de su desgracia se reía. Agregó:
- -Casi me pega la bala en el pico, güeón. Ahí sí que me opero, güeón. Sería tenienta, mijita, a su orden, ja, ja, ja.
Los milicos locos. Así herido como estaba, se transformó, como que no le importaba ninguna güeá. Ese accidente que podría haber sido fatal, para él era una simple cicatriz o medalla de guerra. Tenían, simplemente, temple de acero, en la adversidad, sabían enfrentar con agresividad la vida, y no como yo, a veces parecía güeón, o sería mi güeá hippienta.
El oficial con su buen humor, ordenó:
- Oye, Damián, anda al rancho, vuelve en una hora. Soy la enfermera de turno. – Y, a la vez, le comentó al desgraciado, este pelao es leal. Cuando llegamos, estaba al lado tuyo, parece que te iba a poner una inyección de carne, güeón. Ja,ja.
- -A su orden, mi teniente. – Y salí, escuchando las risas de mis superiores.
En la sala de guardia, los soldados curiosos por mi ausencia, querían saber mi onda, a lo que relaté donde estaba y la broma macabra que le jugué al desgraciado. Todos me celebraron mi linda bromita. De ahí, volví a la enfermería.
- Permiso, mi teniente.—El oficial indicó las mismas órdenes.
- -Si pasa algo anormal, debe avisarme. –Mientras, el suboficial enfermero nuevamente le daba unas pastillas al desgraciado. Los dos se despidieron, recomendando al oficial, que si escucha de nuevo al diablo, que lo mandara a la concha de su madre.
- Chao, Buenas noches, felices sueños. – Dijo mirándolo y agregó:
- Pon el sillón al lado de la cabecera, así duermen juntitos, güeón.
- A su orden. – Contesté, casi agradecido. Los dos solos en la habitación, el oficial emitiendo unos bostezos, pedí autorización para continuar con mi lectura. Este al cachar lo que yo reiniciaba con el libro, comentó:
- Ese libro cuenta la historia sangrienta que sufrieron los que no estaban de acuerdo con el régimen de izquierda en la U.R.S.S.(Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas). En ese país, pasó lo que acá evitó las fuerzas armadas, los partidos de izquierda, que gobiernan, son unas dictaduras, los partidos de derecha allá murieron. En Chile, iba a pasar lo mismo. La izquierda armada pretendía derrocar a las fuerzas armadas de Chile, se hubiera producido una guerra civil. Chilenos, contra chilenos, igual que los países de Centroamérica, como El Salvador, Nicaragua.¿Usted, soldado, cuando era civil, sabía de esos países en guerra civil?
-Sí, mi teniente. Mi papá, que es de la Democracia Cristiana, además todo los días en mi casa se compraba el diario, él nos comentaba que con el gobierno de izquierda la Unidad Popular, el que proclamaba la lucha armada, creía que íbamos derechito a una guerra civil, pero yo como que no pescaba mucho esa onda. Nunca pesqué la onda política, fui picado a hippie y rockero, amor y paz y volar y volar, ja, ja, ja.-- Terminé riendo, como disculpando mi onda, casi sana. – El oficial continuó:
-Por un lado, estuvo bien, otros lolos te cuento, se identificaron con todo el movimiento revolucionario. Mi primo, se creía el che Guevara, fue hasta Cuba a hacer unos cursos de guerrilla, después hace como dos años, supimos que había muerto, como un gran combatiente en Nicaragua. El tenía 19 años, en ese entonces, cuando supo su familia. Todavía no se pueden resignar. La política extrema, como todos los excesos, te destruyen, te enceguecen, hasta la muerte – Después de una pausa, acompañada con el silencio, me hicieron comprender la real situación o, quizás, justificar algunas acciones de los milicos. Una onda de cordura y arrepentimiento, embargó mi criterio. Hablé al oficial, diciendo:
- Sabe, mi teniente, tengo que confesarle algo que le hice, mientras usted dormía.: se quejaba de dolor y llamaba a su mamá, pero tengo que decirle la verdad, se lo voy a decir. En realidad, me dá vergüenza, pero, ¿sabe por qué lo hice? Me sentía super mal por lo que ví cuando ustedes le pegaron a los presos. No sé, me sentí super mal, igual que los otros pelaos. No sé que chucha me pasa, pero me atengo a las consecuencias, cuando usted se quejaba, yo imité la voz del diablo y le decía que estaba en el infierno, y esas güeás, que usted escuchó, y creyó, pero al rato, me sentí sugestionado, estaba con mucho miedo, creí que el diablo estaba ahí de verdad. Estaba aterrorizado, por suerte, llegó mi teniente y el suboficial, y usted les contó como que había escuchado al diablo. --Y no pude seguir hablando, el oficial desgraciado se puso a reir con bastantes ganas. Se reía y se quejaba:
-Mi pata, güeón, ja, ja, ja. ¿En serio, pelao güeón? Ja, ja, ja. Contagiado y libre de mi culpa, reímos de la mentira que él contó como una verdad.
-Engendro del mal, me dijiste, güeón. Ja, ja, ja. ¡Ay, mi pata, güeón! Me duele ja, ja. Vos, soy el hippie del infierno, güeón. Ja, ja, ja. Hippie satánico, güeón, ja, ja, ja. Vos, llegaste al paraíso, no de las flores, de los presos, hippie satánico, güeón. Ja, ja. Nos reíamos. El oficial sentía de corazón mi humilde aclaración.
Más calmados de nuestras risas, el oficial, medio serio habló:
- En la vida, si actúas con honor, con valor y apegado a la ley, vivirás en paz. Encontrarás la paz y el amor, como bien dicen los hippies. Si actúas con engaños, los mismos engaños te confundirán. Si eres leal, sólo de leales te rodearás. Si tienes un buen ideal, Dios te ayudará. La verdad se siente, la verdad no se sabe, se siente. Nuestra mejor y única almohada para dormir bien es nuestra propia conciencia. Eso te hizo decirme la verdad. No te felicito ni te reprocho, sólo reconozco y acepto muy bien tu actitud, y lo mejor es que hacía rato que no me reía con tantas ganas..., pero te voy a aclarar nuestra posición acá en Pisagua: A todos los presos, tenemos el deber y la obligación de hacerles sentir que nosotros, los militares, no le tememos para nada. Ese trato que les aplicamos, es disciplina y autoridad, para que ninguno tenga dudas, de nuestra posición y actitud de la política que ahora rige en este país. Y no tengas la menor duda, si ellos se amotinan y nos capturan, nos harán lo mismo o peor. Somos nosotros o ellos. Este gobierno de la Unidad Popular, se acabó, pero los simpatizantes y sus ideales no morirán nunca. Esa es la realidad. Es fuerte, agresiva, es como la guerra. Ellos querían una guerra y ahora nosotros estamos ganando la guerra que ellos estaban preparando. ¿Te queda claro, hippie satánico? Ja, ja, ja. -- Terminó riéndose, para demostrar la convicción de sus palabras y la plena seguridad de sus actos.
- También como que se me olvidaba esa parte, mi teniente.-- Engendro de Satanás. Ja, ja, ja. --Él también aceptó mi talla y agregó:
- Bueno, mañana es otro día y las pastillas me dieron sueño. Te autorizo a dormir, pero no me güevís, chao. Buenas noches, hippie rockero.
- Buenas noches, mi teniente.
Concluída esa conversación, más que sincera de nuestra realidad, los dos en silencio, reflexionando nuestras diferencias, chao,... zeta.
-¡Hey, hippie satánico! ¡Despierta, hippie satánico! -- Escuchaba y cuando pude abrir los ojos lagañientos ví y escuché al oficial.
-¿Qué pasa, mi teniente?
-Levántate, son las 06.00 hrs. de la mañana, anda al baño y lávate. Después lleva todo mi uniforme a mi dormitorio del cuarto. Toma la llave y tráeme ropa limpia, uniforme, útiles de aseo, ropa interior y mi fusil. Pero antes pasa al rancho y toma desayuno. A las 07.00 hrs. te quiero ver entrar por esa puerta.
-A su orden, mi teniente.
Rápido salí, cumpliendo las órdenes. En el camino, sentía la brisa marina, que junto con el amanecer, formaban ese misterioso ambiente del irremediable momento de la situación caótica que militares y presos manteníamos, sin poder saber, como encontrar el camino que a todos nos hicera feliz, y dudando del amor dividido: El gobierno de la Unidad Popular, pensaba que amaba a su pueblo, y los militares también pensaban que amaban a su pueblo.
Los dos a su manera amaban a su pueblo. Ese amor extremo, se convirtió en odio. En odio a muerte, lo que confundió al amor, dividiendo a nuestro país. Ellos no conocieron el amor incondicional. Amaron en forma fatal, sin cachar que su amor hasta la muerte, rodearía de infelicidad a los que no entendían ese amor fatal.
Entendía perfectamente la posición de los milicos, más lo que había explicado el oficial, no comprendía la política de izquierda que, según él, era agresiva hasta matar. Pero eso nació de todos los abusos de los empresarios adinerados con la clase obrera. La explotación del hombre por el hombre. La clase obrera, cansada, desesperada, sus derechos reclamaba, sabiendo que arriesgaban su vida, sus ideales básicos. Quizás, por los momios de ultra derecha, se sintieron ofendidos, porque el pueblo se cansó de esperar, entrando en el consuelo de la revolución. Total, con su grito de guerra: ¡Venceremoos, venceremos, la Unidad Popular al poder, venceremos! Con todo amor entonaban orgullosos y convencidos, sin aceptar que su pasión, a todos nos había dividido.
Los militares, por su vocación y formación, con su grito de guerra: ¡Vencer o morir! Que es su emblema de lucha, su orgullo, su pasión, su amor, enfrentaron en pie de guerra esa división.
Al final, sabía que los dos, pero bien separados, lejos el uno del otro, tenían razón. Pero lo más terrible, era mi situación, igual, la razón de ninguno de los dos, mitigaba mi razón. Estaba viviendo toda esa cagá, no era ni chicha ni limoná. Para mí, al final, era una güeá, era la realidad que vivía dia a dia, sin saber como iba a terminar. Enfermo de esa situación, sintiéndome castigado, torturado, no realizado, usado, obligado, lo mejor sería desertar, arrancar, virar. Chao culiao, pais reculiao. Era un puro atao, pensaba irme por el mar... nadando, pero no tenía traje de baño. Mejor me voy caminando por el desierto, ¡chucha! No tengo quitasol, al final, pensaba puras güeás. Resignado, y casi llegando al hotel cuartel, mi secreto afloró...¡Chucha! Capaz que ahí esté mi cargador, mi fusil, mi balas yerba. Al tiro me animé, casi corrí, llegué al cuarto, con la llave abrí la puerta, el dormitorio estaba pa´la cagá, todo desordenado. Sí, ahí estaba el fusil, solito, tranquilito. Lo miré, lo revisé. No era mi fusil. Cagué otra vez, chao. Saqué lo ordenado y de vuelta, me junté con los del rancho que iban a la cárcel y juntos, puras güeás conversamos. Uno dijo que los presos, recién llegados, eran de la oficina Victoria, cerca de Iquique. Esas oficinas salitreras, eran la cuna de los comunistas, como mi taita decía y los entendía.
Cuando llegué donde el oficial, éste estaba acompañado por el suboficial enfermero, el que limpiaba y curaba su herida. La bala había penetrado por la parte interna más arriba de la rodilla y recorrió su muslo, saliendo casi veinte centímetros más arriba hacia la parte exterior. Con tanta suerte, que no le destruyó ninguna articulación o músculo vital, porque casi milagrosamente, una vez limpiada y curada su herida, el oficial, con un poco de dolor, se paró, se movió y, como si nada, caminó. Increíble, andaba, caminaba. Quizás, le dolía, pero su entereza de militar, su orgullo no lo habían derrotado, al contrario, se veía más motivado. ¡Chucha! El oficial cabrón. A mí si me salía una espinilla, casi salía corriendo a una camilla, pa´quedarme por lo menos un mes en la enfermería. Esa era la diferencia entre milicos y pelaos. Bueno, justificaba mi onda pensando: A los milicos esa onda les gusta, a los pelaos, esa onda les tiene que gustar, obligados, y por eso salíamos con tantos ataos.
El oficial salió del baño, se puso todo limpio y ordenado, caminando como disimulando su cojera, ordenó:
-¡Vamos, soldado!
Llegamos a la sala de guardia de la cárcel, el otro oficial cuando lo vió, casi se desmayó y riéndose comentó:
-El diablo te sanó, güeón. --Éste, con ironía contestó:
-Acá al lado mio, esta el diablo. ¿Te acordái que dije como parecía haber escuchado al diablo? Resulta que este pelao, arrepentido, me contó que él güevió mientras yo estaba cagao. El güeón, me dijo engendro del mal, que estaba en el infierno y un montón de güeás, y yo, ja, ja, ja.--Los dos oficiales se reían. El oficial de guardia, paró su risa y, casi en serio, preguntó:
-¿Es verdad que te hizo esa güeá? Y después te contó la verdad.
-Sí, dijo que después le dió susto, .. El otro oficial, en buena onda, agregó:
- Por lo menos contigo, fue leal. Bien soldado, retírese. Muy buena su talla. Vaya a descansar.
- Gracias, mi teniente.
De nuevo volví al hotel cuartel, sintiéndome tranquilo y ordenado, más por mi maldad que había aclarado. Los oficiales tenían una manera bien diferente de tratar con los pelaos, sería por su formación, su educación, pero los suboficiales eran más reservados y cortantes. Siempre guardaban distancia prudente con los pelaos. Los oficiales jamás te aplicaban castigos físicos, pero los suboficiales primero pegaban patás, combos, charchazos y después preguntaban. Así funcionaba, y claro que resultaba, porque nosotros, los pelaos, éramos unsa sarta de güeones flojos, corríos, echaos y desordenados.
Al doblar, en la esquina de la cárcel, estaba la columna de presos que se dirigían a trabajar. Justo con empezar a marchar, la orden de entonar el himno del güeveo : Con compás, mar “Libre como el viento que...”. En perfecto orden y marcando el paso, cantaban y avanzaban escoltados por suboficiales y soldados. Caminaba más atrás de ellos, marcando el mismo paso militar, sintiendo el olor que emanaban al avanzar. Como una nube transparente todos mis sentidos envolvía. Sin poder evitar, sentía toda la miseria, toda la libertad perdida en esos hombres. En nuestras vidas, militares y presos, la libertad no se nos permitía. Nadie se podría sentir indiferente de esa realidad. Yo no era ni chicha ni limoná, sólo sabía que todos los güeones, que por las circunstancias, permanecíamos en Pisagua, estábamos cagaos, maldecidos, oprimidos, torturados, casi completamente cagaos... La única palabra de valor, era la resignaciòn, con todo, todo, todo el dolor que sentíamos al saber que nuestras diferencias prohibían convivir con tolerancia, respeto y amor.
