martes, 11 de septiembre de 2012

Extractos del libro Confieso que he vivido de Pablo Neruda


POÉTICA Y POLÍTICA

[...]La vida política vino como un trueno a sacarme de mis trabajos. Regresé una vez más a la multitud.
 La multitud humana ha sido para mí la lección de mi vida. Puedo llegar a ella con la inherente timidez del poeta, con el temor del tímido, pero, una vez en su seno, me siento transfigurado. Soy parte de la esencial mayoría, soy una hoja más del gran árbol humano.
 Soledad y multitud seguirán siendo deberes elementales del poeta de nuestro tiempo. En la soledad, mi vida se enriqueció con la batalla del oleaje en el litoral chileno. Me intrigaron y me apasionaron las aguas combatientes y los peñascos combatidos, la multiplicación de la vida oceánica, la impecable formación de "los pájaros errantes", el esplendor de la espuma marina.
 Pero aprendí mucho más de la gran marea de las vidas, de la ternura vista en miles de ojos que me miraron al mismo tiempo. Puede este mensaje no ser posible a todos los poetas, pero quien lo haya sentido lo guardará en su corazón, lo desarrollará en su obra.
 Es memorable y desgarrador para el poeta haber encarnado para muchos hombres, durante un minuto, la esperanza.

CANDIDATO PRESIDENCIAL

 Una mañana de 1970 llegaron a mi escondite marinero, a mi casa de Isla Negra, el secretario general de mi partido y otros compañeros. Venían a ofrecerme la candidatura parcial a la presidencia de la república, candidatura que propondrían a los seis o siete partidos de la Unidad Popular. Tenían todo listo: programa, carácter del gobierno, futuras medidas de emergencia, etc. Hasta ese momento todos aquellos partidos tenían su candidato Y cada uno quería mantenerlo. Sólo los comunistas no lo teníamos. Nuestra posición era apoyar al candidato único que los partidos de izquierda designaron y que sería el de la Unidad Popular. Pero no había decisión y las cosas no podían seguir así. Los candidatos de la derecha estaban lanzados y hacían propaganda. Si no nos uníamos en una aspiración electoral común, seríamos abrumados por una derrota espectacular.
 La única manera de precipitar la unidad estaba en que los comunistas designaran su propio candidato. Cuando acepté la candidatura postulada por mi partido, hicimos ostensible la Posición comunista. Nuestro apoyo sería para el candidato que contara con la voluntad de los otros. Si no se lograba tal consenso, mi postulación se mantendría hasta el final.
 Era un medio heroico de obligar a los otros a ponerse de acuerdo. Cuando le dije al camarada Corvalán que aceptaba, lo hice en el entendimiento de que igualmente se aceptaría mi futura renuncia, en la convicción de que mi renuncia sería inevitable. Era harto improbable que la unidad pudiera lograrse alrededor de un comunista. En buenas palabras, todos nos necesitaban para que los apoyáramos a ellos (incluso algunos candidatos de la Democracia Cristiana), pero ninguno nos necesitaba para apoyarnos a nosotros.
 Pero mi candidatura, salida de aquella mañana marina de Isla Negra, agarró fuego. No había sitio de donde no me solicitaran. Llegué a enternecerme ante aquellos centenares o miles de hombres y mujeres del pueblo que me estrujaban, me besaban y lloraban. Pobladores de los suburbios de Santiago, mineros de Coquímbo, hombres del cobre y del desierto, campesinas que me esperaban por horas con sus chiquillos en brazos, gente que vivía su desamparo desde el río Bío Bío hasta más allá del estrecho de Magallanes, a todos ellos les hablaba o les leía mis poemas a plena lluvia, en el barro de calles y caminos, bajo el viento austral que hace tiritar a la gente.
 Me estaba entusiasmando. Cada vez asistía más gente a mis concentraciones, cada vez acudían más mujeres. Con fascinación y terror comencé a pensar qué iba a hacer yo si salía elegido presidente de la república más chúcara, más dramáticamente insoluble, la más endeudada y, posiblemente, la más ingrata. Los, presidentes eran aclamados durante el primer mes y martirizados, con o sin justicia, los cinco años y los once meses restantes.

