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martes, 27 de agosto de 2013

La comodidad de la culpa de Cheyre para la derecha. La historia del Horror

CARLOS CORREA B.
elmostrador.cl / 23 de agosto 2013
Que Cheyre sea culpable ante la opinión pública, les viene como anillo al dedo. La dictadura y sus horrores no fueron un asunto de militares desquiciados que se concertaron para hacer una guerra contra connacionales, sino un asunto ideológico más profundo, donde un sector político sostuvo el peor régimen que conoce la historia de Chile. Muchos de ellos, cuando han viajado, han tenido que enfrentarse a lo que representa Pinochet para el resto del mundo.
Conozco a dos padres – que en la misma época, que los de Ernesto Lejderman murieron a manos de una patrulla – también buscaban escapar de Chile con un niño de 2 años. Son los míos y el niño soy yo.
A diferencia de Bernardo y María, lo lograron. No hubo un soplón que dijera dónde se escondían o una patrulla que los encontrara en su huída, y pudieron salir de Chile, a un largo exilio en tierras lejanas. Pero podría haber sido el mismo destino.
La historia del Horror, es por ello, algo que conozco de cerca y emocionalmente me cuesta enfrentarla. No sólo las pesadillas de niño y tener la misma edad de Ernesto me hace comprender y compartir sus preguntas. Y, por cierto, también aplaudir el “Nunca más” que dijo Cheyre en su momento. Pero tengo una pregunta más.¿La derecha chilena, en especial, la que es heredera política de la dictadura, es capaz de repetir lo de Cheyre y hacer un “cara a cara” como les dijo la Ex Presidenta Bachelet?
He vivido en Chile los últimos 23 años. Me ha tocado conocer a muchos chilenos, de la misma edad que Ernesto y yo, cuyos padres debieron haber temido en su tiempo, que si los partidarios del gobierno de Allende llegaban a tener el poder total, iban a tener que escapar con sus hijos por la cordillera, como lo hicieron en su tiempo los boat people de Viet Nam, o los muchos que atravesaron el estrecho de la Florida. Suelen preguntarme mucho sobre la experiencia vivida en tierras extrañas, pero rara vez hablamos sobre El Horror.
Muchos de ellos son personas que aprecio mucho, que quieren lo mejor para Chile, y que – al igual que yo – piensan que podemos vivir en el mismo país aunque no pensemos igual. Es probable que muchos de ellos voten por la candidata de la Alianza. No son mis enemigos, ni me ven como tal. Pero nadie habla del Horror. Es un tabú mayúsculo. Puede ser la explicación de la fuerza que han tomado los programas de televisión que lo rompen en estos días.
Suelen contarse las historias de las violaciones a los derechos humanos como algo que ocurrió a personas lejanas. Pareciera que los muertos, los desaparecidos y los exiliados son situaciones que no les ocurrieron a los vecinos, compañeros de liceo o de universidad, amigos de la pichanga, suegros, yernos y nueras, fanáticos de la U. o de Colo Colo, chicas que admiraban a los ídolos de Música Libre o la Nueva Ola.
De la misma manera que a los alemanes, sus connacionales judíos les parecieron en los tiempos del Holocausto personas lejanas, y no vecinos o compañeros de trincheras con los que padecieron la Primera Guerra Mundial. Al igual que ellos, las víctimas del Horror dejaron de ser de la misma nacionalidad en cierto momento.
Si les preguntaran, a algunos de los tantos que siguen teniendo una vida política activa, podrán decir que fue un grupo de militares que cometieron excesos y no como una política de un régimen totalitario, que necesitó de ellos para sostenerse y que les dio el momentum inicial para que sobrevivieran en democracia, dándoles un sistema electoral que les garantiza el empate perpetuo.
Que Cheyre sea culpable ante la opinión pública, les viene como anillo al dedo.
La dictadura y sus horrores no fueron un asunto de militares desquiciados que se concertaron para hacer una guerra contra connacionales, sino un asunto ideológico más profundo, donde un sector político sostuvo el peor régimen que conoce la historia de Chile. Muchos de ellos, cuando han viajado, han tenido que enfrentarse a lo que representa Pinochet para el resto del mundo.