Lloré, lloré, lloré. Marchaba sólo porque la orden militar lo obligaba, sentía que mi cuerpo estaba cansado, amotinado. Llorando, llorando y caminando detrás de los presos, resignado a la mala onda, deprimido y angustiado. El llanto humedecía mi alma con dolor, brotando con más ganas y valor mi resignación. ¡Chucha que estaba cagao! Como que me volaba, cuando me sentía cagao. ¡Vida culiá! ¡Que difícil era vivir en paz!.
Antes de llegar al cuartel hotel, no continué marchando detrás de los presos. Parado, descansando solo, limpié mis lágrimas, respiré profundo el aire salino y junto con botar la respiraciòn una risa de loco me nació:
-¡Ja, ja estoy cagao, pelao. Ja, ja, ja, estái cagao, ja, ja. Pelao llorón, ja, ja, parecís maricón , ja, ja, ja!
Con este humor, el que me arrebató la dicha de mi corazón, casi perdido, casi ido, casi volado, riéndome descontrolado, sentí que estaba todo solucionado, casi trastornado.
Rápido y con buen humor, llegué al hotel cuartel, presentándome al cabo de servicio y después a dormir. Pero antes una buena ducha, limpiecito, fuí a acostarme, luchando por no pensar ninguna cosa buena o mala, casi en blanco,... zeta.
Diana a las 06.00 hrs. Lo rutinario y nuevamente fuí enviado a cumplir guardia a la cárcel, pero con la diferencia que tres pelaos y yo, seríamos escolta de no sé quién chucha. Igual fuimos a la cárcel. Alrededor de las 09.05 hrs., llegó a Pisagua, derechito a la cárcel un auto particular, del cual bajaron cinco personas, incluído el chofer. Todos con ropa de civil. Se presentaron con el oficial a cargo del campamento de prisioneros de Pisagua. Todos juntos se encerraron en unas salas de la cárcel. Al rato, el oficial, a nosotros, nos llamó y ordenó que estábamos a la orden de esas personajes y ahora acompáñelos. Uno de los civiles, nos ordenó con el mismo tono de voz de los milicos, diciendo y ordenando:
-¡Síganos, soldados! --A los cinco güeones los seguimos. Ellos ingresaron a una casa deshabitada, dejándonos afuera y ordenando que ahí esperáramos nuevas órdenes. Al rato, uno de ellos, salió y ordenó:
- ¡Dígale a su oficial, que necesitamos seis pares de calcetines y bueno el sabe! -- Yo, el más patudo, contesté:
-A su orden. -- Y salí corriendo y medio cachúo.
El oficial, apenas le hablé, en un saco tení listo todo lo solicitado. Por lo que cacho había unas cuerdas, alambres, martillo, serrucho, alicates.
Llegué a la casa donde estaban estos civiles, golpeé, pasé el saco y el güeón, no dió ni las gracias, dándome a entender que yo estaba dispuesto para su güeveo.
Después, sentimos que en la casa, aserruchaban martillaban, clavaban, como parece que construían un mueble o algo parecido. Con los pelaos, güeviando, comentamos:
-Parece que estos güeones, están construyendo una discoteca o una casa de putas, güeón. -- Otro pelao, más güeón dijo:
-No, güeón. Están haciendo una cama pa´la rucia Mireya, güeón ja, ja, ja. --Quedó la cagá. Todos los que ahí estábamos, ya se los había servido la rucia Mireya, por lo que se comentó. Y casi al terminar nuestro güeveo, salió uno de los güeones de civil y pasando un papel donde había escrito un nombre ordenó que se lo entregáramos al oficial de guardia y que nosotros trajéramos al preso y mucho cuidado, soldados, si el güeón se arranca, ni lo piensen, lo dan de baja sin voz de mando. ¿Está claro?
- Sí, a su orden. -- Salimos casi mudos, como asustados. Que onda más terrorífica, güeón, comentamos. Llegando donde el oficial, rápido tomó el mensaje. Se dirigió, junto con nosotros, a la puerta de las celdas y ordenó a viva voz:
-¡Pongan atención! Al preso que sea nombrado, baja enseguida y se presenta.
-Fulano y Sutano -- Apareció un hombre joven y corpulento.El oficial ordenando:
-Vayan con este preso.
-A su orden, mi teniente. -- Dos soldados adelante, dos atrás, en el medio caminaba el preso. Antes de salir de la puerta principal, el oficial ordenó:
-¡Guardias, carguen armas! -- Y sobre la marcha, pasamos bala, listos y dispuestos a disparar a matar. La media onda, super grave. El preso, con su actitud, no le entraba ni una aguja.
Al cruzar la puerta principal, saliendo de la cárcel de prisioneros políticos de Pisagua, el preso político con toda confianza, saludó:
-¡Hola, Demián! Donde nos venimos a encontrar, güeón.
- ¡Hola Andrés Carlos, que mala onda!.
-Sí, Demián. ¡Mala onda! A los pocos días del golpe militar, fui detenido en Iquique. Oye güeón, ¿ahora soy milico o estái haciendo el servicio militar?
- Ni cagando soy milico, soy hippie disfrazado de milico, güeón. Estoy haciendo el servicio militar. Te cuento que pa´l golpe militar, desde Iquique nos llevaron a Santiago, estuve cuarenta y cinco días, después regresamos a Iquique, ahí estuve cinco dias y nos trajeron a güeviar a Pisagua. En Santiago, ni te cuento las cagás que hicimos, fue super mala onda, güeón.
Andrés Carlos, fue presidente del centro de alumnos de la escuela industrial de Iquique, los años 1971-1972. Con él, varias veces, habíamos fumado marihuana viendo la puesta de sol. Era lo único que aceptaba de mi onda hippie, porque no comprendía mi lema de amor por la paz y la revolución de las flores. Para él su lema era: “El pueblo unido, jamás será vencido”. Y creía en la revolución del pueblo por su incondicional tendencia política de izquierda, y lo reafirmaba al sentir con orgullo, que su abuelo materno fue víctima de la masacre de la escuela Santa María de Iquique en 1901, cuando defendía los derechos de la clase obrera, pero aceptaba mi onda hippie, al igual que yo aceptaba su postura política, sin dejar de ser felices y pacíficos amigos volados.
- ¡Demián! ¿Pa´donde vamos, güeón? Hippie Demián, ¿ Y la onda voladora murió?
-¡Tengo órdenes de llevarte a una casa. Dejarte ahí, esperarte y luego regresar a guardarte, güeón! De repente hay una fiesta sorpresa, vos sabís como son estos milicos. Se espera cualquier güeá loca, y con respecto a la onda voladora, sigo peor, güeón.
Al preso Andrés Carlos, caminando, custodiado por nosotros, cuatro soldados, lo llevábamos sin saber para qué, pero intuía que no era para nada agradable. En ese momento cumplíamos órdenes, y nuestro servicio militar obligatorio.
Una vez en la casa, toqué la puerta. Abrió un civil con cara y aspecto de milico. Con voz autoritaria ordenó:
- ¡Que pase el preso! Ustedes, esperen afuera, cuando salga lo regresan derechito a la cárcel.
- A su orden, mi superior. --Contesté, no sabía su grado, pero el güeón repelía hasta olor a milico.
Parados a un costado de la puerta, bajo la sombra, esperando lo inesperado. Al poco rato, desde el interior de la casa, escuchábamos gritos, hablaban, vociferaban, rugían, bramaban a la vez que interrogaban. Se transformó en una discusión a grito pelado, más aún acompañadas de palmadas, golpes, quejidos, llantos, gritos, golpes, alaridos de dolor y llantos. Una pausa, golpes, más golpes, pero no escuchábamos ningún lamento tras los golpes. Mirándonos, reaccionamos, quizás, por alguna orden anaudible, rápido cruzamos alejándonos de la mala onda, pero a la vista del objetivo, cumpliendo nuestra orden. Ahora tenía apellido esa casa. Era la casa de las torturas.
Cobijados a la sombra, sin querer escuchar nada mortificante. Ese clima recorrió toda la gama de sensaciones humanas, acentuados en la pena, el dolor y la resignación.
-¡Hey. Demián! Tengo un pito, güeón.
-Guena onda. Préndelo, güeón. Volémonos pa´soportar esta mala onda.
Prendió el pito, fumó, le puso ruedas. Los otros dos soldados no fumaban marihuana. Lo recibí, aspiré una larga bocanada, exhalé y ví asombrado cuando se abría la puerta de esa casa y desde ahí, se asomaba el mismo güeón que nos recibió, pero ahora con un balde y ordenaba a gritos que llenáramos el balde con arena húmeda de la playa. Dejó el balde en el suelo, se perdió tras cerrar la puerta. No cacho nada, pero con el susto, ni me volé, no alcancé ni pegar ni un par de aleteos. Quedé pa´dentro.
Los otros soldados, se adelantaron. Uno tomó el balde, mientras yo apagaba el pito. Lo guardé en una caja de fósforos, me uní al grupo, dirigiéndolos a la playa.
-¿Viste, indio culiao, que son volaos? Si el güeón te cacha fumando, nos abría acusado a todos de marihuaneros. No sé que chucha, le encuentran a esa güeá. ¿Cómo no toman copete? Me dió sed güeón.
-¿Sabís, guaso culiao? Los marihuaneros somos hippies, a vos te gusta el copete. Acá estái cagao, cada uno en su onda, pero tenís razón, casi la cago. Este güeón picó la guia. Vos sabís que este guaso es volao, güeno pal´copete, quiere puro gozar. No puede ver a ningún güeón lúcido.
Al llegar a la playa, que se encuentra a cinco cuadras de nuestra posición, rápido llenamos el balde y reclamando por no querer nadie cargarlo, decidimos trasladarlo de a dos, pero de manera alternada. Cada veinte pasos, cambio, lo que se transformó en bromas y pillerías, distrayendo y cambiando nuestro ánimo.
Cumplida esa orden, volvimos adonde antes fumaba yerba, pero ahora sin fumar. En este lugar, nos sentíamos cubiertos por una sábana mortuoria, acompañados de oscuros pensamientos y mala onda.
Viviendo esa realidad, tratando de asimilar, sin querer imaginar lo que estaba viviendo mi amigo Andrés Carlos, sin poder hacer absolutamente nada, sin poder evitar lo inevitable.
El sol hacía brillar el pueblo de Pisagua. Las sombras de la maldad oscurecían el pueblo de Pisagua.
Los cuatro soldados de pié, unidos por el deber militar, pero lejos, bien lejos, cada uno del otro, absortos en sus pensamientos, mudos estáticos, añorando recuerdos de sueños perdidos.
Los cuatro soldados, sabíamos que la disciplina militar prohibe dudar, analizar o negar, sólo se debe obedecer órdenes, cumplir órdenes hasta rendir la vida si fuese necesario, cuando jurando a la bandera sellamos nuestra lealtad, no se podía nada más hacer.
Los soldados, para los militares, somos sus subditos, que tenemos que venerar y temer a la vez y, ahora, usan a los soldados para compartir sus injusticias.
Era un día en que el sol relucía sus destellos, era un dia en que relucía la violencia, era un día en que relucía la agresividad de bestia salvaje que habita en los hombres.
-¡Soldados, vengan! -- Escuchamos y vimos al güeón de siempre, que daba órdenes desde la puerta de la casa de las torturas.
- Corriendo, llegamos adonde el güeón. --Nos encontramos de frente con Andrés Carlos. Tomado de los brazos, lo ayudaban entre dos civiles a salir de esa casa. No podía creerlo. Al verlo, quedé loco, turbado, choqueado, rápido lo tomé de un brazo, lo mismo hizo otro soldado. Entre dos soldados, lo llevábamos. Apenas caminaba, daba un paso y se quejaba. Lo dejaron hecho mierda, lo golpearon hasta debajo de la lengua. Los milicos habían llegado al límite de la agresividad.
-Andrés Carlos, güeón. ¡Cómo te dejaron, güeón! Los culiaos, malos. ¿Cómo chucha, porqué, dónde chucha está el Dios, nuestro Dios? ¡Alguien que pare esta locura, güeón!.
Su cara, todo su rostro desfigurado a golpes, su estómago morado y molido a golpes. Se quejaba, emitía unos lamentos, que jamás había escuchado. Sólo el hecho de quejarse, le provocaba agudos dolores. Casi en vilo, lo alejamos de la casa de las torturas.
-¡Espera un poco, Demián! Por favor, no doy más, güeón. --Apenas podía hablar. Pobrecito, mi amigo, mi compañero de escuela. Sentí unas lágrimas en mis ojos, ví a los otros soldados con sus rostros impactados, sus miradas húmedas, solidarizando con el dolor. Nada, no había nada que podría mitigar esa maldad.
-¡Vamos, Andrés Carlos, camina güeón!, camina como hombre. No quiero llorar de pena. No siento pena por tí, siento rabia, camina güeón o me voy a volver loco. No quiero verte en estas condiciones. Canta güeón, ja, ja, ja. Yo estaba eufórico, trastornado, y lo animé a cantar “El pueblo unido jamás será vencido, canta güeón ja, ja. Espera. Afírmalo vos, guaso -- Busqué en mi bolsillo, la caja con el pito. Lo encendí, luego lo puse en la boca de mi amigo Andrés Carlos y casi suplicando le pedí:
-Fuma, güeón, es un pito. La marihuana te calmará, fuma güeón. Ahora vos soy un preso hippie, fuma güeón.
Andrés Carlos, aspiró el humo, él sabía que la marihuana depura los sentidos y transforma la ira en compasión, contuvo el humo hasta que lo exhaló acompañado de escupitajos de sangre. Dirigió su mirada desorbitada haci mí y balbuceó agradecido:
-Soy loco, güeón.
-¡Ahora canta, güeón, volado y machucado. Tenís que cantar, güeón.
-El pueblo unido, jamás será vencido. -- Apenas podía cantar, se reía y se quejaba. Cantaba seguido por mí: El pueblo unido, jamás será vencido. Con su cabeza desplomada, como un títere, con un esfuerzo sobrehumano, levantó su mirada hacia mí, con sus ojitos llorosos, con su alma, casi insconciente de dolor, demostraba que sus ideales políticos, eran más fuerte que su dolor y cantaba animado por mi comprensión, haciéndole ver que era lo único que podría mitigar su dolor: El pueblo unido, jamás será vencido. Yo, lloraba, quería llorar, desgarrar mi llanto, llorar a moco tendido, luchaba con esa sensación. Mi vista opacada por lágrimas, cantaba casi un susurro, casi un murmullo, al unísono: El pueblo unido, jamás será vencido, ja, ja, ja. Nuestro canto seguido por risas, murmurábamos y reíamos, enloquecidos, perturbados de esa realidad.