LA CAMPAÑA DE ALLENDE

 En un momento afortunado llegó la noticia: Allende surgía como candidato posible de la entera Unidad Popular. Previa la aceptación de mi partido, presenté rápidamente la renuncia a mi candidatura. Ante una inmensa y alegre multitud hablé yo para renunciar y Allende para postularse. El gran mitin era en un parque. La gente llenaba todo el espacio visible y también los árboles. De los ramajes sobresalían piernas y cabezas. No hay nada como estos chilenos aguerridos.
 Conocía al candidato. Lo había acompañado tres veces anteriores, echando versos y discursos por todo el brusco e interminable territorio de Chile. Tres veces consecutivas, cada seis años, había sido aspirante presidencial mi porfiadísimo compañero. Esta sería la cuarta y la vencida.
 Cuenta Arnold Bennet o Somerset Maugham (no recuerdo bien quién de los dos) que una vez le tocó dormir (al que lo cuenta) en el mismo cuarto de Winston Churchill. Lo primero que hizo al despertar aquel político tremendo, junto con abrir los ojos, fue estirar la mano, coger un inmenso cigarro habano del velador y, sin más ni más, comenzar a fumárselo. Esto lo puede hacer solamente un saludable hombre de las cavernas, con esa salud mineral de la edad de piedra.
 La resistencia de Allende dejaba atrás a la de todos sus acompañantes. Tenía un arte digno del mismísimo Churchill: se dormía cuando le daba la gana. A veces íbamos por las infinitas tierras áridas del norte de Chile. Allende dormía profundamente en los rincones del automóvil. De pronto surgía un pequeño punto rojo en el camino: al acercarnos se convertía en un grupo de quince o veinte hombres con sus mujeres, sus niños y sus banderas. Se detenía el coche. Allende se restregaba los ojos para enfrentarse al sol vertical y al pequeño grupo que cantaba. Se les unía y, entonaba con ellos el himno nacional. Después les hablaba, vivo, rápido y elocuente. Regresaba al coche y continuábamos recorriendo los larguísimos caminos de Chile. Allende volvía a sumergirse en el sueño sin el menor esfuerzo. Cada veinticinco minutos se repetía la escena: grupo, banderas, canto, discurso y regreso al sueño.
 Enfrentándose a inmensas manifestaciones de miles y miles de chilenos; cambiando de automóvil a tren, de tren a avión, de avión a barco, de barco a caballo; Allende cumplió sin vacilar las jornadas de aquellos meses agotadores. Atrás se quedaban fatigados casi todos los miembros de su comitiva. Más tarde, ya presidente hecho y derecho de Chile, su implacable eficiencia causó entre sus colaboradores cuatro o cinco infartos.

EMBAJADA EN PARÍS

 Cuando llegué a hacerme cargo de nuestra embajada en París, me di cuenta de que tenía que pagar un pesado tributo a mi vanidad. Había aceptado este puesto sin pensarlo mucho, dejándome ir una vez más por el vaivén de la vida. Me agradaba la idea de representar a un victorioso gobierno popular, alcanzado después de tantos años de gobiernos mediocres y mentirosos. Quizás en el fondo lo que me cautivaba más era entrar con una nueva dignidad a la casa de la embajada chilena, en la que me tragué humillaciones cuando organicé la inmigración de los republicanos españoles hacia mi país. Cada uno de los embajadores anteriores había colaborado en mi persecución; había contribuido a denigrarme y a herirme. El perseguido tomaría asiento en la silla del perseguidor, comería en su mesa, dormiría en su cama y abriría las ventanas para que el aire nuevo del mundo entrara a una vieja embajada.
 Lo más difícil era hacer entrar el aire. El asfixiante estilo salonesco se me metió por las narices y los ojos cuando, en esa noche de marzo de 1971, llegué con Matilde a nuestro dormitorio y nos acostamos en las egregias camas donde murieron, plácidos o atormentados, algunos embajadores y embajadoras.
 Es un dormitorio adecuado para alojar a un guerrero y su caballo; hay espacio suficiente para que se nutra el caballo y duerma el caballero. Los techos son altísimos y suavemente decorados. Los muebles son cosas felpudas, de color vagamente hoja seca, ataviados con espantosos flecos; una parafernalia de estilo que muestra al mismo tiempo signos de la riqueza y huellas de la decadencia. Los tapices pueden haber sido bellos hace sesenta años. Ahora han tomado un invencible color de pisada y un olor apolillado a conversaciones convencionales y difuntas.
 Para complemento, el personal nervioso que nos esperaba había pensado en todo, menos en la calefacción del gigantesco dormitorio. Matilde y yo pasamos entumidos nuestra primera noche diplomática en París. A la segunda noche la calefacción marchó. Tenía sesenta años de uso y ya se habían inutilizado los filtros. El aire caliente del antiguo sistema sólo dejaba pasar el anhídrido carbónico. No teníamos derecho a quejarnos de frío, como la noche anterior, pero sentíamos las palpitaciones y la angustia del envenenamiento. Tuvimos que abrir las ventanas para que entrara el frío invernal. Tal vez los viejos embajadores se estaban vengando de un arribista que llegaba a suplantarlos sin méritos burocráticos ni timbres genealógicos.
 Pensamos: debemos buscarnos una casa donde respirar con las hojas, con el agua, con los pájaros, con el aire. Este pensamiento se convertiría con el tiempo en obsesión. Como prisioneros desvelados por su libertad, buscábamos y buscábamos el aire puro fuera de París.

