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sábado, 31 de agosto de 2013

Testimonios del Horror

30 AGOSTO, 2013

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Paula 1129. Sábado 31 agosto 2013. 
Viviana Fernández Tenía 14 años, cuando a mediados de febrero de 1974, militares allanaron la población en la que vivía: Compañía de Gas, en Valparaíso. Llegaron hasta su casa porque los vecinos les dijeron que ahí vivía gente que hacía trabajos voluntarios en las Juventudes Comunistas. Esa madrugada se [...]
Paula 1129. Sábado 31 agosto 2013.
Viviana Fernández 

Tenía 14 años, cuando a mediados de febrero de 1974, militares allanaron la población en la que vivía: Compañía de Gas, en Valparaíso. Llegaron hasta su casa porque los vecinos les dijeron que ahí vivía gente que hacía trabajos voluntarios en las Juventudes Comunistas. Esa madrugada se llevaron a su hermana mayor, Morelia, de 17 años. Al día siguiente, los militares regresaron y se llevaron a su madre. Al subsiguiente, volvieron otra vez, y fue su turno.
Viviana Fernández (52) estuvo cinco días detenida en el cuartel Almirante Silva Palma; cinco días en que no durmió, pendiente de los ruidos. Por las mañanas debía desnudarse y ponerse bajo el agua helada con un guardia que no le sacaba los ojos de encima. “Me manosearon. Había un marino que decía: ‘oye hueón, ¿no te dai cuenta que es una cabra chica?’ y el otro contestaba: ‘ah, pero si igual está desarrolladita’. No paré de rezar”, dice Viviana.
Al quinto día, la soltaron. A su hermana la retuvieron un mes. Desde entonces, en su casa jamás se volvió a hablar del tema. “Fue difícil. Perdimos amigos y tuvimos vecinos que nunca más nos saludaron. Por otro lado, en el colegio nos consideraban un mal elemento por ser comunistas. La Morelia, que era de súper buenas notas, quedó repitiendo ese año. Y yo olvidé sumar, restar, multiplicar; quedé con un montón de problemas de concentración”, dice Viviana. Sus padres trataron de olvidar, pero se culpaban el uno al otro de lo que les había pasado a sus hijas.
“Muchas veces me pregunté cómo mis papás no nos preguntaron nada sobre nuestras detenciones. ¿Cómo mi mamá, que cayó presa conmigo, cuando la liberaron al día siguiente, nos dejó a nosotras ahí? Me costó mucho entender que ellos también habían sido víctimas”, dice. “Mi padre murió en 2003 cargando con muchas enfermedades que se le desarrollaron a raíz de lo vivido, y a partir de ahí, a mi mamá se le generó una psicosis que la acompañó hasta el final. Cuando falleció, hace dos meses, se había cambiado al menos 15 veces de casa porque todavía sentía que la perseguían”.
Desde 2005, Viviana dirige con su hermana Morelia la Agrupación de Ex Menores Víctimas de Prisión Política y Tortura de Valparaíso, y coordina otras de sus sedes a nivel nacional, en La Serena, Chillán, Antofagasta y Fresia. Dentro de sus objetivos está visibilizar casos que no fueron calificados por la Comisión Valech porque, como eran menores cuando sufrieron esa violencia, “no son capaces de recordarlo con precisión”.
Hoy, Viviana, reflexiona sobre las secuelas que le quedan de esa experiencia: “El miedo no se supera. Siempre estoy pendiente de la gente que me rodea. Si me encuentro con alguien que usa uniforme de marino, zapatos de terno lustrados, y el pelo corto, me empiezan a sudar las manos, el estómago se me aprieta y bajo la vista”, dice. Para poder dormir tranquila, Viviana necesita cerrar todas las ventanas y asegurar con llave y una tranca de metal las dos puertas principales de su casa: la que da a la calle y la que conduce al patio interior. SOlo entonces, puede irse a la cama.
Ewa Ebers 
Tiene pocos recuerdos, pero cuando vio el caso de Ernesto Lejderman en el diario, hace unas semanas, Ewa Ebers (39) lloró sin parar. Cuando tenía un año y medio, miembros del Servicio de Inteligencia Naval y del Comando Conjunto la tomaron a ella y a su abuela de rehenes en su propia casa, en octubre de 1975. Buscaban información de su madre: Haydee Oberreuter, dirigente universitaria y jefa de la brigada de propaganda de su partido, el Mapu, que vivía clandestina en Santiago. Su madre, entonces, estaba embarazada.