Un soldado comentó:
- ¡Soy loco, Demián! Pero igual me siento como las güeas. ¡Qué maldad, güeón!
Al llegar a la puerta principal de la cárcel de prisioneros políticos de Pisagua, sin detenernos, sin mirar a Andrés Carlos, ordené:
- Tenís que entrar solo, te vamos a soltar, güeón. No tenís quee dar pena, entra como hombre que soy, demuéstrales que sólo te sacaron la chucha, eso y nada más. Debes sentir orgullo de tus heridas, nosotros les mostraremos a los presos, que somos unos soldados mandados, que nos usan para compartir sus injusticias. ¿Escuchaste, güeón? Camina.
-Sí, Demián. Sí, güeón loco. -- Andrés Carlos, escondió su dolor en lo más hondo de su corazón. Apretó sus dientes, caminó casi erguido, bamboleando, arrastrando sus pies como un sombie, dirigió sus pasos a cruzar la puerta y en el pasillo, con su mirada hacia la reja principal de las celdad, avanzó sin demostrar dolor, ni pena, orgulloso de su herencia pampina, donde quizás, su abuelo lo estaría viendo, y a la vez animándolo, sintiendo que su nieto luchaba por los mismo ideales que él quería para su pueblo, por la clase obrera, por los trabajadores explotados y la desigualdad social. Y por esta lucha, fue masacrado por la injusticia militar.
Andrés Carlos en un destello de lucidez, caminó rápido y seguro, seguido por nosotros, que al mismo paso, con nuestro fusil cruzado al pecho, lo hacíamos sentir como un héroe. Le rendimos honores, solidarizando con los presos, ya que nosotros, los soldados, también estábamos pa´l güeveo del régimen militar.
El oficial de guardia, al vernos y ver el aspecto que traía el preso, un gesto mínimo de impacto acusó, pero su vocación militar, su fortaleza militar prevaleció y simplemente ordenó:
-¡Abra la celda, soldado!
-A su orden, mi teniente.
Al ingresar Andrés Carlos, los presos que lo veían, quedaron petrificados, mudos. Unos reaccionaron y fueron a ayudarlo, él con un gesto inolvidable, los rechazó levantando su mano, enarboló el signo de la paz, volvió su cabeza hacia atrás, buscando con su mirada a su amigo Demián. Al enfrentar nuestras miradas, le devolví su saludo, lo mismo, con la mano izquierda, donde tenía tomado el cañón de mi fusil hacia arriba, sin soltar mi arma, formé el signo de la paz. Luego, se volteó, se dirigió a las letrinas de la cárcel, donde se perdió entre el tumulto de presos que lo seguían. El oficial rompió ese momento y con voz irónica preguntó:
-¡Soldado Demián! ¿Usted conoce al preso?
-Sí, mi teniente. Es un amigo de la escuela.
-Soldado Demián, usted era hippie marihuanero. -- Terminó con una risa burlona.
-Sí, mi teniente, hippie y volado. Ahora soy soldado obligado por...
- ¡Ya, calle Demián! --Ordenó en un tono de voz demostrando que entendía mi posición, pero el deber militar era lo principal. Ingresó al patio de la cárcel, leyó un papel y a viva voz nombraba a un preso. Desde un calabozo, casi de ultratumba se escuchó la voz del hombre aludido.
El oficial se dirigió a una celda, abrió la puerta y salió un hombre enceguecido por la luz del día, porque su celad estaba en total oscuridad.
El oficial ordenó al preso:
-Acompañe a esos soldados. --Y se dirigió a nosotros, agregando:
-Soldadados, ahora a cumplir su orden.
-Sí, mi teniente. -- Contestamos al unísono, indicando al preso que caminara entremedio de nosotros.
Nuevamente nos dirigíamos a las casa de las torturas con otro preso, con otra víctima. El preso caminaba algo perturbado, nervioso, asustado, intuía algo malo y tímido sacó el habla preguntando:
-¡Señor soldado! Disculpe, ¿Puedo preguntar adónde voy?
Al escuchar su pregunta, miré a los otros soldados, todos sabíamos esa respuesta, pero alguno de nosotros podría decir la verdad. Seguimos caminando. Nadie contestó. La respuesta está flotando en el aire, ¿Podría explicar lo inexplicable? Nadie podría disfrazar la verdad con una simple mentira.
Cuando estaba al alcance de nuestra vista la casa de las torturas, caminábamos sin mirar al preso y le hablé:
- Te voy a responde tu pregunta. Te voy a decir la verdad adonde nosotros te vamos a dejar obedeciendo órdenes, porque nosotros cumplimos nuestro servicio militar obligatorio, porque si de mi dependiera esta güeá, me iría pa´la casa con vos y estos soldados, pero estamos cagaos, igual que vos. Por eso te voy a decir: En ese lugar te van a sacar la chucha, te van a interrogar y a torturar. El preso, aminoró su paso, casi se detuvo, sorprendido, asustado.
-Camina rápido. Es una orden. Camina igual que los soldados. No tengái miedo, el hombre no debe mostrar miedo a ningún hombre. Sólo debe respetar al hombre. Los güeones que te van a torturar, con eso demuestran su miedo, enfréntalos sin miedo, como hombre, güeón. Vamos, ¿escuchaste?, cuando los güeones te estén pegando piensa en algo rico o hace teatro. Desmáyate, grita, a los milicos les encanta esa güeá. Déjalos que sean felices con tu dolor. Creen que la violencia es su única verdad.
Al llegar a la puerta, dimos golpes. Se abrió y saliò el mismo güeón, ingresó al preso. Cerrada la puerta, nosotros, nos dirijimos a la misma sombra porque el sol del verano, apenas salía y nos quemaba. En silencio, como presintiendo lo inevitable, salían de la casa unos groseros insultos acompañados de golpes, que seguro al preso le daban. Quejidos de dolor se escuchaban, pero como que se los aguataba. Cachando y sintiendo esa mala onda, con una señal, los cuatro nos retiramos a una distancia prudente. Sin hablar, sin comentar, sin dudar, cumpliendo con nuestro servicio militar obligatorio, que dia a dia lo sentíamos como un golpe trastornador militar obligatorio.
Después de casi una hora, se abrió la puerta de la casa, donde apareció uno de los civiles ordenando y entregando un nuevo mensaje. Nos entregaron al que habíamos traído. Que mala onda, pobre gallo, era un giñapo, un estropajo. Entre dos, lo afirmamos colocando sus brazos sobre nuestros hombros. Estaba como muerto, pero vivía, era un cadaver, pero vivía, era un despojo, pero vivía, era un enemigo, pero vivía. Era de la Unidad Popular, pero vivía. No sé porque chucha vivía, para qué vivía. Desde las tetillas de su pecho, hasta más abajo de su ombligo, un círculo morado, negro. Quizás cuántos golpes le dieron, casi lo mataron, pero vivía. Los torturados sorprendidos, quizás, por nuestra cara de miedo y pavor, casi compadeciendo al torturado ordenaron agresivos:
-¡Vamos, soldados, cumplan su misión! El enemigo no tiene valor, nosotros somos la razón.
Haciéndonos de valor, indiferentes a nuestroos infantiles sentimientos, caminamos abrazados, llevando en vilo al preso, que vivía pero estaba casi todo su cuerpo y alma más que muerto. En el trayecto, paramos para tomar un descanso. El casi muerto torturado, sacó un lamento, quizás buscando un consuelo, diciendo:
-Mamita no me dejes. Mamita, no quiero morir. --Yo cuando sentí, como que su dolor se mitigó, le hablé sin demostrarle compasión, como admirando su valor, diciendo:
- Venceremos, venceremos. Estoy machucado, pero venceremos. --El torturado y los pelaos, reímos por la situación. El torturado, como que resucitó y dijo:
-No quiero saber na´de la Unidad Popular. -- A lo que le contesté:
- Vos soy muy pesao, curao, güeón. Le querían pegar a esos güeones, por eso te sacaron la chucha, ja, ja, ja. -- Así como estaba, machucado, el recién torturado con la risa, todo le dolía, pero con nuestro güeveo espantamos el dolor del que sentíamos todos. Nosotros en nuestra alma y el torturado en su cuerpo y alma.
-¡Hey! Soldados, ¡Hey! Escoltas. ¡Caminen! ¿Qué hacen allá parados? --Era el oficial, que dando órdenes, quería saber porqué estábamos como indiferentes a lo que se nos había ordenado.
Rápido caminamos. Al torturado, su actitud y fortaleza, lo reanimó, pidiendo: Por favor, déjeme caminar solo, ya sé donde voy.
Ingresamos a la cárcel, a una celda. Los presos que no salían a trabajar, los tenían bien fondeados y escondidos. Ninguno de los presos de los pisos de arriba podía saber en las condiciones que llegaba, cuando y adonde salía.
Mientras dejamos en una celda del primer piso al recién torturado, completamente aislado y solo, escuchamos al oficial nombrar otro preso, y junto con nosotros, salir escoltado en dirección a la casa que daba en forma personal, a cada preso político, su respectivo golpe militar. Torturándolos, para que de alguna manera comprendan que mejor que la Unidad Popular, ganaban por lejos los del régimen militar, y en la manera que se lo planteaban, Pisagua, en su cuerpo quedara grabada.
Cuando caminábamos con el otro preso, ese clima de tensión, casi torturante, me sacó a relucir mi linda canción y la entoné:”Venceremos, venceremos, torturando vamos a vencer, venceremos”, ja, ja.--Los otros pelaos de mi güeá de canción, celebraban. El preso, como haciéndose el ofendido y resignado, con una mirada humilde, como que necesitaba ver una explicación. Yo, con toda mi franqueza y casi dándole valor le mostré la verdad:
-¿Te cuento? Allá adonde te llevamos, te van a sacar la chucha, te van a pegar hasta en tu sombra, pero cuando te esté pegando, piensa en algo rico, piensa que tu mina está contigo. En serio, prepárate, es mejor, trata de aislar el dolor.
El preso y los pelaos, con risa y cara de loco, espantábamos esa locura. Esa misión que no te llenaba de orgullo, no te llenaba de honor, no te llenaba de vida, no te justificaba tu razón de vivir, sólo alimentaba más tu dolor, sólo agrietaba aún más la herida de tu corazón, sólo trastornaba tus razones, tu criterio, tu cagá miserable de vida, haciéndonos sentir como ángeles del demonio, cuando escoltábamos y llevábamos al mismo infierno a esos presos a enfrentarse con el demonio que los castigaba y torturaba por haberse revolucionado contra este inesperado vuelco en el gobierno.
Dejamos al preso en la casa tortura. Al rato escuchamos que le aplicaban la misma receta, porque “quizás los torturadores eran médicos, y creyendo que los presos estaban enfermos, que todos tenían la misma peste, con ese tratamiento intensivo aplicado a todos por igual, seguro estaban los milicos que con su medicina, se tendrían que curar los de la Unidad Popular”.
Uno de los pelaos, me increpó diciendo:
-Vos, Demián, estái loco, pa´que le dijiste la verdad, güeón.--Yo contesté:
-Es lo mejor, quizás el preso creía que lo invitaron a un asado, y que lo esperaba una mina rica, creyendo que a lo mejor se le tiraría. No sé, güeón. Si llorar, si güeviar. No sé que güeá pensar, que actitud tomar. Mejor que llorar, güeviar, ja,ja.
-Es verdad, Demián. Pa´la cagá que estamos sirviendo, no le encuentro gusto a nada. -- Y el pelao se puso a lloriquear. Todos teníamos cara de pena y de güeones, nos sentíamos torturados sin ser golpeados.
Todo el día estuvimos en esa desagradable misión, llevando presos con cara de asustados, preocupados. Volvían torturados de cuerpo y alma. Ninguno se resistió o amotinó, cuando eran llevados, escoltados, menos lo hicieron cuando venían devuelta y daba la impresión de que se arrepentían de haber creído en la Unidad Popular, creyendo que al pueblo unido jamás la tortura los vencería.
Eran las 18.30 hrs. Antes de regresar con el último torturado a la cárcel, el civil ordenó:
-Después que entreguen al enemigo en la cárcel, vuelven con escobas, agua y detergentes, para que limpien la casa. Una vez terminado el aseo, se retiran a descansar y mañana se presentan a las 08.00 hrs. en la cárcel.
-A su orden. --Contestamos y tomamos en brazos al recién torturado. Igual que los otros, salió de esa casa de tortura, muerto en vida. Parecía que no tenía esqueleto, parecía deshuesado, hasta la sombra de su alma le habían torturado, pero vivía. Los dejaban en la frontera de la vida y la muerte, en el límite de la vida, con un olorcito a muerte.
Como a todos los presos torturados, en el mismo sitio, nos deteníamos a descansar y yo les entonaba mi canción: “venceremos, venceremos, estoy machucado pero venceremos, venceremos”. --Esa canción era una inyección de güeviar y alejar el dolor. Casi todos, o todos se rieron y mitigaron su dolor, sintiendo lo horrible, lo increíble, como una trastornante rutina, conviviendo con el horror, la vida seguía sintiéndonos ignorados por el mundo. Quizás, por saber que en Pisagua, nada bueno pasaba.
Entregado y encerrado, el casi muerto en vida, al oficial solicitamos los útiles de aseo volviendo sin ganas de hacer aseo, pero, como el güeón matón lo había ordenado, de puro miedo, sin reclamar, a la casa llegamos. Al entrar, la pestilencia y malos olores, casi nos hizo desistir, pero al revisar los detalles de la habitación, cachamos que era el palacio de la tortura. En un rincón de la habitación, en una esquina arriba, había cruzado un fierro con cuerdas y alambres, indicaba claro que ahí los colgaban. El suelo estaba lleno de excrementos, vómitos, sangre. Sobre una mesa unos calcetines plomos de milico, rellenos con arena, dando la forma de cachiporras artesanales. Si esa pieza hablara, confirmaría nuestras sospechas. Quizás esa casa la habitó una humilde familia. Quizás, el que la construyó, la fabricó con mucho amor. Quizás, nunca supo que la infamia, la violencia, la tortura, fue lo últimoo que alojó.
Limpiando esas porquerías, que eran resultados de los despojos de la vida, señales físicos que expulsaron de dolor, dejaron felices a los que torturaban los ideales intangibles, hechizados por su razón.
Terminada esa tarea, fuimos donde el oficial, informando lo que acabábamos de terminar. El oficial conforme con nuestra tarea, autorizó retirarnos y que al otro dia, seguiría nuestra misión.