 Eso de ser embajador era algo nuevo e incómodo para mí. Pero entrañaba un desafío. En Chile había sobrevenido una revolución. Una revolución a la chilena, muy analizada y muy discutida. Los enemigos de adentro y de afuera se afilaban los dientes para destruirla. Por ciento ochenta años se sucedieron en mi país los mismos gobernantes con diferentes etiquetas. Todos hicieron lo mismo. Continuaron los harapos, las viviendas indignas, los niños sin escuelas ni zapatos, las prisiones y los garrotazos contra mi pobre pueblo.
 Ahora podíamos respirar y cantar. Eso era lo que me gustaba de mi nueva situación.
 Los nombramientos diplomáticos requieren en Chile la aprobación del senado. La derecha chilena me había halagado continuamente como poeta; hasta hizo discursos en mi honor. Está claro que estos discursos los habrían pronunciado con más regocijo en mis funerales. En la votación del senado para ratificar mi cargo de embajador, me libré por tres votos de mayoría. Los de la derecha y algunos hipócrita-cristianos votaron en mi contra, bajo el secreto de las bolitas blancas y negras.
 El anterior embajador tenía las paredes tapizadas con las fotografías de sus predecesores en el cargo, sin excepción, además de su propio retrato. Era una impresionante colección de personajes vacíos, salvo dos o tres, entre los cuales estaba el ilustre Blest Gana, nuestro pequeño Balzac chileno. Ordené el descendimiento de los espectrales retratos y los sustituí con figuras más sólidas: cinco efigies grabadas de los héroes que dieron bandera, nacionalidad e independencia a Chile; y tres fotografías contemporáneas: la de Aguirre Cerda, progresista presidente de la república; la de Luis Emilio Recabarren, fundador del partido comunista; y la de Salvador Allende. Las paredes quedaron infinitamente mejor.
 No sé lo que pensarían los secretarios de la embajada, derechistas en su casi totalidad. Los partidos reaccionarios habían copado la administración del país durante cien años. No se nombraba ni a un portero que no fuera conservador o monárquico. Los demócrata-cristianos a su vez, autodenominándose "revolución en libertad", mostraron una voracidad paralela a la de los antiguos reaccionarios. Más tarde las paralelas convergerían hasta volverse casi una misma línea.
 La burocracia, los archipiélagos de los edificios públicos, todo quedó lleno de empleados, inspectores y asesores de la derecha, como si nunca en Chile hubieran triunfado Allende y la Unidad Popular, como si los ministros de gobierno no fueran ahora socialistas y comunistas.
 Por tales circunstancias pedí que se llenara el cargo de consejero de la embajada en París con uno de mis amigos, diplomático de carrera y escritor de relieve. Se trataba de Jorge Edwards. Aunque pertenecía a la familia más oligárquica y reaccionaria de mi país, él era un hombre de izquierda, sin filiación partidista. Lo que yo necesitaba sobre todo era un funcionario inteligente que conociera su oficio y fuera digno de mi confianza. Edwards había sido hasta ese momento encargado de negocios en La Habana. Me habían llegado vagos rumores de algunas dificultades que había tenido en Cuba. Como yo lo conocía por años como un hombre de izquierda, no le di mayor importancia al asunto.
 Mi flamante consejero llegó de Cuba muy nervioso y me refirió su historia. Tuve la impresión de que la razón la tenían los dos lados, y ninguno de ellos, como a veces pasa en la vida. Poco a poco Jorge Edwards repuso sus nervios destrozados, dejó de comerse las uñas y trabajó conmigo con evidente capacidad, inteligencia y lealtad. Durante aquellos dos años de arduo trabajo en la embajada, mi consejero fue mi mejor compañero y un funcionario, tal vez el único en esa gran oficina, políticamente impecable.