Ewa, que fue reconocida por la Comisión Valech como una de las menores víctimas de prisión política y tortura, no recuerda casi nada de ese arresto domiciliario. Sí sabe por las declaraciones de vecinos que convivió con sus secuestradores por un plazo indeterminado que pudo durar entre una semana y un mes. “En una oportunidad uno de estos hombres me interrogó sobre mi mamá. Yo respondí: ‘¿la mamá? ¡La mamá no está!’. Este señor se molestó con mi respuesta y me golpeó con la culata de su arma en la boca, provocando que se rompiera mi labio y generándome un daño en el frenillo interior”, relata Ewa.
Tras ese arresto domiciliario, Ewa y su abuela fueron trasladadas al cuartel Almirante Silva Palma. `Mi abuela me contó que ella dijo: déjenme acá, pero llevemos a la niña a otro lado. No sé cuántos días después logró ser escuchada, pero me liberaron y me llevaron hasta la casa de un matrimonio amigo de mi familia. A mi abuela no la vi hasta una semana después. A mi mamá durante un año. La torturaron tanto que abortó a mi hermanito Sebastián, de 5 meses. `Un marxista menos’ le dijeron a mi madre los militares cuando le mostraron el feto”, dice.
Ewa relata que cuando su madre y su abuela recuperaron la libertad se las arreglaron “para seguir siendo mujeres maravillosas, llenas de alegrías y sueños. Podríamos haber estado en el máximo de los peligros pero siempre estábamos cantando y jugando”.
Pero a los cinco años, cuando llegó a vivir a Bellavista, en Santiago, Ewa comenzó a tener pesadillas recurrentes y presentó alergias a la piel que padece hasta hoy. Sufría de dolores de guata y tenía sueños que no correspondían a una niña chica. “Mientras mis amigos soñaban con fantasmas, yo lo hacía con uniformados y con cadáveres en el río Mapocho. Recuerdo que despertaba llorando porque soñaba con un montón de manos que me empezaban a perseguir. Yo soñaba lo que Ernesto Lejderman vivió. Cuando se lo comenté a mi mamá me explicó que el mayor de sus temores era justamente ese: que me robaran y secuestraran entregándome a otra familia”, explica.
Rafael Rojas
Rafael Rojas (33) es ingeniero informático, vive en Barcelona y no quiere volver a Chile ni saber nada de esos malos recuerdos de lo vivido en su infancia. Tenía 6 años cuando fue detenido por agentes de la CNI junto a su madre Patricia, militante comunista, y su hermano Patricio, de 4 años. Fueron varias detenciones entre febrero y agosto de 1987.
Rafael solo conserva imágenes sin orden cronológico de esas experiencias que alguna vez trató de hilar en el testimonio que presentó a la Comisión Valech pero que, como no recordaba con mucha precisión y detalle, no fue calificado. Lo que hasta hoy le da mucha rabia.
“Recuerdo poco. Todo era estresante, mucho ruido, voces. Lugares extraños”, tipea de madrugada desde España. Y envía su declaración. Ahí se lee que los sacaron de la casa de una amiga de su mamá que estaba de cumpleaños, al atardecer, cerca de donde vivían, en la calle Walter Scott en Vitacura.
“Nos subieron a un auto con brutalidad. Mi mamá vendada y nosotros al suelo. Recuerdo la violencia y los gritos cuando varios tipos nos arrastraron. Recuerdo haber estado en un subterráneo con agua al lado de una escala. Tengo solo imágenes. De cuando me dijeron que le dijera a mi hermano que no llorara, porque mi mamá se había ido del país. La odiaba a ella por hacerme esto. La odié por largos años”, escribe Rafael.
Cuando Patricia y sus hijos fueron liberados, ella pensó que era una suerte que fueran niños, porque así tendrían toda la vida por delante para superar el trauma. “Hice todo lo posible para que no se acordaran, pero los chiquillos se pegaron un retroceso enorme. Rafael comenzó a hacerse pipí, no quería volver más al colegio. Se le cayeron varias muelas en un mes. Y estaba muy enojado conmigo. Sabía que eran secuelas del horror que vivimos pero no quise hablarlo con ellos”, cuenta Patricia.
Lo vivido fue un secreto en la familia. Hasta que Patricia entregó su declaración a la Comisión Valech en 2004 y animó a sus hijos a declarar también; pero solo ella resultó calificada. “Los niños se enteraron ahí de todo lo que habíamos pasado y cuando supieron que me ultrajaron, fue un terremoto emocional. Rafael, que ya tenía 23 años, se llenó de rabia y pronto se fue a España; y su hermano, se fue a pique sicológicamente. Por eso cuando no calificaron, sentí mucha culpa de haberlos expuesto. Mi intención de insertarlos como niños normales en la sociedad, de practicar el olvido no funcionó”, revela Patricia.
Desde Barcelona, Rafael hoy escribe sobre esa experiencia: “No puedo decir más cosas. Lo siento pero es muy profundo. Lo siento. Elijo olvidar y pasar página”.

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