Los cuatro a descansar, caminando en dirección a nuestro cuartel hotel. En el trayecto, no sé porqué, salió el tema de la guerra de Viet-Nam, a lo que comenté:
-¿Te imaginái, güeón, que en vez de estar en Pisagua estuviéramos en la guerra de Viet-Nam? Me cago, güeón. Esos pelaos, si que están cagaos, pobres gringos, los han hecho cagar. Mandan soldados que están cumpliendo el servicio militar; acá en Pisagua estamos en el Paraíso, güeón. Este es un infierno Paraíso, milico, milico, el que no mea no tiene pico ja,ja.
Uno de los guardias, extrañado, comentó:
- Oye, Demián. ¿Cuál es el motivo de la guerra de Viet-Nam?
-Por lo mismo, güeón, por los comunistas. Los rusos apoyan a los vietnamitas de izquierda y los gringos a los de la derecha. Los dos se odian a muerte, cuando se les acabaron las palabras, se quieren convencer con el idioma de las armas, sembrando la muerte y terror, creyendo que así encontrarán la solución. Igualito que en este pais. En las palabras no apareció la solución y afloró la violencia, para demostrar que su verdad valía más que cualquier vida. “Para qué vivimos separados, si la tierra nos quiere juntar” -- Terminé cantando ese himno de Los Jaivas, que los otros guardias también entonaban y pensando en cambiar la letra diciendo:” Para qué vivimos tan odiados, si el amor nos quiere juntar”. -- ¿Para qué, para qué, para qué, para qué chucha vivir, para qué chucha morir, para qué existir, para qué el sol nos alumbra, para qué el bien y el mal, para qué tu alma se apena, para qué estoy en Pisagua, para qué convivo con la vida y con la muerte, para qué vivo estos momentos horribles, para qué se graban en mi mente, para qué tienen que ser inolvidables, para qué hasta mi muerte me atormenten, para qué conocer la anti vida?, la vida del lado oscuro, negro de vida, vida opacado por la luz de la muerte.
Pensaba que estaba en una guerra equivocada. Hubiera preferido mil veces estar en Viet-Nam, con la idea fija en matar o morir. Estaría cagao de miedo, pero con una idea fija. No debería estar en Pisagua, atormentado por el oprimido y el opresor, sin encontrar en ninguno de los dos su razón. Estos horribles episodios de violencia, hacían agonizar mi vida guiada por la paz y el amor.
Al llegar, entramos casi sonrientes a nuestro cuartel hotel, presentándonos al cabo de servicio. Como cachó que estábamos desocupados, a los cuatro nos ordenó que lo siguiéramos. Cumpliendo su orden, detrás de él caminábamos, tratando de no inflarlo, porque el güeón, era el rey de los milicos pesaos. Todos juntos llegamos al rancho, ordenó agarrar unas ollas, una bolsa con pan y de ahí rápido, nuevamente, lo seguimos, llegando hasta la puerta principal del teatro de Pisagua. El cabo sacó unas llaves y ordenó que ningún güeón entrara con todas las cagás de ollas y pan. Detrás de la puerta se perdió, yo estaba extrañado. Uno de los pelaos, comentó que ahí tenían a las presas políticas, que a los pelaos no se permitía ingresar, menos con ellas hablar, sólo los oficiales y suboficiales, las podían cuidar. Quizás, creyendo que en una de esas se las podían aguachar, pensando que a los miltares, las presas los encontraban lindos y ricos. Para los pelaos, era imposible ver a las presas, los milicos tenían miedo de la competencia, sabían que los pelaos teníamos mejores atributos, y no respetábamos ningún ideal político, su ideal era solo meter el pico.
El cabo culiao, se demoró como una hora. Cuando salió, puso una cara, como diciendo que se las comió a todas. Se hacía notar, como a un superior, esa misión lo llenaba de orgullo y satisfacción. ¡Pobre güeón!. De pajas mentales se alimentaba su honor.
Después volvimos al rancho a dejar los utensilios de la comida y el cabo nos ordenó retirarnos, porque sabía que a los pelaos, les molestaba su cagá de vida.
Volvimos al cuartel hotel, los otros pelaos volvieron al rancho, pero, apareció mi secreto más secreto, por las dudas, revisé los fusiles de todos los pelaos que se encontraban descansando, entre bromas y güeveo, pareciendo más que güeveo. No encontré mi fusil con el cargador de balas yerba. Con tanto alboroto, el hambre se acordó de los porotos y salí rajao al rancho.
Comiendo, pero no güeviando con los huasos e indios, llegó la hora de formar a la retreta. Pasada la formación de la retreta, derechito a dormir. En el dormitorio, con los pelaos, sentíamos esa mala onda, casi todos estábamos deprimidos, angustiados, el alma apagada. La vida no tenía sabor a nada, cada uno de nosotros, había recibido su cuota de aceptar y ver malas ondas, tratando al máximo de mantener la cordura, luchando con su yo interno, y no perderse en la locura. Tratando de encontrar la tranquilidad emocional en un acto demencial. Varias veces, comentábamos en son de güeveo, ver la forma de escapar de esa realidad, pero la realidad decía que la muerte encontraría, el ejército nos juzgaría como traidores a la patria, por estar en guerra. Milicos culiaos, nos tenían super cagaos, pais culiao, políticos mal nacidos. Al final, todos los güeones de mi pais, estábamos viviendo estos difíciles tiempos, buscando consuelo en la resignación, esperando quizás, que Dios y Satanás, se reunieran, se gritaran sus diferencias y al final, los dos juntos, se fumaban unos buenos pitos, y así, bien volados, Dios se engruparía a Satanás, pidiéndole en buena onda que sus juegos del infierno, en Chile, terminaran y, ahora tenía que jugar Dios con Chile, a la revolución de las flores, a la revolución de la paz y el amor.
Así, pensando maravillas y buscando una solución, parecía güeón, pero no importaba, total, soñar no cuesta nada; vivir cuesta todo. Dormir, dormir. La realidad descansa, te alejaba, te llenaba de esperanzas perdidas, era el regalo de la naturaleza, era lo mágico de la vida. En el sueño mental se ordenaban y se guardaban en forma correlativa las pesadillas del día, dejando un espacio de esperanza al nuevo día de nuestras vidas.
06.00hrs., diana, la rutina, y de nuevo en la misión de la cárcel, llevando a otro preso a la casa tortura, sintiendo el grito de dolor de los torturados. Sus alaridos, eran el coro de la muerte, creo que ni ellos conocían esos sonidos de la muerte. Ellos, no sabían que sus lamentos era algo nuevo, los descubrieron al torturar sus almas junto con su cuerpo.
Ese día no había nada que esa tortura hiciera remediar, sólo descansaríamos, cuando los señores se agotaran de tanto golpear.
Al fin ese día negro terminó, sin antes retirar los desperdicios de los torturados. Dejamos completamente aseada esa habitación, sin dejar ningún rastro de los que sufrieron agonía, que los dejó marcados por el resto de sus dias.
Informamos al oficial de la cárcel, que nuestra misión había terminado. Él conforme nos autorizó que fuéramos a descansar. De ahí al rancho, después la retreta, por fin en mi cama, en la nave viajera, soñando, durmiendo, y en el fondo de mi alma, pidiendo a gritos no despertar jamás. Sólo soñando y volando, lejos de la tierra, sólo soñando que flotaba en el espacio sideral.
Diana a las 06.00 hrs. Bañado y formado, rancho, de ahí fui designado, con otros pelaos a Pisagua sur, era el último puesto de guardia, que estaba entre unos roqueríos y un espacio de playa. Cuando al relevo nos presentamos, a puras chuchás nos saludamos, y recomendaron ,que en ese lugar, se podía dormar a poto suelto. El lugar era especial, era el límite entre el limbo y el infierno de Pisagua.
Cuando ya estábamos los cuatro guardias solos, después de algunas horas, un buen soldado milico, sacó su pitito,y envuelto en un calcetín, ofreció a todos esa dulce compañía, que seguro nos volaría.
Era casi el medio dia, el sol abrazaba. Los rayos solares caían en picada. Estábamos volados y asaos, cuando se nos ocurrió lo mejor: sacarse el uniforme y a bañarse. Nos faltaba el puro quitasol. Mientras güevíabamos en el agua, cachamos que había bajado la marea. En las rocas, las lapas, locos y erizos, estaban a la mano. Con el yatagán en mano, nos convertimos en milicos mariscadores, mariscando y comiento, mitigábamos el bajón de la yerba, y, con el agua, resistíamos el calor. Así estuvimos casi todo el día. Parecía paseo escolar, no pensábamos que éramos guardia, nos creíamos turistas. En esos momentos, el ejército no existía, éramos felices, por haber cambiado de vida. ¡Qué maravilla!. La naturaleza nos llenaba de esperanzas y vida.
En la tarde, cansados de comer mariscos y güeviar, antes del ocaso del día, acompañamos la puesta de sol, volados como que hay un Dios.
Sólo después, casi en la noche, apareció un detalle, un gran problema, como estuvimos todo el día en calzoncillos, sin darnos cuenta, estábamos quemados hasta debajo de la lengua. Hasta el pelo se nos quemó, parecíamos jaivas cocidas, rojos como tomates, quemados en casi 100 grados, quemados pa´la cagá. Yo, que era indio nortino, mi cuerpo acostumbrado al sol playero, pero esta vez mi piel no lo resistió. Los otros pelaos huasos sureños, seguro estaban, por sus reacciones lastimeras, con insolación. En la noche toda la quemazón nos atacó hasta tuvimos fiebre, como estaríamos de quemados, que ni en volar pensamos.
En la noche con el dolor, decidimos sacarnos el uniforme. La brisa refrescaba las quemaduras, hasta el sol en Pisagua torturaba, que lindo clima el que nos acompañaba.
La noche fue eterna, acompañada de quejidos y lamentos. Arrepentirse, ya no servía, la cagá había que aceptarla y a las consecuencis había que atenerse. Por creernos turistas, estábamos quemados y cagaos de dolor.
Por fin amaneció, y fue con sorpresa, los pelaos sureños tenían ampollas hasta en las orejas, los labios irritados y ampollados, parecían deformes por el dolor que hacía juego con la cara de güeón.
Al presentarse el relevo, los güeones, al vernos se asustaron. Al ver la cara de estos milicos todos quemados, dábamos lástima, más que pena. Al retirarnos, cuando caminábamos, parecíamos que nos habíamos cagados, caminábamos con las piernas separadas. El roce del pantalón te ardía de mil maravillas. Todo el cuerpo dolía y para rematarla, los guardias nos despidieron recomendando que comiéramos porotos con bombilla, porque hasta la jeta la teníamos partida.
El camino al hotel cuartel fue inolvidable, largo sufrido y tortuoso. Cada paso, era acompañado con un lamento. Fue el camino más doloroso y difícil. Sin poder aguantar más, les invité a los guardias irnos derechito a la enfermería. Ahí nuestro dolor sería atendido. Dicho y hecho, apenas llegamos, por suerte se encontraba el suboficial enfermero. Al principio, puso cara de preocupación y rápido nos atendió, pero interrogándonos, para saber, como chucha quedamos tan enfermos. Cuando le contamos lo sucedido, su actitud cambió, concluyendo que nosotros, en el puesto de guardia, habíamos estado puro güeviando y despreocupados, por esa razón habíamos quedado tan quemados. Ordenó sacarse todo el uniforme, los cuatro fuimos tratados de insolación y con quemaduras de no sé cuántos grados. Juntos con dos pelaos enfermeros, una crema nos untaron y con una inyección que aplicaron sin ninguna delicadesa, en el brazo conectaron unas manguerras que nos metían suero para la deshidratación. Al rato el suboficial enfermero desapareció, pero cuando llegó acompañado del oficial, donde el güeón nos fue a sapear, quedó la cagá. El teniente tenía la cara roja de ira, ¿o era el reflejo de nuestros cuerpos?. El milico culiao, estaba más quemao que nosotros, se veía ofendido por nuestra actitud como guardias, y estaba seguro que nosotros nos creíamos turistas, porque nuestro proceder no decía otra cosa, nuestra irresponsabilidad nos había quemado, para quedar así de cagaos.
El oficial, con el suboficial maricón, enojados, hablaron un montón de güeás, pero ellos sabían, que nosotros, desde el fondo de nuestras almas, sus insultos no los sentíamos, sólo queríamos alivar la peor quemada de nuestras vidas. Lo único que escuché, casi molesto, fue cuando el oficial güeón, gritó diciendo:
-Demián, estoy seguro que vos ideaste ese güeveo. Donde estái, la cagái. En Iquique las vái a pagar, no creas que me voy a olvidar. Pero, mientras más amenazaba, más cara de güeón le ponía, me importaba un comino su disciplina militar ofendida.
Sin saber porqué, dormí, dormí, dormí. Pero desperté, cachando que había oscurecido. Tenía hambre y sed. Miré al lado, sin ver nada. Entonces hablé:
-¡Hey! Huaso culiao. ¿Estái despierto?
-Sí, güeón.-- Todos contestaron.
-Tengo sed y hambre. --El mismo síntoma a los cuatro quemados nos acompañaba. Yo dije:
-¡Hey! ¡Enfermero de guardia!. Tenemos sed y queremos comida. Sólo respondió el silencio, dando la impresión que en esa enfermería estábamos en la morgue, porque a nuestras súplicas, ningún enfermero acudía. --Uno de los pelaos, comentó:
-Parece que los mariscos nos hicieron mal. -- Otro dijo:
- Parece que la marihuana de este güeón, estaba fumigada. Fea la volá --Pero el último que habló, ese sí que la cagó diciendo:
-Los mariscos y la yerba estaban buenos, el resplandor del infierno de Pisagua nos quemó, güeón, ja, ja, ja,
Quedó la cagá, fue un ataque total de risa y güeveo. Riéndonos de lo mejor, se abre la puerta y se enciende la luz. Entró el oficial y el suboficial enfermero maricón, en pleno güeveo nos encontró. Quedamos mudo de la impresión. El oficial no aguantando ese güeveo, poniendo cara de malicia ordenó:
- ¿Se mejoraron los güeones?. ¡Que bueno, los felicito!, vístanse y retírense a sus dormitorios y mañana se presentan, otra vez, a la guardia. -- Todos contestamos bajoneados:
-A su orden, mi teniente. -- En un rato, los cuatro güeones, caminábamos en medio de la oscuridad enrabiados, pero algo felices, nos sentíamos aliviados de la quemazón.
En el hotel cuartel, cada uno a sus dormitorios. Caché la hora, 01.00hrs. todavía podía dormir. En mi cama, la tranquilidad y a descansar. No sé si dormía o tiritaba, sólo caché que unos pelaos me cuidaban y comentaban:
-Está igual que los ótros. Tiene fiebre y tersiana. Hay que llevarlo a la enfermería. Entre mi inconsciencia por la insolación, divisé a los otros quemaos, todos en el jeep de servicio y conducido por el oficial maricón, de vuelta a la enfermería los soldaditos turistas con insolación.