 Cuando la compañía norteamericana pretendió el embargo del cobre chileno una ola de emoción recorrió a Europa entera. No sólo los periódicos, las televisoras, las radios, se ocuparon preocupadamente de este asunto, sino que una vez más fuimos defendidos por una conciencia mayoritaria y popular.
 Los estibadores de Francia y de Holanda se negaron a descargar el cobre en sus puertos para significar su repudio a la agresión. Ese maravilloso gesto conmovió al mundo. Tales historias solidarias enseñan más sobre la historia de nuestro tiempo que las cátedras de una universidad.
 Recuerdo también situaciones más humildes, aunque más conmovedoras. Al segundo día del embargo una modesta señora francesa, de una pequeña ciudad de provincia, nos mandó un billete de cien francos, fruto de sus ahorros para ayudar a la defensa del cobre chileno. Y también una carta de adhesión calurosa, firmada por todos los habitantes del pueblo, el alcalde, el cura párroco, los obreros, los deportistas y los estudiantes.
 De Chile me llegaban mensajes de centenares de amigos, conocidos y desconocidos, que me congratulaban por mi enfrentamiento a los piratas internacionales en defensa de nuestro cobre. Enviada por una mujer del pueblo recibí una encomienda que contenía un mate de calabaza, cuatro paltas y media docena de ajíes verdes.
 Al mismo tiempo, el nombre de Chile se había engrandecido en forma extraordinaria. Nos habíamos transformado en un país que existía. Antes pasábamos desapercibidos entre la multitud del subdesarrollo. Ahora por primera vez teníamos fisonomía propia y no había nadie en el mundo que se atreviera a desconocer la magnitud de nuestra lucha en la construcción de un destino nacional.
 Todo lo que acontecía en nuestra patria apasionaba a Francia y a Europa entera. Reuniones populares, asambleas estudiantiles, libros que se editaban en todos los idiomas, nos estudiaban, nos examinaban, nos retrataban. Yo debía contener a los periodistas que cada día querían saberlo todo y mucho más de todo. El presidente Allende era un hombre universal. La disciplina y la firmeza de nuestra clase obrera era admirada y elogiada.
 La ardiente simpatía hacia Chile se multiplicó con motivo de los conflictos derivados de la nacionalización de nuestros yacimientos de cobre. Se comprendió en todas partes que éste era un paso gigantesco en la ruta de la nueva independencia de Chile. Sin subterfugios de ninguna especie, el gobierno popular hacía definitiva nuestra soberanía al reconquistar el cobre para nuestra patria.

RETORNO A CHILE

 Al volver a Chile me recibió una vegetación nueva en las calles y en los parques. Nuestra maravillosa primavera se había puesto a pintar de verde los follajes forestales. A nuestra vieja capital gris le hacen falta las hojas verdes como el amor al corazón humano. Respiré la frescura de esta joven primavera. Cuando estamos lejos de la patria nunca la recordamos en sus inviernos. La distancia borra las penas del invierno, las poblaciones desamparadas, los niños descalzos en el frío. El arte del recuerdo sólo nos trae campiñas verdes, flores amarillas y rojas, el cielo azulado del himno nacional. Esta vez encontré la bella estación que había sido tantas veces visión de lejanía.
 Otra vegetación salpicaba los muros de la ciudad. Era el musgo del odio que los tapizaba. Carteles anticomunistas que chorreaban insolencia y mentira; carteles contra Cuba; carteles antisoviéticos; carteles contra la paz y la humanidad; carteles sanguinarios que pronosticaban degollinas y Yakartas. Esta era la nueva vegetación que envilecía los muros de la ciudad.
 Yo conocía por experiencia el tono y el sentido de esa propaganda. Me tocó vivir en la Europa anterior a Hitler. Era justamente ése el espíritu de la propaganda hitleriana; el derroche de la mentira a todo trapo; la cruzada de la amenaza y el miedo; el despliegue de todas las armas del odio contra el porvenir. Sentí que querían cambiar la esencia misma de nuestra vida. No me explicaba cómo podían existir chilenos que ofendieran de esa manera nuestro espíritu nacional.