Y por cierto, en Punta Peuco, debe haber espíritu de fiesta por el difícil trance que pasa Cheyre. En su momento, lo vieron como un traidor y ahora pueden estar diciendo que éste es el pago que la izquierda ingrata tiene para ellos. Les parece mucho mejor la integridad siniestra del ex Coronel y ex alcalde Labbé.
¿Tenemos garantía que la derecha sea capaz de decir ‘nunca más’ —como lo hizo Cheyre—, si la candidata que los representa, no hace muchos años llamaba a boicotear, con la pasión de la que se enorgullece, los productos ingleses y españoles, por la sencilla razón que jueces de ambos países aplicaron el derecho internacional, deteniendo al ex dictador?
En la mitología actual, en que el Horror es sólo responsabilidad de sus ejecutores directos, esta pregunta no es siquiera necesaria para ellos. Muchos en los inicios de la democracia amenazaron al gobierno que entraba, apoyaron a violadores de derechos humanos, criticaron los acuerdos que buscaba la democracia naciente en aras de reconstruir la paz social.
Y que, por cierto, nunca han dicho “nunca más participaremos en una conspiración para terminar con la democracia” o “nunca más estaremos en un gobierno que tortura, asesina y exilia a compatriotas”. Más que mal, todos fueron funcionarios civiles, con cargos administrativos de escritorio, como decía Adolf Eichmann en su defensa en Jerusalén, en el año 1960.
Creer que el autoritarismo existe sin el Horror, es una ficción que no resiste análisis alguno. La imposición a la sociedad de un cierto canon de país, como lo hizo el gobierno militar sin pasar por la validación democrática, no habría sido posible sin el puño de hierro con que la DINA torturó, eliminó y exilió a los opositores al régimen. Esto es reconocido en las palabras del propio Jaime Guzmán, que en un memorando dirigiéndose a la Junta de Gobierno, en los primeros días, escribió que “el éxito de la Junta está directamente ligado a su dureza y energía, que el país espera y aplaude. Todo complejo o vacilación a este propósito será nefasto”.
Personalmente podré decirles que nunca apoyaré a ningún gobierno que piense que los chilenos que no los apoyan, son enemigos o traidores a la patria, o que busque solucionar los dilemas de estos tiempos por vías que no sean democráticas o que no respeten la institucionalidad. Y por lo que vi en el programa El Informante,Ernesto Lejderman piensa exactamente lo mismo.
¿Podrá decir eso mismo Evelyn Matthei, o dirá también que sus declaraciones de 1998, apoyando al dictador preso en Londres, es un pecado de juventud?
La vocera de Gobierno, la ministra Cecilia Pérez, planteó que quiere una reconciliación real que permita avanzar —con verdad y justicia— aclarando eso sí que “los perdones y reflexiones son individuales” y que ambos bandos políticos debieran hacer gestos al respecto.
Aunque aplaudo que Pérez llame las cosas por su nombre: dictadura, Golpe Militar y violaciones a los Derechos Humanos, no va al fondo del asunto, en especial en su sector político. No va a haber reconciliación ministra, y cuando celebremos los 50 años del Golpe Militar tendremos la misma discusión, si su sector político no hace de una vez por todas el “Nunca Más” y reniega de su pasado autoritario, de la misma manera que el otro bando, al que usted se refiere, renegó para siempre de la vía violenta como el camino para lograr los cambios. Y por cierto, ministra, respete la historia: los arrebatos mesiánicos que tuvo la izquierda en su momento, no son comparables en modo alguno: al Horror.
La derecha necesita hacer el “cara a cara” por su propia supervivencia política. Si algo le permitió a Piñera ganar las elecciones y tener una autoridad moral al respecto, es que votó que NO en el plebiscito. Y en los años 90, su voluntad de crear una derecha alejada del gorilismo le costó caro, pues fue víctima de conspiraciones no aclaradas del todo, amenazas y todo tipo de operaciones oscuras.
Si no lo hace, no sabremos si el día de mañana, cuando tengamos otra crisis política, llamarán nuevamente a los militares, como lo insinuó el ex alcalde Zalaquett, en el momento más álgido de las manifestaciones estudiantiles del 2011, en vez de elegir los caminos de diálogo y entendimiento que ofrece la democracia.


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