En la enfermería, nos recibió el suboficial enfermero sapo, junto con los guardias enfermeros. Por lo que escuché, estaban super molestos porque de nuevo estos pelaos güeones les habían espantado el sueño y traído trabajo, porque en esta enfermería nunca habían enfermos y estos guardias enfermeros lo pasaban muy tranquilitos.
Era, como algo psicológico. En la sala de enfermería se te espantaba el dolor. Nos pusieron no sé que medicamento, porque dormimos felices, tranquilitos como buenos soldaditos.
Ahí estuvimos, convalecientes, como dos días haciéndonos los güeones, sin reclamar ni molestar. Estábamos tranquilos, pero aburridos, nuestra salud era lo principal. Esa experiencia inolvidable y aburrida, tenía que sanar.
Al tercer día nos dieron de alta, pero no podíamos hacer guardia, deberíamos estar en el hotel cuartel, en reposo, pero igual pa´los mandados de suboficiales y oficiales culiaos. Todos ellos sabían la gracia que nos habíamos mandado.
En la tarde, después del rancho, llegó el oficial de guardia en el jeep, ordenando al cabo de servicio que necesitaba a los cuatro pelaos quemaos en forma urgente, que se presenten de uniforme y armamento. En tres tiempos viajábamos en el jeep, todos bien sentados. Al llegar a la cárcel, el oficial ordenó que bajáramos y lo siguiéramos. Llegamos a la reja principal. Éste de viva voz ordenó que el preso político Vladislac Kusmicik se presentara. Éste rápido en la reja apareció. Cuando lo ví, era el único preso al cual le tenía bronca. El güeón caliente las tenía todas: era doctor, tenía buena pinta, un Fiat 600 rojo y lola que lo calentaba. Se la tiraba en Iquique, entre los güeones pobres y humildes. El doctor caliente daba envidia; todos envidiábamo su cueva. Era el hombre ideal pa´las güeonas que se querían casar, viendo en el doctor caliente el futuro promisorio y asegurado. Mi hermana, por sus encantos, se le había entregado, pero ella se sintió desilusionada, porque el güeón sólo quería darle como tarro sin ver luces de un futuro casi asegurado. Y lo peor, fue que a mi hermana, el güeón, la dejó porque a mi ex pololita, el güeón sin ningún respeto, se la comió, y mi hermana lo pilló.
El güeón, a mi memoria, trajo al tiro esos malos recuerdos. El doctor caliente, cuando para su desgracia, de milico me vió, su mala reputación lo delató. Lo miraba con odio y con pica. El doctor caliente, mi dignidad había pisoteado. El güeón, cachó la cara que puse cuando me miró. Mi expresión no era de compasión, pero como era tan cara de raja, cambió su actitud y estirando su mano en un gesto güeón y miserable dijo:
-¡Hola, Willy! ¡Qué sorpresa! ¡Cómo nos cambia la vida! --El doctor caliente me sorprendió y yo, como güeón, me sentí opacado y estiré la mano diciendo:
-No sabía que érai rojo.--El oficial intruso preguntó:
-¿Ustedes, se conocen? -- Y el doctor caliente haciéndose el simpático e inocente respondió:
-Él es mi cuñado, señor oficial. -- Y yo, sin saber porqué chucha, sentí como orgullo de tener tan buenas amistades, ya que el oficial no esperaba que un humilde pelao tenga estas relaciones con una persona con tanto renombre.
El oficial, al doctor caliente, ordenó salir. Lo llevamos a una sala desocupada y le informó, en forma convincente, que el juicio de guerra había determinado que la pena capital se había ordenado y que ahora, lo tendría que fusilar.
Todos los pelaos y el doctor caliente, quedamos tiesos y mudos. Era para no creer. Yo era uno de los que debería cumplir esa triste misión. Al doctor caliente, lo odiaba, pero nunca tanto como un odio a muerte. Al final pensé resignado, doctor caliente, la justicia divina lo ha dictaminado y tu calentura se ha terminado.
Rápido, el oficial, le vendó la vista y maniatado por la espalda. Lo guiamos fuera de la cárcel y lo subimos al jeep. El oficial, los pelaos y el que sería fusilado a una playa llegamos. El doctor tiritaba, el oficial le preguntó si tenía algún último deseo. Éste trató de hablar, preguntando cuales eran los cargos, a lo que el oficial le dijo:
-No te entiendo lo que balbuceas. ¡Cállate, y acepta con valor y honor tu castigo!.
Nosotros cuatro, estábamos a unos diez pasos del ajusticiado. El oficial nos miró y ordenó:
-¡Pelotón, carguen armas! ¡A una señal, apunten! ¡Fuego!.
Una lluvia de piedras le llegaron al doctor caliente. Cuando sintió el primer piedrazo, emitió unos gritos desgarradores de espanto. Al darse cuenta que era una broma, casi infantil, del oficial, resucitó. Se reía y lloraba, poniendo cara de güeón, sintiéndose totalmente humillado. Yo sentí que mi honor se había vengado. El oficial le sacó la venda, nosotros nos acercamos, para subirlo al jeep. El doctor caliente, su aroma lo detaló, estaba hediondo a mierda. De susto se había cagado. Bueno, nadie tendría otra mejor reacción, era una broma macabra. Sólo en Pisagua, con la muerte de mentira y de verdad, se jugaba.
Después que cumplimos la broma macabra, de vuelta a la cárcel, el doctor Vladislac Kusmicik, que se veía totalmente renacido, yo le mostraba una gran sonrisa, sin importarme su olor a caca, sabiendo que al pelotón, le desagradaba, era una respuesta a nuestra broma tan pesada. En el trayecto tenía ganas de decirle lo que sabía, pero aclararlo, ya de nada servía. Resignado, pensé que al doctor caliente, en Pisagua, su fama de nada servía, al final, los dos estábamos en las mismas condiciones. La libertad no existía. El doctor en algo tenía razón: ¡Como nos había cambiado la vida!.
El oficial, en la cárcel, a nosotros, ordenó volver al hotel cuartel y advirtió que deberíamos irnos derechito donde él había ordenado. No quiero saber que se fueron a güeviar a otro lado. Y usted, Demián, ni piense en inventar alguna güeá. ¡Retírense!
- A su orden, mi teniente.
En el camino comenté con los pelaos.--Este teniente culiao, piensa que nosotros los pelaos, somos güeones. Él puede güeviar a su antojo, y lo peor que güevea con la muerte. Oficial culiao, ¿con qué cara, con qué moral practica la disciplina militar?.
Este güeón, está cagao.--Pero igual cumplimos la orden, llegando al hotel cuartel, al cabo de servicio nos presentamos y ordenó:
-Guarden el armamento, y limpien el jardín del cuartel.
-A su orden mi cabo. --Al rato estábamos, como güeones, limpiando el jardín. Éramos milicos jardineros. Uno de los huasos, sabía mucho de flores y jardinería. Mientras sacábamos la maleza, apareció un pitito del jardinero. Ahí mismo lo prendimos, detrás del hotel cuartel. Era uno para cuatro. En un dos por tres, se esfumó y nadie nos cachó. Volados, como gusanos, seguíamos las instrucciones del experto, que indicaba como retirar las hojas resecas y feas de las plantas y otras güevadas. Estuvo entretenida la jardinería, pero nos llamó la atención, cuando un pelao agarraba una mosca y la tiraba sobre unas hormigas. La mosca al caer a la tierra, las hormigas se le tiraban como pirañas y la devoraban. Para mí, era algo extraño, no sabía esa onda de la naturaleza. Me llamó mucho la atención esa situación, parecíamos güeones, agarrando moscas, para tirárselas a las hormigas. Todo terminó, cuando un pelao agarró una avispa o algo parecido, porque le picó la mano, dando el inmenso grito, lo que llamó la atención del cabo de servicio y, sin que nadie lo solicitara, apareció pidiendo explicaciones. El pelao, haciéndose el güeón, le comentó:
-Mi cabo, al mover una flor marchita, algo me picó. --Pero el cabo de servicio, no se la tragó, y le respondió:
-Ustedes, están güeviando con las hormigas, iqual que güeones, los mandé a limpiar el jardín y se pusieron a güeviar. Se acabó el juego. Ahora, deben barrer el cuartel y no los quiero ver echados o güeviando. ¡Ya! Partieron, pelaos culiaos.
Justo cuando el cabo terminó de dar la orden, el pelao picado en la mano, con cara de asustado dijo:
-¡Miren, mi mano! ¡Se está hinchando y me duele! -- Lo miramos, y era verdad, el pelao tenía la mano como empanada, super hinchada y de nuevo a la enfermería, pero tuvo que ir solo, sin nadie que lo acompañara. Era la venganza de las moscas de Pisagua, porque en Pisagua a todos, su mala onda particular, le tocaba.
Estábamos limpiando y barriendo el cuartel, seguro estábamos con el medio cuello haciendo esta limpieza y llegó la hora del rancho. El cabo de servicio ordenó, a todos los pelaos, formar e ir a comer, y de ahí todos libres un par de horas para descansar. Llegó la hora de la retreta y formar la compañía. El oficial, cuando estábamos todos firmes y alineados, ordenó salir adelante de la compañía, a nosotros, los pelaos quemados con insolación, y , para colmo, venía el pelao picado en la mano, ya recuperado. El oficial apenas lo vió le dijo:
-Usted, soldado, venga a este lugar. -- Los cuatro con cara de güeón, estábamos al frente de la compañía, esperando la sorpresa desagradable del oficial culiao. Continuó hablando el oficial y con voz de ofendido, ante nuestros compañeros milicos, huasos culiaos e indios culiaos, dijo:
-Estos soldados, estando de guardia, al Sur de Pisagua, se dedicaron a puro güeviar, despreocupando su servicio, pensando que eran turistas, se bañaron y güeviaron todo el día, y el sol los castigó. Todos se quemaron y sufrieron una insolación, por güeones. Que esto le sirva a toda la compañía como ejemplo. Acá estamos cumpliendo una misión, y no somos turistas, como estos pelaos güeones. --El oficial, terminó riéndose y la compañía también. Fue una risotada general. El oficial que había empezado a hablar tan serio, terminó cagado de la risa. Era la pura verdad. Era para la risa, la cagá que, a nosotros, nos pasó. El oficial, con una sonrisa ordenó:
-¡Buenas noches, compañía! --Todos al unísono contestamos:
-¡Buenas noches, mi teniente! .. El oficial, siguiendo el güeveo, mirándonos y con voz irónica ordenó:
- Pueden ir a dormir los turistas. --Y otra vez la risa comenzó. Nosotros seguíamos ahí parados, sin saber qué hacer. Y el oficial ordenó güeviando:
-Vayan a dormir, güeones, turistas cagaos, turista milico, ja, ja, ja. -- Todos de nosotros, se reian. Dimos media vuelta, riéndonos de la buena onda que reinaba.
Una vez en mi cama, tranquilo y de buen humor por lo acontecido, la tranquilidad mi alma llenaba. Todos los pelaos gozábamos cuando nos trataban con güeveo y buen humor. Era lo más fácil, era lo más barato, te abría el corazón. Te daba ánimo y esperanzas el buen trato.
De vuelta en mi hotel cuartel, mi camita, mi cama viajera, mi nave espacial. En ella podía viajar en mis pensamientos y en los sueños, así dormí.
Amanece, tocan la diana a las 6.00 hrs., arriba todo el contingente, aseo, asearse, formarse, desayuno, formar para relevos de guardias, menos los turistas.
El oficial ordenó que fuera a presentarme al casino de oficiales, ahora sería milico ayudante cocinero, lavaplatos, garzón y eso me gustó. Salí rajado al casino. Ahí, presentándome al pelao chef, le dije:
-El oficial ordenó que fuera tu ayudante, huaso culiao. Éste, muy contento con mi ayuda, rápidamente dió a conocer todas las güeás que tenía que hacer en el casino. O sea, estar pa´l güeveo de los oficiales. La primera orden fue llevar una taza de té y limones, a uno de los oficiales que estaba un poco resfriado. Mientras preparaba lo ordenado, chucha, mi fusil. Como un rayo se vino a mi cabeza ese problemita y ahora veía luces de solución.
Con la bandeja, una taza de té y limones, parado frente a la puerta del dormitorio del oficial, golpeé y pedí autorización para ingresar:
-Pase, soldado. -- Respondió el enfermo, con voz de enfermo.
-Buenos dias, mi teniente, el doctor particular viene a revisarlo.-- Le comenté, en tono simpático. --Grande fue mi sorpresa al ver la cara del oficial. Éste contestó con un leve movimiento de cejas.
-Tome este té con limón, mi teniente, y luego le pondré un “penicilina intra uterina”. --El oficial, sonriente por mi buen ánimo, contestó:
-No me güeís, estoy super enfermo. La gripe me agarró feo.--Acerqué mi mano a su frente y caché que hervía en fiebre. Por lo que le solicité ir, inmediatamente a buscar al sub oficial enfermero. El oficial contestó:
-No vayas a buscar a nadie, yo tengo un remedio mejor. Pásame la ropa térmica y el saco de dormir.
-A su orden, mi teniente. --Mientras urgueteaba sus cosas, caché su fusil, sin vacilar ni un segundo, lo tomé y le miré la serie. ¡Sorpresa! No era el mío y chao. Bajón. Encontré la ropa térmica y el saco de dormir y se los pasé al oficial. Y éste como pudo, se incorporó y solicitó que le ayudara a ponerse la ropa térmica y después ordenó, que pusiera el saco de dormir en la cama. Lo abrió y se metió adentro y ordenó que lo cubriera con las frazadas y dijo:
-Demián, tráeme dos litros de limonada helada, una toalla y un jarro con hielo. Anda, te espero.
-A su orden. -- Salí rápido a cumplir lo ordenado. En tres tiempos, estaba otra vez con el enfermo. El oficial ordenó, que con la toalla, envolviera los hielos para ponerlos en la cabeza y luego se bebió casi un litro de limonada helada, y comentó:
-El resfriado es un virus, que agarra tu cuerpo y ahí brota, no hay nada que lo pare, sólo hay que darle harto líquido y después, chao virus culiao.-Terminó casi riendo el oficial y agregó:
-Retírese, soldado, pero en una hora viene a darse una vuelta por acá, a ver si estoy vivo o muerto.