 Cuando el terrorismo fue necesario para la derecha reaccionaria, ésta lo empleó sin escrúpulos. Al general Schneider, jefe supremo del ejército, hombre respetado y respetable que se opuso a un golpe de estado destinado a impedir el acceso de Allende a la presidencia de la república, lo asesinaron. Una variada colección de malvados lo ametralló por la espalda cerca de su casa. La operación fue dirigida por un ex general expulsado de las filas del ejército. La pandilla estaba compuesta por jóvenes pitucos y delincuentes profesionales.
 Probado el crimen y encarcelado el autor intelectual, éste fue condenado a treinta años de cárcel por la justicia militar. Pero la sentencia fue rebajada a dos años por la Corte Suprema de Justicia. Un pobre diablo que se roba por hambre una gallina, recibe en Chile el doble de la pena que se le asignó al asesino del comandante en jefe del ejército. Es la aplicación clasista de las leyes elaboradas por la clase dominante.
 El triunfo de Allende constituyó para esa clase dominante un sobresalto macabro. Por primera vez pensaron que las leyes tan cuidadosamente fabricadas les pudieran pegar a ellos en la cabeza. Corrieron con sus acciones, sus joyas, sus billetes, sus monedas de oro, a refugiarse en alguna parte. Se fueron a la Argentina, a España, incluso llegaron a Australia. El terror del pueblo los habría hecho llegar fácilmente al Polo Norte.
 Después regresarían.

FREI

 El camino chileno, limitado en todas partes por obstáculos infernales y legales, fue en todo instante estrictamente constitucional. Mientras tanto, la oligarquía recompuso su traje agujereado y se transformó en facción fascista. El bloqueo norteamericano se hizo más implacable a raíz de la nacionalización del cobre. La ITT, de acuerdo con el ex presidente Frei, echó a la Democracia Cristiana en brazos de la nueva derecha fascista.
 Las personalidades recíprocas y antagónicas de Allende y Frei han preocupado a Chile en forma permanente. Tal vez por eso mismo, porque son hombres tan diferentes, caudillos a su manera en un país sin caudillismo, cada uno con sus propósitos y con su camino bien delimitado.
 Creo haber conocido bien a Allende; no tenía nada de enigmático. En cuanto a Frei, me tocó ser colega suyo en el senado de la república. Es un hombre curioso, sumamente premeditado, muy alejado de la espontaneidad allendista. No obstante, estalla a menudo en risas violentas, en carcajadas estridentes. A mí me gusta la gente que se ríe a carcajadas (yo no tengo ese don). Pero hay carcajadas y carcajadas. Las de Frei salen de un rostro preocupado, serio, vigilante de la aguja con que cose su hilo político vital. Es una risa súbita que asusta un poco, como el graznido de ciertas aves nocturnas. Por lo demás, su conducta suele ser parsimonioso y fríamente cordial.
 Su zigzagueo político me deprimió muchas veces antes de que me desilusionara por completo. Recuerdo que una vez me vino a ver a mi casa de Santiago. Flotaba en ese entonces la idea de un entendimiento entre comunistas y demócrata-cristianos. Estos no se llamaban aún así, sino Falange Nacional, un nombre horrendo adoptado bajo la impresión que les había causado el joven fascista Primo de Rivera. Luego, pasada la guerra española, Maritain los influenció y se convirtieron en antifascistas y cambiaron de nombre.
 Mi conversación fue vaga pero cordial. A los comunistas nos interesaba entendernos con todos los hombres y sectores de buena voluntad; aislados no llegaríamos a ninguna parte. Dentro de su natural evasivo, Frei me confirmó su aparente izquierdismo de ese tiempo. Se despidió de mí regalándome una de esas carcajadas que se le caen como piedras de la boca. "Seguiremos hablando", dijo. Pero dos días después comprendí que nuestra conversación había terminado para siempre.
 Después del triunfo de Allende, Frei, un político ambicioso y frío, creyó indispensable una alianza reaccionaria suya para retomar al poder. Era una mera ilusión, el sueño congelado de una araña política. Su tela no sobrevivirá; de nada le valdrá el golpe de estado que ha propiciado. El fascismo no tolera componendas, sino acatamiento. La figura de Frei se hará cada año más sombría. Y su memoria tendrá que encarar algún día la responsabilidad del crimen.