-A su orden, mi teniente. --Al dejar la habitación, concluí que mi fusil lo tenía el oficial que me faltaba revisar su arma. Si éste no lo tenía, ahí no sé que pasaría. Ya había revisado todo el armamento de los soldados y suboficiales, sólo esperaría el momento preciso. Tenía la plena seguridad, que ese oficial lo tenía, porque al subir al camión, cuando viajamos de Iquique a Pisagua, el oficial viajó en la cabino junto al conductor, y al subir entregó sus pertrechos y armas a un pelao que estaba a mi lado, en la parte trasera de nuestro vehículo. Lo difícil era, que los oficiales nunca llevaban su fusil, solo portaban su pistola.
Pensando en como recuperar mi fusil, le pedía a Dios que, ojalá, al oficial se le pegue el resfrio y ahí podría atenderlo en su dormitorio, lo otro que podía hacer, era ofrecerme, para ordenarle su habitación o no sé que otra cosa inesperada me daría la solución a este problema. Viendo esa posibilidad pensaba en el dicho popular que dice que hay tres tipos de problemas: los que tiene solución, los que no se pueden solucionar y, por último, los que se solucionan solos.
En el casino de oficiales descubrí mi gusto por el arte culinario. También no había dejado ninguna cagá durante los casi cinco dias de mi nuevo oficio. En una de esas, el cocinero ordenó revisar el pollo que se asaba en el horno. Al abrirlo, caché que se habí apagado. Agarré los fósforos y hasta ahí no más me acuerdo. Desperté, nuevamente, en la enfermería, todo quemado, las cejas, pestañas, la cara y pa´la cagá. El suboficial enfermero comentó que esperaría como evolucionaba, o si no, tendrían que llevarme a Iquique. Cacha, estaba casi pa´la cagá.
El soldado enfermero, al ver mi cara de güeón quemado, cuando abrí los ojos, me preguntó si sabía lo que ocurrió. Yo contesté y noté que al hablar, me dolían los labios. Los tenía hinchados.
-Me acuerdo que iba a prender el horno y chao.
-Te cuento, Demián, cuando prendiste el horno, estaba lleno de gas y vos prendiste un fósforo. Quedó la media explosión. El pollo, que estaba en el horno, saltó por allá y te pegó justo en el hocico, güeón. Ja, ja, ja.
-¿Verdad, güeón? --Le pregunté, casi tratando de no reir por el dolor de mi hocico.
-Es en serio, güeón. Teníai, marcado el cuero de pollo en el hocio, güeón, ja, ja, ja.
A puras cremas y no sé qué, fui recuperándome. Los primeros dias fueron adoloridos y aburridos, después entré en confianza.
Tratando de dormir en la sala vieja de enfermería, recorría con mi vista la vieja construcción, sin encontrar nada entretenido. Pensaba que los güeones que la construyeron, ya eran viejos, le habían pegado lo viejo, quedando todo más viejo. Creí, que porque llevaba tanto tiempo en el edificio viejo, yo también estaba viejo, casi durmiendo y soñar un sueño viejo. Olí algo nuevo, ese perfume, ese aroma..., esa sensación... era nueva y vieja, fijé mis sentidos en ese aroma. A oscuras, levantándome, caminé tras el olor y llegué a la puerta de mampara que daba a un patio de luz, corrí suavemente la cortina y ahí estaba el soldado enfermero, con su pito en la boca, volando solito. Empujé la puerta, éste al verse sorprendido, se alivió al percatarse que era yo, y le dije en son de güeveo.
-Doctor, necesito algo para el dolor de la mente.--Éste contestó:
-Tengo aspirinas de humo, Tómela de inmediato. -- Me pasó el pitito. Los dos güeones, el enfermero y enfermo en terapia mental volando.
El pelao enfermero comentó:
-Esta muralla divide la libertad y la opresión. Ojalás, que el humo les llegue a los presos y al olerlos, su espíritu se llenara de esperanza por la libertad, igual como me vuela la yerba y me llena de esperanzas de libertad. Lo único que deseo ahora, es mi libertad. Ya... Me puse grave... ¡Vamos, Demián! A la sala de enfermería, estoy de turno. Nadie va a venir a güeviar.
- A su orden , enfermero hippie.
-¿Demián, vos érai hippie?
-Sabís, pelao enfermero hippie. ¿Te cuento? Antes de entrar al sercicio milico, sabía que era hippie. Ahora no sé qué soy. No soy hippie, no soy milico, no soy político, no soy persona. ¡No soy nada! ¡No soy chicha ni limoná! No deseo para nada estar en esta güeá, pero acá estoy contra todos mis principios y deseos. Acá, tengo que estar obligado, y descubrí el significado de esas palabras que reflejan mi situación moral. Mi situación física, mi situación psicológica. Como te dije antes, ahora te repito ¡ No soy chicha, ni limoná!
Sentados alrededor del mostrador de la farmacia de la sala de enfermería, le pregunté al pelao enfermero, si tenían rubias de ojos celestes (desbotal). Éste respondió:
-En esta enfermería no hay esas cosas, o yo, no tengo idea si las hay, pero no me gustan las drogas químicas. A vos, Demián, parece que ya las hay probado.
-Claro. --Contesté, agregando-- Allá en Iquique, tenía un amigo que le robaba las pepas al tío, dueño de la farmacia Condor, que queda en Tarapacá, entre B. Arana y Amunátegui. Esa papa nos duró como tres meses, hasta que lo pillaron al compadre, de ahí, no he podido conseguirme. Son re locas esas pepas, te dejan chicharra y buena onda. -- El pelao enfermero, comentó:
-Yo he fumado yerba y tomado peyote. Resulta que cuando era civil, en el verano mochiliaba con un compadre. Llegamos a la Caleta de Horcón, el Paraíso de los hippies, ahí conocimos unos locos enfermos de volaos con peyote. Ellos mismos lo preparaban con cactus. Esa volá es super loca, es mística, es espacial, te desintegra los sentidos, te deja loco, güeón. -- Yo lo interrumpí, preguntándole:
-¡Vos, sabís prepararlo, güeón? --Éste contestó:
-Si, sé prepararlo, Demián. Se hace con un cactus de seis puntas, se pela y se cuece la parte verde durante tres horas, pero debe hacerse cuando esté la luna llena. Dicen, que la tomaban los indios mexicanos, en sus ceremonias a los dioses. ¿Sabís? Acá, en la plaza que está a la vuelta de la carcel, caché varios cactus y son de los mismos que hay en horcones, tengo todas las ganas de preparar uns dosis de peyote. ¿Te atrevís a acompañarme a cortar un cactus, güeón? --Yo le contesté:
-Al tiro vamos, si querís, pero tengo una duda: si lo preparamos, ahora, no se va a poder. No hay luna llena. -- El pelao enfermero respondió:
-Siempre, en algún lugar del mundo, hay luna llena. Nuestra posición nos hace ver la luna menguante, luna creciente o el lado oscuro de la luna, como la vemos nosotros, parece que todavía me dura la volá. Ya, Damián, vamos. Si nos pilla algún güeón, yo le digo que te saqué a tomar aire, porque teníai pesadilla, o cualquier güeá. Vamos, sígueme, yo llevo el morral y un yatagán.
Salimos de la sala de enfermería de la cárcel, derechito hacia nuestro objetivo. El pelao enfermero, llegó justo al cactus peyote; cuando se disponía a cortarlo, una voz de alerta se escuchó:
-¡Alto ahí, pelaos culiaos! -- Sorprendidos, asustados, pero al segundo relajados. Era la patrulla. Seguimos en nuestra onda. Uno de los pelaos patrulleros, preguntó:
¿Pa´qué están cortando esa güeá? -- Yo le contesté irónico:
-En la enfermería hay un pelao embarazado y tiene antojo de comer ensaladas de penca, güeón.
- Pero, esa güeá no es una mata de penca, po´s güeón. -- Y le respondí:
- Bueno, pa´que le vamos a decir que no es una penca po´s güeón. Ya vírense, huasos culiaos, sapos. Y casi toda la patrulla en son de güeveo contestó:
-Indio culiao, métete la penca en el hoyo, ja, ja, ja. --Se fueron riendo felices y nosotros igual nos fuimos felices con nuestra cosecha.
En la sala, el pelao enfermero peló, picó y en una marmita sobre un mechero, empezó el cocimiento que debía durar tres horas y, para pasar el tiempo, preparó su pitito y nos dirigimos otra vez al patio de luz y volar, volar y volar. Después regresamos a nuestro lugar, donde ya hervía el cactus despidiendo un leve, pero desagradable olor. El soldado enfermero comentó:
-Cuando termine de cocer el cactus, hay que dejarlo reposar y mañana, en la noche, lo tomamos. ¿Te gusta la idea?.
-Por mí, me lo tomaría al tiro, güeón. Quiero puro volar, güeón. Ja, ja, ja.
-¿Sabís, Demián? Esta droga es super. Antes de tragarla tomamos un vaso de agua con azúcar, porque el peyote es super amargo y de mal gusto, cuando lo traguís te van a dar ganas de vomitar. Tenís que aguantar, y de ahí te vái en la volá. Yo, cuando aprendí a volar con peyote, nos enseñaron unos hippies que practicaban yoga y meditación. Ellos nos dirigían la volá. Al volarte tenís que estar relajado, sin miedo ni angustia, si te lo tomái sintiendo ansiedad o pena, capaz que te murái llorando y cagándote la onda volao, por eso yo te voy a guiar, para que tengái una buena volá.Y no te vái a arrepentir compadre.
- Me tenis sorprendido, pelao enfermero, vos soy más volao que yo. Parece que hasta tus papás son volaos, güeón. Ja, ja, ja. --Terminé riéndome en tono burlesco y cambié de actitud, al ver la cara que puso el pelao enfermero, y éste con toda pena contestó:
-Yo tuve papá y mamá, pero están muertos. Me criaron mis abuelos. ¿Te cuento? Parece que mi taita era drogado, pero se drogaba con el juego, güeón. Resulta que mi taita vivía al interior de Ovalle, casi en la cordillera y recorría todos los pueblos jugando poker. Apostaba plata, era un casino con patas, era muy respetado por ser derecho y legal en el juego. En una de sus andanzas conoció a mi madre, de ahí salí yo, pero mi taita seguía en lo mismo. Era su droga. En uno de sus juegos, tirando al azar su destino, tentándolo su contrincante, cegado por la apuesta, trastornado por su vicio, apostó a mi mamá. Cuando el poker mostró su verdad, respetuoso de las reglas del juego, ya que estas se pagan,,,,,, porque él era un jugador con honor, perdió a su mujer. Le dijo al ganador:
-Espera voy a ir a buscar a mi esposa. Te la ganaste. --
Al volver, con mi mamá, para entregarla como pago al ganador le dijo:
-Tómala, te la entrego, pero no dijimos si te la daría viva o muerta. Sacó su revólver y le disparó dos tiros en la cabeza a mi mamá y luego se suicidó con un disparo en la boca. Así fue como quedé huérfano. Esa historia me contaron mis abuelos, cuando faltaban como dos días antes de venirme al servicio militar. Cacha, la media volaíta de mi papá. Ese loco era volao lúcido.
Quedé completamente asombrado, choqueado. No lo podía creer. Le pregunté, no sé cuántas veces, si era verdad. Éste casi molesto, al final respondió:
-¿Me estái agarrando pa´l güeveo? -- Y preguntó:
-¿Y vos tenís papá y mamá, indio culiao, incrédulo de la vida, sin derecho a chicha y a la limoná, güeón?
-Te cuento huaso culiao, yo entre broma descubrí como, realmente murió mi papá. Resulta que mi papá que era profesor, lo atropelló un bus en Santiago. Y, mi mamá, quedó viuda con cuatro cabros chicos, entre esos estoy yo. El menor de mis hermanos tenía dos años, yo cuatro, el ótro seis y el mayor ocho años. A los dos años de viudez de mi mamá, unos tíos la invitaron a pasar el verano a Iquique. Nosotros, como cabros chicos, nos encantó la playa y mi primo, que se encuentra ahora, acá preso, nos llevaba todos los días a la playa. Y, mi mamá, en una de esas, conoció a un caballero y nos llevó a vivir a su casa con su hija, que era de un matrimonio anterior, y la mamá de él. Este compadre, es mi padrastro. Es como mi papá, ha sido super legal, nos ha educado y respetado. Nunca ha faltado comida. Él trabaja en el puerto, pero la onda con mi verdadero papá es super loca. Nosotros, estábamos convencidos y resignados, que a mi papá lo había atropellado un bus y murió, y chao. Una vez, no sé porque, tocamos el tema de como murió mi papá. Y yo, no sé porqué, dije como güeviando: Qué le habrá pasado a mi papá. Cómo tan güeón, parado en la esquina y no cachar que viene un bus. Estaría volao o curao. Le dije a mis hermanos y éstos se cagaron de la risa, pero mi mamá abrió los medios ojos, al escuchar mis comentarios y, como sorprendida preguntó:
-Oye, Willy, ¿quién te dijo eso, que tu papá estaba curado cuando lo atropellaron? --Yo, al oir el tono de voz de mi mamá, realmente sentí esa verdad. ¿Sabís compadre? La verdad se siente, no tienen que decírtela, la verdad se siente, no es necesario que te lo digan. A mi mamá le respondí: -- --Realmente, nadie me ha contado que mi papá estaba curado cuando lo atropellaron, sólo que lo dije como broma, mamá. -- Le respondí. Mi mamá, con toda su pena y verdad escondida durante tantos años, nos relató la verdad:
-¿Saben niños? Les voy a contar lo que pasó con tu papá. Resulta que tu padre, cuando nos casamos y tuvimos a ustedes, estábamos felices casados, pero tu papá, después del trabajo, en la escuela con sus amiguitos salía a tomar y llegaba curado a la casa. Con el tiempo la cosa se puso peor. Me insultaba y pegaba, se volvió loco, cuando tomaba se trastornaba. Me sacaba la cresta. Estaba tan aburrida de sus malos tratos. Ese día me pegó, se fue, yo enojada y mal tratada, le deseé la muerte, lo odiaba a morir, y justo, lo atropellaron curado y murió. Yo no lo podía creer. Me remordía la conciencia, nunca he podido olvidar esa situación, pero quizás fue para mejor. Yo no merecía esa mala vida. Mis padres, jamás fueron alcohólicos y tampoco nos dieron mala vida, al contrario, teníamos buena situación. El resto ustedes lo saben.
Chucha y rechucha, con esa verdad, mi mamá, al fin pudo descansar y nosotros, comprender que mi papá había sido como las güeas con ella y mi padrastro, era un rey. Cacha, los viejos pa´volaos, güeón. Tu taita volao con el poker y mi papá con el copete. ¡Que lindos ejemplares, digno de destacar, güeón!
-Que terrible, compadre. Me acordé de mi mamá, mi casa güeón. ¿Te cuento, pelao enfermero? Como a los dos dias nos dieron permiso para salir de franco, pero tres horas nada más. Cuando salí del regimiento, me fui corriendo a mi casa, llorando de puro contento. Me sentía libre de los milicos culiaos. Al llegar a mi casa y golpear, abrió la puerta mi hermana Ana y gritó:
-¡El Willy! ... --Y se puso a llorar. Y mi mamá y hermanos, todos, me abrazaban. Mi mamá lloraba, estaban felices de verme. Yo igual, lloraba de contento. Ahí caché, que ellos también lo estaban pasando mal con mi onda milico. Me preguntaban, si era verdad que estaba en Santiago y qué había pasado. Yo les comenté, que sólo había sido un paseo y ninguna güeá penca de las que había pasado. Estaba feliz en mi casa. Cuando llegó la hora de volver, ni cagando quería volver al regimiento. Estaba abrazado de mi mamá y llorando le decía:
-Mamita, no quiero volver al regimiento. No quiero mamá. No quiero ir nunca más donde los milicos, mamá. Por favor, hace algo o anda a hablar con ellos. Yo no voy a volver. -- Le suplicaba a mi mamá.-- Ella decía:
-Tienes que regresar, hijito. Si te pillan te pueden castigar, te pueden meter preso. Vas a ser un desertor y para ellos es una guerra. Te pueden fusilar. Por favor, comprende tu situación. Yo tampoco quiero que estés en el ejército, menos ahora, como está la situación en el país. Por favor, regresa, algún dia se va a terminar esto. No eches a perder tu vida, por favor. Regresa. -- Y ella abrazándome hasta la puerta, se despidió de mí diciéndome:
-Confio en tí. Voy a rezar harto por tí, hijito. Andate, chao y cerró la puerta. Yo quedé afuera parado inmóvil, llorando solo, frente a esa realidad. Dí la vuelta y salí llorando de nuevo a mi regimiento. En la esquina de mi casa, me encontré con otro pelao de mi compañía. Éste al saludarme comentó:
-Oye, Demián, tenís los ojos rojos, güeón. ¿Estái fumando, güeón?
-No, güeón. -- Le contesté--estaba llorando, llorando como güeón y diciéndole a mi mamá que no quería volver al regimiento. --Éste respondió, con sus ojos llenos de lágrimas:
-¿Sabís, Demián? Yo también lloré todo el rato en mi casa. Tampoco quiero volver con los milicos culiaos, güeón. ¡Qué chucha vamos a hacer, güeón!
Yo miré a mi compañero, con los ojos llenos de lágrimas, igual que los mios y le contesté:
-Parecimos güeonees, llorando de miedo por los milicos culiaos. ¡Vamos, güeón! Agarramos el fusil y los hacemos cagar y de ahí vamos al Julio Prieto a cacharnos las minas, güeón. Ja, ja, ja. ¡Vamos, pelao maricón.-- Y salimos corriendo al regimiento y en el camino güeviando a las lolas que, no sé porqué, ese dia se veían más ricas que nunca. Esa onda me pasó la última vez que estuve en mi casita, compadre. Quedé loco.
-¡Oye, Demián!, ¿vos, cuando estuviste en Santiago, te viste enfrentado a alguna mala onda? ¿Te mataron?, ¿mataste? ¿Qué onda pasó? ¡Cuenta la legal, güeón! -- Yo le respondí:
-¿Te cuento pelao enfermero?, lo que pasó, lo que hice, lo que fui capaz de hacer al descubrir en mí, una personalidad que tenía escondida en no sé donde chucha. Nunca jamás, en la vida lo voy a contar, esa güeá, me hace mal y parece increíble, lo que realmente en Santiago me mató, fue mi onda hippie. Mi alma de hippie, mi sentimiento de hippie, mi convicción de hacer el amor y no la guerra. Como hippie yo creía en el amor y la paz, ahora quedé cambiado: no creo en ninguna güeá, ni en Dios, ni en el Diablo, ni en los políticos, ni en los milicos. Te repito, otra vez, no soy ni chicha, ni limoná, güeón, Ja, ja, ja. Terminé riendo por mi respuesta, a loo que el pelao enfermero respondió:
-¡Oye, Demián!. ¡Cáchate, güeón, no te riái tan fuerte!. Mira, güeón, está amaneciendo, está listo el cocimiento. Anda a dormir, mañana lo probamos, yo lo voy a guardar.
-Ya compadre, me dió sueño tanta cháchara, chao.
Solo, en mi cama de la enfermería, casi amaneciendo, dormí. Al medio dia, fui despertado y entregaron mi almuerzo. Lo devoré, tenía más que hambre. Fui al baño, dejé mi segunda parte en la taza. Afeitado y bañado volví a mi cama. Las quemaduras de mi cara y brazos, ya estaban casi curadas y lo mejor era, que no tenía ninguna cicatriz de mi rídiculo accidente. Solo, y más que aburrido, tirado en mi cama, me fui relajando y ...chao, dormí, dormí.
Al despertar, el pelao enfermero me saludó:
-¿Cómo estái, Demián? ¡Hola! El suboficial enfermero, comentó que dormiste todo el día y parece que te van a dar de alta, güeón. ¿Estái listo pa´l peyote?
-¡Ah! ¡Hola! Dormí todo el día parece, es lo mejor que hago, güeón: Dormir, dormir. Ya pos, güeón, volémonos con tu pósima del demonio, y a todo esto, ¿Qué hora es?
- Son pasado las 24 hrs. Son casi la una de la madrugada. Ya, ahora, siéntate en la cama. Te vái a tomar primero este jarro de agua con azúcar y después, en este vaso que tiene peyote, te lo tragái sin saborearlo ni nada. De un solo pencaso, y después, te acostái y escucha mi voz, pero, antes dime, ¿cuál es tu signo del zodíaco?
-Yo, soy del signo Acuario. Soy del aire, del espacio, de la chucha del mundo, güeón. No le pongái tanto color, huaso culiao, soy cuático, güeón.
-Ya, tranquilo güeón. Bueno, sígueme lo que yo te diga. Ahora, toma el agua. Listo. Ahora, el vaso. Bien, trágalo, sin vomitar, aguanta bien, güeón. No le hiciste ni asco, güeón. Ahora, acuéstate y cierra los ojos y no pienses en ninguna güeá, en nada familiar, ni terrenal. Los del signo acuario son del aire, piensa en el espacio.
Cuando tragué el peyote, casi lo vomité. Tenía un gusto amargo y era como gelatinoso, pero mi onda voladora, no le hizo asco. Cuando estaba ya acostado y escuchando al pelao enfermero peyote, que cerrara los ojos y pensara en la onda espacial, no sé cuántos segundos o minutos demoré para empezar a sentir los efectos de la pósima.
Sentí unos espasmos en mi cuerpo, sentía como un hormigueo en mis venas, como millares de puntas de alfileres pinchaban mis sentidos, pero se hacía notar primero en mi lengua y boca, pinchada por millones de alfileres. La misma sensación bajó por todo mi cuerpo de arriba hacia abajo, devolviéndose como una nube, que envolvía mi cabeza, desintegrando mis sentimientos, pero antes haciéndolos realzar, sentí como un segundo de pena, que afloró con fuerza y, a la vez, se desintegró con la sensación avasalladora de unos pinchazos. Estos pinchazos los sentía como que era con algo más chico que un alfiler, era imperceptible, pero casi sin sentirlos, los notaba que recorrían toda la gama de mis emociones. Esa extraña sensación recorrió todo mi cerebro, cambiando, quizás, por no sé qué tiempo de posición y sensación, sin descifrar qué producía. Escuché dentro o fuera de toda esa mezcla de emociones una voz que decía:
-Trata de alejarte de la tierra, sale al espacio, anda vuela.
Mi alma, mi mente, no sé qué sentía, como se desintegraba mi cuerpo. Sólo veía la tierra alejarse de mí. Sólo veía, como volaba fuera del sistema solar. Sólo tenía la sensación de ver, sin ojos. Sólo veía mi cuerpo diseminado, desintegrado en el espacio infinito, donde el significado de la vida no existe. El tiempo es pasado, los sentimientos del bien y el mar, no se conocen. Las nebulosas, estrellas, el infinito finito, la nada, lleno de todo, el espacio sin fin, donde el universo forma una parte ínfima del gran sistema universal, donde el fin puede ser el comienzo, donde el alfa y omega sólo es una parte en el espacio. Donde la razón humana no ha sido capaz de siquiera vislumbrar donde está el espacio final, quizás detrás de las estrellas infinitas. Creía sentirme en la frontera universal del tiempo, queriendo sólo permanecer ahí: estático, místico, espacial, volado. Llegó a mi sensación, el más puro sentido de la paz. La paz exterior perdida en mi interior, las extremas vivencias de la tierra, fueron humilladas por esa paradisíaca paz, sintiéndome parte del espacio universal rodeado de infinitas gamas de colores vivos de luz. Estas gamas en cada color traían las moléculas desintegradas de mi cuerpo, llegando a una tridimensional nebulosa espacial donde se formó mi ser, mi cuerpo, mi alma, mi espíritu, mis sentidos y mis emociones. Sentía la sensación del hielo eterno. Congelado de frío, salí de ese vuelo espacial, al sentirme casi lúcido en mi cama tiritando de frío. Un poco extrañado sentí, nuevamente, la normalidad en mi cuerpo. Esa sensación extrema de frío había pasado y ya estaba sintiendo una temperatura normal en mí, y ya me sentía bien. Miré al pelao peyote, y lo ví en la misma posición y seguro que todavía volaba, ¿adónde? , aún no lo sabía. No me interesaba, estaba más que relajado, casi ido, casi volado y lúcido. Aún no tenía ninguna explicación para esa mensa ni que volá que me había pegado con peyote.
Sentía mi cuerpo cansado, fatigado. Haciendo un gran esfuerzo, me tapé y no sé como, dormí, dormí. Al rato, siento que alguien golpeaba mis mejillas ordenando:
-¡Demián!, ¡Hey, soldado, despierte! -- Abrí los ojos y ví que era el oficial que decía:
-Demián, estái de alta. Levántate y vuelve al casino de oficiales. Ni te acerques a la cocina. Apúrate, porque hoy llega mi comandante Larraín con otras personas y tienes que ayudarle al cocinero.
-A su orden, mi teniente. -- Rápido, salí de la enfermería. El mismo oficial, en el jeep, me dejó en el cuartel hotel y chao, en tres tiempos estaba otra vez en el casino de oficiales. El pelao cocinero se alegró al verme y contó que él le había pedido al oficial que yo volviera al casino, porque era un buen ayudante de cocinero.
-Gracias, compadre. -- Le respondí-- Yo creí que me iban a tirar a las guardias. Bueno, acá estoy.
-Mira, Demián. Resulta que llega el comandante Larraín, el capellán y otros oficiales. Estos vienen a efectuar el consejo de guerra, y también a pegarse en la pera. Le voy a cocinar unos pasteles de jaiba, ceviche de corvina, ostiones a la parmesana, erizos en salsa verde. El copete lo traen ellos, yo creo. Así que voy a cocer las jaivas. Tengo todo el marisco y el pescado listo. ¿Sabís pelar pescado?
-Claro, soy capo en pelar pescao.
Así estuvimos todo el día, pelando patas de jaivas, abriendo ostiones y erizos. Para rematar limpié cuatro corvinas, que las dejé descueradas y picadas en cuadritos pa´l ceviche, pero antes, habían ido a dejar, al casino de oficiales, doce botellas de vino blanco y doce botellas de vino tinto concha y toro. Las de blanco ordenaron colocarlas, inmediatamente al refrigerados y avisaron que los comensales llegarían a las 22.00 hrs. a cenar.
A la hora ordenada, llegaron puntualmente los señores comandantes. Eran seis más un capellán. El comandante, al ingresar al casino, se dirigió de inmediato a nosotros y, con una sonrisa de aceptación por el buen aroma que invadía el comedor, preguntó:
- A ver, soldados. ¿Qué de bueno hay? Tenemos hambre. Vamos a cenar. Si nos gusta su comida nos vamos, si no me gusta, después lo sabrán. --Comentó en tono simpático, Agregando:
-Pueden servir la cena. -- El pelao cocinero y yo, contestamos, con cierto orgullo por el comentario del oficial:
-A su orden, mi comandante.
Nosotros, casi media hora antes, teníamos todo listo y dispuesto. El pelao cocinero, les había preparado unas vainas con vino blanco y erizos. Estaban de chuparse los bigotes. Los comensales se repitieron el aperitivo. El capellán cura, lo triplicó. Mostró al tiro la hilacha, le gustaba más el copete que comulgar. Al güeón, le asentaba ese bronceado de cantina. Luego, servimos la entrada de erizos en salsa verde, junto con el ceviche, acompañado con copete blanco. Detrás los ostiones a la parmesana y el plato fuerte: pastel de jaiba más copete. Los güeones, en sus paladares gozaron esas exquisiteces. Se veían felices. Comer y chupar, sobre todo el cura. En la sombra que daba su cuerpo, se veía clarito la cola del diablo... Cura culiao. Los comandantes, después que comieron y chuparon, ordenaron que nos presentáramos, y el comandante Larraín, comentó:
-Los felicito, soldados. Exquisita su cena. Lo prometido es deuda, nos vamos a Iquique. Muchas gracias soldados. Será hasta otra oportunidad. ¡Adios!.
Nosotros, sacando más pecho del que teníamos, contestamos:
- A su orden, mi comandante. -- Éste respondió con un saludo en la visera y se fue acompañado por los otros oficiales, que también nos felicitaron y agradecieron lo bien preparado de la cena. Sólo se quedó el güeón del cura. No sé pa´qué, pero el güeón, ahí se quedó. Sólo, pero acompañado de un botellón de tinto. Mientras abría un portafolio, sacó unas hojas y parece que las leía y se persignaba. Y no sé que chucha, lo cierto era que el cura, estaba curao. El capellán, al rato, viendo que el copete se acabó, se paró, como si nada, y sorprendido al vernos, hizo como una mueca de desagrado hacia nosotros, como diciendo, pelaos culiaos, sapos o algo parecido, y sin dar ni las gracias, se retiró del comedor. No sé si iba derechito al dormitorio o al infierno, porque este cura, güeón, de santo no tenía nada. Al salir, cerró la puerta más fuerte que la chucha, el güeón. Más encima, era pateador cuando se curaba, al fin, quedamos solos con mi compañero cocinero y éste dijo:
-Tengo guardado un botellón tinto, comida y un bajativo volador. Vamos, Demián, es nuestro turno.
Cuando, justo el pelao cocinero iba a sacar la botella, llegó el oficial de guardia y se dirigió a mí, ordenando:
-Mañana a las 7.00 hrs. te quiero con uniforme. Vas a ser escolta del vehículo para una misión. De ahí, vuelves al casino. Los felicito. El comandante quedó feliz y comentó sus artes culinarios. ¿Les quedó algo? -- El pelao cocinero respondió:
-Sí, mi teniente, ¿vamos a la cocina o le servimos en el comedor?