TOMIC

 Me interesó mucho el partido demócrata-cristiano desde su nacimiento, desde que abandonó el nombre inadmisible de Falange. Surgió cuando un grupo reducido de intelectuales católicos formó una élite maritainista y tomista. Este pensamiento filosófico no me preocupó; tengo una indiferencia natural hacia los teorizantes de la poesía, de la política, del sexo. Las consecuencias prácticas de aquel pequeño movimiento se dejaron notar en forma singular, inesperada. Logré que algunos jóvenes dirigentes hablaran en favor de la República española, en los grandes mítines que organicé a mi regreso de Madrid combatiente. Esa participación era insólita; la vieja jerarquía eclesiástica, impulsada por el Partido Conservador, estuvo a punto de disolver el nuevo partido. la intervención de un obispo precursor los salvó del suicidio político. La declaración del prelado de Talca permitió la sobrevivencia del grupo que con el tiempo se transformaría en el partido político más numeroso de Chile. Su ideología cambió totalmente con los años.
 Después de Frei, el hombre más importante entre los demócrata-cristianos ha sido Radomiro Tomic. Lo conocí en mi época de parlamentario, en medio de huelgas y giras electorales por el norte de Chile. Los demócrata-cristianos de entonces nos perseguían (a los comunistas) para tomar parte en nuestros mítines. Nosotros éramos (y seguimos siéndolo) la gente más popular en el desierto del salitre y del cobre, es decir, entre los más sacrificados trabajadores del continente americano. De allí había salido Recabarren, allí habían nacido la prensa obrera y los primeros sindicatos. Nada de ello habría existido sin los comunistas.
 Tomic era por esa época, no sólo la mejor esperanza de los demócrata-cristianos, sino su personalidad más atrayente y su verbo más elocuente.
 Las cosas habían cambiado mucho en 1964, cuando la democracia cristiana ganó las elecciones que llevaron a Frei a la presidencia de la república. La campaña del candidato que triunfó sobre Allende se hizo sobre una base de inaudita violencia anti comunista, orquestada con avisos de prensa y radio que buscaban aterrorizar a la población. Aquella propaganda ponía los pelos de punta: las monjas serían fusiladas; los niños morirían ensartados en bayonetas por barbudos parecidos a Fidel; las niñas serían separadas de sus padres y enviadas a Siberia. Se supo más tarde, por declaraciones hechas ante la comisión especial del senado norteamericano, que la CIA gastó veinte millones de dólares en aquella truculenta campaña de terror.
 Una vez ungido presidente, Frei hizo un presente griego a su único y gran rival en el partido: designó a Radomiro Tomic como embajador de Chile en los Estados Unidos. Frei sabía que su gobierno iba a renegociar con las empresas norteamericanas del cobre. En ese momento todo el país pedía la nacionalización. Como un experto prestidigitador, Frei cambió el término por el de "chilenización" y remachó con nuevos convenios la entrega de nuestra principal riqueza nacional a los poderosos consorcios Kennecot y Anaconda Copper Company. El resultado económico para Chile fue monstruoso. El resultado político para Tomic fue muy triste: Frei lo había borrado del mapa. Un embajador de Chile en los Estados Unidos, que hubiese colaborado en la entrega del cobre, no sería apoyado por el pueblo chileno. En las siguientes elecciones presidenciales, Tomic ocupó penosamente el tercer lugar entre tres candidatos.
 Poco después de renunciar a su cargo de embajador en USA, a comienzos de 1971, Tomic vino a verme en Isla Negra. Estaba recién llegado del Norte y aún no era oficialmente candidato a la presidencia. Nuestra amistad se había mantenido en medio de las marejadas políticas, como se mantiene todavía. Pero difícilmente pudimos entendernos aquella vez. El quería una alianza más amplia de las fuerzas progresistas, sustitutivas de nuestro movimiento de Unidad Popular, bajo el título de Unión del Pueblo. Tal propósito resultaba imposible; su participación en las negociaciones cupríferas inhabilitaba su candidatura ante la izquierda política. Además, los dos grandes partidos básicos del movimiento popular, el comunista y el socialista, eran ya mayores de edad, con capacidad para llevar a la presidencia a un hombre de sus filas.
 Antes de marcharse de mi casa, bastante desilusionado por cierto, Tomic me hizo una revelación. El ministro de Hacienda demócrata-cristiano, Andrés Zaldívar, le había mostrado documentalmente la bancarrota de la realidad económica del país en ese momento. —Vamos a caer en un abismo —me dijo Tomic—La situación no da para cuatro meses más. Esto es una catástrofe. Zaldívar me ha dado todos los detalles de nuestra quiebra inevitable.
 Un mes después de elegido Allende, y antes de que asumiera la presidencia de la república, el mismo ministro Zaldívar anunció públicamente el inminente desastre económico del país; pero esta vez lo atribuyó a las repercusiones internacionales provocadas por la elección de Allende. Así se escribe la historia. Por lo menos así la escriben los políticos torcidos y oportunistas como Zaldívar.