----El oficial, feliz dijo:
- No. En la cocina. Estoy de guardia. -- El oficial le hizo chupete a todo lo que le servimos. Era lo mismo que le servimos a los comandantes, y junto con el oficial, comimos y cara de palo, el pelao cocinero, sacó el botellón de vino y pidió permiso al oficial para abrirla, y éste, aceptó encantado. Comimos, chupamos. El oficial se tomó un vaso de vino y se retiró, pero antes, me recordó la orden de tener que presentarme a las 7.00 hrs. con el chofer de servicio.
-A su orden, mi teniente.
--¡Al fin solos! Bien comidos y bebidos. El buen bajativo lo fuimos a fumar a la parte trasera del casino, con vista al mar y métale humo, volar y volar. Así, bien volados y satisfechos, chao y a dormir. Era alrededor de las 02.00 hrs. de la madrugada. Entre volao y copeteado, me fui derechito a mi cama. Ahí caí y dormí, dormí.
--¡Hey! Pelao. ¡Despierta!. Tenís que presentarte al cabo conductor. Te espera en el jeep, güeón. Apúrate, güeón. Levántate rápido.
-- Re chucha, al fin desperté. Recién parecía que me había acostado y ya tenía que levantarme. Igual, rápido, me levanté: una mojada, mi casco, mi fusil y arriba del jeep. El cabo conductor, al verme, casi me mató con la miradita que pegó y dijo:
-No fallái nunca, güeón. A las 07.00 hrs. tenían que estar en la puerta esperándome, güeón. No yo, esperándote a vos, güeón. -- Yo lo miré, poniendo toda mi cara de güeón y compasión, pero por dentro, pensando en decirle: vírate, cabo culiao, pa´eso estái pa´l gueveo, chucha e tu madre.
El cabo culiao, echó a andar la cagá de jeep, dirigiéndose rajado a la cárcel y parándose en la puerta principal de la cárcel de Pisagua, sin decir nada, bajó rápido e ingresó a la cárcel y volvió a salir y ocupó su lugar ordenando que yo bajara y me quedara a un costado del vehículo. Yo, parado, entre despierto y dormido sin cachar que pasaba. Miraba el cielo, que lucía de un celeste claro transparente de ese despejado día de verano. Miraba indiferente al cabo, queriendo preguntarle que onda pasaba, pero como el culiao era pesao, con fusil y todo, seguro que me ignoraría.
En eso, siento un movimiento de la reja principal de las celdas, de donde venía un preso amarrado de pies y mano, acompañado del capellán, dos oficiales y dos suboficiales. Al llegar, todos estos, a la puerta principal de la cárcel, el cura capellán del ejército de Chile lo embobaba con los productos de la religión católica, mientras los dos oficiales, ponían una venda sobre los ojos del prisionero. De ahí, todos arriba del jeep. Sólo cuando el preso trató de subir, un oficial dijo:
- Palomino, acá, ahora levanta tus pies.
Ahí supe el nombre del prisionero. El vehículo arrancó con su carga de preso y milicos, en dirección, para mí, desconocida. Escuchaba al cura, que le rezaba al preso y, seguro, que el tufo, era lo único que recibía el que, sin duda, por las apariencias, lo llevábamos al patíbulo. Iba a ser fusilado. Lo que confirmó mi duda, fue cuando llegamos al sector donde estaba el rancho y, ahí, el vehículo se detuvo y el suboficial mayordomo, entregó, al oficial, cuatro palas, dos sacos paperos vacíos y un medio saco y un medio saco de un polvo blanco, que era cal. Al reiniciar la marcha, en dirección al norte de Pisagua, ya todo era una realidad.
El cura seguía murmurando su verborrea religiosa, sin ser capaz de poder evitar lo inevitable, y los milicos, convencidos en su ignorancia, al no saber que la violencia no sirve a ninguna verdad. El sentenciado a muerte, al cual su voz nunca se escuchó, porque se le habían gastado los ruegos en vano. Y, yo, el pelao escolta del vehículo, sintiéndome la nada misma: Ni chicha, ni limoná.
Estaba seguro, que todos los que íbamos a cumplir esa macabra misión, habíamos participado antes en esa realidad de vida y muerte, por nuestra actitud, que se reflejaba en los rostros de los milicos. Toda esa realidad era nueva. Todos descubriríamos esa sensación de vida ante la muerte.
En esos momentos, inesperado e inoportuno, me recordé de mi secreto más secreto: mi fusil con balas yerba. Frente a mí estaba el oficial, que yo suponía que tenía mi arma. Rápido miré su fusil, y… claro. ¡Él lo tenía! Para asegurarme, me agaché, como arreglando los cordones del bototo y miré frente a mí la serie de mi fusil. ¡El oficial lo tenía!. El corazón, me latía a mil. En eso llegamos a nuestro destino: el patíbulo. Como símbolo, dos durmientes semienterrados. El jeep se detuvo, cada uno de los que formaban el pelotón de fusileros, bajó con su arma y ordenaron que yo tendría que estar a un costado del vehículo. Se llevaron al sentenciado a muerte hasta un durmiente y durante el trayecto, el cura capellán, rezaba a viva voz, casi en la oreja del preso. Éste, movía su cabeza confundido, quizás, por las plegarias o por el tufo del cura culiao, que cuando vomitaba sus oraciones, miraba al cielo, para estar bien con Dios, y luego, bajando la vista, en forma de sumisión, para satisfacer al mismo demonio. Al cura culiao, la aureola de santo se le opacaba con los cachos de diablo que desde lejos le asomaban.
Al preso, le amarraron sus manos por detrás del durmiente. El cura se alejó, aún rezando. Se puso bien lejos, quizás, para que no le salpicara la sangre de ese buen o mal pecador.
El pelotón de fusileros, compuesto de un oficial y tres suboficiales, a una distancia de veinte metros, espera las órdenes. El oficial al mando, desenvainó su sable, los del pelotón al ver ese movimiento, levantaron sus armas y las cargaron. El oficial apuntó el sable hacia el cielo y el pelotón, apuntó al ajusticiado. Un segundo, la nada. En la punta del sable estaba el límite de la vida y la muerte. Al bajarlo, el fusilado, cruzaría la línea fronteriza de la muerte. El oficial, como ordenando un acto heroico bajó, enérgico, su sable. Se escuchó el estruendo de las mortíferas descargas. El eco repetía el sonido de la muerte. El oficial, al envainar su sable, el pelotón de fusileros, bajó sus armas. Orden cumplida. El oficial con paso seguro, se dirigió al ajusticiado por los que se creían justos, desenfundó su pistola y le descerrajó un balazo en la cabeza. El fusilado, recibió su tiro de gracia, con los estertores de la muerte, ridiculizaba su cuerpo, sin emitir el más mínimo quejido, reflejando no tener miedo, como hombre, a ningún hombre. Después, el cura capellán, se acercó al fusilado, con sus gestos hizo la señal de la cruz, que parecía haber dicho de arriba hacia abajo con la mano:
-¡Fuiste bueno de norte a sur, pero cagaste!.
Y se retiró de ahí como molesto, quizás, hubiera preferido mil veces, haber estado en una iglesia o algo parecido, porque ahí, al terminar la misa, se podría tirar su buen vaso de copete.
El oficial al mando del pelotón, dirigiéndose a mí, ordenó:
-¡Soldado! Traiga las palas y sacos.
Yo estaba momificado, petrificado. Escondí mis sentimientos y obedecí la orden. Mientras, entre todos, sacaban al fusilado del paredón. Al llegar donde el oficial ordenó, todos los fusileros me entregaron sus armas y ordenaron dejarlas en el vehículo. Un mar de sensaciones y emociones embargaba mi razón, en este mismo momento había encontrado mi fusil. Lo agarré, todavía estaba tibio, el perfume, el olor de la pólvora mezclado a muerte, cubría toda la brisa amarga y sin sabor a nada. Mi fusil, lo crucé en mi espalda y a los otros, los dejé en el jeep. Mientras veía como al muerto, le metían un saco con cal desde su cabeza hacia abajo, y desde sus pies hacia arriba. En andas lo llevaron y metieron en un hoyo que ya estaba listo para la ocasión. Rápidamente, lo taparon, lo enterraron. Con su actitud delataban su maldad. Tras unas cuantas paladas de tierra, los milicos ejecutores, miraban a su alrededor, no querían que nadie los descubrieran enterrando su maldad. Así como llegamos, nos retiramos. Rápido, sin ningún comentario. Todo estaba dicho, terminado, ejecutado, muerto y enterrado. Sólo yo le comenté al cura:
-¡Oiga curita! ¡¡¡Ni una cruz le tiraron!!!
Este respondió:
-Los comunistas, son ateos. No creen en los católicos, no creen en Dios.
Devolviéndonos por donde habíamos llegado, todos nos sentíamos extraños. Los militares profesionales, habían llegado al sumo de su carrera, habían cumplido su razón de ser. Llegaron a la cúspide, siempre se educaron para eso: matar al enemigo, que es la consagración de su carrera militar. Se sentirían realizados. Bueno, ese era el precio de su vocación militar.
Al llegar al rancho, el oficial ordenó que bajara y entregara las palas y, que esperara en el comedor, hasta nueva orden.
-¡A su orden, mi teniente! – contesté.
Sentado, solo, abrumado, reaccioné. Miré de nuevo la serie del fusil. Sí era el mío. Saqué el cargador y retiré las balas: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, y la yerba. ¡Al fin! Sólo faltaba una bala, el oficial la ocupó en el fusilamiento. Lo imaginaba, pero costaba creerlo. Mi fusil reculiao, había sido parte del pelotón de fusileros. Consolándome pensé:
-Ojalá, que la bala hubiera estado bien pasada a marihuana, y que fuera la primera en llegar al fusilado, porque al entrar a su cuerpo, quizás, se hubiera volado, alejándolo de la realidad que estaba viviendo, y en la volá, se impregnara del sentimiento hippie, encontrándose con la muerte lleno de amor y paz.
Sentado taciturno, mirando sin ver, sintiendo sin hálito la vida, alguien gritó, sacándome de mis pensamientos:
-¡¡Miren, pelaos, vienen bajando tres camiones. Es el relevo. Nos vamos, güeón!! ¡Nos vamos a Iquique!.
Gritaba eufórico el suboficial mayordomo y ordenaba:
-Ya, pelaos. Guarden todo. Es el relevo. Nos vamos del pueblo infernal. Nos vamos a Iquique. ¡Al fin! ¡Gracias a Dios!
Al escuchar, lo que decía el suboficial, resucité. El corazón me zapateaba inquieto. Estaba contento. Después pensé que tenía que esperar el jeep hasta recibir nuevas órdenes, pero sentía esa verdad. ¡Era el relevo! ¡Nos íbamos a Iquique!.
Al rato llegó el jeep, el cabo con la cara llena de felicidad me ordenó:
-¡Demián! ¡Saca todas tus pilchas del dormitorio y te vái a la cárcel, nos vamos pa´la casa, güeón! ¡A Iquique!
- ¡A su orden, mi cabo!.
Salí rajado al hotel cuartel. Había un solo despelote. Todos guardábamos nuestros pertrechos felices, mientras los cabos daban órdenes a gritos.
- ¡Vamos soldados, mientras más rápido estamos listos, más rápido nos vamos!.
Era la mejor orden que había recibido en Pisagua. De un soplo saqué todas mis güeás del dormitorio, sólo un segundo gasté en mirar ese dormitorio y dije en voz alta :
- ¡Hasta nunca jamás, chao!
Salí con otros pelaos en dirección a la cárcel. Al llegar los tres camiones, se quedaron estacionados con sus motores en marcha, esperando su nueva carga, mientras los soldados formados y con caras de curiosos veían al pueblo de Pisagua, y, sin saber de adónde, apareció caminando entre la cárcel y los nuevos soldados, la rucia Mireya. Con un ajustado pantalón blanco pata de elefante, zuecos, polera negra con un provocador escote, su cabellera rubia suelta. Todos, hasta los perros, la observamos. Caminaba con paso seguro, desbordaba erotismo, avasalladora, jamás podría pasar, una mujer como ella, inadvertida. Se hacía notar, tenía buen lejos y mejor cerca. Con un, casi imperceptible, movimiento de su cabeza, miraba a los nuevos soldados que llegaban, mordiéndose los labios, dando a entender que solo la lujuria la calmaba. Y, se sentía feliz: habían llegado nuevos calmantes, dispuestos a todo y con todos.
- ¡Apurarse, soldados!
Esa orden nos volvió a la realidad. La cuenta:
- ¡1, 2, 3, 4, 5, ...40 y último, mi teniente!
3 oficiales, 6 suboficiales. Ordenaron subir a los camiones y, chao. En marcha. Inquietos, felices de volver a Iquique, emprendimos la marcha, sin antes pasar, como lo indicaba el camino, cerca del muelle. Ahí estaba la rucia Mireya, con su cara llena de satisfacción por su placer cumplido, gritando:
- ¡Adios, guerreros! ¡Adios, guerreros del amor!
Todos los pelaos calientes, le tiramos besos y saludos, felices. Era casi el medio día. Nos acomodamos para el largo viaje. Pisagua nos despedía indiferente. Todos nos sentíamos diferentes. Ese pueblo era increíble. Daba la impresión de haberse pegado en el tiempo, pero ahí, sólo se vivía el presente. Al llegar a la cima, se perdió Pisagua, internándonos entre lomas y cerros. Entramos a un camino recto, en plena pampa. Sólo desierto, donde la polvareda nos cubría asfixiándonos de tierra. Quizás, para regocijo del Diablo, o la polvareda nos mimetizaba, para esconder nuestra vergüenza, ante la mirada de Dios, después de haber cumplido nuestra misión en el campo de prisioneros políticos de Pisagua.

DEDICATORIA

Esta historia esta dedicada a todos los soldados que cumplieron su Servicio Militar Obligatorio durante los años 1973 – 1974. Los que fueron usados por las FF.AA. para compartir sus injusticias.
Cuando las fuerzas Armadas de Chile fueron manipuladas por la CIA, por órdenes del gobierno de los EEUU, el que se hizo el indiferente ante el lucro personal del tal Augusto Pinochet ugarte y compañías.
Y rogando a Dios para que jamás, nunca jamás, se repita esta fea historia en nuestro Chile, recordando a los que realmente son nuestras víctimas, los desaparecidos, fusilados, presos políticos, torturados, exiliados, y soldados conscriptos. Con criterio y tolerancia, deseando que nuestros gobernantes nos guíen a mantener a nuestro chile en un país prospero y en democracia, acompañados de amor por la paz.



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