ALLENDE

 Mi pueblo ha sido el más traicionado de este tiempo. De los desiertos del salitre, de las minas submarinas del carbón, de las alturas terribles donde yace el cobre y lo extraen con trabajos inhumanos las manos de mi pueblo, surgió un movimiento liberador de magnitud grandiosa. Ese movimiento llevó a la presidencia de Chile a un hombre llamado Salvador Allende para que realizara reformas y medidas de justicia inaplazables, para que rescatara nuestras riquezas nacionales de las garras extranjeras.
 Donde estuvo, en los países más lejanos, los pueblos admiraron al presidente Allende y elogiaron el extraordinario pluralismo de nuestro gobierno. jamás en la historia de la sede de las Naciones Unidas, en Nueva York, se escuchó una ovación como la que le brindaron al presidente de Chile los delegados de todo el mundo. Aquí, en Chile, se estaba construyendo, entre inmensas dificultades, una sociedad verdaderamente justa, elevada sobre la base de nuestra soberanía, de nuestro orgullo nacional, del heroísmo de los mejores habitantes de Chile. De nuestro lado, del lado de la revolución chilena, estaban la constitución y la ley, la democracia y la esperanza.
 Del otro lado no faltaba nada. Tenían arlequines y polichinelas, payasos a granel, terroristas de pistola y cadena, monjes falsos y militares degradados. Unos y otros daban vueltas en el carrusel del despacho. Iban tomados de la mano el fascista Jarpa con sus sobrinos de "Patria y Libertad", dispuestos a romperle la cabeza y el alma a cuanto existe, con tal de recuperar la gran hacienda que ellos llamaban Chile. Junto con ellos, para amenizar la farándula, danzaba un gran banquero y bailarín, algo manchado de sangre; era el campeón de rumba González Videla, que rumbeando entregó hace tiempo su partido a los enemigos del pueblo. Ahora era Frei quien ofrecía su partido demócrata-cristiano a los mismos enemigos del pueblo, y bailaba al son que éstos le tocaran, y bailaba además con el ex coronel Viaux, de cuya fechoría fue cómplice. Estos eran los principales artistas de la comedia. Tenían preparados los víveres del acaparamiento, los "miguelitos", los garrotes y las mismas balas que ayer hirieron de muerte a nuestro pueblo en Iquique, en Ranquin, en Salvador, en Puerto Montt, en la José María Caro, en Frutillar, en Puente Alto y en tantos otros lugares. Los asesinos de Hernan Mery bailaban con los que deberían defender su memoria. Bailaban con naturalidad, santurronamente. Se sentían ofendidos de que les reprocharan esos "pequeños detalles".

 Chile tiene una larga historia civil con pocas revoluciones y muchos gobiernos estables, conservadores y mediocres. Muchos presidentes chicos y sólo dos presidentes grandes: Balmaceda y Allende. Es curioso que los dos provinieran del mismo medio, de la burguesía adinerada, que aquí se hace llamar aristocracia.
 Como hombres de principios, empeñados en engrandecer un país empequeñecido por la mediocre oligarquía, los dos fueron conducidos a la muerte de la misma manera. Balmaceda fue llevado al suicidio por resistirse a entregar la riqueza salitrera a las compañías extranjeras.
 Allende fue asesinado por haber nacionalizado la otra riqueza del subsuelo chileno, el cobre. En ambos casos la oligarquía chilena organizó revoluciones sangrientas. En ambos casos los militares hicieron de jauría. Las compañías inglesas en la ocasión de Balmaceda, las norteamericanas en la ocasión de Allende, fomentaron y sufragaron estos movimientos militares.
 En ambos casos las casas de los presidentes fueron desvalijadas por órdenes de nuestros distinguidos "aristócratas". Los salones de Balmaceda fueron destruidos a hachazos. La casa de Allende, gracias al progreso del mundo, fue bombardeada desde el aire por nuestros heroicos aviadores.
 Sin embargo, estos dos hombres fueron muy diferentes. Balmaceda fue un orador cautivante. Tenía una complexión imperiosa que lo acercaba más y más al mando unipersonal. Estaba seguro de la elevación de sus propósitos. En todo instante se vio rodeado de enemigos. Su superioridad sobre el medio en que vivía era tan grande, y tan grande su soledad, que concluyó por reconcentrarse en sí mismo. El pueblo que debía ayudarle no existía como fuerza, es decir, no estaba organizado. Aquel presidente estaba condenado a conducirse como un iluminado, como un soñador: su sueño de grandeza se quedó en sueño. Después de su asesinato, los rapaces mercaderes extranjeros y los parlamentarios criollos entraron en posesión del salitre: para los extranjeros, la propiedad y las concesiones; para los criollos, las coimas. Recibidos los treinta dineros, todo volvió a su normalidad. La sangre de unos cuantos miles de hombres del pueblo se secó pronto en los campos de batalla. Los obreros más explotados del mundo, los de las regiones del norte de Chile, no cesaron de producir inmensas cantidades de libras esterlinas para la city de Londres.
 Allende nunca fue un gran orador. Y como estadista era un gobernante que consultaba todas sus medidas. Fue el antidictador, el demócrata principista hasta en los menores detalles. Le tocó un país que ya no era el pueblo bisoño de Balmaceda; encontró una clase obrera poderosa que sabía de qué se trataba. Allende era un dirigente colectivo; un hombre que, sin salir de las clases populares, era un producto de la lucha de esas clases contra el estancamiento y la corrupción de sus explotadores. Por tales causas y razones, la obra que realizó Allende en tan corto tiempo es superior a la de Balmaceda; más aún, es la más importante en la historia de Chile. Sólo la nacionalización del cobre fue una empresa titánica, y muchos objetivos más que se cumplieron bajo su gobierno de esencia colectiva.
 Las obras y los hechos de Allende, de imborrable valor nacional, enfurecieron a los enemigos de nuestra liberación. El simbolismo trágico de esta crisis se revela en el bombardeo del palacio de gobierno; uno evoca la Blitz krieg de la aviación nazi contra indefensas ciudades extranjeras, españolas, inglesas, rusas; ahora sucedía el mismo crimen en Chile; pilotos chilenos atacaban en picada el palacio que durante dos siglos fue el centro de la vida civil del país.
 Escribo estas rápidas líneas para mis memorias a sólo tres días de los hechos incalificables que llevaron a la muerte a mi gran compañero el presidente Allende. Su asesinato se Mantuvo en silencio; fue enterrado secretamente —sólo a su viuda le fue permitido acompañar aquel inmortal cadáver. La versión de los agresores es que hallaron su cuerpo inerte, con muestras visibles de suicidio. La versión que ha sido publicada en el extranjero es diferente. A renglón seguido del bombardeo aéreo entraron en acción los tanques, muchos tanques, a luchar intrépidamente contra un solo hombre: el presidente de la república de Chile, Salvador Allende, que los esperaba en su gabinete, sin más compañía que su gran corazón envuelto en humo y llamas.
 Tenían que aprovechar una ocasión tan bella. Había que ametrallarlo porque jamás renunciaría a su cargo. Aquel cuerpo fue enterrado secretamente en un sitio cualquiera. Aquel cadáver que marchó a la sepultura acompañado por una sola mujer que llevaba en sí misma todo el dolor del mundo. Aquella gloriosa figura muerta iba acribillada y despedazada por las balas de las ametralladoras de los soldados de Chile, que otra vez habían traicionado a Chile.


Dice la gente, sí. No cabe duda que el más gallo se llama. Pablo Neruda.

Dice la gente, sí. No cabe duda que el más gallo se llama. Pablo Neruda.

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